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lunes, 6 de enero de 2025

Mis cuentos pendientes de 2024. Una lista con diez títulos.

Mis cuentos pendientes de 2024. Una lista con diez títulos. 



Van del 10 al 1. Hay truquitos y algunas trampas, por supuesto. Espero que las sepáis perdonar.


10. Jugadores de billar, de José Avello
9. Las cosas que llevaban los hombres que lucharon, de Tim O´Brien
8. Las hijas de otros hombres, de Richard Stern
7. Tarántula, de Eduardo Halfon / Nada es verdad, de Veronica Raimo
6. Cuentos incompletos, de T. C. Boyle
5. Tiene la sonrisa de su madre: poder, deformación y potencial de la herencia, de Carl Zimmer
4. ¿Cómo perdiste el brazo, Balchowsky?, de Toni Orensanz
3. El cisne negro / Antifrágil, de Nassim Nicholas Taleb
2. Vuelos separados / Adulterio, de André Dubus
1. La llamada / Opus Gelber, de Leila Guerriero


Y hasta aquí. Mi deseo es poder darme un paseo trimestral (qué menos) por aquí. Para que no muera del todo. Espero que quede alguien al otro lado, también.

Os deseo a todos que tengáis un buen año lector.

Saludos cuentistas


Sr. E


domingo, 5 de enero de 2025

Mis cuentos pendientes de 2024. Repaso del año.

 Mis cuentos pendientes de 2024. Consideraciones.


Como no creo que haya nadie a quien le haya podido fastidiar el final de año por no llegar a tiempo con estos escritos sobre las lecturas del año, ni tampoco están las editoriales pendientes de comprar mi voluntad para que sus libros destaquen aquí, me he permitido que se me pase un poco el plazo y mi lista y reflexiones sobre las lecturas del año llegue un poco tarde. Pido disculpas si a alguien le he cambiado el paso con tal decisión. Llega el momento de hacer recuento de lo leído y ver cuánto ha marcado realmente mi memoria.  

Ha sido un año de muy buenas lecturas. De autores nuevos a los que nunca me había acercado y que se van a quedar para siempre conmigo. De libros que no esperaba y que se cruzaron por algún motivo y lo mismo, quedarán.

Han sido muchos los libros leídos este año. Tantos que me ha sorprendido. 118 libros tengo apuntados. Hay de todo. Y todos los años lo digo, pero este es más cierto que nunca, porque aunque siguen destacando la narrativa y el ensayo, hay algo más de poesía, continúa muy presente la escritura memorialística y por primera vez en mi vida adulta he estado leyendo teatro. Además, hay novela gráfica. Y bueno, libros de esos a los que es difícil encajar en ningún sitio.

Los primeros libros sobre los que tengo notas en este 2024 son El estrecho de Bering, de Emmanuele Carrère, Reloj sin manecillas, de Carson McCullers y Perder el equilibrio, de Miguel Ángel González. El año lo cerré con dos novelas negras: El juego del escondite, de Patricia Highsmith y El perro canelo, de Georges Simenon y una obra de teatro: La tortuga de Darwin, de Juan Mayorga.

2025, ya que estamos escribiendo desde el futuro, lo he empezado con una relectura de Javier Marías, Todas las almas, y La novia grulla, de CJ Hauser.


Descubrimientos: 2024 ha sido el año en el que he descubierto a André Dubus, Nassim Nicholas Taleb y Leila Guerriero. No es que yo haya descubierto nada, por supuesto. Pero he empezado a leerlos y en sus distintos niveles los tres me han impactado y he leído todo lo que he podido de cada uno. En el caso de Taleb y Guerriero, incluso venciendo ciertos prejuicios. Hay que confesarlo y hay que apuntar que está bien vencer ciertos prejuicios.

Voy a intentar destacar algunas lecturas agrupando por géneros, a ver si así consigo que todo quede más claro.

Relato breve: En enero descubrí a Dubus. Bellamente editado por Gallo Nero, me encontré en la biblioteca con Vuelos separados. Lo leí en un fin de semana y corrí a comprármelo para poder hacer una relectura anotando, subrayando y doblando hojas. En verano ya hice esa relectura. En febrero leí Adulterio, otro libro de cuentos excelente. Hay otra colección de Dubus, Encontrar una chica en América, que justamente se ha publicado en 2024, y que de momento dejo ahí, a la espera. Para no agotar toda su obra tan pronto. ¿Qué encontrá quien lea a Dubus? Hasta cierto punto a un clásico narrador americano, emparentado, cómo no, con Cheever o con Carver. Pero encontrará un toque muy particular. Un narrador lírico, muy detallista, melancólico, a veces francamente negativo, que sabe sacarle brillo a cada página.

Terminando el año me atreví a meterme con los cuentos completos de T. C. Boyle. Siempre es un poco arriesgado meterse en la narrativa completa de un autor. Sus cuentos, que edita Impedimenta, vienen bajo el título de Cuentos incompletos, pero son una narrativa casi completa. Y los cuentos de T. C. Boyle son únicos. Son el futuro visto desde los años ochenta. Son retos y desafíos técnicos resueltos con maestría. Hablaba con un amigo, también escritor, sobre ellos, y recuerdo que le dije que eso, exactamente eso, es lo que llevo veinte años intentando hacer. Que mis cuentos suenen así. Realistas pero alucinados. Idos pero lúcidos. Son una maravilla.

He anotado como destacados algunos otros libros de cuentos. Demasiada felicidad, de Alice Munro, El jardín, de Ismael Grasa, los libros de Magalí Etchebarne (Los mejores días y La vida por delante, especialmente el segundo), Una manada de ñus, de Juan Bonilla o Las chicas no lloran, de Olivia Gallo. Estas navidades leí con gusto, por si alguien quiere anotarlo para las próximas, Espíritu festivo, de Robertson Davies. Estupendo para leer junto a la chimenea.


