jueves, 20 de julio de 2017

Recomendaciones para el verano (II)

Recomendaciones para el verano (II)

Seguimos con la labor interrumpida de dar algunas ideas para aquellos que dicen: me gustaría leer algo en verano, pero no sé qué. Espero que alguno de estos libros os despierte los apetitos lectores.



Clásicos

Historia de dos ciudades, de Charles Dickens (Alba): En esa competición de citas literarias tomadas a toda prisa de Wikiquote que fue la moción de censura presentada por Pablo Iglesias, Albert Rivera se calzó un Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, el célebre comienzo de esta novela. Quizá merece la pena leer el libro completo, en verano, aunque solo sea para recordar tiempos más nobles de la política (aunque nobles quizá no sea el término, en esta historia con tantas traiciones, dobleces, espionajes; dejémoslo en tiempos más inocentes) y para sentirnos nosotros, los lectores sin partido, algo por encima de nuestras señorías, diputados y diputadas.

Diarios de Adán y Eva, de Mark Twain (Valdemar): De Mark Twain había leído hace muchos años Las aventuras de Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry Finn. Pocos autores deben estar tan ampliamente citados (y probablemente tan mal citados, como todos aquellos cuyas citas inundan las columnas periodísticas y las bocas de los tertulianos de radio) como Twain, que ya sabemos que no se llamaba así. Hace cosa de un mes me hice con este librito en la biblioteca y me resultó una lectura fresca, moderna, irónica, ágil, que nos habla de las relaciones de pareja, los problemas de la convivencia, la creación de los mitos. Un librito muy adecuado para las mañanas en la playa.

Los Miserables, de Víctor Hugo (Alba): Llevo algo así como 10 veranos diciendo que este verano leeré Los Miserables. Por el camino he visto varias versiones cinematográficas y sigo sin leer el libro. Este verano vuelve a mirarme desde la estantería, invitándome a abrirlo. Os invito a todos a ir a por él.







Una autora olvidada

Rosa Chacel: Llegué al nombre de Rosa Chacel gracias a Mario Levrero, quien la admira ciegamente en La novela luminosa. He leído de momento dos libros que se mueven entre la memoria y la ficción, recreando su infancia y adolescencia, con voces narrativas ágiles, fluidas, con una prosa muy trabajada y mucha personalidad. Esos libros son Memorias de Leticia Valle y Barrio de Maravillas. Y como el verano también es un buen momento para echar la vista atrás y recordar veranos pasados, recomendados quedan.



Novela negra

La serie del detective Charlie Parker, de John Connolly (Tusquets): Todos los veranos leo una o dos de las novelas de esta serie. John Connolly mete en una coctelera el género negro, bastante imaginería fantástica, con demonios y ángeles en lucha permanente, y el propio Parker entre ambos mundos sin saber demasiado bien dónde encaja, libros satánicos y evangelios apócrifos. Todo ello mezclado con estructuras cuidadas, buenas frases, y servido frío. Los primeros libros nos enseñan a un Charlie Parker destrozado por el asesinato de su mujer y su hija, que se le aparecen como fantasmas. Resentido y violento, empieza a trabajar como detective privado, siempre en casos oscuros. Pasada la fase del duelo, por así decirlo, la figura de su mujer y su hija van perdiendo fuerza. Tiene otra mujer y otra hija, pero la oscuridad sigue a su lado. La oscuridad nunca lo abandona, así como esos casos en los que siempre asoma, junto a un caso de desaparición, o asesinato, un mundo extraño, violento, milenario, que trata de atraerlo.

Novelas de Gillian Flynn (Mondadori): Perdida es una novela que funciona como un instrumento de relojería. Pone la bomba, hace muy rápido la cuenta atrás y estás atrapado, lector. Leí la novela antes de que saliera la película (que también te atrapa) y me gustó mucho, fue una novela perfecta de verano. Estos últimos meses he leído las dos novelas anteriores de Gillian Flynn, Heridas abiertas y Lugares oscuros. Ambas funcionan con mecanismos turnpage de bestseller (y perdón por la acumulación de anglicismos, pero son la terminología al uso) pero son bastante más. Con miradas frías, casi psicopáticas por momentos de lo alejadas que se encuentran emocionalmente (me recuerdan el comienzo de la película de Fincher, con Ben Affleck acariciando el pelo de Rosamund Pike y preguntándose qué hay dentro de su cabeza y por qué no se la revienta).

El cuarteto de Red Riding, de David Peace (Alba): Nunca me cansaré de recomendaros a quienes no lo habéis hecho y decís que os gusta el género negro, que leáis estas cuatro novelas. Magníficas. Distintas a todo.

American Gods, de Neil Gaiman (Roca): Ahora que la novela tiene serie de televisión, que parece la aspiración de gloria más duradera de las obras escritas en la actualidad, puede ser un buen momento para ponerse con su lectura. Esta lucha entre viejos y nuevos dioses, escrita a modo de road movie que cruza América sin ahorrar en muertos y desperfectos, es sin duda un libro que contentará a esos que le piden al verano un libro que sea difícil soltar de las manos.
Nota: Ya sé que no es novela negra estrictamente hablando, pero era por no seguir creando categorías.


Otro libro de difícil clasificación

La novela luminosa, de Mario Levrero (DeBolsillo): También es verano quedarse en casa, en la ciudad, encerrado, con el aire acondicionado a tope, durmiendo hasta tarde, leyendo y viendo cine o tonteando en el ordenador hasta la madrugada, comiendo mal, sin saber exactamente qué día es o dónde vive uno. Pensando sobre todo y nada y anotándolo. Eso también es el verano, y eso y mucho más es La novela luminosa.



A su particular manera, libros de viajes

La España vacía, de Sergio del Molino (Turner): Ya lo dije todo sobre este libro, sigo pensando en él, me sigue gustando cada vez más.






Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, de David Foster Wallace (DeBolsillo): La gente se acerca al mar en verano. Algunos se van de crucero. Como David Foster Wallace, aunque él lo hizo por encargo de una revista. Pocos libros tan divertidos y desoladores, tan ocurrentes, tan David Foster Wallace en su mejor momento, mirando la realidad con una mirada muy particular, muy inteligente.





Un poco de Física

Richard Feynman es probablemente el físico teórico más importante de la segunda mitad del siglo XX. Y fue también un personaje, en prácticamente cualquier sentido de la palabra. Uno capaz de ser expulsado del ejército americano, luego estar en el Proyecto Manhattan, que se le juzgara por espionaje para los soviéticos, de ganar premios como percusionista en los Carnavales de Río, escribir la electrodinámica cuántica y ganar un Premio Nobel de Física. Feynman fue una inteligencia preclara, un genio sin demasiadas dudas, y sobre todo, durante toda su vida, un tipo con una curiosidad extrema que le hacía preguntarse continuamente qué hacía que algo funcionara como lo hacía. Fue también un profesor y un divulgador empeñado en hacer comprensible lo que iba descubriendo, y en estos dos libros de entrevistas, ¿Está usted de broma, Sr. Feynman? y ¿Qué te importan lo que piensen los demás?, ambos editados en Alianza, podemos seguir perfectamente, y vernos fascinados, por sus procesos mentales, su búsqueda de la verdad y la belleza, y esto nos ocurrirá independientemente del interés y conocimientos concretos de cada uno en la Física, pues la mente de Feynman trasciende con mucho lo particular.

