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miércoles, 12 de junio de 2019

Illska, La maldad, de Eirikur Örn Norddalh


Illska, La maldad, de Eirikur Örn Norddalh (Hoja de Lata)

La faja que acompañaba esta novela cuando me la compré durante el primer fin de semana de la Feria del Libro de Madrid de este año (una faja que anunciaba que se trataba de la segunda edición, lo cual habla de un muy buen trabajo editorial, y no es el primer muy buen trabajo de Hoja de Lata con el que me encuentro) habla de la gran novela sobre el auge de la extrema derecha en Europa. Y lo es, o no. Lo es, en cierto sentido, pero no lo es en otros muchos. Leyendo algo así esperaba encontrarme con una novela de alto contenido político y violencia, y me he encontrado con un gran contenido político y altas dosis de violencia, pero me he topado también con muy buena literatura, con una novela ambiciosa y construida con gran originalidad (y una maestría a la hora de afrontar la estructura más que evidente a poco que uno haya leído unos cuantos libros y se haya puesto a escribir alguna vez).

Illska, La maldad, es una novela muy difícil de explicar en pocos párrafos. Es, quizá, por agarrarnos al esquema clásico de trama, una historia de amor (pero de amor y violencia, de amor y odio, tengamos en cuenta que Casablanca es una película de amor y nazis y funciona perfectamente, esta también es, quizá, una historia de amor y nazis). Hay un triángulo amoroso en cuyo centro está Agnes, treintañera, obsesionada casi desde siempre con el Holocausto y que escribe su tesis sobre el auge de los movimientos populistas de extrema derecha en la Europa contemporánea. Primera pregunta escalofriante de la novela. ¿Cuán diferentes somos de aquellos europeos de la década de 1930? ¿Tanto como nos gusta pensar para sentirnos bien o quizá menos? Agnes conoce por casualidad a Ómar, se empiezan a ver, se enamoran, se van a vivir juntos, pronto empieza a haber roces, desinterés de ella, inoperancia de él, hasta hay un embarazo y un niño pequeño. Ómar es un representante del precariado internacional, un treintañero con una carrera de filología, mucha actividad en la red y trabajos precarios que lo van llevando de uno al siguiente. No se queja demasiado, y representa, en lo bueno y en lo malo, al sujeto con estudios medio europeo de su generación. Empieza pareciéndonos un personaje un tanto plano y a mí ha acabado cayéndome bastante mal. Se recrea en su patetismo, siempre tiene una excusa para su inmadurez, no es crítico consigo mismo, ¿está perdido? Su generación, para bien y para mal, es la mía, como la de Agnes. Y también la de Arnór. ¿Y quién es Arnór? Pues la tercera pata del triángulo amoroso, un neonazi al que Agnes empieza a frecuentar para que le explique las ideas de esos populistas de extrema derecha. ¿Y con qué se topa? Con un tipo leído, seguro, que habla bien, que no se porta como un payaso, que puede llegar a ser encantador y hasta es atractivo. Tan atractivo como para empezar a acostarse con él. Pero, un gran pero, nunca deja de ser un nazi. Agnes se acuesta con él y nunca deja de pensar que está haciéndolo con un neonazi, de esos a los que siempre ha odiado, de esos de los que llevaron a sus abuelos lituanos a los campos de concentración. El mismo perro y el collar distinto y todo ese juego pero la misma esencia.

