jueves, 23 de febrero de 2017

El motel del voyeur, de Gay Talese

El motel del voyeur, de Gay Talese (Alfaguara)


Solo quiero hacer un breve comentario sobre este libro. Debo reconocer que no lo he terminado, porque al final me sentí confuso sobre qué era lo que estaba leyendo, y esencialmente porque no me estaba interesando demasiado.

Se habló mucho (a la pequeña escala que mucho significa en relación con los libros) de esta nueva obra de Gay Talese. Talese es uno de los autores a los que se considera inventores del llamado Nuevo periodismo, desde su escritura de reportajes de no – ficción. Etiquetas. Etiquetas. Pero Talese siempre las ha lucido como medallas, así que habrá que respetárselas.

Talese es conocido especialmente por sus libros sobre la mafia (Honrarás a tu padre, en la que se acercó mucho al clan Bonanno, una de las 5 grandes familias de la mafia neoyorquinas, una de las que aparecían de fondo en El Padrino) y sobre la vida sexual oculta de los americanos (La mujer de tu prójimo). De hecho, El motel del voyeur está inicialmente relacionado con La mujer de tu prójimo. Este ensayo, o reportaje de no – ficción, se vendió mucho, e hizo de Talese un hombre bastante popular. Él mismo habla en el libro de un suculento adelanto para los derechos de cine de una película que no tengo noticia de que nunca se haya rodado.

Uno de los lectores de aquel libro le escribió algunos meses después para ofrecerle una historia, la suya y la de su motel. Vemos el escaneado de la carta original. Estamos a principios de los 80 y Talese viaja hasta Colorado a ver a ese hombre y su motel. La historia, le ha contado, en principio no podrá ser publicada, porque estaría descubriendo un posible delito de violación de la intimidad de los clientes, y aún peor, la inacción del dueño del motel cuando fue testigo de un asesinato. Aún así, cree que le interesará oírla al completo. Efectivamente, así es.

Talese viaja al lugar, conoce a la persona, ve el motel, toma notas. Toma muchas notas. Es muy meticuloso. Viaja más veces. Sigue tomando notas. Deja el libro aparcado porque no puede publicarlo, ya que así lo ha firmado con el dueño del motel, y sigue con su vida. Treinta años después se ve autorizado a escribir el libro para su publicación, y lo hace. La nueva obra de Gay Talese se llama El motel del voyeur. La historia, sin duda, es apasionante. Bigger than life, como diría un americano.

El libro se hizo popular en los últimos meses porque Gay Talese descubrió, cuando ya estaba firmado con su editorial, entregado e incluso en preimpresión, que la historia era falsa. Y él escribe no – ficción. Talese reniega del libro que me imagino que por motivos contractuales llega igualmente a las librerías. Se traduce al español. Lo publica Alfaguara. Lo encuentro en la biblioteca y picado por la curiosidad, lo cojo. Lo leo. Lo leo más o menos hasta la mitad. Luego lo dejo.

El libro es una contradicción entre tapas. Gay Talese lo escribe desde la conciencia de la no – ficción. Nos recuerda de hecho, de vez en cuando, que lo que escribe sucedió. Él estaba allí. Él vio. Él anotó. Él preguntó. Lo que nos presenta finalmente no es un libro de no – ficción pero no porque él lo haya querido, sino porque lo engañaron. Él ha aplicado sus herramientas de reportaje a una historia contaminada. Eso hace que como novela no funcione. El principal impulso para leer un libro así es la propia curiosidad del lector. El libro invita al lector a ser un voyeur que ve lo que aquel hombre del motel vio. Lo que era. Lo podemos ver a través de los ojos de Talese. Pero resulta que aquello no era verdad. No he escuchado la aclaración sobre qué porcentaje no es verdad. Pero al no ser verdad, la fuerza que tiene como reportaje, por ver cómo Talese lo lleva adelante, desaparece. La curiosidad que podía movernos a ser voyeurs, también.

No es un libro que recomiende leer porque a mí no me ha convencido, pero creo que sí es recomendable ojearlo, pensar en él, tratar de abordarlo al menos durante algunas páginas como si fueran dos libros paralelos, el del periodista y el de un novelista. Dos novelistas, el que inventó la historia pero no supo escribirla, y el que no pretendía escribirla. Dos novelistas que unieron sus fuerzas para fracasar como tales. Pero que nos dejan un poso para reflexionar una vez más sobre las relaciones entre verdad, mentira, ficción, no – ficción y escritura. Un debate para cada escritor. Para cada lector.

Leeremos y pensaremos sobre lo leído.

Felices lecturas


Sr. E

jueves, 16 de febrero de 2017

Amberes, de Roberto Bolaño

Amberes, de Roberto Bolaño (Ed. Anagrama)


Amberes, de Roberto Bolaño, es una ¿novela? de apenas 120 páginas. Digo ¿novela? porque es un texto de naturaleza bastarda más que mixta, que se acerca al relato en ocasiones, que se acerca a veces más a la poesía, y que solo se define como novela si entendemos así una obra en la que se repiten motivos y temas, ligados de una u otra manera, en este caso mediante una estructura vaporosa. Tras la muerte de Bolaño, Amberes fue incluido en el volumen La Universidad Desconocida, un libro que trataba, en principio, de recoger la poesía del autor chileno, esa en la que decía poner lo mejor de sí mismo y esa que nunca le dio los mejores resultados.