Novela: No he leído demasiada novela. Al menos de la que se identifica claramente como tal, de la que pone unas reglas claras y las cumple y se puede identificar como ficción ortodoxa. Aun así, las ha habido buenas y muy buenas. Destaco, repensando lo leído, Perder el equilibrio, de Miguel Ángel González, una historia de venganza y mucho más, Muerte de atlante, de Rafael Balanzá, un claustrofóbico ejercicio de malabarismo narrativo del que se sale muy satisfecho, La conejera, de Tess Gunty, en la frontera entre la narrativa juvenil enloquecida y la reflexión lúcida sobre nuestro mundo, Arthur & George, de Julian Barnes, un novelista que siempre es sólido y siempre da satisfacción a quien lo lee o Las hijas de otros hombres, de Richard Stern, una novela que podría ser, repensada y releída, incluso una obra maestra. De esas que decimos menores, pero obra maestra. Pero necesitaría una relectura para llegar a decir tanto. No diría tanto como obra maestra, pero me sorprendió y me pareció de una gran solidez Jugadores de billar, de José Avello. Lo encontré en verano en una librería de casualidad, sin ninguna referencia, y me pareció una novela muy bien construida, que aguantaba perfectamente el tono durante más de seiscientas páginas. Y que es una gran desconocida de la narrativa española. Esa en la que se celebran con tantos aplausos novelas de seiscientas páginas de tono realista que se caen por todas partes.


Ensayos y divulgación: Decía que llegué a la obra de Nassim Nicholas Taleb con ciertos prejuicios. Conocía el concepto de cisne negro, y lo conocía por habérselo escuchado a alguno de esos periodistas que de todo opinan y devalúan cualquier idea. Eso, la verdad, me hacía desconfiar de la propia idea. Taleb presenta en El cisne negro una idea central. ¿Cuál? Que lo altamente improbable también sucede. Y que lo impredecible, por su naturaleza, impacta de manera definitiva en el mundo. Un cisne negro, para entendernos, es la pandemia del covid. Nadie la tenía en mente un año antes, pero sucedió. Y sucesos de esa magnitud suceden. Y nos pillan desprevenidos y alteran todo. Y quizá, y es la propuesta de Taleb, deberíamos intentar vivir con un marco mental menos gaussiano, siendo conscientes de que no siempre pasan las cosas que se supone que deben pasar. Y lo que viene a proponer en otros de los libros que he leído, Antifrágil y Jugarse la piel, es aprovechar lo improbable a nuestro favor. Esencialmente, siendo conscientes de que existe. Taleb escribe muy bien. Resulta brillante (aunque a veces se emborracha de brillantez y peca de poner un marco ellos (los académicos que no entienden el mundo) – yo (que estoy escribiendo este libro porque sí entiendo el mundo) demasiado simplista) y muy didáctico. Algunas ideas te convencerán, otras te resultarán excesivas. Pero creo que vale la pena leerlo. Sus ideas apuntan a las de Daniel Kahneman en Pensar rápido, pensar despacio, que ya me gustó mucho el año pasado, o yendo a pensadores más clásicos, a las de Karl Popper. Pensando en números y su manejo, también me ha parecido un libro de primera La señal y el ruido, de Nate Silver.

Más orientados hacia la divulgación científica, disfruté mucho, y creo que cualquiera puede hacerlo, con Historia de las especies invasoras, de Ángel Luis León Panal, Tiene la sonrisa de su madre: poder, deformación y potencial de la herencia, de Carl Zimmer, La ciencia: lo bueno, lo malo y lo falso, de Martin Gardner o Genes, chicas y laboratorios, de James D. Watson.

En otro mundo de intereses, he leído dos libros excelentes sobre la moda, la industria de la ropa y sus excesos. Libros que intentan animarte a valorar más lo bien hecho, y a buscar un modelo más sostenible. La moda justa, de Marta D. Riezu (que me ha parecido un libro mucho más redondo que Agua y jabón, la verdad) y Fashionpolis, de Danna Thomas. Merece la pena asomarse y pensar un poco sobre el exceso.


Memoria y no – ficción: Quizá sea esta sección (si lo es) aquella a la que dedico más tiempo desde hace algunos años. Este ha vuelto a pasar. Y quizá es aquí donde encuentro un mayor porcentaje de éxito en mi búsqueda de lecturas. No sé si este es el sitio de Por qué escribo, de Félix Romeo o En presencia de Battiato, de Eduardo Laporte. Lo sea o no, que es lo de menos, son libros que se disfrutan. Textos cortos, textos bonitos, libros que se quedan contigo semanas después de haberlos leído. Nada es verdad, de Veronica Raimo, entra como otro libro bonito y ligero, pero te va haciendo heriditas por dentro. Es una de esas crónicas de vida familiar en las que cualquiera puede verse reflejado, en distintos grados. Y en las que no importa, o no debería, lo reflejado que te veas, sino cómo te arrastra. Un libro para leer en una tarde y releer al cabo de algunos meses. El fin de la inocencia: Willi Münzenberg y la seducción de los intelectuales, de Stephen Koch es un libro que probablemente esté descatalogado o casi. Por suerte tenemos bibliotecas y tenemos iberlibro. Vale mucho la pena leerlo y ver lo profundamente humano que es engañarse por una ideología. Justificar lo que sea porque es lo que toca justificar al paso de la banda militar de una visión del mundo. Cosas que reconocemos a poco que miremos a nuestro alrededor, la verdad, y que Koch nos enseña de dónde vienen. Interesa tanto como da miedo. Las cosas que llevaban los hombres que lucharon, de Tim O´Brien es uno de los mejores libros que he leído, no este año, sino en mi vida. Te arrastra. Son memorias de experiencias en Vietnam, no queda claro si del propio O´Brien o de aquellos a quienes conoció, no queda claro cuáles exactamente reales y cuáles más ficcionalizadas. Da igual. Rezuma verdad. Es auténtico. Duele. Mucho. En esa misma línea de duele y duele mucho está La llamada, de Leila Guerriero. De Leila Guerriero me alejaba la banda de música que acompaña celebrando cada una de sus columnas. ¿Son buenas? Seguro, pero no sé si para tanta celebración. El caso es que volví a vencer prejuicios y cogí La llamada. Y no lo sueltas. Es imposible soltarlo. Es horrible y es precioso. Es la historia de Silvia Labayru, montonera, quizá no mucho, quizá no con grandes convicciones. Tal vez una chica frívola. ¿Qué importa? Fue una mujer secuestrada, violada y torturada por los militares argentinos. Y fue (y es) una víctima de la dictadura a quien otras víctimas se sintieron con derecho a cuestionar. Ella es un personaje fascinante. Que no quiere ser, nada más, víctima. Una mala víctima, en muchos aspectos. Y eso la convierte en un personaje complejo, lleno de detalles. Un libro de primera. Quizá mi libro preferido del año, aunque me preocupe poder coincidir con un conocido semanario de libros. Después de este, quise leer más de la autora. Y leí Opus Gelber, un retrato menos truculento pero igualmente glorioso del pianista argentino Bruno Gelber. Y una de mis últimas lecturas del año ha sido, biblioteca mediante, otro de Guerriero. Los suicidas del fin del mundo. Patagonia, epidemia de jóvenes que se suicidan. La testigo que va allí a ver, a escuchar. Muy bueno también. Cierro con un libro que no esperaba. Lo normal es que nunca hubiera dado con él. Pero gracias a un podcast que aprovecho para recomendar, El trastero (solo por la música de blues que pone ya valdría la pena), me enteré de su existencia. Y lo encontré. Y lo devoré. ¿Cómo perdiste el brazo, Balchowsky?, de Toni Orensanz, es un modelo de cómo escribir una biografía sobre alguien fascinante y hacer que el lector, que no sabía que lo necesitaba, tome conciencia de que necesitaba leer un libro sobre ese Edie Balchowsky. ¿Y quién es? Cabría preguntar quién no fue. Un músico americano, de formación clásica y origen judío, que se enroló en las brigadas internacionales y perdió un brazo en Aragón. Volvió a los Estados Unidos con una adicción a las drogas iniciada por aquellos calmantes para el dolor y un brazo de menos. Y siguió siendo pianista. Se dedicó al jazz. Como aquel mago argentino al que le faltaba un brazo y quiso aprender a hacer trucos con el que tenía. Balchowsky decidió que tocaría con una mano. Y lo hizo por clubes. Y aprendió a pintar y sus cuadros llegaron al museo de Chicago. Y fue un drogadicto. Y un mal padre. Y un mal amigo. Pero también fue un buen amigo. Y un buen padre. Y un tipo, como todos, complejo. Y un punto de referencia durante décadas en ciertos ambientes, ciertos clubes, ciertos callejones. El tipo del que se contaban toda clase de historias. El tipo que era una leyenda. Como el personaje de una canción de Tom Waits.


