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miércoles, 12 de junio de 2019

Illska, La maldad, de Eirikur Örn Norddalh


Illska, La maldad, de Eirikur Örn Norddalh (Hoja de Lata)

La faja que acompañaba esta novela cuando me la compré durante el primer fin de semana de la Feria del Libro de Madrid de este año (una faja que anunciaba que se trataba de la segunda edición, lo cual habla de un muy buen trabajo editorial, y no es el primer muy buen trabajo de Hoja de Lata con el que me encuentro) habla de la gran novela sobre el auge de la extrema derecha en Europa. Y lo es, o no. Lo es, en cierto sentido, pero no lo es en otros muchos. Leyendo algo así esperaba encontrarme con una novela de alto contenido político y violencia, y me he encontrado con un gran contenido político y altas dosis de violencia, pero me he topado también con muy buena literatura, con una novela ambiciosa y construida con gran originalidad (y una maestría a la hora de afrontar la estructura más que evidente a poco que uno haya leído unos cuantos libros y se haya puesto a escribir alguna vez).

Illska, La maldad, es una novela muy difícil de explicar en pocos párrafos. Es, quizá, por agarrarnos al esquema clásico de trama, una historia de amor (pero de amor y violencia, de amor y odio, tengamos en cuenta que Casablanca es una película de amor y nazis y funciona perfectamente, esta también es, quizá, una historia de amor y nazis). Hay un triángulo amoroso en cuyo centro está Agnes, treintañera, obsesionada casi desde siempre con el Holocausto y que escribe su tesis sobre el auge de los movimientos populistas de extrema derecha en la Europa contemporánea. Primera pregunta escalofriante de la novela. ¿Cuán diferentes somos de aquellos europeos de la década de 1930? ¿Tanto como nos gusta pensar para sentirnos bien o quizá menos? Agnes conoce por casualidad a Ómar, se empiezan a ver, se enamoran, se van a vivir juntos, pronto empieza a haber roces, desinterés de ella, inoperancia de él, hasta hay un embarazo y un niño pequeño. Ómar es un representante del precariado internacional, un treintañero con una carrera de filología, mucha actividad en la red y trabajos precarios que lo van llevando de uno al siguiente. No se queja demasiado, y representa, en lo bueno y en lo malo, al sujeto con estudios medio europeo de su generación. Empieza pareciéndonos un personaje un tanto plano y a mí ha acabado cayéndome bastante mal. Se recrea en su patetismo, siempre tiene una excusa para su inmadurez, no es crítico consigo mismo, ¿está perdido? Su generación, para bien y para mal, es la mía, como la de Agnes. Y también la de Arnór. ¿Y quién es Arnór? Pues la tercera pata del triángulo amoroso, un neonazi al que Agnes empieza a frecuentar para que le explique las ideas de esos populistas de extrema derecha. ¿Y con qué se topa? Con un tipo leído, seguro, que habla bien, que no se porta como un payaso, que puede llegar a ser encantador y hasta es atractivo. Tan atractivo como para empezar a acostarse con él. Pero, un gran pero, nunca deja de ser un nazi. Agnes se acuesta con él y nunca deja de pensar que está haciéndolo con un neonazi, de esos a los que siempre ha odiado, de esos de los que llevaron a sus abuelos lituanos a los campos de concentración. El mismo perro y el collar distinto y todo ese juego pero la misma esencia.

Porque no lo hemos dicho pero la novela transcurre en Islandia, en Reikiavik, y como lectores del sur de Europa nos sirve para conocer aquella sociedad, con sus mitos, sus costumbres, sus bondades y sus vicios. Esas sociedades nórdicas aparentemente armónicas, con menores tasas de fracaso escolar, buenos servicios sociales etc. Hasta hemos visto todos Inside job, ese documental que empezaba hablando de la crisis del sistema bancario islandés y sabemos cómo lo resolvieron. No rescataron a sus bancos, algo que los banqueros de aquí (o sus portavoces en la prensa y el gobierno) nos explicaron repetidas veces que fue posible, únicamente, porque era un país pequeño. Aquí hubiera sido impensable. Y no digo que no sea verdad, no tengo mayor idea de economía, solo señalo que quienes lo explicaban eran aquellos a quienes menos les interesaba que se copiara la receta islandesa. Pues hasta eso es un poco mentira, o es verdad pero esconde algunas mentiras, porque la mejor manera muchas veces de ocultar una verdad grande es rodeándola de verdades parciales, iluminarlas, ponerles el foco y hacer que miremos fuera del plano al que deberíamos estar mirando. Eso también nos lo dice Illska. La maldad.

