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viernes, 3 de abril de 2020

Cuentos para la cuarentena (III): Previsiones e imprevistos


Cuentos para la cuarentena (III): Previsiones e imprevistos.

Voy a seguir aún un poco más comentando las lecturas que llevo adelante en estas semanas de encierro y recomendando libros que creo que pueden ser una buena compañía para quien no los haya leído todavía.

El general del ejército muerto, de Ismail Kadaré: Siempre hablo bien de su obra y recomiendo a Ismail Kadaré. Me parece uno de esos autores de los que se puede sospechar que permanecerá, de entre aquellos que coinciden en una época. Su mundo literario es grave, oscuro, lleno de soledad, muerte, traición, resentimiento, odio. Aún así, lírico y bello. No hay un libro suyo que no valga la pena, pero siempre recomiendo entrar en su obra a través de esta novela o de El palacio de los sueños. El general del ejército muerto es una misión melancólica y condenada al fracaso, porque aunque triunfe será una derrota. Acompañamos, los lectores, a una misión del ejército italiano que viaja hasta Albania a rescatar los cadáveres de sus compañeros muertos durante la Segunda Guerra Mundial. Ha sido una relectura, después de muchos años, y creo que ha sido la primera novela que he disfrutado verdaderamente en estos días. Un libro que me fui administrando por las noches, poco a poco, durante algo más de una semana, a modo de sedante para antes de dormir.


Ruido de fondo, de Don DeLillo: Ruido de fondo (1985) comienza con una ciudad ansiosa, huyendo toda ella, de un modo desesperado y competitivo (parece que solo se salvarán los primeros en cruzar los puentes de salida), de un escape nuclear. Se trata de una historia llena de rumores, malentendidos, conversaciones confusas que no llevan a ningún sitio, familias que se caen, miedo, manipulación de los medios de comunicación, poderes económicos y políticos defendiéndose y atacándose, y como su título anuncia, de mucho ruido, de todo ese ruido y confusión que es el fondo sobre el que pasan nuestras existencias contemporáneas, con o sin epidemia, con o sin redes sociales, con o sin prensa en la mano. DeLillo te conduce suavemente (con esa prosa musical y llena de contrapuntos que te hipnotiza) por una novela que te emociona, te da miedo, te hace reconocerte y te hace desear no ser como los personajes a los que está describiendo (aunque sabes que sí, si no peor). Si alguien, en alguna medida, nos había preparado para una epidemia y el terror globales, había sido (además de Ballard), DeLillo. Y es una pena que se encuentre retirado (o casi retirado), porque lo que va a quedar del mundo después de este virus, en términos sociales, económicos y de todo tipo, le hubiera dado al escritor que era hace veinte años para explicarnos cómo serán nuestros próximos diez años, o cómo fueron los últimos cincuenta sin que nos diéramos cuenta, que es a lo que se ha dedicado DeLillo durante toda su vida, a explicarnos lo que va a venir a la vez que nos explica todo lo que ya había pasado sin que nos diéramos cuenta, porque estábamos mirando hacia dónde no había que estar mirando, y cómo ese pasado oculto explicaba ese futuro que aún no era obvio pero lo sería. Y de eso, recuerdo, trataba esencialmente Submundo (por mucho que aparentemente tratara de temas más frívolos, de baseball, de canción popular, de cine y televisión americana, de fontaneros políticos con traje y corbata, …).


El dilema del prisionero, de William Poundstone: A veces, cuando leo, también me gusta recordar que estudié la carrera de Físicas y que me gano la vida enseñando Matemáticas. Este es un libro que se relaciona con esa doble condición, pero que creo que podría interesar a cualquiera. El dilema del prisionero es un problema fundamental en la Teoría de juegos, y dice (copio un enunciado concreto de internet, hay variantes): “La policía arresta a dos sospechosos. No hay pruebas suficientes para condenarlos y, tras haberlos separado, los visita a cada uno y les ofrece el mismo trato. Si uno confiesa y su cómplice no, el cómplice será condenado a la pena total, diez años, y el primero será liberado. Si uno calla y el cómplice confiesa, el primero recibirá esa pena y será el cómplice quien salga libre. Si ambos confiesan, ambos serán condenados a seis años. Si ambos lo niegan, todo lo que podrán hacer será encerrarlos durante un año por un cargo menor”. Es un juego de suma no – nula (no vamos a entrar en detalles), y lo más beneficioso para ambos sería que los dos se callaran (fijémenos en la suma de las penas, en este caso como mucho se sumarían dos años de suma total, las otras posibilidades dan totales de diez o doce años). Pero la experiencia, y en este caso la policía lo sabe, dice que es muy probable y muy frecuente que alguno de los dos acabe incriminando al otro, pensando que así se va a librar (consiguiéndose en muchas ocasiones que los dos, aislados, echen la culpa al otro, y compartan castigo). Este libro habla de esa clase de dilemas en nuestra vida diaria, y de cómo la lógica y el beneficio objetivo no son necesariamente las opciones más populares. También es una especie de biografía poco sistemática de John Von Neumann, matemático, pionero de la informática y la aeronáutica, genio y persona poco recomendable, amigo de Einstein y juerguista, uno de los principales participantes del Proyecto Manhattan y uno de los pocos que salieron de allí convencidos de que el mundo necesitaba apostar por la opción belicista para seguir existiendo (una lógica, relacionada con la teoría de juegos y el dilema del prisionero, que llevó a que durante décadas los dos grandes bloques se apuntaran con armas capaces de destruir la Tierra para así lograr un equilibrio basado en el miedo), y que una guerra atómica era poco menos que inevitable y había que seguir armándose para ella.


