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miércoles, 21 de noviembre de 2018

Autoficción: El dolor de los demás vs. El último samurái


Dos acercamientos a la novela de autoficción: El dolor de los demás, de Miguel Ángel Hernández (Anagrama) vs. El último samurai, de Helen DeWitt (Mondadori)

Desde hace un par de años (al menos, o quizá han sido menos pero se me han hecho muy largos) se cuestiona mucho la narrativa de autoficción. Se habla como cuestionándola, intentando que los lectores (y aún más los que también escribimos) pensemos qué, cómo y por qué de la autoficción. Me interesa (moderadamente) la autoficción. Igual que me interesa la narrativa de no – ficción, el ensayo, la novela negra, el relato, las grandes novelas rusas del siglo XIX o el posmodernismo. Hay géneros que me gustan más que otros, pero en general en un libro me centro en si ese libro en particular me toca o no, y por qué. Pienso que hay buena y mala autoficción, igual que hay buenas y malas novelas negras, buenas y malas novelas de terror, buenas y malas novelas de buenos y malos autores que ganaron (o ganarán) el Premio Nobel.

En este caso me he fijado en dos libros que he leído en los últimos meses (el de Miguel Ángel Hernández en verano, el de Helen DeWitt a mediados de octubre), dos libros de los que se ha hablado muy bien, uno que me ha gustado bastante y otro que me ha gustado bastante poco. De Miguel Ángel Hernández había leído su primera novela, Intento de escapada, con la que fue finalista del premio Herralde. Aquel libro me gustó más en unos aspectos que en otros (la idea sobre la que planeaba me pareció muy interesante, bien buscada, bien tirada, pero la consecución del libro no me pareció redonda). No conocía el nombre de Helen DeWitt hasta que hace unos meses lo leí en una reseña sobre esta novela, que acababa de ser reeditada.

Empiezo haciendo una pequeña sinopsis de cada uno de los libros. El dolor de los demás, de Miguel Ángel Hernández, es la rememoración (más que reconstrucción) de lo que sucedió justo al lado de su casa en la Nochebuena de 1995. El que era su mejor amigo (leyendo el libro parece que casi su único amigo) mató a su hermana y luego se suicidó. Aquello se quedó enterrado en el pasado del futuro autor, cerca de donde enterró su infancia, sus vergüenzas, su pasado en la huerta murciana (que tiene en la novela el peso de lo tradicional, lo inmutable, con todas esas gentes que no se mueven nunca de allí y cada vez que lo ven de visita lo encuentran más extraño), sus creencias trascendentales, su gordura adolescente, el deseo por cualquier chica que le hiciera algo de caso, su vida familiar con hermanos mucho mayores que él, con un padre serio, con una madre con continuas depresiones. La historia que nos cuenta Miguel Ángel Hernández nos va mostrando que él en realidad quería escribir una novela de no – ficción, algo así como un A sangre fría en la huerta murciana. Pero incapaz de encontrar respuestas en aquel suceso terrible del pasado, Miguel Ángel Hernández se limita a mirar fotos, a abrir heridas (las suyas, las de algunos parientes, seres cercanos), a pasear por el pasado, preguntar, escuchar las habladurías del pueblo (esa clase de pueblo que es cualquier pueblo, en el que nunca se calla pero todo queda casi silenciado), a darse cuenta de que en realidad no sabía nada de aquel amigo suyo, que nunca se preocupó por lo que le había pasado a su hermana, que dejar el pueblo tiene siempre un poco de huida vergonzosa, de abandono de quienes lo quisieron. En ese sentido es magistral la sinceridad con la que mira las enfermedades de sus padres, la pena que le producen, pero cómo dice: yo no voy a ocuparme de eso.

Creo que lo que me gusta del libro de Miguel Ángel Hernández es que se mira en un espejo poco favorecedor. Es despiadado con aquel adolescente de la huerta que no se enteraba de nada y es condescendiente con el profesor de universidad moderno en el que se ha convertido. No deja de señalar los nexos entre uno y otro. No duda en dejarse en mal lugar. Es cruel cuando toca. Y lo es especialmente consigo mismo. Tiene piedad con todos, incluso con el asesino, pero se guarda poca para él. Lo que menos me gustó del libro no tuvo que ver con esa voz ni con la trama, sino con la estructura, con ese permamente: “querría escribir otro libro pero no sé, solo me sale este”; “no sé si debería estar escribiendo este libro pero aquí estoy”. Es un juego que ya está quizá demasiado visto, y que se lleva demasiadas páginas, pero aún así la lectura mereció mucho la pena. Lo universal que puede llegar a ser una pequeña pedanía de la huerta murciana, con sus construcciones sociales, convenios no explicitados, tradiciones etc. da bastante miedo. El libro me perturbó, me sigo acordando de él casi tres meses después de haberlo leído.

