domingo, 2 de abril de 2017

Diez novelistas y diez novelas. Una lista imperfecta I: Los novelistas

Diez novelistas y diez novelas: Una lista de novelistas.

El año pasado, más o menos por estas fechas, reflexionaba sobre los cuentistas y los cuentos a los que a lo largo de mi trayectoria lectora me había enfrentado. 
Hacer listas, ya lo decía entonces, es probablemente un empeño estúpido. No obstante, pensar sobre lo que uno ha leído durante un año, una década o una vida, y trata de jerarquizarlo, sí es útil, a mí al menos me ayuda a tomar perspectiva y a relativizar. Quizá en la lectura diaria y semanal, en recomendar un libro a los amigos con frecuencia, en escribir sobre lecturas en el blog, es fácil dejarse deslumbrar por falsos brillos. Hay libros que creemos que nos encantan pero que pasado un cierto tiempo, vemos que se han desdibujado mucho en la memoria. Hay otros que me dieron una primera lectura dificultosa pero que releídos al tiempo, o repensados muchas veces y revisados parcialmente, han ido escalando en mi bagaje lector, donde se han hecho importantes. Creo que un buen criterio para determinar si un libro realmente nos ha importado es determinar si pensamos en él ante ciertas circunstancias de la vida, o al leer otra novela, o al ver una película.

Elegir diez novelistas, claro, es gratuito. E injusto, como cualquier elección. Creo que es más fácil ser entusiasta con los libros concretos que con los escritores. No pretendo, que quede claro, señalar quiénes son los mejores novelistas de la historia. Nada más lejos. Ese empeño se lo dejo a los pedantes y ciberpedantes. Mis lecturas están muy sesgadas, siendo mayoritarias, desde siempre, la narrativa anglosajona y más o menos contemporánea. No he leído a algunos de los grandes nombres de la novelística mundial, como Proust. He leído poco a Tolstói, y Guerra y paz no me marcó.

He disfrutado mucho recordando libros y me ha costado más elegir novelistas en general, así que empiezo con lo duro. He intentado ponerme unas reglas y cumplirlas. Como reglas, son arbitrarias, pero es más fácil ceñirse a algunas. He intentado seguir criterios más o menos técnicos. Con los años uno sabe reconocer cuándo alguien es bueno, por encima de si simplemente le gusta, y he tratado de ser un buen lector. Que reconozca que alguien es un buen escritor, quizá sublime, tampoco me garantiza que vaya a parecerme un gran novelista. Cormac McCarthy o Antonio Lobo Antunes, cuando los he leído, me han parecido muy buenos técnicamente, muy particulares, dueños de una voz propia de verdad, pero nunca he entrado de verdad en sus libros. Dejo fuera a autores con prestigios que nunca he comprendido, por más que he intentado leerlos una y otra vez, por ejemplo José Saramago y Carlos Fuentes.

Elaborar esta lista ha venido en gran medida determinado porque estoy metiéndome en la obra de dos autores a los que hasta ahora no había leído, o muy poco, como son William T. Vollmann y William Gaddis, y tengo la impresión (de momento inicial y lejos de poder ser confirmada) de que bien ellos o bien alguno de sus libros pueden acabar en mi canon novelístico de dentro de diez años, y antes de seguir abriendo puertas quería cerrar alguna habitación y dejar los libros ordenados. Para considerar a un novelista he puesto como norma inicial haber leído al menos tres de sus novelas completas. Y como la novela es un artefacto con sus reglas, trucos y construcción, he primado el arte en la construcción de novelas. Eso he intentado, yendo incluso en contra de mis propios gustos como lector. Esta lista, ya lo digo, ha sido un fracaso, pero un fracaso del que he aprendido. Quería cerrar 10 libros y 10 autores, y he decidido cerrarla en el número de autores que me parecen más completos como novelistas, que han sido menos de 10, y en más de 20 novelas.

Yo soy más cuentista que novelista, y probablemente leo más relato que novela, o así ha sido durante años. Hay escritores a los que adoro, y que son quizá mis escritores preferidos (Kafka, Bolaño, Fresán, Levrero, Foster Wallace), que habiendo escrito novelas, no creo que sean especialmente buenos en la construcción de una novela, o no es en muchos casos su faceta novelística la que más me interesa, sino sus facetas de novelistas mutantes (con las especifidades de cada uno), y aunque sí hay alguna de sus novelas entre mis novelas preferidas, otras me han decepcionado sobradamente, y ellos no forman parte de mi canon de novelistas.

Con los años de lectura, compras de libros y supervivencia a mudanzas, una manera de medir al peso los escritores preferidos de alguien es acercarse a las baldas en las que guarda sus libros y ver qué escritores se repiten más. En algunos casos eso me ha funcionado como medidor. Si tengo nueve o diez novelas de alguien y todas me siguen pareciendo muy buenas, ese autor debe estar entre mis diez novelistas preferidos. Eso ha funcionado automática y rápidamente con algunos, como Don DeLillo, Philip Roth o J. M. Coetzee, sobre los que por otro lado no tenía dudas. También tengo muchos libros de autores a los que en algún momento he seguido mucho pero de los que he acabado un tanto desencantado, como Enrique Vila Matas o Paul Auster. Y tengo, por último, muchos libros de autores de los que he disfrutado y disfruto, como Stephen King, Georges Simenon, Patricia Highsmith, John Connolly o Haruki Murakami, que creo que no aspiran a la brillantez a la que aspiran los grandes novelistas. Son buenos novelistas, son autores con oficio, pero se copian mucho a sí mismos, repiten sus hallazgos de libro en libro, no arriesgan. Hay algo que separa a los autores que se leen con gusto de los que realmente nos están retando, y ellos no nos están retando como lectores. 

Muy pocos de mis autores de referencia han pasado por la bendición del Nobel, y a algunos casi parece que el Premio de Literatura por excelencia los ha ido rehuyendo. Quizá solo a Coetzee le ha ayudado ese premio a la hora de que su obra se difundiera más, al menos en España. García Márquez, que lo tiene, nunca me ha llenado como lector. No he metido a Saul Bellow en la lista como podría haberlo metido, porque es un novelista que me parece magnífico. Algo muy parecido podría decir de Juan Carlos Onetti. Ismail Kadaré dibuja una Europa de raíces épicas y futuro violento a la que me gusta mucho acercarme. Houellebecq, con todas sus particularidades, tiene una fuerza arrolladora. Pero en algún sitio tenía que cortar. Dejémonos de introducciones y pasemos a la lista. Sin ninguna clase de orden, porque ya me hubiera parecido excesivo.

