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domingo, 4 de diciembre de 2016

Tuberías, de Etgar Keret

Tuberías, de Etgar Keret (Ed. Siruela)

¿Hay o podrá haber otro Kafka? Yo creo que no lo hay, ni lo ha habido ni lo habrá. Dentro de lo escaso de mi formación teórica en literatura, que básicamente me reduce a ser un lector atento y más o menos perspicaz pero sin ninguna clase de aparataje teórico – filosófico que sustente sus impresiones, siempre me ha parecido, y me sigue pareciendo, que Kafka es un autor único, quizá el más único que he leído. ¿Tiene siquiera sentido plantearnos si podrá haber otro Kafka? Ha habido obras de inequívoco aire kafkiano, por mucho que ese adjetivo esté tan maltratado como dantesco o dickensiano, y sobre todo sea un adjetivo que únicamente parece remitir a un universo de burocracia infinita, inútil e inexplicable, que era uno de los temas y miedos de Kafka, pero no creo que el mayor, y desde luego no el único. He leído novelas para mí muy importantes, como El desierto de los tártaros, en las que se reconoce un parentesco obvio. Un parentesco que otros muchos relatos de Buzzati mantienen, por ejemplo. De lo que llevo leído, hay mucho Kafka en las novelas de los existencialistas como Camus o Sábato. Hay Kafka en Beckett y hay Kafka en Kadaré y hay Kafka en Cartarescu y en Levrero. García Márquez y Borges se reconocían herederos de Kafka porque su lectura les había permitido entender que se podía escribir así. Levrero se alegraba de haber leído El castillo y descubrir que se podía escribir eso. Eso y así. Kafka es definitivamente inabarcable y difícil de explicar.

Uno de los llamados herederos de Kafka a estas alturas del siglo XXI es Etgar Keret. El autor israelí es sin duda uno de los mejores autores de relato contemporáneos. Es uno de mis escritores preferidos, y no sabía que había publicado nuevo libro en España cuando lo encontré casualmente la semana pasada. Tuberías es otro gran libro de relatos de un gran escritor de relatos. Uno que no ha sucumbido todavía a esa presión por lanzarse a la novela que acaba frustrando a algunas prosas e inteligencias mejor dotadas para el detalle y la distancia corta, bien en forma de relato o de esos artículos o prosas reflexivas en los que la mirada de la ficción se posa sobre la realidad y nos la desmonta como una verdad absurda. Keret es, tal vez, el mejor escritor de relato breve del mundo en la actualidad. ¿Merece la pena dispersar energías en tratar de hacer una novela mediana y que sus relatos pierdan brillo? Cuentan que Cortázar, que probablemente era el mejor cuentista de su tiempo, se sentía muy frustrado porque no le reconocieran en igual grado sus novelas, ni siquiera Rayuela. No me importa si Keret es el mejor o el quinto mejor autor de relatos, lo que quiero decir es que es, claramente, parte de una élite en un género que domina como casi nadie. Y dentro de esa élite es uno de los que mejor explica nuestro mundo. Lo hace mezclando la cultura pop con las preguntas profundas que acompañan al ser humano desde las cavernas. Keret es el niño que desmonta un camión o un tren de juguete y luego trata de armarlos de nuevo, encontrándose, sorprendido, que le sobran piezas, y que algunas de las que sobran son claramente inútiles, y más sorprendente aún, algunas de esas piezas inútiles tienen ahora una nueva función, la de adornar el juguete. El relato exige muchas veces reducir lo narrado a lo esencial, y hay que mantener un juego entre lo esencial y lo accesorio en el que hay un punto para comprender que en ciertas historias lo accesorio se ha vuelto imprescindible, y es lo que viste la ficción de vida.

Keret ha nacido en un país y un tiempo en el que la posibilidad de la muerte es bastante real y cercana. No es que Keret o cualquier israelí estén por el simple hecho de serlo en un peligro de muerte inminente, pero hay países alrededor del suyo que han jurado destruirlos, y ha habido atentados en cada ciudad israelí durante décadas. Aquí también hemos tenido décadas de terrorismo y creo que cuando había una bomba que mataba a personas en principio alejadas de cualquier foco, a los demás ciudadanos se nos despierta una pregunta de: ¿podría haber sido yo? Creo, aunque me lo invente, que esa vecindad más o menos cercana con la muerte y el sufrimiento, con el miedo y la angustia, son lo que más lo acerca a Kafka. Kafka vivió gran parte de su vida con la idea de una enfermedad que no se iba a ir y de la que antes o después se moriría. Y la afrontó con las armas que pudo. Entre ellas, el humor.

