jueves, 20 de junio de 2019

Algunos libros de la Feria del Libro 2019, paseos variados, apresurados y con niños


Algunos libros de la Feria del Libro 2019

Este año no he tenido libro nuevo y me he librado de firmar en la Feria, a donde creo que me había tocado acudir durante los últimos tres años. Firmar en la Feria tiene algo de bonito y de incómodo a la vez, así que no ir tiene un punto de alivio importante. En esta Feria 2019 me he podido concentrar en pasear como lector, y ya sabemos lo que es la Feria, ya sabemos que es algo ajeno a la literatura, a veces hasta a la venta de libros con un poco de sentido, muchas veces es un lugar en el que los youtubers o personajes que no logro descifrar quiénes son reúnen a su alrededor grandes colas, de esas que salen del paseo donde están las casetas y dan la vuelta a la esquina, mientras autores serios, buenos, pasan las horas con un botellín de agua y el boli en la mano esperando que llegue la hora de marchar. El domingo 9 estuve por allí y Sara Mesa, una de las mejores escritoras de España, veía cómo se acercaban pocos lectores, sin prisas ni demasiada frecuencia, mientras en otra librería decenas de personas esperaban a que empezara a firmar una tal Charuca. Dejo todo eso al margen, porque ya lo sabemos, y es parte (aunque sea la parte malsana) del encanto de la Feria.
Me centro en los libros. No todos los que voy a comentar me los he comprado, por supuesto, porque los libros alimentan el espíritu, pero también necesitamos el dinero para alimentar el cuerpo, y los libros ocupan mucho sitio y los compro con precaución, y siempre recurro a la biblioteca pública como lugar preferente de suministro de lecturas.
El primer fin de semana me fijé en:
Editorial Hoja de Lata: Illska, La Maldad, ya hice reseña de este libro que leí con prisa y sin pausa y que aún me está produciendo ardor de estómago. Una pasada, una pasada incómoda, añado. Un libro diferente, impactante, que se recuerda.
Libros del Asteroide: A finales del año pasado me impresionó bastante La casa de los lamentos: Crónica de un juicio por asesinato, de Helen Garner (Libros del KO). Me resultó un libro apasionante y que construía, sobre una de esas historias que parecen de las de película de sobremesa de domingo en la televisión, una novela de no – ficción que no incurría (no demasiado, al menos) en amarillismos. Asteroide ha publicado ahora una selección de crónicas de la autora titulada Historias reales, que hablan de toda clase de temas, cercanos a la vida y a la muerte, parece que con inteligencia y buen estilo. Siguiendo con la no – ficción, Nada más real que un cuerpo: Un asesinato y unas memorias, de Alexandria Marzano – Lesnevich, parece un libro terrible pero que puede merecer la pena leer. Y termino con otro cuaderno personal, Maniobras de evasión de Pedro Mairal. No me han gustado especialmente las novelas que Asteroide ha editado de Mairal y que tan buenas críticas han tenido (La uruguaya y Una noche con Sabrina Love), me parecieron libros que sí, estaban bien, pero sin más. Abrí este libro con ejercicios de estilo, que algo así parecen, en la caseta de la editorial, y sí noté que me apetecía seguir leyéndolo. Apuntado lo dejo.
Gallo Nero: El Giro de Italia, de Dino Buzzati. Una joyita, ya lo comenté hace un par de semanas.
No hace falta tener interés ni conocimientos de ciclismo para disfrutarlo. Buzzati no lo tenía cuando lo mandaron a escribir estas crónicas e hizo un libro maravilloso. Algo parecido pasará con Los indómitos de la montaña, del mismo Buzzati, que sí fue toda su vida un apasionado del montañismo. Y cambiando de escritor y deporte, El profesional, de W.C. Heinz, y saltando ahora de editorial, El combate, de Norman Mailer, este de la editorial Contra.
Alianza: Es un lujo el fondo con el que acuden a la Feria estos editores (algo que no hacen otras muchas editoriales, y que creo que es el sentido de un acontecimiento así, poder ir a por libros que normalmente es más difícil encontrar). Los libros (libritos) de Peter Handke valen pocos euros y es verdad que tienen pocas páginas pero dejan huella. Me vale lo mismo con los de Albert Camus o J.D. Salinger. Por poner títulos y que no sean los de siempre: Desgracia impeorable o Ensayo sobre el jukebox de Handke, La caída de Albert Camus, Levantad carpinteros, la viga del tejado y Seymour: una introducción, de Salinger. Celebro también que hayan reeditado La saga / fuga de J.B. de Gonzalo Torrente Ballester, un clásico que releeré este verano (si no se me cruzan otras cien lecturas por delante). Enlanzando con Buzzati, quien no haya leído El desierto de los tártaros que no deje pasar la oportunidad de tenerlo, leerlo y releerlo.
Para niños: El origen de las especies, de Charles Darwin, por Sabina Radeva, en Harper Collins. Mi hijo mayor es un biólogo aficionado de alto nivel y decidimos que era el momento de darle un poco de base teórica a sus conocimientos, y este libro, precioso, muy bien ilustrado y que maneja perfectamente el equilibrio (tan difícil) entre rigor y divulgación para niños, es estupendo. Un acierto.
El segundo fin de semana acudí con menos tiempo y me concentré en buscar:
Svetlana Aleksiévich: Cuando le dieron el Premio Nobel en 2015 todos mis prejuicios se activaron. Pensé, me temo, que habían ido a buscar a la periodista más desconocida del país más exótico que se les había ocurrido, en este caso de Bielorrusia. Pese a esas ideas preconcebidas, cogí de la biblioteca y leí El fin del Homo sovieticus (Acantilado), y me pareció un libro muy interesante, un artefacto narrativo (aunque quizá no sea especialmente narrativo) muy potente, explosivo, en el que la autora jugaba a desaparecer de manera casi total y dar la única voz a los protagonistas, a esos restos del “Homo sovieticus” que añoraban unos tiempos que para el resto de la humanidad no parecían precisamente envidiables. Incluso aquellos que no los añoraban tenían recuerdos de ellos, y los contaban, como si se tratara de un documental en el que iban pasando uno tras otro ante la cámara e iban recordando sus años de juventud. Con el éxito de la serie de televisión Chernobyl (que no he visto, pero de la que he oído contar todas las maravillas imaginables, todas esas maravillas que se repiten mensualmente sobre al menos dos o tres series) me apeteció leer su libro Voces de Chernobyl, en el que parece que se inspira la serie. Fue un deseo compartido por muchos lectores, ya que el libro estaba agotado en la caseta de la editorial y en todas las librerías en las que pregunté. Me quedé con Últimos testigos: los niños de la Segunda Guerra Mundial, que repite el esquema y la operativa de El fin del Homo Sovieticus y me está gustando mucho.
Fulgencio Pimentel: Fascinado como me encuentro con Dovlátov desde el principio de este año, decidí ir engordando mi biblioteca del autor con los que para mí son hasta ahora (de las que yo he leído hasta ahora) sus dos mejores obras: Retiro y La maleta. Pude hablar con el editor (o uno de ellos) y me anunció que la intención es ir editando todas las obras de Dovlátov, que la siguiente sea seguramente Los nuestros y no tardarán mucho en editar ambién La zona. Me alegro. Y vuelvo a recomendarlo. Ya que estaba allí, estuve ojeando otros libros de la editorial y me fijé en El libro del agua, unas memorias de Edvard Limónov, que estuvo firmando todo el fin de semana. Limónov no me interesa como escritor, y en las entrevistas parece un personaje en el peor sentido del término, y creo que todo lo que quería saber sobre él ya lo leí en el libro de Emmanuel Carrère (Limónov, Anagrama).
Astiberri: El invierno del dibujante, de Paco Roca, habla de una época de un gris con un tono bastante oscuro y de un puñado de pioneros, los dibujantes de cómic ligados (en mayor o menor medida) a la editorial Bruguera. Mercenarios a sueldo que escribían sin parar y que crearon a algunos de los personajes más populares del tebeo español de las décadas de los 50, 60 y 70. Hay impagos, trampas, cuestiones personales, creatividad y ternura. Es muy divertido, y descubrí una novela gráfica de aventuras del propio Roca (y Guillermo Corral), que no conocía y que tiene muy buena pinta y me recordó a Tintín por su línea de dibujo y ambientación. Se llama (y el título también suena al personaje de Hergé) El tesoro del cisne negro.
El último fin de semana de la Feria busqué algunos regalos para despedirme por este año:
Shirley Jackson: Es una de esas escritoras rescatadas de décadas de desmemoria (aunque nunca completa, pues algunos de sus cuentos o novelas nunca han dejado de aparecer en antologías y muchos autores muy populares siempre la han reivindicado como una importante influencia). El año pasado me compré y leí Cuentos escogidos (Minúscula), y este año he completado con Deja que te cuente (Minúscula), un libro que reúne más relatos, inéditos o poco conocidos, ensayos y simples notas. Los dos están muy bien, aunque siempre recomendaría empezar a leer a la autora por el volumen de Cuentos escogidos.
Sergio del Molino: No me posee la mitomanía, pero en los últimos años he ido leyendo más o menos todo lo que ha publicado Sergio del Molino, sigo sus columnas en prensa, escucho su Biblioterapia y sigo el programa de La Cultureta en el que es colaborador. Me apetecía acercarme a saludarlo, ya que vi que iba a estar firmando, y aproveché para comprar La memoria de los peces, que ya leí de la biblioteca, que probablemente no es su mejor libro, pero que no tenía, y es, sin duda, una novela con encanto, una de esas obras menores (quizá) que se te quedan en la memoria lectora.
Gadir: Un amor, de Dino Buzzati. Buzzati, aparte de novelista y periodista, fue desarrollando en la década de los sesenta su faceta como dibujante. Gadir tiene editado este libro, que es una rareza, una novela gráfica que recrea, en un prostíbulo y con músicos de rock, el mito de Orfeo y Eurídice.
Para niños: Tenemos en casa y le hemos sacado mucho partido a una vieja edición de los Cuentos por teléfono, de Gianni Rodari. Rodari es una maravilla para los niños, imaginativo, un poco loco, y eterno. Y sus cuentos, muy divertidos, fomentan valores contrarios al materialismo y al consumo desbocado y lo hacen sin caer en lo obvio, sin resultar pedagógicos ni pesados. Simplemente muestran un mundo inocente y lleno de juegos, mejor que el nuestro. Paseando por la Feria nos encontramos con que Blackie Books había recopilado varios de sus libros de cuentos en un único volumen, Libro de la fantasía: los mejores cuentos. Creo que cualquier niño será siempre un poco más feliz con buenos cuentos a mano, y estos son estupendos.
Hoja de Lata: Una historia popular del fútbol, de Mickaël Correia. Hace años que me despegué del fútbol como un interés prioritario. Creo que incluso podría decir que como un interés. Veo, sin embargo, todo lo que mueve, en cuanto a temas materiales (dinero, corrupción) y sentimentales (pasiones). Creo realmente que sirve y se utiliza como narcotizante. Me da rabia que sea así, que mucha gente que debería estar protestando y preocupada por muchas circunstancias de su vida solo lo esté por el resultado de su equipo de fútbol el domingo que viene o por el siguiente galáctico que será fichado. Y me interesa también cómo ha cambiado la relación de la intelectualidad y la izquierda con el fútbol en las últimas tres décadas (más o menos, creo que Vázquez Montalbán tuvo mucho que ver en que ahora no haya escritor que no presuma de equipo de fútbol preferido). Y pensé que este libro trataría, al menos parcialmente, algunos de esos temas, y por eso decidí cerrar con él esta Feria del Libro 2019.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E