Philip Roth: Los estadounidenses llevan doscientos años buscando a quien escriba La Gran Novela Americana. Tanto que al final el propio Roth tituló así una novela de 1973 sobre el baseball. No es esa, sin embargo, su gran novela. No sabría decir cuál es la gran novela de Philip Roth, que creo que es, en general, su obra. Sus novelas van formando un gran mural de los Estados Unidos en los últimos cincuenta años, y por extensión de Occidente. Desde su primera novela, que ya era muy buena, Deudas y dolores, aunque quizá no esté exactamente en su línea posterior. El lamento de Portnoy escandalizó al mundo. La saga de Zuckerman es un ejemplo magnífico y extremo de autoficción. Operación Shylock es un juego metanarrativo que limita con la novela kafkiana. Quizá, si tuviera que elegir una de sus novelas, diría Pastoral americana: dura, profunda, triste, la destrucción de la familia, la vida. Junto con Me casé con un comunista, La mancha humana y El teatro de Sabbath demuestran que Roth tuvo unos años noventa (su sesentena) de primera división, escribiendo grandes novelas a un ritmo de una cada dos años. La conjura contra América, de 2004, es para mí su última gran novela, un juego antihistórico que ya hablaba de la América de Donald Trump.

Don DeLillo: Harold Bloom, el crítico más importante (no entro en si el mejor o no) del mundo, habla de cuatro grandes nombres de la narrativa americana contemporánea: Roth, DeLillo, Cormac McCarthy y Thomas Pynchon. Roth y DeLillo están en mi top 10 y en mi top 5. Si Roth es un escritor naturalista, que describe lo feo de lo explícito, del mundo que se ve, DeLillo es el gran escritor de lo implícito y lo subterráneo. Siendo uno de los considerados maestros del posmodernismo, creo que es accesible para cualquiera que tenga un poco de interés en la literatura. DeLillo es, quizá, el novelista más arrollador al que yo he leído. Por discurso, por ritmo, por forma y por cómo con ellos dibuja el fondo. Ya hablé en profundidad de mis lecturas de DeLillo.

Mario Vargas Llosa: No pensemos, por un momento, en sus diatribas políticas, ni en su relación con Isabel Preysler. Creo que Vargas Llosa tiene dos obras maestras indiscutibles, de esas que durarán cien años, como diría Foster Wallace. Me refiero a Conversación en la catedral y La ciudad y los perros. Quien entra en ellas, sabe que está entrando en libros importantes, que dibujan su tiempo. También ha escrito La casa verde y La fiesta del Chivo, dos novelas que serían las mejores de casi cualquier otro autor. Y La guerra del fin del mundo. Y otras tres novelas que quizá no pelean por estar en un canon del siglo XX pero que me encantan, llenas de encanto y fuerza: La tía Julia y el escribidor, Travesuras de la niña mala y El paraíso en la otra esquina. De los novelistas a los que he leído, Vargas Llosa es el más exacto a la hora de montar sus historias. El mejor novelista estructurando al que me he acercado. Un gran arquitecto de mansiones narrativas. Quizá, en ocasiones, demasiado bueno, pues algunos de sus libros acaban dando en exceso la sensación de cierta frialdad que transmiten las obras demasiado bien diseñadas y ejecutadas.

Charles Dickens: Hablaba de mis deficientes lecturas de novelas clásicas. La novela como la conocemos, y la gran novela, quizá, es la del siglo XIX. Dickens es quizá uno de los novelistas más populares de la historia. Y es lógico, porque sus novelas son muy entretenidas, y en ellas construye personajes peculiares e inolvidables. La obra de Dickens es amplia, y no puedo calificarme de gran lector de la misma, pero todas las novelas que he leído han conseguido eso que se supone que una novela debe hacer, crear un mundo propio que se quede para siempre con el lector. Eso me ha pasado con Historia de dos ciudades, Grandes Esperanzas, Tiempos difíciles y Casa desolada (que actualmente se traduce como La casa lúgubre).

Juan Marsé: Mi novelista español preferido, analizada su obra en conjunto, es Juan Marsé. Esto queda dicho sabiendo que Marsé ha escrito libros regulares y algunos casi malos. Pero si de un buen novelista se espera que dibuje un mundo propio, Marsé tiene uno, y muy potente. Pero no es solo el retratista de Barcelona, como a veces queda reducido. Juan Marsé escribió Últimas tardes con Teresa y La oscura historia de la prima Montse en pleno auge del boom, en la misma ciudad y las mismas compañías que García Márquez y Vargas Llosa, y no sale perdiendo en la comparación. Marsé incomoda en sus temas, que se repiten, buscando en el pasado colectivo más oscuro, el que calló y calló ante los abusos. Marsé es memoria y hace con ella, como si fuera plastilina, figuras de colores. Marsé demostró que podía escribir como un vanguardista más en Si te dicen que caí, y tiene otras tres novelas muy destacables: Rabos de lagartija, El embrujo de Shanghai y Un día volveré. Estas dos últimas, por cierto, deberían estar en las lecturas de los alumnos de la ESO y Bachillerato, porque son complejas a la vez que muy accesibles. Nadie cruza de la infancia a la adultez manteniendo la mirada del pasado como Marsé, y uno de los puntos clave de un buen novelista está en la mirada. Marsé tiene además una gran ventaja cuando uno quiere escribir, y es que en sus entrevistas, reflexiones, artículos, se puede aprender mucho sobre el oficio de escribir, no esconde nada, comparte herramientas, temores y planteamientos.

J. M. Coetzee: No conozco un novelista más preciso en su escritura que Coetzee. La palabra que define a Coetzee es precisión. Porque no se limita a un laconismo sin demasiado estilo, neutro, no; es otra cosa. La prosa de Coetzee es afilada como un bisturí, y como un bisturí disecciona, abre, limpia heridas y a veces ayuda a que cierren. Otras veces no. Coetzee es un novelista de la estirpe de Kafka y Beckett, un escritor que considera, en el fondo, que la vida es absurda. Ha escrito novelas abiertamente kafkianas en sus inicios (Vida y época de Michael K., basta observar el nombre del protagonista, Esperando a los bárbaros), duros retratos de la realidad racial surafricana (La edad de hierro, en cierto modo también Desgracia, aunque Desgracia es una novela mucho más completa, quizá su mejor libro), una trilogía memorística despiadada consigo mismo (especialmente en su original tercera parte), homenajes abiertos a Dostoievski (El hombre de Petersburgo) y a Daniel Defoe y su Robinson (Foe), un magnífico libro que se vuelve novela por uno de los procedimientos más antiguos, la acumulación de relatos del mismo personaje: Elizabeth Costello, y dos novelas finales en su trayectoria, que creo que han descolocado a los lectores de todo el mundo: La infancia de Jesús y Los días de Jesús en la escuela, pero que creo que cuando hayamos salido de la incomprensión inicial, quedará señalada como otra obra cumbre en su narrativa.

Fiodor M. Dostoievski: Probablemente Dostoievseki sea EL NOVELISTA. Con él, en sus grandes novelas, se dibuja la idea de novela como obra de arte. Dostoievski desciende a los infiernos del hombre y traza retratos psicológicos de extrema dureza. Siendo un cristiano convencido, transformado profundamente por su condena a muerte y su posterior pena en Siberia, no encuentra esperanza para el ser humano. Con Dostoievski me pasa como con Dickens, que aún no he abordado no ya el total de su obra, sino que no he llegado a dos de sus novelas más significativas: Los demonios, de la que solo he leído fragmentos, por ejemplo su final, La confesión de Stavrogin, un solo capítulo del que ha salido un importante volumen de la narrativa del siglo XX (y de la buena). Tampoco he leído Los hermanos Karamazov. El idiota es un retrato perfecto de la hipocresía, los intereses cruzados, y las ansias del ser humano por medrar, engañando al prójimo cuando sea preciso. El jugador me parece una novela de perfecto funcionamiento, dura, sin concesiones, toda fibra, un retrato de la vida del adicto. Memorias de la casa muerta es una obra maestra, aunque quizá no sea tan perfecta como novela sino en lo que revela como libro sobre los padecimientos del pecador que Dostoievski consideraba que era. Crimen y castigo es, sin demasiada discusión una de las mayores novelas de la historia, aunque de eso hablaremos más adelante.

