jueves, 21 de marzo de 2019

Libros que te llevan a otros libros que te llevan a otros libros


Libros que te llevan a libros que te llevan a libros y a veces te devuelven a libros a los que ya fuiste y de los que creías que ya habías vuelto: El adversario, de Emmanuel Carrère, El periodista y el asesino, de Janet Malcolm, Campo de cebollas, de Joseph Wambaugh y Mis rincones oscuros y A la caza de la mujer, de James Ellroy

Me sucede a veces (como supongo que le sucede a todos, o al menos a muchos lectores) que un libro, por una referencia, te empuja a otro, y así te van marcando unas cuantas semanas de lecturas. El pasado mes de junio fui a una charla que Emmanuele Carrère dio en La Casa de América de Madrid. Allí habló de un libro, El periodista y el asesino, de Janet Malcolm, que le había hecho siempre reflexionar sobre la relación que puede (y no puede) establecerse entre un autor de no – ficción, como él es, y los sujetos que son centrales en su obra. El autor, como el periodista de Malcolm, necesita colaborar con esos sujetos, pero no tiene ni por qué adoptar el punto de vista de aquellos ni tiene por qué tener, en realidad, unas intenciones claras, o al menos no tiene por qué revelarlas de manera preventiva. Habló de su relación con Jean – Claude Romand para la construcción de El adversario, que me sigue pareciendo el más equilibrado (y por lo tanto probablemente el mejor) de sus libros.

Releí El adversario durante el verano y después de meses y peregrinaciones por distintas bibliotecas di con el libro de Malcolm, picado por la curiosidad que Carrère había despertado en mí. El periodista y el asesino habla del caso de un médico que mató a su mujer y sus hijas y fue condenado por ello, y que en pleno proceso de apelaciones acuerda que un periodista escriba su libro. Espera, el asesino, que el periodista sea su amigo y ayude a mejorar su imagen. Las cartas y las conversaciones que cruzan invitan a pensar que así será, pero cuando el libro del periodista sale, este afirma que tiene claro que MacDonald (que así se llama) mató a su familia. Este, aconsejado por abogados, decide demandar a McGinnis (el periodista y novelista) por difamación. Y el juicio, que tiene algo de surrealista (¿se puede realmente dañar la imagen de alguien que ya ha sido condenado por matar a su mujer y a sus hijas?) se lleva a cabo y Malcolm va reconstruyendo la relación entre ambos y más allá entre la escritura y la verdad.

Uno de los escritores a los que les había llegado el encargo de MacDonald antes que a McGinnis es Joseph Wambaugh, que aparece en el libro y aparece en el juicio hablando de cómo escribe sus novelas de no – ficción. Y así me fui, después de terminar con El periodista y el asesino, a la biblioteca a traer conmigo Campo de cebollas, de Wambaugh, que es el libro del que más se habla en el de Malcolm y parece que su mejor obra. La novela, lo primero, no me ha parecido una maravilla, y lo segundo, no creo que ni se acerque a lo que entiendo que es una novela de no – ficción (El adversario de Carrère, por ejemplo). Hay reconstrucción continua de pensamientos y diálogos que el narrador no conoce (no puede conocer), hay ganchos sentimentales continuos, se busca al lector, se toma partido … Se me podrá decir que algo parecido hace Truman Capote en A sangre fría, y probablemente sea cierto. Por eso quizá nunca me ha parecido modelo de nada esa novela.

En la portada del libro de Wambaugh había una recomendación del mismo Capote y una de esas llamadas que nunca se sabe si son exageradas o de dónde se habrán recortado, esta era de James Ellroy diciendo: “Los libros de Joseph Wambaugh me salvaron la vida”. Como Ellroy es muy poco amigo de elogiar a nadie que no sea Beethoven o él mismo, me dejó casi impresionado. Y acabé volviendo a mis estanterías a releer Mis rincones oscuros, que me parece la cima de Ellroy, el libro (junto con A la caza de la mujer, aunque este me parece menos logrado) que explica todas sus obsesiones y temas, el origen del que vienen y al que vuelven todos sus cuartetos. Hace tiempo que las obras de ficción de Ellroy (las nuevas, quiero decir, puedo volver a leer con deleite El cuarteto de Los Ángeles al completo y quizá lo haga el próximo verano) me superan en sequedad, desparrame de tramas, apuntes y prosa desnuda. Pero siempre volveré, creo, gustosamente, a bucear en sus rincones oscuros y la caza psicoanalítica del cadáver de su madre.

Así que al final el viaje de libro en libro me ha salido redondo, supongo.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

viernes, 15 de marzo de 2019

La maleta, de Dovlátov


La maleta, de Serguei Dovlátov (Fulgencio Pimentel)

Poco después (realmente fue el siguiente libro que leí, pero quise releerlo y pensarlo un poco más antes de compartirlo) de leer Oficio, de Dovlátov, llegó a la biblioteca La maleta, y fui el primero en cogerlo. No sé si hay alguien más en esa biblioteca a la caza de estas ediciones de Fulgencio Pimentel o si boxeo en soledad contra sombras, pero por si acaso lo cogí en cuanto llegué y lo vi entre las novedades, y me sentí satisfecho. Había leído, cuando el libro salió en España, que era considerada la obra maestra de Dovlátov. Yo ya tenía para mí Oficio como una obra maestra, ¿otra obra maestra? ¿una mayor?

