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sábado, 10 de septiembre de 2016

Escritores que leen y lo cuentan

Escritores que leen a otros escritores y presumen de ello: H. P. Lovecraft: Contra el mundo, contra la vida, de Michel Houellebecq, Flores en las grietas, de Richard Ford.

Creo que siempre se puede aprender algo de lo que otros escritores quieran explicarnos. Creo que los que escribimos siempre aprenderemos algo, pero creo que también aprenderemos algo como lectores, pues el camino natural que lleva a la escritura es (o debería ser) el de la lectura. He comprobado en propia carne y he comentado con otras personas que escriben que la manera de leer cambia, inevitablemente, cuando nos lanzamos nosotros mismos a escribir. Uno empieza a ver defectos que antes le pasaban inadvertidos, es cada vez más difícil dejarse seducir por cierto tipo de narrativa, el escritor va canibalizando una parte de nuestro yo lector.

Agradezco encontrarme de vez en cuando con escritores de tanto renombre como Houellebecq y Ford que se enfrentan a sus lecturas, a las que les han marcado y a las que siguen marcándoles, con sinceridad y desde la admiración. Me da la sensación de que hay demasiados escritores que tratan de ocultar en gran medida sus lecturas, las reales, para que los lectores y los críticos no les rastreen las referencias, cuando la verdad es que lo más natural del mundo es tener referencias y que estas se noten con cierta naturalidad en lo escrito. Lo que no es homenaje es plagio, suele decirse, y es verdad, y queda un poco falso escuchar a cientos de escritores contemporáneos que ante la pregunta de si se inspiraron en algún autor u obra en concreto para la construcción de su nueva novela responden El quijote o Pérez Galdós. Resulta cansino que presuman de no leer literatura contemporánea porque saben que no les interesa (pese a que no la leen) o que pretendan decirnos que la novela más moderna que han leído es Guerra y Paz (sobre todo cuando utilizan mecanismos narrativos posteriores, que hemos de suponer que habrán descubierto en casa, haciendo pruebas, como si alguien dijera que no usa tecnología moderna pero tuviera en la cocina un microondas, deberías suponer que lo ha inventado solo).

El número de autores a los que uno puede llegar a leer a lo largo de su vida lectora adulta con verdadera atención y provecho es necesariamente limitado. Por suerte, dentro de esa limitación Ford y Houellebecq leen a autores de los últimos cien años e incluso a sus contemporáneos. Y aún más a celebrar, hablan bien de ellos.

El libro de Houellebecq analiza la figura de Howard Philip Lovecraft, quizá el escritor de terror (o fantástico, no se trata de meternos en peleas por etiquetas) más importante que ha habido desde Poe. Como bien dice Houellebecq, el primer Lovecraft habla de su admiración por los constructores de buenos relatos góticos, por los maestros antiguos y particularmente por Poe, aunque se fue alejando de esa línea y esa influencia con los años y creando algo totalmente distinto. No me gusta Lovecraft, la verdad, pese a lo cual cuando lo he intentado leer he visto en él una fuerza (bruta, por qué no decirlo) propia que lo hace sin duda un escritor importante. Como bien señala Houellebecq, es un escritor que expone al lector a unos picos de intensidad con una frecuencia que no es para todos, pero aquellos que se sienten llamados por su prosa se convierten en fanáticos. Una particularidad que también destaca es que es uno de los pocos escritores de los que podemos localizar a autores que se declaran directamente continuadores de su mundo y su obra, aunque esto está extendiéndose (a otro nivel, normalmente menor, tanto literario como de sentimiento de pertenencia casi religiosa) con internet y la proliferación de lo que suele llamarse fan – fiction.