Creo que a Bolaño le debía importar poco si escribía novela, relato o esas construcciones mixtas con aire poético. Esos monstruos que Rodrigo Fresán definiría como libros mutantes pensando en novelas como Los detectives salvajes. No sé con qué intención escribió Amberes. Bolaño era más sabio que todos los desocupados del futuro, los que tratan y a veces tratamos de sexar sus libros una vez leídos. Lo más recomendable es leer. Sin más. Por lo que escribe en el prólogo de la edición de 2002, la que he leído, era un texto destinado al cajón de inéditos de un autor. Ese prólogo vale mucho más que esta reseña y que muchas de las tesis doctorales que están escribiéndose sobre Bolaño en este momento. Amberes es en cierto modo una de las primeras publicaciones póstumas de Bolaño, tan primera que es previa a su muerte. Tras su explosivo éxito con Los detectives salvajes, Anagrama ya debió preocuparse por ir rebuscando en sus cajones, y de ahí extrajo Bolaño este libro, que en su momento se distribuyó como novela. Porque la poesía no vende. Aunque quizá él lo veía más cercano a su poesía. Su poesía es eminentemente narrativa. Pequeños fragmentos que podrían funcionar como relatos cortos y por acumulación, como capítulos de una novela.

Amberes es un libro que no desentona con la producción contemporánea y posterior de Bolaño. Con los años escribió novelas más estructuradas en un sentido narrativo, y creo que eso explica en gran medida la preferencia que muchos escritores dicen tener por Estrella distante y Nocturno de Chile entre sus libros. A mí me sigue pareciendo que su obra maestra, la que seguirá haciendo que muchos se apasionen por escribir, y la que se recordará dentro de 50 años, es Los detectives salvajes. Cierto es que 2.666 es más ambiciosa y más oscura, también menos legible, como diría el propio Bolaño, y tal vez eso la ayude a mantenerse siempre joven en las discusiones de los seminarios de narrativa latinoamericana.

Amberes es un libro menos ambicioso pero en la forma emparentado con Los detectives salvajes. Hablaba hace unos meses de El espíritu de la ciencia – ficción y decía que era un borrador de aquella. Los sinsabores del verdadero policía me pareció un borrador de 2.666 en un sentido parecido. Amberes tiene más entidad propia. La búsqueda del qué es más confusa, porque el libro es más poético. Y toda esta reseña es un fracaso porque la novela o lo que sea Amberes es difícil, muy difícil de poner en palabras. Amberes son 55 fragmentos que iluminan muy poco algo que se queda siempre entre sombras. Hay uno de esos policías extraviados de Bolaño, esos detectives de homicidios con alma de poeta. Hay una pelirroja perdida. Hay Barcelona y alrededores. El título de la novela parece elegido para despistar al incauto. Hay un jorobado. Crímenes. Hay un aire de película de David Lynch. Imágenes bonitas analizadas una a una con poca conexión. Eso también es cine. Esto también es literatura.

Amberes es en cualquier caso un libro que Bolaño decía disfrutar. En wikipedia dicen que dijo que tal vez porque quien lo escribió no era la misma persona que quien lo releía en su edición de 2002. Probablemente sea su primer libro narrativo terminado, aunque sí él mismo lo incluía en los poéticos, no sería el primero entre aquellos. Amberes está escrita en 1980, cuando Bolaño trabajaba, como tantas veces se ha dicho, de vigilante nocturno de un camping. Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce es de 1984 y es su primera novela claramente identificable como tal, aunque cabe recordar que está escrita a medias con A.G. Porta.

Amberes es un librito extraño que se lee en dos horas. Se lee de pie o se lee sentado en un banco incómodo. O acostado en un suelo frío. No es un libro de sillones ni para la cama. Es un librito incómodo que deben leer los incondicionales de Bolaño. Es un libro que en realidad deben leer todos los que leen más allá del sujeto – verbo – predicado – introducción – nudo – desenlace. No es un libro que tiene sentido únicamente como pre proyecto de Bolaño, algo que sí le pasa a sus inéditos póstumos (a algunos, al menos). Yo lo había leído hace tiempo y el viernes pasado me levanté con la sensación de que debía ir a la biblioteca a volver a cogerlo sin falta. Pedí un día de asuntos propios en el trabajo, fui a la biblioteca, lo cogí y lo leí. Y ahora lo cuento. Es un rapto, Amberes, más que una novela o un libro de poesía.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E


jueves, 9 de febrero de 2017

Misery, de Stephen King

Misery, de Stephen King (DeBolsillo)


Conocía la historia de Misery, porque en algún momento de mi adolescencia vi varias veces la película inspirada en la novela, protagonizada por Cathy Bates (que ganó de hecho el Óscar por interpretar a Annie Wilkes) y James Caan, y por cierto muy recomendable. Últimamente he encontrado referencias muy directas a la novela en Rey de Picas, la novela de Joyce Carol Oates (a su vez una autora a la que Stephen King admira) y he oído hablar de que tiene también mucho peso en la novela Basada en hechos reales, de Delphine De Vigan, que ha recibido muy buenas críticas. Pero no había leído hasta ahora la novela de Stephen King. Siempre la he visto considerada entre sus obras más importantes, y después de leerla debo decir que así es. Misery está sin duda a la altura de las que para mí son sus mejores novelas: El misterio de Salem´s Lot, Cementerio de animales, La zona muerta y El resplandor. El canon de sus seguidores incluye a veces Apocalipsis o La torre oscura, pero no las he leído. Creo que Misery es un libro que tiene varios niveles de lectura, como Cementerio de animales, y en el que King se enfrenta a sus fantasmas como escritor, como sucedía en El resplandor.