Para ir terminando: Dos de los autores que más me han sorprendido en lo que va de 2017 han sido Kenzaburo Oé y Edna O´Brien. Buscaré más novelas suyas para este verano, y os recomiendo hacerlo a todos.

Ahora sí, para terminar, Americana, de Don DeLillo (Seix Barral): Es la última novela de DeLillo que me queda por leer, su primera novela publicada, interesante paradoja.


Espero que toméis alguna idea para leer estas próximas semanas. Disfrutad de los libros del verano. Disfrutad de la lectura y del descanso siempre que podáis.





Felices lecturas

Hasta pronto. O hasta siempre, lo que acabe siendo.


Sr. E  

jueves, 13 de julio de 2017

La sangre del cordero, de Peter De Vries

La sangre del cordero, de Peter De Vries (Jus Editores)

Incoherente que es uno, la semana pasada anunciaba que le daba vacaciones al blog, y tenía escritas las dos últimas entradas pre – veraniegas, con recomendaciones lectoras para las vacaciones. Esta semana iba a publicar la segunda parte de las recomendaciones y a deciros que buen verano y que ya nos leeremos por ahí, si eso. Y voy y me lío a terminar un libro que me ha sorprendido mucho y muy gratamente. Tanto que he pensado que merecía la pena dedicarle una entrada antes de bajar la persiana por descanso del personal y sus reflexiones lectoras.

¿Qué libro es ese? Pues se llama La sangre del cordero, es original de 1961, su autor es Peter De Vries y lo edita Jus. Para mí, tres novedades. La editorial es una novedad en el mercado español, viene de México y llega a través de Malpaso, que parece estar tomando entidad de grupo grande en poco tiempo (no sé si eso es bueno o malo, solo constato que va asociándose y/o absorbiendo editoriales aquí y en México). El autor era un absoluto desconocido para mí. La novela se anuncia como “la gran obra de Peter De Vries”, y eso me hizo temer que Peter De Vries fuera un autor inmensamente conocido al que yo tristemente desconocía. Buscando en google no parece que al menos en España fuera especialmente conocido (tuve que leer sobre su vida en la wikipedia en inglés, por dar una referencia clara). Bien está que las editoriales nuevas vengan con autores desconocidos, mal o nada traducidos con anterioridad. Siempre que como pasa aquí sean autores valiosos, que también sabemos que hay mucha trampa y mucho cartón en la recuperación de autores olvidados.

¿Quién fue Peter De Vries? Un autor norteamericano, descendiente de inmigrantes holandeses (el apellido De Vries lo deja bastante claro), de prolífica pluma, que escribió más de 20 novelas, obras de teatro, relatos, y fue guionista de revistas, trabajando durante décadas en el New Yorker. A De Vries lo han calificado como el más divertido de los autores que han abordado la religión en sus novelas. No sé si ese calificativo es exagerado. La novela es sin duda muy divertida y es sin duda religiosa en un sentido amplio. Kingsley Amis admiraba esta novela. Christopher Hitchens, un conocido ateo, no sólo ateo sino antiteísta, también. Es decir, nos encontramos ante una novela en la que la idea de Dios es importante, casi central, pero no trata de imponerse al lector. De Vries era creyente, y eso queda claro en la mirada del autor sobre lo narrado, pero abre el diálogo con los que no lo sean.

¿De qué va el libro? En un primer acercamiento, es una bildungsroman, una de esas novelas de formación en las que vemos a un niño hacerse joven y luego adulto y lo acompañamos por la vida. El protagonista es Don Wanderhope, un alter ego de De Vries (así lo parece por condiciones familiares, por época y edad en ella), que empieza como empiezan las novelas de esta clase, algo que ya sabía Holden Caulfield, quien optaba por no utilizarlo como recurso, contándonos algo de sus padres. El principio es conmovedor a la vez que patético, muy divertido en cualquier caso, y marca el tono y la novela.

Mi padre no fue un inmigrante en el sentido habitual del término, pues no emigró de Holanda a propósito, por así decirlo. Salió de Róterdam sin más intención que la de visitar a unos parientes y amigos holandeses que sí habían decidido establecerse en Estados Unidos, pero durante la travesía sufrió unos mareos tan espantosos que no quiso ni plantearse la posibilidad de regresar.

¿Qué nos lleva a pensar? Así de poca cosa somos los seres humanos. Así de tristemente nos condicionan a veces las circunstancias. Hasta extremos que no por ridículos dejan de ser creíbles. Todos lo sabemos. Todos podemos mirar en nuestro interior y nuestro pasado y ver algún condicionante más o menos parecido. Wanderhope crece en un mundo muy marcado por la religión. Su familia es una de esas familias calvinistas que casi confunde el no cometer excesos con ser mezquinos. A Don esa familia y sus creencias le aprietan por todas partes, y la primera parte de la novela se construye a la contra de las creencias heredadas, de la literalidad de la Biblia como fuente (es muy ocurrente la manera en la que el padre de Don empieza a buscar incorcondancias entre las voces de los cuatro evangelistas, siguiendo justamente lo que el luteranismo recomienda, leer y leer la Biblia, y después seguirla, y como él mismo dice: ¿cómo voy a seguir esto, si ni ellos mismos se aclaran?).

¿A qué se parece? Las tensiones entre la sexualidad en construcción y efervescencia de Don y los preceptos religiosos, incluso los casi enfrentamientos que se producen entre él y su familia (o entre sus novias y sus familias) por ser uno de una religión y otra de otro credo, a veces de religiones casi indistinguibles pero que se odian a muerte, van surgiendo como una constante en su camino hacia la adultez. En esto, la novela me ha recordado a las obras de Saul Bellow y hasta de Philip Roth. La novela de Peter De Vries, estando escrita desde una tradición cultural europea y protestante, se acerca en lo literario a la gran narrativa judeoamericana, a Bellow y Roth en el modo en que encajan o explotan los deseos en la vida familiar, y a Bernard Malamud y a Isaac Bashevis Singer, especialmente a este último, cuando las reflexiones sobre la vida, la muerte, la divinidad y la trascendencia, ganan peso.

¿Cómo está construido? La novela podría haber discurrido por los cauces de una cierta ligereza, pero decide no hacerlo. No sé si por una elección de trama del autor, por una apuesta estética, digamos, o porque pretendía en cierto modo reflejar su vida y estaba expiando un duelo. Una de las comparaciones a las que se alude en la contraportada es el libro de Job. Don Wanderhope (no nos hemos parado, pero el apellido, como muchas veces sucede en la narrativa anglosajona, no parece para nada casual) sería ese Job moderno al que no paran de sucederle desgracias que ponen a prueba su fe. Y es verdad que le pasan muchas cosas, y que pierde a muchas personas y que la enfermedad y el sufrimiento son un compañero permanente de sus andanzas. Pero no parece haber una lucha de tesis en su sufrimiento, no es un libro didáctico. Las cosas malas vienen, y Wanderhope las afronta, con entereza, continuando con la vida, caminando hacia delante.

¿Termina bien? Lo más oscuro de la novela es el final, claro, y toda ligereza queda atrás. Wanderhope pasa por la que siempre se ha dicho que es la peor pesadilla de un padre, la enfermedad de una hija, en este caso la lucha contra una leucemia. Sin volverse únicamente oscuro, el libro se hace más grave y esta última parte de la narración (el último cuarto, aproximadamente) es más emotiva y nos dispara a los lectores a donde de verdad duele.

