miércoles, 5 de diciembre de 2018

Magma y Oso vs. Tiburón


Magma, de Lars Iyer (Pálido Fuego) y Oso vs. Tiburón, de Chris Bachelder (Ed. Automática), sin olvidar del todo La invención de la tradición, de Eric Hobsbawm (Ed. Crítica)


Hay libros a los que llegas sin tener muy claro cómo, ni por qué. ¿Qué puede llevar a alguien a querer, elegir, entre todas las novelas que se le presentan en la estantería de novedades de la biblioteca, un libro titulado Oso vs. Tiburón? ¿Puede un libro tener un título más horrible? ¿Y una portada más estridente? ¿Puede algo ser tan aparentemente horrible que resulte, al final, irresistible? No lo sé. Pero escogí Oso vs. Tiburón, de Chris Bachelder, y lo traje a casa. Empecé a leerlo y pocas horas después quería que no se terminara nunca. ¿Qué tenía a favor un libro así? Sinceramente, lo único que parecía poder jugar a favor de un libro así era su editorial, Automática, de la que leí este verano, de manera también casi casual, una distopía soviética, Moscú 2042, que es otra maravilla.

Pero hay maravillas que no son para todos los públicos. Desde luego que no. Me atrevo a decir que Moscú 2042 (de Vladimir Voivónich) es una maravilla, y lo será, claro, para un porcentaje reducido de lectores (que son, a su vez, como ya sabemos, un porcentaje pequeño y menguante de la población). Oso vs. Tiburón será una maravilla solo apta para aún menos personas. Y no pretendo hacer aquí un ejercicio de elitismo, simplemente de estadística. No creo, de hecho, que haya que ser un lector exquisito para que Oso vs. Tiburón te entusiasme. Quizá sea imposible que lo haga si es realmente un lector exquisito (pienso en los verdaderos degustadores de prosa, en esos que solamente disfrutan con las páginas de Proust, Nabokov o Cartarescu). ¿Es el mismo lector el que disfruta de El hombre sin atributos, de Robert Musil, o un libro así? Supongo que hay lectores capaces de disfrutar de ambos, y otros que se entusiasmarán con uno y no podrán leer el otro. Serán, en ambos casos, lectores ambiciosos y decididamente literarios.

Después de todas estas preguntas y consideraciones que no nos van a llevar a ningún sitio, empiezo por los libros. Oso vs. Tiburón, de Chris Bachelder, es un libro frenético, que se ramifica desde su escritura lacónica y acelerada (acelerada al modo en que está acelerado el ritmo de la telerrealidad respecto al de la realidad). La novela está llena de situaciones absurdas, diálogos estúpidos, expertos en idioteces (verdaderos filósofos capaces de dar un millón de argumentos a favor del oso o a favor del tiburón en un hipotético combate entre ambos), una televisión omnipresente y datos: datos falsos, datos auténticos que sirven para manipular igualmente, datos malinterpretados, datos que nadie entiende pero pasan de boca en boca. Esa sobre exposición a los datos y esa aparente incapacidad para comprender realmente de dónde vienen y a dónde van esos datos que promueven el verdadero terror, me han recordado, de modo inmediato a Don DeLillo, a Ruido de fondo, por ejemplo. Y la capacidad de fascinarse (buscando que como lectores empaticemos con esa fascinación y nos quedemos nosotros mismos fascinados) ante cualquier hecho extraño, o (peor) algo normal que pueda mirarse de un modo distinto y desconcertante, me ha remitido a Rodrigo Fresán. De mi altar de lecturas, Chris Bachelder me ha traído a la cabeza, de modo inmediato, a DeLillo, Fresán y también a David Foster Wallace. Bachelder, con esos nombres al lado, pertenece, sin duda, a lo que podemos llamar posmodernismo narrativo. Oso vs. Tiburón es una novela que intenta parecerse a un programa de televisión, o más que a un programa, a un canal que tenga que rellenar su programación durante 24 horas con marcianadas. Y si la hubieran escrito ahora, en vez de en 2001, esa forma sería la de conversaciones y discusiones sin fin en Twitter o cualquier red social en la que los seres humanos contemporáneos nos enzarzamos en discusiones sobre la verdad, el ángulo adecuado para tratar cualquier tema, vomitamos lecturas sin digerir de filósofos postmarxistas o postestructuralistas que se convierten en una papilla llena de palabrería, o simplemente nos arrojamos piedras unos a otros.

La gente apoya al oso porque se parece a nosotros. Tiene orejas y brazos y ojos. Los que apoyan al oso son sencillamente etnocéntricos, porque los osos son como los humanos. Los dos somos vertebrados.

Buscando la tesis profunda del libro, supongo que es algo así como que los pueblos necesitan entretenimientos que por un lado los cohesionen y por otro los mantengan alejados de los problemas reales, no vaya a darles por protestar. Por rara que parezca la relación, he encontrado en Oso vs. Tiburón rasgos del ensayo La invención de la tradición, de Eric Hobsbawm y otros autores, un libro que he leído varias veces y que me fascina por cómo muestra los mecanismos que convierten una falsedad en algo de toda la vida, y cómo ese algo de toda la vida, investido de tradición, parece ser aceptado solo por eso. El libro de Hobsbawm explica cómo en algún momento de la historia se fueron inventando todas las tradiciones, y lo hace centrándose en los mitos del nacionalismo galés o escocés o de la monarquía británica, pero pueden extenderse a cualquier folclore admitido como propio, empezando por el español. Hay un momento en Oso vs. Tiburón en el que la novela se desnuda, y desnuda cualquier mito:

Los expertos no encuentran pruebas que demuestren la idea tan conocida que dice que Darwin le dijo una vez a Huxley: Si el indolente e inútil oso fuera capaz siquiera de arañar al terrible tiburón, me como mi sombrero. En esencia, la historia parece inventada.
¿Y dónde nos deja esto, Tom?
Bueno, los tipos que estudian la cuestión están esencialmente de acuerdo en que el problema Oso vs. Tiburón, tal y como se plantea por lo general en la actualidad, es decir: ¿Quién ganaría en una pelea entre un oso y un tiburón?; no proviene ni de la Antigüedad ni del medievo, ni siquiera de la época victoriana, sino que de hecho se remonta, en esencia, a no más de ocho o diez años.


Curtis dice: La cuestión es que es difícil saber qué creer.
Matthew dice: No, la cuestión es que hay un montón de cosas que creer.
El señor Norman dice: ¿La cuestión no es que no deberías creerte nada?
La camarera dice: ¿No son todos esos el mismo argumento?
El periodista del Televisor dice: Devolvemos la conexión, Derek.