Misery es un interesante juego metanarrativo que es a la vez una muy eficiente novela de terror. Lo peor que se puede decir de un libro de Stephen King es que está bien escrito y es eficaz. Cualquiera de sus obras funciona, avanza a buen ritmo y está construida para contar bien una historia. Aquí la historia nos lleva a conocer a Paul Sheldon, un escritor de novelas románticas que ha acabado harto de ellas y que considera que es un mejor escritor de lo que sus lectores fieles le permiten ser y los críticos ven. Sheldon acaba de publicar la última novela de su famosa saga de novela histórico – romántica, la protagonizada por Misery Chastain, y por fin ha matado al personaje. También acaba de escribir la que considera que será su mejor novela, Automóviles veloces, por la que cree que puede optar al Pullitzer o el National Book Award o cualquiera de esos premios que Stephen King nunca ha ganado ni ganará.

Para celebrar que ha terminado su gran novela, Paul Sheldon abre una botella del mejor champán que tienen en el hotel y decide lanzarse a conducir hacia el oeste, en un impulso adolescente e idiota. Sheldon es un tópico escritor de éxito, aficionado a los coches, bebedor e incapaz de mantener un matrimonio en pie. Conduciendo a toda velocidad, con el Dom Perignon en una mano y el volante en la otra, y bajo una tormenta, su coche acabará estrellado. Alguien acudirá a su rescate y lo salvará de lo que hubiera sido una muerte segura, bajo la nieve, por hipotermia. Pero, y esto se lo preguntará muchas veces Paul Sheldon en los siguientes meses. ¿No hubiera sido preferible morir allí?

La persona que lo rescata es Annie Wilkes, una ex – enfermera que vive sola en mitad de las montañas, junto a su cerdo Misery. Qué casualidad, su fan número uno. Ella lo trasladó hasta su casa y allí le entablilló de manera rudimentaria sus piernas rotas y empezó a atiborrarlo de analgésicos y otras drogas. Cuando Paul Sheldon vuelve en sí y toma conciencia de su situación, empieza a inquietarse. ¿Por qué no lo llevó a un hospital? Ella tiene un oscuro pasado de muertes y sospechas que él irá descubriendo.

Annie Wilkes, la fan número uno de las novelas románticas que Paul Sheldon escribe, enfurece al ver que ha matado a su personaje favorito, Misery Chastain. Enfurece aún más cuando lee el manuscrito de la que será su nueva novela, y cuando comprueba que parece estar orgulloso de ese libro. Lo obliga a quemarlo en una barbacoa. Era su única copia. Después de dos años de trabajo. Una pesadilla para cualquier escritor. Una tortura. Pero no será la única. Ni la peor. Annie Wilkes tiene muy mal genio, y experiencia en usarlo. También cree que tiene a todo el mundo en contra. Solo encuentra consuelo en rezar (una característica muy repetida en algunos personajes de King, ese fanatismo religioso) y en las novelas románticas que Paul Sheldon escribía. Obligará, y sabe ser muy persuasiva, a que el autor retome las novelas de Misery y escriba la nueva entrega de la saga, en la que el personaje regrese de entre los muertos y le dé a la que será su única lectora más de lo mismo, lo único que quiere.

Así pues, ¿qué era la verdad? La verdad era que el rechazo creciente a su trabajo por parte de la crítica como “escritor popular”, lo que suponía, según él, catalogarlo por debajo de un auténtico escribidor, le había hecho daño. No concordaba con la imagen que tenía de sí mismo como “escritor serio” que inventaba todos esos romances de mierda como subsidio para su (fanfarria de trompetas, por favor) ¡VERDADERO TRABAJO!

Entre torturas y malos tratos que es mejor no desvelar, en una tensión creciente, veremos cómo Paul Sheldon va avanzando en la novela que le puede salvar la vida. Él mismo se compara con Sherezade. Cada capítulo que termina y ella lee le alarga un poco la vida, pero lo acerca más al fin. Una novela que le irá gustando poco a poco, porque a veces escribir trata de eso, de la tabla de salvación a la que los escritores pueden agarrarse para no hundirse. Podremos leer capítulos de la novela que Annie Wilkes quiere leer, El retorno de Misery. Veremos la prosa afectada que lo ha hecho un autor superventas entre lectoras fanáticas que no pueden vivir sin recurrir a ese otro mundo. La droga de Annie son las novelas de Misery. Paul se va enganchando a los calmantes que ella le suministra. Toma conciencia de esa adicción. Y a su vez, se va enganchando a su propia novela, y sabe que el tiempo se le irá agotando.

Paul Sheldon acabará saliendo de aquella casa vivo pero con terribles secuelas. Nunca dejará de vivir, en parte, en aquella habitación y en aquel sótano. La novela presenta el encierro de un escritor esclavizado por su propio éxito. Sus lectores, ese Lector Constante del que habla, incapaz de ver un poco más allá de más de lo mismo. Ese lector que no quiere que su escritor preferido pueda hacer otra cosa. Igual que ese espectador de cine que no quiere que un director haga otra cosa, o que la nueva película de su saga predilecta no sea calcada a las anteriores. Misery podría tener un subtítulo que fuera: Las esclavitudes del autor de éxito o Las tiranías del lector. Un lector que se queja si un párrafo tiene demasiadas subordinadas o que abandona libros que son complicados o de pensar. Un lector que no tiene interés en conocer los trucos del oficio que Paul Sheldon le explica y le explica King a los lectores de la novela, porque es un lector que cree que escribir es esencialmente inventar una historia, cuando eso es prácticamente lo de menos. Un lector que sigue existiendo y que quizá está creciendo aún más en los tiempos de internet y la falta de atención continuada. Un lector que probablemente no se daría por aludido al leer la peripecia de Paul Sheldon y pensaría que el lector simple y fanático son los otros. Siempre son los otros. Paul Sheldon tiene su propia entrada en wikipedia, quizá un guiño macabro.