¿Lo recomendamos? Ha sido una sorpresa de libro y quería compartirlo antes de ya sí, la semana que viene, despedirnos para el verano.

Felices lecturas

Sr. E


viernes, 7 de julio de 2017

Recomendaciones para el verano (I)

Recomendaciones para el verano (I)

Este verano el blog va a tomarse vacaciones. Por distintos motivos, pero especialmente para oxigenarlo y para disponer de tiempo para determinar si merece la pena seguir con un empeño que nadie me pide que lleve a cabo y que como tal siempre despierta en uno mismo la sospecha de si no se tratará de una labor absurda.

Algunos de estos libros ya estaban reseñados. Otras recomendaciones son las de siempre. También aprovecharé para recomendar algunos libros que he leído en lo que va de 2017 pero que se han ido quedando fuera del blog.

Algunas recomendaciones van más explicadas, otras menos. Espero que alguien pase por este blog casualmente, se detenga a leer esta entrada, que no tengo claro si no será la última, al menos por un largo tiempo, y se decida a escoger alguno de estos libros para que le haga compañía durante estos dos próximos meses.

¿Qué buscamos leer en verano? Depende de cada cual. Hay quien quiere libros ligeros. Quien quiere libros de género negro o de terror, quien prefiere leer ensayo o repasar las novedades del curso. Otros eligen relatos, novelas filosóficas, completar la obra completa de autores a los que admiran. Muchos optan por dedicar el verano a los clásicos a los que nunca se acercan en invierno.


Cuentos
Cuentos completos de Nikolái Gógol (Nevsky): Si alguien me dijera: Recomiéndame, por favor, un único libro para leer este verano, y me especificara que quiere que ese libro sea largo, denso, complejo, pero también divertido, como el mundo, triste, alegre, poliédrico, como la vida. Si alguien me dijera eso, le recomendaría sin duda este.


Un libro largo de cuentos cortos, de Etgar Keret (Siruela): Si queremos cuentos cortos, que se lean deprisa y se piensen lentamente, debemos leer a Keret. En verano y en invierno. Imagina que tu situación es la de: Solo puedo llevarme un libro a esos días de hotel de playa. Puedes elegir llevarte a Keret. En sus páginas tendrás toda clase de situaciones, sensaciones, subidas y bajadas. Tiene algo mágico el escritor israelí. Es capaz de coger una historia, desplegarla en toda su riqueza, dejarla caer, resucitarla, darle el fin que se merece, y hacerlo en solo 2 o 3 páginas. Este libro reúne todas sus colecciones de cuentos traducidas hasta el momento. Un caramelo que no pierde sabor.

Nuevas teorías sobre el orgasmo femenino, de Diego Sánchez Aguilar (Balduque): Tras ese título tan horrible, que parodia los titulares de las revistas tipo Cosmopolitan, se esconde una colección de relatos que nos habla, o así lo entiendo, de las relaciones de pareja, de trabajo, de las esclavitudes y relaciones de poder que se establecen en todas ellas. Habla de la sociedad del policonsumo, en la que todo se enfoca en términos de compra y triunfo, todo, tristemente todo. El libro no se limita a desarrollar ideas interesantes, que ya sería una muy buena noticia, sino que añade además un dominio de la forma admirable. Es un libro de siete cuentos bastante largos, variados en su escritura, muy rico literariamente. No por nada, dicho libro, el primero de narrativa de Diego Sánchez Aguilar, se llevó el Premio Setenil 2016 al mejor libro de relatos publicado ese año.


Tejidos y novedades, de Cristina Grande (Xordica): Qué pocos autores saben condensar en 2 páginas cuentos completos. Qué gusto da tener amigos que te cuentan una anécdota y lo hacen tan bien que no los interrumpes ni un instante, sino que callas y escuchas. Cristina Grande es una autora capaz de desarrollar todo un relato en 2 páginas o menos. Y a la vez es esa amiga que nos cuenta una anécdota aparentemente trivial pero que queremos saber cómo sigue y de la que alguna lección sacamos siempre, aunque solo sea la convicción de que la vida no nos enseña nada casi nunca. En Tejidos y novedades, la autora recogió sus dos primeros libros de cuentos, prácticamente inencontrables (La novia parapente y Dirección noche) y algunos otros textos. Un librito delicioso del que ir tomando una lectura al día durante el verano, a modo de vitaminas para el cerebro.

Trescientos días de sol, de Ismael Grasa (Xordica): Qué sol hace en verano. Y cómo nos molesta a algunos, que no sabemos ya qué hacer para huir de él. Hablé hace poco de El jardín, de Ismael Grasa, y allí dejaba de pasada una referencia a mi absoluta devoción por este libro.





Me gustan los cuentos, y me gustan los cuentos de terror. No olvidemos que el padre en muchos sentidos del relato moderno es Edgar Allan Poe, y construyó su referencia desde el terror y lo fantástico. Sin dar muchos más motivos, se me ocurre que son buenas lecturas o relecturas para este próximo verano:

Pesadilla a 20.000 pies y otros cuentos insólitos y terroríficos, de Richard Matheson (Valdemar): Matheson es uno de los padres del relato de terror americano contemporáneo. En esta recopilación de la editorial Valdemar Stephen King escribe el prólogo y reconoce su deuda con él. Algunos de sus cuentos están en cualquier antología de relato fantástico y de terror, y quien los lea reconocerá su influencia directa e indirecta en muchas películas y series de televisión.




Fantasmas, de Joe Hill (Suma de Letras): Joe Hill es el hijo de Stephen King. Muchos escritores de terror jóvenes lo son en un sentido figurado, y él también lo es en ese sentido, pero él además lo es literalmente. Tan pesado debió ver el fardo de expectativas que le cargarían si publicaba con su nombre, que eligió un pseudónimo para publicar sus libros. Y este fue el primero. Una colección que recorre los lugares comunes del género fantástico, y le aporta algunos enfoques sutiles, originales, realmente valorables.




Relatos de Stephen King: Si recomiendo los libros del hijo de Stephen King y uno de sus padres literarios, deberíamos cerrar con los libros de relatos del propio King. Aparte de un novelista solvente, que lo es, creo que Stephen King es uno de los mejores escritores de cuentos de su generación. A mi entender, así como la calidad de sus novelas ha bajado bastante desde los años 80 (después de Misery, aproximadamente), nunca ha dejado de ser un cuentista a tener muy en cuenta. ¿Qué colecciones leer? Yo he leído y todas merecen la pena El umbral de la noche (1978), Pesadillas y alucinaciones (1993), Todo es eventual (2003), Después del anochecer (2008). Todos los veranos pasamos una semana en una casa en el campo, sin wifi ni teléfono, y siempre me llevo uno de ellos conmigo.


El señor de las muñecas y otros cuentos de terror, de Joyce Carol Oates (Alba): Fue un descubrimiento casual en la biblioteca. Últimamente he leído varios libros de Joyce Carol Oates, pero tiene tanto escrito, tanto traducido ya y publicado en tantas editoriales que es muy difícil tener algo parecido a un plan de lectura con ella. Este librito es perfecto. Nada falla en él. Todo nos toca, nos tensa, nos perturba.




