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viernes, 12 de agosto de 2016

Un amigo de Kafka y otros relatos, de Isaac B. Singer

Un amigo de Kafka y otros relatos, de Isaac Bashevis Singer (Ed. Cátedra)


Isaac Bashevis Singer ganó el Premio Nobel en 1.978. Bashevis Singer ha sido el único autor en lengua yiddish en ganar el premio. El yiddish es una lengua hablada por los judíos centroeuropeos que combina elementos del hebreo con otros del alemán, francés y otras lenguas. Isaac Bashevis Singer nació en Polonia, y vivió en el gueto de Varsovia hasta que en 1.935, ante el auge nazi, emigró a los Estados Unidos. Los caminos entre la vieja Europa y la nueva vida en América son algunos de sus temas recurrentes. Siempre escribió en yiddish, aunque como algunos de sus personajes reflexionan en los relatos recogidos en este libro, era una lengua tan minoritaria y condenada a la desaparición que siempre se preocupó de que sus textos también aparecieran en inglés. Muchas veces fue su propio traductor.

Un amigo de Kafka y otros relatos es una antología de veintiún relatos. Bashevis Singer encontró su primer medio de publicación en las revistas literarias que exiliados europeos promovían en Nueva York, y ese propio formato de publicación lo condujo a centrar parte de su producción inicial en el relato, pues eran más fáciles de vender. También escribió novelas por entregas, por parecida razón. Esto es algo que le pasa a algunos de los personajes de estos relatos, particularmente al narrador del que da título a la colección, que celebra en uno de sus encuentros con el amigo de Kafka haber sido capaz de vender un relato.

Los relatos de Isaac Bashevis Singer en este volumen se centran en tres grandes aspectos, que en algunas ocasiones se cruzan. Hay escritores que malviven tratando de escribir y mantenerse con ello. Algunos de esos escritores, trasuntos del autor, vagan por los cafés en los primeros relatos, otros, en relatos más tardíos, han alcanzado cierta respetabilidad y tienen lectores que acuden admirados a ellos. De hecho hay dos o tres relatos que se construyen así, a partir de lectores que se acercan al escritor y le dicen: “usted que es escritor debe conocer esta historia”, y así el narrador se convierte en un testigo externo que simplemente refiere lo oído, un recurso que también Borges utilizaba mucho. El segundo gran tema es el de la tradición judía, desde lo social hasta lo religioso. Hay jóvenes que cuestionan las ideas de sus padres, que era uno de los temas principales de Sombras sobre el Hudson, una excelente novela del autor de la que ya hablé. Hay rabinos que tratan de enseñar algo útil en sus comunidades. Hay profundas discusiones teológicas y hay leyendas. Hay caminos de ida y vuelta del pueblo, donde la tradición judía se respeta hasta sus últimas enseñanzas, a la gran ciudad, donde todo es más laico. Hay un relato que muestra excepcionalmente las contradicciones entre uno y otro, El hijo de América, donde un emigrante regresa a su pueblo de origen cargado de regalos y bienes para sus padres, y para todos sus vecinos, a los que considera pobres y de los que cree que nunca han podido hacer cosas interesantes por no poder permitírselas, y ellos se revelan como felices dentro de su resignación. Hay leyendas judías que remiten a interpretaciones de las escrituras, o al Golem. Ese elemento que se escapa de lo religioso y social y se introduce en lo fantástico es el tercer tema central del libro. Hay un relato muy sencillo pero casi perfecto, El deshollinador, en el que lo extraordinario aparece de manera inesperada. Un deshollinador al que nadie hacía especial caso en su pueblo se cae mientras trabajaba y de repente adquiere poderes mentales. Todos se asombran, mandan a llamar a las autoridades de la capital, todos intentan aprovecharse. Un segundo golpe, muy parecido, desactivará esos poderes, y los posteriores intentos de devolvérselos a base de nuevos golpes se mostrarán inútiles.

Hay relatos en lo que los temas se cruzan, como Poderes, donde alguien acude a un periodista que escribe con frecuencia sobre sucesos especiales (como Singer) para contarle su historia, su poder y pedirle que escriba sobre ello. La cafetería, uno de los últimos del volumen, y de los más conocidos de Singer, concentra casi todos los elementos de su narrativa, y si hubiera que recomendar un único relato a partir del cual hacerse una idea de cómo es la escritura del autor ese podría ser la mejor idea, nos muestra a un escritor al que alguien acude a contarle una historia. Están en una cafetería frecuentada por europeos que escaparon del nazismo. Allí, una mujer con la que el escritor ha hablado algunas veces, dice haber visto a Hitler reunido con una camarilla de admiradores. Y claro, ella sabe lo que él piensa de algo así, y sabe que suena extraño, pero fue así. Su incredulidad inicial como oyente determinará el cierre del relato, aunque su pensamiento se irá volviendo desde un rechazo inicial hasta una manera de verlo que viene a decir que otras cosas parecen imposibles y suceden.

La escritura de Isaac Bashevis Singer en estos relatos es sencilla y con encanto. Todo parece venir de una narración oral, y los distintos narradores asumen el papel de contarnos algo que han visto u oído. Ese narrador quiere mantenernos atentos y sabe cómo hacerlo. Nos entretiene y nosotros nos vemos obligados a prestar atención y escuchar su historia. La inmensa mayoría de los relatos vienen separados en 1, 2, 3, 4, 5 puntos según la longitud, pequeños capítulos – escenas (gran parte de la escritura parece estar pensada en forma de escenas teatrales o cinematográficas, de hecho uno de los primeros éxitos de Bashevis Singer fue con el relato Yentl, que se adaptó a Broadway y luego al cine, y es uno de los ejes centrales del relato Schlomeile, donde ese tal Schlomeile va detrás del narrador, que ha escrito ese relato sobre una chica que se hace pasar por chico para entrar en la yeshivá y que él, un productor sin éxito, quiere adaptar al teatro) que facilitan su lectura. Me imagino que esa separación, y casi esa manera de escribir, vendría determinada por el hecho de que los relatos fueran apareciendo en prensa y ese formato facilitara dividirlos así por días de publicación. La manera de narrar de Isaac Bashevis Singer, así como algunos elementos de su mundo en estos relatos me ha recordado a los relatos de Saul Bellow y de Bernard Malamud. La llave, por ejemplo, me ha remitido directamente a la recopilación de Malamud que leí hace unos meses.

El hijo nos presenta el reencuentro de un padre y un hijo. El hijo viene desde Europa después de haber luchado con el ejército israelí en Palestina, y el padre tiene prácticamente la sensación de no conocerlo. Piensa en lo que verá, y en lo que sentirá al verlo, y tiene dudas, pero en cuanto lo ve lo reconoce y siente que todo encaja en su lugar. Bashevis cree en el destino, y en que todo sucede por alguna razón, y en que todo, de una u otra manera, acabará encajando, y este es uno de los relatos donde se muestra más claramente.