Y esto ha sido todo.


Mañana, eso sí, habrá una lista de las 10 mejores lecturas del año. Ha sido muy difícil elegir y ordenar. Y eso no podía ser mejor síntoma de lo bueno que ha sido el año en cuanto a lectura.


Saludos cuentistas


Sr. E

sábado, 30 de marzo de 2024

Declaración trimestral: lecturas de enero a marzo de 2024

Declaración trimestral: Lecturas de enero a marzo de 2024


Voy a intentar darme un paseo por aquí aunque sea cada tres meses y reflexionar un poco sobre lo que he ido leyendo. Escribir y explicar me ayudan a entender mejor lo que leí, supongo que como a todos.

Han salido buenas lecturas, muy buenas en muchos casos, al pensar en este trimestre. Novela, ensayo, relato, libros de esos que no sabes muy bien dónde poner pero que sin duda son de los más interesantes que uno se puede encontrar.

Como se trata de ordenar mis ideas y de que quien se acerque por aquí apunte algún título recomendado, voy a evitar hacerme mala sangre (ya me la hice en el momento de la decepcionante lectura) y no hablaré mal de algunos libros fenómeno que no justifican ningún tipo de pirotecnia alrededor. Y no hablo de bestsellers con escasa calidad o de subproductos variados. A esos no suelo acercarme. O si me acerco sé lo que son y lo que se puede esperar. Hablo más bien de libros que críticos, reseñistas, comentadores en radios y en podcasts y el habitual largo etcétera recomiendan y que no tienen sustancia alguna. No hablemos de los gustos de cada cual. A mí no me gusta Antonio Lobo Antunes pero veo que es literatura de primera. Y me gustan escritores que no son los mejores prosistas del planeta. Deberíamos saber qué es un buen libro, qué es una buena novela, un relato bien construido o un ensayo que aporta algo. Creo que con cierto bagaje lector encima sabemos de sobra, leyendo un capítulo o un par de páginas cuándo un libro es banal. Decíamos que no veníamos a hacernos mala sangre.

Libros que terminé en enero pero venían casi del año pasado:

Me pasó con dos libros de Carrère. El estrecho de Bering es una buena lectura. No es un Carrère top pero se lee bien, y tiene interés por lo que cuenta, una historia de la ucronía y por lo tanto una historia de lo que no ha sucedido. Y es interesante porque Carrère parece que está tomando notas y escribiendo para sí mismo y nos va preguntando qué hubiera pasado si... enlazándolo con decenas de obras y situaciones históricas. El otro libro de Carrère que cambió conmigo de año fue V13. Son las crónicas del juicio por el atentado de la sala Bataclan de París, en noviembre de 2015. Confieso que llegué a él desde la pereza. Me parecía que sería un refrito de aprovechamiento de la editorial. Ya que Carrère había estado escribiendo para la prensa sobre el juicio, lo empaquetamos, encuadernamos y vendemos. Lo estuve viendo semanas en la biblioteca y me resistía. Y en un momento bajé la guardia y lo cogí y es un libro de primera. Son crónicas periodísticas del juicio pero todas juntas tienen una coherencia y una hondura que te va haciendo un nudo en la garganta. Seguramente fue el primer gran libro que he leído este año.


Algo divulgativo: Disfruté como un enano, algunas semanas después, de Historia de las especies invasoras, de Ángel Luis León. Mi formación académica es científica pero la Biología es una de las disciplinas de las que menos sé en el mundo. Posiblemente mi último curso reglado en Biología fue 3º de la ESO y nunca he sentido mucho interés por leer sobre ella. He leído mucho más, alejado de mi formación, sobre historia, sobre sociología, sobre cine y artes. Me encantan, eso sí, los libros de curiosidades. Y este lo es. Empieza con los hipopótamos del zoológico de Pablo Escobar, convertidos en reyes del entorno desde que se escaparon, y desde ahí va hacia arriba. Noto, cuando leo divulgación y ensayo, en general y con lo que tiene de injusta la generalización, una diferencia evidente entre el ensayo y la divulgación que viene del ámbito anglosajón y una tradición más centroeuropea y francesa, que marca más el molde en España. La diferencia se manifiesta en la calidad narrativa. En la intención de llevarte por el tema con imágenes potentes y un ritmo bien llevado. Cuando leo divulgación espero algo así. Y aquí está. Es un libro estupendo, supongo que poco conocido, y muy disfrutable para cualquiera con curiosidad. Edad de 10 a 99 años, como se suele decir.