La novela de hecho nos dice miles de cosas, algunas obvias y que estamos acostumbrados a escuchar (los nazis fueron malos, los racistas siempre fueron malos, no te creas demasiado a quien finja que no sabía que a su lado sucedían horrores, los que defienden ideas nazis suelen ser al menos un poco nazis, aquellos que dicen no soy racista pero suelen dar más importancia al pero de la que quieren transmitir …) y que nos decimos que sabemos, las que nos ponen en el lado de los buenos, pero también nos dice al menos otras mil cosas que no se suelen decir, o no se dicen tanto, y que nos hacen abrir los ojos e incluso alarmarnos cuando nos damos cuenta de que todos hemos hecho un recuento de judíos asesinados por el nazismo, pero ¿quién se acuerda de los gitanos?, que el paso del discurso de la extrema derecha a la derecha que se presenta civilizada es sencillo, que basta con no decir ciertas palabras “prohibidas” y el veneno estará igualmente en el sistema, solo que con su naturaleza ya limpia, será presentable y lo adoptarán los partidos legítimos, los clásicos del sistema, y una vez dentro será un punto del debate tan respetable como todos.

¿Hay una industria cultural alrededor del Holocausto? ¿Acaso se puede negar que hay quienes han encontrado un muy buen nicho (y perdón por la palabra para hablar de un tema tan oscuro, pero es la que eligieron los expertos en marketing) de mercado en la explotación de esa memoria? ¿No son las visitas a los campos de concentración de Auschwitz, Dachau o Mauthausen parte de los paquetes vacacionales de quienes se acercan a aquellas zonas? ¿Qué nos están ofreciendo allí, parques temáticos del dolor y la sensibilidad? Son otras de las preguntas que el libro nos va lanzando al paso, como granadas de mano. Esquívalas, lector, si sabes. Si puedes.

La trama de formación de Arnór es quizá la más floja del libro, la que menos me ha interesado. Nos enseña que fue un niño educado por una madre soltera de tendencias izquierdistas, con todos los libros al alcance de la mano y que de ahí salió un neonazi. Nos puede resultar más o menos chocante la confrontación entre alguien lector y alguien que desarrolla unas ideas así, pero sabemos, realmente, que sucede. El libro va alternando esa parte con la de Agnes con Ómar, la de Agnes sin Ómar, la de Ómar cuando era niño y sus padres separados se lo iban pasando de uno al otro como si fuera una pelota de frontón, la parte en la que le hablan al niño recién nacido y le advierten de lo que se le viene encima, y son todas ellas tramas que dan pinceladas que van encajando una sobre otra (porque el libro es eso que habitualmente se llama fragmentario pero el orden es muy importante, más allá de los efectos poéticos, porque se nos va dosificando la información y vamos completando poco a poco la visión de conjunto) y nos dan cierto respiro frente a las verdaderas puñaladas de la novela.

Las que hablan de cifras de niños muertos, de discursos que se cuelan por los televisores, de inmigrantes rechazados, de percepciones sociales, de crisis, de agrupaciones, y de Hitler y sus gobiernos pero también de todos los gobiernos de extrema derecha que han ido acumulando obras y favores desde la década de 1930. Hablan también esas narraciones de anécdotas cercanas a la carne, del pueblo lituano de donde viene la familia de Agnes y de la disputa entre la tradición de los pueblos y las fronteras abiertas. Estamos globalizados, culturalmente, por y para lo que nos conviene, cuando el discurso quiere endurecerse siempre recurre al pasado, uno glorioso, mejor, y casi siempre inventado. En Islandia como en España. Para que todo se vea con claridad, los abuelos de Agnes eran dos judíos y dos delatores. Así de mezclada está la sangre, por más que los puristas pretendan contarnos otra cosa.