Por su estilo dialógico, acelerado, televisivo, vacío y centrifugado, su lectura se ha mezclado en mi mente con otro libro que vino en esa misma visita a la biblioteca. Ese libro es Magma, de Lars Iyer, publicado por otra editorial que hila fino, Pálido fuego, referencia en España en la traducción de nuevos autores posmodernos y que ha ayudado a completar las ediciones de David Foster Wallace en nuestro país. Magma narra la historia de un alter ego de Lars Iyer, llamado Lars, y su mejor (y único) amigo, W. Los dos hablan sin parar, en una cháchara vacía, dotada de una trascendencia intelectual y una impostura que hace pensar a ratos en el propio Foster Wallace y en otros momentos en la obra Esperando a Godot, de Samuel Beckett. Estos Vladimir y Estragón con título superior hablan de lo divino y lo humano, tratan con reverencia a todos esos autores que deberían ser sus referentes pero a los que son conscientes que ni siquiera comprenden bien, de Kafka (estrella polar de esta navegación por los libros y el absurdo) al cineasta húngaro Béla Tarr.

¿Cuándo lo supiste?, dice W. con gran insistencia. ¿Cuándo supiste que no ibas a llegar a nada? ¿Lo supiste? Pues a veces sospecha que nunca lo he sabido.


¿Tendría el Mesías estúpido seguidores estúpidos?, se pregunta W. ¿Seguidores tan estúpidos que no sabrían a quién estarían siguiendo, ni qué significa seguir. Un misterio tras otro.


W. se pregunta si nosotros también hemos descubierto el infinito a nuestro modo. Nuestra incesante charla. Nuestra incesante sensación de fracaso total.


¿Es él el Mesías? ¿Lo soy yo? El Mesías nunca llevaría una camisa como esa, dice W. Nunca llevaría los pantalones ondeando por los tobillos. El Mesías no se compraría la ropa en Primark, dice W., eso lo tiene claro.


Tienes que reconocer que no eres Kafka, dice W., eso es lo primero.


Naturalmente, W. nunca se confunde a sí mismo con Kafka, como yo hago. Él nunca ha pensado en sí mismo sino como en un Max Brod. Pero la cuestión es que los otros son siempre Kafka, de ahí que nunca debas escribir sobre ellos ni agarrarte a sus conversaciones, no digamos ya inventarlas. Sí, el otro es siempre Kafka, dice W., incluso yo. Él lo reconoce, ¿por qué yo no?


¿De qué pensábamos que éramos capaces? ¿De dónde venía esa esperanza feroz? La nuestra es una clase de idiotez bastante pura, admitimos. Somos idiotas, reconocemos, idiotas que no comprenden del todo la profundidad de su idiotez. Somos los místicos de la idiotez, admitimos, idiotas místicos, perdidos en nuestra nube de ignorancia.

Seguiremos leyendo, y dejándonos sorprender.

Felices lecturas

Sr. E

martes, 27 de noviembre de 2018

GB84, de David Peace


GB84, de David Peace (Hoja de Lata)

Quienes leen este blog, y quienes me preguntan por libros, y especialmente quienes me dicen: me gusta la novela negra, me han escuchado (o leído) hablar del maravilloso Cuarteto de Red Riding de David Peace. Tengo para mí que si James Ellroy es un heredero (uno de esos herederos que coge lo recibido y hace con ello algo totalmente inesperado, pero tras el que se reconoce la herencia inicial, en este caso la búsqueda de la brillantez estilística por encima de la trama detectivesca) de Raymond Chandler, David Peace es el más aventajado entre quienes aprendieron a escribir novela negra leyendo a James Ellroy. Si hay algo que hoy en día llama la atención en la escritura de Ellroy es su crudeza. En una media de novelas negras donde parece que los autores consideran básico estar recordándonos que lo monstruoso es monstruoso, y que ellos, a través de sus narradores, lo condenan, Ellroy se dedica a recordarnos que el mundo es un lugar hostil en el que existen monstruos. Y lo hace con un lenguaje literario poderoso y propio pero que no esconde la realidad. En esa misma línea David Peace fue un paso más allá (en mi opinión) en el Cuarteto de Red Riding (que en España editó Alba). En aquellos libros Peace se mostraba como un maestro de la escritura, un absoluto dominador del flujo de conciencia, que iba de una voz a otra durante más de 2.000 páginas sin dar tregua al lector. David Peace se metía en una piel intermedia entre Ellroy y Joyce (y ya sé que puede sonar exagerado, pero creo que hay que leerlo para ver que no es tan exagerado) para narrar una historia que como quien dice había pasado en su pueblo. Peace, nacido en Yorkshire, desgranaba en aquella tetralogía la historia de los crímenes del llamado Destripador de Yorkshire, quien mató a 13 mujeres entre 1975 y 1980 (cuando David Peace tenía menos de 15 años, cuando me imagino que en su región se vivió una verdadera paranoia ante algo así). Lo más importante del Cuarteto de Red Riding es que no se trataba de una historia que siguiera la trayectoria de aquel asesino ni desde el punto de vista policial ni del propio asesino ni de una de sus víctimas, sino desde un punto de vista casi colectivo, social, con policías perversos, asesinos defendidos por el sistema, periodistas sin escrúpulos, trepas, concejales que solo quieren que dejen de pasar desgracias en su territorio.

Aquel sujeto colectivo del cuarteto de Red Riding, que venía a denunciar el derrumbe de un modo de vida, más o menos seguro en muchos aspectos (el industrial, el familiar, el del orden y la ley, el de las instituciones y la prensa), es el personaje central de GB84. Esta novela, que tradujo y editó Hoja de Lata (en un magnífico trabajo), es una novela social contada con ritmo y maneras de thriller. Es una novela política, que no se esconde, y que pese a ello no renuncia (ni por un momento) a tomar las formas de la mejor literatura para defender una tesis. David Peace piensa que en aquellos primeros años 80 se produjo un crimen, el asesinato de (lo que quedaba de) la clase obrera. Margaret Thatcher es la principal sospechosa del crimen, en términos de una novela negra, la mujer que trajo desde finales de los setenta un discurso que culpabilizaba a los pobres de su pobreza, y una vez estos eran los culpables ante la opinión pública podían quitárseles sus derechos de pobres (sus privilegios, en términos de guerra neoliberal, el privilegio de cobrar un subsidio de desempleo, el privilegio de acceder a viviendas sociales, esa clase de privilegios). Tuve hace años un profesor de inglés, criado en los años setenta en la educación pública británica, que contaba que en su infancia hablaban de Margaret Thatcher, the milk snatcher, porque una de sus primeras medidas (creo recordar que antes de ser primera ministra, cuando entró como ministra de educación en el gobierno de Edward Heath) fue quitar las meriendas con leche que les daban a los niños en el colegio. Una acción harto representativa de un modo de entender la política. ¿Cuánto se puede ahorrar realmente con algo así (en comparación con lo que son los presupuestos de un gobierno)? ¿Hay un símbolo más miserable y cutre que quitarle la leche a los niños?