Martins Amis: Hasta aquí todo son nombres indiscutibles. Habrá a quien le gusten más y a quien le gusten menos pero todos estarán en un top 20 de novelistas de cualquier lector experimentado y exigente. ¿Y Martin Amis? ¿Martin Amis sí y Saul Bellow no, por ejemplo? Ya. Lo sé. Además, está bastante de moda darle palos a Martin Amis. Yo también lo hago. Y dije que entre mis reglas absurdas estaría considerar que me gustaran más o menos todos sus libros. Amis no la cumple. Está desorientado, y ha perdido la magia, como un futbolista que cambió de equipo y perdió el toque. Algo le ha pasado, sin duda. No sabemos qué es. Pero creo que Dinero, Campos de Londres y La información son tres novelas que retrataron el vacío del fin del siglo XX como ninguna otra trilogía, adelantándose en algunos enfoques a Houellebecq. Niños muertos es una provocación deliciosa. Perro callejero y La flecha del tiempo son dos novelas que sobreviven perfectamente al paso de los años. Y aunque no sea estrictamente una novela, Experiencia, dibuja también un momento de la literatura en un fin de siglo en Gran Bretaña. Amis es uno de los escritores (junto con Bellow, quizá, por eso lo comparaba al principio) que mejor equilibra, en sus buenos libros, la relación entre calidad de prosa y avance de la narración. Lleva casi 15 años desaparecido de los buenos libros, pero si miro sus grandes libros, me parecen realmente grandes. Y no iba a ser todo una lista de consenso, ¿no?

Seguiremos leyendo y discutiendo

Felices lecturas

Sr. E



lunes, 27 de marzo de 2017

Vampiros, VV. AA.

Vampiros, Antología, VV.AA. (Editorial Atalanta)

Hay editoriales que se vuelven reconocibles con los títulos que van editando. Por sus temas, por su pequeña familia de autores, por la época en la que se mueven sus novelas, por un diseño propio y una manera de editar reconocible. Anagrama fue un sello muy reconocible en los años 80 y 90, que tal vez se ha desdibujado un poco. Hoy en día creo que Sexto Piso y su apuesta por los autores posmodernos lo es, la pequeña Pálido Fuego también, y también lo son, sin querer dar una lista cerrada, Valdemar y sus cuidadas ediciones de clásicos góticos, la pasión de Acantilado por la narrativa centroeuropea, el buen ojo de Libros del Asteroide para rescatar autores anglosajones, Capitán Swing con sus obras críticas, Malpaso y sus juegos de colores. Atalanta, en muchos aspectos heredera de los libros más personales de su editor (Jacobo Fitz – James Stewart) en Siruela, también lo es.

Los libros de Atalanta son grandes, bonitos (y por lo tanto caros), recogen en su catálogo libros olvidados, autores secundarios, temas que son literarios pero se cruzan en muchas ocasiones con la antropología y la filosofía, no en vano tienen tratados específicos de temas. Van un poco más allá de los libros, en general. Vampiros, actualiza la edición de los años 90 de la antología que apareció en Siruela, y recoge 19 relatos (algunos son prácticamente novelas) de vampiros, todos ellos clásicos en su tratamiento del mito (algo que entre tanto mito descafeinado que se ha ido imponiendo visualmente en los últimos años se agradece), y escritos entre las primeras décadas del siglo XIX y la segunda mitad del XX.

Vampiros es un libro de ficción pero es casi una obra de consulta sobre el mito vampírico. El prólogo del editor es una lectura obligada, y las ilustraciones, recreaciones históricas del mito del no – muerto, muy valiosas. Atalanta tiene en su catálogo una también mítica antología de relato fantástico en general, esta de vampiros, y una dedicada especialmente a las historias de dobles, otro de los temas más recurrentes en la literatura fantástica universal.

Vampiros nos enseña, casi en orden cronológico, la construcción del mundo literario del vampiro. Desde el prólogo, Jacobo Fitz – James ya nos dice que se pueden rastrear las primeras apariciones de los vampiros, no con ese nombre, en la historia del arte y la literatura, pero el libro nace en el mundo romántico, alemán, anglosajón, francés, en el mito gótico. Los primeros relatos, si uno los lee, parecen hoy en día demasiado artificiales, pero no olvidemos que son los autores que están construyendo lo que no existía. Está naciendo una figura central de la literatura y arte popular de los siguientes doscientos años ante nuestros ojos. Con sus tópicos, pero esos tópicos no eran tales cuando los primeros, E.T.A. Hoffman, Polidori, Tieck y Poe. Esos primeros vampiros no son nada glamourosos, son seres malditos, condenados, enfermos y que vagan transmitiendo su maldición.

No soy un experto en literatura fantástica en general ni en la vampírica en particular, y de esos relatos iniciales conocía el de Hoffmann y Berenice, de Poe, que releí el año pasado con muchos de sus relatos. Las primeras historias de vampiros se caracterizan porque no hablan específicamente de vampiros, al revés: son muy sutiles, porque hacen eso que Piglia y Hemingway avisaban que ocurre en los mejores cuentos, que hay una historia que se cuenta de manera explícita, a plena vista, y otra oculta, que se va desarrollando por detrás del telón.

Nos encontramos con un texto de Baudelaire: Las metamorfosis del vampiro, y con uno de los relatos más famosos de Horacio Quiroga: El almohadón de plumas. Y dos novelas cortas fantásticas (en todos los sentidos, que aquí se acaban confundiendo). La primera, muy recomendable, y editada aparte por Alianza (un libro de bolsillo que leí hace años): La familia del vurdalak, de Alexéi Tolstói, primo lejano de León, lo que debió hacerle sombra toda su vida. La otra, Carmilla, de Joseph Sheridan Le Fanu (que también tiene edición de bolsillo en Alianza). Esta novela fue en su momento un libro publicado por entregas en diarios, con gran éxito. Los textos de Le Fanu y el de M. R. James (El conde Magnus) son de los más redondos del libro, lo que los convierte en algunos de los mejores textos de vampiros de la historia. No en vano son dos autores, que pese a tener una obra relativamente breve, están en cualquier relación de autores fundamentales del género fantástico, auténticos maestros del gótico.

Quizá la primera novela adulta que leí y me fascinó fue Drácula, que es el referente principal en la cultura popular de la figura del vampiro (aunque mil veces deformada en el cine y la televisión). La antología incorpora un relato de Bram Stoker, El invitado de Drácula, que es un capítulo inicial de la novela que finalmente Stoker descartó y reescribió. Una delicia.

