martes, 17 de octubre de 2017

Dos libros extraños

Dos libros extraños: Breve manual del perfecto aventurero, de Pierre Mac Orlan (Jus Ediciones) y Teoría del ascensor, de Sergio Chejfec (Jeckyll & Jill)

Hay escritores raros (hay incluso una corriente de la literatura uruguaya a la que la crítica, con la comodidad de las etiquetas, ha calificado como los raros, y siendo cierto que son autores raros es bastante discutible calificarlos de corriente) que tratan de escribir libros más o menos normalizados. Hay autores normalizados que de vez en cuando escriben un libro raro, disonante en su trayectoria, aunque a veces de una valía incalculable. Y luego hay autores raros que escriben, o eso parece, siempre, libros raros. Creo que me he encontrado con dos de ellos.

No soy un gran conocedor de la obra de Sergio Chejfec (este es el tercero de sus libros que leo) y mucho menos de la de Mac Orlan (con quien me estreno), pero parecen dos tipos raros. El anterior libro de Chejfec editado era una reflexión sobre la escritura como acto físico, desde los manuscritos hasta las ultimísimas pantallas inteligentes (Últimas noticias de la escritura, Jeckyll & Jill), un libro fácilmente relacionable con El discurso vacío, de Levrero, aunque con un afán enciclopédico y casi pedagógico, frente al vacío real al que se abocaba Levrero escribiendo a mano un cuaderno que luego sería mecanografiado para su difusión en forma de libro.

Pierre Mac Orlan (que en realidad no se llamaba así) parece que fue de todo en la vida, y también bohemio y escritor. Tan escritor como que según informa la editorial en la solapa, fue autor de 130 libros. Este es de 1920, es prácticamente un cuadernillo, se lee en una hora de concentración, y se digiere durante semanas. Si no desconfiara de términos como un librito delicioso, diría que Breve manual del perfecto aventurero es un librito delicioso. Es un juego, un entretenimiento de aire pedagógico que evalúa, ensalza y desmonta la literatura de aventuras. Mac Orlan escribió este libro cuando parecía que el amor de la literatura por las aventuras, grandes, pequeñas, medianas, del siglo XIX se desvanecía definitivamente. Tenía razón en que el amor por aquella literatura de los Jack London, Robert Louis Stevenson, Julio Verne, estaba en decaimiento, y lo sigue estando, pese a meritorios intentos de escribir buenas novelas de aventuras. Como buen libro provocador, empieza diciéndonos que la aventura, como tal, no existe, solo está en el ánimo del aventurero, y esa es la esencia del libro. Mac Orlan escribe un manual de uso para quienes quieran escribir una aventura sin moverse de su escritorio. Los aventureros sedentarios, de los que aprenderemos y en lo que podemos aspirar a convertirnos con esta lectura, son sus protagonistas. Nos enseñan sus secretos, sus recetas. El tono es irónico y parece una obra digna del adjetivo borgiano.

Hay algo de heroico en escribir libros enciclopédicos sobre saberes inútiles en pleno siglo XXI, con internet en el bolsillo del pantalón de cada lector, con el smartphone a punto de integrarse en nuestro mismo organismo. Chejfec tiene algo de sabio loco. Teoría del ascensor, pese a que anuncia en su título una teoría (la del ascensor), nos hace terminar sus páginas sin poder contestar a la pregunta de: ¿en qué consiste esa teoría? ¿Es el resumen de ideas de Chejfec sobre la escritura? Es al menos un resumen de ideas de Chejfec sobre la escritura. Lo que Chejfec escribe, si hay que buscarle un nombre, es un ensayo narrativo. Aporta información, la pone sobre la mesa, desarrolla algunos puntos de pensamiento ajenos, busca conexiones, extrae algunas conclusiones, y eso es a lo que se dedica un ensayo. Pero a la vez nunca llega a una conclusión, y todo está escrito con la pasión de la narrativa. Chejfec nos está contando una historia, la suya. Para él lo apasionante es mirar y leer, y contagia esa pasión. No es extraño que en la contraportada Vila – Matas alabe el libro y al autor, pues en cierto modo Chejfec es un claro heredero de esos libros que Vila – Matas escribió en los ochenta y en los noventa, especialmente libros adictivos y llenos de erudita nada como Historia abreviada de la literatura portátil y Bartleby y compañía. Para mí, como lector, esas son las obras cumbre de Vila – Matas y en los últimos años se ha ido imitando y amanerando en la imitación y yo personalmente he perdido interés en lo que va publicando. Chejfec es sangre nueva para esos libros y para quienes somos sus potenciales lectores. Habita un incierto punto medio en el desierto que en las letras argentinas separa a Ricardo Piglia de César Aira. Todo lo que escribe Chejfec parece estar escrito muy en serio, como si los libros fueran el único asunto de vida o muerte, algo que lo acerca a Piglia. Escribe y reflexiona sobre lo que acaba de escribir, y esa es la respiración de Teoría del ascensor, aunque muchas veces reflexione sobre lo que ha escrito (o dicho o filmado o fotografiado) otro. Pero todo tiene un poso irónico, un no – es – para – tanto – solo – son – libros – e – ideas, sin la exageración de un César Aira que parece empeñado en superar los mil libros publicados y que presume de no corregir lo que escribe porque total, solo son libros.

Chejfec es una experiencia y Mac Orlan es desde luego otra. Son dos libros que en su aparente fragilidad esconden una gran densidad.

Seguiremos leyendo libros raros, y libros no tan raros. Seguiremos leyendo y comentándolo.

Felices lecturas


Sr. E

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Memorias musicales de Glenn Gould y Frank Zappa

Memorias musicales: No, no soy en absoluto un excéntrico, montaje de Bruno Monsaingeon sobre entrevistas de Glenn Gould (Ed. Acantilado) y La verdadera historia de Frank Zappa, de Frank Zappa (Malpaso Ed.)

