martes, 27 de marzo de 2018

Agosto, octubre, de Andrés Barba y Cuatro por cuatro, de Sara Mesa


Dos buenos escritores, dos muy buenos libros: Cuatro por cuatro, de Sara Mesa y Agosto, octubre, de Andrés Barba

Tengo la sensación, y sé que no soy el único, de que el catálogo de Anagrama siempre ha sido más potente en su vertiente de literatura extranjera que española. Quizá por el mero hecho estadístico de que puede haber 20 escritores de verdadera primera división en cada momento en el mundo pero es muy improbable que se concentren 20 de esos escritores en un mismo país. En cualquier caso creo que tanto Sara Mesa como Andrés Barba pertenecen a la categoría de narradores de primera división, en general, y que si fueran franceses o ingleses y nos los trajeran traducidos recibirían muchas más loas de las que ya reciben (y ya las reciben, no creo que tengan queja).

No sé hasta qué edad un autor sigue siendo etiquetado como joven escritor o joven escritora. A veces parece un recurso que servirá hasta los cincuenta años. Si yo fuera un autor que ha ganado (por poner un ejemplo) el Premio Herralde de Novela y que antes de eso ya llevaba más de quince años publicando en Anagrama, me preocuparía por esa tendencia a hacer la referencia constantemente a la juventud. Sobre todo si ya he cumplido los cuarenta años. Pero no está en la mano del joven escritor decidir algo así. Es más bien un (otro) lugar común al que recurre la crítica y las agencias de comunicación para ahorrar neuronas. A Sara Mesa le pasa algo parecido, da igual lo buenas que sean sus novelas, la joven escritora madrileña afincada en Sevilla desde la infancia le persigue. No tengo nada en contra de los jóvenes escritores, sobre todo teniendo en cuenta que aún soy uno (según las bases de algunos certámenes de narrativa al menos), pero me da la sensación de que se hace un tanto de menos a aquel cuya obra se va a comentar si se empieza con el joven / la joven, como si todo lo que pudiera decirse ya fuera: para ser joven no está mal. Quizá influye el hecho de que la generación de los críticos de los principales periódicos y los escritores más asentados en España estén por encima de los sesenta y desde ahí les parecerán siempre autores jóvenes, porque por definición joven es todo aquel que lo es más que nosotros.

De Andrés Barba había leído hace muchos años el libro de nouvelles La recta intención, que me gustó mucho, y las novelas Versiones de Teresa y Las manos pequeñas, que gustándome menos me parecieron destacables, valiosas en su trabajo de orfebrería narrativa y condensación, diferentes a lo que habitualmente se publica en las grandes editoriales. Las manos pequeñas es un libro que ha crecido en mi recuerdo (y que debería releer) como uno de esos libros que retratan la infancia como una época no necesariamente feliz, a los niños como seres no necesariamente inocentes, y la vida, en general, no como un valle de rosas que se van marchitando con la llegada de la adultez. Aquella niña, Marina, y sus desventuras, eran quizá el contrapunto negro y ácido a una película que ha tenido mucho éxito en el último año, Verano 1993, y que particularmente a mí me ha dicho bastante menos que a otros. 

Con ese recuerdo de Las manos pequeñas creo que Agosto, octubre se conecta con esa narración. Aquí no hay una desgracia tan repentina y el protagonista, Tomás, es un adolescente, pero el libro también tiene algo de despertar. En este caso Tomás va de veraneo al mismo pueblo gallego de todos los años, pero lo hace desde el principio sabiendo que no será como los anteriores. ¿Por qué? Probablemente porque él no es como era. Todos hemos pasado por esos momentos, y todos hemos visto que intentar repetir ciertas rutinas o experiencias que fueron placenteras no hace sino convertirlas en una versión doméstica y personal de aquello que decía Karl Marx de que la historia se repite, y la segunda vez como farsa. Tomás está incómodo con su familia, mucho más incómodo de lo que lo había estado nunca, no quiere volver a ver a los chicos con los que se juntaba en los veranos anteriores, está a punto de ahogarse en uno de esos momentos tragicómicos de la adolescencia, en un a que no pasa nada si … y empieza a frecuentar un grupo de macarras del pueblo. A partes iguales le fascinan y repugnan. Le abren algunas puertas de la vida. Las de las chicas, esencialmente. Aunque Tomás nunca pasa del nivel de pardillo.

La última noche que pasa con ellos cruzan una puerta, la de la violación, y aunque estrictamente hablando él no participa, está allí, en el grupo, no trata de detener a nadie, los jalea, pide su turno. Después se ceñirá sobre él el silencio. Mientras él salía con aquellos chicos su tía, hermana de su padre, se estaba muriendo. A principios de verano estaba mala y antes de que volvieran a Madrid estaba muerta. No queda claro si por esa tendencia de los padres de los adolescentes a seguir tratándolos como niños y ocultarles lo que realmente está pasando o porque no sabían que la enfermedad era tan grave. Agosto, la primera parte (y que ocupa más de tres cuartas partes), narra ese verano, y es quizá la más valiosa de la novela. Podría de hecho haber sido una novela ella sola, sin más, y tal vez sería una novela más perturbadora. Octubre es la vuelta a Madrid, que todo lo confunde y olvida, al instituto, al silencio, a los pequeños cambios que se han producido en él y en su familia, especialmente en su padre. Se trata de un libro corto, como un café concentrado y bien aromático, intenso.

De escritura concentrada y aromática podría dar clases Sara Mesa. Con su estilo limpio y en principio claro, dibuja unas telarañas poéticas que la convierten en una de las escritoras que más sigo y de las que siempre espero lo mejor dentro del panorama narrativo actual. Así como de Andrés Barba he leído libros como de modo casual, un total de ellos que no es parte sustancial de su producción publicada, de Sara Mesa he leído sus obras completas, salvo Un incendio invisible. Descubrí a Sara Mesa en la entrevista que le hicieron en el blog El síndrome Chéjov (y que parece desaparecida del histórico de los buscadores) hace muchos años y rebusqué en los fondos de todas las bibliotecas de la Comunidad de Madrid (ya que en librerías no existía, no constaba, era un libro fantasma) hasta poder leer No es fácil ser verde. No sé cuántas personas lo habremos leído en España, pero es una maravilla. Me pareció un libro lleno de extravagante imaginación, de fantasía y una escritura que ya entonces me enamoró. Tuve la ocasión de comentárselo a la autora en la Feria del Libro 2016, a donde acudí a que me firmara Mala letra. No sé, por cierto, por qué no he escrito nada sobre ese otro libro de cuentos, un libro que en una primera lectura es menos impactante que No es fácil ser verde pero en el que luego reencontré rasgos de aquella primera escritora mezclados con los aires melancólicos y pausados de otra escritora más segura y madura en la que reconocía ecos de Carson McCullers especialmente, tan proclive a recrear las vidas de seres extraños y apartados.


Dejando al margen mi trayectoria lectora con Sara Mesa, que espero que no haya sonado a un: “Yo la leía antes de que fuera mainstream”, fue con la novela Cuatro por cuatro con la que Sara Mesa se hizo precisamente una autora del mainstream, con la que quedó finalista del Premio Herralde y pasó de editoriales pequeñas a Anagrama. Creo que es muy valorable que en los últimos años autores con poca obra previa, o con poca obra previa con visibilidad, como Miguel Ángel Hernández, Sara Mesa o Esther García Llovet hayan llegado a publicar con la editorial a través del Premio, sin haberlo ganado.