¿Pesa más la genética, la tradición, o el condicionamiento social? Los psicólogos llevan un siglo debatiéndolo, y mientras tanto vemos que el condicionamiento social va a su aire, impone ideas donde toca y donde le dejan. Una de las ideas que más expone este libro (de esa manera a veces violenta y otras implícita, es algo que se te ha quedado dentro y que solo desentierras pasadas 48 horas) es que en el capitalismo postindustrial en el que nos estamos moviendo hay mucha miseria para repartir. Hay peores condiciones de trabajo en el primer mundo y mucha gente queriendo llegar al primer mundo aunque sea para obtener esas condiciones. Y las masas de gente precarizada, con malos trabajos, que piensen (o vean directamente) que solo van a poder ofrecerle a sus hijos unas condiciones de vida materiales peores que las que ellos tuvieron cuando eran niños, y que noten que cada vez van más ahogados, que trabajan más horas y cobran menos, que solo se dedican a nadar a lo largo de la semana y siempre se ahogan en la orilla del fin de mes, pueden comprar el discurso de cualquier Mesías que diga que se va a preocupar, él, sí, por ellos. Porque saben que nadie de los que ha estado antes se ha preocupado realmente por ellos. Y eso puede llevarlos a hacer cualquier (literalmente, cualquier) cosa, a aceptar como válido lo monstruoso, a degradar al otro. Y se vio hace 80 años y parece que aún hay algunos que no pillaron la idea.

No me acaba de convencer el modo en que se cierra la historia de amor (o como sea mejor llamarla). Aunque no me importa como lector, no es tan importante, el libro no depende de eso para salir victorioso. Y deja algunas ideas interesantes sobre temas tan actuales (e importantes) como la masculinidad, la deconstrucción de los roles, el lugar de los roles tradicionales en esas circunstancias, la maternidad y las relaciones de pareja. También sobre la incomunicación y los juegos de poder que se dan en mayor o menor medida en toda relación de pareja.

La novela de Eirikur Örn Norddalh es un libro incómodo, que te hace preguntas que no quieres hacerte, que te expone datos que estabas bien sin conocer, que te enseña que todo es susceptible de convertirse en mercancía (bastante al principio ya enseña parte de sus cartas diciendo: aquí se habla del Holocausto únicamente para vender libros), que te enseña que el fascista es ese tío majo con el que juegas a futbito los viernes por la tarde, al que tú solo tenías por un bocazas. No es un libro (y se agradece, porque el tema da pie al discurso biempensante, al sintámonos tranquilos porque no somos como ellos, pero aquí no hay discurso biempensante, hay, por hacer el juego de Curzio Malaparte con su apellido impostado, un discurso malpensante) que nos sermonee ni nos trate de explicar nada. Solo nos tira piedras y a mí al menos me ha dejado alguna ventana de la casa rota. Es jodido de leer no por el libro, que va avanzando magníficamente y que se lee con claridad, es cuestión de no saltarse capítulos, porque no es esa clase de producto, sino por lo que ta hará plantearte. No creo que sea un libro que cambie el pensamiento de nadie, no al menos de un modo simplón. Si un neonazi lo leyera (aunque, ¿para qué iba a querer leerlo, nos preguntamos, no?) no lo cerraría diciendo: joder, qué cosas tan terribles, voy a cambiar de credo. No se trata de eso. Creo que es un libro dirigido a todos nosotros, los normales, para que estemos al acecho y nos hagamos más preguntas sobre qué somos exactamente y qué son los normales, los sujetos medios, y quién dibuja sus preocupaciones y miedos. Y por qué.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

viernes, 8 de febrero de 2019

Diecisiete instantes de una primavera, de Yulián Semiónov


Diecisiete instantes de una primavera, de Yulián Semiónov (Hoja de Lata)

Cuando compré este libro (por recomendación de sus editores, Hoja de Lata), lo primero que hice fue quitarle, y perderla, la faja que calificaba a Isáyev / Stirlitz, el protagonista de esta novela (y otras) como el James Bond soviético. Primero, porque pensé que no sería verdad por la descripción que me habían dado. Segundo, porque llevado por el pensamiento mágico, pensé que aunque fuera verdad, el gesto de quitar la llamada publicitaria haría que yo no me diera cuenta. Empiezo diciendo que no soy especialmente aficionado a las novelas (ni las películas) de espías, y que si hay un personaje al que detesto profundamente, de los referentes de la ficción mundial, es (aparte de la mitología de Star Wars) a James Bond. Me parece un patán rancio y chulesco.