-Si algo no le parece bien, ponga una reclamación.
-Todo me parece perfecto -dije.
Después de haber pasado por la cárcel todo me parecía perfecto.

Me imagino que no es fácil ser un estudioso de la obra de Dovlátov. Porque sus libros fueron, vinieron, muchas veces se recompusieron ya en los Estados Unidos y las versiones que se conocieron y circularon no fueron exactamente las originales, o sencillamente se han compuesto libros posteriormente a su fallecimiento. Quizá La maleta, junto con La zona, sí sea el libro más unitario de Dovlátov, escrito en el momento de marcharse, por fin, después de años fantaseando con ello, a Estados Unidos. Tampoco es del todo cierto que Dovlátov soñase en un sentido pleno y esperanzado con los Estados Unidos. Ya era un exiliado interior. Y siguió siéndolo. En cualquier sitio hubiera podido ser un paria y un inadaptado. La escritura de La maleta vuelve a moverse de la ironía al sarcasmo, nos da pena, nos da risa, nos duele, nos reconforta, nos saca la sonrisa y nos hace alzar las cejas.

De niño, tuve una niñera, Luíza Guénrijovna. Lo hacía todo sin prestar demasiada atención, porque vivía con miedo a que la arrestaran. En una ocasión me puso unos pantalones cortos. Y me hizo meter las dos piernas por la misma pernera. Pasé el día entero así. Tenía cuatro años y me acuerdo muy bien de aquello. Sabía que me habían vestido incorrectamente. Pero callaba. No quería tener que volver a vestirme. Algo parecido me pasa ahora.

La maleta toma una idea sencilla, objetivista si queremos meternos en escuelas estéticas. Dovlátov ha conseguido al fin un visado para dejar la URSS, decir adiós a Leningrado y la censura y marcharse a los Estados Unidos. Y tiene que meter en una maleta lo que quiera llevarse. Desconsolado, descubre que después de una vida entera (deja la patria con 39 años) ni siquiera la llena hasta los topes. Y nos cuenta qué relación ha tenido con esos seis objetos especiales que viajaron con él a través del océano. ¿Pueden los objetos que almacenamos más cerca, aquellos que elgimos para que nos sigan en cada mudanza, por lejana que sea, hablar de nosotros? ¿Hablan bien o mal? Quizá nuestro presente tan consumista no permita imaginar la importancia que un puñado de posesiones tenían en un lugar como aquel Leningrado a finales de los años 70 del siglo XX. Pero algo podemos encontrar siempre en Dovlátov que remite a la universalidad.

Creía ser dueño de algunas propiedades. Pero todas cabían en una sola maleta. Para colmo, de muy modestas dimensiones. ¿Qué era yo? ¿Un pordiosero? ¿Cómo había llegado a aquella situación? ¿Libros? Básicamente tenía libros prohibidos.

El libro es de lectura ligera, se acerca a Dovlátov y abre planos para reflejarnos a todos nosotros, sus lectores, es una obra que representa a todos los que alguna vez escribimos, y por otro lado es un texto que remite a un único ser humano, un ser humano de difícil trato, ideas extrañas, poco sentido práctico y (eso sí, al menos, eso siempre) la capacidad de reírse de uno mismo y seguir siempre adelante. Cada pocas líneas nos encontramos con algún hallazgo de prosa, con una idea que rumiamos, con una verdad modesta, con una genialidad de vida diaria. No me parece un libro superior a Oficio, pero sí un libro de su altura, otra maravilla.

En aquella época, reservaba mis más encendidos elogios para las películas policíacas. Porque me ayudaban a relajarme. Sin embargo, me permitía referirme a las películas de Tarkovski en tono condescendiente. Y siempre dando a entender que Tarkovski llevaba seis años esperando un guión mío.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

miércoles, 6 de marzo de 2019

El viaje a Echo Spring: Por qué beben los escritores, de Olivia Laing


El viaje a Echo Springs: por qué beben los escritores, de Olivia Laing (Ático de los Libros)

El viaje a Echo Springs es una expresión que un personaje de la obra La gata sobre el tejado de zinc de Tennesse Williams utiliza para anunciar que va al minibar a por una más. Tennesse Williams es uno de los seis autores de los que habla este libro, quizá aquel del que se hace un retrato más interesante y humano (o tal vez simplemente el que más me ha interesado a mí en esta lectura).

El libro parte de una tesis conocida y muy extendida, la de que alguna relación debe haber entre escritura y alcoholismo cuando hay tantos (pero tantos) escritores a lo largo de la historia que se han pasado bebiendo, muchos hasta el punto de que la botella fuera el eje central de sus vidas, mucho más que la máquina de escribir o las páginas escritas. ¿Por qué es eso? Hemingway, uno de los más célebres y más alcohólicos entre esta subespecie de escritores, decía, como nos cuenta Olivia Laing, que la vida moderna (y la vida contemporánea es más moderna que aquella de la que hablaba Hemingway, necesariamente) es en ocasiones una opresión mecánica, y el alcohol supone el único alivio mecánico capaz de hacerla más llevable. Hay algo de eso. Hay algo también de personalidades ultrasensibles, dispuestas a vivir en carne propia el infierno, o atormentadas por otros demonios y que buscan en el alcohol un relajante, una pequeña escapada, y encuentran una receta que funciona con facilidad y que lo único que pide a cambio es una dosis cada vez mayor.