En una línea parecida, brillante, entretenido y capaz de conducirme por el mundo de la biología, aquí especializándose en la genética y no en la zoología, Tiene la sonrisa de su madre: poder, deformación y potencial de la herencia, de Carl Zimmer es otro libro estupendo. Divertido, lleno de conocimiento y relacionando la herencia genética con todos los ámbitos en los que la herencia, desde lo más material a lo más espiritual, puede aparecer.

He leído estos meses un libro que no conocía de Carson McCullers, Reloj sin manecillas, y solo puedo decir que todo lo que se lee de Carson McCullers vale la pena. Es una novela delicada, brillante. Fue el último libro que Carson McCullers escribió y el tema central podríamos decir que es la muerte. Un farmacéutico de un pequeño pueblo sureño se enfrenta al diagnóstico de una enfermedad mortal y debe aprender a convivir con ello. Su visión del mundo cambiará (cómo no va a hacerlo) y me recordó a la película (estupenda), Living, de hace un par de años, remake de Vivir de Kurosawa.


Un gran descubrimiento: Llegué a su nombre por una recomendación vista en redes sociales, no recuerdo exactamente dónde. Algo bueno tienen también las redes, no se lo neguemos. Leí y apunté el nombre de André Dubus y viendo que lo editaba Gallo Nero y lo bonitas que eran las portadas fui a la biblioteca a por algo. Leí Vuelos separados, que fue la primera colección de relatos publicada por el autor, en 1975. Y fui a comprarla para poder releerla a no mucho tardar y subrayar y apuntar sobre ella. Hay al menos dos relatos ahí dentro a los que el calificativo de obra maestra no les queda grande. Y después pude leer Adulterio y puedo decir lo mismo. Estoy esperando la creo que inminente publicación de Encontrar una chica en América para volver a entrar en ese mundo de historias de parejas que se rompen, de tristezas íntimas y de decepciones y miedos. La obra de André Dubus, esos relatos tan estupendos, me llevaron a plantearme por qué unos autores americanos nos llegan y nos los venden como los grandes autores de su generación y otros nos acaban llegando casi cincuenta años después y son escritores de primera. Me gusta Carver, o me gustó Carver, pero me pregunto qué tenía Carver para que nos bombardearan con él y para que fuera la entrada a un canon en el que empezamos muchos a leer a finales de los noventa y primeros dosmiles y no tenían Tobias Wolff o Lorrie Moore o André Dubus o Deborah Eisenberg. Y ya sé que Lorrie Moore es muy conocida, pero no como Carver, y Tobias Wolff tuvo unas cuantas obras en España, y hasta sus cuentos completos, pero sin comparación con lo que había alrededor de Carver hace veinticinco años.


Algunos clásicos: He leído algunos clásicos. Y los he disfrutado. He vuelto a leer La casa lúgubre (anteriormente titulada como Casa desolada) y confirmo que me parece el mejor libro de Dickens. He leído, y nunca lo había hecho, Madame Bovary. Me encantó. Es absurdo que yo diga eso, ya lo sé, porque al final los clásicos son los que deben. Disfruté también la breve lectura de la edición con El crimen de la Calle Fuencarral y El crimen del cura Galeote, de Pérez Galdós. Algún día terminaré de leer, que lo cojo y suelto por temporadas, Las ilusiones perdidas, de Balzac.


Disfruté mucho, aunque: De Lake Success, de Gary Stheyngart. Lo leí con ansia. Lo devoré, como se suele decir. Es una novela muy bien armada. Una obra pop nihilista sobre yonquis del éxito y el dinero que descubren que la vida no va siempre cuesta abajo, esencialmente. El aunque, los peros, los tengo por ahí. Creo que no es para cualquiera. Pero creía que no era para mí. Lo cogí en la biblioteca sin tener muy claro por qué y lo disfruté. Pero dejo la advertencia de que no a todo el mundo le convencerá.


Libros anfibios: Tengo apuntados tres libros que me gustaron mucho, cada uno por sus motivos, y que creo que no pueden ser más distintos entre sí. Los últimos días de Roger Federer, de Geoff Dyer, toma a Federer como excusa e hilo conductor y escribe sobre el final. El final por la muerte, el final por el abandono, el final por el olvido, el final por la rendición. Es un libro corto, poético, con capítulos más cortos. Se lee a sorbitos, si puede ser al sol de invierno, con un té cargadito o un buen café en la mano. Buscaré más libros del autor, que parece tener intereses muy variados y obras sobre temas diversos. No creo que vaya a leer algo mejor este año que Las cosas que llevaban los hombres que lucharon, de Tim O´Brien. Es novela pero no es ficción pura. Tampoco es memoria ni crónica. Es un poco de todo y es una experiencia de lectura brutal sobre lo que tener 20 años y pasarte dieciocho meses en Vietnam puede suponer. ¿Cómo se vuelve de algo así? ¿Se vuelve? ¿Es posible? ¿Qué pasa con los fantasmas de los que no vuelven? Todo eso está en el libro, y la lectura tira tanto de ti como la sensación de que deberías dejar de mirar, porque resulta una experiencia violenta. En presencia de Battiato, de Eduardo Laporte, es un libro pequeño y muy bonito. Habla, no hay sorpresa, de Franco Battiato. Y habla sobre todo de lo importante que el arte puede ser en la vida de una persona. El arte, aquí la música de Battiato, acompaña, consuela, enseña, nos lleva a pensar en nuevos caminos. Soy battiatiano tardío. Llegué a él después de su muerte. Por un amigo que representa lo mismo que gente como Laporte, que se vio tan afectado y ante un vacío tan grande que tuvo que sentarse y escribir un libro. Olé por el editor que decidió ir adelante con la idea, añado.


Los viejos amigos: Quienes paseáis de vez en cuando por el blog sabéis que no me gusta decir que este es el mejor libro del mundo y callarme que es de mi amigo. Me parece poco honrado. No soy objetivo con mis amigos porque son mis amigos. Cualquiera lo entiende. Tengo la suerte, con todo, de tener pocos amigos escritores (eso ya es una suerte, cualquier escritor con muchos amigos escritores os lo podría confirmar) y de que sean muy buenos. Baste decir que no tendré más de cuatro escritores en mi agenda del móvil y dos de ellos han sido ganadores del Premio Café Gijón. Hablamos de escritores de primera, miembros de ese selecto club. Los dos han sacado libro en este trimestre.