Un tema que preocupó mucho al autor durante los últimos años de su vida, y que trata en El matarife, es el vegetarianismo. No puede hablarse de un tema central, porque sólo está reflejado aquí, pero aquí lo hace con mucha fuerza. Nos enfrenta a los problemas morales de un hombre que tiene que seguir sacrificando animales en un matadero. Es un relato extraño e incómodo.

Probablemente mi relato preferido haya sido el que se sitúa el primero y da título a la recopilación, Un amigo de Kafka. Vemos a un joven escritor que nos cuenta que hace años conoció a alguien que conoció a Kafka, un viejo actor sin suerte que recuerda a Kafka como un genio tímido, a quien fascinaban leyendas como la del Golem y que hubiera deseado dedicarse al teatro y a la escena. El relato es una aproximación muy original a la típica historia de aprendizaje. Hace algunas reflexiones muy valiosas sobre la labor del creador, particularizando en Kafka como imagen de ese creador genial, aislado socialmente, que no sabe realmente si lo que está creando, de tan extraño como es, es verdaderamente bueno o está condenado a ser rechazado por los lectores que nunca lo entenderán. Discutiendo sobre Kafka se produce el siguiente diálogo entre el escritor que lo narra y el viejo actor que conoció a Kafka:
-Un maestro no tiene que seguir las reglas.
-Hay algunas reglas que hasta un maestro debería seguir.
Y en ese breve diálogo se condensa la tensión esencial de todo creador y de toda creación.

La edición tiene un apéndice con términos de la tradición judía religiosa que se agradecen para ir interpretando algunas referencias. Es una pena que este libro, y la recopilación que editó hace RBA de sus relatos hace pocos años estén descatalogados, o prácticamente descatalogados, pues los relatos de Isaac Bashevis Singer son de primer nivel y son una buena puerta de acceso a un mundo narrativo que sabe ser complejo sin olvidar la primera obligación de un escritor, que es captar la atención del lector y entretenerlo.

Seguiremos leyendo. Y continuaremos hablando sobre lo que leamos.

Felices lecturas.


Sr. E

sábado, 30 de enero de 2016

Cuentos pendientes de enero

Mis lecturas de enero

Tengo la sensación de haber empezado el año leyendo algunos de los mejores libros que leeré este año. Espero equivocarme y que los meses siguientes vayan superándose. Una de las lecturas principales, Sombras sobre el Hudson, estaba planificada, me fui encontrando con otros libros que no he juzgado necesario reseñar porque me han transmitido poco, y casi por casualidad me han llegado dos obras con las que no contaba, nuevas ediciones de Levrero y Las memorias de Maigret, de Simenon.


Las memorias de Maigret, de Georges Simenon: Hay dos autores a los que nunca nombro entre mis autores predilectos, porque probablemente no pertenecen a ese grupo, pero a los que leo muy frecuentemente, y siempre con gusto. Son Patricia Highsmith y Georges Simenon. Ambos fueron, además, autores muy prolíficos, por lo que es fácil dar con obras suyas no leídas en las visitas a la biblioteca. Son lecturas, las suyas, que nunca defraudan mis expectativas. Narración interesante, bien llevada a cabo, que me ocupa la mente durante los ratos de lectura y no me preocupa excesivamente entre uno y otro. Encontré Las memorias de Maigret en el altillo de una casa ajena durante las pasadas vacaciones, y en ese punto intermedio entre el robo y el rescate, decidí llevarlo conmigo. Nunca había sido abierto por su legítimo dueño, y es una edición promocional de hace más de diez años, así que creo que ya puedo considerarlo mío.
Simenon era un escritor sencillo pero para nada simple. Aquí se marca un ejercicio metanarrativo muy atractivo para cualquiera que haya leído alguna vez un libro protagonizado por su personaje más famoso. Maigret, tras cuarenta años y veinticuatro novelas (eso nos dice), decide ajustar cuentas con Simenon y aclarar algunas imprecisiones sobre su persona que este ha ido deslizando en esos libros. El libro nos sitúa en un mundo en el que el Inspector Maigret es efectivamente un inspector de la policía, al que un joven George Simenon (tan joven que firmaba George Sim) acude en busca de modelo para una serie de novelas policiales. Inspirado en él, poco a poco lo va convirtiendo en personaje, y hasta cierto punto se mete en su vida real y la reemplaza en algunos aspectos. El libro es una reflexión ligera sobre las relaciones entre realidad y ficción, aclara algunos aspectos del trabajo policial y cómo suelen reflejarse normalmente en la narrativa negra, y nos sirve, en este caso, para ver cómo el personaje quiere que veamos al autor, quien aprovecha este juego de espejos dobles para presentar algunas de sus ideas y valores como novelista.


Sombras sobre el Hudson, de Isaac B. Singer: Creo que ya he empezado el año leyendo uno de los mejores libros que leeré en todo 2.016. Sombras sobre el Hudson se sitúa en los años 50 en la ciudad de Nueva York, siguiendo las andanzas, aventuras y desventuras de un grupo de judíos que llegaron a la ciudad huyendo de los nazis, en muchos casos después de haber pasado por el horror de los campos de concentración o haber perdido a sus familias.
Después de una experiencia así, nos parece que la vida debe ser imposible de continuar, y aquí vemos que es muy difícil hacer nada sin que aparezcan las referencias a ese pasado. Pero la vida, incluso para ellos, continúa, y los vemos reunidos tomando café, charlando de filosofía y arte, rememorando cómo era aquella Centroeuropa donde muchos empezaron a vivir. Los vemos mirar hacia sus antepasados y establecer las diferencias entre el judaísmo de sus padres, muy ortodoxo, el suyo, mucho más flexible, y el de sus hijos, apenas existente. La historia gira alrededor de las tensiones intergeneracionales y el conflicto étnico entre los emigrados y sus familias y el país que los acoge.
Todo ello va siendo guiado a través de las setecientas páginas de la novela siguiendo la historia de amor de una joven y un viejo amigo de su padre. Una historia de amor que perturbará la existencia de todos, escandalizando a unos, trayendo personajes del pasado, provocando un conflicto tras otro, maldiciones, más choques.
La novela fue publicada originalmente por Isaac B. Singer en forma de novela por entregas en la prensa, y eso se nota en la agilidad con la que está estructurada, atrayendo al lector a seguir hacia delante, a desear el siguiente capítulo. Singer escribió una verdadera novela psicológica en la línea de las grandes novelas del XIX, con todo lo bueno y todo lo malo que ello conlleva. Un novelón que crea un mundo propio con personajes perfectamente retratados, vivos, interesantes, que nos enseñan la vida de quienes sobrevivieron al horror y tuvieron que empezar una nueva vida.