Porque no lo hemos dicho pero la novela transcurre en Islandia, en Reikiavik, y como lectores del sur de Europa nos sirve para conocer aquella sociedad, con sus mitos, sus costumbres, sus bondades y sus vicios. Esas sociedades nórdicas aparentemente armónicas, con menores tasas de fracaso escolar, buenos servicios sociales etc. Hasta hemos visto todos Inside job, ese documental que empezaba hablando de la crisis del sistema bancario islandés y sabemos cómo lo resolvieron. No rescataron a sus bancos, algo que los banqueros de aquí (o sus portavoces en la prensa y el gobierno) nos explicaron repetidas veces que fue posible, únicamente, porque era un país pequeño. Aquí hubiera sido impensable. Y no digo que no sea verdad, no tengo mayor idea de economía, solo señalo que quienes lo explicaban eran aquellos a quienes menos les interesaba que se copiara la receta islandesa. Pues hasta eso es un poco mentira, o es verdad pero esconde algunas mentiras, porque la mejor manera muchas veces de ocultar una verdad grande es rodeándola de verdades parciales, iluminarlas, ponerles el foco y hacer que miremos fuera del plano al que deberíamos estar mirando. Eso también nos lo dice Illska. La maldad.

La novela de hecho nos dice miles de cosas, algunas obvias y que estamos acostumbrados a escuchar (los nazis fueron malos, los racistas siempre fueron malos, no te creas demasiado a quien finja que no sabía que a su lado sucedían horrores, los que defienden ideas nazis suelen ser al menos un poco nazis, aquellos que dicen no soy racista pero suelen dar más importancia al pero de la que quieren transmitir …) y que nos decimos que sabemos, las que nos ponen en el lado de los buenos, pero también nos dice al menos otras mil cosas que no se suelen decir, o no se dicen tanto, y que nos hacen abrir los ojos e incluso alarmarnos cuando nos damos cuenta de que todos hemos hecho un recuento de judíos asesinados por el nazismo, pero ¿quién se acuerda de los gitanos?, que el paso del discurso de la extrema derecha a la derecha que se presenta civilizada es sencillo, que basta con no decir ciertas palabras “prohibidas” y el veneno estará igualmente en el sistema, solo que con su naturaleza ya limpia, será presentable y lo adoptarán los partidos legítimos, los clásicos del sistema, y una vez dentro será un punto del debate tan respetable como todos.

¿Hay una industria cultural alrededor del Holocausto? ¿Acaso se puede negar que hay quienes han encontrado un muy buen nicho (y perdón por la palabra para hablar de un tema tan oscuro, pero es la que eligieron los expertos en marketing) de mercado en la explotación de esa memoria? ¿No son las visitas a los campos de concentración de Auschwitz, Dachau o Mauthausen parte de los paquetes vacacionales de quienes se acercan a aquellas zonas? ¿Qué nos están ofreciendo allí, parques temáticos del dolor y la sensibilidad? Son otras de las preguntas que el libro nos va lanzando al paso, como granadas de mano. Esquívalas, lector, si sabes. Si puedes.

La trama de formación de Arnór es quizá la más floja del libro, la que menos me ha interesado. Nos enseña que fue un niño educado por una madre soltera de tendencias izquierdistas, con todos los libros al alcance de la mano y que de ahí salió un neonazi. Nos puede resultar más o menos chocante la confrontación entre alguien lector y alguien que desarrolla unas ideas así, pero sabemos, realmente, que sucede. El libro va alternando esa parte con la de Agnes con Ómar, la de Agnes sin Ómar, la de Ómar cuando era niño y sus padres separados se lo iban pasando de uno al otro como si fuera una pelota de frontón, la parte en la que le hablan al niño recién nacido y le advierten de lo que se le viene encima, y son todas ellas tramas que dan pinceladas que van encajando una sobre otra (porque el libro es eso que habitualmente se llama fragmentario pero el orden es muy importante, más allá de los efectos poéticos, porque se nos va dosificando la información y vamos completando poco a poco la visión de conjunto) y nos dan cierto respiro frente a las verdaderas puñaladas de la novela.