Un libro de difícil clasificación

Diarios de las estrellas, de Stanislaw Lem (Alianza): ¿Por qué no dedicar el verano a leer relatos que son a la vez cuentos, reflexiones filosóficas, estudios mitológicos y teológicos, aventuras desvariadas, reflejos deformados del mundo y críticas a la autoridad? ¿Por qué no? Y, ¿por qué no empezar con los Diarios de las estrellas?





Novela contemporánea

Pánico al amanecer, de Kenneth Cook (Seix Barral): Llegué a esta novela a través de alguna reseña. Apunté el título hace meses y por fin lo leí hace unas semanas. La cubierta de la edición española (primera traducción, 50 años después, de una novela de amplio éxito en el mundo anglosajón) nos muestra la admiración de J. M. Coetzee y Nick Cave por este clásico de la literatura australiana. Para mí es suficiente con eso. La novela nos presenta a John Grant, un profesor destinado a un pequeño pueblo del interior de Australia, donde da clases en una escuela rural entre silencio, polvo y sol abrasador. Se muere de asco, pero debe cumplir 2 años antes de regresar del exilio. Después del primer curso, tiene 6 semanas de vacaciones por delante. Pero, algo pasará. Tiene que pasar una noche, antes de ir hacia Sidney, en la ciudad de referencia del condado. Allí todo se lía y acaba perdiendo hasta el dinero para el billete de autobús en una timba. Sin dinero y atrapado en esa falsa amabilidad, irá descubriendo un mundo de violencia sorda, ciega, mientras va cayendo poco a poco en la locura.

La caza del carnero salvaje, de Haruki Murakami (Tusquets): La última vez que pasé de 50 páginas en un libro de Murakami fue en 1Q84. Nunca he sido uno de sus fanáticos lectores, pero sí lo he leído con gusto muchas veces. Pero se me había acabado el gusto por sus historias. El verano pasado leí sus dos primeras novelas cortas, recién traducidas, y sin entusiasmarme, me hicieron reencontrar ciertas sensaciones de lectura. La caza del carnero salvaje, que ha sido reeditada hace poco, es una de las primeras novelas de Murakami. Se trata de un libro extraño, pero que me enganchó. Como en muchos libros del autor, la extrañeza acaba siendo forzada y hay puntos en los que no se sabe si calificar lo que se está leyendo de imaginativo o ridículo. Me ha gustado la novela, de todas maneras. Como sus novelas se van traduciendo y editando en un orden no estrictamente cronológico, se pierde a veces la referencia de la evolución de su escritura. Y he encontrado en ella conexiones con las dos primeras novelas cortas del autor (Escucha la canción del viento y Pinball 73) y con otra novela que estaba bastante bien como Baila, baila, baila. No hay que ser un sutil lector para encontrarlas, la verdad, pues aparecen en esta Caza del carnero salvaje personajes de las primeras y paisajes de la segunda. Leídas estas tres obras como trilogía dibujan un interesante Murakami, bastante distinto del que luego ha sido (no pretendo decir que mejor, pero sí otro).

Cómo dejar de escribir, de Esther García Llovet (Anagrama): El verano es una época propicia para que muchos juntaletras aborden la escritura de su primera novela. Quizá lo primero que deberían hacer es echarse a la cara esta novela de Esther García Llovet y ahorrarse en muchos casos el esfuerzo. No es, por desgracia, un libro cuya lectura anule las ganas de escribir. De hecho esta magra novela bolañesca consigue lo contrario.


Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño (Anagrama): Si recomendamos una novela de indudable aire bolañesco, por qué no ir directamente a por una del propio Roberto Bolaño. Entre los escritores parece haberse puesto de moda citar Nocturno de Chile y Estrella distante como las novelas más perfectas de Bolaño (que puede que lo sean, pero en cuanto a novelas no siempre lo más perfecto es lo mejor). Los lectores snobs se decantaron casi desde el principio por la muy oscura 2666 como novela superior del mito. Y parece, entre tanto, que Los detectives salvajes queda como una novela poco reivindicada. Cuando es lo contrario, la novela a reivindicar, a leer, releer, regalar y comentar. Creo que si dentro de 50 años sigue quedando un único Bolaño será el de esta novela. Excesiva, divertida, llena de digresiones, de viajes sin terminar y caminos abiertos que no se cerraron. El propio Bolaño dijo alguna vez que desconfiaba de quienes elegían Bartleby el escribiente, cerrado, pequeño y perfecto, frente a Moby Dick, descompensada y apabullante. Irónicamente parece que está pasando algo así con su propia obra, y el verano puede ser una buena oportunidad para volver a los orígenes del mito. Yo desde luego la releeré en ratos de fresco en los bancos de los parques.

Los cinco y yo, de Antonio Orejudo (Tusquets): ¿Es Antonio Orejudo el mejor escritor de su generación? No lo sé, pero digamos que sí. Por no perder el tiempo en discusiones bobas, digamos que está entre los mejores escritores de su generación, junto con Rafael Reig, Marta Sanz, Rafael Balanzá, Belén Gopegui o Javier Cercas. La pregunta que Los cinco y yo nos lanza a los lectores, a los de la novela y en general de novela española, es: ¿y qué? ¿A quién le importa qué has escrito, Antonio Orejudo? Y es verdad, no le importa a nadie. Ha dejado de importarle a nadie quiénes son los mejores novelistas de este país. Para el gran público la nueva narrativa española se cerró con Javier Marías, Eduardo Mendoza, Antonio Muñoz Molina etc. Ellos agotan ediciones, tienen premios, escriben en El País. Los demás se tienen que joder. Con la excepción de Cercas, que sí ha saltado a esa oficialidad. La novela de Orejudo parte de un mito que otorga únicamente a su generación, las novelas de Los cinco, de Enid Blyton, y a partir de ahí construye una autoficción en la que se ve que esos niños del baby boom y la tan cacareada EGB se quedaron en medio de un sandwich bien triste. Los que eran 5 – 10 mayores que ellos se situaron bien en la Transición y se quedaron con todos los cargos políticos y el prestigio cultural de los siguientes 40 años. Los que son 10 años más jóvenes empezaron a hacer ruido hace unos años y a escupir hacia atrás, salpicándolos también a ellos. Les quedan Los cinco y los partidos de fútbol en los descampados del extrarradio de las ciudades como consuelo. Magro consuelo, me temo.

La semana que viene más.

Ahora a leer

Sr. E

lunes, 12 de junio de 2017

La carrera por el segundo lugar, de William Gaddis

La carrera por el segundo lugar, de William Gaddis (Sexto Piso)

Me acerco a la realidad en círculos, dice en alguno de los libros de su serie el detective Charlie Parker de John Connolly. Algo así me está pasando a la hora de leer Los reconocimientos, de William Gaddis, al que desde abril me acerco y alejo. Y busco lecturas que de alguna manera dialoguen con él. Otros textos de Gaddis, textos de otros autores en los que aparece Gaddis, reflexiones sobre arte. Casi cualquier cosa menos un atracón de Los reconocimientos. Sencillamente porque es un libro que se me está haciendo de digestión lenta. Es denso y sus bocados empachan, y aunque apetece pasar al siguiente, hay que pensárselo bien, pues es un texto que si no se lee en un momento de agilidad y lucidez mental, obliga a volver atrás. El propio Gaddis, en este La carrera por el segundo lugar, mi último desvío por el momento en el camino hacia el meollo de Los reconocimientos, bromea con la crítica que hicieron de una de sus novelas, diciendo que el futuro de la novela quizá estaba en la inteligibilidad, y que si se trataba de hacer libros ilegibles pero que consiguieran mantener el interés durante 700 páginas ilegibles, William Gaddis había demostrado un gran talento.