La huelga minera de 1984 fue la última gran huelga de la Europa Occidental. Puede sonar grandilocuente, pero el día en que aquella protesta terminó (5 años antes de la caída del Muro de Berlín), terminó con ella la capacidad de influencia (en el sentido de preocupar al poder político y económico) que los sindicatos aún mantenían. En esos términos, la novela de Peace es ante todo una novela bélica. Y la narra desde la trinchera, pero también desde los despachos donde unos y otros (y aún otros unos y otros otros, porque las historias se cruzan, y los que creen que pueden sacar algún beneficio parecen estar haciendo cola para recoger su turno) deciden que la guerra debe seguir adelante. Los mineros mantuvieron el pulso, pero perdieron. El gobierno (con sus cloacas) consiguió que la gente los fuera viendo, poco a poco, como unos pesados gritones, un grupo de vagos violentos, antisociales, reaccionarios a su modo. Porque se jugaban distintas partidas entre la revolución y la contrarrevolución y aquella revolución

Thatcher sobrevuela toda la novela casi como un espíritu inspirador de todos los personajes, los que la siguen y quienes se sitúan en su contra. Thatcher está al fondo, se pasea por la sombra, pero no es uno de los personajes, y ella y la Reina de Inglaterra son prácticamente los únicos que faltan. A lo largo de las más de 600 páginas de la novela (cada página del libro es densa, pesa, hay que leerla con gran atención para no perderse detalles, conexiones, pasados y futuros) se cruzan huelguistas, sindicalistas, sindicalistas dispuestos a rendirse, esquiroles, periodistas, policías locales, jefes de la policía, ministros, diputados, hombres oscuros que trabajan para el mejor postor, y las mujeres de muchos de ellos, las que los comprenden y las que se cansan de comprender y esperar.

Que nadie entienda, por favor, que GB84 es un libro únicamente político, una de esas aburridas novelas de tesis que obvian su obligación como novela para tratar de imponer su tesis. Porque nada más lejos de lo que se encontrará. GB84 no propone una tesis, sino que funciona a modo de registro de un tiempo y sus conflictos, muestra en vez de contar, como se suele recomendar a los escritores que empiezan. David Peace se cuela con una cámara oculta y una grabadora en los cuartos más oscuros, esos en los que en determinados momentos se mueve todo. Y lo reconstruye, tal y como pudo suceder, en formato de novela. La novela, como tal, es ambiciosa. Los capítulos se van sucediendo, se interrumpen (literalmente, una de las dos narraciones corta las frases a medias, como si hubiéramos escuchado algo en el autobús y quien lo estaba contando se hubiera bajado en una parada anterior a la nuestra), se recuperan, a veces no, a veces se quedan como cables sin conectar. Hay ideas, y casi frases, que se repiten, hay argot, ruiditos (porque los micrófonos conectados al teléfono por espías hacen ruido), personajes que hablan mal, gritos, susurros. Si la comunicación es mensaje + ruido, aquí hay ruido y hay mensaje, y muchas veces se entremezclan. Es un libro incómodo de leer. Y sin embargo una gozada.

Quizá en la era de la prosa masticada, la prosa sin cocinar nos cueste un poco al principio, pero vale la pena morderla. Quizá nos perdamos en muchos momentos con quién es exactamente el que está hablando, y con quién, y de quién están hablando (y ya no digamos por qué). Cuando yo estaba en el instituto tenía compañeras (sobre todo eran compañeras aquellas lectoras) que leían entusiasmadas Cien años de soledad y que iban elaborando un pequeño dossier con quién era cada Amarante, cada Aureliano, hacían mapas, árboles genealógicos. Yo leía el libro perdiéndome en aquellas ramas familiares entrecruzadas y creía estar entendiendo al final lo mismo. Con GB84 recomiendo dejarse perder. Embriaga la sensación de que el libro nos está ganando, es más listo que nosotros, como en las novelas negras tramposas el autor ya sabe quién es el criminal y esparce pistas falsas. Y al final uno termina agotado (pero con ese agotamiento satisfactorio que nos llega al final de un día ajetreado pero festivo, o tras una carrera que hemos ganado) pero orgulloso.

Tras cerrarlo todo encaja, pero encaja al nivel al que encaja la sociedad, al que encaja la vida. No del todo. No igual para todos. Al final uno acaba con la sensación de que en este libro hay pocos vencedores y muchos perdedores. Y piensa que aquellos perdedores no tienen casi quien los recuerde. Como si no importaran. Como si nunca hubieran importado de verdad.

Seguiremos leyendo y comentándolo de vez en cuando.

Felices lecturas

Sr. E

miércoles, 21 de noviembre de 2018

Autoficción: El dolor de los demás vs. El último samurái


Dos acercamientos a la novela de autoficción: El dolor de los demás, de Miguel Ángel Hernández (Anagrama) vs. El último samurai, de Helen DeWitt (Mondadori)

Desde hace un par de años (al menos, o quizá han sido menos pero se me han hecho muy largos) se cuestiona mucho la narrativa de autoficción. Se habla como cuestionándola, intentando que los lectores (y aún más los que también escribimos) pensemos qué, cómo y por qué de la autoficción. Me interesa (moderadamente) la autoficción. Igual que me interesa la narrativa de no – ficción, el ensayo, la novela negra, el relato, las grandes novelas rusas del siglo XIX o el posmodernismo. Hay géneros que me gustan más que otros, pero en general en un libro me centro en si ese libro en particular me toca o no, y por qué. Pienso que hay buena y mala autoficción, igual que hay buenas y malas novelas negras, buenas y malas novelas de terror, buenas y malas novelas de buenos y malos autores que ganaron (o ganarán) el Premio Nobel.

En este caso me he fijado en dos libros que he leído en los últimos meses (el de Miguel Ángel Hernández en verano, el de Helen DeWitt a mediados de octubre), dos libros de los que se ha hablado muy bien, uno que me ha gustado bastante y otro que me ha gustado bastante poco. De Miguel Ángel Hernández había leído su primera novela, Intento de escapada, con la que fue finalista del premio Herralde. Aquel libro me gustó más en unos aspectos que en otros (la idea sobre la que planeaba me pareció muy interesante, bien buscada, bien tirada, pero la consecución del libro no me pareció redonda). No conocía el nombre de Helen DeWitt hasta que hace unos meses lo leí en una reseña sobre esta novela, que acababa de ser reeditada.