Cuatro por cuatro es un libro de lectura absorbente y digestión difícil. Nos situamos en el interior de un colegio – internado de lujo, o que así se presenta. Aunque, como toda institución carísima, trata de presentarse ante el exterior como de élite más que de lujo. Como si los alumnos llegaran allí por su talento y no por el dinero de sus padres. Aunque hay una excepción, los becados, hijos de trabajadores del centro. Estos conviven allí con los alumnos de pago, conformando dos grupos separados por la frontera más importante que queda hoy en día, la del origen de cada uno y el dinero. El entorno del Wybrany College (no sé si Sara Mesa es profesora cuando no escribe, y si lo es no sé si ha trabajado en esta clase de centros, pero el nombre es perfecto, dada la querencia por todo lo que suene anglosajón y sofisticado de quienes los dirigen) es cerrado y asfixiante. En teoría no debe ser así, solo debe ser ordenado, pero de la construcción de una sociedad fuera de la sociedad, cerrada y con niveles de separación infranqueables no puede salir nada más que esa falta de aire.

La escritura es fragmentaria y elíptica. Hay frases cortas y separación de ideas. Eso transmite a veces la sensación de la espontaneidad y a veces deja en el aire reflexiones que el lector mastica. La primera parte de la novela está escrita por una alumna insatisfecha de ese colegio, que va sembrando dudas sobre su funcionamiento real, sobre el comportamiento de algunos de sus profesores y especialmente del Guía, un orientador y factótum que levanta nuestras sospechas en esta primera parte, algo que no hará más que confirmarse a lo largo del libro. Celia, que así se llama la niña, se muestra como una retratista de momentos inconformista, protestona, y a la vez sensible. Como todo testimonio en la novela, nos genera la duda de lo fiable que será. Pero el cruce de la versión de la alumna con los demás testimonios irá dibujando un retrato coherente, que se refuerza y nos asusta sin llegar a ser del todo completo.

La segunda parte de la novela la escribe Isidro Bedragare, un sustituto que llega a ese colegio como tantos jornaleros de la educación que van enlanzando sustituciones en colegios públicos, concertados o privados, lo que se puede en cada momento. Viene a sustituir a García Medrano, un profesor desaparecido (y de nombre creo que inequívocamente bolañesco). Registrará en su diario entradas sobre el profesorado, la dirección, el Guía, los alumnos de pago y los becados, el funcionamiento y el clima interno, y sobre los rumores sobre el propio García Medrano, que funciona como macguffin de la novela. Este profesor sustituto va dibujando un arco de sentimientos desde la primera fascinación hasta casi el asco, y es en ese pre – asco en el que llegamos a la tercera parte, donde a modo de epílogo se nos presentan los papeles de García Medrano, se confirman algunos de nuestros temores y aún se dejan cabos sueltos, según ha decidido la autora. A mí personalmente me parece que la narración queda suficientemente completa y que precisamente con el modo de escribir y presentarnos la historia no hubiera sido coherente un cierre total con explicación de todos los detalles. Aunque sí se explica, la elección del título, que hasta aquí puede resultar algo enigmática.

La escritura es de primera y es probablemente el mejor libro para llegar a la literatura de Sara Mesa, aunque quizá mis preferencias sigan estando en su faceta de cuentista, y prometo que no pasará demasiado hasta que aborde una relectura comentada de Mala letra.

Entre tanto, celebremos a estos dos autores con mundos propios encerrados entre la infancia y la adultez, con una mirada en ocasiones cruel y una prosa depurada e intensa, para nada exhibicionista pero que da la sensación de ser en cada página la que la historia va necesitando.

Recomendados quedan como lecturas para estos días de vacaciones. Los dos están además disponibles en edición de bolsillo.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

jueves, 22 de marzo de 2018

Recordando: Fariña, de Nacho Carretero

Fariña, de Nacho Carretero (Libros del K.O.), una crónica del narcotráfico gallego. Un secuestro anacrónico.


Me he ido enterando con cierta distancia estas últimas semanas de que se había secuestrado el libro Fariña, de Nacho Carretero. Las autoridades de este país están muy sensibles últimamente con el tema del honor de algunos, y lo de secuestrar libros suena, sinceramente, antiguo. Se define por el propio acto. También me he enterado de que hay una serie en la televisión y algún amigo me ha dicho que está muy bien. La cadena no hubiera podido tener mejor promoción.

Aprovecho para recordar que aquí ya leímos Fariña en su momento, y vuelvo a animar a quienes quieran a hacerse con el libro y leerlo. No creo que lo hayan eliminado de todas las librerías. Quiero pensar al menos que la policía tiene cosas más importantes que hacer y de las que preocuparse. Por curiosidad he ojeado si estaba disponible en el catálogo de la biblioteca de la que lo cogí en su momento y la respuesta es SÍ. Las Bibliotecas le importan tan poco a los políticos que en la construcción del Gran Hermano ni siquiera las contemplan como un posible espacio de subversión. Al final va a resultar que no hay nada más subversivo que ir a un lugar financiado con fondos públicos a leer. Déjense de manifestaciones de grandeza democrática en twitter y vayan a una biblioteca y cojan hasta 6 libros (en el caso de la Comunidad de Madrid) y rebélense contra la autoridad que no quiere que lean estas próximas vacaciones, si las tienen. Dejan de consumir por un rato, y leen algo que molesta a unos señores antiguos y poderosos. Por el mismo precio, el de andar hasta la biblioteca y llevar el carnet. Bueno, hagan lo que quieran, claro.

Por si a alguien le entran ganas de leer sobre el libro enlazo la reseña que hice de Fariña (en paralelo con El cartel de Don Winslow) en agosto de 2016.

http://cuentospendientessre.blogspot.com.es/2016/08/el-cartel-don-winslow-vs-farina-nacho.html

Incluso tuvo su huequecito en las lecturas selectas de aquel año

http://cuentospendientessre.blogspot.com.es/2016/12/mis-cuentos-pendientes-de-2016.html

Felices lecturas (mientras se pueda).

Sr. E

domingo, 11 de marzo de 2018

Cómeme vs El club de los mentirosos


Cómeme, de Agnès Desarthe (Baile del Sol) vs. El club de los mentirosos, de Mary Karr (Errata Naturae & Periférica)

Las malditas expectativas. Ellas tienen la culpa de muchos desencantos como lector. Había oído maravillas, verdaderas maravillas, sobre El club de los mentirosos, de Mary Karr. Uno de esos libros que realmente podrían cambiarte la vida. Un libro realmente humano, crudo, divertido a su manera, disfuncional. Dice la autora en su prólogo que cualquier familia con dos miembros o más es en esencia disfuncional. Y la ocurrencia es buena, y quizá le compro la idea, y está claro que escribir sobre familias funcionales siempre dará como resultado un libro más atractivo que el que pudiera salir de las memorias de una familia perfectamente equilibrada (si existen, porque no hay nada más desagradable que esas familias de apariencia perfecta).

- Señora Karr, ¡esto parece un agujero de bala!
Lecia, que no dejaba pasar una, intervino:
- ¿Eso no es de cuando le disparaste a papá?
Y mamá entornó los ojos, bajó un poco las gafas por su nariz patricia y dijo con displicencia:
No, eso es de cuando Larry.- Se giró y señaló otra pared-. A tu padre le disparé allí.