Por suerte la historia que nos van a contar en Diecisiete instantes de una primavera, y sobre todo la personalidad de su protagonista, compleja, dibujada con sombras y referencias, quedan muy lejos de James Bond y su mitología. Stirlitz, como se le conoce durante esta novela, está destinado en Berlín. Lleva allí siguiendo desde cerca (y dentro) los pasos del gobierno nazi. Tiene una pequeña red de confidentes cercanos y él mismo es un hombre de confianza para algunos secundarios de la administración de Hitler.

No puede morir, como no puede morir en este mundo la exploración y la búsqueda, porque lo principal en el ser humano es el deseo de buscar. Los que han tenido suerte lo buscan en la física, y los que nacieron tontos, como nosotros, lo buscan en el contraespionaje.

La historia que nos cuenta esta novela es bastante conocida, son los últimos (diecisiete) días antes de la caída de Berlín, con Hitler en el bunker, el régimen nazi cayéndose y como pasa siempre en los últimos momentos de estos regímenes, las ratas huyendo del barco. Algunos que han estado con el nazismo ensayan ante el espejo, y ante los atentos oídos de Stirlitz, que nunca comulgaron con las ideas, y desde luego no con los métodos extremos. Algo que nos suena en España y que podría revisarse en las biografías de todos aquellos que pasado el año 70 empezaron a buscar un sitio para seguir cómodamente en la España postfranquista después de haber estado muy cómodamente en la España franquista. Vale la pena leer La gallina ciega, de Max Aub, aparte de por el gran valor del libro, por ver cómo el autor, que sí fue un derrotado de la Guerra Civil y un exiliado durante más de treinta años, los veía venir. El truco era sencillo, después de pasar una dictadura cómoda, sin meterse en política, se aprovechaba la repartura apertura de los medios en los últimos años para mostrarse un poco crítico con algún aspecto y cuando Franco muriera poder decir ya siempre que se estuvo en contra y sacar rédito de ello. Yendo al chiste, es lo que decía aquel personaje de la película Uno, dos, tres de Billy Wilder cuando le preguntaban por su posición durante el nazismo, y respondía que él estaba trabajando en el metro y allí abajo no se enteraba demasiado de nada de lo que estaba pasando arriba. Yendo a lo serio, es la idea de la banalidad del mal que Hannah Arendt habla en Eichmann en Jerusalén, la de todos esos nazis que quisieron exhimirse de culpa, al menos en un plano moral, diciendo que se limitaban a cumplir órdenes.

Estoy ahora releyendo a los autores rusos: a Pushkin, Saltikov, Dostoyevski, … Lamento mucho no conocer su idioma, porque la literatura rusa es asombrosa; me refiero a literatura del siglo XIX. En la segunda mitad del XIX les permitieron desahogarse y hay que estudiar cuidadosamente este período porque su desahogo no fue tanto sobre el pasado como sobre el futuro.

Dejando al margen las referencias históricas, el espía Stirlitz, del que poco se sabe porque poco se puede saber, es un hombre melancólico, que a veces fantasea con renunciar a la patria que le obliga a estar lejos de casa (y la casa que él quiere es aquella en la que está su mujer) y volver, aunque sea a enfrentarse con la acusación de traición y la vergüenza, y no lo hace, entre otras cosas, porque sabe que no sería solo la vergüenza, sino la casi segura muerte. Stirlitz es un hombre leído, que puede pasear por los salones importantes de un país extranjero sin despertar sospechas. Stirlitz está viendo, como testigo privilegiado, cómo se deshilacha el poder nazi. Los propios nazis ya saben que están perdiendo, y cuando hablan entre ellos no lo disimulan. Se buscan culpables, se rifan venganzas, se ofrecen algunos para cambiar de bando. En esos momentos de descomposición es peligroso ser Stirlitz y que puedan descubrirle. Y peor para un hombre íntegro, que puedan descubrir a nadie que le haya ayudado, algo que nunca se perdonaría, como le pasa en algunos libros al siempre atormentado Smiley de LeCarré.