He leído casi seguidos dos libros de memorias (en un sentido bastante amplio del término) de dos músicos muy influyentes a lo largo del siglo XX: Glenn Gould, quizá el concertista clásico más conocido de su época, y Frank Zappa, figura central de la contracultura americana, uno de los principales referentes del rock progresivo y sinfónico, y en general de los caminos que cruzaron la música clásica con la culta y el humor político (llamando humor político al que incomoda al poder, cualquier poder) en los sesenta y setenta. Uno es un músico al que escucho muy frecuentemente (Gould) y otro es un autor cuya importancia comprendo pero cuya obra no me dice demasiado (Zappa). Pero una de las cosas más interesantes de las memorias es que muchas veces no nos interesan más o menos por lo interesante que nos resulte el personaje en sí como por lo interesante de lo que cuente y cómo.

Leí también por las mismas semanas la entrevista que le hicieron en Jot Down al cantante Miguel Ángel Hernando, alias Lichis, que vale como interesante estudio sobre la fama de los músicos. 

Lichis parece obsesionado con la imagen que como músico ha transmitido a lo largo de su carrera, una imagen que juzga distorsionada y profundamente equivocada. Modestamente, yo también pienso que sus oyentes ocasionales nunca llegaron tampoco a tener una imagen completa de su labor musical. Pero, ¿justificaba eso que redirigiera su carrera para huir de la falsa imagen que otros se habían creado de él? ¿Tan importante es lo que los demás piensen? 

¿Es inevitable que todo el mundo opine sobre la realidad de los músicos y que los entienda mal? Leyendo los libros de Frank Zappa y Glenn Gould parece que sí. Aunque ellos se hicieron fuertes en su propia percepción de sí mismo y quizá se hartaron de desmentir falsas ideas y leyendas, pero no modificaron ni un poco su modo de actuar y estar.

Son dos personajes de los que se podría decir perfectamente aquello tan tópico de que son caleidoscópicos. Gould es el intérprete clásico excéntrico por excelencia, con caprichos y manías de diva del pop, y Zappa era un hombre encerrado en un personaje (que se encarga de desmentir repetidas veces en sus memorias) que aspiraba, probablemente, a ser reconocido como compositor de música culta para orquestas.

Se trata de dos libros de memorias con bastante comillas porque el libro de Gould está construido como un recorte y montaje de sus declaraciones en entrevistas por Bruno Monsaingeon, uno de sus principales estudiosos y cabría decir casi que evangelistas. Es curioso que se utilice una cierta técnica de collage para construir el libro, en perfecta sintonía con el modo de entender la música de Gould, quien siempre defendió que su labor como intérprete era darle la mejor obra posible al oyente, y si para ello tenía que repetir tomas, cortar y pegar trozos, era lo que debía hacer en el estudio, y nunca entendió la pureza que algunos pretenden que se alcance en los conciertos, donde pensaba que el único aliciente era muchas veces cazar al concertista en un error. El libro de Zappa no es un libro de memorias en tanto en cuanto no se trata de Zappa recordando su vida, rememorando hechos con el objetivo de ordenarlos. Más bien es un libro en el que Frank Zappa expone sus ideas sobre ciertos aspectos de la sociedad, la vida, el arte y la convivencia, y para ilustrar sus ideas se apoya muchas veces en sus recuerdos.

Para quienes no lo conozcan, Glenn Gould, intérprete canadiense, es considerado uno de los mejores pianistas del siglo XX, especializado en la interpretación de Beethoven, la música dodecafónica de Schönberg y sobre todo en Bach (sus grabaciones de Las Variaciones de Goldberg de este último se han convertido en canónicas, y casi cualquier aficionado habla de Las Variaciones de Goldberg de Glenn Gould como una obra diferente a cualquier otra grabación de las mismas, incluso distinguiendo las distintas grabaciones que hizo de la misma obra).

Su mejor época de concertista estuvo determinada por la escasez de su trabajo en público, siempre huyendo de la sobre – exposición, y se retiró prácticamente años antes de su muerte, a una edad en la que estaba en condiciones de dar sus mejores interpretaciones. Acabó falleciendo a los cincuenta años. La palabra excéntrico acompaña a Glenn Gould desde que comenzó su carrera como pianista. Basta hacer en Google la búsqueda de su nombre acompañado de este adjetivo. Gould, sin embargo, nunca se reconoció (especialmente por lo que la excentricidad tiene muchas veces de pose, algo que él negaba, estar de postureo, como ahora se diría) como un excéntrico, de ahí el acertado título de sus memorias. Desde que era un músico de veintipocos años y sorprendió a la crítica y al público clásicos, tuvo que estar contestando a preguntas sobre sus manías y rarezas. Para él, según se ve en este libro, todo era perfectamente lógico y racional. Sus cuidados extremos con las manos eran necesarios pues tenía mala circulación y al fin y al cabo su trabajo lo hacía con las manos. ¿Su sillita desvencijada y enana para tocar en los conciertos, con la que iba a todas partes? Él lo explicaba diciendo que su modo de tocar necesitaba que él se apoyara desde más abajo del piano, pues había aprendido tocando el órgano, y trataba de trasladar esa sonoridad majestuosa al piano. Y así tenía respuestas para casi todo. Gould sorprende por su defensa de las técnicas de estudio y por lo autoexigente que es consigo mismo. Esto último es común a cualquier perfeccionista, y Gould le suma una dureza extrema con los demás pianistas de su época, a los que acusa de ser excesivamente románticos. 

