Mostrando entradas con la etiqueta Glenn Gould. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Glenn Gould. Mostrar todas las entradas

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Memorias musicales de Glenn Gould y Frank Zappa

Memorias musicales: No, no soy en absoluto un excéntrico, montaje de Bruno Monsaingeon sobre entrevistas de Glenn Gould (Ed. Acantilado) y La verdadera historia de Frank Zappa, de Frank Zappa (Malpaso Ed.)

He leído casi seguidos dos libros de memorias (en un sentido bastante amplio del término) de dos músicos muy influyentes a lo largo del siglo XX: Glenn Gould, quizá el concertista clásico más conocido de su época, y Frank Zappa, figura central de la contracultura americana, uno de los principales referentes del rock progresivo y sinfónico, y en general de los caminos que cruzaron la música clásica con la culta y el humor político (llamando humor político al que incomoda al poder, cualquier poder) en los sesenta y setenta. Uno es un músico al que escucho muy frecuentemente (Gould) y otro es un autor cuya importancia comprendo pero cuya obra no me dice demasiado (Zappa). Pero una de las cosas más interesantes de las memorias es que muchas veces no nos interesan más o menos por lo interesante que nos resulte el personaje en sí como por lo interesante de lo que cuente y cómo.

Leí también por las mismas semanas la entrevista que le hicieron en Jot Down al cantante Miguel Ángel Hernando, alias Lichis, que vale como interesante estudio sobre la fama de los músicos. 

Lichis parece obsesionado con la imagen que como músico ha transmitido a lo largo de su carrera, una imagen que juzga distorsionada y profundamente equivocada. Modestamente, yo también pienso que sus oyentes ocasionales nunca llegaron tampoco a tener una imagen completa de su labor musical. Pero, ¿justificaba eso que redirigiera su carrera para huir de la falsa imagen que otros se habían creado de él? ¿Tan importante es lo que los demás piensen? 

¿Es inevitable que todo el mundo opine sobre la realidad de los músicos y que los entienda mal? Leyendo los libros de Frank Zappa y Glenn Gould parece que sí. Aunque ellos se hicieron fuertes en su propia percepción de sí mismo y quizá se hartaron de desmentir falsas ideas y leyendas, pero no modificaron ni un poco su modo de actuar y estar.

Son dos personajes de los que se podría decir perfectamente aquello tan tópico de que son caleidoscópicos. Gould es el intérprete clásico excéntrico por excelencia, con caprichos y manías de diva del pop, y Zappa era un hombre encerrado en un personaje (que se encarga de desmentir repetidas veces en sus memorias) que aspiraba, probablemente, a ser reconocido como compositor de música culta para orquestas.

Se trata de dos libros de memorias con bastante comillas porque el libro de Gould está construido como un recorte y montaje de sus declaraciones en entrevistas por Bruno Monsaingeon, uno de sus principales estudiosos y cabría decir casi que evangelistas. Es curioso que se utilice una cierta técnica de collage para construir el libro, en perfecta sintonía con el modo de entender la música de Gould, quien siempre defendió que su labor como intérprete era darle la mejor obra posible al oyente, y si para ello tenía que repetir tomas, cortar y pegar trozos, era lo que debía hacer en el estudio, y nunca entendió la pureza que algunos pretenden que se alcance en los conciertos, donde pensaba que el único aliciente era muchas veces cazar al concertista en un error. El libro de Zappa no es un libro de memorias en tanto en cuanto no se trata de Zappa recordando su vida, rememorando hechos con el objetivo de ordenarlos. Más bien es un libro en el que Frank Zappa expone sus ideas sobre ciertos aspectos de la sociedad, la vida, el arte y la convivencia, y para ilustrar sus ideas se apoya muchas veces en sus recuerdos.