Esta es la anécdota con la que empieza a ilustrarnos sobre la naturaleza de su familia. Es esencialmente un libro sobre una persona, su madre, bebedora, con desórdenes mentales, que se casó siete veces y nunca encajó en el mundo en el que le tocó vivir. El club de los mentirosos que da título al libro es el grupo de amigos de su padre al que Mary Karr acompañaba frecuentemente a su padre durante sus seis – siete años. Un sitio en el que parecían competir a ver quién contaba la trola más gorda. Y su padre casi siempre ganaba, porque lo hacía con convicción, sin quebrar la voz ni doblar la mirada, que es el modo en el que deben actuar los buenos mentirosos. A ella le gustaba estar allí y analizar esas mentiras y ver su efecto. A eso se dedica la literatura, aunque este libro sea de memorias. Y quizá naufraga, en la medida en que lo hace (y que cada lector seleccione la fracción), porque se queda (hasta cierto punto) a medio camino, entre ambos impulsos.

El libro se despega pronto de ese club y se centra en ser una historia sobre la madre de Mary Karr. Una historia sobre ella y cómo fue arrastrando con la fuerza de los torbellinos a Mary y a su hermana Lecia. Durante años, con cambios de ciudad, con un padre que desapareció (prácticamente) de sus vidas, con noches en vela, ataques de nervios, hombres que entraban y salían de la vida de su madre, problemas económicos, comportamientos agresivos, líos en la escuela, aventuras con las drogas y la bebida, libros que parecían el único consuelo, una hermana que parecía de piedra, momentos divertidos y también sórdidas historias de abusos sexuales, porque eran las hijas de una madre ausente por largas temporadas y una presa fácil para desaprensivos (de toda condición, porque no hay un único episodio).

Todo eso da lugar a un libro interesante, sugerente, pero que no me ha parecido ni tan crudo ni tan catártico como me habían anunciado entusiastas lectores públicos. La autora, al presentarnos el libro, nos dice que con un material humano así pensó que no debía escribir una novela sino trabajarla desde la forma de memorias. Es comprensible. Pero el libro me ha parecido precisamente demasiado medido en su exposición para ser unas memorias que pretendían mostrar las entrañas de su autora. He tenido en todo momento la sensación de que todo estaba dispuesto para ir consiguiendo ciertos efectos un tanto previsibles en el lector. Me ha gustado, quede dicho, es un libro que se lee con interés pero que en ningún momento ha llegado a tocarme de verdad.

Casi a la vez que leía El club de los mentirosos, con un entusiasmo que se desinflaba según atravesaba sus páginas, empecé a leer Cómeme, de Agnès Desarthe. La salida de este libro coincidió con la publicación de mi novela Mil dolores pequeños en la misma editorial, Baile del Sol, y escuché a la poeta Inma Luna hablar con entusiasmo del libro. El título estaba en alguna de las estanterías de mi cabeza y se reactivó al verlo en la biblioteca hace unas semanas. Me lo llevé a casa y pronto estaba atrapado en sus páginas, devorado yo mismo por ese torrente de vivencias.

Cómeme es un libro denso, pringoso, crudo. Está trabajado como novela y el material será más o menos cercano a la autora, y eso es lo de menos, pero rezuma verdad (de la narrativa, la personal no es la que me interesa en un libro). Myriam, la protagonista, una mujer que pasa de los cuarenta y que ama la cocina, o quizá no la ama pero parece vivir orbitando alrededor de ella, y que ha sido cocinera para un circo (nada menos) empieza su peripecia mintiendo sobre su experiencia (que realmente es ninguna) y sus planes de negocio (malos) a un banco, consiguiendo el crédito necesario para abrir su propio restaurante en París, Mi casa. El nombre es genial y funciona perfectamente como broma porque ella vive durante esa época literalmente allí, ya que no tiene dinero para dos alquileres.

Son las doce menos cuarto de la noche y me estoy preparando un baño en mi fregadero gigante. En el lavabo solo se baña a los recién nacidos. A los recién nacidos y a mí. Tapono el desagüe y dejo que el nivel de agua tibia suba veinte centímetros por encima del fondo. Faltan treinta centímetros para alcanzar el borde. Me encaramo a la encimera. La persiana de hierro está echada. Estoy desnuda, de pie, sobre el escurridero, y me gustaría que alguien me viera porque se trata de una situación insólita que merece su público. Me siento en el fregadero con la espalda contra la superficie lisa de acero inoxidable, sin que el agua rebose. Me gusta la precisión aritmética del asunto.

Pronto nos topamos con los problemas elementales de tener un restaurante, y que empiezan lógicamente por qué comprar y en qué cantidad y cómo conservarlo. Aplica las ideas que buenamente va recordando de cosas que oyó a su abuela o lo que en cada momento le parecen buenas ideas. Recibe muebles de reciclaje e incluso las flores que ya no están frescas de la tienda de al lado (el florista es el hombre con el peor aliento del mundo, y ella no para de recordarlo cada vez que lo ve).

La faja del libro dice: “Un relato sobre sexo y comida alejado de toda corrección política”. No hay tanto sexo como comida. Porque hay comida a toneladas. Buena, mala, regular, amasada, horneada, cruda. Desarthe escribe un libro tremendamente sensitivo, para bien y para mal, que tan pronto nos hace salivar como nos hace detestar el olor del florista o algunos platos. Sí veo cierto alejamiento de la corrección política, aunque tal vez no en el sentido que ese anuncio hacía suponer; no se trata de escenas de sexo explícito ni nada así. Pero Myriam es una mujer que ha llegado a una cierta edad y pasa totalmente (y hace bien) de los convencionalismos y la moral burguesa. Es excéntrica y reivindica su derecho a ser rara. Tiene arrugas y tiene cicatrices y está acostumbrada a mentir. Como dice en algún momento, podría adoptar muchos papeles, aunque en algunos no se la creerían con tanta facilidad como en otros. Es una mujer de más de cuarenta años y siente el deseo sexual y lo expresa. Se replantea algunos postulados sobre la maternidad (que ahora mismo es un tema de tremenda actualidad literaria y social) y lo dice. Pero sobre todo cocina, y hay algo de ofrenda a los dioses en su manera de pensar los platos, estar en la cocina y su modo de acercarse a ella.

No era la misma persona con treinta años. Era un ser muy particular a los ocho. Considero mi adolescencia autónoma con respecto a lo que siguió después. La mujer en que me he convertido está desarraigada, es desapegada, incomprensiblemente solitaria. Estuve muy rodeada. Fui extremadamente sociable. Fui reservada. Fui sensata. Estuve loca.