¿Está de moda William Gaddis? Deberíamos plantearnos antes qué es estar de moda. Yo nunca me creí la moda de Foster Wallace después de su suicidio. Quiero decir, mucha gente se aprendió su nombre y lo usaba en Twitter para molar, pero nunca me creí que una novela como La broma infinita pudiera tener decenas de miles de lectores. Tampoco me creo demasiado esa moda patria con El día del Watusi que de vez en cuando aparece en los periódicos. Seguramente Karl Ove Knausgard está hoy en día más de moda que Gaddis y cuando mañana pregunte por él y por Gaddis en el bar en el que suelo tomar café a media mañana recibiré la misma cara de asombro ante el nombre de los dos. Y eso que Knausgard suena creíble como delantero centro escandinavo. Digamos que Gaddis está relativamente de moda desde hace 3 o 4 años, causa y a la vez consecuencia de que Sexto Piso esté abordando la publicación de sus obras completas. Está todo lo de moda que puede llegar a estar un escritor de su complejidad. Y podemos decir también que se acabaron sus obras completas. Sexto Piso ya tenía sus cinco novelas en el catálogo y este libro, una selección de ensayos y textos, es lo último que quedaba por ahí. ¿Podría aparecer en el futuro una edición con páginas escogidas de William Gaddis? Todo podría ser, Mondadori lo ha hecho con Foster Wallace, cerrando una mitomanía que no he visto ni con Bolaño.

Estos libros póstumos parecen hechos con retales en muchas ocasiones. Eso no hace necesariamente que salgan libros malos. Yo al menos no lo creo, por eso los leo si el autor me interesa. En La carrera por el segundo lugar encontramos escritos, discursos y notas. Anotaciones de trabajo sobre sus novelas, escritos sobre su propia labor creadora para revistas, reflexiones sobre la labor creadora en general y sobre libros de otros autores. Por último, algunos pequeños ensayos, quizá los más interesantes, sobre la sociedad americana. Sobre los mecanismos de la ficción en la política (muy recomendable el texto ¿Cómo imagina el Estado? La suspensión voluntaria de la incredulidad, donde define la labor del Estado y las construcciones políticas como las ficciones más intragables que la sociedad acepta) y el mundo, sobre la religión y sobre cómo es vivir en una sociedad en la que lo más importante es triunfar, todo se define a partir del éxito, y la falta de éxito ha acabado asociada a la del fracaso.

Las propias obras de ficción de William Gaddis se mezclan muchas veces con la forma del ensayo, o de la prosa no – narrativa. Así que este libro, sin ser de ficción, que no lo es, incluye pasajes parecidos a los que en ocasiones se encuentran en sus novelas. Incluye incluso algunos pasajes entresacados de sus obras de ficción, y al final, para los mitómanos, notas de trabajo sobre su inacabado proyecto de estudio sobre la pianola. El ensayo que le da título a la colección, que originalmente se titulaba El fracaso, es una reflexión llena de referencias literarias y políticas sobre los que no llegan en primer lugar, la posibilidad legítima de no hacerlo, y lo que la sociedad puede aprender tomando como modelos a aquellos que no necesariamente querían ser, siempre, los primeros.

Gaddis es un escritor con muchas lecturas y un extraño erudito de cuestiones minoritarias. Por ejemplo su gran proyecto inacabado fue una novela – historia de la pianola. También es un autor muy rápido a la hora de ligar informaciones aparentemente dispares de manera original, anticipando algunas de las formas de las narraciones de David Foster Wallace. Gaddis es de esos autores que escriben sobre sus lecturas y de eso, un hombre de 70 años sentado en el sillón de su casa, bajo una buena luz, con un libro abierto en el regazo, hace una aventura intelectual de ello. Lo vemos leer, analizar y digerir las reflexiones de Carl Gustav Jung sobre el protestantismo y el catolicismo en los Estados Unidos de América y nos quedamos con datos (porque Gaddis lo llena todo de datos, tantos y tan curiosos que lo propio sería que fueran inventados) como que la vida sexual de los católicos americanos es más imaginativa y rica que la de los protestantes, cosa que el autor atribuye, como otras muchas cuestiones de la vida, a la narrativa. El catolicismo, con sus liturgias y jerarquías, ofrece una narrativa mucho más interesante, lo que por un lado hace que sea mucho más atractivo abjurar de ella, y por otro, que quienes se han criado en esa tradición tengan más tendencia a los juegos, o eso nos dice Gaddis.

Son escasos en sus textos los homenajes a otros autores, y destaca una reseña elogiosa (aunque sin dejar de ser crítica) de una de las últimas novelas de Saul Bellow, Son más los que mueren de desamor. Gaddis disfruta del texto pero parece estar echando de menos al Bellow más potente de novelas anteriores, aunque reconoce las garras del león, como diría Leibniz de Newton. El gran homenaje a un novelista que Gaddis brinda en estos textos es a F. M. Dostoievski, a quien considera el mayor novelista entre los rusos, y por qué no, el mayor de los novelistas de la historia, sin más. Destaca, en la lectura que Gaddis hace de Dostoievski (es un texto que estaba en trabajo, se nota que no está completo ni revisado), que resalte su condición de humorista. No como escritor humorístico en general, claro, sino como un autor capaz de buscar un respiro de humor en medio de la desgracia y la tragedia. Me llama la atención que tanto en Hablemos de langostas de David Foster Wallace como en este libro de Gaddis, Dostoievski aparezca como el gran autor al que ambos miraban como modelo.

Una de las partes más interesantes del libro es la de discursos. Gaddis es un autor que escribió 5 novelas en unos cuarenta años y que recibió dos National Book Awards por ellas. Era un autor que huía de la prensa, de la fama, y que pensaba sinceramente que el papel del escritor estaba muy lejos del de los artistas como cantantes y actores; para Gaddis, un escritor era alguien que quedaba alejado de un famoso. Los dos discursos de aceptación y agradecimiento de los premios incluidos en este libro lo dejan claro. Son palabras en las que se agradece que se esté reconociendo su obra y no deja de insistir en que todo eso, ese circo, ese premio, es un absurdo. Aunque, metidos en el circo, por qué no aplaudir y dejar que a uno le aplaudan.

Debo decir que formo parte de esa estirpe en vías de extinción que piensa que los escritores deben leerse y no escucharse, y mucho menos verse. Creo que esto es porque en la actualidad parece haber una tendencia a colocar a la persona en el lugar de su obra, a convertir al artista creativo en un artista escénico, a considerar que lo que un escritor dice sobre la escritura es, en cierto modo, más válido, o más real, que su propia escritura.


¿Merece la pena leer La carrera por el segundo lugar? Sin duda. Tiene el interés de conocer cómo funciona una mente preclara y superdotada para la literatura, ver cómo recibía los homenajes y su lugar en el canon un escritor de primera división. Tiene un par de ensayos dignos de ser leídos por cualquiera, y quizá algunos textos de relleno. Los textos de relleno son para fans, y esos serán quienes los agradezcan, aquellos que ya hayan acabado con todas sus novelas y busquen algo más, lo que sea. Pero los que aún no hemos pasado por todas ellas, que apenas estamos comenzando a escalar la montaña Gaddis, los vemos aún como eso, relleno, una satisfacción menor y momentánea que quizá nos está alejando del gozo verdadero.