Para quienes no lo conozcan, Glenn Gould, intérprete canadiense, es considerado uno de los mejores pianistas del siglo XX, especializado en la interpretación de Beethoven, la música dodecafónica de Schönberg y sobre todo en Bach (sus grabaciones de Las Variaciones de Goldberg de este último se han convertido en canónicas, y casi cualquier aficionado habla de Las Variaciones de Goldberg de Glenn Gould como una obra diferente a cualquier otra grabación de las mismas, incluso distinguiendo las distintas grabaciones que hizo de la misma obra).

Su mejor época de concertista estuvo determinada por la escasez de su trabajo en público, siempre huyendo de la sobre – exposición, y se retiró prácticamente años antes de su muerte, a una edad en la que estaba en condiciones de dar sus mejores interpretaciones. Acabó falleciendo a los cincuenta años. La palabra excéntrico acompaña a Glenn Gould desde que comenzó su carrera como pianista. Basta hacer en Google la búsqueda de su nombre acompañado de este adjetivo. Gould, sin embargo, nunca se reconoció (especialmente por lo que la excentricidad tiene muchas veces de pose, algo que él negaba, estar de postureo, como ahora se diría) como un excéntrico, de ahí el acertado título de sus memorias. Desde que era un músico de veintipocos años y sorprendió a la crítica y al público clásicos, tuvo que estar contestando a preguntas sobre sus manías y rarezas. Para él, según se ve en este libro, todo era perfectamente lógico y racional. Sus cuidados extremos con las manos eran necesarios pues tenía mala circulación y al fin y al cabo su trabajo lo hacía con las manos. ¿Su sillita desvencijada y enana para tocar en los conciertos, con la que iba a todas partes? Él lo explicaba diciendo que su modo de tocar necesitaba que él se apoyara desde más abajo del piano, pues había aprendido tocando el órgano, y trataba de trasladar esa sonoridad majestuosa al piano. Y así tenía respuestas para casi todo. Gould sorprende por su defensa de las técnicas de estudio y por lo autoexigente que es consigo mismo. Esto último es común a cualquier perfeccionista, y Gould le suma una dureza extrema con los demás pianistas de su época, a los que acusa de ser excesivamente románticos. 

Glenn Gould no compartía ese espíritu romántico (aunque según él ahí también había exageraciones) y sus intérpretes de cabecera eran pocos y siempre con Bach a la cabeza. La imagen de Glenn Gould que estas curiosas memorias transmiten, incluso tomando por lógicas y racionales todas sus explicaciones, son las del típico y tópico genio ensimismado. Para Gould era un desastre tener que salir de gira. Le perturbaba profundamente ir a Europa y a otras ciudades de Estados Unidos. Son muy curiosas sus reflexiones sobre el público con el que se encontró en la Unión Soviética cuando fue invitado a ir allí. Tardaba meses en volver a recuperar la calma en su casa, apartado de las molestias. No le gustaba especialmente tocar ante el público, y se resistía a hacerlo todo lo que podía. No parecía preocupado por la imagen que el mundo tenía de él y la posteridad guardara de él. Una de las cosas más bonitas del libro es que por poca música que uno sepa, llega a entender cuáles son sus ideas sobre armonía, interpretación, composición, y son ideas trasladables a campos como la pintura, la escritura, el cine. Hace 35 años de la muerte de Glenn Gould y cuesta imaginar ciertas obras interpretadas por otras manos. La fascinación por su figura continua, y basta ver el homenaje que Acantilado ha organizado estos próximos días en Barcelona y Madrid.