Desarthe es una escritora visceral. Buscando algo de información veo que ha habido libros suyos traducidos anteriormente en distintas editoriales. Parece que no funcionaron del todo (porque si hubieran funcionado lo lógico es que no hubiera cambiado de editorial española). Espero que a partir de este sí se estabilice su carrera en España y podamos leerla. Confío en que Baile del Sol la mantenga en el catálogo. Comparte nacionalidad y generación con Virginie Despentes y Delphine De Vigan, que están sonando bastante y por lo que he leído de las tres (no demasiado, pero algo de todas) también comparten algunas ideas de fondo y cierta tendencia a no morderse la lengua y ejercer su libertad. Y, ¿ qué debe ser una escritora más que alguien libre que pisa el acelerador desde el principio de la historia? Algo así es Cómeme. Un viaje acelerado entre fogones y neuronas. Un derrape continuo. Un desafío al que vale la pena jugar.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

miércoles, 28 de febrero de 2018

Sepulcros de vaqueros, de Roberto Bolaño


Sepulcros de vaqueros, de Roberto Bolaño (Ed. Alfaguara)

Supongo que puedo incluirme, con comillas y con el miedo que la palabra me produce, en la categoría de fan de Roberto Bolaño. Me gustaría creer que más que un fan soy un lector que ha paseado por sus libros con cierta profundidad. Fue sin duda uno de los escritores más importantes en mi adolescencia tardía (si acaso mis actuales 33 años no son la verdadera adolescencia tardía) y mis primeros impulsos escritores. He seguido leyéndolo con regularidad, releyendo sus mejores novelas y sus cuentos, especialmente Llamadas telefónicas, considerando que Los detectives salvajes es una novela superior a 2666, y que quizá a esta le ha beneficiado (en esa especie de consenso sobre que es su obra mayor) el hecho de terminarla en sus últimos meses de vida y de ser sin duda un texto mucho más oscuro. Releí algunos pasajes de Los detectives salvajes en enero, y siguen siendo tan potentes y disfrutables como la primera vez, y ha sido la cuarta o quinta vez que me acercaba al libro. Y a principios de febrero me encontré en la mesa de novedades de una de las bibliotecas que suelo visitar Sepulcros de vaqueros.

Lo cogí pese a que juré después de El espíritu de la ciencia ficción que no volvería a un inédito de Bolaño. Como bolañista me parece un tanto obsceno el espectáculo de su cambio de editorial, lo que se está pagando a la familia y a su agente (El chacal, nada menos) por cada manuscrito hallado en el fondo de un disco duro, y la calidad de lo que se está editando, porque se está editando todo lo posible. Creo que leí que ya van empatados el número de ediciones de Bolaño en vida y tras su muerte. Con todo eso en la cabeza me traje Sepulcros de vaqueros a casa y empecé a leerlo esa misma noche, tranquilamente, en el sofá. Pronto me encontré con la reconfortante voz de un amigo literario (acaso uno de los más importantes para mí como lector y también como escritor), entrando en sus frases como quien reconoce las notas de una canción. Porque la historia me la iba contando a base de capítulos – cuento un joven poeta chileno que pululaba por talleres literarios conociendo a personajes extraños y pintorescos y en algunos casos siniestros. También reconocía la voz del escritor porque algunas peripecias narradas eran prácticamente idénticas a otras de Estrella distante y Nocturno de Chile. Así pasé por el primer texto, Patria, entre agradecido por tener unas páginas más de Bolaño a mano y divertido por ir encajando piezas con aquellas de sus obras mayores con las que conectaba (primera cuestión, el narrador poeta chileno se llama Rigoberto Belano y es un boceto inicial del Arturo Belano de Los detectives salvajes; en el segundo texto, Sepulcros de vaqueros, ya se llama Arturo; no entiendo, al final, por qué la editorial no uniformiza los nombres como sin duda haría si fuera un libro de un autor vivo, al que se le señalaría que en distintos momentos del texto un mismo personaje recibe distintos nombres).

El libro es una novela dispareja y fragmentaria de las que escribía Bolaño, con poca estructura, o son tres novelas cortas, como la editorial lo ha presentado, o podríamos decir que es un libro de cuentos, si interesara catalogarlo así. Sepulcros de vaqueros, el segundo texto, está formado por cuatro cuentos situados en México, uno de los cuales está (si no igual, con la diferencia que una última ronda de correcciones del autor supusiera) en Llamadas telefónicas. El tercer texto, Comedia del horror en Francia, es una de esas historias de hermandades de poetas y apocalipsis a las que tan aficionado era y que aparecen en algunos de sus cuentos de Llamadas telefónicas y Putas asesinas, luego también en textos recuperados de La universidad desconocida, y me atrevería a decir que en los clanes de escritores que caminan por Nocturno de Chile, Estrella distante e incluso Los detectives salvajes.

Dice en el prólogo Masoliver Ródenas que es “un libro desconcertante dentro del desconcertante universo de Bolaño”. Pongo en duda incluso que el universo de Bolaño sea desconcertante. Es rico, personal, poderoso, pero creo que no desconcertante. Lo más desconcertante (en un sentido alegre) es sin duda el eco que ha obtenido una obra tan literaria y ambiciosa. Y desde luego este libro no desconcierta a quienes ya conocemos su mundo. No es particularmente llamativo. Es un libro de lectura agradable para los que ya conocemos a Bolaño. Y me pregunto si no podría incluso ser una entrada a su universo para quien no lo conozca, pero creo que probablemente no, probablemente lo mejor sería darse de bruces con sus mejores páginas, porque Bolaño tiene una escritura personal y reconocible e imitada (voluntaria o involuntariamente) por cientos de escritores en estos últimos 20 años, pero por encima de todo de fácil acceso. Se me antoja que lo más fácil del mundo es caer en las páginas de Llamadas telefónicas, Nocturno de Chile o Los detectives salvajes y quedarse atrapado.

Llegarán más inéditos y me temo que volveré a leerlos. Algunos de ellos (y dejo al margen 2666 que sí, era un inédito, pero era el libro con el que estuvo trabajando hasta su muerte) me parece que han completado bien su obra. Pienso en La universidad desconocida o Los sinsabores del verdadero policía, especialmente. Los cuentos de El gaucho insufrible no palidecen al lado de otros de sus relatos. Pero no sé. Quizá deberíamos releerlo más y escarbar menos en sus cajones. Aunque bueno, tal vez él lo hubiera querido así. En sus últimas entrevistas y notas decía que quería dejar 2666 lista para editar buscando que su familia se quedara con los derechos cerrados. Quería dejarles una obra con la que generar derechos de autor y bueno, estos inéditos de valor dudoso más allá de la curiosidad o el afán completista de los estudiosos, están cumpliendo sin duda ese papel.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

jueves, 22 de febrero de 2018

Provocación, de Stanislaw Lem vs. Satin Island, de Tom McCarthy

Provocación, de Stanislaw Lem (Funambulista) vs. Satin Island, de Tom McCarthy (Pálido fuego)

Decidí en los primeros días de 2018 alejarme del blog. No sentirme obligado a leer pensando en lo que destacaría para una entrada. No pensar que llevo mucho sin escribir una entrada. Y ha pasado más de un mes y medio. Me he descontaminado. He leído en este tiempo algunos libros interesantes, claro. Y he pensado que sería interesante (empezando porque sería interesante para mí) hablar de estos dos libros. En principio son dos novelas, aunque solo en principio, ya que realmente son dos novelas que no solo son novelas, porque se acercan al ensayo, en su vertiente analítico – crítica y en su versión imaginaria. Quizá son dos de esos libros de los que por una vez no resultaría exagerado decir que son inclasificables.

El primer libro que leí en 2018 fue Provocación, de Lem, y el último que leí en enero Satin Island, de Tom McCarthy. Ya llevo algunos libros de Lem en la memoria lectora, y empiezo a estar convencido de que su punto fuerte está en los libros más cercanos a la filosofía y la parábola que en sus narraciones puras. Un amigo, buen lector, me preguntaba hace unas cervezas con qué libro de Stanislaw Lem podía empezar. Le dije que no con Solaris, que es quizá su obra más famosa. Le recomendé empezar por los Diarios de las estrellas.