Diario de un canalla y Burdeos, 1972, de Mario Levrero: Dentro de las novedades de Mondadori en 2.016 están algunas ediciones de Levrero que salen en España por primera vez en papel (esto es un poco discutible, porque una de las novedades, La banda del ciempiés, editada como novela única, formaba parte del volumen de tres novelas cortas Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo y otras novelas que estaba disponible en DeBolsillo) está este volumen con dos de los diarios de Levrero.
El mejor Levrero, para mí, y creo que para casi todos sus lectores, es el Levrero de El discurso vacío y La novela luminosa, ese autor que se hace fuerte en la autoficción y crea un mundo literario propio, muy identificable, convirtiéndose en uno de los analistas más finos, irónicos y ricos de la existencia contemporánea y su tedio. El rescate que se hace de estos dos textos en este volumen asume también que el mejor Levrero es ese, y trata de darle a sus lectores más de lo mismo. Y en cierta medida conseguimos una nueva dosis de esa literatura, pero son dosis rebajadas.
Diario de un canalla está escrito a mediados de los ochenta, cuando Levrero vivía en Buenos Aires, trabajando como director de una revista de crucigramas y pasatiempos. Diario de un canalla habla, de hecho, de La novela luminosa como un proyecto que lleva un tiempo aparcado, y que siguió estando así hasta que a principios de la década de los 2.000 obtuvo la Beca Guggenheim. Levrero habla del Levrero canalla, es decir ese que ha renunciado a ser un artista a cambio de un sueldo con el que mantenerse. Aparece una de las grandes tensiones de El discurso vacío y La novela luminosa, la incapacidad de encontrar los momentos adecuados para la creación, a base de dejarse llevar por la corriente de la vida, de verse afectado por el ritmo que el exterior trata de marcarle. Mario Levrero, sin ser un teórico, es uno de los autores que mejor ha reflejado el inevitable conflicto entre la vida real, práctica, y la vida ociosa en la que la creación se hace posible, y cómo, para ciertos autores, la intromisión de la vida y sus obligaciones impide la labor creativa. En Diario de un canalla he visto algunos de los rasgos del mejor Levrero, aunque la obra no alcance el nivel de redondez de sus obras mayores.
Burdeos, 1972, me ha gustado menos. Por las fechas en las que está escrita podemos suponer que prácticamente estos textos coinciden en su escritura con La novela luminosa, y cabe, quizá, considerarlos descartes de la misma. Burdeos, 1972, lleva a Levrero a ese año y esa ciudad francesa, una de las pocas veces que salió de Montevideo. Levrero es un escritor gris, rutinario, que sale poco de casa y que desde luego no viaja, y los dos textos de este libro son excepcionales en ese sentido, pues reflejan dos momentos de alejamiento de Montevideo, Burdeos en los 70 y Buenos Aires en los 80. Levrero se fue a Burdeos en 1972 siguiendo a una mujer que tenía una hija, y cuenta en este diario aquellos meses, en los que se siente extranjero e inútil, ve cómo su pareja se derrumba, pierde el tiempo, y recordados tantos años después, se permite analizar cómo funciona la memoria y cómo alguien que cree que recordaría todo lo que había pasado y se da cuenta de que apenas recuerda nada.
Me parece que Diario de un canalla funciona mejor porque es un libro escrito en el momento en que Levrero está pasando por la propio crisis, y el Levrero que mejor funciona es el que se lamenta de sus circunstancias y ve los mil matices de la vida que le impiden ponerse a escribir de verdad. Es en la narración del presente donde la escritura de Levrero levanta más el vuelo, y Burdeos, 1972, por contra, se esfuerza en narrar algo que había sucedido treinta años antes, y como él mismo reconoce, no dispone de todos los mimbres, pues su memoria ha extraviado muchos de aquellos momentos.
Dos textos extraños, como casi todos los producidos por Levrero tanto en la ficción pura como en el campo de la autoficción, con apuntes valiosos, que no llegan a ser de lo mejor de su producción pero que pese a ello siguen siendo muy interesantes y a los que vale la pena acercarse, aunque creo que no como primera opción de acercamiento a Levrero.
Espero que el grupo Mondadori recupere pronto sus grandes obras y vuelvan a estar en circulación para que quienes tengan curiosidad en él puedan acceder a lo mejor de su producción.



Abandonos:
El retorno del profesor de baile, de Henning Mankell: Un asesinato cruel y con un ritual que hace pensar en una venganza bien planeada durante años llega a oídos de un policía que está de baja por tener que enfrentarse, a los treinta y siete años, a un cáncer que puede acabar con su vida. El policía había conocido a la víctima del horrible crimen, pues había sido también policía, uno de sus primeros compañeros cuando entró en el cuerpo. Él lo recuerda como alguien callado, discreto, de quien nunca supo demasiado pero de quien siempre sospechó, y su horrible fin parece confirmar esa sospecha retrospectiva, que tenía miedo de algo o de alguien. Así que decide acercarse hasta la pequeña población en el bosque a la que se había retirado e investigar. Allí se encontrará pronto con un policía local que decide dejarse ayudar, con un nuevo crimen y con una historia del pasado que va ligando a la víctima y a una vecina con un pasado relacionado con los nazis. Y con el baile, claro, de ahí el título. Y poco a poco iremos viendo que la historia del asesinato es la historia de una venganza personal largos años esperada. La inclusión del elemento nazi en la trama me pareció desde el principio poco conseguida, y no logré dejarme llevar por la psicología de la antigua víctima del nazi que acabó convertido en vengador muchas décadas después. La narración va perdiendo fuerza a cambio de parrafadas donde se desarrollan sin demasiada gracia las ideas de los personajes, y en torno a la página 200 dejé la novela.