Frank Zappa era un personaje peculiar, ácrata, incómodo, convencido de que la libertad (creativa, personal, política) era el valor supremo, algo muy americano y algo por lo que como americano precisamente tuvo que luchar mucho. Las memorias de Frank Zappa están escritas en la segunda mitad de los años ochenta y se publicaron originalmente en 1989. Zappa ya tenía entonces, por lo que luego se vio, el cáncer que le costó la vida, pero no se le había detectado. Falleció en 1993, a los 53 años. Las memorias de Frank Zappa tocan temas como la familia, la política, la música, la vida del música en gira, el matrimonio, la educación, la censura, la tecnología, y las distintas relaciones entre unos y otros. Es un hombre lúcido, y también un hábil vendedor de sí mismo y de sus ideas. Se expresa con claridad y con brillantez, no tiene miedo a reírse de sí mismo. Se nota que se divirtió escribiendo partes del libro en las que se desmitifica. Le extraña cómo su música, que nunca pasó de minoritaria en el mejor de los casos (y si uno busca información en internet se vuelve a incurrir en ese exceso que es decir algo así como: fue ignorado en los Estados Unidos, su música fue mejor comprendida en Europa, algo parecido a lo que se suele decir de Woody Allen o de Leonard Cohen, como si en España en cualquier barra de bar se estuviera comentando a cualquier hora la última película de Woody Allen o se buscaran nuevos matices en viejas grabaciones de Frank Zappa), generó tantas polémicas a lo largo de sus tres décadas de carrera. Es un personaje que no se muerde la lengua y que dispara con bala contra colectivos contra los que sería impensable que un músico de su reputación lo hiciera hoy en día, como son otros músicos, tanto músicos que han trabajado con él, en su banda, como por así llamarlos competencia. También tiene una fijación con los sindicatos y su control de ciertos conciertos, acontecimientos públicos y los problemas que le dieron en su aventura como compositor para orquestas y director de las mismas, en Europa y en los Estados Unidos.

Son antológicos los capítulos sobre las relaciones con los padres, cómo la religión, la familia y las tendencias de consumo pueden ser más destructivas para las mentes juveniles que las drogas, y sus diatribas contra la educación normalizada. Zappa daba puntualmente clases en escuelas de música, pero se refiere a los institutos y universidades. Cuenta cómo huyó de la educación en cuanto pudo y cómo sacó a sus hijos del sistema educativo en cuanto aprobaron por libre el equivalente a la ESO en España, y les dio libros y películas y fomentó en ellos el interés por la cultura y ser críticos y esperaba que no les diera nunca por estudiar en la universidad, ya que desde luego él no iba a pagársela para que los convirtiera en individuos adocenados. Sus ideas sobre educación de los hijos (dejando libertad, estableciendo pactos con ellos en los que podían hacer o no hacer algo en función de que sus razones lógicas fueran mejores que las suyas) son muy jugosas, y a mediados de los 80 denuncia algo que ha ido a peor, la conversión del hijo en el tesoro de la familia, a través del que pretenden realizarse muchos padres, pero sin complicarse. La tendencia a pedir que se prohiba todo aquello que a uno le molesta, bajo la excusa de que puede ser nocivo para los niños.

Zappa llegó a estar en la comisión del Senado americano sobre las llamadas Guerras del Porno. El episodio se merece un pequeño ensayo sobre la imbecilidad y la mezquindad él mismo, y quizá lo tenga. La mujer de Al Gore (ese Al Gore) le compró a su hija Purple Rain, de Prince, y descubrió, escuchándolo con ella, referencias a la masturbación. Aquello la escandalizó, y escandalizó a algunas otras mujeres de senadores y gobernadores americanos,que empezaron a pedir que alguien protegiera a los niños de esas letras obscenas. Todo fue objeto de una comisión que ya tenía las conclusiones decididas de antemano y en la que Zappa apareció como invitado (incluye en el libro su declaración completa, que no le dejaron leer entera). De aquella comisión acabaron quedando las famosas pegatinas de Parental advisory en los discos que incluían letras con contenidos explícitos, que como bien dice Zappa, sirvieron esencialmente para darle publicidad a ciertos grupos y discos. Uno de los momentos culminantes del libro es en el que se dirige a Tipper Gore diciéndole que si le preocupa que su hija pueda escuchar discos con letras explícitas, que no se los compre, pues tiene 9 años, y para ello basta con que le compre mejor un libro, o un disco de música clásica o uno de jazz instrumental, o simplemente escuche las letras antes de dárselas a la niña, pero que no pretenda censurar todo el sistema musical para ahorrarse su labor como madre. Creo que sobra decir que Zappa perdió aquella batalla. Y curiosamente ninguno de sus discos tuvo nunca que salir a la venta con una de aquellas advertencias para padres.