Miguel Ángel González llegó a finales de enero con Perder el equilibrio. No es su primera novela, pero es quizá la primera de sus novelas que va a llegar a un público más grande. De momento ya está nominada al premio a la mejor novela negra del Festival Valencia Negra de este año. Perder el equilibrio es una historia de venganza. Jonás ha perdido mucho más que una pierna. Ha perdido una vida y quiere que alguien pague por ello. Y urde un plan que iremos descubriendo capítulo a capítulo, entre viajes a otros lugares y vueltas al pasado y el futuro. Seca y poética, se adapta perfectamente al molde de la novela negra pero lo enriquece. Chandler también escribía novela negra. James M. Cain. Este libro de Miguel Ángel se acerca más a Cain que a Chandler. Por si os suena menos, aprovecho para recordar que Cain es un autor enorme. La novela tiene poesía y bajeza. Vuelos transatlánticos y un plan que se va acercando a su resolución. Humor negro. Un muy buen libro.

Rafael Balanzá eligió el 29 de febrero, y apuesto a que no fue casual, para que saliera su nueva novela después de seis años. Muerte de atlante es un libro que a primera vista podría parecer también una novela negra. Pero creo que le encaja mejor la etiqueta de thriller. Balanzá se resiste siempre a los moldes y los subvierte desde dentro. Hay narración pura y thriller. Hay de hecho una historia super concentrada, doce tensas horas en el interior de un buque dedicado a la investigación en el que aparece el cadáver de una de sus tripulantes. No será, e intento no destripar demasiado, el único. No hay que averiguar quién ha sido. Lo sabemos. Hay que asistir a lo mejor y a lo peor, sobre todo a lo peor, de la condición humana. Los libros de Rafael Balanzá suelen ser profundamente humanos, y sirven para recordarnos lo peor de la especie. Algo que puede considerarse accidental pone en marcha la trama. Y hay que sobrevivir.


Lo que me dejo: apuntes sobre una serie de ensayos que estoy leyendo y que están modificando algunas de mis ideas sobre el mundo y la manera de estar en él, por grandilocuente que suene. Intentaré dedicarles un post cuando los acabe de pensar. Y la mala sangre que quería evitar al pensar en algunas lecturas fallidas, no por fallidas sino por celebradas en su insustancialidad. Hay un título, ahora vuelvo a verlo, que quizá necesite un ajuste de cuentas, pese a todo.

Seguiremos leyendo. Y comentándolo de vez en cuando.

Felices lecturas

Sr. E


jueves, 23 de diciembre de 2021

Mis cuentos pendientes de 2021 (I)

Mis cuentos pendientes de 2021 (I) 

Me da bastante vértigo plantearme que se acaba un año como 2021. Vértigo por cómo ha sido el año y vértigo por ver cómo siguen avanzando los calendarios y recuerdo cosas de 1989 o de 1992 como si fueran de ayer y ya son de hace varias glaciaciones. Todos nos hacemos mayores y ese sentimiento lo ha tenido, tiene o tendrá todo el mundo, ya lo sé. Pero cuando es mío me afecta más, como es lógico. 2021 ha sido el segundo año de pandemia, y el segundo año de lecturas de pandemia.

¿Qué tendrá que ver? No debería tener que ver, pero noto que estos casi dos años han afectado a mi manera de leer. Así como los meses de encierro iniciales afectaron a mi capacidad de concentración y seguimiento de los libros, la vuelta a las bibliotecas y a la lectura con cierta lucidez me han llevado a querer leer libros que sé que me van a aportar algo especial.

Eso no quita que siga pendiente de las novedades, o que no le eche un ojo a según qué prestigiosos autores contemporáneos, pero intento concentrarme en valores seguros, o en aquellos que no conozco pero creo que pueden aportarme más.

También cuenta, y está relacionado con lo de seguir cumpliendo años, que cada vez uno entiende mejor los funcionamientos del mercado editorial y comprende cuánta verdad (muy poca) hay en esas llamadas a la excelencia que hacen que ciertos libros sean lo mejor del mes, incluso del año, y nadie (ni quien los encumbró) los recuerde pasado un nuevo año. O que haya quien encadena obras maestras, una detrás de otra, sin relajo ni descenso en la calidad de su producción. No buenos libros, no buenas novelas, sino puras obras maestras. De esas de las que Thomas Mann escribió quizá tres, Dostoievski tal vez cuatro.

Esta última entrada del año (en un año en el que ha habido tan pocas entradas) me vale para ir haciendo revisión de los libros que he ido leyendo durante el libro. Han quedado anotados 130 libros, a tres por semana. Algunas lecturas solo fueron parciales, por supuesto, libros de los que sentí que ya había leído suficiente y que terminé en ocasiones en diagonal. Anoto relecturas, que tampoco siempre son totales. Pero vamos, lo importante no es lo numérico.

Algunos de esos libros anotados ya había olvidado que los había leído. Otros, al revés, sentía que los había leído hacía más tiempo, de tanto como he pensado sobre ellos.

Es gratuito, siempre, intentar seleccionar diez libros y resumir en ellos lo mejor que uno ha leído. Pero también está bien ayudar a la memoria a filtrar.

Me han gustado mucho otros libros, y empiezo de hecho hablando de ellos.

Luego llegaremos a esa lista de diez.

Hay de todo. O eso me parece. Y está bien que sea así.

Lo que no hay es ningún llamamiento a que estos sean los mejores libros del año, porque salvo excepciones no son de este año. Ni pretendo imponer un criterio de lo mejor. Son los libros que mejores momentos de lectura me han dado.


Empiezo hablando de relecturas: Cada vez las programo con más frecuencia y siento que me aportan más. Hace cosa de un año releí Doktor Faustus, que había leído con veinte años (si no menos) y me di cuenta de todo lo que el libro me decía ahora y no me había dicho entonces, habiéndome gustado ya mucho. Este año abordé algunas relecturas importantes y que me llevaron a momentos estelares de mi año lector, como fue la lectura completa de todos los cuentos de Roberto Bolaño. Leo sus cuentos, (algunos) con gran frecuencia, forma parte de mi dieta básica de lectura cuando escribo, (en la que entran Cortázar, Bolaño, Kafka, Keret, poquitos más). Pero no me había puesto a leer todos sus cuentos, desde el primero de Llamadas telefónicas hasta el último de El secreto del mal. Y en verano lo hice. Con un volumen de bolsillo ideal para viajar con él, me di el gusto de volver a todos los cuentos de Bolaño, un autor que aunque va a quedar como novelista, era esencialmente un cuentista. Le recomiendo la experiencia y el viaje a cualquier lector interesado.