miércoles, 12 de junio de 2019

Illska, La maldad, de Eirikur Örn Norddalh


Illska, La maldad, de Eirikur Örn Norddalh (Hoja de Lata)

La faja que acompañaba esta novela cuando me la compré durante el primer fin de semana de la Feria del Libro de Madrid de este año (una faja que anunciaba que se trataba de la segunda edición, lo cual habla de un muy buen trabajo editorial, y no es el primer muy buen trabajo de Hoja de Lata con el que me encuentro) habla de la gran novela sobre el auge de la extrema derecha en Europa. Y lo es, o no. Lo es, en cierto sentido, pero no lo es en otros muchos. Leyendo algo así esperaba encontrarme con una novela de alto contenido político y violencia, y me he encontrado con un gran contenido político y altas dosis de violencia, pero me he topado también con muy buena literatura, con una novela ambiciosa y construida con gran originalidad (y una maestría a la hora de afrontar la estructura más que evidente a poco que uno haya leído unos cuantos libros y se haya puesto a escribir alguna vez).

Illska, La maldad, es una novela muy difícil de explicar en pocos párrafos. Es, quizá, por agarrarnos al esquema clásico de trama, una historia de amor (pero de amor y violencia, de amor y odio, tengamos en cuenta que Casablanca es una película de amor y nazis y funciona perfectamente, esta también es, quizá, una historia de amor y nazis). Hay un triángulo amoroso en cuyo centro está Agnes, treintañera, obsesionada casi desde siempre con el Holocausto y que escribe su tesis sobre el auge de los movimientos populistas de extrema derecha en la Europa contemporánea. Primera pregunta escalofriante de la novela. ¿Cuán diferentes somos de aquellos europeos de la década de 1930? ¿Tanto como nos gusta pensar para sentirnos bien o quizá menos? Agnes conoce por casualidad a Ómar, se empiezan a ver, se enamoran, se van a vivir juntos, pronto empieza a haber roces, desinterés de ella, inoperancia de él, hasta hay un embarazo y un niño pequeño. Ómar es un representante del precariado internacional, un treintañero con una carrera de filología, mucha actividad en la red y trabajos precarios que lo van llevando de uno al siguiente. No se queja demasiado, y representa, en lo bueno y en lo malo, al sujeto con estudios medio europeo de su generación. Empieza pareciéndonos un personaje un tanto plano y a mí ha acabado cayéndome bastante mal. Se recrea en su patetismo, siempre tiene una excusa para su inmadurez, no es crítico consigo mismo, ¿está perdido? Su generación, para bien y para mal, es la mía, como la de Agnes. Y también la de Arnór. ¿Y quién es Arnór? Pues la tercera pata del triángulo amoroso, un neonazi al que Agnes empieza a frecuentar para que le explique las ideas de esos populistas de extrema derecha. ¿Y con qué se topa? Con un tipo leído, seguro, que habla bien, que no se porta como un payaso, que puede llegar a ser encantador y hasta es atractivo. Tan atractivo como para empezar a acostarse con él. Pero, un gran pero, nunca deja de ser un nazi. Agnes se acuesta con él y nunca deja de pensar que está haciéndolo con un neonazi, de esos a los que siempre ha odiado, de esos de los que llevaron a sus abuelos lituanos a los campos de concentración. El mismo perro y el collar distinto y todo ese juego pero la misma esencia.