El libro oscila entre el ensayo, la reflexión, la crónica personal y algunas memorias compartidas. Comienza en la famosa Escuela de Escritura Creativa de Iowa, en la década de los setenta, cuando John Cheever, a sus sesenta años, compartió curso con Raymond Carver, un poco conocido autor treintañero. Ambos se dedicaron mucho más a beber que a escribir, cumplieron con sus clases y las obligaciones con los alumnos pero hicieron poco más. Pocos años después Cheever se rehabilitaría completamente y cambiaría el whisky por el té. Carver tardaría un poco más, pero también acabó dejando la bebida. Otros de los autores a los que se retrata en el libro no lo consiguieron, murieron alcoholizados (Fitzgerald) o acabaron suicidándose (Berryman y muy probablemente Hemingway y Williams).

Por qué beben los escritores es un título excesivo para el libro. Pero quizá sea cosa de los traductores o editores españoles, ya que en los créditos de la edición que he leído se cita The trip to Echo spring, sin más, como el título original. Ediciones británicas posteriores le añaden un más moderado On writers and drinking. Así que en principio asumiré que la intención de la autora nunca fue explicarnos por qué beben los escritores, así como idea general, puesto que primero: no todos los escritores que han dejado su huella en la historia han sido alcohólicos, ni tampoco pretende en el libro dar algo así como una respuesta general. Se limita (y es una buena idea hacerlo así) a retratar el caso de seis autores, todos hombres, todos norteamericanos, todos del siglo XX. Los elegidos son John Berryman, Ernest Hemingway, John Cheever, Tennesse Williams, Francis Scott Fitzgerald y Raymond Carver.

A modo de tesis nunca explicitada parece que Laing trata de convencernos de que una sexualidad conflictiva y nunca del todo aceptada, o un acontecimiento traumático o vergonzoso del pasado son los nexos de unión entre el alcohol (alivio) y la escritura (modo de redimirse). Cuando intenta dar explicaciones el libro pierde interés, aunque se agradecen algunos incisos técnicos sobre la acción del alcohol en el cerebro y sus daños a largo plazo. Funciona mucho mejor cuando es una crónica de seis talentos artísticos perdidos en lo personal. Me ha vuelto a hacer leer a Cheever y a Fitzgerald, siempre tan detallistas, tan acomplejados, tan finos, me ha reafirmado en mi fobia contra Hemingway, me ha contado la historia de siempre de Carver y me ha presentado a Tennesse Williams (de quien conocía, por supuesto, algunas obras, pero nada sobre él) y a John Berryman (de quien no sabía absolutamente nada).

Laing mezcla las anécdotas y las anotaciones de diarios de los autores con sus propias experiencias a la hora de ir escribiendo el libro, los viajes (que son muy importantes para el avance del libro) que debe ir haciendo, lo que va encontrando y lo que más la sorprende, y el recuerdo siempre difuso de unos años de su infancia en que hubo problemas en casa con un padre que bebía demasiado. El libro resulta irregular, descompensado en la presencia de la crónica personal vs. crónica de los autores pero resulta interesante y permite acercarse más a algunos autores, con el doble valor de mostrarnos algunos matices de quienes creemos saberlo todo y presentarnos a otros que quizá no conocíamos.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

jueves, 28 de febrero de 2019

Trilogía de la guerra, de Agustín Fernández Mallo


Trilogía de la guerra, de Agustín Fernández Mallo (Seix Barral) y una mirada un poco más allá del libro concreto sobre su autor y su obra.

He dejado transcurrir un tiempo prudencial (algo más de un año) para leer la novela con la que Fernández Mallo ganó el Premio Biblioteca Breve. Como cuando lo ganó Ricardo Menéndez Salmón, la sensación que tuve cuando se anunció el premio a Fernández Mallo fue que se arreglaban cuestiones internas de la editorial (un reconocimiento a Menéndez Salmón, que lleva editando en Seix Barral con éxito desde hace más de una década, un fichaje en el caso de Fernández Mallo) más que se buscara un libro original o novedoso que ofrecer a los lectores. Este año ha ganado la poeta Elvira Sastre y las sensaciones son otras, distintas y peores, y creo que no soy el único.

No voy a ser el tonto puro que grite de indignación por cómo se mueven y dan los premios literarios grandes y en editoriales grandes en España. Ya sabemos, a cierta edad, quiénes son los Reyes. El caso es que los Reyes le trajeron el Biblioteca Breve a Fernández Mallo, que llevaba bastante tiempo sin publicar material nuevo, y me lo apunté pero no sentí ninguna prisa por ir a buscarlo, hasta que me lo encontré sin buscarlo en la biblioteca en una de mis últimas visitas.