Los tres últimos relatos nos llevan a la parte más contemporánea de la antología. El de Robert Aickman, Páginas del diario de una joven, que es el que cierra el libro, siendo el más reciente (de mediados de los 70), camina sin embargo hacia atrás y está escrito en un estilo muy clásico, de doncellas vampirizadas que no comprenden qué les está sucediendo exactamente. Aickman es un escritor muy interesante, del que la propia Atalanta tiene colecciones de relatos publicadas, que querría leer detenidamente. Los tratamientos más duros y crudos están quizá en el los relatos de August Derleth y Richard Matheson. Son, respectivamente, La nieve que arrastra el viento, de Derleth, y Bebe mi sangre, un retorcido juego de metanarrativa, infancias perturbadas y vamprios, de Matheson. No he leído aún demasiados relatos de Matheson, pero me parece un buen escritor, cuyos cuentos se caracterizan por no acercarse nunca de frente a los temas, sino siempre desde un lugar tangente.

Un libro para tener en casa y leer a sorbitos, o para estudiar con profundidad en una biblioteca pública. Un mito a revisar, el de los vampiros.

Seguiremos leyendo.

Felices lecturas

Sr. E

martes, 21 de marzo de 2017

Una cuestión personal, de Kenzaburo Oé

Una cuestión personal, de Kenzaburo Oé (Ed. Anagrama)

Los grandes libros sobre la paternidad son libros de miedo. Son novelas llenas de terror a lo que está por venir, a lo que puede venir y cómo puede venir. Miedo a que algo falle, o a que todo vaya bien y la vida cambie demasiado. Los novelistas que se enfrentan por escrito a la paternidad temen también, muchas veces, tener que verse desplazado de su papel de grandes bebés, inútiles para la vida que escriben y lloran y se apoyan en las mujeres para la subsistencia.

Hay grandes novelas que afrontan la figura del padre – habitualmente ausente, distante, autoritario, lejano – desde la perspectiva del hijo. Pensemos en Kafka. Pensemos en Dostoievski. Pensemos en Paul Auster. Hay grandes novelas que hablan de la maternidad. De la maternidad como realidad, antes y durante la misma. Del recuerdo que deja. Hay menos libros que se centren en cómo se prepara el padre para serlo. Hay excelentes novelas sobre la pérdida y el duelo de esos padres que perdieron un hijo: Mortal y rosa, de Francisco Umbral, La hora violeta, de Sergio del Molino. Hay novelas sobre padres sobreprotectores, como El mundo según Garp, de John Irving. Y novelas que toman directamente la forma de historias de terror para hablar, esencialmente, de la paternidad. Pienso en El Resplandor y especialmente en Cementerio de animales, de Stephen King. Personalmente, la paternidad, su preparación, está muy presente en varios de los relatos de mi libro Beber durante el embarazo, y es uno de los temas que lo cruzan en diagonal.

Una cuestión personal es un libro que es una confesión abierta en canal, que es una historia de terror, que es el viaje alucinante al fondo del alma de alguien perdido, que como siempre hacen los que están perdidos en los libros y en la vida, recurre a la bebida, a mucha bebida, y al amor que pueda encontrar en el cuerpo de otra mujer. Me ha recordado a El jugador, de Dostoievski, por su manera de mirar dentro de lo peor del propio personaje y escupirle. A Las noches blancas del mismo Dostoievski, por la estructura. También a Crimen y castigo, y dejemos ya quieto al ruso, por el modo en que la culpa condiciona la vida. Me ha hecho pensar en Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, por la pérdida total de conciencia hacia la que el protagonista, Bird, se va viendo abocado. Me ha recordado La metamorfosis de Kafka por el extrañamiento ante los cambios físicos, por la sensación de repugnancia, por el vacío al que nos enfrenta la vida.

Si hablo de Dostoievski, de Lowry y de Kafka, creo que estoy dando a entender que Una cuestión personal, de Kenzaburo Oé, puede jugar en la gran liga de las mejores novelas. Sin duda juega en ella. Es un libro de los que abren una puerta que luego no se puede cerrar durante toda la lectura, ni durante los días siguientes a terminarlo. Es un libro que leí hipnotizado y releí a la semana siguiente, para seguir en la borrachera intelectual que logra. Una sensación muy parecida a sumergirse con Lowry en la locura alcohólica de México en Bajo el volcán.

Bird, el protagonista, es un hombre desorientado, aún joven, metido en un matrimonio demasiado convencional, un tanto forzado, fruto del cual su mujer está embarazada. Fruto de ese matrimonio, Bird también tiene su trabajo, conseguido por su suegro. Es profesor en una academia preuniversitaria. Parecía que apuntaba más alto. Todos lo pensaban; él también. Pero se ha conformado. Bird tiene además una mancha en su pasado. Según vamos descubriendo son muchas manchas, pero desde el principio está marcado por la mancha con la que dio inicio a su matrimonio, varias semanas de borrachera continua que dejaron asombrados a su nueva esposa y a sus suegros. Una mancha que hace que ya siempre sea sospechoso para ellos. Y también para él, que no se fía de sí mismo. Sabe que es débil y no tiene voluntad. Sabe que le gusta dejarse caer.

La novela comienza con Bird caminando entre bares y borrachos pensando en que va a ser padre. Espera la llamada del hospital y la espera bebiendo y recordando aquella borrachera continua, de la que él mismo reconoce que pretendía salir con un trago más. Mientras la llamada no llega, unos jóvenes pandilleros le dan una paliza y lo dejan tirado. Magullado y con mal aspecto, asiste resacoso a clase al día siguiente. Uno de los alumnos lo denunciará y él reconocerá que sí, que acudió a clase aún casi borracho, más que resacoso, y renunciará a su trabajo.

La llamada del hospital llega. Todo es tétrico al llegar. Su suegra, los médicos, unas noticias difíciles sobre el bebé. Ha pasado algo. Ha nacido con una hernia cerebral, le anuncian. Morirá en los próximos días o tendrá una existencia casi vegetal. Bird apoya la decisión de los médicos de llevarlo al hospital universitario, donde al menos su caso servirá para que la ciencia siga aprendiendo. Esperan que muera en los próximos días. A Bird le repugna la presencia de ese niño. Quiere, por duro que suene, que muera pronto. Quiere evadir el problema.

Bird sueña con ir a África. Colecciona mapas y libros sobre África. Desde que se casó y desde que supo que iban a tener un hijo, ha renunciado prácticamente a aspirar a una vida aventurera. Se ha resignado a eso también. Si ese hijo que se le antoja monstruoso sale adelante, tendrán que cuidarlo. Invertirán toda su existencia en él. El compromiso no podrá romperse jamás. Cuando los médicos le preguntan, Bird contesta que cree que es mejor que lo dejen morir. Pero el niño se va fortaleciendo y parece que será posible operarlo. Una operación muy complicada, muy arriesgada, pero posible.