¿Puedes tú, Paul? -se preguntó en sueños-. Sí. Es así como sobrevivo. Es así como he llegado a mantener casa en Nueva York y en Los Ángeles y más hierro rodante del que hay en algunos parques de coches usados. Porque puedo y no es algo por lo que tenga que disculparme, maldición. Hay montones de tipos que escriben mejor prosa que yo y que entienden mejor lo que es la gente y el supuesto significado de la Humanidad, demonios, ya lo sé.

La novela también es una reivindicación que Stephen King hace de su oficio. Él no es un genio pero sí un gran artesano, eso nos dice. Eso dice como autor siempre que le preguntan. Y también nos dice que puede hacer algo más que historias terroríficas que aterroricen a los de siempre, aunque para ello se valga de una historia terrorífica. La novela es a la vez un escupitajo en la cara de los millones de lectores que pudieran considerar que debía ceñirse a hacer siempre lo mismo, y un juego irónico en esa misma línea. La novela es un agridulce retrato de la vida del escritor de éxito, y es quizá, a sus cuarenta años, hace ya casi treinta, la cima de la obra de Stephen King, quizá su última gran novela, a la vez una cumbre del género que igualo a las otras novelas que ya comentaba al principio (todas ellas del principio de su carrera) y a la vez una carta de renuncia.

Hay en este mundo un millón de cosas que no sé hacer. No puedo batear una pelota, ni siquiera en la secundaria. No puedo arreglar un grifo que gotea. No puedo patinar ni dar un acorde en la guitarra que no suene a mierda. Dos veces he intentado el matrimonio y en ninguna lo conseguí. Pero si quiere alguien que lo saque del círculo, que lo asuste, que lo seduzca con una historia, que le haga llorar o sonreír, eso sí que puedo. Puedo traerlo y llevarlo hasta que grite basta. Soy capaz de hacerlo. Claro que sí.

Hace ya años leí un artículo de Rodrigo Fresán en el que se preguntaba cuánto hacía que Stephen King no nos daba realmente miedo. Quizá desde Misery.

Seguiremos leyendo y hablando de libros.

Felices lecturas

Sr. E



viernes, 3 de febrero de 2017

Lou Reed era español, de Manuel Vilas

Lou Reed era español, de Manuel Vilas (Malpaso)


Antecedentes: Leí una entrevista que le hicieron a Manuel Vilas en la revista Jot Down en la que decía algo así como que España no iba bien porque tenía un desfase histórico que hizo que cuando en el mundo sonaba la Velvet Underground aquí sonara El dúo dinámico. Aceptando como hiperbólico el hecho de que en el mundo sonaba la Velvet, en el sentido de que no es que fuera la música mayoritaria precisamente en el mundo, sí es verdad que aquí teníamos al Dúo Dinámico y eso quizá marca algo. Este libro, entre otras cosas, habla del desencuentro entre un país, España, y un gigante el rock, Lou Reed. Los dos llevaban gafas de sol.

Antecedentes personales: Cuando no había internet, o al menos no lo había en mi casa, que es lo que me importaba a mí, y no teníamos acceso a tanta música que nos llega a nublar el sentido como hoy en día, encontrarte con ciertos discos era cuestión de casualidad. En casa de algún amigo con padres melómanos o con algún hermano mayor, di con un disco llamado Set the twilight reeling, recién salido. Lo escuchamos y me volvió loco. Mi amigo me lo copió (con perdón por los derechos de autor perdidos, pero sí había ya grabadoras en casi cualquier ordenador) y lo estuve escuchando durante meses. Me gustaba la voz grave, vieja y un tanto monocorde que dominaba aquel disco, que recitaba a ratos y a ratos explotaba con furia. Me gustaba aquella manera de subir y bajar de la guitarra, y el modo en que ensuciaba con ruido la melodía. Yo escuchaba a Lou Reed sin saber quién era Lou Reed y encontraba algo místico allí. Y he reencontrado esa sensación en el libro de Manuel Vilas. Luego nos hacemos mayores y sabemos demasiado, y nunca podremos acceder, a cierta edad, a escuchar ciertas músicas, ver ciertas películas o leer ciertos libros sin tener la cabeza llena de referencias previas.

Una pequeña convergencia entre el libro, la relación de Manuel Vilas con Lou Reed y la mía: Con aquel disco, Set the twilight reeling, un disco que supongo que es menor en la discografía de Lou Reed, Lou Reed vino en el año 2000 a dar un concierto a 20 km de mi casa, a Murcia. Yo me enteré al día después del concierto leyendo el periódico de mi padre. Manuel Vilas estuvo aquel día viéndolo. En 2002 leí, mientras debía estar repasando para la selectividad, una biografía de Lou Reed escrita por un tal Victor Bockris. La verdad es que la nota de selectividad no me importaba demasiado, porque no pretendía entrar a una de esas carreras muy competidas. Me leí aquellas 400 páginas en menos de una semana, y recuerdo su subtítulo: Las transformaciones de Lou Reed. Vilas vio en Reed un profeta. Para mí nunca ha sido el número 1, pero siempre ha estado en mi top ten de referencias. A los 18 años estás en transformación, terminando las adolescentes e imaginando las adultas. Y Lou Reed en esas 400 páginas, que lo abandonaban después de ese Set the twilight reeling con el que yo había llegado hasta él, no había dejado de transformarse.