¿Me interesa la obra de Fernández Mallo? Sí, sin duda, me interesa. Me interesa más de lo que me gusta, completo la respuesta. Yo empezaba a escribir en aquel ya lejano 2006 en el que Fernández Mallo publicó el primer volumen de su Trilogía Nocilla en una pequeña editorial y bastantes focos cayeron sobre él. Creo que no se le había prestado tanta atención a un autor claramente literario al menos desde mediados de los 90, cuando Mañas y Loriga eran personajes bastante populares. Leí los libros de la Trilogía Nocilla (hay muchos autores que como Fernández Mallo piensan la narrativa en trilogías, aunque dejo dicho que no sé si esta Trilogía de la guerra no intentaba beneficiarse de la fama pasada repitiendo el esquema en el título, pues es justificable el título de trilogía hasta un cierto punto, hay guerras que se repiten en lo sustancial, como todas las guerras, y aquí los apuntes se centran en tres, pero sería casi más justificable no haberlo usado) y me resultaron interesantes. Sonaban frescos pero todas aquellas maravillas que se les encontraron fueron probablemente excesivas. No me parecía que Fernández Mallo estuviera inventando nada, y de hecho algunos de sus paisajes me recordaban precisamente a Ray Loriga.

Lo que vino después, las teorías y los movimientos suelen exceder la voluntad de alguien que al final ha escrito un libro y lo ha dejado al alcance del público, no creo que Fernández Mallo tenga demasiada culpa de todos los autores a los que se quiso montar en su mismo carro y aprovechar aquella moda. Llegó la editorial más grande, se completó la trilogía, tuvo aquel problema con María Kodama por el homenaje a Borges en el libro El hacedor (remake) y cuando leí Limbo pensé que quizá era su libro más equilibrado.

Porque los libros de Fernández Mallo pecan de no tener una estructura clara, lo cual no tiene por qué ser malo, pero en sus libros (en mis lecturas de sus libros) acaba llevando a que los textos acaben amontonándose, siendo más autónomos que partes de algo, y tampoco como partes acaban de tener la entidad suficiente. Cuando había leído los libros Nocilla los había empezado con gusto, y se me había ido quitando el entusiasmo con las páginas. O algo así.

En la Trilogía de la Guerra me encuentro con un Fernández Mallo más maduro (va por los cincuenta años, y eso debe pesar), más autoconsciente y que empieza contando una historia diseñada muy al modo de Enrique Vila – Matas. La autoficción de Fernández – Mallo me interesa poco pero va colando reflexiones interesantes sobre la verdad y sus reflejos, la vida, las redes sociales y el espacio viscoso entre la una y las otras. La historia se desvía por algunos meandros, algunos buenos, los menos casi brillantes, otros esperables y aburridos, y cuando el libro se parece más a un ensayo me parece más interesante. Las ideas son buenas, son originales en muchos casos, pero no están contadas con demasiado atractivo. Igual que mi primer contacto con Nocilla me recordó a mis primeros encuentros con Ray Loriga, este libro me ha hecho pensar en el Loriga de Rendición, otra novela ambiciosa, de guerra en muchos sentidos y también fallida en otros muchos. Y aquí voy a una cuestión interesante (a mi entender). Me parece que este libro tiene algo así como la esencia de lo que un libro de Fernández Mallo tiene o se espera que tenga. La iconografía, el mundo pop, las referencias científicas, incluso una tesis muy aguda. Pero está demasiado limado, tal vez para que fuera un libro premiable y tal vez con la esperanza de que ese libro premiado pudiera tener más público.

No sé si a ese nivel el libro ha funcionado, aunque he visto que ha aparecido recientemente la edición en bolsillo, y se ha reseñado muy positivamente. Pero lo he encontrado demasiado plano en su escritura, no he dado con el vuelo poético (con esas imágenes potentes, originales, con el uso del lenguaje creativo) que sí había en Nocilla. Quizá es una mejor novela que sus libros anteriores pero es un libro peor. No obstante creo que merece la pena leerlo, y aunque no he leído aún su ensayo Teoría general de la basura, creo que algunas de las ideas que se tocan aquí deben ser parecidas a las que aparecen en aquel, y son de lo mejor de este libro. Así que intentaré leer aquel y mientras tanto recomiendo leer este, aunque sea para decepcionarse. Porque será, como en mi caso, una decepción trabajada, un diálogo con un autor que al menos tiene algo interesante que decir y un modo propio de decirlo, lo cual ya es mucho visto como está el panorama de la narrativa literaria en España a estas alturas del siglo XXI.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

viernes, 22 de febrero de 2019

Amor a primeras líneas: Las aventuras de Augie March, de Saul Bellow


Las aventuras de Augie March, de Saul Bellow (DeBolsillo) o cómo mudarse al interior de un libro