Los demás están muy implicados en la creación, con sus personalidades, con la celebridad, con todo lo transitorio que llena nuestra vida. Me gusta pensar que uno no debería escribir eso que se llama literatura – una palabra peligrosa –, sino algo duradero. A eso intento dedicar mi esfuerzo. Y todo parece ir en contra. Ahora todo lo que nos rodea parece ser actuación, actuación, e incluso los escritores tienen que actuar. Bueno, no debería morder la mano que me da de comer aquí esta noche. Debería concluir diciendo también que tal vez logremos que algún libro sea libro del mes, yo llevo cuarenta años intentándolo, y aquí estamos esta noche, de modo que agradezco su colaboración. Con eso ya basta, ¿no?

Seguiremos leyendo

Felices lecturas


Sr. E

domingo, 4 de junio de 2017

Cuentos completos, de Nikolái Gógol

Cuentos completos, de Nikolái Gógol (Nevsky Ediciones)

Antecedentes lectores: Me interesé por leer los Cuentos de Gógol a partir de mis lecturas invernales de los Cursos de Literatura Europea y Rusa de Vladimir Nabokov. Nabokov llegaba a afirmar, en alguno de esos textos, que los únicos textos inatacables, verdaderamente perfectos, de la literatura universal, eran La metamorfosis de Kafka y El capote de Gógol. Las opiniones de Nabokov eran opiniones, y ya sabemos lo que decía Harry el sucio de ellas. Las opiniones de Nabokov sobre literatura rusa pecan de tajantes, pero muestran un criterio personal que no se deja influir por los criterios dominantes (considera, por ejemplo, que la obra de Dostoievski no es para tanto). En cualquier caso, me entró la curiosidad por leer el relato El capote. La editorial también tira de Nabokov en la contraportada, donde afirma que: Cuando Gógol se dejó llevar y se asomó al borde de su abismo personal, fue el más grande artista salido de Rusia hasta ahora.

De Gógol leí hace un par de años su novela más importante, con la que prácticamente aparece en cualquier manual de Literatura Universal: Almas muertas. La recuerdo como una lectura interesante, satisfactoria, pero debo reconocer que no me impresionó ni marcó especialmente. Me gustan más algunas novelas de Dostoievski (que Nabokov me perdone), y en cuanto a clásicos y rusos, leí según mi registro en las mismas fechas El rojo y el negro de Stendahl y El maestro y Margarita de Bulgákov y ambos me gustaron más. Algo que sí llamó mi atención es que Almas muertas, de 1842, está bastante más cerca en lo narrativo, en la concepción del mundo y su forma, de El maestro y Margarita (de los años 30 del siglo XX) que de El rojo y el negro (de los años 30 del siglo XIX). Otra cosa llamativa es que muchos novelistas de 2017 parecen todavía imitadores del modelo de El rojo y el negro, pero ese es otro tema.

Por terminar con los precedentes, es famosa la afirmación de Dostoievski: Todos hemos salido de debajo del capote de Gógol. Y, el año pasado, en La noche de los libros, asistí a una conferencia de una profesora de literaturas eslavas que daba un carácter central en la literatura rusa a Gógol y Pushkin, por encima quizá de esa separación entre Tolstoi o Dostoievski en la que caemos en España, como si fuéramos el libro de George Steiner.

La edición de los Cuentos completos de Gógol de Nevsky pasa de las 800 páginas, y recoge libros originales de cuentos de Gógol y relatos que aparecieron en su momento dentro de publicaciones periódicas. Entre los más famosos está el propio Avenida Nevski, del que la editorial toma su nombre, aunque sea cambiando la grafía entre el título y el nombre de la editorial (pero ya se sabe que la escritura en caracteres latinos de los nombres rusos pasa por distintos modos). La avenida Nevski es la arteria principal de San Petersburgo, por lo tanto una de las calles más famosas de Rusia, y en el siglo XIX de Gógol era una calle en la que bullía la vida, se intercambiaba el oxígeno, la mercancía, la conversación. La aportación más original de Gógol en este caso es que la propia avenida es un personaje, habla, siente, sufre, y eso, visto hoy, en un relato contemporáneo, podría recibir aún el calificativo de moderno o incluso posmoderno.

Los relatos de la colección van evolucionando con el autor, y lo acompañan desde sus orígenes de burgués rural en Ucrania hasta la gran ciudad, con sus aires, libertades e ideas, en este caso San Petersburgo. Los primeros cuentos, siendo estos aproximadamente un 60% de la edición, me han sonado a cuentos rusos, a historias como las que luego compondrían, unas décadas después, Chéjov o Isaak Bábel. Hay costumbrismo, campesinos, retratos de terratenientes que enlazan con Almas muertas, también la misma mirada irónica de esa novela, quizá la búsqueda de la descripción de eso que se ha llamado, durante siglos, el alma rusa. Una noche de mayo o La ahogada, Una terrible venganza, Terratenientes del viejo mundo o Tarás Bulba son esa clase de relatos. La mirada compasiva a la vez que irónica y crítica son la marca de escritura de Gógol en estos relatos.

A partir de La avenida Nevski (página 498 de la colección), la escritura de Gógol da un paso adelante, quizá hacia le abismo del que hablaba Nabokov, o eso me parece, y nos enseña algunas de las herramientas, técnicas y miradas de los siguientes 100 años. Además del propio relato Avenida Nevski, encontramos La nariz, El retrato, El capote, La calesa, Diario de un loco y Roma. Hay ahí cuatro cuentos que son dignos de cualquier antología universal del relato corto. Avenida Nevski, La nariz, El retrato y El capote. La historia de La nariz es más o menos conocida (yo conocía la versión infantil de Gianni Rodari): un barbero se encuentra con una nariz que cree haber cortado esa mañana, al afeitar a un militar. El militar se despierta sin nariz y la vergüenza se superpone al asombro en su nueva existencia sin nariz. Tanto La nariz como El capote, que son probablemente los dos relatos más conocidos y reconocibles, anticipan a Kafka. El propio Kafka habla en sus diarios de la influencia de Gógol en su obra. La nariz dialoga con La metamorfosis, y El capote es una de esas desventuras de funcionarios a las que hoy en día se sigue llamando kafkianas. Un funcionario gris de nivel medio necesita un capote nuevo para presentarse en público y seguir en su trabajo. Su trabajo es su medio de vida y para él necesita el nuevo abrigo, y necesita el trabajo y su dinero para comprarse el nuevo abrigo. Es una situación parecida a la del personaje de Plácido con su motocarro y las letras del mismo en la película de Berlanga. ¿Es un cuento tan perfecto como anunciaba Nabokov? Es un cuento bastante perfecto, si se me permite la incongruencia en el uso de un adjetivo absoluto por definición. Pero creo que no lo calificaría como el mejor de su autor, opinión que reservaría para Avenida Nevski o incluso para El retrato.