Las que hablan de cifras de niños muertos, de discursos que se cuelan por los televisores, de inmigrantes rechazados, de percepciones sociales, de crisis, de agrupaciones, y de Hitler y sus gobiernos pero también de todos los gobiernos de extrema derecha que han ido acumulando obras y favores desde la década de 1930. Hablan también esas narraciones de anécdotas cercanas a la carne, del pueblo lituano de donde viene la familia de Agnes y de la disputa entre la tradición de los pueblos y las fronteras abiertas. Estamos globalizados, culturalmente, por y para lo que nos conviene, cuando el discurso quiere endurecerse siempre recurre al pasado, uno glorioso, mejor, y casi siempre inventado. En Islandia como en España. Para que todo se vea con claridad, los abuelos de Agnes eran dos judíos y dos delatores. Así de mezclada está la sangre, por más que los puristas pretendan contarnos otra cosa.

¿Pesa más la genética, la tradición, o el condicionamiento social? Los psicólogos llevan un siglo debatiéndolo, y mientras tanto vemos que el condicionamiento social va a su aire, impone ideas donde toca y donde le dejan. Una de las ideas que más expone este libro (de esa manera a veces violenta y otras implícita, es algo que se te ha quedado dentro y que solo desentierras pasadas 48 horas) es que en el capitalismo postindustrial en el que nos estamos moviendo hay mucha miseria para repartir. Hay peores condiciones de trabajo en el primer mundo y mucha gente queriendo llegar al primer mundo aunque sea para obtener esas condiciones. Y las masas de gente precarizada, con malos trabajos, que piensen (o vean directamente) que solo van a poder ofrecerle a sus hijos unas condiciones de vida materiales peores que las que ellos tuvieron cuando eran niños, y que noten que cada vez van más ahogados, que trabajan más horas y cobran menos, que solo se dedican a nadar a lo largo de la semana y siempre se ahogan en la orilla del fin de mes, pueden comprar el discurso de cualquier Mesías que diga que se va a preocupar, él, sí, por ellos. Porque saben que nadie de los que ha estado antes se ha preocupado realmente por ellos. Y eso puede llevarlos a hacer cualquier (literalmente, cualquier) cosa, a aceptar como válido lo monstruoso, a degradar al otro. Y se vio hace 80 años y parece que aún hay algunos que no pillaron la idea.

No me acaba de convencer el modo en que se cierra la historia de amor (o como sea mejor llamarla). Aunque no me importa como lector, no es tan importante, el libro no depende de eso para salir victorioso. Y deja algunas ideas interesantes sobre temas tan actuales (e importantes) como la masculinidad, la deconstrucción de los roles, el lugar de los roles tradicionales en esas circunstancias, la maternidad y las relaciones de pareja. También sobre la incomunicación y los juegos de poder que se dan en mayor o menor medida en toda relación de pareja.

La novela de Eirikur Örn Norddalh es un libro incómodo, que te hace preguntas que no quieres hacerte, que te expone datos que estabas bien sin conocer, que te enseña que todo es susceptible de convertirse en mercancía (bastante al principio ya enseña parte de sus cartas diciendo: aquí se habla del Holocausto únicamente para vender libros), que te enseña que el fascista es ese tío majo con el que juegas a futbito los viernes por la tarde, al que tú solo tenías por un bocazas. No es un libro (y se agradece, porque el tema da pie al discurso biempensante, al sintámonos tranquilos porque no somos como ellos, pero aquí no hay discurso biempensante, hay, por hacer el juego de Curzio Malaparte con su apellido impostado, un discurso malpensante) que nos sermonee ni nos trate de explicar nada. Solo nos tira piedras y a mí al menos me ha dejado alguna ventana de la casa rota. Es jodido de leer no por el libro, que va avanzando magníficamente y que se lee con claridad, es cuestión de no saltarse capítulos, porque no es esa clase de producto, sino por lo que ta hará plantearte. No creo que sea un libro que cambie el pensamiento de nadie, no al menos de un modo simplón. Si un neonazi lo leyera (aunque, ¿para qué iba a querer leerlo, nos preguntamos, no?) no lo cerraría diciendo: joder, qué cosas tan terribles, voy a cambiar de credo. No se trata de eso. Creo que es un libro dirigido a todos nosotros, los normales, para que estemos al acecho y nos hagamos más preguntas sobre qué somos exactamente y qué son los normales, los sujetos medios, y quién dibuja sus preocupaciones y miedos. Y por qué.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

viernes, 29 de julio de 2016

Las dimensiones finitas, de A. G. Porta

Las dimensiones finitas, de A. G. Porta (Ed. Acantilado)