Seguiremos leyendo y escuchando música

Felices lecturas


Sr. E

viernes, 21 de abril de 2017

Algunos libros para el Día del Libro

23 de abril, Día del Libro: Algunos libros


 De las fiestas del consumo en las que participo, que supongo que son más de las que quiero reconocer, una a la que acudo con gusto es al Día del Libro. Me gusta ir a presentaciones, a lecturas, a mesas redondas, o simplemente a espiar a otros lectores y a ojear libros, y siempre compro alguno, para mí y para regalar. Igual que cuando uno va al supermercado es recomendable hacerlo sin hambre y con una lista de la compra lo más completa posible, para evitar desvaríos, también me gusta ir a aprovechar el habitual 10% de descuento de estas fechas con una lista cerrada de posibles compras.

No me haré con todos esos libros, claro, porque la economía da para lo justo. ¿Qué libros ojearé, cuáles pescaré, cuáles acabarán en mis estanterías y me harán compañía este próximo verano? Eso lo dejaremos un poco al azar del fin de semana, a ese posible párrafo que me atrape en el momento justo de la cata literaria. He revisado el archivo del blog y veo que sigo sin haber leído algunos de los libros que entonces me planteaba, y más aún, que algunos de ellos vuelven a mi lista de la compra. También influye, me imagino, de dónde voy en cuanto a libros entre manos, y a cuáles voy ya en un plan de lecturas definido. Ando terminando Europa central, de William T. Vollmann, y sin acabar de lanzarme del todo a Los reconocimientos, de William Gaddis. Releo relatos que ya he leído mil veces y complemento mis lecturas de ficción con el Curso de Literatura Rusa de Nabokov.


El Día del Libro 2017 empieza con trampa, porque como este fin de semana no estaré en casa, regalé y me regalé un par de libros con un mes de antelación, con dedicatoria y firma falseadas. La historia, hasta la personal, es un cuento, y los cuentos, falsificación. El primer libro elegido fue Los reconocimientos, de William Gaddis, tras dudar entre esta novela y Su pasatiempo favorito. Los reconocimientos es una novela de la que debo confesar que he leído el prólogo unas 5 veces, y se lo he leído a algunos amigos lectores, y en cuyos caminos me he adentrado hasta las 150 primeras páginas, una experiencia que de momento es satisfactoria (muy satisfactoria).


El otro regalo adelantado fue Tú no eres como otras madres, de Angelika Schrobsdorff. Normalmente confío muy poco en el criterio lector ajeno, y salvo en el caso de 3 – 4 personas de toda confianza como lectores, es muy raro que vaya a buscar una recomendación de alguien. Prefiero llegar yo por mi cuenta a los libros, rastreando autores, novedades a veces, curioseando en las bibliotecas. Pero dos personas me recomendaron este libro con tal fuerza y tal pasión que pensé que a veces hay que dejarse influir. Esas personas me dijeron que nunca habían leído un libro así, tan potente, tal personal, tan auténtico, tan (en el mejor de los sentidos, espero) poco literario.



Estoy saliendo muy satisfecho de Europa central, de William T. Vollmann. He visto que Pálido fuego ha editado hace poco su última novela (su última novela en España, el libro es del 2000), La familia real, una epopeya apocalíptica en San Francisco, una novela total. Los libros que he leído de Pálido fuego son bonitos, bien cuidados, bien trabajados, y acceder a un texto de Vollmann, que escasean en España, y en una edición bien trabajada, es una tentación. Aunque, por otro lado, dos novelones de Vollmann, teniendo a Gaddis a la espera, y también La broma infinita, de Foster Wallace, puedan ser demasiado. Quizá el libro de relatos Historias del arcoíris, también de la misma editorial, sea una solución intermedia.