Glenn Gould no compartía ese espíritu romántico (aunque según él ahí también había exageraciones) y sus intérpretes de cabecera eran pocos y siempre con Bach a la cabeza. La imagen de Glenn Gould que estas curiosas memorias transmiten, incluso tomando por lógicas y racionales todas sus explicaciones, son las del típico y tópico genio ensimismado. Para Gould era un desastre tener que salir de gira. Le perturbaba profundamente ir a Europa y a otras ciudades de Estados Unidos. Son muy curiosas sus reflexiones sobre el público con el que se encontró en la Unión Soviética cuando fue invitado a ir allí. Tardaba meses en volver a recuperar la calma en su casa, apartado de las molestias. No le gustaba especialmente tocar ante el público, y se resistía a hacerlo todo lo que podía. No parecía preocupado por la imagen que el mundo tenía de él y la posteridad guardara de él. Una de las cosas más bonitas del libro es que por poca música que uno sepa, llega a entender cuáles son sus ideas sobre armonía, interpretación, composición, y son ideas trasladables a campos como la pintura, la escritura, el cine. Hace 35 años de la muerte de Glenn Gould y cuesta imaginar ciertas obras interpretadas por otras manos. La fascinación por su figura continua, y basta ver el homenaje que Acantilado ha organizado estos próximos días en Barcelona y Madrid.

Frank Zappa era un personaje peculiar, ácrata, incómodo, convencido de que la libertad (creativa, personal, política) era el valor supremo, algo muy americano y algo por lo que como americano precisamente tuvo que luchar mucho. Las memorias de Frank Zappa están escritas en la segunda mitad de los años ochenta y se publicaron originalmente en 1989. Zappa ya tenía entonces, por lo que luego se vio, el cáncer que le costó la vida, pero no se le había detectado. Falleció en 1993, a los 53 años. Las memorias de Frank Zappa tocan temas como la familia, la política, la música, la vida del música en gira, el matrimonio, la educación, la censura, la tecnología, y las distintas relaciones entre unos y otros. Es un hombre lúcido, y también un hábil vendedor de sí mismo y de sus ideas. Se expresa con claridad y con brillantez, no tiene miedo a reírse de sí mismo. Se nota que se divirtió escribiendo partes del libro en las que se desmitifica. Le extraña cómo su música, que nunca pasó de minoritaria en el mejor de los casos (y si uno busca información en internet se vuelve a incurrir en ese exceso que es decir algo así como: fue ignorado en los Estados Unidos, su música fue mejor comprendida en Europa, algo parecido a lo que se suele decir de Woody Allen o de Leonard Cohen, como si en España en cualquier barra de bar se estuviera comentando a cualquier hora la última película de Woody Allen o se buscaran nuevos matices en viejas grabaciones de Frank Zappa), generó tantas polémicas a lo largo de sus tres décadas de carrera. Es un personaje que no se muerde la lengua y que dispara con bala contra colectivos contra los que sería impensable que un músico de su reputación lo hiciera hoy en día, como son otros músicos, tanto músicos que han trabajado con él, en su banda, como por así llamarlos competencia. También tiene una fijación con los sindicatos y su control de ciertos conciertos, acontecimientos públicos y los problemas que le dieron en su aventura como compositor para orquestas y director de las mismas, en Europa y en los Estados Unidos.

Son antológicos los capítulos sobre las relaciones con los padres, cómo la religión, la familia y las tendencias de consumo pueden ser más destructivas para las mentes juveniles que las drogas, y sus diatribas contra la educación normalizada. Zappa daba puntualmente clases en escuelas de música, pero se refiere a los institutos y universidades. Cuenta cómo huyó de la educación en cuanto pudo y cómo sacó a sus hijos del sistema educativo en cuanto aprobaron por libre el equivalente a la ESO en España, y les dio libros y películas y fomentó en ellos el interés por la cultura y ser críticos y esperaba que no les diera nunca por estudiar en la universidad, ya que desde luego él no iba a pagársela para que los convirtiera en individuos adocenados. Sus ideas sobre educación de los hijos (dejando libertad, estableciendo pactos con ellos en los que podían hacer o no hacer algo en función de que sus razones lógicas fueran mejores que las suyas) son muy jugosas, y a mediados de los 80 denuncia algo que ha ido a peor, la conversión del hijo en el tesoro de la familia, a través del que pretenden realizarse muchos padres, pero sin complicarse. La tendencia a pedir que se prohiba todo aquello que a uno le molesta, bajo la excusa de que puede ser nocivo para los niños.

Zappa llegó a estar en la comisión del Senado americano sobre las llamadas Guerras del Porno. El episodio se merece un pequeño ensayo sobre la imbecilidad y la mezquindad él mismo, y quizá lo tenga. La mujer de Al Gore (ese Al Gore) le compró a su hija Purple Rain, de Prince, y descubrió, escuchándolo con ella, referencias a la masturbación. Aquello la escandalizó, y escandalizó a algunas otras mujeres de senadores y gobernadores americanos,que empezaron a pedir que alguien protegiera a los niños de esas letras obscenas. Todo fue objeto de una comisión que ya tenía las conclusiones decididas de antemano y en la que Zappa apareció como invitado (incluye en el libro su declaración completa, que no le dejaron leer entera). De aquella comisión acabaron quedando las famosas pegatinas de Parental advisory en los discos que incluían letras con contenidos explícitos, que como bien dice Zappa, sirvieron esencialmente para darle publicidad a ciertos grupos y discos. Uno de los momentos culminantes del libro es en el que se dirige a Tipper Gore diciéndole que si le preocupa que su hija pueda escuchar discos con letras explícitas, que no se los compre, pues tiene 9 años, y para ello basta con que le compre mejor un libro, o un disco de música clásica o uno de jazz instrumental, o simplemente escuche las letras antes de dárselas a la niña, pero que no pretenda censurar todo el sistema musical para ahorrarse su labor como madre. Creo que sobra decir que Zappa perdió aquella batalla. Y curiosamente ninguno de sus discos tuvo nunca que salir a la venta con una de aquellas advertencias para padres.

Seguiremos leyendo y escuchando música

Felices lecturas


Sr. E

lunes, 18 de septiembre de 2017

Para Gloria y Los pobres, de William T. Vollmann

Mi verano con William T. Vollmann: Los pobres (Debate) y Para Gloria (Muchnik Editores)

Este verano conseguí a través de librerías de internet tres títulos de William T. Vollmann. Leí su novelón Europa Central en primavera y quería seguir avanzando con él. Lo primero que hay que decir es que es difícil conseguir libros de Vollmann traducidos, solo son accesibles los libros que ha editado últimamente Pálido fuego. Uno de los libros que compré fue precisamente de estos, Historias del arcoiris, una colección de relatos que aún estoy leyendo y a la que dedicaré una entrada específica.