Empiezo haciendo una pequeña sinopsis de cada uno de los libros. El dolor de los demás, de Miguel Ángel Hernández, es la rememoración (más que reconstrucción) de lo que sucedió justo al lado de su casa en la Nochebuena de 1995. El que era su mejor amigo (leyendo el libro parece que casi su único amigo) mató a su hermana y luego se suicidó. Aquello se quedó enterrado en el pasado del futuro autor, cerca de donde enterró su infancia, sus vergüenzas, su pasado en la huerta murciana (que tiene en la novela el peso de lo tradicional, lo inmutable, con todas esas gentes que no se mueven nunca de allí y cada vez que lo ven de visita lo encuentran más extraño), sus creencias trascendentales, su gordura adolescente, el deseo por cualquier chica que le hiciera algo de caso, su vida familiar con hermanos mucho mayores que él, con un padre serio, con una madre con continuas depresiones. La historia que nos cuenta Miguel Ángel Hernández nos va mostrando que él en realidad quería escribir una novela de no – ficción, algo así como un A sangre fría en la huerta murciana. Pero incapaz de encontrar respuestas en aquel suceso terrible del pasado, Miguel Ángel Hernández se limita a mirar fotos, a abrir heridas (las suyas, las de algunos parientes, seres cercanos), a pasear por el pasado, preguntar, escuchar las habladurías del pueblo (esa clase de pueblo que es cualquier pueblo, en el que nunca se calla pero todo queda casi silenciado), a darse cuenta de que en realidad no sabía nada de aquel amigo suyo, que nunca se preocupó por lo que le había pasado a su hermana, que dejar el pueblo tiene siempre un poco de huida vergonzosa, de abandono de quienes lo quisieron. En ese sentido es magistral la sinceridad con la que mira las enfermedades de sus padres, la pena que le producen, pero cómo dice: yo no voy a ocuparme de eso.

Creo que lo que me gusta del libro de Miguel Ángel Hernández es que se mira en un espejo poco favorecedor. Es despiadado con aquel adolescente de la huerta que no se enteraba de nada y es condescendiente con el profesor de universidad moderno en el que se ha convertido. No deja de señalar los nexos entre uno y otro. No duda en dejarse en mal lugar. Es cruel cuando toca. Y lo es especialmente consigo mismo. Tiene piedad con todos, incluso con el asesino, pero se guarda poca para él. Lo que menos me gustó del libro no tuvo que ver con esa voz ni con la trama, sino con la estructura, con ese permamente: “querría escribir otro libro pero no sé, solo me sale este”; “no sé si debería estar escribiendo este libro pero aquí estoy”. Es un juego que ya está quizá demasiado visto, y que se lleva demasiadas páginas, pero aún así la lectura mereció mucho la pena. Lo universal que puede llegar a ser una pequeña pedanía de la huerta murciana, con sus construcciones sociales, convenios no explicitados, tradiciones etc. da bastante miedo. El libro me perturbó, me sigo acordando de él casi tres meses después de haberlo leído.

Lo que más me gustó en El dolor de los demás es lo mismo que me disgustó en El último samurai. El último samurai (una referencia a una película, Los siete samurais, de Akira Kurosawa que tiene un peso bastante grande en la trama) me gusta como forma y me aburre en el fondo. Creo que lo que hay que aplaudirle a Miguel Ángel Hernández, ese narrador que mira a lo feo de sí mismo y lo expone, es lo que hay que criticarle a la narradora de DeWitt, el contarnos que es una mujer super brillante, hija de un hombre super brillante y madre de un chico que es un genio. Son todos tan inteligentes que me aburren. Y supongo que la pregunta es si acaso esos seres super inteligentes no se merecen una novela, y supongo que la respuesta será que sí, pero que no es un libro que a mí me interese excesivamente. Creo que es muy fácil escribir en la frontera de la autoficción diciendo: “¡qué listos somos todos aquí, qué difícil es nuestra vida!”.

Luego, como artefacto, el libro está muy bien trabajado, bien hilado, mezcla la voz de la madre con recuerdos del padre de la narradora, con reflexiones agudas sobre películas, libros, músicos, genios precoces, descarrilamientos, conversaciones con un pequeño talento precoz de cinco años, y el propio diario del niño, que se pregunta quién es, de dónde ha salido, quién es su padre. Y me parece que se hace también una montaña de un hecho que por supuesto es importante, no tener padre, pero que comparten muchas personas, sin que parezcan desquiciados por dar con un buen modelo masculino sustitutivo. He leído en críticas comparaciones con El guardían entre el centeno (que no veo por ninguna parte) y sobre que no es más que una historia (otra más) que trata de comprender algo tan difícil de entender como qué es (y qué no es) un padre. ¿Para qué sirve un padre?, podría titularse. Formalmente, repito, está muy bien ligada, es brillante (al modo en el que los textos de David Foster Wallace son brillantes, hasta el punto de que a veces cansan por su propia brillantez) y se lee con agrado. Pero una vez pasadas unas horas, la supuesta aventura autoral me parece una labor bastante cómoda. Un libro para enseñar y decir: Mira qué brillante me ha quedado esto, mira qué inteligentes somos todos los que salimos en él. Lo contrario de lo que encontré en el libro de Miguel Ángel Hernández, un libro incómodo de escribir y de enseñar, lleno de heridas purulentas, menos conseguido como novela pero más duradero en mi memoria.

Claro, esto no es más que mi percepción como lector. Pero de eso va este blog, me temo.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

miércoles, 14 de noviembre de 2018

Distinta Clara, de Alba Ballesta



Ayer tuve el gusto de presentar en el Ámbito Cultural de El Corte Inglés la novela Distinta Clara, de Alba Ballesta, ganadora del Premio Ateneo Joven de Sevilla de este año. En un lugar poco propicio y con una estructura tal vez demasiado rígida, pudimos dedicar 20 minutos a hablar del libro, echando de menos un entorno más acogedor. Os dejo aquí algunas notas de la lectura que hice del libro y que fui tomando para preparar la presentación. Valgan a modo de re – presentación ante los lectores del blog.



Distinta Clara, de Alba Ballesta (Editorial Algaida)

Me alegro de estar aquí esta tarde, primero porque veo a Alba presentando una muy buena novela, y segundo porque de alguna manera he ido siguiendo, si bien a distancia, el nacimiento de este libro. Desde que Alba estuvo becada en la Residencia de Estudiantes y nos conocimos (porque somos del mismo pueblo pero nos conocimos en Madrid y creo que únicamente nos hemos visto en Madrid, donde ella ya no vive pero a donde vuelve con frecuencia) andaba dándole vueltas a esta historia. A poner una parte o quitarle otra, a volver a montar toda la trama, corregir más, corregir menos, esa clase de cosas que hacen las escritoras. La verdaderas escritoras. Le pregunté una vez a Alba, ante un vino, si siempre había querido ser escritora, y me dijo muy seria que no, que de pequeña quería ser actriz. Quizá fuera mentira. Tal vez sea una buena actriz que representa el papel de escritora y lo hace francamente bien. Nuestra ciudad, como la M. de Clara Dubasenca, es un sitio del que uno solo puede salir. Y me llama la atención que haya llamado así a esa pequeña ciudad de provincias, en un libro en el que hay tanto detalle sobre dónde vive y de dónde viene cada personaje, donde hasta tiene cierta importancia el hecho de que Laia sea de Vilanova. Me pregunto si no pretende, sencillamente, que cualquiera pueda entender que es la suya, su pequeña y asfixiante ciudad de provincias.