Houellebecq no escribe sobre Lovecraft desde la perspectiva de un seguidor incondicional. Señala algunos de sus defectos como narrador, y muchos de sus defectos como persona. Rastrea en su obra y en su vida los motivos y las pruebas de su rechazo hacia el mundo moderno y su innegable racismo. Houellebecq sigue su evolución y va marcando ciertos hitos en ella. Se ve que es un lector atento y perspicaz, que creo que se identifica con Lovecraft en algunos aspectos. Incluso para Houellebecq, que tiene fama prácticamente de sociópata, Lovecraft es un tanto extremo en su decisión de abandonar y casi odiar todo lo que no fuera directamente la escritura, de vivir de espaldas a todo lo que no fuese su literatura. El Houellebecq que escribió este libro, tampoco lo perdamos de vista, es un autor que apenas había publicado nada antes (la biografía se publicó 3 años antes que Ampliación del campo de batalla, su primera novela), y que aquí prueba a escribir una biografía como si fuera una novela, según sus propias palabras, aunque no da esa sensación al leerla, pues es una biografía, narrativa, eso sí, podríamos decir que a veces hasta conversacional, pero una biografía al fin y al cabo.

Es un libro que habla de un ser humano y un autor concreto, H. P. Lovecraft, y de la huella que su escritura dejó. Es un libro interesante en lo que consigue hacer pasar del caso concreto de Lovecraft a lo universal de los escritores y más en general aún los seres humanos. A mí, que nunca he podido acabar un texto largo de Lovecraft, me ha interesado en esos aspectos, lo que es sin duda un indicador de que el libro trasciende la figura concreta que a priori está analizando.

Houellebecq no se mete demasiado en análisis técnicos de Lovecraft, pero analiza dos puntos muy interesantes. Por un lado, la sobreintensidad de todos sus textos. Escribe como no se debe escribir, y ese estilo sobrecargado es su marca personal. Por otro, me ha gustado la comparación que hace entre las estrategias clásicas del relato fantástico (ejemplificándolo con unos textos de Richard Matheson), un relato en el que se presenta primero una normalidad y luego se rompe, y la manera de proceder de Lovecraft, que empieza ya en lo anormal, y muchas veces, para no dejar fuera al lector, sigue su propia estrategia de normalización utilizando un lenguaje que imita al científico para describir las atrocidades. Quizá, dice Houellebecq, nadie se ha sabido valer del lenguaje científico con esa propiedad (aunque en realidad sea impropiedad) en sus obras de ficción.  

Flores en las grietas es una colección de ensayos y pequeños textos que la Editorial Anagrama decidió recopilar para los lectores de Richard Ford en español. No es por lo tanto una traducción de un libro de Ford propiamente hablando, sino una recopilación exclusivamente diseñada para nuestro mercado.

Los libros recogidos así adolecen a veces de la sensación de ser saldos. Si así fuera, la culpa no sería en ningún caso del autor, sino más bien de la editorial. Sintiendo que ésta decidió aprovechar la creciente popularidad de Ford (aunque no es un libro editado post – Premio Princesa de Asturias), tampoco siento que me estén ofreciendo textos de segunda, de relleno o sin interés. Unos me han interesado más y otros menos, algunas ya los había leído antes, pero me parece aún así un libro interesante, que peca de falta de unidad pero que tiene apuntes muy valiosos.

No es Richard Ford un autor por el que en general pierda la cabeza, aunque sí tiene una novela que coloqué en un altar desde la primera vez que la leí, Canadá. Es en cualquier caso un escritor consolidado, que seguro que tiene algo interesante que comentarnos sobre su oficio.

Lo que más me ha gustado en general del libro es precisamente esa palabra, oficio. Los textos de Ford en general me han parecido honestos, sin misticismos. No ha querido que los lectores pensemos que el escritor es un iluminado al que la inspiración acude, sino que escribir tiene mucho de oficio, y como oficio que es, se aprende a escribir mejor escribiendo más, se roba de lo que se lee, y muchas veces hay que dejar que la escritura repose durante temporadas completas y no obsesionarse por ello. Ford tiene claro que hay una vida y que hay una vida literaria, y que lo más importante, rebajando la figura romántica del autor, es la vida.