La enfermedad y sus metáforas, de Susan Sontag: En este libro, escrito a finales de los setenta y que leí hace un par de años, Susan Sontag se asoma, desde su experiencia personal con el cáncer (enfermedad que se le reprodujo y que tuvo en varias ocasiones), al análisis del lenguaje que se asocia a esa enfermedad (batalla, guerra, persona luchadora, el ejército de las células cancerosas, …) y rastrea sus orígenes en el romanticismo asociado a la tuberculosis (la gran enfermedad de su época, al nivel al que el cáncer podía serlo cuando Sontag escribió el libro) durante el siglo XIX y principios del XX (la tuberculosis era, en el imaginario popular, una enfermedad que asolaba a las almas sensibles, así que tenerla debía ser síntoma de una importante sensibilidad). Sontag reflexiona sobre qué se esconde realmente en esas metáforas, por qué cree que se asocia el proceso de la enfermedad al de una guerra, y también habla sobre la culpabilización a la que se somete con frecuencia al enfermo de cáncer que no lucha lo suficiente por vencer a la enfermedad, que no se comporta como un héroe, que está desanimado (por más décadas que pasen y más afianzado que esté ese tópico, sigue sin estar demostrado que un buen estado de ánimo y una actitud positiva ayuden a que un cáncer se cure con más facilidad), por no hablar de la asociación que la enfermedad (sobre todo ciertas enfermedades, ciertos tipos de cáncer, como el de pulmón) puede tener con un cierto castigo divino (aunque no se culpe a Dios de ello), a modo de castigo por los excesos (Sontag amplió el libro en los años 80 hablando del sida, enfermedad que estuvo muy ligada originalmente a la homosexualidad y que muchos integristas vieron como un justo castigo a su comportamiento), y cómo deja fuera de toda lógica a quienes enferman igualmente sin haberse salido nunca de lo marcado, todos esos, que también enferman, y que siempre han cuidado su alimentación, han hecho deporte, no han fumado, han sido abstemios y sin embargo, como por error, enferman. No tengo en casa el libro para releerlo, pero me gustaría hacerlo en estos tiempos de nuevos lenguajes bélicos y nuevas enfermedades, de héroes que se esfuerzan contra un villano invisible, sin rostro, apenas identificable, al que cuesta odiar con precisión por eso mismo, aunque da miedo, mucho, a todos, y nos iguala, nuevamente.


Serie Charlie Parker, de John Connolly: Supongo que de alguien que lee mucho, que incluso se atreve a recomendar lecturas, que escribe y pretende escribir más y mejor, se esperaría que dijera que había ido acumulando en su casa, para una hecatombe o para llevárselo a la cárcel si se daba el caso, para un largo verano en soledad o para la fractura de una pierna, para cualquiera de esas situaciones, los tomos de En busca del tiempo perdido o al menos El cuarteto de Alejandría. Me justificaré diciendo que al menos El cuarteto de Alejandría lo leí hace unos diez veranos (aunque lo fui leyendo de la biblioteca, así que no lo tengo por aquí ahora). Y ahora diré que la verdad es que lo más parecido que yo había hecho era ir acumulando los tomos de la serie de Charlie Parker, de John Connolly, en bolsillo. Intento, desde que los descubrí, ir leyéndolos cuando salen en las bibliotecas, y cuando aparecen en bolsillo, me los compro y los he ido guardando para un largo verano. Este puede ser un año sin verano, pero con mucho tiempo en casa, así que quizá sea el momento adecuado. No tengo toda la serie, porque me falta alguno de los últimos y porque mi hermano y algún amigo se han ido llevando algunos volúmenes y no han vuelto, pero tengo bastantes. No todos son igual de buenos, aunque todos dan unas horas de compañía y entretenimiento (y algo más que el entretenimiento, tienen algo), pero recomiendo mis preferidos, por si alguien quiere empezar con Parker y sus amigos (y enemigos): Todo lo que muere, Más allá del espejo, Los atormentados, Voces que susurran o La ira de los ángeles.