Provocación, al menos en la edición de Funambulista (hago un apunte sobre el momento oportuno de las ediciones de algunos autores, observo que viejas ediciones que hay en bibliotecas de esta editorial, Funambulista, de Cartarescu y Lem, no tuvieron demasiada suerte, y unos años después en Impedimenta han empezado a funcionar con éxito) contiene 2 novelas cortas (por ponerles un nombre). Son realmente dos ensayos de ficción, escritos que adoptan la forma de ensayos, el primero al memorialístico y el segundo al científico. Realmente lo que Lem hace es comentar obras que han escrito otras, a las que no tenemos un acceso directo (obras imaginarias, al modo de Borges). En el primero Lem discute con la voz de Horst Aspernicus, un estudioso alemán que bucea en las raíces del nazismo en su obra El genocidio. Hay un estudio sobre los orígenes culturales del mal y un cierto diálogo con las ideas de Hannah Arendt y otros filósofos y escritores. Lem lleva al nazismo y sus bases a enfrentarse a un espejo deformante que los retrata en muchos casos como paletos con aires, provincianos, y el estudio del kitsch como paso previo al salvajismo me ha parecido muy interesante. El texto es efectivamente eso, una provocación, una parodia que nos lleva a pensar en la base ridícula del terror, en cómo se llega a lo peor del ser humano partiendo un muchos casos de algo que es tomarse a uno mismo demasiado en serio. En el clima de ofensa permanente en el que vivimos me ha dado por pensar que un libro así, hoy en día, en un país como España, Inglaterra o Francia, encontraría problemas para dar con un editor. El segundo texto, más breve, reseña Un minuto humano, de Johnson & Johnson, un estudio que desde la estadística pura trata de describir qué sucede simultáneamente en un minuto de la humanidad contemporánea, apoyándose en tablas y focos de atención originales y provocativos. Es un escrito brillante, que explora los límites del cientifismo y a la vez desafía el acomodamiento del humanismo desde el humor. Provocación forma parte de los 4 libros que Lem agrupó bajo el título global de Biblioteca del siglo XXI, lecturas y comentarios de libros imaginarios.

Satin Island, de Tom McCarthy, conecta con Un minuto humano en su ansia de abarcarlo todo (TODO). U., un antropólogo empresarial (esencialmente un antropólogo académico que ha acabado trabajando para una gran empresa y que se dedica a rastrear mediante sus estudios nuevos puntos de interés de los que obtener beneficio) es el encargado de redactar El gran informe, un documento de forma mutable que capture la esencia de la sociedad contemporánea. U., cuyo ídolo es Claude Levi – Strauss, va montando ante nuestros ojos, combinando técnicas de análisis, erudición, imaginación y escritura narrativa un libro asombroso, que las propias llamadas de la editorial no saben si llamar ensayo o novela o cómo, pero que definitivamente es un libro mayúsculo que más que leer nos llama a vivir en él, como gran parte de la sociedad occidental lo hace en el mundo virtual, que tan bien retrata.

Seguiremos leyendo y de vez en cuando comentándolo

Felices lecturas


Sr. E

viernes, 29 de diciembre de 2017

Mis cuentos pendientes de 2017

Mis cuentos pendientes de 2017

2017 ha sido otro año con buenas lecturas (para eso me esfuerzo en pensar antes de ir a las bibliotecas o librerías lo que quiero leer, para que el porcentaje de desengaños sea el menor posible; trato de leer siempre libros que pienso que van a gustarme por uno u otro motivo, nunca totalmente a ciegas). Por empezar con las frías cifras, he consignado 102 libros en mis apuntes durante este 2017. Esos son libros empezados y terminados, y de los que luego me he acordado de tomar nota, que no son todos. Hay libros que empiezo y descarto a las 30 páginas como un cruel lector editorial y no creo que merezca la pena contabilizar. El primero apuntado fue La escoba del sistema, de David Foster Wallace, y el último ha sido el segundo volumen de la Antología de cuentos de terror de Rafael Llopis para Alianza.

Buscando con afán estadístico los autores más repetidos, descubro que he leído 5 libros de Sergio del Molino, al que he comenzado a leer este año y con el que si no he cumplido sus obras completas debe faltarme ya poco, 4 de William T. Vollmann, 3 de Stephen King, Mircea Cartarescu, Eduardo Halfon y Joyce Carol Oates. 

Cada vez leo más ensayo (literario y de otros temas), y me alegra ver que este año he retomado la lectura de libros de cuentos, que tenía un poco abandonada, aunque no me he metido en tantos proyectos de Cuentos completos como pretendía, y los de Nabokov esperan que algún día continúe con ellos. He descubierto al enorme cuentista que es Gógol, por ejemplo, y he confirmado al que fue Onetti. Algunos autores me siguen sorprendiendo por lo magníficos que resultan aunque cada vez que llego a ellos sea como por casualidad y sin ninguna continuidad, y esto me ha pasado volviendo a leer a Stanislaw Lem (Astronautas y Máscara), Ismail Kadaré (La cena equivocada, aunque bueno, con Kadaré sí soy más continuo, pero es que tiene una obra bastante extensa) o Torrente Ballester (Off – side). Siempre salgo contento de mis reencuentros narrativos con Rafael Balanzá (Los dioses carnívoros), Antonio Orejudo (Los cinco y yo) o Ismael Grasa (El jardín), aunque en ninguno de los tres casos creo que haya sido este el año de su mejor libro. Espero haber aprendido algo de los Cursos de Literatura Rusa y Europea de Nabokov.

En épocas de estrés, y 2017 las ha tenido, siempre me va bien leer novela negra o de terror. Entre las autoras más destacadas de este año, Gillian Flynn y Joyce Carol Oates (especialmente los excelentes relatos de El señor de las muñecas y otros cuentos de terror), frías y crueles en sus planteamientos y ejecuciones, y una muy buena novela para descubrir a Tana French (Silencio en el bosque) y otra más endeble para desconfiar de ella (En piel ajena). No había leído hasta ahora Misery, que me pareció sin duda una de las novelas top de Stephen King, y su ensayo Danza macabra me parece un libro a tener en cuenta para cualquier aficionado al género, y quizá para cualquier lector serio, y más si escribe, géneros aparte.

He leído bastantes libros que por uno u otro motivo podrían entrar en la categoría de raros, que parece ser viendo mi trayectoria una de las que más me interesa como lector. Lou Reed era español, de Manuel Vilas, Cómo dejar de escribir, de Esther García Llovet o incluso Clavícula, de Marta Sanz y La sangre del cordero, de Peter DeVries son libros extraños, pero al lado de otros como Teoría del ascensor, de Sergio Chejfec, Mi amistad con Jesucristo, de Lars Husum o Continuación de ideas diversas, de César Aira, parecen casi novelas clásicas.

De esas recomendaciones que te llegan por muchos sitios a la vez (amigos, otros lectores, la unanimidad de la prensa), me han decepcionado, o al menos no han llegado a decirme nada que perdure ahora en mi memoria: La vegetariana, de Han Kang, Las cosas que perdimos en el fuego, de Mariana Enríquez, El motel del voyeur, de Gay Talese, Manual para mujeres de la limpieza, de Lucia Berlin, Capitalismo canalla, una historia personal de la literatura, de César Renduelles o un par de libros de David Vann que empecé y no acabé.