Como recomiendo otras relecturas del año, que también fueron acompañando mi verano. Una fue la que quizá es mi novela preferida, una de las novelas largas y decimonónicas por excelencia (aunque no sea precisamente canónica), Moby Dick, de Herman Melville.

Otra fue una novela bastante breve, que creía recordar con cierta frecuencia pero de cuya perfección (absoluta) no era ya tan consciente. Hablo de Desgracia, de J. M. Coetzee. En mi recuerdo esta era su mejor obra, aquella novela en la que su escritura, siempre afilada, siempre precisa, se desarrollaba sobre una historia bien desarrollada, que no fuera una mera estructura sobre la que exponer una manera de escribir, que es la sensación que otras de sus novelas me han dado. Confirmo que es su mejor obra. Subo la apuesta y después de la relectura digo que es una de las mejores novelas de esta época.


Ha sido también relectura, pero sobre todo ha sido un gustazo: Leer los Relatos Cortos completos (en dos volúmenes) de Sherlock Holmes, de Arthur Conan Doyle. En mi formación inicial como lector estuvo muy presente Sherlock Holmes. A mis nueve y diez años fui un enamorado de Sherlock Holmes que de vez en cuando se metía en novelas de Julio Verne (y que nunca se alejaba demasiado de todo tipo de cómics). Durante algunos años más seguí leyendo a Sherlock Holmes y en algún momento de mi primera adolescencia leí también sus novelas. Digamos, con todo, que podía hacer veinte años que no leía sus relatos. Y me compré, en un impulso melancólico, estos dos volúmenes con todos ellos. Y volví a leer con la inocencia perdida (perdón por el exceso lírico y cursi), sin analizar, sin detectar los trucos (evidentes, repetitivos), dejándome llevar a ese mundo. A veces damos por sabidos a algunos autores y algunas obras por sobreexposición, y vale la pena leerlos (o volver a hacerlo). Si alguien muy lector no los ha leído, creo que los disfrutará. Si alguien no lee demasiado y quiere algo así como un entretenimiento inteligente, que tampoco lo dude.

Me han gustado, pero reconozco que no entiendo todo el ruido alrededor. Aquí traigo libros que se leen bien, que aportan buenos momentos literarios o algunas reflexiones interesantes, pero que no entiendo que despierten pasiones (ni a favor ni en contra). Libros a los que si les pusiera una nota les pondría un bien alto, todo lo más un notable bajo. Panza de burro, de Andrea Abreu, Feria, de Ana Iris Simón y La uruguaya, de Pedro Mairal (este además ha sido en la segunda lectura, recuperó nota aquí sin maravillarme, cuando lo leí por primera vez le puse mentalmente un insuficiente). Entiendo que es muy posible que el problema sea mío. Pero como son mis lecturas, se quedan con mis sensaciones.

Siempre son escritores soberbios, aunque estas no han sido sus mejores obras: Ambos libros podrían estar entre las diez mejores lecturas del año, sin duda. Pero son autores de los que espero tanto que me he llevado una pequeña decepción, porque ninguno ha hecho su mejor libro. Quedan, con todo, totalmente recomendados, libros y sobre todo autores. Tokio Redux, de David Peace y Avería en los confines de la galaxia, de Etgar Keret. Quede dicho también, porque algo significa, que el libro del mejor cuentista vivo del mundo (Keret, cualquiera que lo haya leído lo confirmará) saliera casi en silencio en España, y que a los pocos meses fuera prácticamente imposible encontrar copias en ninguna librería.

No vamos a caer aquí en el halago excesivo a los amigos: Y únicamente por eso no quiero meterlo entre las diez mejores lecturas del año. Pero si ha habido un libro en España este año que hubiera merecido mucho más éxito y mejor acogida (habiéndola tenido buena), ha sido Un nublao de tiniebla y pedernal, de Miguel Ángel González. En un momento en el que se nos quieren vender como valores literarios máximos la autenticidad y la memoria, no hay un libro más auténtico, más emotivo y más lleno de verdad (de la literaria, que es la que importa; la otra, la de cada día, es cosa del autor, y como su libro dice al final, además, si os contara exactamente lo que pasó quizá no me creeríais). Ya le gritaba Jack Nicholson a Tom Cruise en Algunos hombres buenos aquello de: ¿Quieres la verdad? Tú no puedes soportar la verdad. Un homenaje loco a un clan que no debe ser menos loco, capitaneado por un abuelo que siempre supo hacer magia sin haber sido mago.

Apuntes interesantes de autores noveles: Hay cierta coincidencia generacional con estos dos libros y eso empaña un poco la objetividad con la que los he leído (no me dedico a juzgar libros, así que no pretendo ser objetivo, solo lo advierto). En el caso de Videoclub, de Aarón Sáez, la coincidencia es además geográfica y la dificultad doble. Ha escrito un muy buen libro, ligero, simpático, que es a la vez (y es admirable que logre el doble objetivo, que no sé si lo era como tal) una refutación y un elogio de la nostalgia. Tiene un muy bien logrado punto costumbrista millenial, aunque a veces las digresiones se vayan a puntos de fuga de los que no vuelven. En la historia que nos cuenta vemos que la nostalgia es un lastre pero también un refugio. Y no nos quiere dar ninguna lección, solo contar una historia, que es para lo que se escriben las novelas. Y eso también se agradece. Los nombres propios, de Marta Jiménez Serrano, ha tenido mucho éxito comercial, y lo merece, porque es una excelente primera novela. Hay una voz propia, poderosa, y una historia bastante corriente, la de una chica que crece, y la cuenta a través de un recurso muy original, la amiga invisible de esta chica, que no la abandonó en la infancia, cuando estas suelen desaparecer. Es una novela divertida, es fresca. Está muy bien. A ambos libros, debo decirlo también, les he notado demasiado el andamiaje de taller de narrativa (sin siquiera saber si se han escrito al amparo de esos talleres, pero mi sensación ha sido esa). Se nota que son novelas iniciales y que han seguido patrones de construcción más o menos fiables y probados, y en futuras entregas tendrán que ir retirando las ayudas y construir algo totalmente propio.