No soy uno de esos lectores exagerados, de esos que pierden el contacto con la realidad mientras leen, no me creo un personaje. No soy Madame Bovary, para resumir, y por muy abstraído que esté en la lectura de un libro, si llaman al timbre, me entero. Si suena el teléfono me entero, y por eso lo silencio cuando lo que quiero es leer sin que me interrumpan. Cuando llega la noche y tengo mucho sueño y cojo un libro, el libro no llega a despabilarme hasta tal punto que me quite el sueño. Nunca me ha pasado lo de: “cogí el libro a las once de la noche y me dio el amanecer leyéndolo, ya terminándolo”. Por eso me ha hecho pensar especialmente lo que me ha pasado esta mañana, de camino al trabajo. El metro (o bus o cercanías) es un buen lugar para leer, siempre, claro, que uno no se tenga que meter uno en una de esas líneas a una de esas horas en las que bien parecen los vagones latas de conservas y es imposible hasta pasar la página. Por suerte yo entro a las ocho menos cuarto en una línea de metro bastante vacía y puedo disponer de tiempo de lectura sentado hasta que llego.

Esta mañana me llevé para los viajes de ida y vuelta al trabajo Las aventuras de Augie March, de Saul Bellow. Ya lo leí hace muchos años y me apetecía darle una segunda vuelta. No es una de las consideradas obras maestras de Bellow (que quizá suelen ser siempre Herzog y El legado de Humboldt), aunque sí un libro bastante reconocido (Bellow es en general siempre un buen novelista, y pasa como con Philip Roth o Don DeLillo, no es tan fácil señalar las cimas). Es, por resumirlo fácil, una novela de formación.

Pero no quería hablar del libro en su conjunto, porque solo acabo de volver a comenzarlo, sino de su inicio, de esas primeras páginas en las que los libros de teoría y los cursos de escritura dicen que se marca el tono y el punto de vista. Todos hemos sentido la diferencia entre un libro que sabe atraerte hacia su interior y uno que no lo hace tan bien. He leído recientemente Lecturas de mí mismo, de Philip Roth, en uno de cuyos artículos se habla de las novelas de Bellow y otros novelistas americanos contemporáneos a los inicios de Roth. Y Roth se preguntaba de dónde venía tanta exuberancia en la prosa, tanta potencia narrativa. Y es verdad que las páginas de Bellow son densas y están llenas de materia, a veces un tanto gratuita exhibición de músculo.

No sé si el resto del libro me seguirá teniendo así de absorbido, pero el caso es que esta mañana, de camino al trabajo, me he pasado de parada, y creo que en más de diez años de uso diario o casi diario del Metro de Madrid es la primera vez que me pasa algo así, tal cual, darme cuenta dos paradas después de que se había pasado mi parada. Menos mal que voy con margen suficiente.

Y el libro empieza así, e invito a todo el mundo a unirse a él:
Soy norteamericano, de Chicago, sombría ciudad, Chicago, y encaro las dificultades como he aprendido a hacerlo, sin rodeos. Así será esta crónica, pues: de estilo libre; quien antes llama, antes es atendido, ya fuera inocente o no tan inocente su llamado. Dice Heráclito que carácter es destino. A fin de cuentas, no hay cómo disfrazar el jaez de tal llamado, ni almohadillando la puerta ni enguantándose la mano.
Sabido es que toda supresión es burda: suprimes una cosa y en el acto estás suprimiendo la de al lado.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

jueves, 14 de febrero de 2019

Oficio, de Serguei Dovlátov


Oficio, de Sergei Dovlátov (Fulgencio Pimentel)

¿Es muy arriesgado decir que a mediados de febrero ya sé que he leído el que probablemente sea el mejor libro de este año para mí? Quizá sea mucho decir, no sé. Pero creo que no me equivoco demasiado afirmándolo. En la vida de todo lector hay x momentos especiales en los que se topa con libros o autores inesperados, esa clase de libros o autores que le hacen caerse de su sillón de lector, normalmente ya desgastado y acomodado por los mismos nombres, los mismos temas y los mismos títulos. Sería muy interesante poder acceder a esos x libros de cada lector y que nos explicara cómo, cuándo y por qué le llegó a las manos ese título y qué sintió. Hablo de esos pocos libros de los que decía Nabokov que se leían con la espina dorsal. Nabokov restringía el uso a esas llamadas obras maestras, y en junio tuve la suerte de escuchar a Cartarescu hablando en la Feria del Libro sobre esas sensaciones de lector, unas señales que recorren la columna y que él no sentía con Nabokov, aunque sí, siempre, con Dostoievski, a quien Nabokov aborrecía (o al menos valoraba escasamente). Más mundano, me imagino, la última vez que recordaba haber notado de verdad ese escalofrío había sido con La novela luminosa de Levrero y Submundo de Don DeLillo, en ciertas páginas de Solenoide de Cartarescu.

Leo muchos libros que me entretienen, otros que me obsesionan durante un tiempo, otros que solamente me acompañan y también leo muchos en los que encuentro, además de la compañía como lector de un buen libro, rastros de una muy buena labor literaria, méritos técnicos indudables, pero que son otra cosa. Ese latigazo que echaba en falta, me ha recorrido hasta cierto punto con Oficio, de Serguéi Dovlatov. No creo que Nabokov (quien falleció en 1977) llegase a leer a Dovlátov (cuya popularidad, si alguna vez ha pasado de los mínimos de la popularidad, empezó a ser tal en la década de los 80).

