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viernes, 3 de mayo de 2019

El triunfo, de Francisco Casavella


El triunfo, de Francisco Casavella (Cátedra)

El triunfo es una primera novela llena de fuerza, de ritmo, de gracia, de rima. La escribió, nos dice el prólogo, Casavella cuando no se llamaba aún Casavella pero suponía que así se llamaría si algún día firmaba un libro, durante la mili. Como Juan Marsé. Hay mucho de Marsé aquí. Hay barrio y mentiras y miradas y leyenda. Mucha leyenda. La leyenda es la mentira que se ha repetido mil veces y ya no recuerda que es mentira. Y el barrio el callejón oscuro del recuerdo. Y por ese barrio camina El Palito contando una y mil veces su versión de los hechos. Una versión que vuelve de donde no llegó a ir y que se desvía en las rotondas. Una de esas versiones, ya sabéis, de quienes te dicen: yo te lo contaré todo, porque lo vi. Bueno, no lo vi pero lo oí, o al menos se lo escuché desde detrás de las tragaperras a alguien que se tomó unas cañas con un tipo que lo vio. Así. Una tras otra, de frase en frase, de recuerdo en caída, se cuenta la historia de los supervivientes de la guerra del barrio, una guerra sin cuartel en la que El Gandhi impartía justicia (o injusticia) sin miramientos. Si había que cortarle los dedos al guitarrista de más talento, se le cortaban, y si se atrevían a ir a por uno de los suyos, las devolvía con cuatro cabezas cortadas.

Ha llegado Casavella, diez años después de su muerte, a la consagración editorial, a que su ópera prima esté en el catálogo de la editorial Cátedra, quién sabe si en algún momento no se le leerá en los institutos (aunque si de algo sé, por lo que supe como alumno y lo que sé como profesor de secundaria, es de lo que los profesores de Lengua y Literatura mandan leer cada curso, y nada posterior a Cela entra en esos cánones, nada que suene vivo). Hay mucho mito sobre Casavella, del bueno y del malo, y supongo que eso divertiría al escritor. El prólogo – estudio previo a la novela ya nos deja claro que a él le gustaban todas esas confusiones entre lo que es, lo que parece, lo que podría ser y lo que no, para nada. El triunfo, una novela que se recibió con ganas y que sus primeros editores (la meritoria y pronto desaparecida Versal) intentaron promocionar (hasta con la presentación en una discoteca, con una fiesta rumbera, nada más adecuado, un vídeo que merece la pena ver mientras se está leyendo el libro https://www.youtube.com/watch?v=dNzMPOzzbjU), que tuvo una segunda vida, y una tercera, y ha llegado a las cuartas y quintas en estos últimos años, y hasta la tercera, en esas solapas que los autores escriben muchas veces ellos mismo, decía que Casavella había sido el chófer de una supervedette. Aparte de lo añejo que resulta el término supervedette, era mentira, y de las cosas que tenemos segura es que Casavella no sabía conducir.

El Casavella que escribió El triunfo era ese chófer de supervedette sin carnet. Aún le faltaba cierta capacidad para domesticar sus impulsos, las imágenes que pone por encima de la prosa son poderosas pero algunas se pasan de recargadas, la historia se distrae de lo que estaba contando y cuando vuelve al flujo principal se ha olvidado de por dónde iba y no acaba de conectar. Pese a todo, se imponen con una gran fuerza la historia de traición de una madre y un hijo, el dominio digno de reyes feudales de los señores del barrio, la construcción de una personalidad artística en base a unas manos desnudas y cuatro canciones, el habla atropellada de personajes lunáticos que no dejan terminar una frase al anterior y los cuadernos del Gandhi, viejas reliquias del hambre infantil y las guerras en África que van haciendo de contrapunto.

No es un libro perfecto pero es un pedazo de novela. De esas con las que aquellos que escribimos estamos midiendo durante la lectura, intentando sacarle un secreto, dispuestos a ponernos con el cuaderno por la noche, a imitarla o superarla o dejar que nos noquee. Cuando se habla de Casavella (especialmente el del Watusi y El triunfo) se habla enseguida de Marsé. Hay Marsé porque hay barrio y hay andares y hablas de barrio, pero no hay lo mismo que en Marsé. Hay menos memoria y más pop y quizá el Casavella de El triunfo aún se excedía en cuanto a cargar la prosa, aún se pasaba de adornar lo obvio, se gustaba demasiado a sí mismo. Marsé le gana en musicalidad pero El triunfo, si nos olvidamos de comparaciones (con otros autores y con el que sería Casavella una década después) es un gran libro, una novela potente que ha llegado a la estantería de clásicos españoles y espero que eso no la convierta en una de esas novelas que se dejan de leer.