Cuatro de los textos son introducciones a libros. A las novelas Revolutionary Road, de Richard Yates y a Años luz, de James Salter. A Ford le gusta Yates, a quien se siente cercano, y creo que admira a Salter, de quien dice que es el autor que mejor utiliza el inglés americano, y que hay muy pocas dudas al respecto. También están los prólogos que escribió para dos colecciones de las que fue antólogo, una colección de relato americano para la revista Granta, en la que va presentando todos los textos, lo que permite encontrarse con nombres conocidos (Cheever, Wolff, Carver) y obliga a anotar otros hasta ahora nunca escuchados. Ford destaca algunos puntos fuertes de cada uno, y busca relaciones entre unas y otras historias. La otra colección es una selección de relatos de Chéjov (que es la misma que yo tengo, la que ha venido publicando DeBolsillo en los últimos años), y el texto viene bajo el título de Por qué nos gusta Chéjov. Además de analizar los 20 relatos seleccionados (entre unos 600 que se estima que escribió el ruso) habla de su experiencia como lector de Chéjov, y reconoce que lo había leído muy poco hasta que le encargaron hacer de editor. Es decir, lo había leído en la década de sus veinte años, pero no había acabado de entender por qué era tan importante Chéjov. Esto, como bien afirma, puede sonar grave para alguien que empezó a lograr el reconocimiento escribiendo relatos, y cuyo estilo estuvo cercano al propio Chéjov, como en el caso de su amigo Carver.

La lectura vuelve a incidir en esa idea de que hay ciertos momentos en la vida para aprender a leer de otra manera, de nuevo en torno a los veinticinco – treinta años, y que la perspectiva de quien da ese cambio se ve bastante alterada desde entonces.

Hay una serie de textos que rememoran momentos de la vida de Ford, o sensaciones, como habitar en el hotel que su abuelo poseía después de la muerte de su padre, recuerdos del boxeo, del golf. Me han parecido algo anodinos salvo Un padre y una bicicleta, en el que recuerda lo torpe que era su padre para esas cosas que se supone que los hombres saben hacer bien, como montar un armario, y cómo una vez, una única vez, para su cumpleaños, su padre, que murió cuando él tenía 16 años, le trajo una bicicleta perfectamente montada, y cómo vio en ese adulto que en ocasiones era muy distante, al niño que había sido. Me ha resultado un texto emotivo sin ser empalagoso, tal vez porque yo también soy padre y soy torpe.

Si un padre modelo puede reparar un cortacésped, instalar correctamente un saco de boxeo, ofrecerte sugerencias para tu proyecto científico o consejo para obtener el certificado de socorrista, ayudarte en tus deberes escolares de matemáticas, armar una bicicleta nueva o cambiar la mosquitera de la puerta del patio, el mío no era un padre modelo.

La parte más interesante del libro la he encontrado en los textos relacionados con el oficio de escribir. Y a veces con sus consecuencias indeseadas. En Qué escribimos, por qué lo escribimos y a quién le importa, Ford ataca bastante frontalmente al sistema de críticos y académicos dedicados a analizar lo que el autor ha querido decir en cada letra de su texto, muchas veces en contra de lo que el mismo autor dice haber escrito. Pone ejemplos de malentendidos a los que han llevado sus textos, y habla de la Universidad que él conoció en los sesenta y de cómo ciertas corrientes críticas se fueron adueñando de ella en los setenta y tratando de dar más valor a las lecturas de las obras que a las obras en sí. También arremete contra ciertos excesos de la corrección política, tratando de dejar claro algo que debería ser tan obvio como que si uno de sus personajes hace un comentario hiriente, estúpido o racista es porque él considera que así la narración queda más viva, pues hay personas hirientes, estúpidas o racistas, pero que es infantil traspasar esos calificativos automáticamente al autor, y es una de las maneras de leer a las que nos estamos enfrentando últimamente.