Relecturas:
Vidas de santos, de Rodrigo Fresán: He vuelto a Fresán. Después de La velocidad de las cosas decidí volver a tomar de la estantería que comparten con otros libros de Fresán éste. Su segundo libro, escrito a los treinta años, tras el éxito de Historia argentina. Creo que en Historia argentina y Vidas de santos ya está sembrada la que viene siendo desde principios de los 90 toda la narrativa de Fresán. Un dominio absoluto de la técnica, un estilo muy particular, y una capacidad de ir enlazando una historia con otra de modo que sus libros de relatos acaban pareciendo muñecas rusas, y sus novelas parecen libros de relatos, y cuando uno entra en la obra de Rodrigo Fresán se da cuenta de la inutilidad de andar etiquetando los libros con algo más que no sea: es un libro de Fresán. En Vidas de santos Fresán se muestra tan irreverente con la Iglesia, el Vaticano y la idea de Dios, con mayúsculas, como lo hacía con las grandezas de su patria en su primer libro, Historia argentina. Dios no existe, pero es un gran personaje, como alguna vez dijo algún borracho. Fresán huye, sin embargo, en ambos libros, de buscar la ofensa gratuita. Su irreverencia está llena de un ácido sentido del humor que no busca provocar, claro que los ofendidos profesionales deben odiar estas dos obras, porque si hay algo que los define es su falta de sentido del humor. En Vidas de santos nos encontramos, como en casi cualquiera de sus libros, con la reescritura de los mitos pop, y qué hay más pop y más mítico que la figura de Jesucristo, nos propone el autor. Y a través de un curioso personaje, el Cazador de santos, nos lleva a la búsqueda del gemelo perdido de Jesús, Tomás el gemelo inmortal, también conocido como Judas Tomás, también conocido como Tomás Dydimus, también conocido como Jude. Todo ello atravesando los lugares comunes de las historias de Fresán, con sus canciones, escritores, dioses y científicos, incluyendo el territorio imaginado, fronterizo y viajero de Canciones tristes a.k.a. Sad songs, donde parece que todo comenzó, alguna vez, hace mucho mucho tiempo. 

Felices lecturas

Volveremos a comentarlas en febrero

Sr. E

jueves, 21 de enero de 2016

Caprichos

Caprichos lectores

No suelo comprarme libros caros. Renuncio a algunas lecturas porque me parece obsceno el precio de determinados libros. La mayoría de mis lecturas son gratuitas (benditas bibliotecas, por peor dotadas que estén cada vez, hace años que apenas se compran novedades, lo que se dice mucho, y hace años que no se renuevan ciertos fondos, hay clásicos y ediciones españolas de hace 30 años que dan vergüenza, y esto se dice menos). Y cuando me compro libros, me limito a buscarlos entre las colecciones de bolsillo. Eso me proporciona el colchón de que ha pasado cierto tiempo desde la novedad, y eso me da algo de seguridad. Me da miedo dejarme llevar por las novedades urgentes.

Los que reflexionan sobre ello, dicen que al menos hacen falta 10 años para ver si un libro ha merecido la pena. 10 años para valorar si ha dejado una mínima huella. Conozco bastante bien el catálogo de bolsillo de las principales editoriales, y voy rastreando las novedades en ese mercado de reestreno. De vez en cuando me paseo por los mercadillos de libros y por algunas librerías de segunda mano, una manera muy entretenida de pasar la tarde, y donde he encontrado grandes oportunidades (La trilogía de El día del Watusi en una cuidada edición que no había sido abierta por su comprador original por 5 euros, La piel de Malaparte por 2).


Pero el pasado lunes decidí salir de rebajas y comprarme unos libros que en ese momento sentí que iba a necesitar leer en los próximos meses, libros que no van a llegar a las bibliotecas por las que suelo andar, libros que nunca llegarán al mercado de libros de bolsillo. Cayeron: Los Cuentos completos, de Isaac Bashevis Singer, un autor al que estoy descubriendo tras la provechosa lectura de Sombras sobre el Hudson, y del que algunos lectores consideran que lo mejor de su obra está en su narrativa breve, y dos novedades en papel de Mario Levrero que sólo podían conseguirse hasta ahora en ediciones importadas, a precio de caviar, por lo que, me consuelo, he conseguido a precios casi de saldo: el volumen que recoge las novelas cortas Fauna y Desplazamientos, y el que recoge los diarios (a falta de otra palabra para definir eso que tan bien dominaba Levrero) Diario de un canalla y Burdeos, 1972.


He visto, por cierto, que el grupo Mondadori ha descatalogado la mayor parte de los libros de Levrero que ya estaban en España. Mi insistencia ha convencido a algunos amigos de la absoluta necesidad de leer a Levrero, y han preguntado por ellos en distintas librerías, obteniendo como respuesta que obras como La novela luminosa, El discurso vacío y La trilogía involuntaria están descatalogadas en Mondadori, Caballo de Troya y Debolsillo. Yo también he preguntado por alguno de ellos últimamente, pensando en regalarlos, y he obtenido que ni están ni se les espera próximamente. Quiero pensar que porque se hayan agotado y estén preparando nuevas ediciones con las que acompañar estas últimas novedades. Aunque sé que probablemente me estoy equivocando.

domingo, 20 de diciembre de 2015

Cuentos pendientes de diciembre

Lecturas de diciembre:

En diciembre he leído dos novelas que no puedo calificar de menos que excelentes (Almas muertas y La piel), he terminado al fin con los Cuentos completos de Ballard, creo que una de las lecturas que más han marcado mi 2.015, he disfrutado con una muy buena entrega de John Connolly, El invierno del lobo, y otros libros interesantes. También he releído uno de mis libros preferidos de uno de mis autores de referencia, La velocidad de las cosas, de Rodrigo Fresán. Después de votar y antes de dedicarme a seguir desde las ocho los resultados, quería dejar cerradas las reflexiones sobre lo leído en diciembre, consciente de que con este día y esta semana que vendrá de hipótesis sobre pactos de gobierno, seguramente nadie vaya a acercarse por aquí.
Para la próxima semana, seguramente el fin de semana, quiero publicar una reflexión sobre las lecturas de 2.015 y una lista con los diez mejores libros que leí este año (he dejado que se adelanten los suplementos habituales con sus previsibles listas habituales), algo que vengo haciendo de manera más o menos informal desde algo así como 2.007 y que por primera vez pondré en público.