De un modo menos premeditado, también me encuentro con que tengo en casa la serie completa de El cuarteto de Red Riding (1974, 1977, 1980, 1983), de David Peace, y El cuarteto de Los Ángeles (La dalia negra, El gran desierto, L. A. Confidential y Jazz blanco), de James Ellroy. Me los compré todos el año pasado, y he releído algunos libros en estos últimos meses. Me parece que aquellos que no he leído recientemente, pueden ser también una excelente compañía si esto se sigue alargando, y serán una alegría (aunque con lo oscuros que son no son exactamente la palabra, no desde luego una alegría sin más) para quien los coja por primera vez.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E


lunes, 23 de diciembre de 2019

Pedigrí, de Georges Simenon vs. Un pedigrí, de Patrick Modiano, junto con Las mañanas del café Rostand, de Ismail Kadaré


Pedigrí, de Georges Simenon (Acatilado) vs. Un pedigrí, de Patrick Modiano (Anagrama), acompañados ambos por Las mañanas del Café Rostand, de Ismail Kadaré (Alianza)

Hay un tipo de autor que gana los Premios Nobel (Modiano), uno que siempre aspirará aunque probablemente muera sin ganarlo (Kadaré) y otro tipo de escritor al que nadie se ha planteado nunca en serio (quizá como boutade) dárselo (Simenon). Esa diferencia no habla a favor ni en contra de la obra de ninguno de ellos, ni tiene por qué hablar a favor o en contra de los Premios Nobel, añadiría. Es algo que sencillamente es así. Los lectores lo sabemos, y puede importarnos más o menos (o nada) a la hora de leer. No creo, y empiezo provocador, que quien haya leído un número suficiente de libros de Kadaré, Modiano y Simenon sitúe a Modiano en el primer lugar de sus afectos. Según días, yo no tengo del todo claro si Kadaré estaría por encima de Simenon o sería al revés, pero sé que Modiano vendría después de los dos, a cierta distancia.

Y eso queda dicho antes de añadir que Modiano tiene claras virtudes como narrador, el manejo de la memoria, la sutilidad escribiendo, y el dominio absoluto de una época, un lugar y sus recursos. Hasta se podría decir que Modiano es el dueño de un cierto tipo de libros parisinos, de posguerra y con una fuerte carga autobiográfica. Y siempre es un mérito haber sido el creador de algo. Suponiendo que realmente hubiera dos tipos de escritores, los que viajan de libro en libro moviéndose con las mismas formas y obsesiones, y quienes cambian de tema y adaptan la forma entre una obra y la siguiente, sin duda Modiano estaría en el primero de los grupos. En el fondo, como Kadaré y Simenon, aunque estos pueda parecer, en una primera fase de lectura, o desde una cierta distancia, que se mueven más.

Un pedigrí, de Modiano, son unas memorias de infancia y juventud en las que el autor se coloca aún más en el papel de narrador de lo que hace en los otros libros suyos que he leído (Una juventud, Los bulevares periféricos, El café de la juventud perdida). Modiano explica y se explica a través de la historia de sus padres, personajes extraños, que nunca acabaron de encontrar su hueco en el mundo y con ello hicieron que Modiano nunca tuviera una referencia fuerte en la que apoyarse (ni contra la que rebelarse, llegado el momento). Y lo hace en unos años en los que cada pequeña historia se entremezclaba aún con la Guerra Mundial recién terminada, con historias de la ocupación y con míticas valentías y miserables cobardías. Un pedigrí trabaja desde la idea (siempre un tanto afectada, aunque en muchos casos tenga algo de cierto) de que la literatura salvó al autor y protagonista. Un pedigrí, que ni mucho menos es un mal libro, se me queda corto si lo comparo con la impresión que guardo de la lectura de W o el recuerdo de la infancia, de Georges Pèrec, un autor al que Modiano creo que imita tomando formas casi opuestas (por incoherente que parezca), ya que también sentí que Los bulevares periféricos era como una versión reducida (y menor, y bastante peor) de Las cosas: una historia de los años sesenta y La vida: instrucciones de uso. Pero está claro que en Un pedigrí, Modiano, con el título elegido, más que con Pèrec, está dialogando con las memorias de Georges Simenon, tituladas, precisamente Pedigrí.