Los otros dos libros son textos de 1991, en el caso de Para Gloria (una traducción bastante mojigata del título original y mucho más adecuado, y aunque no lo fuera, es el que eligió el autor: Putas para Gloria) y de 2007, Los pobres. Otra dificultad es poder seguir una lectura coherente de su obra, pues su última novela traducida, La familia real, es de 2.000, la colección de relatos Historias del arcoiris, el anterior libro en llegar, es de 1989, y así. También ese cierto alejamiento de su figura nos permite leerlo sin tener muy claro cuáles son sus libros canónicos, y eso tiene su encanto, frente a tantas lecturas que comenzamos condicionados por gigas de información sobre el autor y sus libros.

Los pobres se anuncia como un libro de No – Ficción en una colección de la editorial Debate que parece que no tuvo un gran éxito (el gran momento de la No – Ficción ha llegado algunos años después) y Para Gloria es un libro de ficción que comienza, como los telefilms, que salvo los nombres, está basado en historias reales.

Vollmann, en Europa Central, convertía en personajes literarios a los jerarcas y propagandistas nazis y soviéticos. Como afirma James Ellroy para justificar sus incursiones en la historia reciente americana desde la forma de la novela, si un personaje público está muerto, él tiene derecho a convertirlo en personaje literario. Aquí convierte en personajes literarios a personas anónimas de los barrios bajos de San Francisco (Para Gloria) y a pobres de todo el mundo (Los pobres). La mirada de Vollmann dota de una poesía realista y sucia (con permiso de Bukowski), aquellas realidades sobre las que posa su atención. Es un prosista que en cada uno de los libros que he leído (que son tres y medio, pues aún sigo con sus relatos) adopta el estilo justo para lo que quiere contar en cada momento, con la estructura y el toque de prosa preciso en cada realidad. Una gran orquesta sinfónica toca con perfecta sincronía en Europa Central. Una mirada que se vuelve neutra en ocasiones, aunque se implica personalmente en otros, trata de mostrarnos la realidad de todos los pobres del mundo en Los pobres. Un pobre desgraciado, Jimmy, romántico y fatal, busca el amor de su vida por el Tenderloin, el barrio de las prostitutas de San Francisco, y su voz es febril y poética, en Para Gloria.

Centrándome un poco en los libros, Para Gloria es una novela de menos de 200 páginas que no da tregua. Cada línea y cada párrafo sangran, y ya lo avisa desde el principio el autor, antes de empezar a seguir la aventura sin sentido de Jimmy.







Todos sabemos la historia de la puta que, al encontrar en el caballo un amigo cada vez menos de fiar, fuera mucho o poco lo que se inyectara en el brazo, se acordó desesperada del dicho “meterse mierda”, así que llenó la aguja con su propio excremento líquido y se lo inyectó, lo que le produjo magníficos abscesos. Menos conocido es el cuento del hombre que decidió suicidarse tragándose el medicamento para el pie de atleta. Amante de Gloria, murió tras una increíble agonía. Cuando recogieron una muestra de su orina, ésta derritió el recipiente de plástico. Eso, puede decirse sin temor a equivocarse, es desesperación. Más oscuro todavía, por ser ficticio, es lo que viene a continuación. Sin embargo, todas las historias de putas aquí contadas son reales.

No es para cualquier paladar lector, claro. Jimmy conoció a la tal Gloria en aquellos antros y debió marcarle, porque trata de reconstruirla en la memoria de las demás putas. Va buscando rastros de su piel en las heridas de los seres con los que se cruza. El libro, a modo de oración para Gloria, acaba dibujando su perfil por los descartes que de su figura hacen todas las demás, las que no son Gloria. Esas putas del título que el editor en español decidió eliminar. Los capítulos son cortos, poéticos, duros, descomunales, y van desde la reflexión sobre Jimmy y sus traumas y secuelas, hasta cierta mirada sociológica sobre el mundo de la prostitución, la droga, la violencia inmanente a las relaciones humanas, pagadas o no, la pobreza como causa y consecuencia en muchos casos.

La pobreza como material común y como origen de los males es el leit motiv de Los pobres, que se conecta en algunas de sus ideas con Para Gloria. Vollmann no es, y por eso estos libros se leen tan bien, un moralista. No juzga a las prostitutas como narrador ficcional en Para Gloria, y en su amplio trabajo de campo periodístico para Los pobres nunca juzga a un pobre, ni casi a la sociedad. Solo señala cuestiones y duda, incluso y principalmente de sí mismo. Una idea recurrente en Los pobres es esa en la que mira hacia dentro y dice que al lado de todos esos pobres a los que está conociendo él es, qué duda cabe, un rico. Y el lector, casi seguro, también. Hay otros mucho más ricos, claro, y ni los muy ricos ni los simplemente más ricos que los pobres hacen demasiado. Cada vez que Vollmann ayuda a uno de esos pobres, se fustiga diciendo que lo hizo, sobre todas las cosas, porque no le costaba demasiado hacerlo. Y es incómodamente cierto que es la actitud general de quienes ayudan, pero no es menos cierto que hay otros muchos que sencillamente no ayudan.

Vollmann, por lo que se lee en su biografía, es aficionado a viajar y escribir sobre el terreno. Se habla de cómo acompañó a los muyahidines a principios de los ochenta (en la campaña en la que Bin Laden empezó a tener poder e influencia en la zona). Los pobres es un libro viajado, en el que Vollmann viaja por distintos países del mundo (sureste asiático, Rusia y otras repúblicas ex – soviéticas, México, …) y describe algunas realidades. No lo hace nunca pensando que está contando la realidad completa, compleja e inabarcable. Lo hace reduciendo su mirada a casos concretos. Les pregunta a los pobres por qué creen que son pobres, qué les hizo ser pobres, qué diferencia a los pobres de los ricos y qué solución hay al tema de la pobreza. Se detiene mucho en la autopercepción que tienen de su pobreza o no, que es un asunto fundamental. Los pobres con los que habla son en muchos casos fatalistas. Las cosas, para ellos, son así, y no tienen perspectivas de cambiar.