El retrato es un relato que hoy en día calificaríamos de metanarrativo. Un pintor, que podemos entender que comparte sus dudas y aspiraciones con el autor literario, pinta o trata de pintar y se pregunta dónde estará esperándolo el reconocimiento, y cómo será. Cuando este llega, le agobia, ya que como suele suceder, le alcanza por una obra que considera menor. Las opiniones vacías, los lugares comunes, las esclavitudes de la fama y las dudas del arte, se van entrelazando perfectamente en una historia que ha coincidido en mis lecturas con Los reconocimientos, de William Gaddis, una novela de 1.400 páginas que a modo de caleidoscopio repite esos mismos temas.

A poco que uno haya leído, reconoce en estos cuentos de Gógol antecedentes claros de Dostoievski, Chéjov, Kafka o el propio Gaddis. Me da la sensación de que no tiene el reconocimiento en la genealogía de la literatura universal de la que sí disfrutan Chéjov o Dostoievski. Estamos hartos de oír adjetivos como chejoviano y dostoyevskiano pero no oímos que tal historia es gogoliana, cuando probablemente fuera lo justo reconocer esa deuda. La edición de Nevski está muy cuidada, es ideal para una lectura cómoda, los cuentos parecen bien traducidos (nada más lejos de mí que saber ruso, pero la escritura es fluida en todo momento), aunque en ocasiones ha faltado una buena labor de revisión, ya que se han colado erratas e inconcordancias que no deberían estar en una edición de esta presencia. Es un libro a leer, a tener a mano y repasar con frecuencia. Otro clásico a tener en cuenta por todos aquellos que aún no lo hayan hecho.

Seguiremos leyendo y comentando.

Felices lecturas


Sr. E

domingo, 28 de mayo de 2017

El jardín, de Ismael Grasa

El jardín, de Ismael Grasa (Ed. Xordica)

Uno de mis libros de relatos preferidos, una pequeña obra maestra de esas que sientes tuyas, es Trescientos días de sol, de Ismael Grasa (Xordica, 2007). Recuerdo que aquel libro sonó bastante (lo bastante que suena un libro de relatos en España, lo bastante como para ganar el Premio Ojo Crítico de Narrativa y como para que yo empezara a preguntar por él en librerías hasta que en la Feria del Libro de Madrid di con él).

Trescientos días de sol vive en mi estantería de los libros predilectos, y es uno de los libros de relatos con los que comparo las colecciones que escribo, y aunque sé que perderé en la comparación, lo que pretendo decir es que lo considero dentro del patrón oro de la narrativa breve española, junto a Gritar, de Ricardo Menéndez Salmón, Crímenes triviales, de Rafael Balanzá o Mala letra, de Sara Mesa. Entre otros.

Ismael Grasa fue finalista del Premio Herralde a los 26 años, en aquellos años 90 en los que los autores jóvenes copaban los premios literarios más importantes. No he leído aquellas novelas de Anagrama, solo lo conozco como cuentista. Puede parecer, que si uno empieza siendo finalista del Herralde y publicando en Anagrama, lo que venga después será una cierta caída. Menos distribución, menos medios. Pero quizá también más tranquilidad. Parece que Ismael Grasa escribe tranquilamente, a su ritmo (después del relativo éxito de Trescientos días de sol, pasaron 7 años hasta el siguiente libro de ficción, entre medias un ensayo sobre su experiencia dando clases, es profesor de instituto), sin presiones, lo que le va apeteciendo. Eso no tiene precio.

Lanzo una pregunta al aire. ¿Qué tiene Huesca para los cuentistas? Ismael Grasa, Carlos Castán, Cristina Grande, Óscar Sipán, todos nacieron en aquella provincia y forman, cada uno con su estilo y características, obras personales, apartadas de los carriles centrales de la literatura, en los márgenes en muchos sentidos.

Los relatos de Ismael Grasa son de estirpe inequívocamente realista. Uno coge un relato de Ismael Grasa y piensa en Cheever, en Carver, en Wolff. Los relatos son realistas pero no olvidan, en ningún momento, que la realidad está llena de dobleces y lugares oscuros. A veces el realismo peca de simplificador. No es el realismo de Ismael Grasa un realismo magro, lacónico, mínimo, que caiga en lugares comunes y frases que no arriesgan. Su estilo es lacónico, cierto, pero muy preciso y certero. El jardín, este libro, pasó desapercibido, o me pasó desapercibido. Es una pena que libros redondos se nos queden fuera del radar. Por suerte hay segundas oportunidades. No sabía de su existencia hasta que me lo tropecé en la biblioteca la semana pasada, y me dio una gran alegría. Me acompañó durante un viaje en tren y antes de llegar a mi destino ya estaba terminado. Luego repasé un par de cuentos durante el viaje de vuelta, y los he repensado. Es esa clase de libro.

El jardín es un libro que se sitúa en los márgenes. Desde un cierto distanciamiento, Ismael Grasa se torna en un observador agudo, y aunque no podemos decir que en sus relatos sucedan acontecimientos especialmente destacables, en el sentido narrativo sí están llenos de acción. La historia avanza constantemente, se desvía poco de su carril, no hay descripciones irrelevantes, no hay reflexiones gratuita. Son relatos magros, sin digresiones. Que conste que la digresión bien utilizada, bien engarzada, me parece un recurso muy bueno, y disfruto muchísimo con ellas. Soy un firme creyente en esa frase de Rodrigo Fresán que habla de ir de A a B, en lo narrativo, pasando por Z. Ismael Grasa no lo hace, utiliza un buen gps y llega de A a B. No resulta sin embargo previsible, no hay una receta que se adivine, es sencillo como lo es Chejov, no suena a solución fácil, a trillado.

De manera totalmente gratuita, y después de haber leído varias veces Trescientos días de sol, he establecido una especie de canon de Ismael Grasa. He decidido, arbitrariamente, que los relatos Mecedoras, Tablón de anuncios, Trescientos días de sol y No me gustan los psicólogos, incluidos entre los 12 de aquel libro, son la esencia, el destilado de la manera de escribir cuentos de Ismael Grasa. No sé ni explicar por qué, pero de alguna manera lo siento, como siento que si alguien me pidiera que le explicara qué es Cortázar con un relato, le diría: Los venenos, aunque estaría quizá apartando la mirada de otros muchos Cortázares posibles. Desde esa arbitrariedad, y sabiendo que me lo he inventado, he reconocido esas esencias de Grasa en El jardín.

El jardín está compuesto por cinco relatos que se van a las 25 – 30 páginas. Una característica de los relatos de Ismael Grasa que lo aleja, quizá, de sus compañeros de generación y camino, es que sus narradores no son escritores. Son seres más o menos anónimos, que miran, apuntan, observan, tienen miedo y se equivocan. Hay conserjes, jardineros, funcionarios aburridos, kioskeros, clase obrera ahora que está desaparecida. Hablan de ciudades medianas y de pueblos en la montaña. De hijos que no se comunican bien con sus padres, parejas que no funcionan, amigos que se odian, profesores que no se enteran de lo que va el juego. Sus personajes no paran de equivocarse, y la mirada del autor es siempre compasiva, o por lo menos comprensiva. ¿Quién no se equivoca 100 veces al día?, nos dice de alguna manera. Y como lectores, y como seres humanos equivocados, le damos la razón.