De entre ese mismo maremagnum de unanimidades sí me han parecido justos merecedores de esos elogios Canción dulce, de Leila Slimani (Premio Goncourt), Solenoide, de Mircea Cartarescu, La hora violeta y La españa vacía, ambos de Sergio del Molino y La mujer que confundió a su mujer con un sombrero, de Oliver Sacks.

Acabo reconociendo que pese a que la lectura de William Gaddis despierta en mí la sensación de estar leyendo algo realmente grande, aún no he podido pasar de la mitad de Los reconocimientos, aunque hay pasajes que ya han pasado a formar parte de mi pensamiento y que he ido leyendo y releyendo con frecuencia desde que empecé con el libro allá por abril. Será quizá un libro a terminar en 2018.

Para terminar de confundir mis ideas, más que de aclararlas, haré una lista de 10 libros que resumen mis preferencias del año. Hago un breve comentario de los que no he reseñado en el blog, con los ya reseñados me remito a lo dicho.

1. Solenoide, de Mircea Cartarescu (Impedimenta)

2. Cuentos completos, de Nikolái Gógol (Nevsky)

3. Los pobres, de William T. Vollmann (Debate)

4. Una cuestión personal, de Kenzaburo Oé (Anagrama)

5. La hora violeta, de Sergio del Molino (Mondadori)

6. Cuentos completos, de Juan Carlos Onetti (DeBolsillo): Entre Vargas Llosa y García Márquez se escapa a veces reivindicar a Onetti como quizá el autor mayor de aquella generación (aunque en realidad en aquel movimiento del Boom no había exactamente una generación ni dos, sino varias). Onetti es un escritor poderosísimo, con una respiración única, del que leí varias novelas hace años, novelas de esas que se te quedan muy dentro y contra las que durante un tiempo tienes que luchar, cuando escribes, para no imitar. Había leído algunos cuentos sueltos pero nunca sus relatos completos. Son poco más de doscientas páginas, y para qué más, si es una de esas lecturas en las que cada página requiere a veces horas de reflexión. Los temas son los de las novelas de Onetti,. Y el tono, entre melancólico y ahogado, también. Los perdedores, los fantasmas, las mujeres que dejan a un hombre destrozado, la tentación más cercana a la que es más fácil abandonarse.

7. Clavícula, de Marta Sanz (Anagrama)

8. Danza macabra, de Stephen King (Valdemar): Siempre digo que creo que lo que más perdurará de la obra de Stephen King serán los relatos, más que las novelas (dicho así en general, sabiendo que tiene novelas que probablemente sí resistirán lecturas del futuro, como El Resplandor, Misery o Cementerio de animales, pero su porcentaje de acierto en la novela es considerablemente inferior al de sus relatos). Lo pienso y creo también que no es exagerado (no demasiado, al menos) situarlo a la altura como cuentista de Edgar Allan Poe. Y ya sé que la importancia de Poe radica más en su lugar en la historia que en sus cualidades de escritor artesanal. Pero en esa artesanía escribiendo relatos, que es en la que pretendo centrar el comentario, King no es un cuentista inferior. No sé si igual que Poe fue el primero en teorizar acerca del artefacto que tenía entre las manos, el relato corto moderno, King no quedará también como ensayista. Hace un par de años leí el imprescindible (para juntaletras) Mientras escribo (y la introducción que hace a su propia colección de cuentos El umbral de la noche también tiene algo de curso de escritura), y este año ha sido el de mi primer encuentro con Danza macabra, un ensayo que partía originalmente de la intención de recoger los 30 años que iban de 1950 a 1980 en cuanto al terror como arte se refiere (cine y novelas, principalmente). Pero es bastante más, pues King desvela sus lecturas, sus filias, fobias, algunas cuestiones sobre criarse en un hogar complicado y sin muchos recursos, el refugio que un niño o un adolescente pueden encontrar en la ficción más poderosa, donde el miedo es de mentira, por mucho miedo que dé. Lecturas originales de clásicos y de productos de baja calidad en lo literario pero de los que también se pueden sacar aprendizajes interesantes. Es otra ocasión de entrar al taller de un artesano que como él mismo dice, es bueno saber de dónde viene lo que uno hace, porque no viajará igual en el metro de Nueva York si sabe que su abuelo fue un inmigrante que llegó a la ciudad para construirlo. Hace una de las lecturas más profundas y menos académicas sobre las tres patas que cimentan el terror literario en el XIX y plantean tres de los temas más repetidos en la literatura y el cine desde entonces (los herederos de Frankenstein de Mary Shelley, Drácula de Bram Stoker y El extraño caso del Dr. Jeckyll y Mr. Hyde, de R.L. Stevenson, respectivamente) y uno termina el libro con una inagotable lista de títulos que consultar, leer o buscar para ver en televisión. Un libro de esos para tener en casa y ojear de vez en cuando.

9. Las sillitas rojas, de Edna O´Brien (Errata Naturae)

10. La trilogía inacabada de Toronto (Un hombre astuto y Asesinato y ánimas en pena), de Robertson Davies (Libros del Asteroide)

El año pasado di un segundo listado (del 11 al 20) de libros que perfectamente podrían haber estado en ese top 10. Por variar, haré algunas reflexiones sobre géneros o autores.

Un autor en general que no está en la lista: Eduardo Halfon es muy recomendable en general (he leído este año títulos de Pre – Textos y de Libros del Asteroide). Creo que sus libros son capítulos de un solo libro, su obra general, y es uno de esos autores casi silenciosos que están haciendo algo realmente interesante, un híbrido entre el relato, las memorias, la novela y la conversación de bar con algunas ramificaciones ensayísticas.

Otros libros de los mismos autores: Hay 2 autores de los que podría haber incluido perfectamente un libro distinto, o más de uno de cada uno, pero pensaba que sería más razonable un libro por autor como máximo (mi estupidez – mis normas). La españa vacía, de Sergio del Molino y Gloria o Historias del arcoiris, de William T. Vollmann son de lo mejor que he leído en todo el año.

Otro libro de cuentos: Máscara, de Stanislaw Lem (Impedimenta). Creo (casi seguro por el tipo de pensamiento que describe) que era Philip K. Dick quien decía que Stanislaw Lem no podía ser una persona, sino que debía tratarse de alguna clase de inteligencia colectiva escondida tras el Telón de acero. Hay que reconocer que a Lem no lo trataban con demasiado cariño tras ese Telón, y hay que darle la razón a Dick en que a veces parece un escritor tan bueno en tantos sentidos (filosófico, discursivo, en lo imaginativo, en lo meramente literario, en lo profético) que resulta atractiva la idea de que no fuera un único autor. Máscara es una colección de relatos preparada para el mercado español por Impedimenta con relatos de Lem que no habían ido apareciendo en su momento en las traducciones de sus colecciones. En unos casos por censuras, en otro por descartes de los editores del momento o del propio Lem. En cualquier caso son relatos de primer nivel, que me han devuelto al mundo de los Diarios de las estrellas, un libro que ya me enamoró.

Uno de género negro: Pánico al amanecer, de Kenneth Cook (Seix Barral). Parece ser que es un clásico de la literatura australiana. Es una historia negra en el campo australiano con una clara influencia de Kafka y por momentos de Beckett, por lo vacío y absurdo que es todo. Es una de esas misiones aparentemente sencillas (dejar el pueblo de mala muerte en el que el protagonista ha estado trabajando ese curso como profesor y volver a Sidney para las vacaciones) que se va volviendo algo casi imposible de cumplir. Leí el libro tras encontrar las recomendaciones de J.M. Coetzee y Nick Cave, nada menos. Muy agobiante.