¿Qué es Distinta Clara? Cuando Alba me pidió que la acompañara aquí esta tarde, yo aún no había leído el libro. El libro aún no había sido publicado, realmente, y creo que ni ella lo tenía físicamente. Buscando en internet vi que amazon lo tenía en preventa y que lo describía como una novela de aventuras. Y me hizo gracia, porque por las descripciones de las que disponía (lo que Alba había deslizado en alguna conversación de café, en algunos emails) me imaginaba un libro entre lo metaliterario y lo metafísico. Pero luego empecé a leerlo y pensé que quizá no era una descripción tan desacertada. Hay grandes novelas de aventuras que rozan la metafísica y que se leen en esos términos desde hace décadas: Moby Dick, La isla del Tesoro, Robinson Crusoe o Los viajes de Gulliver. Distinta Clara quizá sea una novela de aventuras, de búsqueda del tesoro. ¿Quién es Clara Dubasenca? es su pregunta central. Y a partir de ella, con una estructura sencilla que funciona con el encanto de una novela de suspense clásica (y piensen más en novela policíaca que en novela negra, y piensen incluso en esos autores británicos clásicos, esos Agatha Christie, Eric Ambler, Gaston Leroux, Conan Doyle, esos autores canónicos que iban sembrando de pistas las páginas para que el lector jugara al detective), en la que cada personaje con el que Laia va hablando le habla a su vez de otro más, un paso más cerca (aunque a veces sea más lejos, o a veces sea en otra dimensión), que también conoció a Clara. Este mecanismo, en apariencia sencillo, funciona sin embargo y nos mantiene leyendo durante 300 páginas, en las que esta historia principal apenas se detiene de vez en cuando para contarnos algo sobre Laia (ella y sus padres, ella y sus amigos).

Pere, el dueño del famoso bar de Pere, alrededor del cual parece que circularon durante toda la década aquellos personajes, el hombre que le puso nombre a un bar que no era suyo y que ahora, tantos años después, regenta un bar suyo mucho menos popular y al que nadie llama por su nombre, ese Pere le dice que Clara no se sentiría cómoda sabiendo que hay alguien empleando tantas energías en buscarla, en desenmascararla, en desentrañarla. Le dice que no pretende desanimarla, claro que no, pero que existe la posibilidad de que no llegue a ningún lado. Y superados los tres cuartos de la novela hay un giro, la novela se desplaza, de mirada y de lugar, y va hacia su desenlace. Clara Dubasenca es quizá eso que se suele llamar una escritora de culto, que podría ser, si queremos convenirlo así, alguien que le gusta mucho a muy poca gente. Laia, platónica, idealista, tal vez solo joven e inocente, se enfrenta a la realidad. Hay una opción clara, la interacción. Pero elige, claro, no hacerlo. En la parte final de la novela Laia se va enterando de que Clara no era más que una máscara, que su vida es la consecuencia de una familia, de una historia. Laia se da cuenta de que quizá Clara es más vulgar de lo que ella pensaba, y decide mantener, al menos hasta donde puede, la distancia entre la autora y la obra. Y esa es la última reflexión que nos deja la novela, una nueva idea sobre los mecanismos de la creación.

Como los buenos libros, Distinta Clara tiene muchas lecturas. También mucho de novela de formación pero Laia no se forma como suelen hacerlo las protagonistas de estas novelas, sino que lo hace a través de Clara, su sombra, su fulgor y su búsqueda. La búsqueda es aquí el camino, qué duda cabe. Distinta Clara es en gran parte una novela de formación y es también una novela generacional, y en ese sentido entiendo que es un acierto que nos llegue con la etiqueta de un Premio de Novela Joven. Laia podría ser una hermana pequeña de Alba, o quizá un alter ego de la propia Alba cuando empezó a escribir este libro, y hay un retrato de una generación, una que se ve obligada a crecer y madurar en precario, haciendo equilibrios, en ciudades, como es Barcelona en la novela, como es Madrid, que mutan. El viaje de Laia es completo, en la página 34 considera que Clara Dubasenca se le aparece como una oportunidad, en bandeja de plata. Ella, en su vida de estudiante, tiene que terminar un Máster, algo para lo que quizá tiene vocación pero sobre el que va perdiendo la sensación de que tenga ningún sentido. Hacia el final de la novela ella misma le reprocha a Diego que la incite a intentar sacar provecho de su investigación. ¿Qué clase de provecho? ¿No ha entendido nada? ¿Nadie ha entendido nada? ¿Y la propia Laia, qué ha entendido?

El estilo de esta novela es sutil y con una prosa con imágenes que nos sorprenden puntualmente, los juegos del lenguaje y del significado. Ahí la autora es hábil porque carga sobre la personalidad de Clara esos juegos, esos poemas que parecen a veces juegos de Cortázar. Pienso al leer este libro en Sara Mesa, Carson McCullers y Fleur Jaeggy. Sé que Alba es una atenta lectora de Duras, quizá habría que añadirla. La recreación de una poeta, con su obra y todo, y el hecho de ser capaz de hacer de una poeta desconocida una cuestión casi de vida o muerte (aunque no es tan grave, simplemente Laia trata de mantenerse atada a algo) creo que es algo muy bolañesco. Y termino hablando de un juego de espejos. ¿Es Clara Dubasenca para Alba Ballesta como el John Shade del Pálido fuego de Nabokov?

Preparando un poco estas notas, y rebuscando por las redes, uno se topa con una tal Alba Steiner, que posa con cara de actriz de los ochenta, y que desde un blog llamado fotogramas psicosomáticos nos dice: no soy escritora. Solamente escupo palabras al azar, las organizo tecleando furiosa unos caracteres que luego se reflejan en la pantalla del ordenador y las publico en el blog. Todo lo que puedas leer aquí forma parte de mi pequeña estafa literaria. Si en algún momento te sientes timado, para. Deja de leer, aunque rompas un hiato o desalientes una coma. No quiero tener que rendir cuentas a nadie. Yo ya te he avisado, no soy escritora. Aunque escribo esperando que un día os traguéis mi mentira. Ese blog está parado (parece) desde hace más de dos años, y si uno sigue buscando un poco más en internet se encuentra con un librito publicado en 2014 titulado Obras completas de Clara Dubasenca, Tomo III, registrado en una clase de fundación situada en Suiza (por completar el juego nabokoviano). Un librito que no he conseguido encontrar dónde podría comprarse y en el que Alba Ballesta aparece como editora de esa breve muestra de la obra poética de Clara Dubasenca. Ese libro, por cerrar, aparece en la pestaña de Biblioteca de la tal Alba Steiner. Y para rematar, uno encuentra un vídeo de finales de 2014 en el que una chica a la que presentan como Alba Ballesta acude a una sesión de micrófono abierto, como aquellas de las que habla este libro, y como parte de un encuentro llamado En busca del tiempo bebido organizado por un llamado colectivo Gilles de Rai (célebre infanticida) lee un pequeño poema que habla sobre la chauaficcia, el arte de hacer esculturas con bolsitas de té, del que declara que sea quizá la única practicante del mundo, hecho que esta novela desmiente, pues ya Clara Dubasenca la practicaba. Y quizá deberíamos empezar preguntándole a Alba Ballesta qué pasa ahí, con eso, si todos los que estamos aquí esta tarde somos personajes secundarios y extras de su siguiente libro?