¿Es un interrogatorio?
No.
Es decir, ¿puedo no responder?
Debe responder.
¿Y si me niego?
No se negará.

De acuerdo con el prólogo, Diecisiete instantes de una primavera fue un éxito en la Unión Soviética y su versión televisiva sigue siendo un clásico para muchas generaciones. Nunca se sabe con esta clase de afirmaciones, pero podría ser perfectamente. Como novela de misterio y espías funciona perfectamente, la escritura es buena, variada, hay amplias referencias culturales, se adivina la visión que los europeos tienen de Rusia y los rusos de Europa, los matices que se van ofreciendo, en lo sociopolítico, son ricos, nada maniqueos, todos los buenos son un poco malos, aunque algunos de los malos apenas tengan lado bueno, pero es que hay malos que no tienen ni un poco de luz entre las sombras.

Entonces, ¿ustedes deciden quién es culpable ante ustedes y quién no lo es?
Sin duda alguna.
Entonces, ¿Ustedes saben de antemano qué es lo que quiere un hombre determinado y dónde se equivoca y dónde no se equivoca?
Sabemos lo que quiere el pueblo.
El pueblo. ¿Y de qué está compuesto el pueblo?
De gente.
¿Y cómo sabe lo que quiere el pueblo sin saber lo que quiere cada uno en particular? ¿O es que usted sabe de antemano lo que quiere cada uno, dictándolo, ordenándolo?

Un Hitler aislado conduce sin saber a dónde los ejércitos de todos los que tienen más claro lo que habría que hacer. Algunos ya solo esperan que acaben los últimos días. Stirlitz está en permanente tensión. Sus superiores parece que muchas veces viven desorientados. El espía de pie de calle sabe cómo se mueve todo mucho antes de que se enteren arriba, y esto es algo común a muchos espías (no a esos del tipo James Bond, que no pisan la calle, que la sobrevuelan en artefactos de alta tecnología como action man) y a muchos directores de servicios de inteligencia.

¡Qué bien que esté lloviendo! –pensó–, así al menos ocurre algo. Cuando estás esperando y todo está tranquilo te pones más nervioso. Pero si nieva o llueve, no te sientes tan solo.

Semiónov nos deja una novela que se lee con gusto, que acompaña, que da pena que se acabe. Después de terminarla me he encontrado en la biblioteca la primera aventura de Stirlitz, todavía Isayév, un libro llamado Diamantes para la dictadura del proletariado (uno de esos títulos insuperables), una historia de contrabando de diamantes en los primeros tiempos tras el triunfo de la Revolución de 1917. Estoy con ella, detectando todos los sellos de estilo que me gustaron ya en Diecisiete instantes de una primavera, notando los cambios de escenario, régimen, década, y todas las continuidades, pensando en aquella frase que un policía francés le dijo a Trotski cuando lo detuvieron: “Los políticos pasan, la policía permanece”.

Ya llegó la primavera –pensó–. Ahora crecerá la hierba.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

martes, 27 de noviembre de 2018

GB84, de David Peace


GB84, de David Peace (Hoja de Lata)