En los últimos años me han pillado un poco fuera de juego dos de las grandes modas culturales (no digo moda como algo peyorativo, simplemente constatando una popularidad que ha ido creciendo mucho en ese tiempo). La de las series de televisión y la de las novelas gráficas. Veo series de televisión, algunas, pero sigo prefiriendo ir al cine. Y sobre todo no siento estar haciendo un acto cultural supremo, como observo comentar, si una noche me siento a ver una serie en Netflix. La otra es la de las novelas gráficas. Siempre he leído algunos cómics, y me parece que el cambio de nombre dominante, de cómic a novela gráfica, esconde un cierto complejo. Como si leer cómics fuera algo a esconder, y leer novelas gráficas algo mucho más digno. Leo poco cómic al cabo del año, pero cuando lo leo suele gustarme. Encuentro historias con las que aprendo, y que me permiten acercamientos a realidades que no conozco de un modo más ligero que mediante ensayos o biografías. Glenn Gould es uno de los pianistas más conocidos del siglo XX, y uno de los más brillantes, y es un músico al que escucho frecuentemente cuando trabajo frente al ordenador, sus famosas grabaciones de las Variaciones Goldberg, pero no solamente. Este cómic, Una vida a contratiempo, intenta ser una biografía no – lineal del fascinante músico. Quizá sea una buena lectura próximamente.


La España vacía, de Sergio del Molino: Me gusta ver documentales y leer ensayos que me hagan pensar en realidades que normalmente escapan a mi entorno de intereses directos. ¿La España rural como tema fascinante? Todo lo que he leído y oído sobre este libro es buenísimo, y llevo meses detrás de conseguirlo en la biblioteca, pero siempre está prestado. Leo con interés artículos de Sergio del Molino, y agradezco sus intervenciones de este último año en el programa La cultureta de Onda Cero, cuyos podcasts sigo semanalmente. Me gusta cómo se explica y dónde posa su mirada y su palabra, sus matices, y creo que su recorrido por la España que se ha ido vaciando, otra de las Españas derrotadas de las últimas décadas, puede ser un libro interesante para leer, revisar y pensar.


Mondadori acaba de sacar La parte soñada, la segunda parte de la trilogía que Rodrigo Fresán nos promete a sus lectores. Fresán hablaba una vez en un artículo de que el novelista, cuando se encierra a escribir, debe decir adiós a su familia por un tiempo, porque va a desaparecer. El lector entregado a su hipnótica prosa debe decirle algo así a los otros libros. Leí La parte inventada cuando salió en 2014, y espero leer pronto este y leer en el futuro La parte recordada, fin de su trilogía. Rodrigo Fresán ha ido creando desde principios de los años 90 una obra personal, muy potente, que renuncia a la trama en nombre de la forma, que vuelve una y otra vez a unos pocos motivos básicos, como las variaciones musicales. Me planteo hacerme con esta nueva novela aunque también pienso que quizá, cuando se publique la tercera parte, Mondadori decida hacer algún estuche especial, y prefiera acceder a él. Así que quizá seguiré esperando a que esté libre en las bibliotecas que frecuento.


Ya hablaba el año pasado de esta edición en Acantilado de Simenon. Me interesa Georges Simenon. He leído desde hace muchos años decenas de sus novelas, de las de Maigret y de las que no están protagonizadas por el famoso inspector. Simenon siempre es un narrador eficaz y poco exhibicionista. Discreto, directo, sus historias suelen funcionar y siempre meten el dedo en alguna llaga relacionada con la hipocresía. Este libro, Pedigrí, es el más personal de Simenon. Son unas memorias, por lo que he leído sobre él, no protagonizadas directamente por él sino por un niño y luego joven belga que fue niño y joven en tiempos parecidos al propio autor, lo que ha hecho que siempre se considere que es el material más autobiográfico que nunca escribió.