Tiene usted que confesar sus errores.
¿Qué errores?
Eso no importa. Lo esencial es confesar algún error. Reconocer algo. ¿Es usted un ángel o qué?
No soy ningún ángel.
Pues confiéselo. Todos tenemos algo que confesar.
Pero es que no me siento culpable de nada …
¿Fuma?
Fumo, sí. ¿Por qué?
Con eso basta. Fumar es un hábito nocivo e insensato. ¿Está de acuerdo? Entonces, escriba: “Arrepentido de mi insensatez, solicito que …”. Y luego mencione el libro. Confiese algo, pero en forma nebulosa, enigmática. Escriba al primer secretario, Kebin …
¿Usted también ha tenido que acusarse de algo alguna vez?
Cómo no. Montones de veces. Lo tengo casi por costumbre.
¿Y de qué tipo de cosas se ha acusado?
Pues … De preparar un atentado contra Uborévich. Menos mal que justo por esos días detuvieron a Uborévich. Si no recuerdo mal, por el atentado contra Blújer … Y a Blújer, por el atentado contra Yakir. Y a Yakir …

Me ha llegado ese momento Dovlátov y debo decir que hasta cierto punto me lo esperaba. Me explico: El año pasado leí dos novelas del autor ruso: La extranjera y Retiro. Ambas me gustaron, ambas me parecieron obra de uno de esos autores de los que se podría decir, parafraseando a Levrero, que iba bastante más allá de escribir bien o hacerlo mal, era uno de esos autores que estaba apostando la vida en lo que estaba escribiendo. Lo que he ido viendo de Dovlatov, y lo que este libro confirma (ampliado) es que Dovlatov es un autor y su material narrativo es, esencialmente, la vida de Serguéi Dovlatov, ciudadano soviético, después residente americano, pero esencialmente escritor, y dentro de esta gran familia, de la subespecie de los fracasados.

Estaba desconcertado. Había decidido vender mi alma a Satanás, ¿y a qué condujo todo aquello? A que acabé regalándosela. ¿Puede haber algo más patético?

¿Es entonces un (otro) libro de autoficción? En gran medida, pero tampoco nos dejemos confundir por las etiquetas, ni perdamos de vista que autoficción son algunas de las mejores novelas de Philip Roth o de Bolaño. No se trata de ejercicios de desnudez y exhibicionismo, para nada. La mirada literaria se nota, se ve el embellecimiento (el formal, el que a veces exige que se rebajen las condiciones de la realidad para acercarlas a la parodia) de lo escrito, hay un autor trabajando sobre el material, descartando a veces el camino verosímil por considerar que no es el más adecuado.

En horas perdidas traté de dilucidar un asunto: ¿quién tiene realmente posibilidades de ser publicado?
Pude documentar siete categorías:
1. Autor conocido, burócrata literario eminente, cuyo mismo nombre ya sirve como salvoconducto. (Ciento por ciento de probabilidad).
2. Profesional del aparato de bajo nivel, amigo personal de Sajarnov. (Probabilidad del sesenta por ciento).
3. Funcionario de organismo paralelo, con el que haya que vivir en armonía. (Cincuenta por ciento).
4. Autor desconocido, que milagrosamente haya creado una obra a la vez talentosa y ajustada a las exigencias de la coyuntura. (Cuarenta por ciento).
5. Autor desconocido, que haya creado una obra falta de interés pero ajustada a las exigencias de la coyuntura. (Treinta por ciento).
6. Auto con talento, sin más. (Probabilidad cercana a cero. Caso prácticamente insólito. Objetivo seguro de represalias por parte del Comité Regional).
7. Autor inepto, e indiferente ante las exigencias de la coyuntura, además. (No considero la variante. En ese supuesto, las probabilidades se expresan en cantidades negativas).

Oficio son las memorias de Dovlátov formándose como escritor. Y ¿cómo se forma uno, sea soviético o español, sea Dovlátov o un Cualquiera, como escritor? Esencialmente escribiendo. Y a eso se dedica Dovlátov, a escribir de manera cáustica en su Leningrado, a llegar tarde a todos los círculos, a tener encargos en los periódicos, a recibir palmaditas en la espalda y explicaciones de por qué sería impensable que nunca la burocracia y la censura aprueben uno de sus libros. Dovlátov se va labrando un lugar seguro y casi un prestigio como sombra. Todo el mundo dice de sus relatos que tienen valor pero que no son lo que el sistema quiere promocionar. Dovlatov escribe La zona rememorando su experiencia como vigilante en un campo de castigo, y se le señala repetidamente que llega después de Un día en la vida de Iván Denisovich, de Solzhenitsin, pero sin su humanismo, sino como un libro aún más oscuro, sin ningún atisbo de esperanza y un extraño sentido del humor.

Sus dotes literarias eran del mejor de los tipos. La completa ausencia de valía no suele ser recompensada. El talento pone nerviosa a la gente. El genio infunde espanto. La divisa que mejor cotiza es una discreta aptitud literaria.