Pedigrí es un libro extraño en la narrativa de Simenon. Simenon, conocido en gran medida por su serie de novelas del inspector Maigret, uno de los grandes investigadores del alma humana del siglo XX, y más allá, por sus novelas negras – grises, en las que disecciona con habilidad de entomólogo las miserias y problemas de la clase media de provincias, y en las que no faltan referencias notables a los males del siglo XX (como por ejemplo en El tren, una novela sobre los campos de concentración) ni los experimentos casi existencialistas (La huida, un libro escrito a la sombra de Kafka y Camus y al que remite directamente El bigote, de Carrère). Pedigrí, de 1939, es una novela que Simenon aprovecha para escribir sus memorias de infancia y juventud bajo el nombre de otro niño y otro adolescente, al que trasvasa sus vivencias, las de su familia, sus inseguridades y heridas. Simenon le da al libro un tono íntimo que no es el habitual en sus novelas, en las que el dibujo psicológico de los personajes, siempre muy acertado, se hace desde fuera e incluso diría que con cierta frialdad. Tiene páginas magistrales y se cierra dejando paso a la continuación de esas memorias, una continuación que nunca escribió de manera directa, aunque Simenon sí escribió otros dos libros íntimos, tomando en esos casos la primera persona y su nombre propio, fue en Carta a mi madre y Memorias íntimas, libros que ahora mismo son imposibles de encontrar y que espero que en algún momento Acantilado (que ha decidido asumir a Simenon como lo que es, un autor de primera, un novelista fundamental del siglo XX, y ha ido reeditando algunos de sus libros) edite.

Pedigrí, desde el título, nos lleva a la idea de los antecesores como seres determinantes, la posición de los padres como precursores de la personalidad de un niño y a largo plazo del adulto en el que se convertirá. Los problemas de la infancia siempre son difíciles de superar, y muchos se quedan ahí, marcándonos. En este libro podríamos decir que los principales son el sentimiento de soledad, la incomprensión entre el niño y sus padres, y la inseguridad que ello le va provocando.

Con las inseguridades, aislamientos e incomprensiones ha trabajado siempre mucho (y bien) Ismail Kadaré, tanto con las inseguridades e incomprensiones propias del artista y el escritor como con las históricas, comunitarias y nacionales de su Albania natal. Kadaré es en sí mismo una literatura nacional, la albanesa, en una medida mucho mayor que la que se me ocurre para ningún otro autor – país. Tanto es así que en este libro, el último que de momento se ha publicado en España, Las mañanas del café Rostand, incluso lo llevan como parte de una pequeña comitiva al Vaticano a reunirse con cardenales para hablar de los problemas de su país. Las mañanas del café Rostand es un conjunto de textos memorialísticos, vivenciales, relacionados en mayor o menor medida con París, ciudad en la que Kadaré vive, yendo y viniendo a Tirana (en función de las circunstancias del país, sobre todo) desde hace décadas.

El primero de esos textos es el que le da título al libro, y nos habla de ese café, uno de esos clásicos cafés de París para escritores y periodistas, del que Kadaré se hace habitual desde que llega (después de múltiples peripecias literario – burocráticas) a París. Nos va mostrando las miserias y excentricidades habituales de esta clase de establecimientos.

Las mañanas del café Rostand, en general, es un libro de recuerdos de un escritor ya mayor, que recuerda los grupos de jóvenes poetas albaneses a los que frecuentaba en su juventud, que habla de su experiencia en el Instituto Gorki de Moscú (experiencia iniciática en su vida, a la que dedicó el estupendo libro El ocaso de los dioses de la estepa). Es un libro de paseos, en el que el autor, desde una edad avanzada, mira con ironía las cuestiones referentes al éxito (o al fracaso) literario, a la perdurabilidad de la obra de uno, a la trascendencia, y que se lee también con un ritmo reposado, de mesa de café de aires intelectuales y paseos por bulevares y jardines.

Fue en uno de esos paseos leídos cuando se me ocurrió volver a leer a Modiano. Kadaré cuenta que se cruzaba con él por los Jardines de Luxemburgo con frecuencia, y que los dos se reconocían pero fingían no conocerse, y que él, Kadaré, alguna vez pensó en saludarlo, y estaba decidido a hacerlo cuando apareció la noticia de que Modiano era por primera vez candidato al Nobel, condición en la que Kadaré llevaba ya décadas. Pensó que estaría bien felicitarlo y hacerle ver, por otra parte, que lo normal era no pasar nunca de esa condición. Esa conversación no llega, pero empiezan a saludarse con un gesto. Y unos meses después Modiano gana el Nobel y cuando Kadaré quiere encontrárselo para felicitarlo, se da cuenta de que ha desaparecido, y no regresa a sus paseos hasta meses después, cuando todo ha quedado atrás. Es un momento de narración muy bonito, muy representativo de este libro y de la siempre detallista escritura de Kadaré, que te transporta a donde quiere en cada página. Y es a la vez un ejemplo perfecto de una relación entre dos escritores en la que “el perdedor” no se muestra envidioso ante la suerte del vencedor, y una muestra de literatura en la que se nota que Kadaré sabe, como quien le lee, que él es mejor escritor, y que esa estirpe de grandes escritores que nunca ganaron el Nobel quizá sea la suya.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E