La piel, de Curzio Malaparte, Edición de Círculo de Lectores: Mi primer Malaparte ha sido una de sus obras más conocidas. La piel es una novela dura. Es una novela que se cruza literariamente con la forma de las memorias. Un narrador que es el propio Malaparte nos cuenta los meses posteriores a la derrota de la Italia fascista en la ciudad de Nápoles. Malaparte habla de la peste que se ha apropiado de una de las ciudades más antiguas del Mediterráneo desde que la ocupan americanos vencedores. Una peste que corrompe el alma y los ha dejado dispuestos a hacer cualquier cosa por tal de sobrevivir. Claro que como se deja ver a lo largo del libro, ese es el estado natural de los napolitanos y de muchos europeos, el de sobrevivir a cualquier precio, a costa de quien sea necesario. Malaparte se otorga el papel de personaje literario y dota a ese personaje de las cualidades de un refinado miserable. El Malaparte que se pasea por las páginas de La piel es culto, habla idiomas, conoce la literatura y la filosofía, entiende el mundo, sabe moverse por él, pero también sabe ser zafio y cruel. Y hasta un traidor. Aunque incluso en la piel de un traidor o un bellaco mantiene un cierto código de honor. Hasta los malos de las novelas y las películas de los años 40 seguían un código de honor. Eso lo sabemos todos los que hayamos visto películas en blanco y negro de la época. La prosa de Malaparte es muy potente, y es, por seguir el símil con el cine, una prosa que se expresa en un blanco y negro lleno de matices. Una prosa que se devora aún a sabiendas de que en algunos momentos duele y apesta. Malaparte tiene escasa fe en el ser humano. Sobre todo en el ser humano que no ha sido derrotado. Ese está dispuesto a cualquier cosa por tal de salvar la piel. Con una filosofía tan negativa, pero tan aplicable en algunos análisis todavía hoy, en una situación que no es de guerra pero en la que se generan perdedores constantemente en tantos órdenes de la vida, el libro de Malaparte acaba despertando al lector crítico que tenemos dentro y que se siente atraído y a ratos cercano a ese Malaparte que no se acerca a los comportamientos de la masa y está dispuesto a mantenerse, en los momentos en que la mayoría corre a sumarse a las victorias, del otro lado, el de los que pierden. Los que pierden porque no pueden hacer otra cosa, porque no saben hacer otra cosa, quizá, poniéndonos fatalistas, porque nacieron para perder una y otra vez, aunque a veces traten de engañarse y engañar a unos cuantos oficiales americanos convenciéndose de que han elegido volver a caer.


Cuentos completos, de J. G. Ballard, RBA Ediciones: Ha sido uno de mis proyectos de lectura principales a lo largo de 2.015. He llegado hasta el final de sus páginas satisfactoriamente extenuado. Con la sensación de haberle sacado mucho a la obra de Ballard. Y con la sensación de que es uno de los autores fundamentales de la segunda mitad del siglo XX. Los cuentos completos siempre dan la oportunidad de ver a un autor evolucionando, dejando etapas atrás y afianzándose en obsesiones. Las obsesiones de Ballard son fronterizas con lo más enfermizo de la sociedad en lo que respecta a las relaciones de poder, al sexo, a la enajenación del individuo en ambientes hostiles, sean estos abiertamente hostiles o de indiferencia hacia la realidad personal, o sencillamente entornos automatizados en los que la relación humana se desdibuja. Ballard es considerado todavía por muchos un autor de ciencia ficción cuando lo cierto es que si lo podemos considerar todavía algo así, como autor de relatos (como autor de novelas creo que el calificativo es aún menos acertado), es de manera secundaria. Casi circunstancial. Algunos relatos de Ballard, es cierto, sobre todo al principio, pueden considerarse de ciencia ficción. Porque transcurren en el futuro, o en otros planetas, o en el espacio. Pero como Ballard mismo decía, la mayoría de sus escritos se desarrollaban en el espacio interior. Y ese es exactamente el lugar en el que se desarrolla también gran parte de la gran literatura, y nadie diría que Crimen y Castigo es ciencia – ficción. Y no debería decirlo aunque Dostoievski la hubiera situado en una futurista ciudad rusa del año 2114. Ballard habla de celos enfermizos, del crecimiento de los problemas, de las fantasías de control, del miedo a ser controlado, de la sociedad armada, de la hiperviolencia. Esa hiperviolencia se hace a veces más indigesta porque Ballard es un gran prosista, y ciertas verdades contadas con cierto estilo duelen más. Para Ballard no hay tema sobre el que no se pueda escribir. No hay nada sagrado para él. Hasta hace un relato humorístico (básicamente) sobre el asesinato de uno de los santos laicos del siglo XX, Kennedy, en el famoso El asesinato de John Fitzgerald Kennedy cosiderado como una carrera de automóviles cuesta abajo. Pero no lo hace, ni mucho menos, desde la frivolidad. Ballard es un escritor político en el mismo sentido en que lo es DeLillo o lo es Houellebecq. Porque algunos de sus textos hacen frontera con el terrorismo literario, el que cuestiona las verdades políticas del momento (Reagan por ejemplo aparece explícitamente en dos relatos: Por qué quiero joder a Ronald Reagan y La historia secreta de la Tercera Guerra Mundial; me imagino que a Thatcher tampoco le tendría un gran aprecio). Porque miraba a su alrededor y señalaba charcas. Y veía que en esas charcas inmundas podían crearse, más bien antes que después, nuevas formas de vida que no serían particularmente deseables. Cuando vi por primera vez la serie Black Mirror pensé: joder, es como un relato de Ballard. Y cuantos más capítulos veía más se acentuaba esa sensación. Ballard es un escritor profundamente perturbador que se iba adelantando a su tiempo. Pero no es sólo un escritor de ideas incómodas que no perdonaba una sociedad bienpensante convencida de que el progreso técnico, sin más, traerá el progreso social, como por contagio. Ballard cuestiona esa verdad, cuestiona la globalización y cuestiona el capitalismo neoliberal. Y lo hace de la manera más eficiente. Evitando ser panfletario, sino construyendo historias sólidas que van mostrando los claroscuros. Como Cuentos completos que son, muestran que algunas de las colecciones de Ballard de los que vienen eran mejores que otras. Yo destacaría especialmente los relatos que vienen de Vermilion sands, Exhibición de atrocidades y Mitos del futuro próximo. Eso ya debe dar del orden de 40 relatos recomendados. Y en total son 95. No hay ninguno malo o que resulte insustancial. Los relatos no vienen ordenados por colecciones, pero pueden consultarse fácilmente en Wikipedia a qué colecciones pertenecían originalmente. Destaco el hecho de que Ballard fuera durante toda su vida autor de relatos, que no los abandonara para lanzarse a la novela en exclusiva, sino que complementara ambas facetas. Y que fuera autor de colecciones de relatos, no exclusivamente de piezas sueltas destinadas a revistas. Son dos detalles que suelen dotar de coherencia interna un libro de relatos completos. Lo recomiendo vivamente. Por si cabe hacerlo aún más atractivo, el prólogo, del propio Ballard, también merece sin duda una atenta lectura (pese a comparar, a mi juicio desafortunadamente, a los buenos cuentos con la calderilla del tesoro de la ficción, lo que dice como algo positivo, pero no deja de colocar a los cuentos al nivel de la calderilla, querida y necesaria pero de escaso valor), pues descubre algunas claves de su escritura y obsesiones, sus cuentistas preferidos (Borges, Bradbury, Poe) y que su escritura primera fue la mayor de las partes en forma de relato, pues muchas de sus novelas surgieron de relatos primigenios.