Y mientras nos contestan, nos queda el libro para leer. Disfrútenlo.

Felices lecturas

Sr. E


martes, 6 de noviembre de 2018

Cariño, de Miguel Ángel González


Este pasado lunes tuve la suerte de poder presentar en Madrid la novela Cariño, de Miguel Ángel González, editada recientemente por Alianza Editorial. El acto (que fue un éxito, lleno absolutérrimo) tuvo lugar en la Librería Cervantes, y nos permitió hablar durante algo menos de una hora sobre el libro en concreto, pero en general sobre la literatura, su literatura y su manera de afrontar y disfrutar la escritura, la lectura, las historias y los libros.
A modo de breve reseña y a modo de invitación a acercaros al libro, quiero transcribir aquí algunas de las notas que tomé para preparar la presentación, ordenadas con más esmero que en los papeles con los que acudí al acto.

Cariño, de Miguel Ángel González (Alianza Editorial)

Desconfío profundamente de todo aquel (o aquella) que decida presentarse como genuino o auténtico. Desconfío de quienes proclaman que nunca han cambiado ni cambiarán. Casi diría que me dan miedo. Me encanta, sin embargo, la gente que es auténtica y genuina, que vive con pasión lo que hace, pero que nunca lo proclama (sí proclama su pasión, no su autenticidad). La gente que mantiene sus esencias porque considera que así debe hacerlo y cambia lo que considera que debe ir cambiando, porque estamos vivos y evolucionamos.

Me pasa eso con mis amigos y me pasa eso con mis escritores, con mis músicos, con mis referentes culturales, vengan de donde vengan. Me pasa eso cuando leo Cariño, la nueva novela de Miguel Ángel González.

Conocí a Miguel Ángel González en la entrega de Premios del Certamen de Creación Joven del Injuve en 2011. Yo era el finalista en la modalidad de Narrativa y él era el ganador en la de Poesía. Recuerdo que leyó un poema sobre una chica a la que todos sus compañeros de clase miraban con anhelo, una chica que una vez desvelados sus secretos no era quizá para tanto, pero que aún así merecía la pena, porque en un mundo lleno de apariencias y desengaños, esperamos que algo quede. Aunque solo sean las expectativas de los demás. Me acordé de ese poema cuando empecé a leer Cariño, porque pensé que en aquella poesía tan narrativa estaba el germen de este libro. Porque el autor había ido sumando años de escritura, aprendizaje, lectura y vida, y todo seguía un camino natural, mucho más maduro, seguramente, más perfeccionado, pero en el fondo en la línea genuina de aquel poema de hace muchas tardes.

Llego a Cariño y me encuentro con una figurita de Elvis Presley en la portada. ¿Por qué Cariño y por qué Elvis? Porque Cariño es un lugar, un pequeño pueblo de la costa gallega, y el cariño es una necesidad del ser humano. Queremos querer y queremos, quizá por encima de todo, que nos quieran. Y, ¿por qué Elvis? Porque su sombra, más que su figura, en forma de padre ausente, de padre que nunca fue, sobrevuela la historia. Supongo que porque no hay nada peor que imitar a otro, y peor si ese otro ha sido imitado hasta el aburrimiento, hasta quedar solo en figurita kitsch. Cariño son, en realidad, dos historias de frío y desamparo. Tenemos a una chica, Sofía, a la que podemos imaginar en la treintena, con un trabajo que no le convence, con fantasmas alrededor, sola, con una relación que se murió hace seis años pero de la que se sigue acordando, como se acuerda de los libros que ha leído, de las películas que ha visto, de los libros que aún quiere leer, de los viajes que no hizo. Se acuerda porque es la manera más cómoda de refugiarse de la intemperie. Porque podría explotar si no, y de hecho explota, pero lo hace mucho más adelante, en el pequeño pueblo gallego, a donde ha ido a visitar a aquel ex – novio, que ha tenido un accidente y que desde ese momento de renacer decide llamarla.

En aquel pueblo andan mientras pendientes de un chaval, preadolescente, que se ha escapado de casa, en un intento absurdo y desesperado, buscando no se sabe muy bien qué. Se sabe qué, en realidad, pero es casi la nada. Ese chico no ha tenido padre, pero sabe, por lo que su madre le ha contado, que una vez, antes de que él naciera, su padre ganó el concurso de imitadores de Elvis que se celebró en ese pueblo. Y decide ir a buscarlo. ¿Puede encontrarse a un padre así? ¿Merece siquiera la pena? ¿Es eso un padre? ¿Es mejor no tener un padre y tener la sensación de que se podía haber tenido o hubiera sido mejor tener en casa a un padre que imita a Elvis? El camino es el proceso, y el crío huye de la realidad entre autobuses y fantasías. Huye de la realidad porque la realidad da miedo. Su madre se está muriendo. Lleva unos meses muriéndose y él no puede estar allí. Llega el momento final y no quiere soportarlo. La muerte de su madre, de hecho, lo cogerá lejos, en un pueblo gallego perdido, buscando a un fantasma, encontrándose a cambio a otra chica perdida, mayor, que cuidará, quizá, de él.

Sin dar más detalles de la trama (que quizá ya he explicado en demasía) cuento que uno entra en la novela a través de un pequeño prólogo que ya siembra algunas pistas sobre la historia. Los narradores (Ella, Sofía, y Él, Mateo) se van sucediendo, amablemente, en una estructura más o menos clásica y fácil de seguir. La prosa es evocadora y reparte con acierto digresiones, meandros que permiten que la narración respire, nosotros tomemos aire, los personajes se resitúen, y que un poco al modo de las parábolas nos cuentan algo sobre lo que está sucediendo (y cómo y por qué) en la corriente principal del río de la novela. Hay una sensación de suave montaje cinematográfico, de que el autor va manipulando los tiempos, acelerando, dilatando, esperando a que llegue lo inevitable. Lo inevitable acude puntual a la cita, por supuesto.

Cariño nos emociona, como nos emocionó hace casi 3 años Todos los miedos. Miguel Ángel González sabe provocar ese efecto en nosotros, sus lectores, y lo hace sin recurrir al melodrama fácil y barato. Esta historia, en manos de un mal escritor, sería un culebrón. Incluso cuando parece que la historia puede bordear esa lágrima fácil, primero sube sacándonos una sonrisa, para después dejarse caer por una pendiente. Nos recuerda, en un par de gestos, que es humano buscar la sonrisa, y que incluso en los peores momentos la queremos, porque nos consuela y nos distrae, y luego nos pide que no nos olvidemos de que lo que puede empeorar, tiene visos de empeorar.