No ha sido mi año de mayor amor hacia la narrativa de ficción, pero si me preguntáis por una novela que sea perfecta, os diría esta: Todos los hermosos caballos, de Cormac McCarthy. Me mantenía sin haberme estrenado con este autor americano. Una novela con ese título, debo decirlo, me hacía temer lo peor. Pero es un verdadero novelón. Una maravilla. Un prodigio narrativo, además, perfectamente equilibrada. Hablaba de Desgracia, de J. M. Coetzee, como novela perfecta. Esta no lo es menos. Después ya he leído En la frontera, continuación espiritual, y Ciudades de la llanura espera su momento.


Un poco de diarios: Me he ido convirtiendo, en estos últimos años, en un lector muy volcado en los diarios, memorias, dietarios y otras formas de la memoria personal. Aparte de seguir explorando a mis clásicos (capitaneados por Trapiello), me he acercado al primer volumen de los diarios de André Gide, que no me ha llevado a ningún éxtasis. Los diarios que más me han dicho este año han sido sin duda Lo que fue presente, de Héctor Abad Faciolince, de quien aún no he podido leer El olvido que seremos. En este cuaderno, Abad Faciolince, un niñato enviado a estudiar a Italia, va evolucionando, entre las trampas de la vida y los castigos (el asesinato de su padre aparece ya aquí). Valoro especialmente, además de ciertas reflexiones sobre la trascendencia en la creación o el amor y el deseo, lo crudo y poco compasivo que es consigo mismo, que creo que es algo que todo aquel que se expone hace, antes o después. Son excelentes también los apuntes de Ya sentarás cabeza, de Ignacio Peyró. De Peyró me separan cuatro años, muchos litros de whisky (yo solo soy, y muy moderadamente, bebedor de bourbon), los puros, las creencias religiosas y muchos restaurantes que le envidio. Nos separan las fincas y el modo en que hemos desperdiciado los veranos. Pero he sentido leyendo el libro que todo eso son cuestiones secundarias, que su visión trasciende todo lo circunstancial y apunta a verdades mucho más importantes. Que es de lo que tratan los buenos libros. Aunque use esa parte circunstancial a veces como frívolo atrezzo, y nos haga reír en algunas páginas, que lo hace.

Continuaremos en unos días. 

Seguimos leyendo

Saludos cuentistas

Sr. E

viernes, 28 de diciembre de 2018

Mis cuentos pendientes 2018


Mis cuentos pendientes de 2018

Acaba el año y me apetece hacer recuento y valoración de mis lecturas de este período. Por la combinación de circunstancias familiares y laborales, he tenido meses de muchas lecturas y otros de menos. Al final, como veo que es costumbre en mis últimos años, el total de libros (aunque creo que en esto como en tantas cosas no se trata de cantidad) ronda los 100. Este año he anotado 109 libros. Otros años, llegando a estas fechas, elaboraba una lista de 10 libros (con distintas trampas para colar siempre alguno más), sin separar géneros. Pero esta vez creo que me apetece más clasificar (con lo tramposo que es a su vez esto) mis lecturas por alguna característica (más que género) y destacar unas pocas en cada uno de esos grupos. He releído más que otros años y he ido leyendo como viene siendo tendencia ya en los últimos años más ensayo y no – ficción, en algunos meses casi tantos libros de estos como de ficción. Sigo tachando clásicos pendientes, aunque siempre quedarán huecos por ahí, y siempre habrá clásicos que no me atraigan (como a cualquier lector), y aunque mi memoria trataba de engañarme diciéndome que no había leído demasiados libros de cuentos, resulta que han sido 16. Incluso nunca hubiera dicho que había leído 7 cómics, y resulta que sí, así que hasta recomendaré alguno. Normalmente leo bastante novela negra, y cuando no es negra, de terror, y este año también (unas 15), pero debo reconocer que ninguna ha quedado especialmente en mi memoria, quizá la mejor ha sido Tiempos oscuros, de John Connolly, una buena entrega de su serie de Charlie Parker, pero tampoco un libro a recordar, y a ratos Corrupción policial de Don Winslow, un autor con el que insisto e insiste el mercado editorial pese a que nunca ha vuelto a acercarse al nivel de El poder del perro. Me ha costado hacer una diferenciación clara entre novelas de ficción, autoficción y narrativa no – ficcional, porque mucha autoficción tocaba por sus extremos a cualquiera de las otras dos, y no sabía muy bien qué hacer con las novelas que no son de autoficción pero que juegan a parecerlo, así que bajo esas etiquetas hay a veces artefactos narrativos que realmente no tienen demasiado que ver unos con otros. Lo importante, y quizá sea lo esencial al final, es que los libros que destaco considero que merecen una lectura, más allá de dónde podamos (o queramos o debamos) clasificarlos, o si lo mejor sería no clasificar tanto.

Empezaré con la narrativa larga
Novela traducida.
Me refiero a novela traducida más o menos contemporánea (porque luego decidir qué es o no un clásico es difícil, y siempre arbitrario, como ese stand de la librería de El Corte Inglés de Goya donde dice: Clásicos hasta Generación del 27, pero te puedes encontrar libros de García Márquez, Rayuela de Cortázar o El túnel de Sabato). Es el grupo al que puedo asignar mayor número de lecturas (algo más de 40), entre las que destaco especialmente



1. GB84, de David Peace (Hoja de Lata)
2. No, mamá, no, de Verity Bargate (Alba)
3. Némesis, de Philip Roth (Mondadori)
4. Tránsito, de Rachel Cusk (Libros del Asteroide)


Novela en español
¿Sólo uno? Sólo uno. He leído menos novela en español que traducida, es verdad, unas 10 novelas, y por honestidad intelectual (por ponerle un nombre) he decidido no destacar dos libros que me han gustado al mismo nivel (al menos) que el de Sara Mesa, pero que han escrito amigos y que además me invitaron a presentar, y me parece siempre feo destacar: El libro de mis amigos, ese mismo que yo presenté, es muy bueno, de lo mejor del año. Así que los vuelvo a dejar recomendados, pero no los meto a competir, por decirlo de alguna manera, son: Cariño, de Miguel Ángel González, y Distinta Clara, de Alba Ballesta, y ambos tuvieron reseña en su momento.