Otro de género negro: Rey de picas: una historia de suspense, de Joyce Carol Oates (DeBolsillo). Porque no es más que una historia de detectives bastante clásica y tópica pero tiene un juego metaliterario muy potente que se va adueñando de ella y retorciéndolo todo hasta conventirlo en un libro que destaca.

Uno de terror: El señor de las muñecas y otros cuentos de terror, de Joyce Carol Oates (Alba Contemporánea). Qué retorcida sabe ser esta autora. Y qué eficaz resulta como narradora en todo lo que he leído bajo su firma.

Otro de terror: Canción dulce, de Leila Slimani (Cabaret Voltaire). Hace poco leí el título de esta novela en una lista de recomendaciones de novela negra. Y creo que no manejamos los mismos códigos para evaluar las novelas quien firmara aquella lista y yo. Canción dulce es una historia que da tanto miedo como Cementerio de animales de Stephen King porque te enfrenta a los mil peligros que puede correr tu hijo y lo relativamente fácil que sería que muriera. Aquí además no se le ofrece a los padres la posibilidad de recuperarlo en forma de zombi, como sí sucede en la historia de King. Es un libro que te hiela la sangre y te hace aún más desconfiado, y lo hace desde las convenciones del género de terror, porque el crimen está resuelto desde la primera página y todo lo que nos tienen que contar es cómo ha ido oscureciéndose el alma de la asesina, hay incluso momentos y escenas tópicas de una historia de terror. Y es, además, una crítica bastante feroz de la clase media acomodada con aires de superioridad, de la hipocresía, de los prejuicios apenas ocultos, de todo eso que normalmente no se nombra en el discurso público y que muy rara vez aparece en las novelas.

Ensayo: Podría decir La utilidad de lo inútil, de Nuccio Ordine (Acantilado), porque es un libro que expresa perfectamente algunos pensamientos que tengo muy claros e interiorizados, y por así decirlo, me da la razón.
Podría decir quizá Vindicación del arte en la era del artificio, de J. F. Martel (Atalanta), por los motivos contrarios, porque me ha hecho ver algunos aspectos que no se me habían ocurrido a mí solo y me ha dejado pensando.
Podría decir también Anatomía de una epidemia, de Robert Whitaker (Capitán Swing), porque habla de la enfermedad mental y la sobremedicación y el sobrediagnóstico y me dejó muy preocupado, y ya sé que tiene un punto amarillista, pero aún así.

Una novela más o menos clásica: Off – side, de Gonzalo Torrente Ballester (Punto de Lectura).

Una novela rara: Mi amistad con Jesucristo, de Lars Husum (Alba Contemporánea). Un tipo que es una especie de ni – ni danés con mucho dinero (porque es el hijo de una estrella del pop femenino que acabó muerta prematuramente), y que es, además, por decirlo suavemente un hijoputa al que todo parece importarle muy poco, que trata mal a las pocas personas que se acercan a él con cariño, y eso es así desde sus novias a su hermana, que lo adora, y a las que va destrozando completamente. Vemos a ese tío siendo un capullo durante la primera parte de la novela, y cuando ha tocado fondo, aparece Jesucristo en su casa y lo guía hacia el pueblo del que huyó su madre, la futura estrella del pop que se ahogaba en ese provincianismo y conservadurismo, y allí va formando una especie de grupo de apóstoles que le siguen en su camino de purificación. Decir que se le aparece Jesucristo es mucho decir, claro, pero como el mismo Jesucristo del libro le dice: tú y yo sabemos que seguramente yo no soy Jesucristo, pero no tienes nada mejor a lo que agarrarte ahora mismo.

La mejor relectura del año: La parte inventada, de Rodrigo Fresán.

Autoficción o similar: Lou Reed era español, de Manuel Vilas (Malpaso). Esencialmente Vilas siempre escribe sobre su propio personaje, pero aquí se marca un juego que por un lado homenajea a Lou Reed, un cantante que a mí también me encanta y dibuja muy bien la evolución de España durante 40 años. No sé si a los que no conozcan o sean oyentes habituales de Lou Reed les dirá tanto el libro o es un requisito de entrada, me genera esa duda.

Libro raro que no sea novela: Continuación de ideas diversas, de César Aira (Jus Ediciones).

El libro con el que acabo 2017 y que terminaré en los primeros días de 2018 y me está haciendo pensar ya si no será uno de esos libros realmente importantes como lector: La ópera flotante / El final del camino, de John Barth (Sexto Piso), una edición de las dos primeras novelas de este precursor del posmodernismo americano, al que hasta ahora había oído en esas listas que incluyen a todos los antepasados de David Foster Wallace pero al que aún no había leído.

Y ya sí que lo dejamos aquí.

Feliz 2018 lleno de buenos libros para tod@s l@s lector@s que este blog haya podido tener a lo largo de estos 12 meses que estamos cerrando.

Seguiremos leyendo

Sr. E


martes, 19 de diciembre de 2017

La hora violeta, de Sergio del Molino

La hora violeta, de Sergio del Molino (Literatura Mondadori)

Este libro es un diccionario de una sola entrada, la búsqueda de una palabra que no existe en mi idioma: la que nombra a los padres que han visto morir a sus hijos. Los hijos que se quedan sin padres son huérfanos, y los cónyuges que cierran los ojos de su pareja son viudos. Pero los padres que firmamos los papeles de los funerales de nuestros hijos no tenemos nombre ni estado civil. Somos padres por siempre. Padres de un fantasma que no crece, que no se hace mayor, al que nunca vamos a recoger al colegio, que no conocerá nunca a una chica, que no irá a la universidad y no se irá de casa. Un hijo que nunca nos dará un disgusto y a quien nunca tendremos que abroncar. Un hijo que jamás leerá los libros que le dedicamos.

Así empieza el libro. La hora violeta de la que habla Sergio del Molino está tomada de un poema de T.S. Eliot, y es la hora en la que en el intermedio de la vida las espaldas empiezan a despegarse del lugar de trabajo y las cabezas empiezan a pensar en lo que viene por delante. El motor humano espera como un taxi parado en marcha, dice la cita del poeta que abre el libro. Las horas no avanzan, siempre marcan la misma los relojes, confiesa el autor al principio.

La hora violeta de la que realmente habla este libro es la hora más terrible de todas, la de enterrar a un hijo. La que se genera entre ese trance y la vida que queda después. Porque queda vida después. Sergio del Molino escribió este libro en 2013, desde la vida de después, con un ánimo que es esencialmente terapéutico. Terapéutico porque le ayuda en algún grado a dejarlo atrás o al menos a repensarlo, y terapéutico porque fija la imagen de Pablo que él, su padre, el escritor, quiere fijar, después de que una leucemia lo matara con algo menos de 2 años.