Transformaciones: La referencia a las transformaciones es fácil, pues Transformer fue el título de su segundo disco en solitario, quizá el primero que llegó a más público, el que contiene la famosa Walk on the wild side y con el que se mostraba separado de lo que lo había hecho tan famoso como llegara a serlo en los años de la Velvet. Leí una vez que alguien dijo que la Velvet no fue tan importante por la cantidad de discos que vendió como porque todos los que compraron sus discos montaron su propio grupo. Lou Reed no paró de transformarse desde que llegó a Nueva York y se encontró con aquel grupo de enrollados con los que cambió la historia del rock. Nunca paró de transformarse. De apariencia, música, compañías. De pasado. Siempre fue una apisonadora que fue huyendo hacia delante olvidando lo que dejaba detrás. Manuel Vilas, en el libro, le echa en cara algunos de esos olvidos. Nico, la modelo alemana que fue cantante de The Velvet Underground, es una de las que tiene reproches para él. España, como ente, también.

Manuel Vilas: Este es el tercer libro de Manuel Vilas que leo. Leí antes la novela España y el libro de relatos Zeta. Ahora ha escrito un nuevo libro que se llama América, que me imagino que será lo que viene después de Lou Reed era español en la lógica de su autor. España à Lou Reed era español à América. Mi limitada perspectiva sobre la obra de Manuel Vilas, así como su pose en algunas entrevistas que he leído, o en artículos, me llevan a pensar que Manuel Vilas escribe una gran novela que va presentando en capítulos y que podría llamarse Manuel Vilas presenta. Con sus ideas, bucles, obsesiones, músicas, frases. Es un escritor de frase brillante y de ideas preclaras. Eso a veces es peligroso.

El libro: Lou Reed era español es una especie de libro de viajes. Basta ver esa ilustración de un Lou Reed desmejorado con peineta y pendiente molón para ver que es un libro particular. Lou Reed era español ganó de hecho un premio de libro de viajes, el Premio Llanes de Viajes, bajo el título Wild Side España. Un libro de viajes en el espacio, el tiempo y la cultura. Un viaje, sobre todo, y como parece lógico por el título, por España y por Lou Reed. Un viaje, sobre todo, y como parece por todo lo que he leído del autor, por Manuel Vilas. Manuel Vilas empieza siendo un adolescente de la provincia de Huesca que descubre a mediados de los setenta un disco de Lou Reed y flipa. Literalmente. Empieza a obsesionarse con la Voz y a ir en una peregrinación continua tras sus discos y cuando sea un poco mayor, a sus conciertos. Vilas viaja por España y recorre el país y va viendo su evolución. Lou Reed también la ve, aunque parece en todo momento que Lou Reed la pasa por alto. En su primer concierto en Madrid, según nos cuenta el libro, va al Prado y no se entera de nada, y descubre la cuajada, y desde entonces la pide para que se la lleven a Nueva York. No sé si todo eso es verdad, pero lo merece. Heroin y la censura franquista. La leyenda drogota de Lou Reed. No hubo tanta heroína, dice Vilas. Lou Reed fue un hombre de anfetaminas que cultivaba la leyenda de la heroína. España echándole en cara los miles de enganchados y muertos que aquella canción provocó. Creo que sobrevaloramos la importancia del arte. Vilas dice que Lou Reed intelectualizó el rock. O algo así. Puede ser verdad. Pasan los años y Lou Reed sigue volviendo a dar conciertos porque sus discos se venden bastante bien. El libro presenta el rock como un circo, otra cadena de producción más, en la que altas ventas implican conciertos y viceversa. El mayor domador de ese circo es Mick Jagger. Los seguidores de Lou Reed deben odiar a Mick Jagger y a Jim Morrison. Solo Lou Reed.

La forma del libro: Lou Reed habla. España habla. Manuel Vilas habla. Manuel Vilas habla de Manuel Vilas en tercera persona. Más conciertos. El desastre de concierto en el campo del Moscardó. ¿A quién se le ocurrió la idea de llevar a Lou Reed a dar un concierto en 1980 a un campo de fútbol de Usera? Lou Reed se va haciendo mayor y da conciertos en Benicàssim, en San Sebastián, en Málaga, en Murcia. Desdibuja su pasado y se inventa el presente. Descubre el tai – chi y se convierte en alguien equilibrado. Seguramente es de esos que después de todos los excesos del mundo no soporta que fumen a menos de treinta metros de él. Tiene el hígado jodido y se está muriendo. Lou Reed también se va a morir, como todo hijo de vecino. Son brillantes los momentos en los que Vilas dibuja a Lou Reed como un hijo de vecino. ¿Se ponía Lou Reed bañador en verano? ¿Iba a la playa? ¿Se ponía crema de protección solar? Qué buena está el agua de Madrid, le dice Lou Reed a Laurie Anderson. Lou Reed es Lou Reed pero nunca dejó de tenerle miedo a sus padres, los que nunca lo entendieron. Es difícil entender a Lou Reed. Es difícil entender España. Pasan las décadas. Casi cuarenta años de conciertos. Manuel Vilas deja de ser adolescente. O no.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas


Sr. E

lunes, 30 de enero de 2017

Cómo dejar de escribir, de Esther García Llovet

Cómo dejar de escribir, de Esther García Llovet (Ed. Anagrama)


 Leí hace algunos años Submáquina, de Esther García Llovet, y solo recuerdo algunos detalles de la novela (lo protagonizaba una policía lectora, o una policía escritora, y retrataba el mundo con una mirada irónica y crítica). Recuerdo que me gustó y que desde entonces el nombre de Esther García Llovet estaba en mi lista de autores a los que seguir, y he leído que la autora afirma que aquella novela tuvo como 500 lectores, así que en cierto modo Esther García Llovet y yo somos familia, y por ese parentesco literario me alegré mucho cuando vi su nombre como finalista del último Premio Herralde de Novela. La novela no ha sido la finalista institucional del premio sino una de las novelas que llegaron a la última selección del jurado y que este recomendó que se publicara junto a la ganadora y la finalista. No recuerdo qué novelas ganaron este año ni tengo especial interés en leerlas ahora mismo, pero creo que conseguir ese reconocimiento fuera de lo establecido por las bases tiene un mérito especial. Algo habrá visto el jurado. Algo que no debe ser premiado. Hay que leerlo, urgentemente.