He hablado ya alguna vez de la fascinación que siento por Concierto del No – Mundo, la novela con la que A. G. Porta ganó el Premio Café Gijón en 2.005. Es un libro que he leído tres veces y que no ha perdido fuerza en ninguna de esas relecturas. Creo que es una de las novelas españolas más ambiciosas que se hayan escrito en los últimos treinta años. En ella, Porta nos llevaba de viaje por un mundo estético, filosófico y musical propio. Era una novela que buscaba la complicidad del lector dispuesto a dejarse fascinar por ella. Es una experiencia estética más que una narración sin más. Pero, se consiga o no, toda novela debería aspirar a ser una experiencia estética única, al margen de lo que lo consiga en mayor o menor medida o de que también sea, y eso no es menos importante, un vehículo mediante el cual contar una historia. No es, y esto creo que la convierte también en un libro tan destacable, un complicado ejercicio de estilo al que no pueda acceder un lector más o menos habitual, que es el camino al que muchas veces recurren los autores que no quieren ser confundidos con aquellos autores que buscan la aprobación general. Dejo Concierto del No – Mundo, que quizá debería releer una cuarta vez para comentar aquí.

Creo sin embargo que es posible que A. G. Porta sea más conocido por algunos lectores como el compañero de Roberto Bolaño en la escritura de Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce. Ambos declararon siempre que si bien Bolaño no era un discípulo de Morrison, desde luego Porta sí era un fanático de Joyce.

En 2.008 A. G. Porta publicó una novela que podía considerarse una continuación de Concierto del No – Mundo, al menos de personajes y ambientes, aunque aquí trasladaba la trama al espacio, y el espacio de A. G. Porta es el espacio de Kubrick o hasta el de Tarkovski, por situarlo con una única imagen. Aquel libro se llamaba Geografía del tiempo. En 2.012 Porta firmó a medias con Gregorio Casamayor Otra vida en la maleta, una suerte de thriller carcelario con un leve tono paródico, que remite por la historia negra, por el tono y por haber sido escrita otra vez a cuatro manos, a Consejos. A finales de 2.015 ha vuelto a firmar solo, y ha vuelto al universo de sus dos anteriores novelas en solitario, aunque muy diluido, sólo presente en el pasado del personaje femenino, que sigue siendo aquella niña prodigio del piano sobre la que se construía el Concierto del No – Mundo. Parece demostrado que no es un autor con prisa por publicar, sino que pule sus obras. De hecho, es un autor que estuvo quince años retirado después de publicar Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, leyendo atentamente a Joyce, analizándolo, y sin ninguna tentación por publicar, aunque parece ser que Bolaño le ofreció que trabajaran nuevamente a medias en lo que acabó siendo La literatura nazi en América.

La nueva novela de A. G. Porta se llama Las dimensiones finitas. El título está tomado de un relato de J. D. Salinger, como explica el mismo narrador de la novela. Al principio de la novela el narrador ya nos dice a sus lectores que perdonemos si su estilo es demasiado parecido al de Salinger, a quien en principio no nombra pero cuya sombra detectamos inmediatamente quienes lo hemos leído. Salinger y sus obras toman luego un papel central en la historia, al ser el primer nexo de unión entre el narrador y Albertine, aquella pequeña pianista que ahora se dedica a la escritura, la dirección de documentales, la vida diletante y el estudio de la obra de Salinger. El nombre de Albertine, nada casual, remite a Proust, y fija un marco de referencia, el de la gran literatura, un mundo por el que ella se mueve con soltura, que choca con el del narrador, un hombre que apenas ha leído y que se lanza a ello impulsado por su fascinación por Albertine. ¿Cómo llega ese narrador poco aficionado a la lectura hasta Albertine? Ese protagonista, consultor empresarial, ha empezado a ver llegar la crisis, y rastrea los pasos que esa crisis va dando en todos los periódicos europeos, y decidido a mejorar su inglés para entender mejor los avances del derrumbe, va a una librería y acaba llevándose un libro de Salinger. Empieza a leerlo y a comentarlo y en un viaje de autobús se encuentra con otra chica que va leyendo a Salinger y se atreve a acercarse a ella. Es Albertine. Se caen bien y empiezan a quedar.