Quienes leen este blog, y quienes me preguntan por libros, y especialmente quienes me dicen: me gusta la novela negra, me han escuchado (o leído) hablar del maravilloso Cuarteto de Red Riding de David Peace. Tengo para mí que si James Ellroy es un heredero (uno de esos herederos que coge lo recibido y hace con ello algo totalmente inesperado, pero tras el que se reconoce la herencia inicial, en este caso la búsqueda de la brillantez estilística por encima de la trama detectivesca) de Raymond Chandler, David Peace es el más aventajado entre quienes aprendieron a escribir novela negra leyendo a James Ellroy. Si hay algo que hoy en día llama la atención en la escritura de Ellroy es su crudeza. En una media de novelas negras donde parece que los autores consideran básico estar recordándonos que lo monstruoso es monstruoso, y que ellos, a través de sus narradores, lo condenan, Ellroy se dedica a recordarnos que el mundo es un lugar hostil en el que existen monstruos. Y lo hace con un lenguaje literario poderoso y propio pero que no esconde la realidad. En esa misma línea David Peace fue un paso más allá (en mi opinión) en el Cuarteto de Red Riding (que en España editó Alba). En aquellos libros Peace se mostraba como un maestro de la escritura, un absoluto dominador del flujo de conciencia, que iba de una voz a otra durante más de 2.000 páginas sin dar tregua al lector. David Peace se metía en una piel intermedia entre Ellroy y Joyce (y ya sé que puede sonar exagerado, pero creo que hay que leerlo para ver que no es tan exagerado) para narrar una historia que como quien dice había pasado en su pueblo. Peace, nacido en Yorkshire, desgranaba en aquella tetralogía la historia de los crímenes del llamado Destripador de Yorkshire, quien mató a 13 mujeres entre 1975 y 1980 (cuando David Peace tenía menos de 15 años, cuando me imagino que en su región se vivió una verdadera paranoia ante algo así). Lo más importante del Cuarteto de Red Riding es que no se trataba de una historia que siguiera la trayectoria de aquel asesino ni desde el punto de vista policial ni del propio asesino ni de una de sus víctimas, sino desde un punto de vista casi colectivo, social, con policías perversos, asesinos defendidos por el sistema, periodistas sin escrúpulos, trepas, concejales que solo quieren que dejen de pasar desgracias en su territorio.

Aquel sujeto colectivo del cuarteto de Red Riding, que venía a denunciar el derrumbe de un modo de vida, más o menos seguro en muchos aspectos (el industrial, el familiar, el del orden y la ley, el de las instituciones y la prensa), es el personaje central de GB84. Esta novela, que tradujo y editó Hoja de Lata (en un magnífico trabajo), es una novela social contada con ritmo y maneras de thriller. Es una novela política, que no se esconde, y que pese a ello no renuncia (ni por un momento) a tomar las formas de la mejor literatura para defender una tesis. David Peace piensa que en aquellos primeros años 80 se produjo un crimen, el asesinato de (lo que quedaba de) la clase obrera. Margaret Thatcher es la principal sospechosa del crimen, en términos de una novela negra, la mujer que trajo desde finales de los setenta un discurso que culpabilizaba a los pobres de su pobreza, y una vez estos eran los culpables ante la opinión pública podían quitárseles sus derechos de pobres (sus privilegios, en términos de guerra neoliberal, el privilegio de cobrar un subsidio de desempleo, el privilegio de acceder a viviendas sociales, esa clase de privilegios). Tuve hace años un profesor de inglés, criado en los años setenta en la educación pública británica, que contaba que en su infancia hablaban de Margaret Thatcher, the milk snatcher, porque una de sus primeras medidas (creo recordar que antes de ser primera ministra, cuando entró como ministra de educación en el gobierno de Edward Heath) fue quitar las meriendas con leche que les daban a los niños en el colegio. Una acción harto representativa de un modo de entender la política. ¿Cuánto se puede ahorrar realmente con algo así (en comparación con lo que son los presupuestos de un gobierno)? ¿Hay un símbolo más miserable y cutre que quitarle la leche a los niños?