Los repetidos intentos y tropiezos de Dovlátov no distan mucho, realmente, de los de cualquier aspirante a escritor. Los mecanismos de censura de la dictadura soviética no distan tampoco tanto de los que el mercado marca hoy en día. Dovlátov no es un enemigo del pueblo, no es un perseguido, simplemente es alguien que escribe bien, en eso coinciden todos los que leen y evalúan sus textos, pero que escribe algo que no interesa a quienes deben publicarlo porque entienden que no va a tener salida (en aquel Leningrado porque irritaría a las autoridades, hoy en día porque no lo querría el lector medio al que se dirige el editor). Las idas y venidas y los encuentros de Dovlátov con otros escritores también son los esperables en un escritor novel y en formación. Su manera de no saber combinar las ansias literarias con la vida diaria tampoco sorprenden a estas alturas. La envidia que siente por quienes sí están triunfando, las normales. Todo es aparantemente lo esperado y todo lo conocemos, pero el contexto en el que lo pone y la mirada de Dovlátov, capaz de mantener un tono irónico durante 400 páginas, con lo difícil que resulta algo así sin cansar al lector ni entrar en una dinámica de gracietas.

América era nuestra idea del paraíso. Porque el paraíso es, al fin y al cabo, lo que no tenemos.

En la segunda parte del libro Dovlátov acaba a finales de los setenta exiliándose en los Estados Unidos, y allí tampoco se encuentra con facilidades. Participa en un periódico para los exiliados rusos, bebe, desespera a su mujer, no se integra, sufre estúpidos accidentes más o menos domésticos, intenta salir lo menos posible de casa, bebe más, escribe, tampoco parece que sus escritos despierten ningún entusiasmo, aunque quizá sí, un poco, encuentra a una traductora que se interesa por su trabajo, vende algunos libros, llega a publicar algún relato en el New Yorker, sigue comunicándose casi siempre con los mismos exiliados rusos, bebe, se da cuenta de que la vida es al final en un gran porcentaje soledad y silencio, incomprensión y nada, pero que debe vivirla. Y la vive. Escribiéndola. Tal vez, decía al principio, sea demasiado decir que este es el mejor libro que leeré en 2019. Ojalá haya muchos más. Pero no lo creo.

A caballo de otros cuatro dobles me vi abordando el asunto de la soledad. Un asunto, como es sabido, inagotable. Otra cosa no, pero soledad hay siempre de sobra. El dinero se acaba. La soledad, nunca …

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

viernes, 8 de febrero de 2019

Diecisiete instantes de una primavera, de Yulián Semiónov


Diecisiete instantes de una primavera, de Yulián Semiónov (Hoja de Lata)

Cuando compré este libro (por recomendación de sus editores, Hoja de Lata), lo primero que hice fue quitarle, y perderla, la faja que calificaba a Isáyev / Stirlitz, el protagonista de esta novela (y otras) como el James Bond soviético. Primero, porque pensé que no sería verdad por la descripción que me habían dado. Segundo, porque llevado por el pensamiento mágico, pensé que aunque fuera verdad, el gesto de quitar la llamada publicitaria haría que yo no me diera cuenta. Empiezo diciendo que no soy especialmente aficionado a las novelas (ni las películas) de espías, y que si hay un personaje al que detesto profundamente, de los referentes de la ficción mundial, es (aparte de la mitología de Star Wars) a James Bond. Me parece un patán rancio y chulesco.

Por suerte la historia que nos van a contar en Diecisiete instantes de una primavera, y sobre todo la personalidad de su protagonista, compleja, dibujada con sombras y referencias, quedan muy lejos de James Bond y su mitología. Stirlitz, como se le conoce durante esta novela, está destinado en Berlín. Lleva allí siguiendo desde cerca (y dentro) los pasos del gobierno nazi. Tiene una pequeña red de confidentes cercanos y él mismo es un hombre de confianza para algunos secundarios de la administración de Hitler.

No puede morir, como no puede morir en este mundo la exploración y la búsqueda, porque lo principal en el ser humano es el deseo de buscar. Los que han tenido suerte lo buscan en la física, y los que nacieron tontos, como nosotros, lo buscan en el contraespionaje.

La historia que nos cuenta esta novela es bastante conocida, son los últimos (diecisiete) días antes de la caída de Berlín, con Hitler en el bunker, el régimen nazi cayéndose y como pasa siempre en los últimos momentos de estos regímenes, las ratas huyendo del barco. Algunos que han estado con el nazismo ensayan ante el espejo, y ante los atentos oídos de Stirlitz, que nunca comulgaron con las ideas, y desde luego no con los métodos extremos. Algo que nos suena en España y que podría revisarse en las biografías de todos aquellos que pasado el año 70 empezaron a buscar un sitio para seguir cómodamente en la España postfranquista después de haber estado muy cómodamente en la España franquista. Vale la pena leer La gallina ciega, de Max Aub, aparte de por el gran valor del libro, por ver cómo el autor, que sí fue un derrotado de la Guerra Civil y un exiliado durante más de treinta años, los veía venir. El truco era sencillo, después de pasar una dictadura cómoda, sin meterse en política, se aprovechaba la repartura apertura de los medios en los últimos años para mostrarse un poco crítico con algún aspecto y cuando Franco muriera poder decir ya siempre que se estuvo en contra y sacar rédito de ello. Yendo al chiste, es lo que decía aquel personaje de la película Uno, dos, tres de Billy Wilder cuando le preguntaban por su posición durante el nazismo, y respondía que él estaba trabajando en el metro y allí abajo no se enteraba demasiado de nada de lo que estaba pasando arriba. Yendo a lo serio, es la idea de la banalidad del mal que Hannah Arendt habla en Eichmann en Jerusalén, la de todos esos nazis que quisieron exhimirse de culpa, al menos en un plano moral, diciendo que se limitaban a cumplir órdenes.