Sigo pensando que merece la pena acercarse a los Cuentos Completos de algunos autores y tomar en perspectiva su escritura y su labor, viendo constantes y evoluciones. En los últimos años he leído los de J.G., Ballard, Gabriel García Márquez, Flannery O´Connor, I.B. Singer, Bernard Malamud, Fogwill, Tobias Wolff, E.L. Doctorow, Robert Louis Stevenson y Edgar Allan Poe, y no sé si me estoy olvidando de alguno. Tengo algunas colecciones completas empezadas, como las de Juan Carlos Onetti y Richard Matheson. Este año tengo apuntadas las colecciones de Shirley Jackson y Cynthia Ozick. Hace años leí El aliento del cielo, recopilación de Carson McCullers que me encantó, y no sé si con motivo de su centenario la habrán reeditado. También tengo en mente los relatos completos de Vladimir Nabokov, que quizá sean mi primera adquisición ya que están en bolsillo.


Hablaba en las últimas semanas, dentro de las novelas de mi vida, del Cuarteto de Red Riding de David Peace. Lo leí hace unos 4 años de la biblioteca, y son libros con los que cuesta dar, y al ser cuatro obras juntas, quizá el ahorro del Día del Libro haga que me lo plantee como compra cara que es.








Tejidos y novedades, de Cristina Grande: Me gustan los cuentos. A veces me gusta leer cuentos que se parezcan a los que escribo, como si esos autores me dieran la razón, y otras veces prefiero leer cuentos totalmente distintos, como quien va de viaje a un país exótico. Mis propios cuentos derivan cada vez más hacia los cuentos que se van hacia las 20 páginas. Me fascinan, por incapacidad propia, los autores que en 2 – 3 páginas dibujan relatos completos. Me repatean los microrelatos que no son más que ocurrencias, por el contrario. Kafka o Etgar Keret son maestros en el cuento realmente corto. De Cristina Grande solo he podido leer su novela Naturaleza infiel, que me gustó mucho, y en los pocos relatos de la autora que he podido leer (en antologías, en alguna revista, en webs) he detectado esa chispa que algunos tienen y que hace que en 2 páginas quepa una versión del mundo. Esta edición recopila sus dos primeros libros de cuentos, Dirección noche y La novia parapente, que hace años busqué sin resultado por las librerías de Madrid. Quizá ahora me los traiga a casa.


Puesto que me gustan los cuentos, como ya he dicho, soy consciente de la deuda que como autor y lector tengo con Las mil y una noches, recopilación oriental de la que han bebido y beben prácticamente todos los relatos de la historia. Tengo en casa una selección de cuentos de Las mil y una noches de Alianza, y una vieja edición más o menos completa, que heredé de casa de mi abuelo. Demasiado frágil para que no me duela abrirla por el riesgo a romperla, y con una traducción demasiado arcaica. Quizá también sea el momento de ir buscando una edición completa que ir leyendo, o de buscar una primera edición, bien escrita e ilustrada, para niños, para el que fui y fue conociendo los cuentos, y para el pequeño que tengo en casa, para ir llenándole la cabeza de pájaros.

Seguiremos leyendo. Comprad con moderación y no olvidéis visitar las bibliotecas.
Felices lecturas
Sr. E

lunes, 7 de noviembre de 2016

Dos pequeños libros

Dos pequeños libros: La lengua materna, de Fabio Morábito (Ed. Sexto Piso) y Contrapunto, de Don DeLillo (Ed. Seix Barral)

A veces llegas a pequeños libros que te dicen mucho. He leído dos de ellos en la última semana. Contrapunto era uno de los pocos libros de DeLillo que me quedaban por abrir, y no conocía a Fabio Morábito.

El lenguaje materno, de Fabio Morábito: El lenguaje materno recoge 84 textos breves (de dos caras cada uno) que se acercan desde ópticas muy variadas a las cuestiones del lenguaje (no sólo el materno), la lectura y la escritura, y los saltos que se dan de usuario del lenguaje a lector consciente y a escritor, cómo se construye una obra, una figura como autor, una coherencia lectora, un canon personal.