Bird bebe. Bebe y deambula hasta llegar a casa de una vieja amiga de la universidad, Himiko. Una chica a la que prácticamente violó, según nos enteramos, una lejana noche de estudiantes borrachos, sobre un abrigo, en un lugar húmedo y mojado. Él prácticamente lo había olvidado. Ella no. Himiko bebe y conduce su llamativo coche deportivo por las noches. Desde que eran amigos ha ido coleccionando hombres. Cualquier clase de hombre. Pasado un cierto límite, le dice, dejas de tener ningún miramiento. Su marido, bajo el peso de la vergüenza, se suicidó. Hay otras vidas en este mundo, defiende ella, y Bird la escucha. Será prácticamente su única compañía en los próximos días. Beberán, se acostarán, conducirán, reirán, mirarán mapas de África, llorarán. Excavarán muy adentro del otro y de ellos mismos.

El niño se va poniendo fuerte y los médicos acometen la operación. Bird reconoce que no quiere que vaya bien. No quiere que ese niño monstruoso venga con su existencia vegetal a condicionar el resto de su vida. La hernia cerebral no era tal finalmente, sino un par de tumores benignos que abultaban en su frente de bebé. El niño vivirá. Probablemente, dicen los padres, tendrá un coeficiente intelectual muy bajo, pero podrá llevar una vida normal. Bird llega al final de esta odisea transformado, convertido prácticamente en otra persona. Himiko se lo dice. Su suegro también. Parece que por fin dejará de ser Bird. Ha dejado la docencia. Ya que nunca podrá ir a África, ha decidido ser guía en Tokio para extranjeros. De alguna manera, con eso, completa el giro total que su vida ha dado.

Tienes razón. Es una cuestión personal. Cuando estás solo dentro de una cueva privada, al final llegas a una salida lateral que conduce a una verdad que te concierne a ti y a todo el mundo. Eso recompensa los sufrimientos padecidos. ¿No le ocurrió así a Tom Sawyer? Tuvo que sufrir en una cueva oscura, pero al mismo tiempo encontró el camino hacia la luz y un saco de oro. Sin embargo, lo que experimento ahora es como cavar en solitario el pozo vertical de una mina, recta hacia abajo, hacia una profundidad sin esperanzas y que nunca se abrirá al mundo de nadie más. pg. 144

He dejado para el final comentar algunos aspectos del autor. Porque creo que en este libro en particular puede distraer un poco. Kenzaburo Oé, que ganó el Premio Nobel en 1994, escribió Una cuestión personal en 1964, a los 29 años, un año después de que naciera su hijo Hikari, con una problemática y unas perspectivas de supervivencia muy parecidas a las descritas en la novela. Una cuestión personal es probablemente, junto a Arrancad las semillas, fusilad a los niños (de 1958) su novela más conocida. Y es, desde luego, una gran novela, cruda, terrorífica, para nada reconfortante, puntiaguda, que recomiendo leer sin tener en cuenta los paralelismos entre el autor y su personaje, entre su vida y su obra.

Un libro de los que dejan cicatriz.

Seguiremos leyendo y dejándonos marcar.


Sr. E

domingo, 12 de marzo de 2017

Cómo leer literatura, de Terry Eagleton

Cómo leer literatura, de Terry Eagleton (Península)

A veces creo que es necesario que los que leemos por instinto y escribimos por otro instinto igualmente primario, a veces complementario al de la lectura, a veces devorador del anterior, a veces, decía, está bien que esos escritores imprudentes, que hemos aprendido a leer y a escribir únicamente por el método de ensayo y error, veamos cómo leen los que antes de hacerlo, o en paralelo, han recibido una sólida formación humanística para hacerlo.

En este breve libro, Terry Eagleton nos orienta en 5 capítulos, por algunas claves de la lectura reposada y reflexiva, primer paso para poder valorar realmente el libro que tenemos entre las manos. Esos capítulos son: Comienzos, El personaje, Narrativa, Interpretación, Valor.

Disfrutar es más subjetivo que valorar. El hecho de que alguien prefiera los melocotones a las peras es una cuestión de gusto, pero no puede decirse lo mismo de una consideración como que Dostoievski fue mejor novelista que John Grisham. Dostoievski es mejor que Grisham del mismo modo que Tiger Woods es mejor golfista que Lady Gaga. Cualquiera que sepa algo sobre ficción o sobre golf suscribirá estas valoraciones.

Eagleton es un profesor británico que empieza transmitiéndonos una falta de esperanza en la lectura. Una lectura llamemos en una redundancia horrible, literaria. No perdamos de vista que las propias editoriales llevan años hablando de literatura literaria y literatura no – literaria, diferenciando entre la que cuesta esfuerzo y la que se vende bien, esencialmente.

Eagleton parte de una base que comparto, que podríamos decir que es que Moby Dick cuesta un esfuerzo de lectura, pero que da satisfacciones muy superiories al esfuerzo invertido. No solo a nivel intelectual, sino a un nivel de mero entretenimiento. Solo que no se trata de un entretenimiento masticado. ¿Estamos ante la época del entretenimiento masticado? Conozco a 2, 4, 10 personas que han abandonado Cien años de soledad porque se liaban con los nombres, que se van repitiendo de una generación a otra. Los que hemos leído el libro (y personalmente a mí no me entusiasma ese libro) creo que hemos visto que es, dejando al margen su valía e importancia literaria y cultural, un folletín que engancha al lector. No es para nada una novela difícil de leer para quien se concentra un poco en hacerlo.

La idea de la literatura como forma de expresión propia es errónea en varios sentidos bastante obvios, más aún si nos la tomamos demasiado literalmente. Por lo que sabemos, a Shakespeare nunca lo abandonaron en una isla mágica, por mucho que la lectura de La tempestad pueda dar esa impresión. Incluso si hubiera pasado una temporada comiendo cocos y fabricándose una balsa, eso no habría mejorado necesariamente su última obra. El novelista Lawrence Durrell pasó un tiempo en Alejandría, pero algunos lectores de El cuarteto de Alejandría tal vez habrían preferido que no.

Enlazo la lectura de este libro con el prólogo de Los reconocimientos, de William Gaddis, novela con la que aún no me he puesto pero cuyo magnífico prólogo ya he leído varias veces. En él se nos dice a los futuros lectores, dispuestos a cruzar el pórtico, que la novela, ambiciosa, larga, quizá difícil, no necesita ser comprendida en cada uno de sus mínimos detalles para ser disfrutada. Eagleton reivindica esa clase de lectura compleja. Y su libro sirve como ayuda para que esas lecturas complejas sean más accesibles.

Cómo leer literatura empieza con un imaginario diálogo entre estudiantes universitarios sobre Cumbres borrascosas, de Emily Brönte. Para Eagleton, esos estudiantes, que probablemente tiene en sus clases, no han entendido nada. Al menos su lectura no añade valor a la obra. Ninguna clase de valor crítico. Eagleton se lanza a desmontar ese modelo y a ofrecer el suyo, el de una lectura con contexto, con experiencia acumulada, que se fija y valora la forma, el lenguaje, la construcción y las ideas que subyacen al libro.

Las historias intentan imponer algo algún tipo de diseño a este mundo tan enredado, pero en el intento sólo consiguen simplificarlo y empobrecerlo. Narrar es falsificar. De hecho, incluso podría afirmarse que escribir es falsificar. Escribir, al fin y al cabo, es un proceso que se va desarrollando con el tiempo y, en ese sentido, se asemeja a la narrativa. La única obra literaria auténtica, pues, sería la que fuera consciente de esa falsificación e intentara contarnos su relato teniéndola en cuenta.