En ese caso, las personas con casi nada y las personas con casi todo quizá vivan mejor que quienes padecen pobreza relativa: quienes tienen suficiente para perder pero no bastante para ser felices.

Hay, por ponernos teóricos, un pensamiento marxista subyacente en la idea de este libro. Vollmann busca pobres de todo el mundo y muestra que la realidad de esos pobres es muchas veces más cercana entre sí que la de esos pobres con quienes no lo son en su mismo territorio (un tema muy de actualidad con las contradicciones de la izquierda en las últimas décadas en sus relaciones con el nacionalismo). Los pobres, como en el siglo XIX, parecen alienados y ajenos a su realidad. Vollmann nos evita el papelón de ver a alguien del primer mundo explicándoles cuál es esa realidad y qué deberían hacer para modificarla. Por distintas cuestiones religiosas, sociales, y propias de la cultura de cada zona del mundo, algunos han decidido aceptar que no van a cambiar.

Dado que la esperanza es lo último que se pierde, ¿por qué no situarla en primer lugar?
El paciente de cáncer terminal que cree en las curas, ¿no está mejor? El alma “sana” que mira adelante, al día de mañana, que es un día más cerca de la tumba, el hombre que sabe que los americanos harán algo, el indigente que se casa con prostitutas por dinero, los esforzados y los adictos al opio por igual, los devotos de los placebos y los estrategas capaces de resolver todas las dificultades siempre que les sea dado dispensar más ayuda, mejor dirigida, ¿por qué no aplaudirlos en vez de compadecerlos?
Yo propongo que las falsas esperanzas son tan buenas como las verdaderas, siempre que no causen daño, y que, de todas formas, entre verdadero y falso muy rara vez podemos apreciar la diferencia.

El libro es honesto y perturbador. Uno de los que más me han tocado en lo que llevamos de 2017, y ya estamos en septiembre. Se acerca en su tono y tratamiento al reportaje, pero la persona de Vollmann y su personalidad están demasiado presentes como para confundirlo con un ensayo sin más. Vollmann es un autor de recorrido, que nos brinda una lectura (por lo que llevo comprobado) siempre potente, que nos deja pensando. Los pobres, no lo he comentado, es un texto de unas 300 páginas acompañado de otras 200 de fotografías y notas.

Cuando acabe con sus cuentos y los digiera (porque vuelve a terrenos duros), volveré a hablar de su obra. Mientras tanto, os recomiendo acercaros a alguno de sus libros (mirad en las bibliotecas, a veces hay sorpresas, en una de las que suelo visitar tienen La familia real, espero que también caiga pronto).

Seguiremos leyendo

Felices lecturas


Sr. E

jueves, 7 de septiembre de 2017

El boxeador polaco y Clases de chapin, de Eduardo Halfon

Mi verano con Eduardo Halfon: El boxeador polaco (Pre – Textos) y Clases de chapin (Fulgencio Pimentel)

Hace un par de años me encontré con Eduardo Halfon, fue con el libro Signor Hoffmann (Libros del Asteroide), una colección de relatos (por ponerle un nombre convencional) de la que hablé en el blog.
Algunos meses después leí Monasterio (Libros del Asteroide), un libro en el que el autor hacía un ejercicio de memoria literaria, entre la familia y el mundo. Fueron dos libros que me resultaron muy sugerentes.

A la espera de leer la nueva obra de Halfon en Libros del Asteroide (Duelo, que acaba de salir o estará a punto de hacerlo), este verano he aprovechado para leer antiguas publicaciones suyas. Se ha tratado, concretamente, de El boxeador polaco, editado en 2008 en Pre – Textos, y Clases de chapin, un libro editado este 2017 en Fulgencio Pimentel pero que recoge viejos libros a los que se han añadido otros textos.

Consultando la información que sobre Halfon está en Wikipedia vemos que ha ido saltando de editoriales a lo largo de su trayectoria. Casi al principio de la misma tuvo un libro en Anagrama (fue uno de los finalistas del Premio Herralde de aquel año), lo que debería ser un buen trampolín. Sus siguientes obras fueron sin embargo apareciendo en sellos casi mínimos, y me imagino que es uno de los motivos por los que ha querido reeditar algunos de ellos en Clases de chapin. Luego saltó a Pre – Textos, y ha acabado, de momento, en Libros del Asteroide. Estos dos últimos sellos me hablan, como lector conocedor (más o menos, claro) de sus catálogos, de un autor literario, minoritario pero con algo importante que decir. Y Eduardo Halfon es un escritor quizá para minorías pero para minorías que lo disfrutarán mucho. El ejército de los Halfonianos, al que me sumo, quizá no sea numeroso, pero sin duda será de fieles. Benditas minorías gozosas.

Eduardo Halfon es guatemalteco y estudió y vivió durante años en Estados Unidos. Su formación universitaria fue en ingeniería. Es descendiente de árabes y de judíos y ahí juega gran parte de su territorio literario, entre la memoria y la identidad. ¿Quién soy?, ¿quiénes son todos ellos?, como preguntas desde las que ir repartiendo las ideas y las páginas a su alrededor.

Signor Hoffman era un libro con cinco relatos sobre alguien tan parecido a Eduardo Halfon que perfectamente podría ser él y que en cierto modo se iba desdibujando ante la vida y viajaba para reordenarse. Monasterio (que es un libro previo) era aún más esencial. El viaje era aquí el motivo principal de la trama. Su hermana se casa en Israel y él asiste a esa boda. Pero no hablamos de esos libros, sino de El boxeador polaco y Clases de chapin.