Lo que más me gustó en El dolor de los demás es lo mismo que me disgustó en El último samurai. El último samurai (una referencia a una película, Los siete samurais, de Akira Kurosawa que tiene un peso bastante grande en la trama) me gusta como forma y me aburre en el fondo. Creo que lo que hay que aplaudirle a Miguel Ángel Hernández, ese narrador que mira a lo feo de sí mismo y lo expone, es lo que hay que criticarle a la narradora de DeWitt, el contarnos que es una mujer super brillante, hija de un hombre super brillante y madre de un chico que es un genio. Son todos tan inteligentes que me aburren. Y supongo que la pregunta es si acaso esos seres super inteligentes no se merecen una novela, y supongo que la respuesta será que sí, pero que no es un libro que a mí me interese excesivamente. Creo que es muy fácil escribir en la frontera de la autoficción diciendo: “¡qué listos somos todos aquí, qué difícil es nuestra vida!”.

Luego, como artefacto, el libro está muy bien trabajado, bien hilado, mezcla la voz de la madre con recuerdos del padre de la narradora, con reflexiones agudas sobre películas, libros, músicos, genios precoces, descarrilamientos, conversaciones con un pequeño talento precoz de cinco años, y el propio diario del niño, que se pregunta quién es, de dónde ha salido, quién es su padre. Y me parece que se hace también una montaña de un hecho que por supuesto es importante, no tener padre, pero que comparten muchas personas, sin que parezcan desquiciados por dar con un buen modelo masculino sustitutivo. He leído en críticas comparaciones con El guardían entre el centeno (que no veo por ninguna parte) y sobre que no es más que una historia (otra más) que trata de comprender algo tan difícil de entender como qué es (y qué no es) un padre. ¿Para qué sirve un padre?, podría titularse. Formalmente, repito, está muy bien ligada, es brillante (al modo en el que los textos de David Foster Wallace son brillantes, hasta el punto de que a veces cansan por su propia brillantez) y se lee con agrado. Pero una vez pasadas unas horas, la supuesta aventura autoral me parece una labor bastante cómoda. Un libro para enseñar y decir: Mira qué brillante me ha quedado esto, mira qué inteligentes somos todos los que salimos en él. Lo contrario de lo que encontré en el libro de Miguel Ángel Hernández, un libro incómodo de escribir y de enseñar, lleno de heridas purulentas, menos conseguido como novela pero más duradero en mi memoria.

Claro, esto no es más que mi percepción como lector. Pero de eso va este blog, me temo.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

miércoles, 4 de abril de 2018

4 3 2 1, de Paul Auster


4 3 2 1, de Paul Auster (Seix Barral)

Advertencia inicial: Esta no es, realmente, una reseña del libro. Es más bien un breve escrito de desencanto, conectado con una trayectoria vital de lector de Auster.
Hacía años que no leía un libro nuevo de Paul Auster. Lo mío con él fue verdadero amor y supongo que habría que decir que se nos rompió el amor de tanto usarlo. Siempre he considerado que Auster, junto con Roberto Bolaño, es un escritor esencial en que yo me pusiera un buen día a escribir. No sé cómo llegó a mi mente que La trilogía de Nueva York era un libro que yo debía leer. Luego la realidad confirmó que realmente debía leerlo, pero no lo tenían en la biblioteca pública en la que yo lo buscaba, y cuando aún estudiaba Bachillerato leí el único de sus libros que tenían: El cuaderno rojo. Lo leí varias veces, hasta que en algún momento me compré El palacio de la luna (uno de los libros que más he regalado, y siempre ha gustado a las personas a las que pensé que gustaría) y finalmente sí La trilogía de Nueva York. He releído muchas veces esos tres (tres o cinco, según edición de la Trilogía que manejamos) libros y también he disfrutado con La música del azar, Leviatán, El país de las últimas cosas y El libro de las ilusiones. Fue quizá con esta novela, de 2002, con la que empecé a sospechar como lector que Auster había decidido escribir por y para siempre libros de Paul Auster, igual que Murakami decidió en algún momento escribir libros de Murakami. ¿Y bien? Está en su derecho. Me interesan los autores que siempre escriben “el mismo libro”, quizá más que los que no lo hacen, pero noté de alguna manera que siendo una buena novela había perdido la fuerza que sí está bajo La trilogía de Nueva York y El palacio de la luna. Me parecía que la necesidad de escribir, de la que tan acertadamente había hablado algunas veces Paul Auster, con aquella metáfora de su amigo el que se inyectaba heroína y seguía haciéndolo no porque le sentara bien sino porque le hacía sentir menos molesto con la existencia, había sido sustituida por la necesidad de ser leído, y asegurando unos ciertos elementos (irrupción del azar, trayectoria de caída al abismo y posterior resurgimiento, sueños románticos relacionados de una u otra manera con el arte, incapacidad para comprender y ser comprendido por el mundo exterior, una mujer redentora, los buenos samaritanos desinteresados que aparecen en momentos señalados, etc.) construía la historia a sabiendas de estar escribiendo algo de la marca Auster. Insistí todavía con La noche del oráculo, Brooklyn Follies y Viajes por el Scriptorium y cerré la carpeta de Paul Auster, releyendo de cuando en cuando, eso sí, sus libros más queridos, especialmente la Trilogía. Un insistente comercial del Círculo de Lectores me convenció para hacerme socio durante algunos meses hace unos años y en uno de los pedidos me llegó Diario de invierno. Me gustó. Saboreé su honestidad, pero no era un esfuerzo ficcional y como memorias de un hombre que se hacía mayor tampoco me parecieron sobresalientes.