De Submáquina recuerdo que el ritmo era cinematográfico (dicho esto como sinónimo de que muchas acciones quedaban más esbozadas que desarrolladas, como en un guión) y que la manera de expresarse y moverse por el mundo de su protagonista me recordaba la escritura de Roberto Bolaño, siempre entre lo policial y lo metaliterario. Curioseando ahora sobre la autora veo que estudió cine y que en un artículo en una revista cultural de hace unos años le echaba la culpa de haberse puesto a escribir a Roberto Bolaño, en concreto a Nocturno de Chile. La sombra de Bolaño es alargada y sigue sobrevolándonos a muchos de los que hemos llegado a la escritura en el siglo XXI.
  
Cómo dejar de escribir es una novela que sigue los pasos del gran Ronaldo, el último tótem de la literatura latinoamericana, el autor mítico, chileno para más detalle, que recuerda por su procedencia y por esa mitomanía que parece despertar, a Roberto Bolaño. Aunque en realidad sigue los pasos de su hijo, un escritor que no escribe. Esa es una de las claves de la novela, la figura de los que no escriben y rodean al mundillo literario. Ese negativo de la fotografía. Todo el mundo que habla sobre el gran Ronaldo parece que estuvo con él en algún momento clave. Todo el mundo lo vio en cierto momento, lugar y circunstancia y quiere contarlo mientras se toma una copa. Parece que lo de menos fue lo que escribió, porque él mismo, convertido en personaje, fue su obra. Su gran obra. Casi como en la vida de Bolaño, con la salvedad de que tras la figura y el mito un tanto disparatado del chileno hay una obra de peso.

El narrador de la novela, apático y distante, es el hijo del gran Ronaldo. Un personaje sin amigos, aparte de un ex – convicto y un vagabundo, y al que parece que todo le da bastante igual. Va a alguna fiesta en la que no paran de decirle que dónde se ha metido, que parece que vive encerrado. Y es que vive casi encerrado en la vieja casa de su padre. Investigando sobre el gran Ronaldo, sin descubrir nada demasiado sustancioso, y buscando su novela inédita, la búsqueda sobre la que precariamente se sustenta la trama. Y la trama se sustenta con precariedad sencillamente porque es lo de menos, es un falso esqueleto que usar como percha para escribir.

La escritura del libro se eleva constantemente, y va iluminando rincones de Madrid con ojos de turista, y va, sobre todo, iluminando rincones del alma humana. Esos rincones del alma que los turistas no suelen visitar. El gran mérito de Cómo dejar de escribir es que parece escrita con ligereza, se lee con ligereza, trata esencialmente de nada, pero cuando acabamos de leerla, sentimos que esa aparente nada era la misma nada de la que está hecha la vida, así que era un libro que trataba de la vida. De la del gran Ronaldo y de la de su hijo y de sus extraños amigos y por supuesto, de la nuestra.

Y así, como pretendía seguramente desde una intención inicial maquiavélica de su autora, Cómo dejar de escribir se convierte en el libro de autoayuda envenenado perfecto, pues como pasa con los textos de Bolaño, tanto con sus novelas como con sus relatos, es una narración perfectamente hilvanada que invita a la relectura y lanzará a escribir a quien acabe el libro. Suerte a los imprudentes en el empeño.

Seguiremos leyendo y escribiendo.

Felices lecturas


Sr. E

martes, 24 de enero de 2017

Manual para mujeres de la limpieza, de Lucia Berlin

Manual para mujeres de la limpieza, de Lucia Berlin (Ed. Alfaguara)

Desconfío de los nuevos Raymond Carver, los nuevos Bukowskis, los escritores a los que nunca leyó nadie en vida pero a quienes descubren y redescubren después de su muerte, los autores de relato americano que llegan a España con avisos de sus editores informándonos de que son la última joya oculta de la narrativa americana. Desconfío también de los libros del año de Babelia y de las solapas en las que se destaca el número de hijos de la autora, si bebía demasiado o qué trabajos alimenticios tuvo que ejercer. Desconfío de los libros con una frase en la portada como: “En la profunda noche oscura del alma, las licorerías y los bares están cerrados”, una frase que me recuerda a aquella famosa cita de Charles Bukowski, aquella de: “Dios es un local vacío donde no hay filetes”. Me imagino que no soy el único lector al que se la ha recordado.

Todo esto para empezar la reseña diciendo que desconfiaba profundamente del libro, de este Manual para mujeres de la limpieza, de Lucia Berlin. Y la sigo alegrándome por no haberme dejado vencer por mis prejuicios. Esta colección de relatos, auténticos pedazos de vida, es un libro fantástico. Como tanto se ha destacado, cada historia parece salida de las entrañas de su autora, Lucia Berlin, pero no creo que haya que mirar si realmente salieron de su vida, porque como bien deberíamos saber ya, lo más importante es que esas historias suenen reales, se lean como un pedazo de historia personal, no que le hayan pasado, o no, a su autora.