Porque no lo hemos dicho pero la novela transcurre en Islandia, en Reikiavik, y como lectores del sur de Europa nos sirve para conocer aquella sociedad, con sus mitos, sus costumbres, sus bondades y sus vicios. Esas sociedades nórdicas aparentemente armónicas, con menores tasas de fracaso escolar, buenos servicios sociales etc. Hasta hemos visto todos Inside job, ese documental que empezaba hablando de la crisis del sistema bancario islandés y sabemos cómo lo resolvieron. No rescataron a sus bancos, algo que los banqueros de aquí (o sus portavoces en la prensa y el gobierno) nos explicaron repetidas veces que fue posible, únicamente, porque era un país pequeño. Aquí hubiera sido impensable. Y no digo que no sea verdad, no tengo mayor idea de economía, solo señalo que quienes lo explicaban eran aquellos a quienes menos les interesaba que se copiara la receta islandesa. Pues hasta eso es un poco mentira, o es verdad pero esconde algunas mentiras, porque la mejor manera muchas veces de ocultar una verdad grande es rodeándola de verdades parciales, iluminarlas, ponerles el foco y hacer que miremos fuera del plano al que deberíamos estar mirando. Eso también nos lo dice Illska. La maldad.

La novela de hecho nos dice miles de cosas, algunas obvias y que estamos acostumbrados a escuchar (los nazis fueron malos, los racistas siempre fueron malos, no te creas demasiado a quien finja que no sabía que a su lado sucedían horrores, los que defienden ideas nazis suelen ser al menos un poco nazis, aquellos que dicen no soy racista pero suelen dar más importancia al pero de la que quieren transmitir …) y que nos decimos que sabemos, las que nos ponen en el lado de los buenos, pero también nos dice al menos otras mil cosas que no se suelen decir, o no se dicen tanto, y que nos hacen abrir los ojos e incluso alarmarnos cuando nos damos cuenta de que todos hemos hecho un recuento de judíos asesinados por el nazismo, pero ¿quién se acuerda de los gitanos?, que el paso del discurso de la extrema derecha a la derecha que se presenta civilizada es sencillo, que basta con no decir ciertas palabras “prohibidas” y el veneno estará igualmente en el sistema, solo que con su naturaleza ya limpia, será presentable y lo adoptarán los partidos legítimos, los clásicos del sistema, y una vez dentro será un punto del debate tan respetable como todos.

¿Hay una industria cultural alrededor del Holocausto? ¿Acaso se puede negar que hay quienes han encontrado un muy buen nicho (y perdón por la palabra para hablar de un tema tan oscuro, pero es la que eligieron los expertos en marketing) de mercado en la explotación de esa memoria? ¿No son las visitas a los campos de concentración de Auschwitz, Dachau o Mauthausen parte de los paquetes vacacionales de quienes se acercan a aquellas zonas? ¿Qué nos están ofreciendo allí, parques temáticos del dolor y la sensibilidad? Son otras de las preguntas que el libro nos va lanzando al paso, como granadas de mano. Esquívalas, lector, si sabes. Si puedes.

La trama de formación de Arnór es quizá la más floja del libro, la que menos me ha interesado. Nos enseña que fue un niño educado por una madre soltera de tendencias izquierdistas, con todos los libros al alcance de la mano y que de ahí salió un neonazi. Nos puede resultar más o menos chocante la confrontación entre alguien lector y alguien que desarrolla unas ideas así, pero sabemos, realmente, que sucede. El libro va alternando esa parte con la de Agnes con Ómar, la de Agnes sin Ómar, la de Ómar cuando era niño y sus padres separados se lo iban pasando de uno al otro como si fuera una pelota de frontón, la parte en la que le hablan al niño recién nacido y le advierten de lo que se le viene encima, y son todas ellas tramas que dan pinceladas que van encajando una sobre otra (porque el libro es eso que habitualmente se llama fragmentario pero el orden es muy importante, más allá de los efectos poéticos, porque se nos va dosificando la información y vamos completando poco a poco la visión de conjunto) y nos dan cierto respiro frente a las verdaderas puñaladas de la novela.

Las que hablan de cifras de niños muertos, de discursos que se cuelan por los televisores, de inmigrantes rechazados, de percepciones sociales, de crisis, de agrupaciones, y de Hitler y sus gobiernos pero también de todos los gobiernos de extrema derecha que han ido acumulando obras y favores desde la década de 1930. Hablan también esas narraciones de anécdotas cercanas a la carne, del pueblo lituano de donde viene la familia de Agnes y de la disputa entre la tradición de los pueblos y las fronteras abiertas. Estamos globalizados, culturalmente, por y para lo que nos conviene, cuando el discurso quiere endurecerse siempre recurre al pasado, uno glorioso, mejor, y casi siempre inventado. En Islandia como en España. Para que todo se vea con claridad, los abuelos de Agnes eran dos judíos y dos delatores. Así de mezclada está la sangre, por más que los puristas pretendan contarnos otra cosa.

¿Pesa más la genética, la tradición, o el condicionamiento social? Los psicólogos llevan un siglo debatiéndolo, y mientras tanto vemos que el condicionamiento social va a su aire, impone ideas donde toca y donde le dejan. Una de las ideas que más expone este libro (de esa manera a veces violenta y otras implícita, es algo que se te ha quedado dentro y que solo desentierras pasadas 48 horas) es que en el capitalismo postindustrial en el que nos estamos moviendo hay mucha miseria para repartir. Hay peores condiciones de trabajo en el primer mundo y mucha gente queriendo llegar al primer mundo aunque sea para obtener esas condiciones. Y las masas de gente precarizada, con malos trabajos, que piensen (o vean directamente) que solo van a poder ofrecerle a sus hijos unas condiciones de vida materiales peores que las que ellos tuvieron cuando eran niños, y que noten que cada vez van más ahogados, que trabajan más horas y cobran menos, que solo se dedican a nadar a lo largo de la semana y siempre se ahogan en la orilla del fin de mes, pueden comprar el discurso de cualquier Mesías que diga que se va a preocupar, él, sí, por ellos. Porque saben que nadie de los que ha estado antes se ha preocupado realmente por ellos. Y eso puede llevarlos a hacer cualquier (literalmente, cualquier) cosa, a aceptar como válido lo monstruoso, a degradar al otro. Y se vio hace 80 años y parece que aún hay algunos que no pillaron la idea.

No me acaba de convencer el modo en que se cierra la historia de amor (o como sea mejor llamarla). Aunque no me importa como lector, no es tan importante, el libro no depende de eso para salir victorioso. Y deja algunas ideas interesantes sobre temas tan actuales (e importantes) como la masculinidad, la deconstrucción de los roles, el lugar de los roles tradicionales en esas circunstancias, la maternidad y las relaciones de pareja. También sobre la incomunicación y los juegos de poder que se dan en mayor o menor medida en toda relación de pareja.