¿El humor? No voy a llegar al extremo de David Foster Wallace en Hablemos de langostas, donde consideraba a Kafka un gran autor cómico al que convenía leer como tal. Considero que Kafka es esencialmente pesimista y juzga al ser humano como culpable, y de eso van sus grandes novelas. El proceso es la historia de alguien que ya ha sido considerado culpable, aunque no sepa por qué. La metamorfosis, más metafóricamente, pero se acerca bastante a ello. Keret sí es un autor que se merece el adjetivo de cómico. Sus relatos, en general, se acercan a lo cómico. Al menos siempre le sacan una sonrisa al lector, aunque a veces esa sonrisa sea amarga, o empiece en la sonrisa para acabar en lo amargo. Porque así es la vida, ¿no?

Algunas personas a las que he recomendado a Keret lo han leído y me han dicho que lo encuentran frívolo. ¿Es Keret frívolo? En 2013 tuve la suerte de asistir en La casa encendida de Madrid a un pequeño taller que Keret impartió para 30 elegidos, y él mismo contestó a esa acusación. Una de las asistentes le dijo que le parecía que frivolizaba con el terrorismo, por ejemplo. Y Keret le dijo que como su normalidad incluía el terrorismo, él lo normalizaba y hacía el mismo tratamiento irónico de él que de cualquier otro tema. Esto venía a cuento de un relato en el que el narrador se queja de que como en su barrio había tantos atentados y a cada atentado le correspondía un pequeño monumento conmemorativo, el barrio se había vuelto impracticable para que su hijo fuera con la bici y cualquier día un niño iba a acabar estrellado contra un monumento.

Mi opinión es que Keret no es para nada frívolo, pero no todo el mundo se acerca a los temas trascendentes y a los realmente importantes con cara muy seria y lamentándose y condenando lo malo. En los relatos de Keret están la vida, la muerte, lo íntimo y lo colectivo, la religión, la política, el terrorismo, la guerra, la pareja, la escuela y la familia. Están todos los temas importantes y clásicos de cualquier literatura que quiera ser representante de su tiempo. Los relatos de Keret parecen ligeros, están escritos con ánimo de resultar de fácil digestión para el lector, pero siempre dejan poso, la ligereza es un trampantojo. Suelen ser relatos de no más de 3 o 4 páginas, un relato que a veces, en manos de otros autores, no pasa del chiste o la anécdota, pero que para Keret siempre es suficiente para condensar un mundo narrativo completo.

Tuberías incluye más de cincuenta relatos, y tratar de buscar conexiones que permitan reducirlo a un párrafo es absurdo. Prefiero destacar algunos relatos, como Anette y yo follamos en el infierno, Dios el enano y La plaga de los primogénitos, todos ellos cercanos en su ambiente al judaísmo y a la idea de Dios. Nada de política y El hijo del director del Mosad son relatos, que como el primero hace pensar con su título, son esencialmente políticos, y como todo buen relato político son íntimos y familiares. El hijo del director del Mosad es uno de esos relatos que desde la primera lectura que llegan para quedarse, de los que pasan automáticamente a los relatos que envidias y que querrás releer muchas veces. Noventa también llega hacia lo político y lo social pero desde el ambiente familiar más cercano. Envidia de escritores es uno de los acercamientos a la metanarrativa que Keret introduce en todas sus colecciones. Aquí se trata de un narrador que suda cada frase de cada relato que envidia profundamente a Max Frisch y a J. D. Salinger por lo que entiende es su facilidad para escribir obras maestras, y se dirige a matarlos. Cierro volviendo a Kafka. ¿Es Keret el más digno elegido entre los miles de llamados a suceder a Kafka? Los dos relatos más kafkianos de la colección me han parecido Quedémonos a nivel de la metáfora, que además es un brillante juego de lenguaje, e Imitador de humanos, que establece un diálogo y le da una vuelta al famoso relato Informe para una academia, de Franz Kafka, solo que en este caso el simio decide revelarse.