¿De dónde viene la escritura? y Holgazanear mientras la Musa recarga pilas tratan de arrojar cierta luz sobre ese manido tema de la inspiración. Un tema que viene inquietando a quienes escriben y a quienes los leen desde la antigua Grecia al menos. Ford, como cualquier escritor, no sabe realmente de dónde viene la escritura ni a dónde va, pero sí sabe que la escritura mejora con la práctica y con la lectura sincera de maestros. Y plantea que muchas veces cuando no tiene sobre qué escribir es mejor no escribir, sino ver un partido de béisbol o una serie en la televisión, a la espera de que vuelva a haber algo que decir. Esto, que dicho así suena un poco ramplón, es cierto, y es por dónde van las investigaciones neurocientíficas más recientes. El cerebro creativo necesita desactivarse, “olvidarse” de lo que pretendía hacer, distraerse, y así se volverá a conectar.

El buen Raymond retrata su amistad con Raymond Carver, una amistad que duró unos diez años, desde que eran escritores apenas conocidos que coincidieron en un pequeño congreso, hasta el fallecimiento de Carver. Ford retrata a Carver como un ser entrañable, como un buen amigo, como alguien que era feliz logrando que los demás fueran un poco más felices. Carver venía del fondo y no quería volver allí por nada del mundo. Y salió. El éxito aún le pilló en vida, y ayudó en lo que pudo a que los primeros libros de Ford se difundieran. Richard Ford, sin embargo, no se limita hablar de su amigo, sino también del escritor que Raymond Carver fue, analiza algunas de sus estrategias, de sus mejores puntos como autor. Debo decir que hará unos diez años que no leo nada de Carver (casi nada, para ser totalmente sincero, el único relato suyo que he releído en esos años sin Carver ha sido Caballos en la niebla, que es un relato que me parece excepcional, además de por su calidad, por su difícil encaje junto al centro de la obra de Carver), y la lectura de este texto me ha despertado ciertas ganas de volver a coger ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?

Creo que si un libro de textos más o menos ensayísticos te aporta dos o tres ideas interesantes y te despierta las ganas de leer algunos relatos, ya habría merecido la pena. Este, además de eso, tiene algunas páginas realmente valiosas.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas


Sr. E

lunes, 5 de octubre de 2015

Las partículas elementales, de Michel Houellebecq



Las partículas elementales, de Michel Houellebecq
Ed. Anagrama (1.999)


Michel Houellebecq es conocido principalmente como provocador, por lo que trasciende del personaje Michel Houellebecq. Ese personaje Houellebecq, desagradable, ofensivo, sociopático, bebedor, sospechoso de misógino y de islamófobo, radical, que parece moverse en la búsqueda del siguiente conflicto, impide ver a veces al Houellebecq escritor. Ese bufón que señala los males de Occidente se come a uno de los mejores novelistas contemporáneos, y acaba llamando a la muchas veces inevitable confusión entre autor y obra, llevando a gente que normalmente no se preocupa por la literatura a conocerlo y tener una opinión formada sobre él y haciendo que otros lectores no se adentren en sus páginas.

“Arrastrados por la evolución histórica de su época y, a la vez, habiendo decidido formar parte de ella, los individuos sintomáticos lleva, por lo general, una vida simple y feliz; el relato clásico de sus vidas puede ocupar una o dos páginas”. pg. 27