Los años indecisos, de Gonzalo Torrente Ballester, Editorial Planeta: No voy a definirme como un profundo conocedor de la obra de Gonzalo Torrente Ballester, porque ciertamente no lo soy. Dicho lo cual, es un autor del que todo lo que he leído me ha interesado. Desde que leí sin entenderla demasiado La saga/fuga de J.B., hace muchos años (quiero releerla en algún momento), me he acercado a algunos de sus libros, mayores o menores. Lo mínimo que he sacado de sus libros es un agradable rato de lectura, y eso es lo que también he obtenido con éste. Los años indecisos describe los años de formación de un periodista con aspiraciones literarios de provincias, el cual va conociendo la vida nocturna, las cantantes de los cafés, las prostitutas, las rencillas provincianas, las pequeñas miserias, los noviazgos sojuzgados, las aspiraciones literarias que no se cumplen, o nunca se cumplen lo suficiente. Por edad y situación cronológica ese personaje tiene mucho que ver, probablemente, con el joven Torrente Ballester, y supongo que hay mucha memoria de juventud volcada en la construcción de ese personaje. La novela también es interesante pues muestra la realidad del viejo periodismo, un oficio sin más, sin una formación específica, rodeado de humo y nocturnidad. Torrente Ballester escribió esta novela con más de ochenta y cinco años, ya lejos de sus obras principales, pero todavía con un dominio técnico envidiable. La historia fluye, no vamos a decir que deslumbra o sorprende, porque no lo hace, pero sí acompaña. Siempre he visto a Torrente Ballester, en sus fotos de mayor, como un Saul Bellow patrio, dicho esto desde la admiración que en general me despierta Bellow. Esta novela vale para recordarnos que hace veinte años un señor de más de ochenta y cinco escribía como un Saul Bellow gallego, un escritor verdaderamente de su tiempo, no como todos los autores dedicados al costumbrismo de mesa camilla en el que la corriente principal de la literatura español parece encharcada, y tan contenta de haberse conocida. Un libro fácil de leer, sólido, que da algunas pinceladas interesantes sobre la pequeña intelectualidad provinciana de los años 30. Un libro que da para pensar que a muchos autores a los que se apunta con los premios oficiales desde hace casi 30 años, opositores a la gloria chica, se les hubiera alabado insistentemente por poco más que esto, que no deja de ser una novela muy menor de un verdadero autor con poso al que me parece que los años han ido olvidando más de lo que sería justo.


El invierno del lobo, de John Connolly, Editorial Tusquets: El invierno del lobo es de momento la última entrega traducida de la serie de novelas del detective Charlie Parker. Después de unas novelas bastante irregulares (en mi opinión, desde Los amantes el nivel estaba un poco bajo, en comparación con la obra del propio Connolly, no con esos engendros que a veces tratan de colocarnos en los suplementos de libros como novela negra de calidad; a la mayoría de esos Connolly les sigue dando cien vueltas en sus libros malos), El invierno del lobo es definitivamente un buen Parker. Dos desapariciones de personas que viven en la calle llevan a Parker a husmear a un pequeño pueblo aislado en Maine, Prosperous. Estos pueblos idílicos a primera vista pero tan desasosegantes a partir de la segunda mirada se parecen cada vez más a algunas comunidades ideadas por Stephen King, no en vano también vecino de Maine, como Connolly durante gran parte del año y su personaje Parker. Parker es experto en merodear y despertar los recelos de quienes desean mantenerse ocultos. Esta vez el intento casi le cuesta la vida, todo quede dicho. Prosperous es un viejo pueblo de costumbres muy cerradas fundado por una pequeña secta anglicana que se trajo su propia iglesia desde Inglaterra. Fanáticos religiosos, seres oscuros cuya naturaleza nunca parece exclusivamente humana, vengadores que van tras Parker y sus amigos desde hace libros, los seres a los que estos también persiguen desde hace muchas entregas, en definitiva, los ingredientes clásicos de sus libros. Pero tratados con intensidad, enfrentando a Parker a las fauces de la bestia otra vez, de dónde recibe esta vez alguna dentellada seria. Los cabos siguen sin cerrarse pero dibujan cada vez un cuadro general más turbio, en el que las conexiones entre todos los enemigos de Parker, y esos que no son enemigos pero desde luego no son aliados, van dibujando un camino nada definido todavía hacia un centro común al que parece que unos obeden y que parece que otros pretenden dominar. No sé cuántas entregas de la serie quedan, ni si Connolly lo sabe o va a estirar la historia mientras le resulte rentable, pero elija lo que elija, mientras el nivel sea el de último libro, pese a que sienta que juega conmigo y que a veces fuerza la verosimilitud (en el sentido narrativo, en el otro ya sabemos el universo por el que camina Parker, lleno de demonios, ángeles caídos y fuerzas ocultas) más de lo recomendable, pese a ciertos manierismos en los que cae, seguiré atento a las andanzas de quien ya es un viejo amigo.



Almas muertas, de Nikolai Gogol, Alianza Editorial: Almas muertas es considerada la primera gran novela rusa. La precursora de todo lo que entendemos que conlleva el concepto de novela rusa del siglo XIX. Almas muertas es previa a Tolstoi y Dostoyevski, y no alcanza la profundidad de las grandes novelas que llegarían hacia la segunda mitad del siglo, pero ya anuncia algunas de sus claves. Almas muertas fue escrita publicada con una gran polémica, pues era un libro muy crítico con la sociedad rusa de su época. Critica las diferencias sociales entre las clases, los privilegios de algunos estamentos, y las costumbres del hombre ruso y su Estado. Parece que Almas muertas iba a ser una novela mucho más larga, ya que la edición que hoy en día conocemos es básicamente la primera parte de lo que iban a ser tres, pero Gogol, al final de sus días quemó la segunda y tercera parte, y sólo quedaron restos y notas. La edición que he leído, de Alianza, presenta esas segundas y terceras partes parciales como una segunda parte que sigue la primera parte, la que cuenta la historia principal. En esta historia principal, Chichikov, el protagonista, va por una región rusa negociando con terratenientes dispuestos a vender la compra de siervos. Esta es una de las primeras realidades históricas que refleja la novela, ya que los siervos no abandonarían su esclavitud hasta algunas décadas después, y se ve cómo se negocia abiertamente su compra y venta. Lo que hace particular a Chichikov es que no pregunta por siervos que puedan serle útiles para trabajar las tierras, porque básicamente no tiene tierras. No es tanto alguien que necesite mano de obra como alguien que quiere dárselas de importante en la capital, llegando allí presumiendo de su gran número de siervos, para impresionar a los funcionarios del gobierno y conseguir ayudas y prebendas. ¿Y cómo ha pensado hacerlo? Poniendo a su nombre a siervos que ya han fallecido, pero cuyo fallecimiento todavía no ha sido registrado en el censo. Chichikov compra así siervos de nombre, a precio de saldo, y le hace un favor a sus dueños, pues ya no deben pagar cuotas por ellos. Ventajas para todos. Las llamadas almas muertas. Como siempre que aparece un sinvergüenza en una ciudad, presumiendo de dinero y de traer nuevas oportunidades de negocio, muchos le abren las puertas esperando sacar provecho. Sin sospechar, al principio, que es Chichikov el que pretende aprovecharse de ellos. Y lo hace, claro, pero algunos empezarán a sospechar de él y de sus intenciones.