La huelga minera de 1984 fue la última gran huelga de la Europa Occidental. Puede sonar grandilocuente, pero el día en que aquella protesta terminó (5 años antes de la caída del Muro de Berlín), terminó con ella la capacidad de influencia (en el sentido de preocupar al poder político y económico) que los sindicatos aún mantenían. En esos términos, la novela de Peace es ante todo una novela bélica. Y la narra desde la trinchera, pero también desde los despachos donde unos y otros (y aún otros unos y otros otros, porque las historias se cruzan, y los que creen que pueden sacar algún beneficio parecen estar haciendo cola para recoger su turno) deciden que la guerra debe seguir adelante. Los mineros mantuvieron el pulso, pero perdieron. El gobierno (con sus cloacas) consiguió que la gente los fuera viendo, poco a poco, como unos pesados gritones, un grupo de vagos violentos, antisociales, reaccionarios a su modo. Porque se jugaban distintas partidas entre la revolución y la contrarrevolución y aquella revolución

Thatcher sobrevuela toda la novela casi como un espíritu inspirador de todos los personajes, los que la siguen y quienes se sitúan en su contra. Thatcher está al fondo, se pasea por la sombra, pero no es uno de los personajes, y ella y la Reina de Inglaterra son prácticamente los únicos que faltan. A lo largo de las más de 600 páginas de la novela (cada página del libro es densa, pesa, hay que leerla con gran atención para no perderse detalles, conexiones, pasados y futuros) se cruzan huelguistas, sindicalistas, sindicalistas dispuestos a rendirse, esquiroles, periodistas, policías locales, jefes de la policía, ministros, diputados, hombres oscuros que trabajan para el mejor postor, y las mujeres de muchos de ellos, las que los comprenden y las que se cansan de comprender y esperar.

Que nadie entienda, por favor, que GB84 es un libro únicamente político, una de esas aburridas novelas de tesis que obvian su obligación como novela para tratar de imponer su tesis. Porque nada más lejos de lo que se encontrará. GB84 no propone una tesis, sino que funciona a modo de registro de un tiempo y sus conflictos, muestra en vez de contar, como se suele recomendar a los escritores que empiezan. David Peace se cuela con una cámara oculta y una grabadora en los cuartos más oscuros, esos en los que en determinados momentos se mueve todo. Y lo reconstruye, tal y como pudo suceder, en formato de novela. La novela, como tal, es ambiciosa. Los capítulos se van sucediendo, se interrumpen (literalmente, una de las dos narraciones corta las frases a medias, como si hubiéramos escuchado algo en el autobús y quien lo estaba contando se hubiera bajado en una parada anterior a la nuestra), se recuperan, a veces no, a veces se quedan como cables sin conectar. Hay ideas, y casi frases, que se repiten, hay argot, ruiditos (porque los micrófonos conectados al teléfono por espías hacen ruido), personajes que hablan mal, gritos, susurros. Si la comunicación es mensaje + ruido, aquí hay ruido y hay mensaje, y muchas veces se entremezclan. Es un libro incómodo de leer. Y sin embargo una gozada.

Quizá en la era de la prosa masticada, la prosa sin cocinar nos cueste un poco al principio, pero vale la pena morderla. Quizá nos perdamos en muchos momentos con quién es exactamente el que está hablando, y con quién, y de quién están hablando (y ya no digamos por qué). Cuando yo estaba en el instituto tenía compañeras (sobre todo eran compañeras aquellas lectoras) que leían entusiasmadas Cien años de soledad y que iban elaborando un pequeño dossier con quién era cada Amarante, cada Aureliano, hacían mapas, árboles genealógicos. Yo leía el libro perdiéndome en aquellas ramas familiares entrecruzadas y creía estar entendiendo al final lo mismo. Con GB84 recomiendo dejarse perder. Embriaga la sensación de que el libro nos está ganando, es más listo que nosotros, como en las novelas negras tramposas el autor ya sabe quién es el criminal y esparce pistas falsas. Y al final uno termina agotado (pero con ese agotamiento satisfactorio que nos llega al final de un día ajetreado pero festivo, o tras una carrera que hemos ganado) pero orgulloso.

Tras cerrarlo todo encaja, pero encaja al nivel al que encaja la sociedad, al que encaja la vida. No del todo. No igual para todos. Al final uno acaba con la sensación de que en este libro hay pocos vencedores y muchos perdedores. Y piensa que aquellos perdedores no tienen casi quien los recuerde. Como si no importaran. Como si nunca hubieran importado de verdad.

Seguiremos leyendo y comentándolo de vez en cuando.

Felices lecturas

Sr. E