Clásicos
¿Dónde empiezan y terminan los clásicos? Supongo que llamo clásico a todo libro que está en un panteón, que ya no se discute, y como decía alguien, que casi no se lee. Novelistas del XIX, Premios Nobel, esas cosas. A los clásicos nos acercamos a veces con una reverencia, y con temor a no entenderlos. Nos acercamos a veces también con medio bostezo ya en la boca, y la verdad es que lo apropiado sería plantearse que algo tendrán cuando llevan décadas o siglos leyéndose. Muchos de los que he leído este año, aparte de más o menos importantes y destacables por sus cualidades literarias, han sido lecturas muy entretenidas. Me pregunto ahora por qué no había leído antes libros como:
1. Las palmeras salvajes, de William Faulkner (Edhasa)
2. Los Buddenbrook, de Thomas Mann (Edhasa)
3. La caída, de Albert Camus (Alianza)
4. Los papeles póstumos del Club Pickwick, de Charles Dickens (DeBolsillo)


Ensayo (o aproximaciones cercanas)
Teniendo un concepto elástico del ensayo (o sabiendo, sencillamente, que bajo el nombre de ensayo puede haber textos de ambiciones, construcciones y formas), cada vez disfruto más metiéndome en sus páginas, flipando con la realidad como a veces me cuesta hacerlo con la ficción, igual que me pasa con los documentales y las series documentales en vez de con el cine. Aquello de que la realidad supera a la ficción se convierte muchas veces en una verdad, como cuando he leído:
1. Historia alternativa del siglo XX, de John Higgs (Taurus)
2. Cronometrados, de Simon Garfield (Taurus)
3. Del boxeo, de Joyce Carol Oates (DeBolsillo)
4. Las especias: historia de una tentación, de Jack Turner (Acantilado)
5. Biblioteca bizarra, de Eduardo Halfon (Jeckyll y Jill)


Autoficción y No – ficción:
Estos libros podrían estar en otras de las categorías, pero he decidido agruparlos aquí, sabiendo que uno además es simplemente una biografía.
1. Fun Home, de Alison Bechdel (Reservoir Gráfica)
2. La casa de los lamentos, de Helen Garner (Libros del KO)
3. El dolor de los demás, de Miguel Ángel Hernández (Anagrama)
4. Open, Memorias de André Agassi (Duomo)





Libros de cuentos
Conozco pocas sensaciones tan difíciles de olvidar como caerte en un libro de cuentos realmente potente. Quizá solo darte cuenta de que estás escribiendo uno y que está funcionando (sin pretender comparar niveles, claro). ¿Cómo debió sentirse Gógol por ejemplo escribiendo en un breve periodo de tiempo obras maestras consecutivas del relato como El capote, La nariz y La avenida Nevski? ¿Cómo no sentirnos hoy impresionados ante algo así? A Gogol lo pongo en la lista aunque es en cierto modo relectura, ya que leí hace dos años una colección con sus cuentos completos, y estos, claro, estaban allí (y ya veo que los destaqué como los mejores). Aún así, no ha sido el libro de cuentos que más me ha llenado en este año de lecturas. Y algunos que he leído aunque no los he situado en la lista me parecen también muy buenos (Pájaros en la boca y otros cuentos, de Samantha Schweblin o Las cuatro estaciones, de Ana Blandiana, por ejemplo).
1. Cuentos escogidos, de Joy Williams (Seix Barral)
2. Cuentos de San Peterburgo, de Nikolai Gógol (Alianza)
3. Cuentos escogidos, de Shirley Jackson (Minúscula)
4. Estabulario, de Sergi Puertas (Impedimenta)
5. En el corazón del corazón del país, de William H. Gass (La Navaja Suiza)


Descubrimientos, rarezas, rusos que han ido apareciendo en mi vida
Hay libros que aparecen sin esperarlos, o libros que nunca pensaría que iba a leer (con esos títulos, con esos resúmenes), libros a los que llegas desde otros libros, o autores que caen por casualidad en tus manos y te obligan a apuntar sus nombres. Eso me ha pasado con algunos libros este año, como me pasa todos, y ha sido constante durante todo el año la aparición de autores rusos poco conocidos (al menos para mí), algunos autores de género (negro, de ciencia – ficción, espías) rusos y alguien a quien seguiré descubriendo, Sergei Dovlatov.
1. Retiro, de Sergei Dovlatov (Fulgencio Pimentel)
2. Moscú 2042, de Vladimir Voinovich (Automática)
4. Magma, de Lars Iyer (Pálido Fuego)


Cómics
Ya colé Fun Home en la parte de autoficción. También me han emocionado los dos primeros volúmenes de la serie Los combates cotidianos, del francés Manu Larcenet (Norma Editorial). Me quedan otros dos que caerán a principios de 2019.








Fuera de categoría
Nunca pensé que acabaría leyendo un libro como Las confesiones de San Agustín de Hipona (Tecnos). Un amigo lleva años recomendándolo, y siempre me sonó a recomendación friki. Otra amiga me lo regaló hace unos años y dormía en mis estanterías hasta que este verano lo cogí y estuve leyéndolo y releyéndolo durante muchas noches. Supongo que es un libro que normalmente se leerá desde la fe, y yo lo he leído desde lo ajeno y como un artefacto literario. Y como obra literaria me planteé que puede ser el libro con el que empieza toda la autoficción que haya podido venir después. Y entre reflexiones lúcidas y miradas en un espejo cruel disfruté mucho de él. Tanto que sigue en mi mesita, como algo que leer de vez en cuando, más en busca de consuelos que de consejos, como contaba Philip K. Dick que hacía con el I Ching. Pero creo que es un libro tan distinto que no tiene sentido tratar de colarlo en una lista de lecturas del año, entre novelas, cuentos y ensayos.


Por no romper del todo la continuidad con otros años, he ido decidiendo, según escribía estas líneas y aclaraba mis propias ideas y jerarquías, dar un listado del 1 al 10, tentativo, lleno de dudas, pero que trate de resumir lo resumido.
1. GB84, de David Peace

2. Las palmeras salvajes, de William Faulkner

3. Cuentos escogidos, de Joy Williams

4. Historia alternativa del siglo XX, de John Higgs

5. Cara de pan, de Sara Mesa

6. No, mamá, no, de Verity Bargate

7. Cronometrados, de Simon Garfield

8. Cuentos escogidos, de Shirly Jackson / Estabulario, de Sergi Puertas

9. Fun Home, de Alison Bechdel

10. Némesis, de Philip Roth


Todos los títulos que he incluido en esta entrada son, en cualquier caso, grandes libros, que me han hecho disfrutar y sentir algo distinto. Espero que algún lector decida apuntarlos y darles una oportunidad, lo agradecerá.

Felices lecturas

Seguiremos leyendo en 2019

Sr. E