Qué es leer, cómo se lee la literatura, esa es la idea clave de esta obra. Se analizan el estilo, la forma, se aprende a valorar el estilo y la forma, entender el contexto, valorarlo, sacar ideas implícitas en el texto pero sin propasarse con las ideas implícitas, porque a veces los estudiosos y los teóricos creen que lo que ellos creen haber visto es más importante que lo que el autor realmente estaba diciendo. No todo lo que podría ser es, quizá el propio autor no sabe qué quería decir y transmitir en todo momento, y no pasa nada. Eagleton acompaña sus ideas con ejemplos muy fáciles de seguir por el lector atento, enseña a dudar de lo que el canon dice y a ir formando un criterio propio. El libro tiene humor, desconfía de todo, valora la creación de la prosa por encima de lo que esta cuenta, porque la literatura es un trabajo de forma.

Los tres primeros capítulos (Comienzos, El personaje, Narrativa) dan claves de la construcción básica de una obra de ficción, y desveladas esas claves ayuda a que el lector sepa valorar con criterios técnicos cuándo un personaje es sólido, desde qué perspectiva está construido, qué busca el autor al colocarlo, etc. Los dos últimos (Interpretación, Valor) hablan de qué se puede entender en una obra de ficción, desde lo más disparatado y tendencioso a las lecturas habitualmente aceptadas y que a veces habría que cuestionar un poco. Eagleton aquí es muy pesismista con los críticos y estudiosos, que cree que aportan cada vez menos a la lectura razonable de una obra. Y nos muestra cuáles son los mecanismos que muchas veces ayudan a que una obra quede ubicada en las estanterías de la posteridad, una posteridad que en general está bien merecida, pero que no se debe perder de vista que tiene una parte de azar.

Todas y cada una de las armas letales que se han inventado fueron en su momento el resultado de un acto imaginativo. La imaginación se considera una de las facultades humanas más nobles, pero también resulta inquietante lo cerca que se encuentra de la fantasía, que en general se ubica en el otro extremo, en el fondo del pozo. En cualquier caso, intentar sentir lo que siente otra persona no mejora necesariamente mi naturaleza moral. A un sádico le gusta saber lo que siente su víctima.

Un libro muy recomendable para leer un poco mejor.

Felices lecturas


Sr. E

martes, 7 de marzo de 2017

Piscinas vacías, de Laura Ferrero

Piscinas vacías, de Laura Ferrero (Ed. Alfaguara)

Piscinas vacías es el primer libro publicado de Laura Ferrero. Es, concretamente, el primer libro de Laura Ferrero, que se ha publicado por segunda vez. Algo así. Yo he llegado a la edición de Alfaguara por recomendaciones personales y tras ver algunas buenas opiniones en periódicos y blogs, pero parece ser que hubo una primera edición del libro, que no sé si es exactamente la misma, que la autora autopublicó y que se vendió bastante bien en amazon (reconozco mi total desconocimiento sobre qué volumen de descargas tiene un libro que se ha vendido bien en amazon). Entiendo, por lo que cuenta la solapa, que alguien en Alfaguara debió fijarse en el libro por ese éxito, lo leyó y decidió contratarlo. Hay un debate por hacer sobre la autoedición, me figuro. Y varios sobre la labor de las editoriales tradicionales, pero este blog no va de eso.

Piscinas vacías es una colección de 26 relatos. 26 relatos en unas 190 páginas dan una longitud media de unas 7 páginas y poco. Ese es un dato absolutamente inútil, lo sé. Me gusta el título. Me decidí a leerlo porque el título me gusta. Me hizo pensar en aquella frase de Raymond Chandler, esa de que: “No hay nada más vacío que una piscina vacía”. Como un macguffin de los de Hitchcock, he ido leyendo el libro esperando encontrar la referencia a Chandler en algún momento (principalmente en el relato que da título a la colección), y no he dado con ella. Pero ese no es un problema del libro, sino mío como lector.

Los relatos de Piscinas vacías nos suenan un poco a música jazz y whisky en un sillón de escay. Son narrativa breve influida de manera muy directa por la narrativa americana breve de las últimas décadas. Richard Ford, Raymond Carver, Richard Yates, John Cheever. Algunas novelas de Paul Auster. Los relatos buscan situarse en esa línea, y en ella se sitúan. Familias que se comunican poco o mal. Parejas que han acabado aunque parece que no se han dado cuenta. Jóvenes enamoradas de chicos a los que no se atreven a decírselo. Matrimonios separados con hijos, sin ellos, complicadas relaciones entre padres e hijos, madres e hijas, viejas fotos, recuerdos.

Si hay una palabra que define estos relatos es fluidez. Los relatos van variando de primera a segunda y a tercera persona y los protagonistas y los narradores son a veces más internos y a veces más externos a la historia. A veces son mujeres y a veces hombres. Todo es un poco desesperanzado, pero es esa desesperanza que se detecta después de la primera copa en el jardín en los relatos de Cheever. Una especie de incomodidad anestesiada. “Si me disculpan, me serviré otro whisky”, dice un personaje de Cheever. Hay poca esperanza pero parece que hay resignación, nadie protesta ni lucha demasiado. Mirando un poco en la web se habla de retrato generacional, pero creo que esa es la etiqueta que le va a caer encima a cualquier libro de una autora de treinta y pocos años que hable de gente de treinta y pocos años. A mí no me lo parece. Ni me hace falta como lector de esa generación. Ni creo que sea la intención de la autora. ¿Es la nueva novela de Luis Landero un retrato de su generación? Nadie se lo plantea. Pues en este caso creo que es una pregunta igual de estúpida.

La prosa es correcta, pero quizá se echa en falta algo más de riesgo en el estilo. Todos los relatos están bien escritos, están equilibrados estructuralmente, quizá demasiado armados siguiendo los modelos, pero apetece un poco más de invención formal. La ambientación de los relatos es más o menos parecida en todos ellos, familias de clase media y media – alta, con casas de veraneo en la Costa Brava, con viajes a países exóticos, seguidores de tendencias. Podríamos decir que el tono medio es el de estudiantes de humanidades con Erasmus hecho y algún máster en los Estados Unidos. Uno de los cuentos que más me han gustado en su construcción y sutileza, Prostitución, me distancia un poco por su ambientación en una casa con jardinero, hijos que van al tenis y dejan a su madre sola en casa, sin mucho que hacer, con un marido que imaginamos muy ocupado, un triunfador distante. Quizá demasiado cercano a Cheever. 26 relatos tal vez son demasiados para un libro y algunas historias acaban pareciéndose a otras.

La narración nace del conflicto y creo que los mejores relatos son aquellos en los que los conflictos son más serios, más profundos, algunos terriblemente serios y profundos. La tostadora nos lleva a las parejas quemadas de los cuentos de Carver (y no sé si la relación entre el electrodoméstico elegido y las relaciones quemadas solo se me ocurre a mí o es la que encendió el relato para la autora). Un conflicto muy bien dibujado y resuelto que prende en una cocina. Polen nos habla de manera acertada de quienes no se resignan a hacerse viejos, apagarse, morir.