Las historias de Miguel Ángel González ignoran eso que creo que Tobias Wolff recomendaba, que era escribir como si nunca se hubiera abierto un libro. En este libro se habla expresamente de Richard Ford, que creo que está muy presente en la construcción de la novela, y más que por Canadá por Incendios, que es como la hermana pequeña y precursora de Canadá, algo de Kenzaburo Oé, y desde que leí Un asunto personal soy incapaz de leer algo en un hospital y no pensar en ese libro. Están los ecos del Ray Loriga de los 90, de Salinger, de Saroyan, de John Fante e incluso he creído detectar un pequeño homenaje a Ahora sabréis lo que es correr, de Dave Eggers, en forma de un dinero que nadie quiere y que acaba sufragando una excursión necesaria a Menphis, Tenesse. Está John Cheever, en el mayor homenaje del libro, aunque creo, y vuelvo a cerrar el círculo, que estos narradores, solipsistas ellos, son personajes de Tobias Wolff. Se acurrucan entre sus propios cuentos y esperan a que pase el chaparrón. Está, al final, la voz propia de un autor que se ha ido construyendo con los años y las páginas a partir de todas esas lecturas, seguro que otras muchas más, y el ensayo y el error, hasta que ha dado con su tono, este, cálido y evocador sin dejar de ser amargo.

Muchas historias de Miguel Ángel González se sitúan en el paso del final de la infancia a la adolescencia. Ese momento, entre los 12 y los 14 años, en los que parece que los monstruos se empeñan en asomar los dientes, amenazar, dar miedo, provocar catástrofes. Recuerdo que en Todos los miedos un personaje citaba al Steve Zissou interpretado por Bill Murray en la película de Wes Anderson, diciendo algo así como: “11 años y medio, esa fue mi edad favorita”. Como diría Vargas Llosa, a partir de esa edad es como si el Perú ya tuviera que joderse. Parece que Mateo está en esa edad y es a la vez un niño indefenso que no acaba de comprender su realidad, lo horrible que realmente es, y lo duradera que será, y que pese a ello, es a veces tremendamente lúcido, al modo en que solo un niño sabría serlo. La construcción de la voz de un niño en tiempo real, digamos, creo que es un acierto, porque por un lado lo aleja de la construcción más clásica de la literatura (la de Canadá, de Richard Ford, por ejemplo, la del adulto que mira hacia atrás y cuenta su infancia y desde su madurez entiende más y mejor) y por otro hace que reflexione menos, que es como un niño realmente atravesaría algo así, sin ser realmente consciente de lo que se le viene encima.

Termino diciendo algo que quienes escriben entenderán mejor que quienes no tienen ese vicio. Cariño, ya en su primera lectura, intuitiva y rápida, fue un libro que me estuvo empujando al teclado de mi ordenador. Hay libros, que más allá de otras consideraciones, nos hacen querer sentarnos a escribir. Para dialogar con ellos, para contestarles, para sacarles ideas, no sé muy bien por qué. Pero lo hacen. Y Cariño lo hizo de un modo inmediato.

Y supongo que no me queda más que desaparecer, con elegancia de mago clásico (y quienes lean la novela entenderán esta referencia), e invitaros a su lectura.

Seguiremos leyendo y hablando de libros.

Felices lecturas

Sr. E

jueves, 25 de octubre de 2018

Estabulario, de Sergi Puertas


Estabulario, de Sergi Puertas (Impedimenta)

Un amigo me regaló este libro a principios de verano y me dijo: A ti, que te gusta Ballard, te gustará. Lo dejé en una estantería y no encontré el momento de cogerlo hasta finales de agosto. No vi solo a Ballard, aunque estaba su sombra. Pero sí, tenía razón, me gustó. Mucho. Como cuentista, y antes que como cuentista (o a la vez o en paralelo, porque en la lectura y escritura de cuentos es muy difícil distinguir al huevo de su gallina, y cuanto más lees más quieres escribir, y cuanto más metido estás en la escritura de relatos más lectura necesitas para ampliar horizontes y darte cuenta de todo lo que te falta por aprender) como lector, acabas valorando por encima de otras características la personalidad y la originalidad.

No sé (aunque lo sospecho) si los talleres literarios, su proliferación, los intercambios entre profesores y alumnos, los alumnos que acaban siendo profesores, los profesores que venden sus libros a sus propios alumnos, una cierta endogamia y circuitos cerrados, no tienen mucho que ver con la proliferación en la última década de libros de cuentos que utilizan recurrentemente ciertos trucos y artefactos, combinan las mismas estructuras, nos demuestran una y otra vez que sus autores se han estudiado bien la lección y han sacado provecho de los cursos de escritura creativa y han logrado, en definitiva, libros correctos y planos.

Frente a eso, un libro como Estabulario es una gozada. Los seis cuentos que Sergi Puertas nos ofrece en esta colección son extremos, a ratos desequilibrados, aceleran, frenan, son muy personales, dan un poco de miedo y un poco de asco. En algunas páginas nos impresiona y descoloca, mientras que en otras se repite o trata de forzar algunos giros que no le quedan redondos. Hasta en algún cuento ha llegado a aburrirme. Pero, ¿y qué? Gracias por este libro vivo y escrito con pasión. Una verdadera apuesta de autor.

¿Hay Ballard aquí? Con Ballard empieza a pasar como con todos los grandes autores, es difícil saber cuándo su influencia es directa o simplemente está en el aire (como lo está, por ejemplo, la de Kafka, la de Philip K. Dick, la de Sigmund Freud; da igual no haberlos leído directamente, pesa su influencia). Quienes dicen que este libro suena a Ballard supongo que se refieren a esos futuros cercanos y distópicos, a llevar al extremo más desagradable la realidad a base de pequeñas variaciones. Veo, sin embargo, más que a Ballard a su versión domesticada, la serie Black Mirror, al fondo de Estabulario. Y aparte de Ballard también está presente (aunque se diga menos) Don DeLillo. Porque el futuro no se entiende sin Ballard ni DeLillo. El futuro que ellos dibujaron para que se parezca cada vez más a nuestro presente. Y nosotros nos estamos empeñando en parecernos cada vez más a lo que ellos imaginaron.

Me gusta más Estabulario cuando se acerca más a Ballard y menos cuando se queda en un buen guión para un buen capítulo de Black Mirror (una serie que por cierto, hay que ver cómo ha bajado de nivel en sus dos últimas temporadas). Me gusta mucho Estabulario en cualquier caso. Cualquiera de sus seis cuentos me parece digno de mención, de especial atención y de lectura. Todos consiguen removerme durante la mayoría de sus páginas, haciéndome sentir incómodo. Sergi Puertas tiene una capacidad muy difícil (algo que está en la órbita de Philip K. Dick, de A. G. Porta y de Roberto Bolaño, autores con los que quizá se relacione menos en cuanto a estilo pero en los que se hermana aquí) de ejercer, que es la de escribir ciencia – ficción, que más o menos suene a tal y un verdadero aficionado (y yo no lo soy, a mí me gustan las obras que se separan del género como tal) al género pueda reconocer y asumir, y hacerlo desde la precariedad. Precariedad vital, emocional y laboral. Las tres patas sobre las que deben apoyar el taburete las generaciones a las que les ha pillado la crisis que empezó (o explotó) en 2008. Una combinación peligrosa que conduce a la inmadurez y la falta de compromisos, a la combustión de las ilusiones prometidas. Los personajes del libro de Puertas, entre visiones retrofuturistas, son comerciales que deben cerrar con urgencia una venta para que no los echen, son trabajadores temporales que han hipotecado su tiempo y su dignidad, están gordos, no entienden su entorno, son adictos, tienen familiares enfermos que dependen económica y afectivamente de ellos. Están entrampados en el presente y sin futuro.