Estoy ahora releyendo a los autores rusos: a Pushkin, Saltikov, Dostoyevski, … Lamento mucho no conocer su idioma, porque la literatura rusa es asombrosa; me refiero a literatura del siglo XIX. En la segunda mitad del XIX les permitieron desahogarse y hay que estudiar cuidadosamente este período porque su desahogo no fue tanto sobre el pasado como sobre el futuro.

Dejando al margen las referencias históricas, el espía Stirlitz, del que poco se sabe porque poco se puede saber, es un hombre melancólico, que a veces fantasea con renunciar a la patria que le obliga a estar lejos de casa (y la casa que él quiere es aquella en la que está su mujer) y volver, aunque sea a enfrentarse con la acusación de traición y la vergüenza, y no lo hace, entre otras cosas, porque sabe que no sería solo la vergüenza, sino la casi segura muerte. Stirlitz es un hombre leído, que puede pasear por los salones importantes de un país extranjero sin despertar sospechas. Stirlitz está viendo, como testigo privilegiado, cómo se deshilacha el poder nazi. Los propios nazis ya saben que están perdiendo, y cuando hablan entre ellos no lo disimulan. Se buscan culpables, se rifan venganzas, se ofrecen algunos para cambiar de bando. En esos momentos de descomposición es peligroso ser Stirlitz y que puedan descubrirle. Y peor para un hombre íntegro, que puedan descubrir a nadie que le haya ayudado, algo que nunca se perdonaría, como le pasa en algunos libros al siempre atormentado Smiley de LeCarré.

¿Es un interrogatorio?
No.
Es decir, ¿puedo no responder?
Debe responder.
¿Y si me niego?
No se negará.

De acuerdo con el prólogo, Diecisiete instantes de una primavera fue un éxito en la Unión Soviética y su versión televisiva sigue siendo un clásico para muchas generaciones. Nunca se sabe con esta clase de afirmaciones, pero podría ser perfectamente. Como novela de misterio y espías funciona perfectamente, la escritura es buena, variada, hay amplias referencias culturales, se adivina la visión que los europeos tienen de Rusia y los rusos de Europa, los matices que se van ofreciendo, en lo sociopolítico, son ricos, nada maniqueos, todos los buenos son un poco malos, aunque algunos de los malos apenas tengan lado bueno, pero es que hay malos que no tienen ni un poco de luz entre las sombras.

Entonces, ¿ustedes deciden quién es culpable ante ustedes y quién no lo es?
Sin duda alguna.
Entonces, ¿Ustedes saben de antemano qué es lo que quiere un hombre determinado y dónde se equivoca y dónde no se equivoca?
Sabemos lo que quiere el pueblo.
El pueblo. ¿Y de qué está compuesto el pueblo?
De gente.
¿Y cómo sabe lo que quiere el pueblo sin saber lo que quiere cada uno en particular? ¿O es que usted sabe de antemano lo que quiere cada uno, dictándolo, ordenándolo?

Un Hitler aislado conduce sin saber a dónde los ejércitos de todos los que tienen más claro lo que habría que hacer. Algunos ya solo esperan que acaben los últimos días. Stirlitz está en permanente tensión. Sus superiores parece que muchas veces viven desorientados. El espía de pie de calle sabe cómo se mueve todo mucho antes de que se enteren arriba, y esto es algo común a muchos espías (no a esos del tipo James Bond, que no pisan la calle, que la sobrevuelan en artefactos de alta tecnología como action man) y a muchos directores de servicios de inteligencia.

¡Qué bien que esté lloviendo! –pensó–, así al menos ocurre algo. Cuando estás esperando y todo está tranquilo te pones más nervioso. Pero si nieva o llueve, no te sientes tan solo.

Semiónov nos deja una novela que se lee con gusto, que acompaña, que da pena que se acabe. Después de terminarla me he encontrado en la biblioteca la primera aventura de Stirlitz, todavía Isayév, un libro llamado Diamantes para la dictadura del proletariado (uno de esos títulos insuperables), una historia de contrabando de diamantes en los primeros tiempos tras el triunfo de la Revolución de 1917. Estoy con ella, detectando todos los sellos de estilo que me gustaron ya en Diecisiete instantes de una primavera, notando los cambios de escenario, régimen, década, y todas las continuidades, pensando en aquella frase que un policía francés le dijo a Trotski cuando lo detuvieron: “Los políticos pasan, la policía permanece”.

Ya llegó la primavera –pensó–. Ahora crecerá la hierba.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E