Ojalá haya pronto más libros de Keret para que los keretistas matemos la sed. Por cierto, para aquellos que nunca lo hayan probado, Siruela sacó hace poco una recopilación de sus cuatro primeros libros de relatos, bajo el título de Un libro largo de cuentos cortos.

Seguiremos leyendo y compartiendo páginas.


Sr. E 

jueves, 10 de noviembre de 2016

Hablemos de langostas, de David Foster Wallace

Hablemos de langostas, de David Foster Wallace (Editorial Mondadori)


Creo que sigo rodeando La broma infinita como modo de acercamiento antes de lanzarme hacia ella. De toda la obra de Foster Wallace me quedan por visitar La escoba del sistema, su primera novela, y La broma infinita, su obra magna, que duerme cerca de mí desde este pasado verano. Me quedaba uno de sus libros de no – ficción, Hablemos de langostas, y ha sido mi última lectura.

Tanto como narrador como en su labor de cronista, aparte de por su fascinante uso de la sintaxis, por la lógica perfectamente definida con la que encaja las frases en los párrafos y cómo va tejiendo la página de interrelaciones, creo que en lo que Foster Wallace más destaca es como observador agudo e ingenioso. Foster Wallace siempre encuentra un ángulo distinto de la realidad, un matiz que venía pasando inadvertido y sobre el que él pone el foco. Foster Wallace es también el maestro en conseguir que un tema que en principio no nos interesa o incluso nos despierta un bostezo se convierta en un texto que nos interesa hasta absorbernos. 

¿Qué interés tengo en conocer cómo funcionan los grandes cruceros del Caribe? Ninguno. Pero he leído varias veces Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer. De momento el único tema aburrido en el que Foster Wallace no ha conseguido embarcarme ha sido en el de los impuestos y las desgravaciones fiscales, como pretendía en aquella epopeya de la hacienda pública y el aburrimiento que es El rey pálido (queda un importante comentario al margen, que es que como novela póstuma que fue, fue montada y recompuesta desde sus fragmentos por los editores, no por el autor, que me imagino, por su tipo de inteligencia y escritura, que debía dedicar mucho tiempo a montar y desmontar la estructura de los textos, y quizá en El rey pálido está todo pero no está bien barajado, o le quedaban descartes por hacer).

Si te interesan los premios de la industria del cine porno, la decadencia de los grandes novelistas americanos, entender a Kafka como humorista, las autobiografías de tenistas retiradas, los festivales de la langosta, los tejemanejes que se traen entre manos los gramáticos y académicos para escribir los diccionarios y dictar las normas de uso del inglés, este puede ser tu libro.

Si no te interesa, a priori, cualquiera de esos temas, también. Leyendo a David Foster Wallace uno aprende, por ejemplo uno aprende que la langosta era una comida de pobres y que en los reglamentos carcelarios del siglo XIX estaba prohibido darles a los presos más de un día a la semana langosta, porque se consideraba cruel, o uno aprende que un festival de la langosta permite cenar por más o menos lo que cuesta un menú de McDonald´s, pero a cambio de soportar colas dignas de Disneyworld, o uno aprende que la vida media profesional de una actriz porno es de dos años, y que hay un alto número de suicidios entre los componentes del gremio. Y uno se sorprende donde él se sorprende, que es lo que pretende que hagamos. Una de las claves de cualquier escritura es la mirada de quien narra, y Foster Wallace sabe poner de manera magistral la mirada en un modo que se sorprende e ironiza sobre cualquier aspecto de la existencia. Foster Wallace es curioso y trata de disfrutar en cualquiera de las circunstancias a la que la escritura de las crónicas le llevaba. Las crónicas de eventos le han sido encargadas por distintas revistas que consideraron, por algún motivo, que él sería el mejor para acercarse hasta allí y contarlo. En todos esos casos Foster Wallace cuestiona su idoneidad para el encargo y nos hace entrar a la realidad desde el extrañamiento. Para situar a quien no ha leído nunca a Foster Wallace, el modo de llegar a la entrega de premios de la industria del cine porno es empezar hablando de las aproximadamente dos docenas de hombres que en Estados Unidos, cada año, se amputan los genitales de modos caseros y horriblemente dolorosos, ya que no son capaces de seguir conviviendo con su concupiscencia desbocada.