Leamos. Seguiremos leyendo.

Felices lecturas

Sr. E

viernes, 29 de julio de 2016

Las dimensiones finitas, de A. G. Porta

Las dimensiones finitas, de A. G. Porta (Ed. Acantilado)

He hablado ya alguna vez de la fascinación que siento por Concierto del No – Mundo, la novela con la que A. G. Porta ganó el Premio Café Gijón en 2.005. Es un libro que he leído tres veces y que no ha perdido fuerza en ninguna de esas relecturas. Creo que es una de las novelas españolas más ambiciosas que se hayan escrito en los últimos treinta años. En ella, Porta nos llevaba de viaje por un mundo estético, filosófico y musical propio. Era una novela que buscaba la complicidad del lector dispuesto a dejarse fascinar por ella. Es una experiencia estética más que una narración sin más. Pero, se consiga o no, toda novela debería aspirar a ser una experiencia estética única, al margen de lo que lo consiga en mayor o menor medida o de que también sea, y eso no es menos importante, un vehículo mediante el cual contar una historia. No es, y esto creo que la convierte también en un libro tan destacable, un complicado ejercicio de estilo al que no pueda acceder un lector más o menos habitual, que es el camino al que muchas veces recurren los autores que no quieren ser confundidos con aquellos autores que buscan la aprobación general. Dejo Concierto del No – Mundo, que quizá debería releer una cuarta vez para comentar aquí.

Creo sin embargo que es posible que A. G. Porta sea más conocido por algunos lectores como el compañero de Roberto Bolaño en la escritura de Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce. Ambos declararon siempre que si bien Bolaño no era un discípulo de Morrison, desde luego Porta sí era un fanático de Joyce.

En 2.008 A. G. Porta publicó una novela que podía considerarse una continuación de Concierto del No – Mundo, al menos de personajes y ambientes, aunque aquí trasladaba la trama al espacio, y el espacio de A. G. Porta es el espacio de Kubrick o hasta el de Tarkovski, por situarlo con una única imagen. Aquel libro se llamaba Geografía del tiempo. En 2.012 Porta firmó a medias con Gregorio Casamayor Otra vida en la maleta, una suerte de thriller carcelario con un leve tono paródico, que remite por la historia negra, por el tono y por haber sido escrita otra vez a cuatro manos, a Consejos. A finales de 2.015 ha vuelto a firmar solo, y ha vuelto al universo de sus dos anteriores novelas en solitario, aunque muy diluido, sólo presente en el pasado del personaje femenino, que sigue siendo aquella niña prodigio del piano sobre la que se construía el Concierto del No – Mundo. Parece demostrado que no es un autor con prisa por publicar, sino que pule sus obras. De hecho, es un autor que estuvo quince años retirado después de publicar Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, leyendo atentamente a Joyce, analizándolo, y sin ninguna tentación por publicar, aunque parece ser que Bolaño le ofreció que trabajaran nuevamente a medias en lo que acabó siendo La literatura nazi en América.

La nueva novela de A. G. Porta se llama Las dimensiones finitas. El título está tomado de un relato de J. D. Salinger, como explica el mismo narrador de la novela. Al principio de la novela el narrador ya nos dice a sus lectores que perdonemos si su estilo es demasiado parecido al de Salinger, a quien en principio no nombra pero cuya sombra detectamos inmediatamente quienes lo hemos leído. Salinger y sus obras toman luego un papel central en la historia, al ser el primer nexo de unión entre el narrador y Albertine, aquella pequeña pianista que ahora se dedica a la escritura, la dirección de documentales, la vida diletante y el estudio de la obra de Salinger. El nombre de Albertine, nada casual, remite a Proust, y fija un marco de referencia, el de la gran literatura, un mundo por el que ella se mueve con soltura, que choca con el del narrador, un hombre que apenas ha leído y que se lanza a ello impulsado por su fascinación por Albertine. ¿Cómo llega ese narrador poco aficionado a la lectura hasta Albertine? Ese protagonista, consultor empresarial, ha empezado a ver llegar la crisis, y rastrea los pasos que esa crisis va dando en todos los periódicos europeos, y decidido a mejorar su inglés para entender mejor los avances del derrumbe, va a una librería y acaba llevándose un libro de Salinger. Empieza a leerlo y a comentarlo y en un viaje de autobús se encuentra con otra chica que va leyendo a Salinger y se atreve a acercarse a ella. Es Albertine. Se caen bien y empiezan a quedar.