Halfon explica al principio de El boxeador polaco (o quizá es en la contraportada), que Andrés Trapiello, oída la historia que da título al libro, le dijo que si no la escribía el propio Halfon, la escribiría él, pero que esa historia había que contarla. Dice Halfon, que leído siempre resulta inteligente y un tanto distante, bordeando la ironía, que ojalá la hubiera escrito Trapiello. ¿Por qué dice eso? ¿Le duelen a Eduardo Halfon los textos que escribe? Es posible que en gran medida. Los escritores escriben sobre lo que les duele con mucha frecuencia, y casi nunca con afán curativo, sino más bien con el ansia de quien escarba en una herida y no suele encontrar más que nuevo dolor.

La historia de El boxeador polaco, ese relato concreto, es de esas que se deberían leer en cualquier clase de Literatura de instituto y en cualquier clase de Ética, si la asignatura sigue existiendo después de la Lomce. El abuelo de Halfon (y eso es historia), estuvo preso en el campo de concentración de Auschwitz. Y fue uno de aquellos que milagrosamente salió vivo para contarlo. Y lo hizo, entre otras cosas, gracias a la ayuda de otro preso, este boxeador polaco, que desde su experiencia de preso más antiguo, lo preparó para conseguir que los nazis le perdonaran la vida un día más. El relato, sobra decirlo, estremece. Y no es solo por lo tremendo del tema, que lógicamente pesa, sino por la escritura de Halfon, que siempre toca algo. Se trata de un autor que siempre consigue conectar con las emociones del lector y lo logra sin recurrir a los sentimentalismos, sin cargar la prosa con excesos que nos obliguen a sentir lástima.

Los relatos incluidos en El boxeador polaco me han llevado a pensar casi siempre en los de Signor Hoffman. No hay una evolución aparente en la escritura de Eduardo Halfon, sus relatos son igual de sólidos y navegables en un libro de 2008 que en uno de 2015. Si algo transmite Halfon es la sensación de haber tenido siempre muy claro, como autor, qué quería ser y qué era. Y se ha agarrado a ello. Hay mucha extrañeza. Es extraño estar vivos, para empezar, y son extrañas las circunstancias vitales de cada uno de nosotros, siempre. Pero por mucho que digamos que siempre son extrañas, las hay más extrañas de vivir. No sabía que había judíos en Guatemala, le dice una israelí embarcada en una vuelta al mundo con la que se encuentra en un bar. No era la única que no lo sabía. La trayectoria vital de Eduardo Halfon está rodeada por la desubicación: judío en Guatemala, centroamericano en Estados Unidos, luego estadounidense en España, un autor que dice sentir como lengua más propia el inglés que el español pero que escribe en castellano, probablemente buscando sus propios límites, algo que hicieron como elección muchos autores antes (Beckett, por ejemplo, que se forzaba a escribir en francés). Eso son sus relatos, retratos desubicados.

No tiene demasiado sentido, por su naturaleza, dar demasiados detalles sobre las tramas concretas de los relatos de Eduardo Halfon. O tiene, por decirlo de otra manera, tanto sentido como desentrañar la trama de un documental de animales marinos. ¿De qué tratan esos documentales? De la vida de los peces. Hay equipos de vídeo y sonido localizándolos y grabándolos, y una voz en off monótona y que nunca parece encontrar nada de encanto en los animales marinos a los que describe que relata la escena. Eduardo Halfon retrata la vida de los seres humanos con los que se cruza con una mezcla de ironía, compasión y desapego de la que muchas veces se hace la mejor literatura. Uno se imagina a Halfon con los ojos muy abiertos en cualquier rincón del mundo por el que esté en este instante. Esa es su cámara. Y su mirada inquieta irá convirtiéndose en su escritura aplicada y afilada a modo de voz en off que narra con cierto hastío las mediocres aventuras vitales de la mayoría.

Clases de chapin recoge dos libritos editados en 2007 y 2009 con escasa distribución: Clases de hebreo y Clases de dibujo, aquí completados a modo de trilogía con Clases de machete, hasta ahora inédito. Chapin es como se llama a los guatemaltecos en muchos lugares de Hispanoamérica, un nombre empleado a veces como meramente descriptivo, otras casi como un insulto. Y desde esa doble vertiente entiendo que lo recoge el libro, que se complace otra vez más en viajar de la infancia al futuro, retratando lo íntimo de un modo modesto y fragmentario, sin darse aires de verdad y solemnidad, que son dos tentaciones del relato autobiográfico. La memoria, la identidad, el yo y el otro y los inevitables conflictos. La editorial (Fulgencio Pimentel) habla de Eduardo Halfon, al respecto de este libro, como de un maestro de la omisión. No debería uno nunca fiarse de las editoriales y sus llamadas de atención sobre la maestría de sus autores, esos de los que esperan vender libros, pero en este caso compro totalmente la descripción y la hago mía. Eduardo Halfon es uno de esos que relata perfectamente en dos realidades complementarias, la de lo que está presente y la de lo que está ausente, que es algo muy diferente a lo no – presente, pues pesa en su ausencia.

Desde ese uso de la elipsis tan bien administrada Eduardo Halfon se acerca a los canones del cuento contemporáneo. Es un narrador realista con mirada obtusa, al modo de Kafka o el propio Beckett. He leído una referencia bastante continua a Bolaño entre los reseñistas de Halfon. Y bueno, hay Bolaño, como en mayor o menor medida lo hay en cualquier escritor en español menor de 50 años, pero más que en la escritura creo que hay Bolaño en el sentido de que Eduardo Halfon parece haber convertido su proyecto de escritura en un proyecto vital, y viceversa, y eso es algo que nos lleva a pensar en los relatos del chileno.