La novela de Eirikur Örn Norddalh es un libro incómodo, que te hace preguntas que no quieres hacerte, que te expone datos que estabas bien sin conocer, que te enseña que todo es susceptible de convertirse en mercancía (bastante al principio ya enseña parte de sus cartas diciendo: aquí se habla del Holocausto únicamente para vender libros), que te enseña que el fascista es ese tío majo con el que juegas a futbito los viernes por la tarde, al que tú solo tenías por un bocazas. No es un libro (y se agradece, porque el tema da pie al discurso biempensante, al sintámonos tranquilos porque no somos como ellos, pero aquí no hay discurso biempensante, hay, por hacer el juego de Curzio Malaparte con su apellido impostado, un discurso malpensante) que nos sermonee ni nos trate de explicar nada. Solo nos tira piedras y a mí al menos me ha dejado alguna ventana de la casa rota. Es jodido de leer no por el libro, que va avanzando magníficamente y que se lee con claridad, es cuestión de no saltarse capítulos, porque no es esa clase de producto, sino por lo que ta hará plantearte. No creo que sea un libro que cambie el pensamiento de nadie, no al menos de un modo simplón. Si un neonazi lo leyera (aunque, ¿para qué iba a querer leerlo, nos preguntamos, no?) no lo cerraría diciendo: joder, qué cosas tan terribles, voy a cambiar de credo. No se trata de eso. Creo que es un libro dirigido a todos nosotros, los normales, para que estemos al acecho y nos hagamos más preguntas sobre qué somos exactamente y qué son los normales, los sujetos medios, y quién dibuja sus preocupaciones y miedos. Y por qué.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

jueves, 6 de junio de 2019

El Giro de Italia, de Dino Buzzati


El Giro de Italia, de Dino Buzzati (Gallo Nero)

Hay libros que te esperan para sorprenderte. Este es uno. Coincidiendo con la celebración del Giro de Italia, y coincidiendo sobre todo con la llegada de esta obra a la biblioteca en la que me lo encontré, decidí leer las crónicas sobre el Giro que Dino Buzzati dedicó a la carrera de hace exactamente 70 años. Buzzati es uno de esos poetas (en un sentido amplio, épico) que están por encima de la obra concreta, un escritor que pone alma en todo lo que he leído hasta el momento de él, aunque nunca como en su obra maestra, una de mis novelas preferidas, El desierto de los tártaros.

Me gusta el ciclismo, al menos moderadamente, y hace unos años ya que el Giro de Italia es probablemente la mejor carrera por etapas de toda la temporada, aunque el Tour siga siendo la más conocida y la Vuelta la nuestra. Quiero decir con ello que no llego a un ensayo sobre un tema que desconozca totalmente, o que no me interese. Aunque creo que daría igual, porque me gusta el ciclismo, conozco más o menos a los ciclistas más importantes de los 90 de Induráin, de la época de dominio y dopaje de Armstrong y el US Postal, y los restos que vinieron después, pero no conozco, claro, la historia del ciclismo, no más allá de escasos nombres como Merckx, Anquetil, Hinault. Como los nombres de Coppi y Bartali, los dos corredores que cruzan como líderes heroicos por todo el libro de Buzzati.

Bartali era el campeón que venía bajando su rendimiento y Coppi estaba en un ascenso imparable. Buzzati dibuja un enfrentamiento que también simboliza hasta cierto punto el cruce de la Italia que venía de la Guerra Mundial con la ascendencia de la nueva política.

Buzzati se presenta modestamente como alguien a quien le han encargado que escribas las crónicas (porque el libro es la recopilación de sus crónicas diarias durante todo el Giro para Il Corriere della Sera) y que no ha visto, o apenas, ciclismo antes de ese primer día. Pero da igual, porque sus libros están llenos de héroes, de derrota, de espera y de sinsentidos, y el ciclismo es algo así. Así que encaja perfectamente el encargo con el autor al que se lo encargaron. Y mejor os dejo simplemente algunos de los momentos que van acompañando la larga espera del enemigo en el desierto, el asalto y victoria final de Coppi, un camino en el que se ve que hay cosas que cambian poco en setenta años, como las clases sociales, el papel de los gregarios y los líderes, la extraña justicia de la carretera, el cansancio, hasta el dopaje, y la poesía de los que se quedan en el arcén viendo pasar al único ganador.


Podría ser que incluso esas fantasías le estuvieran prohibidas y que aún en sueños no deje de ser un pobre gregario; podría ser que simplemente duerma con el abandono de un animal, cansado por el largo camino recorrido y aún más por el que le queda por recorrer. Porque sabe que no tiene esperanza. Así pues, mejor que se limite a dormir, a dormir nada más; y que no sueñe nada.


Son varias las cosas, tampoco muchas, que quien escribe ha visto correr, de un modo u otro, sobre la superficie del mar o de la tierra, pero nunca a los grandes ciclistas compitiendo bajo el sol, con el número colgado a la espalda, el tubular sobre los hombros y la cara rebozada de polvo. He visto correr, por ejemplo, a los niños que llegan tarde al colegio, los rayos de la tormenta en el cielo y a la gente en dirección a los refugios antiaéreos cuando aullaban las sirenas.


¿Y las bolsas de avituallamiento? El director deportivo de cada casa las ha dejado listas con celo paterno adecuando el tipo y la cantidad de los alimentos al gusto y al físico de cada corredor: para ese, filete; para el otro, pollo hervido; para todos, azúcar en terrones, pan con mantequilla y mermelada, galletas de arroz y fruta cocida. A punto está también el instrumental del masajista: tiritas, ungüentos, linimentos, purgas de emergencia, reconstituyentes milagrosos. Y por último las “bombas”, potentes brebajes capaces de hacer brincar a un muerto como si fuera un saltimbanqui.


En cambio, en el caso de Coppi y Bartali, y sobre todo en el del segundo, el mito resiste también entre los más íntimos. No es que los consideren genios, pero no dejan de demostrarles cierta reverencia.


¿Cuántas horas habrán pasado desde que han llegado los primeros? ¿Cuántos días? ¿O meses? Es ya noche cerrada y, por detrás de la multitud, se ven brillar las luces de los cafés. Y a cada momento una nueva avalancha de gente, una colada de lava negra que acude a su encuentro, hostil y tumultuosa. ¿Dónde está el estadio?, pregunta. ¿Qué estadio?, le responden. El del Giro de Italia. Ah, el Giro de Italia … ¡qué tiempos aquellos!, y sacuden la cabeza compadeciéndose. Ni horas, ni días, ni meses: años enteros han pasado desde la llegada de los primeros. Y él está solo. Y hace frío. Y su novia ha salido a pasear con otro, o a lo mejor se ha casado ya. ¿Dónde está el estadio?, suplica. ¿El estadio?, le responden. ¿Giro de Italia? ¿Y eso qué significa?


Pero los sabios niegan con la cabeza. Eso es absurdo, dicen. O Coppi o Bartali, en los Dolomitas no hay alternativa.


Mañana, pues, con ocasión del tramo más difícil del Giro, se celebra la vista de apelación por el caso Bartali. En estos días, tras su derrota en los Dolomitas, la pasión por el campeonísimo ha recibido, por extraño que pueda parecer, un impulso enorme.


Pero ¿para qué sirven los llamados estudios clásicos si los fragmentos que de ellos nos quedan no entran a formar parte de nuestra efímera vida? Por supuesto, Fausto Coppi no posee la fría crueldad de Aquiles; es más, de los dos campeones es sin duda el más amable y cordial. No obstante, Bartali lleva en sí, como Héctor, el drama del hombre vencido por los dioses. Contra la propia Atenea tuvo que combatir el héroe troyano, cuya derrota era inevitable. Bartali hoy a un poder sobrehumano contra el que por fuerza debía perder: el poder maléfico de los años.