Manual para mujeres de la limpieza se sitúa en esa línea de autores americanos que descienden de Chéjov después de pasar por una licorería a por una botella de whisky. Lucia Berlin recuerda a Carver y a Wolff. Sus protagonistas son infelices que no saben qué han hecho mal para estar donde están y que se esfuerzan por sobrevivir. Hay mucha clase obrera, gente que está siempre en la precariedad o al borde de la misma. Hay estados fronterizos con México, y parecen a veces casi estados del alma más que territorios. La prosa de Berlin, siendo cortante y fibrosa, no lo es tanto como la de Carver. Y esto lo digo como una virtud. Me parece que su escritura eleva a veces el vuelo y busca imágenes potentes, algunas metáforas que queden en la cabeza de quien las lee. No todo es laconismo, y eso, la emparenta, dentro de mis lecturas americanas, con Lorrie Moore, que se mete en las vidas difíciles de sus compatriotas sin olvidarse nunca de tratar de hacer poesía con ella. También veo esa mirada melancólica de quien perdió los sueños al terminar la adolescencia, si no incluso antes, que recuerdo de los relatos de Carson McCullers, aunque hace años que los leí.

Los relatos reunidos en Manual para mujeres de la limpieza son auténticos, es cierto, pero no lo fían todo a eso tan difícil de concretar que es la autenticidad, y que no siempre tiene por qué ser una virtud. Los relatos de Manual para mujeres de la limpieza son también cuentos que demuestran un muy buen dominio de la técnica, y un cierto estudio de las estructuras y las construcciones antes de abordarlos. Y es que, no olvidemos que por mucho que la editorial haya destacado tanto que Lucia Berlin se casó a los 17 años y fue madre de 4 niños y trabajó limpiando casas (y no quiero meterme en el clasismo que desprende una afirmación así por parte de los editores, pero creo que clama al cielo), también fue profesora de Letras y de Escritura Creativa en algunas universidades.

Uno de los relatos que más me ha gustado es precisamente un juego metaliterario, un ejercicio teórico – práctico de construcción de un relato, titulado Punto de vista. Hay muchos hospitales, muchas desintoxicaciones y muchas enfermedades. Hay internos y hay personal sanitario. Hay drogas y hay bebida. Hay relatos en los que todo eso aparece como elemento central, como en Mi jockey, Su primera desintoxicación o Apuntes de la sala de urgencias, 1977 o Paso.

Hay viajes a México, y frontera. Hay hasta una estudiante universitaria chilena en la universidad de Nuevo México, en el relato Querida Conchi, que como su  título sugiere, toma forma de relato epistolar. Hay mucha rebeldía adolescente, en general explosiva y poco productiva, que Berlin retrata magníficamente, en relatos como Doctor H. A. Moyniham, Buenos y malos o Gamberro adolescente. La autora es muy hábil convirtiendo en material narrativo interesante sus rutinas, algo que hace en Volver al hogar o en Lavandería Ángel, el relato que abre la colección.

De esa rutina también se alimentan dos relatos que hablan directamente de las mujeres de la limpieza, utilizando a una como voz narrativa y como personaje principal. Esos relatos son Luto y el que da título al libro, Manual de mujeres para la limpieza, que toma una original estructura de consejos que una descreída veterana le da a las que se incorporen al servicio doméstico. Tal vez sean dos de mis relatos preferidos de todo el libro, junto con Triste idiota, una melancólica celebración de un cumpleaños más, del paso de la vida.

Todos los relatos del libro tienen un punto de lúcida melancolía y una prosa fluida, bien trabajada. El ritmo es ágil y hay metáforas muy buenas. Hay historias que quieres releer y otras que piensas mejor antes de pasar a la siguiente. Deja un regusto triste pero también abre los ojos de quien lo lee a vidas que a veces quedan fuera de los focos narrativos. No obstante, creo que los editores y periodistas deberían evitar recomendar el libro basándose en que su autora fuera mujer, en su clase social o en los trabajos alimenticios que desarrolló, porque todos esos énfasis suenan condescendientes, y este es un libro duro que sabe defenderse perfectamente solo, gracias a que está lleno de literatura.

Seguiremos leyendo y comentándolo

Felices lecturas

Sr. E



lunes, 16 de enero de 2017

Rey de Picas: Una novela de suspense, de Joyce Carol Oates

Rey de Picas: una novela de suspense, de Joyce Carol Oates

 Leí hace menos de un mes otra novela de Carol Oates, Carthage. Rey de Picas confirma que es una escritora con un magnífico pulso narrativo, interesante, buena constructora de historias, y siempre un poco oscura. Cualquier comentario sobre Rey de Picas debe incluir en algún momento el término novela menor. Y ciertamente lo es. No por el resultado, que ahora entraremos en ello, sino por la ambición. Es una novela que funciona perfectamente como lo que pretende ser. Es un divertimento, una novela entretenida muy solvente, que es lo que pretende ser. Aún así, la vi entre las diez mejores novelas extranjeras del año para El Cultural. Carol Oates es una novelista importante, que se lanza casi anualmente a escribir una novela llena de rincones oscuros, compleja, enigmática, de 600 páginas o más. 

Comparada con eso, Rey de Picas está en la categoría de obras menores. Es un pequeño homenaje al oficio de escritor. Es una novela negra, bastante negra, que funciona perfectamente. Es un homenaje al terror gótico clásico, al de casas extrañas y comportamientos perturbados, al de maléficos gatos negros, y es, seguramente, un libro que Joyce Carol Oates se divirtió mucho escribiendo. Es una novela que engancha y que se lee de un tirón. Ya dije con Carthage, y me repito y reafirmo, que quizá hablar de esta autora para el Premio Nobel sea exagerado, pero no cabe duda de que juega en la élite. Por ponerla en unos términos futbolísticos que ciertamente no domino, Carol Oates no ganaría nunca ese famoso premio que se llama Balón de Oro, pero jugaría de titular y sería muy importante en un equipo como el Real Madrid o el Barcelona.