Fabio Morábito vive en México desde los 15 años, y aunque su familia es italiana, y por lo tanto el italiano la primera lengua que manejó, su obra publicada está escrita en español. Hasta este libro, el primero que decide publicar en la que es su lengua materna. De ahí su título, obviamente. Morábito ha decidido usar una lengua para la vida íntima y otra para la literatura. Ya hablamos de los escritores que usan una lengua literaria distinta a su materna al reseñar el libro El fantasma en el libro, de Javier Calvo. Ese en sí ya es sin duda un tema interesante.

Morábito habla sobre la formación del lenguaje en la infancia, sobre palabras cuyo origen podemos (o no) rastrear, juega con ciertos significados y significantes. Morábito también nos cuenta cómo fue hacerse escritor en una lengua que no era exactamente la suya, aunque también. Y cómo algunas de sus personas más cercanas fueron recibiendo y valorando sus obras.

Me ha interesado han sido algunos fragmentos en los que Morábito descubre las rutinas de escritura, las suyas en particular, pero muchas de ellas trasladables a cualquier escritor, y las obsesiones de los mismos. Es muy ilustrativa la anécdota (espero que apócrifa) del autor que debe preparar un justificante para que su hijo lo lleve al colegio y casi consigue que su hijo no llegue ese día al colegio porque empezó a corregirla y recorregirla y al final tuvo que ser su mujer la que la escribiera rápida y certeramente.

Morábito también me ha parecido muy ocurrente y por momentos brillante al hacer ciertas relecturas de libros que más o menos todos conocemos, hemos leído, y de los que además hemos oído muchas interpretaciones. Sus reinterpretaciones de Kafka o algunos momentos de Dostoievski me han parecido muy valiosas, y la manera en la que dibuja la evolución de milenios de labor más o menos emparentada desde Homero hasta hoy en día es eficaz y muy destacable. También relee con agudeza cuentos para niños clásicos como Pulgarcito, y reivindica el papel del hermano mediano en los cuentos clásicos.


Contrapunto es un librito de sesenta páginas con amplios márgenes y tipo de letra generoso en el que DeLillo hace una de las cosas que mejor se le dan como autor, reflexionar sobre la trascendencia sin ponerse trascendente. El libro viene de la traducción de unos artículos publicados por DeLillo en una extinta revista neoyorquina a principios de la década de los 2000, y es un ejercicio ejemplar de economía y precisión en el lenguaje. Desde su título musical, a partir de unos pocos fotogramas de unos documentales (que debo decir que son inencontrables, al menos para mis capacidades y recursos de búsqueda) recrea, sin tratar de ser exhaustivo, porque ese trabajo ya está hecho, sino con dos pinceladas rápidas, la figura de dos pianistas fascinantes, que tuvieron vidas peculiares y que eran ellos mismos personas peculiares, con tendencia a desaparecer, y que de hecho desaparecieron del mundo musical y casi del mundo durante algunas épocas de su vida.

Son el pianista canadiense Glenn Gould, que ha pasado a la historia por sus grabaciones de las Variaciones Goldberg de Bach, y el pianista de jazz Thelonius Monk. Para DeLillo, aparte de sus excentricidades, comparten algo de maestros de la arquitectura de la música, y la capacidad de mirar en lo más profundo de sus seres mientras interpretaban. Para quien es lector habitual de DeLillo, como lo soy, él mismo tiene algo de maestro de la arquitectura, sin perder de vista que un maestro de la arquitectura puede ser desmesurado y tendente al adorno y la digresión, como es la música de Monk en muchas ocasiones. Y también tiene algo de escritor capaz de encontrar la expresión más adecuada para lograr el máximo impacto en el lector, el impacto más visual, más sugerente, con la mínima escritura. En eso se parece al perfeccionista Glenn Gould.

En este librito descubrimos a un tercer DeLillo, que quizá había asomado en toda la mitología del béisbol en Submundo, un DeLillo casi mitómano, que admira sin mesura en este caso a dos músicos en los que sabe que siempre puede sumergirse y encontrar nuevos matices y encontrar viejas sensaciones, algo parecido a lo que nos sucede a los lectores al volver a su prosa.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E