Por completar la mitomanía, y por reivindicar la casualidad como modo de vida, me sucedió que después de esta lectura, y en mi primera visita a la Feria del Libro de Madrid 2019, pasé por la caseta de la editorial Gallo Nero con la intención de hacerme con el libro para mi biblioteca particular, y más allá de que pudieran engañarme, si hago caso a sus palabras, me hice con el último ejemplar que quedaba a la venta en España de El Giro de Italia, al menos hasta que hagan (si la hacen) una segunda edición.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

viernes, 31 de mayo de 2019

El caso Maurizius, de Jakob Wassermann


El caso Maurizius, de Jakob Wassermann (Acantilado)

Después de terminar la lectura de El caso Maurizius, tras una semana con el libro encima a todas horas, hice uno de esos ejercicios estériles: me acerqué a la solapa que la editorial había preparado para hablarme del libro que ya había leído. Me encontré con que nos contaban (y eso será verdad en un grado variable y nunca conocible, porque las referencias a los prestigios pretéritos y las llamadas del tipo recuperamos un clásico olvidado, una voz ineludible, son baratas y difíciles de contrastar) que en su época (años 20 y 30 del siglo XX, aproximadamente) Wassermann había sido comparado con Dostoievski, y le encuentro una parte de razón a tal comparativa, por esa profundidad psicológica en el retrato que ambos manejan, porque muchos de los personajes de El caso Maurizius cargan con un sentimiento de culpa que condiciona en gran medida su manera de actuar y los problemas en los que se van metiendo, y también, en gran medida, porque ninguno de los dos huye de la estructura y el tono del culebrón, no temen ser exagerados en la exposición de sentimientos, no huyen de las damas que se desmayan ni sienten que deban rebajar el tono para sonar creíbles. Quizá todo era mucho más melodramático hace cien años y hace ciento cincuenta, o tal vez simplemente no necesitaban la verosimilitud para sentir que lo que estaban contando era verdadero.

Porque El caso Maurizius es una novela llena de verdad. O de vida, no lo sé muy bien. La trama puede ser enrevesada de resumir sin desvelarla, pero en realidad da lugar a una lectura bastante lineal y sencilla, capaz pese a esa linealidad y sencillez de levantar un mundo propio muy potente poblado por unos personajes complejos y que se presentan al principio casi como arquetipos (el padre autoritario que nunca se equivoca y jamás cambiará de opinión, el adolescente soñador, la abuela déspota, el profesor inteligente pero poco práctico, el hombre viejo que no ha perdido la fe si no en la justicia, al menos en algo parecido a la justicia) pero que van evolucionando.

La persona que leyó de la biblioteca (y no creería que fuera a ser un libro muy popular, pero hace cosa de un año que me enteré de su existencia y lo llevaba apuntado y siempre que lo he buscado ya estaba prestado) El caso Maurizius antes que yo se había ido haciendo un esquema con los nombres de los personajes y su papel en la trama. Lo sé porque ese esquema, perfectamente doblado y con una pulcra letra, se quedó dentro del libro. Creo que no es una novela que necesite guías de lectura. Nos encontramos con una familia de bien, los Van Andergast, personajes respetados en su ciudad de provincias: el padre, fiscal del Estado, el hijo, buen estudiante, un adolescente que no parece problemático, la abuela, que vive en una casa a la que acuden los domingos a modo de visita rutinaria, rinden pleitesía y salen, la madre del chico fue expulsada de la casa familiar y vive prácticamente en el exilio, escribe cartas a las que el padre casi no se molesta en contestar, el hijo sabe de ella a través de su abuela. El padre y el hijo tienen una criada en casa que se encarga de las cuestiones prácticas.

¿Quién es Maurizius y cuál es el caso que lleva su nombre? Un día aparece por casa de los Van Andergast un viejo hombre con gorra de plato en el que pronto Etzel, el hijo, se fija. Dice ser Maurizius, y cuando le pregunta a su padre, este no quiere contestarle ni darle demasiados detalles. Llevado por la curiosidad, Etzel va descubriendo que ese viejo es el padre de un hombre condenado, Maurizius, cuyo caso llevó su padre. El anciano defiende aún la inocencia de su hijo, y convence, sin mucha dificultad, a Etzel de que en aquel caso pasaron cosas extrañas. El caso juzgado, que el fiscal Van Andergast llevó con solvencia, consiguiendo una condena fácil, fue el del asesinato, por disparo de bala, de la mujer de Maurizius.

La novela nos va desvelando la vida de Maurizius, profesor universitario, intelectual, un hombre formado y amante de los placeres de la vida, que se casó con una mujer mayor que él, no particularmente llamativa, pero sí con una fortuna bastante mayor que la suya. La hermana de la mujer, la bella Anna, pronto acabaría viviendo con ellos, y poniendo en marcha un enredo de engaños y caídas que al principio parece fácil de seguir y previsible, pero que se va complicando.

Sin entrar en los detalles que puedan desvelar la trama por adelantado a quien quiera leer el libro, hay una niña, hija de la relación anterior de Maurizius con otra mujer, de la que se estaba encargando a través de Anna, y un misterio, ¿por qué tuvo un abogado tan incompetente? Hasta a Van Adergast quel abogado la elección de aquel abogado le extrañó mucho. Etzel decide escaparse de casa y acaba dando con aquel abogado, que se fue y volvió a Alemania bajo otro nombre, y Van Andergast, que se siente traicionado, se traga por una vez el orgullo y repasa el caso, y convencido de que sí había más que lo que se vio en el primer juicio, empieza a entrevistarse con el propio Maurizius en la cárcel.

Con esas dos grandes tramas abiertas, la familiar y la del caso, y las subtramas de cada una, con los viajes al pasado de ambas familias y reflexiones sobre el paso del tiempo, la novela va construyéndose con muy buena prosa, y nos absorbe. Es una novela muy recomendable y que nos tendrá en vilo hasta los giros finales. También es un libro que va dejándonos reflexiones sobre la familia, las relaciones, la sociedad y el tiempo que sorprenden por su vigencia (acompañadas de otras muchas que descolocan hoy en día).

Otra de las cosas que descubrí viendo la solapa después de leer la novela es que ya había leído otra novela de Wassermann, aunque no recordaba el nombre de aquel autor, se trata de Caspar Hauser, un libro sobre la extraña aparición de un joven de ese nombre en la Alemania del siglo XIX, que parecía venir de haber sido criado en los bosques, a quien nunca aceptaron y que dio lugar a muchas hipótesis y a historias llenas de sensacionalismo. Una novela de no – ficción centenaria, que se acerca al testimonio y al true – crime. También muy recomendable.

Seguiremos leyendo

miércoles, 22 de mayo de 2019

El escritor y el mundo, de V. S. Naipaul


El escritor y el mundo, de V. S. Naipaul (Debate)

Este libro es en realidad la recopilación de varios libros de crónicas de Naipaul, que Debate recogió en un único volumen (y aquí volumen es la palabra clave y más adecuada, viendo el grosor del mismo) el verano pasado, pocos meses antes de la muerte de Naipaul. De lo que he leído de Naipaul, algo de ficción (Guerrilleros, Una casa para el Sr. Biswas, Los simuladores), memorias (El escritor y los suyos, Leer y escribir) y crónicas (Entre los creyentes, Al límite de la fe, ahora este), creo que donde destaca, donde realmente se convierte en un autor de primera, es en los libros de crónicas. Aunque, para que nadie se engañe, empecemos dejando claro que en su caso se trata de crónicas – viajes – ensayos en marcha – autoficciones, una mezcla peculiar en la que convierte sus libros de no – ficción y que se eleva sobre las expectativas iniciales.