Sergio del Molino escribió esta novela en 2013, y fue un libro que sonó bastante y obtuvo reconocimientos (el premio El ojo crítico, por ejemplo). En 2013 yo iba a ser (y lo fui) padre por primera vez y no me sentía capaz de coger en esos momentos un libro que hablaba de algo tan tremendo. Este año he sido padre por segunda vez, y ya he leído tres libros de Sergio del Molino antes de diciembre (este es el cuarto y cogí en la biblioteca el quinto, La mirada de los peces), y el hecho de que La hora violeta sea un libro que me han seguido recomendado a lo largo de estos cuatro años me ha hecho confiar en que su calidad literaria estaría sin duda por encima de la tragedia y el melodrama. Y lo está. Es un libro que tiene un gran valor como testimonio pero es un libro que tiene un gran valor como obra narrativa sin tener en cuenta otras consideraciones (aunque es casi imposible no pensar en que lo que aquí se cuenta fue sucediendo así).

¿Cómo nos atrevemos nosotros, lectores, a asomarnos al drama de un padre pero por extensión al drama de una familia, porque el autor se desnuda él e igualmente desnuda a su mujer, a su hijo, a su entorno familiar y de amigos, a las médicas y enfermeras (porque el entorno médico en el que se mueve en ese horrible lugar llamado planta de oncología pediátrica es casi todo el tiempo femenino). Supongo que lo único que nos legitima es que el padre haya decidido dejarnos entrar ahí.

Y entramos en la cámara de los horrores. Entramos a un libro que no es una novela y que descubre el final de la historia desde el principio, con la intención de explicar al autor y sus motivaciones y para que sepamos dónde nos estamos metiendo. El libro está narrado en primera persona y en un tiempo presente que ya estaba pasado y que ya sabemos que estaba pasado y que es uno de esos pactos autor – lector que aceptamos gustosamente. La prosa no peca de cargada ni de sentimental, y se agradece. Uno de los leit motivs que van acompañando la escritura de Del Molino y sus reflexiones sobre el mismo hecho de estar escribiendo sobre lo que lo está haciendo es no caer por la pendiente del sentimentalismo, no buscar dar pena a nadie, usar las palabras más neutras posibles. Usar también las palabras que no se suelen usar por un sentimiento de respeto a los enfermos y a sus familias, lo que lo hace duro por momentos, pero más duros resultan a menudo los eufemismos.

El diagnóstico es un momento terrible en estas enfermedades y lo peor es que no es más que el comienzo. Lo que va a venir después, incluso si acabara de la mejor manera posible, nunca va a ser bueno. Como se dice en el libro, la quimioterapia es una medicación que en cualquier dosis, por ínfima que sea, es mala para el organismo, pero es la única capaz de afrontar lo que está pasando con el crecimiento celular. Quienes hemos estado cerca de estos tratamientos sabemos lo que son.

La hora violeta no se merece que lo estropee tratando de explicarlo, porque se explica desde sus presupuestos. Quien quiera leerlo, y no es para todos, sabe a lo que se expone. Quien entre también se verá recompensado por momentos tiernos y casi divertidos, por extraño que pueda sonar. Porque un niño que se ve obligado a pasar en el hospital la mayor parte de su tiempo acaba haciendo de eso su normalidad y los niños de 1 y 2 años son esencialmente divertidos. Porque esos padres intentaron todo lo que estuvo en sus manos para que ese niño, Pablo, no sufriera más de lo necesario, para que no los viera hundirse. Y porque también es a veces una recompensa verte superado y llorar ante lo que se está contando en esas páginas. Porque es la prueba de que el libro quizá debía ser escrito (por más que desconfiemos de los libros necesarios) y esta era la manera de hacerlo.

Las reflexiones sobre las condiciones sociales del cáncer son valiosas por sí mismas y además no entorpecen la historia principal. Como bien dice Sergio del Molino, las metáforas bélicas acompañan siempre al cáncer, desde el momento del diagnóstico, y los pacientes son empujados a comportarse como luchadores que se ven en el frente sin quererlo y en el caso de los niños casi sin comprenderlo. Y porque como dice, a veces parece que el cáncer fuese el castigo de un dios vengativo, pero nunca lo puede ser más que cuando es el castigo tras los primeros meses de existencia de un niño.

He llorado varias veces durante la lectura de este libro (y debo reconocer que para mí eso de llorar leyendo un libro era una expresión cursi que no recordaba haber experimentado en la realidad hasta ahora). Sin embargo, no me he sentido manipulado emocionalmente en ningún momento como lector. Esto hubiera sido lo más fácil, lo hubiera pretendido o no el autor, pero todo el libro mide exactamente dónde parar antes de abrirle las puertas al melodrama y al recurso fácil que nos haga sentir pena y llorar. Sentimos compasión en todo momento por ese niño y esos padres, y por los (sobre todo las) profesionales que trabajan con ellos hasta el último día, y por la cantidad de vidas devastadas que cada año se pierden.

Hay dos modelos de escritura claros en La hora violeta, dos libros que han marcado durante décadas la idea de libro de luto, que Sergio del Molino no esconde, porque los ha leído, y porque sería ridículo fingir que no los había leído. El primero es un libro español, Mortal y rosa, de Francisco Umbral, del que se toma una cita para abrir el libro junto al poema de Eliot. Como el propio autor comenta en el libro, ha tratado de huir del lirismo de Mortal y rosa, otro libro dedicado al hijo muerto por un padre; huye Del Molino del lirismo igual que ha decidido, desde el principio, mostrar a su hijo muerto como una persona concreta, Pablo, no con términos genéricos, como hace Umbral. El otro es El año del pensamiento mágico, de Joan Didion, el libro en el que esta periodista relata cómo su marido murió de un infarto, en un instante, mientras cenaban después de venir del hospital en el que su hija estaba ingresada en un estado muy grave. Me reconozco incapaz de haber pasado nunca de la página 40 del libro de Didion, mientras que sí he leído completo el de Umbral, y he pensado algunas veces sobre él. Didion, en cualquier caso, se nota como una influencia también importante en este libro de Sergio del Molino, y ese pensamiento mágico aparece como nexo con aquel libro, todas esas esperanzas sin aparente conexión con la realidad que mantienen en la brecha a los enfermos y a sus familias.

Por quitar algo de oscuridad a la reseña en vísperas de Navidades, pues este es un libro sobre un tema grave, quizá el peor de los temas, y tratando a la vez de no desviarme demasiado, encontré en las últimas semanas un ataque a Joan Didion en las páginas de Danza macabra, de Stephen King. Como de pasada, pero todo un puñetazo, unas pocas palabras casi violentas para el lector actual, escritas en 1980, y que hablan de una presencia inconsciente de las clases sociales y sus conflictos en gran parte de las historias de King, algo por otra parte muy común en los productos más populares del género de terror.

Esas cosas son para los ricos. Hace poco, Joan Didion escribió un libro sobre su propia odisea a través de los sesenta, The white album. Para los ricos, supongo que resultará un libro muy interesante: es la historia de una mujer blanca acomodada que se pudo permitir tener un ataque de nervios en Hawai …

Didion se lleva el golpe en el libro de King un poco sin necesidad, pero tiene razón el novelista en el contexto general en el que inserta ese comentario. El verdadero terror depende mucho de la vida habitual de quien lo sufra. Ante los verdaderos problemas los problemas menores se vuelven invisibles. Y ante ciertas realidades el terror crece hasta hacerse insoportable. La hora violeta nos habla de los verdaderos problemas y del terror auténtico. La sociedad actual, correcta y llena de lemas positivos, no nos prepara para afrontar lo malo. Y no conviene olvidarlo antes de empezar a leer este libro.

Seguiremos leyendo.
Lo próximo ya será una entrada con lo más interesante que he leído en este 2017.

Felices lecturas


Sr. E