Hay autoficción en la literatura de Halfon, como creo que ha quedado claro en lo comentado hasta ahora, pues ni siquiera se esconde tras alter egos más o menos reconocibles. Es Eduardo Halfon quien viaja, narra y escribe y al final firma la obra. Quien muestra y juzga cuando considera que debe, aunque es poco. Si queremos entrar en el delicado y algo aburrido tema de las etiquetas, la de autoficción estará presente. Y la de relato habrá puristas que la discutan. Pero yo he leído estos dos libros como relatos, igual que hice con Signor Hoffman, y me alegro de que el cuento vaya ampliando sus fronteras y dé cabida a estos proyectos de biografía literaria que recoge fragmentos por todas partes, los procesa y los sirve en fragmentos que a veces tienen continuidad en otros y a veces no, a veces nos deja en suspenso a los lectores, quizá hasta otro libro. Me gusta ese relato que es mutante y se escapa de sus formas acartonadas. Me gusta en definitiva la escritura de Halfon: precisa, certera, sugerente (esto es mucho decir, pero creo que es verdad, en las 400 – 500 páginas que debo sumar leídas de Halfon en los 4 libros que hasta ahora llevo, no he encontrado una mala línea) y seguiré cayendo en sus redes siempre que un libro se me ponga a mano. Supongo que Duelo será el siguiente.

Seguiremos hablando de libros.

Felices lecturas


Sr. E

jueves, 31 de agosto de 2017

Clavícula, de Marta Sanz

Clavícula, de Marta Sanz (Ed. Anagrama)

Es el primer libro de la autora que leo. Cogí Clavícula un viernes por la mañana en la biblioteca y aproximadamente el sábado después de comer estaba terminando el libro. No es para tanto, dirá alguien, porque el libro tiene apenas 200 páginas, los capítulos son cortos y algunos cortan a media página. Cierto. No es para tanto porque internet está lleno de “lectores” que leen como quien practica una disciplina deportiva: a ver quién completa más libros por semana, en definitiva a ver quién la tiene más larga. Supongo que así se explican los seguidores de sagas con miles de páginas y escasa calidad literaria. Pero no iba de esto la entrada.

No sé nunca como lector si decir de un libro que se lee de un tirón será interpretado por el autor como un cumplido o como un desprecio. Si como el mayor de los cumplidos (cogí el libro y no pude soltarlo) o como el mayor de los desprecios (ese lector idiota ha devorado en pocas horas lo que me llevó años construir con referencias cruzadas, distintos niveles de lectura, búsqueda de información y una estructura compleja; todo ha sido deglutido por ese idiota superficial como si fuera un menú del día). Un artículo veraniego de El Cultural hablaba sobre ello el año pasado, y no me meto más en el tema

Sobra decir, entiendo, que cuando yo digo que he devorado Clavícula, de Marta Sanz, queda dicho como un elogio, como una prueba de cómo me ha interesado, y más que interesado, infectado, durante su lectura. Lo aclaro, no obstante, porque alguna de las reflexiones que me ha despertado el libro van en la línea de si los lectores (así dicho, en general, como masa, pero peor aún, únicamente la masa que lee literatura trabajada, ciertas editoriales, ciertos premios, no el lector de bestseller o de verano) nos estamos volviendo idiotas.

¿Qué vamos a encontrarnos en Clavícula? Clavícula nos lleva al interior de Marta Sanz, escritora madrileña de cincuenta años, autora más o menos asentada en el panorama literario (lo más o menos asentada que el mundo cultural permite hoy en día, por lo que se deduce de algunas de sus páginas), ganadora reciente del Premio Herralde de Novela, autora editada por buenos sellos desde el principio de su carrera. Marta Sanz está cruzando el Océano Atlántico para participar en algún congreso literario y nota un dolor intenso y punzante en su interior. Uno de esos dolores que le lleva a preguntarse si no se estará enfrentando en realidad al Dolor, el último. ¿Se está muriendo?

Sobrevive al vuelo y regresa a Madrid, donde la espera como siempre su marido. Se derrumba. Se está muriendo. Piensa en los cientos de posibles causas que se le ocurren para ese dolor sordo que no desaparece y que va protagonizando sus días. Va a un médico, a otro, pasa por varios especialistas, distintos médicos de cabecera, le hacen pruebas, habla con enfermos habituales, piensa en los antecedentes familiares que fueron matando a sus abuelos, tíos abuelos, bisabuelos. Todo el mundo tiene una palabra que a veces es de consuelo y a veces es simplemente una palabra para decirle que si no le pasa nada realmente, no se queje.

La queja es una de las cuestiones centrales de la novela (a mí me parece una novela, por más que se haya discutido si es o no, al final iré con eso, con las lecturas ajenas que habían condicionado inicialmente la mía). Marta Sanz, la autora, narradora y enferma, se cuestiona muchas veces si tiene derecho a quejarse. Hay gente con enfermedades invasivas y horribles claramente declaradas que sin embargo no se quejan. Ella las conoce. ¿Si el suyo es un dolor imaginario no es egoísta darle tanta importancia? ¿Los dolores imaginarios no duelen igualmente? ¿Dónde queda lo psicosomático? ¿Por qué la mandan indistintamente a ver a traumatólogos y a psiquiatras? Pero, ¿y su amiga, la que se quejó durante tres años de un dolor en la pierna, a la que los médicos tomaban por loca y consiguió, solo gracias a su insistencia, que siguieran evaluándola hasta que dieron con un proceso canceroso en dicha pierna (un proceso además provocado por una atención negligente durante el parto, para rematar)? Marta Sanz reivindica el derecho a quejarse y a tener dolores imaginarios, que no inventados. Y solo faltaba eso, que también perdiéramos el derecho a la queja. Una de las cosas que más he escuchado y más rabia me han dado en los últimos años (bueno, en mi experiencia personal son todos los de mi vida laboral, pero quiero referirme a los que vienen de la crisis, desde 2007 – 2008) es que ante cualquier queja (de las mayores y muy series a las más nimias) alguien cercano me dijera: Bueno, no te quejes, que tienes trabajo. ¿Que no me queje? ¿Por qué? ¿Para que gane el miedo? Entiendo que el grito de dolor imaginario de Marta Sanz va también en esa línea.