En ese campo, las obras de Naipaul destacan por su capacidad de análisis, es un tipo profundo, que ve mucho más allá de donde miraría cualquiera, no tiene ningún miedo a embarrarse con lo que está dejando escrito, ni teme manchar al prójimo, a ese al que visita y que le presta hospitalidad, ni teme salir salpicado. A Naipaul, en las últimas lecturas de su obra se le ha acusado de colonialista y racista, en ese sentido extraño que se le da a estos términos en ciertos casos, se le ha acusado de ser un hombre nacido en una remota isla antillana que siempre soñó con irse de allí, donde no se reconocía, y acabar en la metrópoli. Por supuesto, cuando llega a Londres se topa con el rechazo, pero él prefiere estar allí que volver a su lugar de origen. ¿Se siente acaso superior a sus familiares, a los demás habitantes de su tierra natal? Sí, la verdad es que sí, pero en gran medida (y ahí está la demoledora biografía de Patrick French, que lo retrata como un déspota, en egomaníaco, y que lo más llamativo es que fuera una biografía autorizada) Naipaul se veía como se ven los elegidos, se veía por encima del ser humano medio, cualquiera, sin distinciones de raza, origen ni creencia. Cuando pensemos en Naipaul y un título como El escritor y el mundo, no perdamos de vista que a él no le incomodaría señalarse como El escritor, con su artículo determinado, y que casi se pondría a la misma altura que el mundo.

Creo que Naipaul es un ser profundamente desarraigado, solitario y más aún, solo, que escribe sin un sistema ni un proyecto previo, y eso dota a sus libros de crónicas de una maleabilidad muy característica. Fluyen. Naipaul escribe desde la altura de quien está por encima del bien y del mal, y los permisos que se concede a sí mismo para sobrevolar al hombre vulgar se detectan en sus crónicas. Nada le afecta. Sus crónicas no son para nada como esos libros de viajeros que llegan a un pueblo donde se está sufriendo y nos cuentan cómo empiezan a sufrir ellos al ver a los niños pasándolo mal. Naipaul no va a derramar ni una lágrima por nadie que no sea Naipaul. No es un narrador empático y no quiere fingir. No pretende, con sus libros, demostrar lo buena persona que es. No lo es, y no intenta que se le reconozca por nada que no sea su gran talento como escritor. Y no se le puede discutir que es un gran escritor.

Naipaul utiliza como arma principal de escritura la extrañeza. Como si fuera un extraterrestre más que un viajero o un forastero, llega a la India, llega a África, llega a Suramérica, llega a Estados Unidos y nos sitúa en la mirada de alguien ajeno. Nosotros, como lectores, adoptamos inmediatamente ese punto de vista y empezamos a extrañarnos con el narrador. Da igual que nos lleve a realidades que no conocemos (en mi caso como lector las crónicas de India, sobre todo) o a otras que nos suenan más, sobre las que ya hemos leído o incluso conocemos, Naipaul busca siempre un enfoque diferente, nos sorprende, nos hace replantearnos una idea previa, o sencillamente nos lleva a pensar en que quizá hay más factores en las ecuaciones de la realidad que los que miramos de manera automática.

La primera parte del libro es sobre India, un país enorme, desbordado, que siempre se afronta como lugar de pureza al que ir a volver transformado. Las crónicas de Naipaul, que nació en Trinidad pero es de familia hindú, y fue criado en sus creencias y tradiciones, son las de un hombre que llega por primera vez a ese país cuando ya es un adulto y siente que no conoce, en realidad, nada de lo que creía conocer. En esa tensión, y en esa sensación de engaño, es donde se mueve Naipaul como un maestro. Para él el mundo está lleno de engaños, de narraciones poco fiables, de supersticiones que dañan a quienes las siguen pero que les reconfortan. En el famoso Argentina y el fantasma de Eva Perón, incluido en Acontecimientos americanos, la tercera parte del libro, vemos cómo la idolatría lleva a convertir una figura muerta en la santa que debe guiar los destinos de un país, y cómo eso acaba siempre en parálisis. Las crónicas americanas son duras, viajan del Norte al Sur con naturalidad y detectan algunas cuestiones transversales, que también están en sus libros sobre la fe islámica, esencialmente el fanatismo, y cómo este cambia todo a su alrededor y normaliza lo inesperado. En Entre los creyentes Naipaul recuerda, llegando al Irán de los ayatolás a principios de los 80, que diez años antes Teherán era una ciudad fácil de confundir con cualquier ciudad europea de su tamaño, frívola, ligera, llena de luces y ruidos, y cómo la han convertido en algo totalmente distinto en nombre del pasado, un pasado que realmente no era así. Nos lleva de revoluciones por América, de las violentas y claras a las silenciosas y quizá mucho más difíciles de combatir. Naipaul ve (como en la novela Guerrilleros) a un impostor debajo de cualquier líder revolucionario, pero muestra más temor ante las revoluciones acomodadas, y el retrato de la Convención Republicana en Dallas, eligiendo a Reagan y apoyándose en todos los fanáticos evangelistas que tenían a mano, ese momento de unión entre un patriotismo simple y una fe dura, da miedo si además se leen los mensajes que mandaban (contra la corrección política, contra los progresistas, contra las amenazas externas) bajo la luz de un gobierno como el de Trump. Ya estaban prometiendo (literalmente) volver a hacer América grande, y para los americanos, y lo único que suena diferente es que entre las amenazas que cita un pastor evangélico encendido (la ruptura del modelo tradicional de familia, el abandono de las tradiciones, los gays, las feministas, las drogas, el libertinaje de la juventud) aún estaba la Unión Soviética y el comunismo. La tensión de las crónicas de América se compensa (y mucho) con lecturas muy inteligentes de las obras literarias de autores norteamericanos, particularmente de Norman Mailer y John Steinbeck, reflexionando en ambos casos sobre cómo es la ficción nuestra principal puerta de entrada a las realidades que no conocemos.

África y la diáspora es, sin quitarle mérito a ninguna de las otras dos, mi parte preferida del libro. Viajando por un continente en explosión (en muchos sentidos) poscolonialista, Naipaul va reconociendo en muchos países a los iluminados y profetas que prometen salvar a sus pueblos. Algunos reivindican cuestiones materiales de justicia, otros solamente a sí mismos. Un nuevo rey para el Congo: Mobutu y el nihilismo de África es en ese sentido un texto demoledor y representativo de la manera de procesar la realidad de Naipaul. Los europeos que vinieron, colonizaron y se fueron tienen mucha culpa, viene a decir, pero los africanos también. Y es la defensa de esa tesis la que lo coloca siempre en un lugar incómodo. Michael X y los asesinatos del Poder Negro en Trinidad: paz y poder es un texto brutal y violento, que aparte de probar que para Naipaul África tiene unos límites bastante flexibles y a veces más espirituales que de frontera geográfica, afectará al lector. Aunque también hay una cara casi entrañable de ese poscolonialismo que a veces llevó a situaciones ridículas, a islas de apenas dos kilómetros cuadrados reivindicando su independencia de la isla vecina (Los seis mil náufragos y La última colonia) y nos presenta a líderes que repiten los patrones de los peores dictadores africanos pero que a diferencia de los Mobutu o Idi Amin Dada, no son tan crueles y sangrientos (quién sabe si solo porque no disponen de sus medios), pero que sí sirven, como lectura, para entender de alguna manera los populismos más primarios, como sucede en Papá y el grupo de poder, y ver cuál es el papel que le toca a la oposición formal en esos juegos.