Los relatos de El Jardín se llaman Instrucciones de verano, El vigilante, Reflejo nocturno, Huellas de jabalí y El jardín. Los cinco merecen la pena, los cinco nos dejarán un rato pensando. Creo que es muy importante que las historias de un autor sean capaces de establecer un diálogo con nosotros. Y estas, y todas las que yo he leído de Ismael Grasa, nos hablan. Nos preguntan qué somos a base de mostrarnos qué son ellas. Totalmente recomendado.


Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E


viernes, 19 de mayo de 2017

La España vacía, de Sergio del Molino

La España vacía: Viaje por un país que nunca fue, de Sergio del Molino (Turner)

Hay un problema con las expectativas. Mejor dicho, tengo un problema con las expectativas. Con las previas a una lectura. A veces he esperado tanto para poder leer un libro que cuando llego a él ya me he hecho una imagen completa del mismo, leyendo críticas, oyendo comentarios, ojeándolo en librerías. Ya me he imaginado qué me va a decir el libro, cómo me va a hacer sentir, y solo puede ya, el pobre libro, decepcionarme. En ocasiones me pasa al revés. Algo se pone tan de moda, es tan insistente y tan falsa la afirmación de que es una maravilla, una obra maestra, un libro que no te permite volver a respirar igual, lo que sea, que cuando lo leo, y aunque le reconozca cierto mérito, nunca podrá pasar de eso, de cierto mérito, de psé, no está mal. Estos problemas son míos, claro, no de quienes han escrito los libros. Quizá de las editoriales y sus medios de propagando un poco más.

Llevaba, en cualquier caso, meses esperando leer La España vacía, de Sergio del Molino. Casi diría que estaba deseando leer el libro. Había oído un murmullo general de aprobación hacia él. Todos los que lo habían leído lo recomendaban. Y no me sonaba a una de esas histéricas campañas de unanimidad (como me pasa con Patria, de Fernando Aramburu), sino a sinceridad de lectores. Una clave creo que está en que La España vacía solo me la estaban recomendando personas que normalmente leen, y con meses de diferencia. Seguramente no era a mí a la única persona a la que le recomendaban leerlo, pues desde julio del año pasado estaba siendo una misión imposible dar con él en la biblioteca. Pero, por fin, hace 15 días, estaba libre. Lo vi buscando en el catálogo online y corrí a cogerlo antes de que me lo pudieran quitar.

Tengo, decía, un problema con las expectativas. En este caso, por suerte para mí, las expectativas no han sido un problema. Seguramente porque La España vacía ha superado todas las que tenía. La España vacía es un libro que te habla desde el principio, te mira a los ojos y te obliga a no apartar la mirada de lo que quiere contarte en ningún momento. El comienzo, recordando unos viejos episodios de vandalismo / terrorismo en zonas rurales de Gales en los años 90, dirigidos contra casas de veraneo y fin de semana de ingleses de la ciudad, ya nos sitúa perfectamente. Nos sitúa en dos realidades condenadas a cruzarse continuamente, y casi nunca a entenderse, la del campo y la de la ciudad. Los de ciudad, dice Sergio del Molino, que es uno de ellos, hacemos chistes sobre los de pueblo, tenemos prejuicios. Pero, y es el pero que muchas veces se calla, al revés no hay mucho más aprecio. El pueblo es a veces un lugar lejano, desconocido, que no es ni mucho menos tan plácido como nos podemos imaginar.

Sergio del Molino empieza diciéndonos que él, probablemente, treintañero, periodista y escritor, tiene más que ver con alguien de su edad, oficio y educación de cualquier ciudad del norte de Europa que con alguien de su edad que viva en la España rural y nunca haya compartido sus intereses. Las tribus se han ido desdibujando y nos relacionamos más por las afinidades electivas que por vecindad. No obstante, somos vecinos. Del Molino ha recorrido muchas veces lo que llama La España vacía, especialmente las provincias de Aragón, una comunidad con la población muy concentrada en una única ciudad, Zaragoza, y llena de comarcas y pueblos donde apenas viven 10 o 20 personas en el invierno, a veces menos. La España vacía que Sergio del Molino dibuja, siempre con respeto y siempre tratando de comprenderla, y sobre todo mostrando su incomprensión ante algunos puntos y actitudes, y avanzando desde ella, es Teruel y Huesca, es Guadalajara, Cuenca, Soria, en general el interior de España, aquellas zonas de las que se salió a mediados del siglo XX de manera masiva buscando nuevas oportunidades en Madrid, en Barcelona, en la costa mediterránea. La gente que se fue, hablando en general, nunca volvió, o nunca más de unos días en los veranos y vacaciones de Navidad. Ese fenómeno, como bien repite el libro, se produjo más o menos en todo el mundo, pero quizá en España fue más violento y dificultó más que se cruzaran las fronteras entre ambos mundos, ya que fue más tardío que en otros países, y más de aluvión, concentrado en unos pocos años y unas pocas ciudades.

El subtítulo del libro habla de un país que nunca existió. Nunca existió porque nunca se habla de él, solo cuando suceden desgracias. La España vacía solo aparece en las secciones de sucesos y cuando hay incendios y sequías. No marca la agenda de los políticos, como se suele decir. No está en el imaginario del cine ni de la literatura. Apenas centra reportajes. ¿Tienen sus habitantes derecho a sentirse ignorados? Sin duda. Los de la ciudad nos los imaginamos, ignoramos sus necesidades reales y aún nos permitimos burlarnos. Sus supuestos representantes políticos, esos diputados que hacen que un voto en Soria valga 5, 6, 7 veces más que en Madrid, apenas conocen la realidad de la zona, porque raramente son realmente de la zona. Las dos Españas que dibuja Sergio del Molino acercan sus espaldas para no verse y seguir viviendo en la ignorancia y el tópico.

El gran mérito del libro es que desmonta tópicos, nunca incide en lugares comunes, ofrece datos donde son necesarios (como por ejemplo que la población en la España rural ha aumentado en los últimos 50 años, lo que pasa es que a un ritmo mucho menor que en la España urbana, un dato que contextualiza muy bien) y se los guarda donde sólo nos avasallarían a los lectores, compara la realidad nacional con la de otros países, busca dónde tienen su origen los miedos del pueblo a la ciudad y viceversa, y en qué puntos no son más que los mismos miedos que se han ido repitiendo durante toda la historia, miedos que ya venían representados en la historia de la Torre de Babel.

La España rural siempre ha estado como un tema literario en España, al menos desde la generación del 98, que la paseó, la vivió, la sufrió. Hace pocos años hemos visto una cierta moda narrativa que dio en hablar de gente de la ciudad que llega al campo y se queda encandilada con los pueblos. La apuesta de Sergio del Molino me parece más honesta, no en cuanto a las intenciones, ya que desconozco la de aquellos narradores, sino en cuanto al propio libro. Del Molino ni idealiza ni estigmatiza la España rural. Está ahí, se nota que la ha pisado, paseado y pensado, y lo cuenta. El libro es profundo sin dejar nunca de ser ameno. Está muy bien escrito y trata de desmontar mitos e injusticias, y siempre lo hace con una sencillez clarividente. La escritura acompaña en todo momento, es la justa, y Sergio del Molino no ha tratado de lucirse en ningún momento, lo que se agradece mucho. Es un ensayo que merece la pena leer. Muy muy recomendable, pues se disfruta cada página y se aprende con él, no tanto datos o historias, como a mirar de otra manera una realidad tan cercana como alejada.

Seguiremos leyendo.

Felices lecturas


Sr. E