Creo que los dos grandes profetas de la narrativa de los últimos 20 años han sido David Foster Wallace y Michel Houellebecq. Lo digo al margen de quiénes me parecen los mejores escritores de este período, o quiénes pienso que han comprendido mejor el espíritu de los tiempos, que son ideas a las que volveré en las próximas semanas y meses. Adelanto, sin embargo, que ni uno ni otro me parecen los merecedores de ninguno de esos dos títulos, pero sí creo que han sido elegidos por la masa crítica de lectores literarios, y de aspirantes a escritores, como los dos principales representantes de su tiempo. Y como representantes de su tiempo, creo que han movido a muchos nuevos escritores a imitarlos (en el caso de Foster Wallace) hasta que el modelo acaba desgastado de tanto uso, como pasó con García Márquez y sus mil aprendices de realismo mágico, o por el contrario, a actuar (en el caso de Houellebecq) como si no estuviera ahí. Nadie pretende escribir como Michel Houellebecq. Nadie está en su línea. Su línea empieza y acaba en él. Pero sería estúpido tratar de ignorar su peso y su impacto en los últimos veinte años, desde la publicación de Ampliación del campo de batalla en 1.995. Aunque le den los Premios Nobel a Le Clezio y a Modiano, y aunque ahora parezca que el título de escritor nacional francés lo ostenta Emmanuel Carrère, sospecho que dentro de cien años, si de alguno de los cuatro se habla, será de Houellebecq. Quizá se hable de él como un hereje de la corrección política, alguien que nunca aspiró a ser escritor nacional francés ni Premio Nobel (y que por aquellas vueltas de estos galardones igual acaba siéndolo), pero se hablará. Houellebecq viene de Camus y de Dostoievski, ve el mundo igual de negro que ellos dos, pero no ofrece ninguna luz ni consuelo. El mundo es oscuro y así seguirá siendo en la cosmovisión de Houellebecq, que se limita a señalarlo. Hablaba de Foster Wallace y de él como profetas, y tengo claro que el francés es el profeta catastrofista del Antiguo Testamento, aquel que espera que su dios castigue a los pecadores. Foster Wallace es un profeta del Nuevo Testamento, alguien que señala los males pero ofrece redención. A su pesar, fue el Jesucristo de la narrativa posmoderna. Houellebecq ni siquiera ofrece un consolador arrepentíos, el fin está cerca. Se limita a gritarnos que el fin está cerca. En esta novela, escrita desde un futuro cercano, el tono profético es el dominante, la voz de quien ya nos lo estaba diciendo en 1.999.

“Más tarde, la globalización económica dio paso a una competencia mucho más dura, que hizo añicos los sueños de integrar al conjunto de la población en una clase media generalizada con capacidad adquisitiva en constante aumento; capas sociales cada vez más amplias se hundieron en la precariedad y el desempleo. Sin embargo, la aspereza de la competencia sexual no disminuyó; todo lo contrario”. pg. 66

Las partículas elementales es una novela de 1.999. Es la obra que sigue en la producción de Houellebecq a Ampliación del campo de batalla. Respecto a esta, repite motivos y preocupaciones, profundizando más en todos ellos. Creo que es una novela más redonda, que en el caso de este autor se corresponde bastante con ser una novela aún más amarga y sin posibilidad de redención. La trama se articula alrededor de dos hermanastros llegados a los cuarenta años. Un científico que ha renunciado a la que parecía una cómoda carrera, con razonable éxito, y un profesor de Literatura atormentado, que va escribiendo casi en secreto, unos textos que con los años se van volviendo más misántropos y que no es posible leer sin pensar en el propio Houellebecq, corroído por un deseo insatisfecho desde la adolescencia (porque una de las ideas clave de Houellebecq es que en la sociedad del hiperconsumo es imposible satisfacer nunca el deseo porque el deseo se reproduce y cambia de forma más rápido que nunca). La novela habla desde un futuro cercano (cada vez más cercano, porque el libro ha cumplido 16 años), en el que el trabajo que hizo en soledad el hermano biólogo, como un monje, después de dejar la institución científica en la que trabajaba, se ha revelado como una de las mayores aportaciones de la historia de la ciencia y abrió las puertas a duplicaciones del código genético que desembocaron en una nueva raza humana, creada a imagen y semejanza del hombre y que está acabando con los antiguos humanos. Básicamente el libro va presentando momentos de las vidas de ambos en los que estuvieron más cerca para volver a separarse, y desde dos vidas tan distintas, retrata lo más enfermizo de la sociedad occidental contemporánea.

“Le habló de su infancia, de la muerte de su abuela y de las humillaciones en el internado masculino. Le habló de su adolescencia, de las masturbaciones en el tren, a unos metros de las chicas, le habló de los veranos en casa de su padre. Christiane escuchaba acariciándole el pelo”. pg. 148.