Y llegó el otoño pasado y 4321. Apareció, como todos sus libros, con una gran campaña en los medios españoles. Leí críticas, reseñas, reportajes, oí comentarios en radio y televisión, valoré el libro en librerías, y al final llegó a la biblioteca el mes pasado. Lo cogí con temor e ilusión. ¿Por qué mi optimismo? En primer lugar la premisa del libro me parecía interesante (las vidas posibles de una misma persona) y luego la novela me parecía ambiciosa. Por su propio peso. Casi 1.000 páginas. Si Auster quería asegurarse uno de sus moderados éxitos continuistas no tenía más que escribir su clásico libro de entre 300 y 400. Él mismo parecía sorprendido, en las entrevistas, de la ambición literaria del libro. Quizá había decidido salir a la caza de la ballena blanca de La Gran Novela Americana, él también. Y probablemente lo pretendía, aunque no lo haya confesado explícitamente.

Empezaré diciendo que no he terminado de leer 4321. Leí hasta la página 350 (aproximadamente) y lo hice en muchos momentos arrastrándome con pies pesados por su trama. No encontré en ningún momento al narrador ágil y atractivo que al menos siempre ha sido Paul Auster. La prosa estaba más hinchada y cargada que en sus libros habituales, y la historia derivaba hacia un costumbrismo que tampoco es lo usual en sus mejores narraciones. ¿Trataba de escribir Paul Auster algo cercano a Philip Roth? Creo que algo así. Pero le queda lejos Philip Roth en esta novela. Las peripecias del antepasado de Ferguson me recordaron en algún momento esa novela semi picaresca de Saul Bellow que es Las aventuras de Augie March, pero no levantó el vuelo lo suficiente para que la comparación pudiera mantenerse.

Los mejores libros de Paul Auster pueden estar a la altura de los mejores entre sus contemporáneos americanos. Leviatán dialoga con DeLillo y algunas de sus historias, especialmente en La Trilogía de Nueva York, contienen elementos que le acercan a Thomas Pynchon, aunque (por suerte) sin su exuberancia lingüística ni de referencias. Hay algo de Philip Roth en su enfoque de ciertas relaciones familiares y de pareja, y el tono kafkiano de incomprensión de lo que sucede está ahí. Pero su obra, en conjunto, es mucho menos sólida que la de Roth o DeLillo. Dicho todo esto, si Richard Ford (que tiene buenas novelas, pero tampoco creo que haya revolucionado la historia de la literatura, y que tal vez, tenga una obra un poco por debajo de la de Auster, consideradas ambas en general, o al menos yendo a la comparación de sus mejores libros) mereció el Premio Princesa de Asturias de las Letras, de sobra lo mereció Auster. Lo mereció mucho más que otros premiados cuyos nombres no daremos. Pero si el patrón de calidad de ese premio lo fijáramos en Ismail Kadaré, Margaret Atwood o Philip Roth, otros premiados de la última década, no alcanza esa misma altura. No es un autor para el Nobel, digamos (aunque quién sabe qué significa eso hoy en día).

Me da pena no haber disfrutado de 4321. Y me da pena que sea la novela por la que algún lector pueda llegar a la obra de Auster. Si acaso alguien pensara en hacer caso de mis recomendaciones y me preguntara: ¿me recomiendas leer a Paul Auster? le contestaría claramente que sí. Y le mandaría a buscar El cuaderno rojo, o El palacio de la luna, o La trilogía de Nueva York, el que antes encontrara a su alcance, dejando algo al azar.

Seguiremos leyendo. Y quizá mejor releyendo.

Felices lecturas

Sr. E