Cómo no escribir una novela, de Howard Mittelmark y Sandra Newman, Editorial Seix Barral: Un libro divertido. Con falsos consejos para un escritor que pretenda escribir una novela que nadie quiera publicar ni leer. Consejos sobre construcción de tramas, personajes y estilo. Fallos y modos que tirarían para atrás al lector más imperturbable, profesional de la edición como lo han sido durante años los autores o aficionado al noble arte de abrir un libro. Si el lector del libro escribe, debe someter con ojo crítico sus textos al patrón de Mittelmark y Newman, y en cuanto encuentre la mínima similitud en alguna de sus páginas, eliminarla del archivo de su ordenador sin piedad. Aparte de la exageración, y admitiendo que toda regla está ahí esperando a ser violada, tampoco hay que olvidar que la transgresión de una norma no tiene sentido si no forma parte de un plan más general, y no es simplemente una acumulación de errores al tuntún. Da miedo, yéndonos a la realidad impresa, pensar en la cantidad de pasajes de famosas trilogías a los que nos remite la lectura de algunos de los párrafos inflados de errores de los autores.



Abandonos:

Los jardines estatuarios, de Jacques Abeille, Editorial Sexto Piso: Decía el mes pasado que me daba cierto miedo la comparación de este autor con Tolkien. No lo he visto especialmente relacionado con el viejo creador de la Comarca. Pero sí me ha acabado aburriendo como acabó aburriéndome la famosa trilogía. Los jardines estatuarios (las 100 páginas que he leído) me ha parecido demasiado consciente de sí misma. El autor maneja un simbolismo fácil de seguir en una zona extraña en la que hay jardineros que plantan y cuidan estatuas, y en la que se presenta una organización social bastante peculiar. Los paralelismos con la sociedad contemporánea me ha parecido que estaban demasiado subrayados, que más que escribir de un modo que pueda invitar al lector a leer de una manera fantástica o mágica y que él saque luego las conclusiones se le preparan trampas de pensamiento para que al leer ciertas cosas de aquella extraña región se diga: ah, esto es como … Que no digo que el autor lo hiciera de modo intencionado, y si lo hizo estaba en su derecho. Sólo digo que no entré en él.


Sociofobia, de César Renduelles, Editorial Capitán Swing: Este fue el ensayo estrella del año 2.013 en España. Y Renduelles ha saltado este año a una editorial con mayor difusión y ha escrito un ensayo creo que sobre construcción ideológica a través de la historia de la Literatura (me imagino que a través de algunas obras concretas). Me acercaré a ese libro porque me parece un autor con ideas interesantes. Sociofobia nos plantea que la sociedad actual nos lleva a desconfiar más que nunca de lo comunitario, lo social, y nos lanza en manos de lo individualista. Comparto la tesis. Comparto la tesis de que muchas veces las redes sociales crean en algunas personas la idea de estar formando parte de algo socialmente activo y útil pero que no es así. Conocemos a muchos que se sienten activistas por darle a un me gusta en facebook o retwitear una noticia. Pero me parece que el libro no acaba de plasmarlo con la suficiente claridad. Algunas ideas secundarias se embrollan y no dejan ver con claridad las principales. Algunas tesis no me parece que estén lo suficientemente razonadas, sino que se limitan a ser afirmaciones acopañadas de citas de filósofos un poco traídas por los pelos que tratan de darle fuerza a lo dicho. La fuerza que quizá por sí mismo no tiene. El libro no profundiza en las causas de este estado, ni la crítica construye otra alternativa. He leído el libro prácticamente al completo, pero me ha dejado la sensación de que podía haber sido mucho más redondo. Veo zonas que podrían haber sido mucho más ágiles y se hacen más confusas que complejas. Entiendo por qué mucha gente ha hablado de él estos últimos dos años, pero no sé si todos los que lo hacen lo han leído al completo. Creo que es un libro con una buena sinopsis. Tiene una sinopsis genial, que todos querríamos leer y que asumiríamos, pero esas ideas no tienen luego toda la fuerza que yo esperaba.


Relecturas: 

La velocidad de las cosas, de Rodrigo Fresán, Editorial DeBolsillo: En la contraportada de este libro Vila – Matas presume de ser quien más veces ha leído este libro. Creo no pecar de exageración diciendo que lo he superado con esta última visita. Es uno de los pocos libros firmados que tengo, desde que en 2.009 coincidí con Fresán en el primer festival Eñe del Círculo de Bellas Artes (para el que había conseguido invitaciones ganando un trivial literario). Tuve que reducir mi frecuencia de visita a los libros de Fresán porque es uno de esos autores cuya manera de frasear y de hacer fluir las ideas se te meten en la cabeza y en la mano a la hora de escribir y contamina lo que estabas haciendo y lo deja al nivel de un mediocre imitador de. La velocidad de las cosas, como Vidas de santos, es un libro de relatos infinito. Principalmente porque las tramas no son claras, y saltan de relato en relato, y porque muchas veces no están siendo cuentos narrativos sino que se limitan a describir con maestría trozos de vidas exageradas e improbables. Ahora que he leído en El Cultural que parece que están preparando otro movimiento al que adherirse (el postcuento) y con el que tratar de empaquetar una serie de libros, los buenos y los malos, todos revueltos, y del que espero pronto un manifiesto altamente reivindicativo e inoperante, en contra de la dictadura de la unidad de acción que promulgaba Poe, de los esclavizantes conceptos de introducción, nudo y desenlace. Ahora, decía, que algunos se caen del caballo y dicen: “no vale escribir relato como en el siglo XIX porque resulta que estamos en el siglo XXI”, convendría que leyeran más a Fresán. Fresán ya hablaba de La velocidad de las cosas como de un libro mutante en 1.998, cuando se publicó por primera vez. Porque no está nada claro qué tiene de novela y qué tiene de relato. Y la verdad es que no sé por qué hay que imponerle a nadie cómo escribir, si le apetece a alguien escribir como Poe, adelante. Si quiere matar a Poe, adelante también. Pero ya está bien de sermonear y de oponerse a convenciones derribadas hace décadas. Porque basta leer a Fresán. Y a Foster Wallace. Y antes a Vonnegut. Y si a eso vamos, muchos textos de Borges o de Cortázar. Que lean La memoria de la especie, de Manuel Moyano, que es generalmente sin embargo un autor bastante narrativo en el sentido clásico, y digan que ha seguido recetas que le vienen impuestas (con lo que eso conlleva de idea ajena que uno nunca va a manejar con soltura). Que lean los relatos de Ricardo Piglia, de César Aira, de Mario Levrero o de Fogwill. De Samuel Beckett. E incluso de Kafka. Y hasta de Chéjov, en realidad, que muchas veces se acerca más al concepto pictórico de apunte al natural que al de relato con inicio y fin claramente definido. Que lean sobre todo, que no quería perderme en enfados inútiles, este magnífico libro de Fresán. Y cuando lo acaben que lo empiecen otra vez, por otro punto, otro punto cualquiera. Y así hasta que le hayan sacado la última gota de jugo. De Fresán aprenderán a irse por las ramas como modo natural de ser. Como yo, me temo, que como dice el argentino, he elegido para ir de A a B, de la presentación del libro a su recomendación, por la circunvalación de la Z. Sé que volveré a leer este libro y otros de Fresán pronto, a la espera de que publique nueva obra.