Foster Wallace se declara en sus textos admirador de Kafka, al que califica de escritor de humor. Y Kafka es un escritor de humor en el mismo sentido en el que él pretende serlo. Porque mira el mundo, no lo comprende, le supera, y nos cuenta cómo le está superando. Pero Foster Wallace resulta mucho más divertido y ligero porque no se muestra sufriente y dolido por el mundo. Foster Wallace, en otro de sus textos, al hablar de Dostoievski, a quien parece haber leído mucho y en profundidad, se lamenta de no poder afrontar, como novelista americano posmoderno, los grandes temas y dilemas morales de la existencia. Porque sabe que Dostoievski lo hacía pero si alguien hoy en día lo hiciera, se reirían de él. Y tiene razón. Como él dice, y parece que en cierto modo lamenta, nos movemos en un mundo narrativo que igual que el mundo en general, está de vuelta de todo, y sólo acepta la ironía como modo profiláctico de acercarse a ciertas realidades e ideas. Y lo dice uno de los mayores representantes de esa ironía.

¿Uno de los mayores novelistas de finales del siglo XX leyendo insulsas autobiografías de deportistas? Sí. Por lo que cuenta, lo hacía frecuentemente, y especialmente cuando eran las de tenistas y ex – tenistas, un deporte que había practicado con bastante dedicación en su adolescencia. Pero hasta un fan de esos libros insulsos tiene un límite, y la autobiografía de Tracy Austin (al parecer una tenista famosa de finales de los 70) fue el suyo. Es demoledor cómo va recogiendo todos los clichés que la tenista va sembrando por las páginas, cómo se construye un discurso con tópicos y vacío. Y me parece genial cómo acaba por volcar eso hacia la pregunta definitiva, ¿son esas personas, esos deportistas profesionales, capaces de soportar toda la tensión que se acumula sobre ellos en determinados momentos, precisamente porque parecen a veces tener la cabeza vacía? ¿O el proceso es el contrario? En cierto modo, y desde la ironía, se adelanta una década a todas las ideas que están surgiendo hoy en día para explicar esos ciertos estados de éxtasis creativo y de concentración, lo que está dando en llamarse flujo o estar en la zona.

El texto más lúcido, leído 16 años después, y justo por los días en que lo he hecho, es Arriba, simba. David Foster Wallace fue contratado por la revista Rolling Stone para seguir a uno de los candidatos en las primarias presidenciales, en este caso John McCain. La idea de la revista era que periodistas y escritores jóvenes (o relativamente jóvenes, Foster Wallace tenía 38 años entonces) trataran de explicarse y explicar por qué los jóvenes votantes norteamericanos pasaban de la política. A cada uno de esos periodistas y escritores les asignaron un candidato. Y Foster Wallace siguió a McCain. McCain fue luego candidato presidencial. Era conocido por haber sido torturado durante cuatro años por el vietcong. Y se presentaba como un candidato auténtico. Foster Wallace detecta esa autenticidad y ese algo distinto en McCain. Hay jóvenes que le escuchan y le siguen. Y a veces dice auténticas burradas. Pero cuando es un idiota es un idiota que parece auténtico, y entre tanto cliché político muchos desinteresados lo agradecen. Uno de los fotógrafos con los que va le dice a Foster Wallace que McCain hace cosas como de humano, algo que ya le sitúa muy por encima de todos los demás. McCain toca ciertos aspectos que nadie más toca, dice que siempre va a decir la verdad, parece ir a la contra, promete que él no los engañará (en algún momento al principio Foster Wallace cuenta cómo dijo en un mítin que él no podía prometer extender la sanidad porque eso iba en contra de los intereses de las farmacéuticas y a él lo financiaban las farmacéuticas, pero que eso mismo le pasaba a todos los candidatos de todos los partidos, y los demás sí prometían mejoras sanitarias). Foster Wallace vuelve a aprovechar aquí para hablar del cliché y la ironía, y de cómo los jóvenes, tan acostumbrados a que intenten venderles cualquier cosa con técnicas de marketing, son refractarios a toda técnica de marketing que suene a conocida. Y ahí es donde le parece que McCain podría tener una oportunidad. Y McCain no la tuvo. Pero mucho de lo que Foster Wallace veía y contaba tiene mucho que ver con lo que ha pasado esta semana. ¿O no?

Me acerco al momento de abordar La broma infinita. Creo que será antes de que vuelva la primavera. Iremos hablando entre tanto de otros libros.

Felices lecturas

Sr.E