Albertine ha sido educada en el arte, en la música, en los libros. Él parece haber estado demasiado ocupado trabajando. Está bastante solo, tiene escasa relación con su familia, llama a su madre pero lleva años sin ir a verla, tiene los discos de Primal Scream de su hermano mayor, por el que siente una fascinación que no excluye la crítica, lo que establece un juego con la que siente Holden Caulfield por su hermano mayor, el escritor vendido al mundo del cine. Apenas tiene una especie de padrino en Barcelona, donde vive, un antiguo amigo de su familia, que está en Valencia.

Como en Casablanca, el mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos. La crisis va a más y él lo ve claro desde el principio. Caen empresas, Madoff entra en la cárcel, parece que no es la única estafa piramidal del sistema. Parece que todo el sistema es una estafa piramidal. Mientras, él va descubriendo a Abertine y el mundo que ella le propone. Va leyendo para estar a su altura, para tener algo de lo que hablar con ella, van a una casa, a la otra, hacen el amor, escuchan música, viajan. Destaca la fascinación que él va sintiendo por los discos de Nacho Vegas que ella va poniendo y que ambos bailan con ese tono de futura derrota que su música transmite. Y todo ello sin dejar de leer a Salinger, a quien en algunos libros entiende más, en otros menos, pero que en todos le produce una cierta fascinación, esa fascinación que con frecuencia produce lo que no se acaba de comprender.

El estilo, la voz narrativa, es claramente salingeriano. Eso, respecto a otras novelas de Porta, simplifica el estilo. El narrador, como el mítico Holden Caulfield, analiza todo y a todos sin acabar de comprender nada. Siempre desde un poco fuera, siempre desde una mirada distinta, siempre con una cierta mirada poética. Una poética sencilla, pulida, como la de Salinger.

El narrador parece uno de los pocos analistas lúcidos de la crisis, y cabalgando sobre ella y sus consecuencias desarrolla su propia teoría, la Ingeniería de los Soportes Mutables, una idea que empezará vendiendo en su propia empresa y que lo irá llevando como conferenciante por otras empresas. Luego acabará teniendo su propio libro. Es uno de esos complejos artefactos económicos con nombre poético que nadie llega a comprender totalmente. Él inventa algo que los demás no llegan a comprender mientras anda metido en una aventura literario - amorosa que no llega a dominar completamente. Otro espejo.

La relación con Albertine avanza entre más libros, más canciones, más futuros proyectos de viajes a lugares que todo el mundo debería visitar antes de morir, como ella los llama. Llega un punto en el que sus mundos vuelven a separarse. Eran mundos que coincidieron pero que parecían condenados a perderse de vista. Ella se irá a Nueva York a seguir la pista definitiva de Salinger. Él se quedará en Barcelona, con su pequeño éxito empresarial, con sus recuerdos. Siempre le quedarán sus recuerdos. Ella seguirá viviendo y él seguirá soñando con viajar, con llegar a ese sitio que le obsesiona desde que lo escuchó por primera vez en la canción de Nacho Vegas, ese punto al norte del norte, lejos de todo, lejos de ti.

Nos quedamos a la espera del próximo libro de A. G. Porta. Merecerá la pena la espera, aunque pueda ser larga.

Seguiremos leyendo y comentándolo.

Felices lecturas

Sr. E

miércoles, 6 de julio de 2016

Los príncipes valientes vs. Esa puta tan distinguida

Los príncipes valientes, de Javier Pérez Andújar (Ed. Tusquets) vs. Esa puta tan distinguida, de Juan Marsé (Ed. Lumen).

He leído de manera consecutiva estos dos libros, en los que he encontrado muchos puntos en común y algunas diferencias significativas.

¿En qué se parecen? Principalmente en la ciudad que retratan, en cierta manera de mirar, en la reivindicación de la cultura verdaderamente popular, que rompe las fronteras entre alta y baja cultura, y en el trabajo que hacen con la memoria.