Hablaba en el párrafo anterior de retrofuturismo porque el futuro de Estabulario es un futuro que ya conocemos, que hemos visto y leído en muchos libros. Tenemos a Ballard y tenemos a Stanislaw Lem (al que veo un claro homenaje en el robot de cocina del último cuento, Estabulario). Tenemos mucha televisión, mucha más de la que hoy en día ya damos por sentada que la gente ve. Tenemos publicidad para satisfacer nuestros deseos y hacernos tener nuevas ansias. Hay personas que no quieren salir de su casa. Hay flujos de tiempo circulares, idas y vueltas al espacio, bucles, fantasmas, robots. Miedo. Pero sobre todo hay fragilidad. ¿Es acaso la fragilidad la más humana de las características? Me atrevería a decir que esa es una de las tesis de Sergi Puertas.

Creo que es mejor no desvelar demasiado sobre la trama concreta de los relatos. Son seis y algunos de ellos no se entienden hasta que no se han terminado de leer (y de algunos me imagino que mi interpretación será distinta a la de otros, al menos en muchos aspectos) y se piensan un poco. Sergi Puertas debió pasarlo bien apretándole las tuercas a sus personajes y a las situaciones, como un niño cruel que monta robots a partir de tuercas y mecanismos. El estilo está inflamado y es incendiario. Las historias llegan a ser hasta desagradables. Pero el voyeur enfermizo y el lector de paladar fino, cualquiera de los dos, no podrán soltar el libro. Obesidad Mórbida Modular me descolocó mucho. Me hizo darme cuenta de que estaba entrando en un libro diferente. Manos libres, el segundo, y quizá el que menos me ha gustado de todos ellos, me hizo sospechar que el libro se me cayera de las manos (cosa que me pasa a veces con libros de cuentos, el primero me impresiona y luego todo va bajando), pero Pegar como texto sin formato, el tercero, me hizo ver que estaba equivocado. Torremolinos, el cuarto, es el relato más parecido a una trama (de las lineales) de Black Mirror. Quizá es el menos sorprendente de todo el libro, pero funciona a la perfección. Nuestra canción, al contrario, une muy bien fondo y forma, haciendo que una serie de notas en apariencia dispersas acaben sonando ante el lector como una estructura que va y viene al estribillo, al modo de los temas pop. Estabulario, por último, es, este sí, el más realmente ballardiano de los relatos del libro, y logra el siempre difícil objetivo de terminar en alto. Y lo hace con nota.

Retomo mi idea inicial. Me he alegrado mucho de encontrarme con este libro de Sergi Puertas. Le agradezco su fuerte apuesta, que destaca mucho en el mar del conformismo que es la literatura española. Y espero con curiosidad cuáles puedan ser sus siguientes libros para seguir leyéndolo.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

lunes, 15 de octubre de 2018

El simple arte de escribir, de Raymond Chandler


El simple arte de escribir, de Raymond Chandler (Emece)

Desconfío, supongo, de los libros que enseñan a escribir tanto, al menos, como de los cursos de escritura. Y supongo, también, que uno es, como todo ser humano, contradictorio e incoherente. Nunca he ido a uno de esos cursos pero sí he leído algunos de esos libros. Los que nacen de profesores de talleres no me han interesado y nunca los he terminado, pero sí han sabido interesarme los de aquellos que son, ellos mismos, buenos escritores. También se aprende, sin más, de los diarios o memorias de esos escritores, pues para cierto nivel de autores la literatura y la vida son lo mismo. Quienes aún me escuchan cuando hablo de libros y de escritura, saben que Mientras escribo, de Stephen King, me parece un muy buen libro, honesto, divertido y útil.

Diría algo parecido de El simple arte de escribir, de Raymond Chandler. El mes pasado releí un par de historias de Marlowe durante mis viajes mañaneros en metro, y en una visita a la biblioteca me traje, de entre sus obras, esta recopilación de sus cartas (más del 90% del material son cartas, a colegas, editores, revistas, lectores, profesores). Es un libro con sus más y sus menos, en el que se detecta un cierto tono de suficiencia del autor (pero Chandler tal vez estuviera en condiciones de permitirse algún grado de suficiencia). Hay pocos consejos como tales, pero sí mucha prensa rosa entre escritores, mucha hipocresía, y reflexiones lúcidas, sobre el oficio solitario, sobre los editores y los lectores, sobre las historias que unos escriben, cuánto se desvían de lo que pretendían escribir, y a quiénes pueden llegar.

Y yo no molesto más, me aparto y os dejo con algunas cosas de Chandler:

No obstante, por fallida que sea su filosofía, el credo realista que domina nuestra literatura no se debe tanto a las malas teorías como al mal arte. Para ser un idealista, uno debe tener una visión y un ideal; para ser un realista, solo un ojo mecánico y laborioso. De todas las formas del arte, el realismo es la más fácil de practicar, porque de todas las formas mentales la mente chata es la más común. La persona menos imaginativa y menos educada del mundo puede describir chatamente una escena chata, como el peor constructor puede producir una casa fea.


Nunca he tenido mucho respeto por la capacidad de agentes, editores, productores teatrales o cinematográficos para saber qué querrá el público. Los antecedentes están contra ellos.



Considero esta frase como una vergüenza para la prosa inglesa. No dice nada y lo dice sonoramente, estereotipadamente y sin sintaxis.


Hasta Hemingway me desilusionó. He estado releyendo mucho de él. Habría dicho que ahí había un tipo que escribía como era, y habría tenido razón, pero no del modo en que quería decirlo. El noventa por ciento es la más condenada autoimitación. En realidad nunca escribió más que una historia. Todo el resto es lo mismo en diferentes lugares, o con diferentes partes. Llega un momento en la vida en que las rimas escritas en las paredes de los baños de las estaciones ya no son obscenas, sino horriblemente aburridas.


Los editores y otros deberían dejar de preocuparse por la pérdida de clientela que pueda causarles la televisión. El tipo que puede soportar un trío de anuncios de desodorantes para mirar a Flashgun Casey y tragarse los elogios a cervezas o a planes usurarios de crédito para poder ver a un par de boxeadores de cuarta frotándose las narices contra las cuerdas no es alguien que vaya a perder tiempo leyendo libros.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E