Un libro para tener en casa y leer sin prisa, dejándose cautivar.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E



viernes, 3 de mayo de 2019

El triunfo, de Francisco Casavella


El triunfo, de Francisco Casavella (Cátedra)

El triunfo es una primera novela llena de fuerza, de ritmo, de gracia, de rima. La escribió, nos dice el prólogo, Casavella cuando no se llamaba aún Casavella pero suponía que así se llamaría si algún día firmaba un libro, durante la mili. Como Juan Marsé. Hay mucho de Marsé aquí. Hay barrio y mentiras y miradas y leyenda. Mucha leyenda. La leyenda es la mentira que se ha repetido mil veces y ya no recuerda que es mentira. Y el barrio el callejón oscuro del recuerdo. Y por ese barrio camina El Palito contando una y mil veces su versión de los hechos. Una versión que vuelve de donde no llegó a ir y que se desvía en las rotondas. Una de esas versiones, ya sabéis, de quienes te dicen: yo te lo contaré todo, porque lo vi. Bueno, no lo vi pero lo oí, o al menos se lo escuché desde detrás de las tragaperras a alguien que se tomó unas cañas con un tipo que lo vio. Así. Una tras otra, de frase en frase, de recuerdo en caída, se cuenta la historia de los supervivientes de la guerra del barrio, una guerra sin cuartel en la que El Gandhi impartía justicia (o injusticia) sin miramientos. Si había que cortarle los dedos al guitarrista de más talento, se le cortaban, y si se atrevían a ir a por uno de los suyos, las devolvía con cuatro cabezas cortadas.

Ha llegado Casavella, diez años después de su muerte, a la consagración editorial, a que su ópera prima esté en el catálogo de la editorial Cátedra, quién sabe si en algún momento no se le leerá en los institutos (aunque si de algo sé, por lo que supe como alumno y lo que sé como profesor de secundaria, es de lo que los profesores de Lengua y Literatura mandan leer cada curso, y nada posterior a Cela entra en esos cánones, nada que suene vivo). Hay mucho mito sobre Casavella, del bueno y del malo, y supongo que eso divertiría al escritor. El prólogo – estudio previo a la novela ya nos deja claro que a él le gustaban todas esas confusiones entre lo que es, lo que parece, lo que podría ser y lo que no, para nada. El triunfo, una novela que se recibió con ganas y que sus primeros editores (la meritoria y pronto desaparecida Versal) intentaron promocionar (hasta con la presentación en una discoteca, con una fiesta rumbera, nada más adecuado, un vídeo que merece la pena ver mientras se está leyendo el libro https://www.youtube.com/watch?v=dNzMPOzzbjU), que tuvo una segunda vida, y una tercera, y ha llegado a las cuartas y quintas en estos últimos años, y hasta la tercera, en esas solapas que los autores escriben muchas veces ellos mismo, decía que Casavella había sido el chófer de una supervedette. Aparte de lo añejo que resulta el término supervedette, era mentira, y de las cosas que tenemos segura es que Casavella no sabía conducir.

El Casavella que escribió El triunfo era ese chófer de supervedette sin carnet. Aún le faltaba cierta capacidad para domesticar sus impulsos, las imágenes que pone por encima de la prosa son poderosas pero algunas se pasan de recargadas, la historia se distrae de lo que estaba contando y cuando vuelve al flujo principal se ha olvidado de por dónde iba y no acaba de conectar. Pese a todo, se imponen con una gran fuerza la historia de traición de una madre y un hijo, el dominio digno de reyes feudales de los señores del barrio, la construcción de una personalidad artística en base a unas manos desnudas y cuatro canciones, el habla atropellada de personajes lunáticos que no dejan terminar una frase al anterior y los cuadernos del Gandhi, viejas reliquias del hambre infantil y las guerras en África que van haciendo de contrapunto.

No es un libro perfecto pero es un pedazo de novela. De esas con las que aquellos que escribimos estamos midiendo durante la lectura, intentando sacarle un secreto, dispuestos a ponernos con el cuaderno por la noche, a imitarla o superarla o dejar que nos noquee. Cuando se habla de Casavella (especialmente el del Watusi y El triunfo) se habla enseguida de Marsé. Hay Marsé porque hay barrio y hay andares y hablas de barrio, pero no hay lo mismo que en Marsé. Hay menos memoria y más pop y quizá el Casavella de El triunfo aún se excedía en cuanto a cargar la prosa, aún se pasaba de adornar lo obvio, se gustaba demasiado a sí mismo. Marsé le gana en musicalidad pero El triunfo, si nos olvidamos de comparaciones (con otros autores y con el que sería Casavella una década después) es un gran libro, una novela potente que ha llegado a la estantería de clásicos españoles y espero que eso no la convierta en una de esas novelas que se dejan de leer.

Leamos. Seguiremos leyendo.

Felices lecturas

Sr. E

lunes, 22 de abril de 2019

Algunas ideas para el Día del Libro 2019


Algunas ideas para el Día del Libro 2019:

Junto con las recomendaciones veraniegas y el balance de final de año, la entrada del Día del Libro es de las que repito cada año. Sigo participando, año tras año, en algo tan absurdo como las celebraciones del Día (y la Noche) del Libro, y lo hago con la ilusión de un niño más pequeño en la noche de los Reyes Magos. Iré a ver alguna conferencia, pasaré por librerías, aprovecharé para comprarme algún libro con descuento y haré regalos. Pensando en mis propios deseos y en ideas para regalar a otras personas, acabo encontrándome con una lista de libros que pueden ser buenas ideas, que quizá en alguien despierten las ganas de leer alguno de los títulos o sirvan a su vez como inspiración para regalar un libro.


Narrativa negra / negrísima: Aunque intenten colarnos la novela negra como una hermana cualquiera de la novela de misterio y de detectives, y en el fondo como otra forma más de entretenimiento (siendo el entretenimiento el hermano blando e inofensivo de la literatura y el arte), la novela negra de verdad, la buena, siempre ha mirado en los peores charcos, y los grandes herederos de esa novela con vocación social siguen haciéndolo. Me permito recomendar a mis dos autores preferidos en ese aspecto, y sus obras maestras: El Red Riding Quartet, de David Peace (Alba Editorial): Siempre hablo con admiración y maravilla del Cuarteto de Red Riding (1974, 1977, 1980 y 1983), una saga brillante y oscura de novela negra (negrísima), de David Peace. La leí a finales de 2012 y vive desde entonces en mi memoria. Llevo años recomendándola en esta clase de entradas y este año he pensado que me la regalaré a mí mismo, con la intención de releerla en verano. Es prosa de primera con una trama que provoca arcadas en algunas páginas, de tan oscuro que pinta el mundo.