No hay lugar para la esperanza, ese parece el lema principal de Houellebecq. No es recomendable afrontar su lectura si no se tiene una razonable fe en el ser humano, al menos en algunos seres humanos. Para Houellebecq estamos solos en el mundo, hemos venido a sufrir, y lo que parece transmitirnos es que muchos de esos sufrimientos son culpa de la sociedad que hemos creado. Houellebecq entiende que todo se ha convertido en una lucha, y que ese darwinismo social en el que sólo importa ser el más fuerte y así sobrevivir ha invadido las relaciones de pareja, las relaciones familiares, el mundo laboral, la escritura, absolutamente todo. Disponemos de sexo vacío, adicciones, insomnio, terapias que no funcionan y relaciones enfermas para ir pasando la vida. No hay lazos verdaderos. Nos estamos muriendo un poco a cada segundo, y la salida a todo aspecto esperanzador en la novela de Houellebecq es otra desgracia y más enfermedad.

“Es bueno que sea usted reaccionario. Todos los grandes escritores son reaccionarios: Balzac, Flaubert, Baudelaire, Dostoievski, todos reaccionarios. Pero también hay que follar, ¿eh?”. pg. 185

El estilo es limpio y a pesar de su crudeza se encuentran en él destellos de poesía. Es muy eficaz convirtiendo ideas muy densas en frases que podrían funcionar como lemas. Houellebecq odia a sus personajes porque odia al mundo en el que vive y seguramente se odia a sí mismo. Cada párrafo parece estar muy depurado, y no sobra ni una palabra. Houellebecq no es un estilista pero no es lo que busca. Es un autor de línea limpia (se nota que sus orígenes son poéticos), que encuentra la palabra que busca en cada momento y ha decidido no adornarla. La novela está magníficamente construida. Creo que el personaje Houellebecq no deja ver a veces al brillante escritor Houellebecq. Dicho sea sin olvidar que él es el primero que ha decidido llamar a la confusión y sacar beneficio de ella. He leído Ampliación del campo de batalla y Las partículas elementales, que forman un díptico inicial en el que Houellebecq presenta sus ideas, sus obsesiones y su estilo. También leí El mapa y el territorio, que me pareció una novela que funcionaba perfectamente, pero más aséptica. Seguramente una de las mejores novelas que se publicaron ese año, pero que no parecía escrita por Houellebecq. Otra vez la confusión entre autor y obra. Me da por imaginar que fue él mismo quien hizo rodar aquella polémica sobre los fragmentos de wikipedia que aparecían en la novela, para despertar alguna y sentirse cómodo. Tengo en casa La posibilidad de una isla, que cogeré en los próximos meses.

“La tradicional lucidez de los depresivos, descrita a menudo como un desinterés radical por las preocupaciones humanas, se manifiesta ante todo como una falta de implicación en los asuntos que realmente son poco interesantes. De hecho, es posible imaginar a un depresivo enamorado, pero un depresivo patriota resulta inconcebible”. pg. 227

Houellebecq puede gustarnos a ratos y hacernos sentir mal a otros. Nos incomoda. Ya dije que la opción que muchos han tomado es mirar hacia otro lado y hacer como si no siguiera escribiendo, como si nunca hubiera escrito. Nos enseña lo peor de nuestro mundo. Lo señala y nos obliga a mirarlo. Discute verdades que han sido aceptadas a veces sin cuestionamiento previo. Como a todo loco que grita en el desierto, lo más cómodo es mirarlo quedándose solo y reírse de él. Es muy caricaturizable Michel Houellebecq, ciertamente. Pero no olvidemos que también es uno de los pocos escritores que realmente está dibujando una época, la nuestra, con todos sus rincones oscuros.

“El humor no nos salva; no sirve prácticamente para nada. Uno puede enfrentarse a los acontecimientos de la vida con humor durante años, a veces muchos años, y en algunos casos puede mantener una actitud humorística casi hasta el final; pero la vida siempre nos rompe el corazón. Por mucho valor, sangre fría y humor que uno acumule a lo largo de su vida, siempre acaba con el corazón destrozado. Y entonces uno deja de reírse. A fin de cuentas ya sólo quedan la soledad, el frío y el silencio. A fin de cuentas, sólo queda la muerte”. pg. 296

Más reseñas el próximo lunes
Sr. E