Albertine ha sido educada en el arte, en la música, en los libros. Él parece haber estado demasiado ocupado trabajando. Está bastante solo, tiene escasa relación con su familia, llama a su madre pero lleva años sin ir a verla, tiene los discos de Primal Scream de su hermano mayor, por el que siente una fascinación que no excluye la crítica, lo que establece un juego con la que siente Holden Caulfield por su hermano mayor, el escritor vendido al mundo del cine. Apenas tiene una especie de padrino en Barcelona, donde vive, un antiguo amigo de su familia, que está en Valencia.

Como en Casablanca, el mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos. La crisis va a más y él lo ve claro desde el principio. Caen empresas, Madoff entra en la cárcel, parece que no es la única estafa piramidal del sistema. Parece que todo el sistema es una estafa piramidal. Mientras, él va descubriendo a Abertine y el mundo que ella le propone. Va leyendo para estar a su altura, para tener algo de lo que hablar con ella, van a una casa, a la otra, hacen el amor, escuchan música, viajan. Destaca la fascinación que él va sintiendo por los discos de Nacho Vegas que ella va poniendo y que ambos bailan con ese tono de futura derrota que su música transmite. Y todo ello sin dejar de leer a Salinger, a quien en algunos libros entiende más, en otros menos, pero que en todos le produce una cierta fascinación, esa fascinación que con frecuencia produce lo que no se acaba de comprender.

El estilo, la voz narrativa, es claramente salingeriano. Eso, respecto a otras novelas de Porta, simplifica el estilo. El narrador, como el mítico Holden Caulfield, analiza todo y a todos sin acabar de comprender nada. Siempre desde un poco fuera, siempre desde una mirada distinta, siempre con una cierta mirada poética. Una poética sencilla, pulida, como la de Salinger.

El narrador parece uno de los pocos analistas lúcidos de la crisis, y cabalgando sobre ella y sus consecuencias desarrolla su propia teoría, la Ingeniería de los Soportes Mutables, una idea que empezará vendiendo en su propia empresa y que lo irá llevando como conferenciante por otras empresas. Luego acabará teniendo su propio libro. Es uno de esos complejos artefactos económicos con nombre poético que nadie llega a comprender totalmente. Él inventa algo que los demás no llegan a comprender mientras anda metido en una aventura literario - amorosa que no llega a dominar completamente. Otro espejo.

La relación con Albertine avanza entre más libros, más canciones, más futuros proyectos de viajes a lugares que todo el mundo debería visitar antes de morir, como ella los llama. Llega un punto en el que sus mundos vuelven a separarse. Eran mundos que coincidieron pero que parecían condenados a perderse de vista. Ella se irá a Nueva York a seguir la pista definitiva de Salinger. Él se quedará en Barcelona, con su pequeño éxito empresarial, con sus recuerdos. Siempre le quedarán sus recuerdos. Ella seguirá viviendo y él seguirá soñando con viajar, con llegar a ese sitio que le obsesiona desde que lo escuchó por primera vez en la canción de Nacho Vegas, ese punto al norte del norte, lejos de todo, lejos de ti.

Nos quedamos a la espera del próximo libro de A. G. Porta. Merecerá la pena la espera, aunque pueda ser larga.

Seguiremos leyendo y comentándolo.

Felices lecturas

Sr. E