L. A. Confidencial y / o La Dalia Negra, de James Ellroy: Ellroy es uno de los antecesores más claros de lo que hace Peace. Los dos escriben de un modo excelente y crudo sobre asesinatos, compatibilizan de un modo impactante la parte más detestable de la sociedad y la psique humana con la prosa más artística, y lo mezclan con retratos costumbristas de épocas llenas de conflictos (el fin del mundo industrial británico en el caso de Peace, los suburbios de Hollywood y el anverso del sueño americano en el caso de Ellroy). No me gustan tanto el Ellroy más reciente, demasiado perro furioso para mi gusto, pero el reencuentro con todo su Cuarteto de Los Ángeles es una alegría, y la mejor manera de empezar su lectura creo que sería con estas dos novelas, ambas llevadas al cine, en una versión excelente (L. A. Confidential) y otra muy discutible (La Dalia Negra).

Narrativa contemporánea: Si lo que queremos es comprender mejor el mundo en el que vivimos, o recrearnos en sus conflictos, debemos acudir siempre a las estanterías de literatura contemporánea, pero no a las del los bestsellers, sino a las de aquellos libros que en las formas literarias que sean, explican y a la vez cuestionan nuestra sociedad. Propongo buscar un ejemplar de No, mamá, no, de Verity Bargate (Alba) si queremos ver un retrato que ha cumplido los cuarenta años de lo que significa y significó ser madre y sentirse descolocada, y cómo salir (o no) de la sensación de desamparo y extrañeza. O Canción dulce, de Leila Slimani (Cabaret Voltaire) si lo que queremos es no dormir durante un par de semanas si somos padres y dejamos a nuestros hijos algunas horas de la semana en las manos de una niñera encantadora, perfecta, que lo hace todo bien, pero, que nunca se sabe, ¿verdad?. Y por terminar con la contemporaneidad y la maternidad / paternidad y el miedo a todo lo que puede pasar y hacer que lo que tenemos se rompa, La casa de los lamentos, de la australiana Helen Garner (Libros del KO), es una maravilla a la vez que una bestialidad. Retrata, en la forma de una novela de no – ficción, uno de esos casos, que resumidos sin más, suenan a telefilm, y demuestran una vez más, que lo importante de la literatura no está (casi nunca) en qué se cuenta sino en la forma que se le puede llegar a dar y el conflicto que puede nacer y el desasosiego que puede generar en el lector.

En este caso, un padre recién separado va con sus tres hijos en el coche, pierde el control, se caen a un río y los tres niños mueren, solo él sobrevive. Hay serias sospechas sobre su versión de lo sucedido, y casi nadie quiere creele. ¿Ha sido un asesinato? ¿Hay crimen más horrible? En esta misma línea contemporánea y de mirar a los claroscuros, recomiendo un par de Novelas gráficas: Piruetas, de Tillie Walden (Norma Editorial), y Niño prodigio, de Michael Kupperman (Blackie Books).



Ensayos o crónicas: Me pillan ahora mismo leyendo estos dos libros. Uno es una maravilla, El escritor y el mundo, de V. S. Naipaul (Debate). Se trata de una maravilla exigente, desbordante, llena de ironía, originalidad en la mirada, sarcasmo, y un desapego respecto a lo que está retratando que convierte sus crónicas en miradas muy originales y ricas sobre lo retratado, que va desde la India o América del Sur a una convención republicana en Dallas o el mundillo literario británico. La dulce ciencia, de A. J. Liebling (Capitán Swing) es un libro menor, una recolección de ensayitos sobre el boxeo y crónicas de combates célebres. Mi interés en el boxeo es pequeño, o menos que pequeño, pero el libro es uno de esos que consigue mantenerte atrapado alrededor de un tema ajeno, y eso, es magia. Retrata el fin de un imperio, de un modo de ver el mundo, de una afición, y siempre es interesante seguir la historia de los derrumbes pasados.


Clásicos que podrían ser buenas ideas: Desde luego Moby Dick, de Herman Melville, siempre será un buen regalo, y hay ediciones baratas muy cómodas de leer (las de Alianza, por ejemplo). Llevo un tiempo leyendo muchas críticas a la novela, que si le sobran páginas, que si se demora demasiado con la descripción de las ballenas, la vida de los pescadores, etc. Sigue siendo una maravilla, y siempre encontraremos quien no la haya leído y pueda sorprenderse con ella. Para sorprendernos con la plácida belleza de los cuentos bien hechos, una buena idea serían los Cuentos de San Petersburgo, de Nikolái Gógol (Cátedra), que contienen al menos tres obras maestras del género (El capote, La nariz, Avenida Nevski). Mi interés personal (esas lecturas y recomendaciones que te llevan a otras lecturas y recomendaciones) me han llevado en las últimas semanas a querer estrenarme con Balzac, y no sé si lanzarme a por La piel de zapa (Alianza) o Las ilusiones perdidas (DeBolsillo).


Philip Roth, I. B. Singer y algo más: El año pasado murió Philip Roth y aunque no sabría muy bien cuál es mi libro preferido o cuál recomendar a alguien para empezar a leer su obra, creo que no sería una mala idea para nadie interesado en una literatura de primera calidad, profundamente humana (también con todos los aspectos negativos de la especie humana, por lo tanto) pero accesible a casi cualquier lector probar suerte con Pastoral americana, Me casé con un comunista, La mancha humana o la trilogía de Zuckerman encadenado. Mi último buen momento con Roth fue con Némesis, que también podría gustar a mucha gente. A modo de regalo propondría los Cuentos de Isaac Bashevis Singer (Lumen), que son una verdadera maravilla y seguramente su obra mayor, pero tampoco está nada mal y es también una experiencia lectora enriquecedora su novela Sombras sobre el Hudson. Su hermano, Israel Yehoshua Singer, no es tan conocido (entre otras cosas porque no ganó el Nobel), pero tiene también un par de novelones – sagas familiares que se leen muy bien y con mucho gusto, recomiendo especialmente La familia Karnowsky (Acantilado).


Apuesta a ciegas. Si alguien aún no los ha leído: Solo puedo recomendarle que corra inmediatamente a una librería y aproveche el descuento para hacerse con La novela luminosa, de Mario Levrero o Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño. Háganse el favor. Yo, que los tengo leídos y releídos, me he topado con la prosa hipnótica de Thomas Pynchon, a quien había evitado hasta ahora. Empecé con Al límite, que parece de las fáciles, pero me hizo pensar que quería subir la apuesta y me haré con El arcoiris de gravedad (Tusquets) o Mason y Dixon (Tusquets) en alguna edición de bolsillo que llevar en el metro en las próximas semanas. También animo a quien esté leyendo estas líneas a lanzarse a por algún libro de Dovlátov, mi gran apuesta de lo que va de 2019, valgan por ejemplo El oficio o La maleta (ambos en Fulgencio Pimentel), y espero que pronto lleguen a editar La zona. Y aunque es amigo y presenté en noviembre su libro, e intento que no parezca que el blog se alimenta de relaciones personales, sí animo a quien nunca lo haya leído a darle una lectura a Miguel Ángel González y probar con Todos los miedos (Siruela) o Cariño (Alianza).


Libros infantiles: Babar, todas las historias, de Jean de Brunhoff (Blackie Books).
¿De qué color es un beso? o La montaña de libros más alta del mundo, de Rocío Bonilla.
Soy un artista, de Marta Altés.
De vuelta a casa, Perdido y encontrado o Cómo atrapar una estrella, de Oliver Jeffers.
Inventario ilustrado de animales, Inventario ilustrado de insectos, Inventario ilustrado de aves, Inventario ilustrado de animales con cola, etc.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas, esta semana y todas las del año.

Sr. E