Rey de Picas es el seudónimo con el que Andrew J. Rush, el Stephen King de los caballeros, firma sus novelas más crudas y salvajes. Y no es uno de esos seudónimos que algunos autores como el mismo King o la propia Oates han escrito algunos libros, seudónimos que todo el mundo conoce e identifica. No es un John Banville jugando a escribir novela negra y no firmando con su nombre. Es un seudónimo que nadie reconoce. Andrew J. Rush es un escritor con 28 novelas de misterio a sus espaldas. Tiene un éxito razonable, sin ser un Stephen King. Es un escritor concienzudo, que planifica sus libros perfectamente y los escribe con un ritmo espartano. Le molesta un poco, quizá, que nunca lo hayan considerado un escritor serio. Este juego remite continuamente a la figura de Stephen King, un escritor que ha mostrado su admiración por Joyce Carol Oates en ocasiones, y al que en cierto modo ella homenajea aquí. La contracubierta del libro habla de un homenaje a la novela gótica de Poe, y quizá lo hay, pero siempre por persona interpuesta. Es un libro que homenajea a Poe porque homenajea, a mi entender, a los escritores de terror actuales, especialmente a Stephen King. También es cierto que hay un gato negro que juega un cierto papel en el descenso a la locura de Andrew J. Rush, y eso, claro, a un reseñista de contracubiertas le ha dejado abierta la puerta de relacionarlo con Poe.

La novela es toda ella un juego de espejos, y quizá por eso es mejor encuadrarla en el apartado de novelas menores, de obras menos ambiciosas, de novelas que son juegos para aficionados al género, que reconocerán trucos, clichés e imágenes ya utilizados. Para mí, particularmente, la novela homenaje más a Misery, de Stephen King, que a Poe.
Las novelas de Rey de Picas son unas novelas editadas de manera casi secreta, sin ninguna publicidad, en una editorial pequeña, y están alejadas de la narrativa para caballeros que ha hecho famoso a Andrew J. Rush, caracterizada, además de por su pulcritud narrativa, porque los malos siempre pierden. Las novelas de Rey de Picas son más sangrientas, más crueles, más vengativas. La hija de Andrew J. Rush, que estudia Literatura Comparada en la Universidad, encuentra una de ellas y la lee y se escandaliza. Entre otras cosas se escandaliza porque encuentra allí un oscuro momento del pasado de su familia. Y cuando lee otra, encuentra otro suceso del pasado familiar. Hay un interesante juego en la novela entre la esposa y la hija de Andrew J. Rush, ambas licenciadas universitarias en Literatura, y él, el novelista, que siente que ninguna de las dos aprecia sinceramente lo que él escribe, aunque claro, viven cómodamente gracias a sus beneficios.

Rey de Picas, y eso es un hecho que no hará más que ir ganando peso en la historia según avance, es más que un seudónimo de un escritor. Es prácticamente el Mr. Hyde de ese Dr. Jeckyll que es Andrew J. Rush, la voz interior que le susurra que todos están en mayor o menor medida en su contra y que en algún momento debe tomar medidas para asegurarse el éxito.

Después de presentarnos una vida apacible, quizá un tanto mediocre, quizá alejada de la ambición con la que empezó su carrera, a Andrew J. Rush le aparece una acosadora que lo acusa de haber entrado en su casa y plagiado sus novelas, las oficiales. El juicio se desestima rápidamente y Andrew J. Rush ve a la acusadora, una mujer de buena familia que parece fuera de sus cabales. Por un lado le da pena, y por otro le hace sentir cierto orgullo ser el objeto de la obsesión de una desequilibrada, y más cuando se entera de que ya había acusado a otros autores, como por ejemplo, otra vez, King. Andrew J. Rush, empujado por las frases que Rey de Picas va poniendo en su cabeza, va un poco más allá, y va a su casa mientras la mujer está internada en un psiquiátrico. Allí encuentra algunos de sus manuscritos, incluido uno que recuerda a El Resplandor, y que está fechado en 1974, antes de la famosa novela. Y lo que más envidia Rush, una buena colección de primeras ediciones y libros firmados por autores clásicos del género de misterio y terror. Roba algunos ejemplares y se los lleva a casa, para incluirlos con los suyos, mucho menos valiosos en todos los casos.

Rey de Picas irá sembrando más confusión y acusando a cada vez más gente de estar en contra de Andrew J. Rush, hasta que este acabe derrotado, superado, prácticamente enloquecido. Eso no es ninguna sorpresa, la verdad, por lo que tampoco estoy destripándole la novela a nadie. No daré detalles sobre qué sucede exactamente, ni sobre quién entra en casa de quién, ni qué peleas y acusaciones se producen, ni cómo acaba todo. 

Es una novela muy entretenida, que engancha desde el principio y que nos recuerda una realidad, la de que cada vez más escritores “serios” están reconociendo abiertamente las influencias y las formas de lo popular y más comercial en sus obras, jugando con sus reglas y homenajeándolas, no sé si con un mero afán comercial o con la intención de demostrar que al final, dentro de los marcos que se elijan, siempre se pueden hacer libros buenos y malos, y que normalmente los escritores buenos siempre escribirán buenos libros.

Seguiremos leyendo y dejándonos embaucar.

Felices lecturas


Sr. E