American gods, de Neil Gaiman, Editorial Roca Bolsillo: Gaiman es un narrador muy ágil. Cuenta lo que pretende sin que el lector se desvíe de la narración. Es un escritor muy ameno. Y para ser un escritor ameno, al menos de los que a mí me resultan amenos, hay que ser en primer lugar un buen escritor. No un buen juntaletras o un redactor decente, sino un buen escritor. Gaiman lo es de sobra. Y esta es probablemente su novela más ambiciosa. Es la más claramente adulta, y la más oscura. También es la más trabajada literariamente, y la más larga. Seguramente es el único de sus libros que no se puede encontrar entre la narrativa juvenil en las librerías (y tiene otros libros cuyo lugar natural creo que no es ése). En American gods se cruzan decenas de subtramas y personajes secundarios que van acompañando el periplo de Sombra por una América profunda que ha renunciado a sus viejos dioses paganos, los que se fueron al nuevo mundo para ser adorados allí, para ahora ser olvidados y reemplazados por nuevos dioses, básicamente el éxito y el dinero, que exigen prisas y competitividad. Pero algunos de esos viejos dioses han decidido luchar para seguir siendo lo que llevan siglos siendo, porque alguien ha decidido matarlos y que sean olvidados pero no quieren que sea así. Y han escogido a Sombra, recién salido de prisión, viudo reciente, traicionado, para que sea quien los ayude. Habrá serie de TV, que parece que es hoy en día la garantía de calidad de cualquier producto cultural. Espero que sirva para que muchos más lean este libro.


Me acercaré a:
Sombras sobre el Hudson, de Isaac Bashevis Singer: Premio Nobel de 1978. Único autor yiddish premiado. Una historia post holocausto. La vida que le queda a un grupo de supervivientes. Un tema que quizá se ha tratado muchas veces pero pocas desde ese punto temporal. Narrativa americana judía, una tradición que en general siempre me ha dado grandes alegrías como lector (Bellow, Roth, Salinger, Auster). Tenemos un tema y tenemos una tradición en la que insertarlo que creo que me interesarán. He leído que la novela no se publicó como tal hasta después de la muerte de Singer, que antes había sido una novela publicada por entregas en un diarios. Creo que si fue capaz de mantener la atención de los lectores durante seguramente un tiempo largo (en versión libro pasa de las 600 páginas) la construcción de la trama será atractiva. Confío en que sea una buena lectura navideña.

Sodoma y Gomorra, de Curzio Malaparte: Después de quedar fascinado con La piel quiero seguir leyendo a Malaparte. En la biblioteca encontré este libro de relatos. 8 relatos. En el que da título al conjunto parece que Malaparte pasea con Voltaire por encima de las ruinas de la Europa post – bélica. Me lo imagino como un paseo denso y que sin duda quiero espiar, para ver hacia dónde fueron y de qué hablaron.

El retorno del profesor de baile, de Henning Mankell: Hace siete u ocho años leí si no todas las novelas de Wallander sí la gran mayoría. Me acabaron cansando, pero en aquel momento me dieron buenos momentos de lectura. Quiero leer alguna otra novela de Mankell, algo que no sea de Wallander. Estuve curioseando por alguna librería y esta fue la que más me interesó. Creo que puede funcionar bien para vacaciones.

El geco, de Rafael Sánchez Ferlosio: El crítico Ignacio Echeverría (pero no sólo) insiste en la idea de que Ferlosio es el mejor prosista español contemporáneo. Creo que alguna vez en el colegio leímos Alfanhuí o algún fragmento de El jarama. No me dijo nada. Estoy seguro. Pero he leído últimamente un reportaje relacionado con la publicación de textos que Ferlosio compuso en los años setenta. Textos que se explica que fueron saliendo del retiro del mundo literario en el que parecía condenado a triunfar y alcanzar una posición preponderante. Pero se fue, se explica, a su casa, a estudiar gramática y profundidad y a tomar anfetaminas. Y a escribir tranquilamente bajo el influjo de las anfetaminas y el estudio obsesivo de la gramática. Claro, los periodistas describen la prosa de aquellos años como anfetamínica. ¿Para qué pensar algo más? Me interesa leer a alguien que un día decidió no coger el camino fácil y escoger otro cuando menos particular. El geco tengo entendido que recoge prosas y relatos de toda su producción, que funciona a modo de mejores páginas seleccionadas por el propio autor. Se me antoja la mejor manera de empezar con él.

Relatos de Alberto Laiseca: He visto recientemente una extraña película argentina: Cariño, voy a comprar cigarrillos y vuelvo. Está basada en un relato del tal Laiseca, que no sólo es el autor de la trama sino que aparece en varios momentos de la película cual deus ex machina explicando sus intenciones al escribir ciertas escenas. Me seduce la idea de un tío que se cuela en la película y va contando por qué el protagonista hace lo que hace (a menudo nos cuenta por qué el protagonista es tan idiota), y lo hace tranquilamente desde su despacho. Creo que en el fondo, todo escritor aspira a ser Dios. Y no se puede expresar de manera más clara que interrumpiendo la historia para decir: “yo pretendía … pero el idiota del protagonista …” No sé si será posible acercarme a sus relatos en las bibliotecas de la comunidad de Madrid, pero lo buscaré, me gustaría leerlo.

Hasta la próxima semana, cuando hagamos revisión y cierre del año.
Sr. E