¿En qué se diferencian? Principalmente en lo que cada uno de ellos nos enseña sobre la memoria. Basta ver el título de la última novela de Marsé para entender lo que piensa de ella. Marsé desconfía profundamente de esa puta, sabe que es tramposa y que dulcifica el pasado. Marsé intenta no dejarse llevar por el principio de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Para Pérez Andújar parece que sí, que ese tiempo pasado fue realmente el suyo. Creo que Pérez Andújar se deja envenenar hasta un cierto punto por ese azúcar de la memoria. Pérez Andújar escribe Los príncipes valientes desde la agradable sensación de la nostalgia. Marsé escribe desde la ironía.

Ser escritor. Hacerse escritor: Pérez Andújar y Marsé son escritores de barrio obrero. Marsé ha refundado desde hace décadas ciertos paisajes urbanos de Barcelona. Es un tópico hablar de la Barcelona de Marsé, pero realmente ha escrito una Barcelona que es la de su infancia, que no se corresponde exactamente con la Barcelona de los años 40 y 50 sino con una ciudad de calles dúctiles por las que corren los niños de la posguerra intoxicados de películas del cine y novelas de kiosko. La cultura de Marsé tiene una base popular, y la de Pérez Andújar también. Pérez Andújar se reivindica como narrador de los barrios del extrarradio, un lector de tebeos en edificios grises de hormigón, un hijo de obreros industriales que ha acabado siendo novelista.

El escritor de barrio obrero: Recuerdo una anécdota que he leído sobre Juan Marsé: Carlos
Barral, que era su editor, le dijo que necesitaban un escritor obrero, como él, y Marsé les dijo a los editores y poetas que trabajaran ellos de obreros, que él quería escribir y vivir de ello. Pérez Andújar es hijo de obreros industriales que no escriben en las ciudades dormitorio de los alrededores de Barcelona, castellanohablantes, en las que se oyen acentos andaluces, extremeños, murcianos, en las que se canta copla y se trabaja de sol a sol en las cadenas de montaje.

Los niños que fueron: Marsé es un niño de los años 40 y Pérez Andújar es un niño de los años 70. El mundo era muy distinto entre una infancia y la otra. Los dos han sido niños que huyeron de la grisura de sus barrios a lomos de sus sueños y sus lecturas.

Esa puta tan distinguida: En muchas de las novelas de Marsé se habla desde la infancia, pero no es el caso de Esa puta tan distinguida. En ella, su narrador, un escritor que podría ser el propio Marsé, es contratado en los ochenta para escribir el guión de una película basada en un crimen real. Marsé, o su narrador, que no se fía nada del cine español y sus productores, acepta el encargo porque es un dinero mercenario que le vendrá bien, y empieza a entrevistarse con el hombre que cometió aquel crimen, un asesinato que fue muy conocido en las secciones de sucesos de los años de la infancia del narrador, que vagamente lo recuerda. El asesino, que trabajaba como proyeccionista en un cine, lo que hace que el cine esté en toda la novela como camino de entrada y salida, tiene problemas de memoria. Los dos son mayores, conversan, el escritor le gasta bromas sobre la memoria, comparten cervezas en su terraza y el guión avanza con dificultad. Uno de los puntos más interesantes de la desmemoria del asesino es que recuerda el asesinato pero no recuerda por qué lo cometió. El escritor que debe hacer el guión no se acaba de creer esa explicación.

Los príncipes valientes es, a su modo, una novela de formación. También es un libro de memorias. Pérez Andújar pasea por sus recuerdos de la infancia y primera adolescencia tratando de leer en ellos cuáles fueron los primeros pasos que lo llevaron a querer ser escritor. Ser escritor, para Pérez Andújar, era una manera de huir de la realidad, como lo era pasear sin rumbo, leer tebeos o leer los extraños libros que su amigo le dejaba. En eso creo que se parece a Marsé, y seguramente ha aprendido algunas cosas de él. El libro de Pérez Andújar tiene una lectura muy agradable y algunas ideas que se quedan por la cabeza del lector. Pero quizá le falta mancharse un poco más. Marsé en su novela habla por boca de su personaje de la diferencia entre los buenos prosistas y los buenos novelistas. Dickens es el mejor novelista, afirma. Y los lectores de Marsé que también hemos leído a Dickens entendemos que se puede ser el mejor novelista sin ser el mejor prosista, y a qué se refiere exactamente. Marsé busca ser más novelista que prosista, y a ello ha dedicado su obra. Pérez Andújar, en este primer libro suyo que leo, me ha parecido más prosista que novelista.

Felices lecturas

Sr. E