Laura Ferrero tiene buena pluma para recordar infancias y desde ahí traernos la historia que va a contarnos. Lo hace en El rastro de los caracoles y lo hace en Piscinas vacías. Piscinas vacías es un relato desolado, como una piscina vacía. Es un relato terrorífico en el que pronto se adivina que ha pasado algo muy malo, como es la muerte de un hijo ahogado. Pero el relato redobla la apuesta y demuestra que hay algo peor que una piscina vacía, y son las vidas vacías que quedan después de algo así. Vidas vacías que se complementan con una piscina vacía en la que todos van dejando sus trastos, mientras la tristeza los sigue consumiendo. Es probablemente el relato más redondo y el adecuado para dar título al conjunto. Quizá, con lo terrible que es, no es el más terrible, pues Sofía también resulta ser, en su formato de carta a la hija que nunca llegó a tener la narradora, sobrecogedor. Ausencias, vacíos, silencios.

Actualmente, Laura Ferrero trabaja en su primera novela, que aparecerá en Alfaguara, dice la solapa del libro.

Seguiremos leyendo.

Felices lecturas


Sr. E

miércoles, 1 de marzo de 2017

Las sillitas rojas, de Edna O´Brien

Las sillitas rojas, de Edna O´Brien (Errata naturae)

¿Hay lugar para las obras maestras en el siglo XXI? ¿Tienen derecho los escritores a intentar escribirlas o están condenados a hacer el ridículo? ¿Y los lectores a esperarlas? ¿O debemos dar el panteón de las obras maestras por cerrado? ¿Qué es exactamente una obra maestra? ¿Se reconocen al instante? La historia parece sugerir que no, que los lectores y los entendidos no caen de rodillas de inmediato ante los libros que generaciones después se presentarán como obras maestras.

¿A qué vienen todas estas preguntas sobre obras maestras? ¿Quiero decir que Las sillitas rojas es una? No me atrevería a decir tanto. Empezando porque necesitan el poso del tiempo para acabar siéndolo. Me atrevo a decir que es un libro que no te suelta una semana después de terminarlo y que te perturba y golpea. Philip Roth, en la portada de la edición de Errata Naturae, afirma que: “La gran Edna O´Brien ha escrito su obra maestra”. ¿Ha escrito Philip Rorth alguna obra maestra, así sin más? Probablemente no si con ese nombre apuntamos a las verdaderas cumbres de la creación literaria. Roth sí ha escrito una obra importante, que define su tiempo, y que se leerá dentro de décadas. Este libro de Edna O´Brien apunta a esa categoría.

No he leído otras novelas de la autora, aunque parece que es bastante conocida su trilogía de Las chicas del campo, que en España ha publicado con cierto éxito la misma editorial. Y que añado que apunto en mis próximas lecturas. Por la sinopsis que encuentro me hace pensar en la tetralogía de Elena Ferrante, aunque esa relación puede no existir fuera de mi cabeza.

Al libro: Edna O´Brien ha escrito un libro de una ambición admirable. El libro llegará o no a la categoría de obra maestra, probablemente no. No obstante, es un libro escrito con la ambición con la que me imagino que se escriben esas obras maestras. Edna O´Brien parece haberse lanzado a su aventura literaria magna con más de ochenta años, una lucidez implacable y una prosa magistral. ¿De qué tratan las obras maestras? Independientemente de que la trama se sitúe aparentemente en un ballenero, en el dormitorio de un agente de seguros o en los círculos socialistas de San Petersburgo, las obras maestras hablan de los grandes temas universales: el amor, la muerte, el miedo, las traiciones, el horror. Las obras maestras, además, se escriben con la forma.

Las sillitas rojas es una novela que habla de todo eso. Es una historia de amor entre una mujer y un hombre. Es la historia de la traición de esa mujer a su marido. Es la historia de repudio de su comunidad hacia esa mujer. Es la historia de una mujer embarazada que no quiere ese ser que crece en su interior. Es una historia de violencia. Contra las mujeres. Contra todos los perseguidos y refugiados. Es una historia de horror y nacionalismo, que parte de la Guerra de los Balcanes. Alguien que allí ha encendido la mecha del horror a base de discursos poéticos y compromiso con la tierra en la que uno nace, a la que amará por encima de todo, se esconde de quienes lo persiguen. Acaba llegando a una pequeña localidad de Irlanda, donde monta un pequeño consultorio que está entre la medicina y la curandería. Ese curandero místico es también un poeta y un hombre con una voz profunda que convence a quien lo escucha. Ese hombre, que se esconde bajo el nombre de Vlad, recuerda inevitablemente a Radovan Karadzic, que se hace aún más explícito (aunque poco más explícito puede hacerse que cogiendo a un criminal de guerra serbobosnio con amor por la poesía que se escondió bajo la personalidad de un apacible médico alternativo) con un juego entre el alias de Karadzic durante sus años de huida: Dr. Dragan David Dabi, y el del criminal de guerra de O´Brien: Vladimir Dragan.

Las sillitas rojas toma su título de la conmemoración que se hizo en 2012 en Sarajevo, donde se colocaron 11.541 sillas rojas en recuerdo de las personas muertas durante los más de cuatro años de asedio de la ciudad. Esa cifra y esas imágenes son parte del motor de la historia. Los generales e ideólogos serbobosnios, con Karadzic a la cabeza, nunca admitieron haber cometido un genocidio. La novela está cruzada de excusas, de comentarios que afirman que las autoridades de Sarajevo manipulaban al espectador occidental, que allí no estaba muriendo tanta gente. Nunca se bajaron de ahí. Vlad tampoco admite las sillitas rojas. Son una exageración, una mentira.

La novela está escrita con un bello tono violento. A veces el lector queda confundido y no sabe si lo que está leyendo le impacta más por lo horrible que es o por lo fascinantemente bien escrito que está. Me ha recordado Lolita, de Nabokov, un libro que cuenta una historia horrorosa con un lenguaje y una construcción casi perfectos, quizá el máximo ejemplo de contradicción entre forma y fondo (consiguiendo así un efecto brutal en la conciencia del lector) que yo he leído. Aquí, a veces, cuesta trabajo no dejarse seducir, cuando el narrador entra en estilo indirecto libre y nos asoma a la cabeza de Vlad, por su discurso incendiario.

El tono es el ideal porque la Guerra de Yugoslavia de la década de los 90 fue una guerra de intelectuales y de poetas. De soldados también, claro, pero fueron los intelectuales enardecidos por el amor a la patria los que hicieron hervir la sangre que luego los soldados derramaron. Karadzic era un psiquiatra de prestigio y era un poeta laureado. Esos intelectuales convencieron a las masas de que su tierra estaba por encima de la vida de la gente. Autorizaron la matanza de inocentes, crearon el régimen del terror. Vlad habla enardecido por sus lecturas e interpretaciones de Shakespeare. Declama más que declara, parece tener la razón profética que poseen los poetas e iluminados.

La estructura encaja perfectamente con lo que se está contando. La novela tiene tres partes. En la primera vemos la llegada a la Irlanda rural (creo que no es casual la elección de Irlanda, aparte de por ser la tierra de la autora y donde parece haberse centrado su mundo narrativo, porque es un país también muy corroído por el nacionalismo y la religión y las creencias) de un misterioso curandero de barba y melena blanca, llegado de algún país del Este. Lo vemos asentarse y perturbar la comunidad a la que ha llegado. Vemos cómo el cerco policial se va ciñendo sobre él y cómo es su amor por la poesía el que lo hace caer, pues después de haber huido del pueblo regresa para una lectura poética y es en el autobús cuando lo detienen. La tentación es a veces deshumanizar al monstruo, hacerlo malo en todos y cada uno de los aspectos de su vida, hacerlo además de malo feo, guarro, desagradable, con voz de pito, pero es en estos detalles que lo acercan al ser humano sensible donde realmente descubrimos al monstruo, al monstruo mayor, el que se parece a nosotros en algunos aspectos, sin maniqueísmos.

La segunda parte nos cuenta la peripecia de Fidelma, la mujer que se quedó embarazada del monstruo (hay una larga historia en el pasado de Fidelma, la chica guapa del pueblo, que no ha podido tener hijos con su marido por más que lo ha intentado) y que al final de la primera parte es brutalmente atacada por sicarios de acento balcánico. Llega a Londres y se odia a sí misma. Odia al bebé y conoce a otras mujeres que huyeron de guerras y también odian sus cuerpos después de ser violados. Es la parte más descorazonadora de la novela. Terrible en algunas confesiones. Parece que sin lugar para la esperanza. Quizá porque hay veces en que no hay lugar para la esperanza.

La tercera parte nos lleva al tribunal de La Haya, donde van a juzgar a Vlad igual que juzgaron a Karadzic. Volvemos a encontrarnos con el pasado y lo enfrentamos en forma de trámites judiciales y burocráticos, quizá la parte narrada de forma más desapegada y otra vez un acierto, porque nos abofetea con más fuerza. Los que conocieron personalmente a Vlad entonces, los que lo conocieron en su disimulada forma de curandero místico, los que sufrieron los crímenes que la mecha de sus palabras encendieron, esperan lo que tenga que pasar.

Volvemos al principio. ¿Hay obras maestras en el siglo XXI? ¿En 2136 se hablará de la narrativa de las primeras décadas del siglo XXI como ahora se habla de Kafka, Proust o Joyce? Parece difícil, pero si es así, quizá quede un huequecito en los libros de texto del futuro para hablar de este libro lleno de horror y poesía. Por si acaso lo fuera, y por si acaso no, deberíamos leerlo ahora que lo tenemos a mano.

Seguiremos leyendo


Sr. E

jueves, 23 de febrero de 2017

El motel del voyeur, de Gay Talese

El motel del voyeur, de Gay Talese (Alfaguara)


Solo quiero hacer un breve comentario sobre este libro. Debo reconocer que no lo he terminado, porque al final me sentí confuso sobre qué era lo que estaba leyendo, y esencialmente porque no me estaba interesando demasiado.

Se habló mucho (a la pequeña escala que mucho significa en relación con los libros) de esta nueva obra de Gay Talese. Talese es uno de los autores a los que se considera inventores del llamado Nuevo periodismo, desde su escritura de reportajes de no – ficción. Etiquetas. Etiquetas. Pero Talese siempre las ha lucido como medallas, así que habrá que respetárselas.

Talese es conocido especialmente por sus libros sobre la mafia (Honrarás a tu padre, en la que se acercó mucho al clan Bonanno, una de las 5 grandes familias de la mafia neoyorquinas, una de las que aparecían de fondo en El Padrino) y sobre la vida sexual oculta de los americanos (La mujer de tu prójimo). De hecho, El motel del voyeur está inicialmente relacionado con La mujer de tu prójimo. Este ensayo, o reportaje de no – ficción, se vendió mucho, e hizo de Talese un hombre bastante popular. Él mismo habla en el libro de un suculento adelanto para los derechos de cine de una película que no tengo noticia de que nunca se haya rodado.

Uno de los lectores de aquel libro le escribió algunos meses después para ofrecerle una historia, la suya y la de su motel. Vemos el escaneado de la carta original. Estamos a principios de los 80 y Talese viaja hasta Colorado a ver a ese hombre y su motel. La historia, le ha contado, en principio no podrá ser publicada, porque estaría descubriendo un posible delito de violación de la intimidad de los clientes, y aún peor, la inacción del dueño del motel cuando fue testigo de un asesinato. Aún así, cree que le interesará oírla al completo. Efectivamente, así es.

Talese viaja al lugar, conoce a la persona, ve el motel, toma notas. Toma muchas notas. Es muy meticuloso. Viaja más veces. Sigue tomando notas. Deja el libro aparcado porque no puede publicarlo, ya que así lo ha firmado con el dueño del motel, y sigue con su vida. Treinta años después se ve autorizado a escribir el libro para su publicación, y lo hace. La nueva obra de Gay Talese se llama El motel del voyeur. La historia, sin duda, es apasionante. Bigger than life, como diría un americano.

El libro se hizo popular en los últimos meses porque Gay Talese descubrió, cuando ya estaba firmado con su editorial, entregado e incluso en preimpresión, que la historia era falsa. Y él escribe no – ficción. Talese reniega del libro que me imagino que por motivos contractuales llega igualmente a las librerías. Se traduce al español. Lo publica Alfaguara. Lo encuentro en la biblioteca y picado por la curiosidad, lo cojo. Lo leo. Lo leo más o menos hasta la mitad. Luego lo dejo.

El libro es una contradicción entre tapas. Gay Talese lo escribe desde la conciencia de la no – ficción. Nos recuerda de hecho, de vez en cuando, que lo que escribe sucedió. Él estaba allí. Él vio. Él anotó. Él preguntó. Lo que nos presenta finalmente no es un libro de no – ficción pero no porque él lo haya querido, sino porque lo engañaron. Él ha aplicado sus herramientas de reportaje a una historia contaminada. Eso hace que como novela no funcione. El principal impulso para leer un libro así es la propia curiosidad del lector. El libro invita al lector a ser un voyeur que ve lo que aquel hombre del motel vio. Lo que era. Lo podemos ver a través de los ojos de Talese. Pero resulta que aquello no era verdad. No he escuchado la aclaración sobre qué porcentaje no es verdad. Pero al no ser verdad, la fuerza que tiene como reportaje, por ver cómo Talese lo lleva adelante, desaparece. La curiosidad que podía movernos a ser voyeurs, también.

No es un libro que recomiende leer porque a mí no me ha convencido, pero creo que sí es recomendable ojearlo, pensar en él, tratar de abordarlo al menos durante algunas páginas como si fueran dos libros paralelos, el del periodista y el de un novelista. Dos novelistas, el que inventó la historia pero no supo escribirla, y el que no pretendía escribirla. Dos novelistas que unieron sus fuerzas para fracasar como tales. Pero que nos dejan un poso para reflexionar una vez más sobre las relaciones entre verdad, mentira, ficción, no – ficción y escritura. Un debate para cada escritor. Para cada lector.

Leeremos y pensaremos sobre lo leído.

Felices lecturas


Sr. E