Para mí la novela habla de la identidad, de las múltiples identidades que cada uno de nosotros tenemos (en ese sentido el juego de la autoficción es muy útil para el libro) y del dolor y el miedo. Esencialmente de eso, y de cómo los dolores y los miedos condicionan nuestra identidad. Y viceversa.

A lo largo de la novela vamos viendo la frágil vida de Marta Sanz. Su prestigio literario, su posición en ese mundillo, no es para nada holgada, y se ve forzada a aceptar cualquier colaboración que le ofrecen (las buenas y las malas, las que le apetecen y las que no), en muchas ocasiones no tanto porque necesite el dinero de ese mes como por el miedo a que si rechaza un encargo, no le hagan más. Algo que conoce perfectamente cualquier emprendedor, freelance o como queramos llamar a lo que antes llamábamos esclavos (y sí, ya sé que es una hipérbole, pero estamos terminando el verano y apetece exagerar). Tiene dudas sobre algunos caminos de los elegidos a lo largo de la vida (la maternidad, por ejemplo), su marido está en paro y sin derecho a más prestaciones. Nos enseña las relaciones con sus padres y con sus amigos. Con otros escritores. Todo es más precario de lo que se suponía que debía ser para una mujer de cincuenta años con una vida hecha. Pero es que todo es más precario para cualquiera desde hace al menos una década, desde que la crisis nos cambió de camino (personalmente creo que para muchos la vida nunca dejó de ser frágil y precaria, ni en aquellos años de la burbuja inmobiliaria y las ventas récord de coches alemanes y embutido ibérico en hogares de clase media). Enlazo con los males que Marta Sanz califica de pequeñoburgueses, con las pérdidas quizá accesorias pero que no dejan de ser pérdidas, con los males sociales, imaginarios, personales, familiares, con el derecho a alzar la voz y a decir que se tiene miedo cuando se tiene miedo.

Recogemos una inquietud de época y escribimos estas cosas porque algo nos duele, porque somos mujeres, porque tenemos o no tenemos pareja, escribimos, tenemos y no tenemos trabajo, somos españolas y blancas, posiblemente feministas, posiblemente de izquierdas.

Autoficción: Por autoficcionarme, y perdón por el abuso de lenguaje, diré que Marta Sanz premió allá por 2011 una pequeña colección de relatos que bajo el título Cuentos pendientes (el mismo del blog) presenté al Certamen de Creación Joven del Injuve. Marta Sanz era (creo) la presidenta de aquel jurado que decidió darle el primer premio a Matías Candeira y a mí el segundo. Nos conocimos, nos saludamos, Marta Sanz ha seguido siendo jurado en certámenes según vemos en el libro, yo he seguido participando en certámenes literarios, y a veces ganando alguno. Marta Sanz se cruzó indirectamente en mi vida, sin ella saberlo, el pasado mes de mayo. La Fundación Antonio Ródenas García – Nieto tuvo a bien hacerme merecedor de su beca de creación literaria para escribir un libro de cuentos (tarea en la que me encuentro inmerso hasta finales de año)
Una de las referencias que presenté para optar a ella fueron las palabras que en su momento Marta Sanz escribió para presentar mis relatos. Así que Marta Sanz algo tuvo que ver (involuntariamente) con el libro en el que ahora trabajo. Somos lo que dejamos escrito, queramos o no.

¿Qué es la autoficción? Creo que algunos están confundiendo en los últimos meses, al hacer reseñas, la autoficción con la no – ficción y están intentando dejar fuera del concepto de novela todo lo que escape de un clásico Introducción – Nudo – Desenlace. Entiendo que la autoficción es la modalidad de la narrativa en la que un autor, que se identifica y por lo tanto confunde con el narrador y personaje, se presenta a sí mismo, y su vida, como material narrable. Autoficción han hecho Philip Roth, Enrique Vila – Matas, Paul Auster. Autoficción hacen, en algún grado, casi todos los autores. Hasta Stephen King, si atendemos a sus explicaciones sobre sus novelas más conocidas. Creo que mirar las etiquetas en vez de al libro es empobrecer la lectura, y es algo propio de este tiempo de redes sociales. Pasaremos de etiquetas. Marta Sanz hace autoficción en este libro, claro, pero no creo que se deba centrar el análisis en eso. Se habla mucho de si la autoficción ha encontrado sus límites. Y es una pregunta tan legítima como si el relato corto los ha encontrado o si eso que venden como poesía de éxito tiene algo de literatura en sus páginas. Leer Clavícula en clave de averiguar qué es verdad o no me parece una lectura pobre. Lo importante de cualquier novela, y esto viene al menos desde Aristóteles, es si resulta verosímil, no si es o no es verdadera. Clavícula es un libro interesante, bien presentado, bien ligado, por ratos fascinante, que funciona mucho más allá del interés (siempre relativo) por si lo que se cuenta es cierto o no, porque no es lo importante. Marta Sanz ha sacado mucho jugo al personaje Marta Sanz, a sus miedos y dolores, y es lo fundamental.

Cuando escribo – cuando escribimos – no podemos olvidarnos de cuáles son nuestras condiciones materiales. Por eso pienso que todos los textos son autobiográficos y a veces la máscara, las telas sinuosas y las transparencias que cubren el cuerpo son menos púdicas que una declaración en carne viva. No me interesa la manipulación de los selfies a través del Photoshop. Me importa más la mueca que el lenguaje que la adecenta. Me interesa más la pipa que la pipa que no es una pipa.

Terminamos: Antes de llegar al libro había leído muchas reseñas (con muchas quiero decir más de cinco o seis, pero demasiadas me parecen) que hacían mucho énfasis en la feminidad del texto. Un cierto tipo de reseñas que destacaban que Marta Sanz habla en Clavícula de ciertas realidades sociales y físicas de las mujeres que no suelen estar en la narrativa. Y reseñas, lo que me parece peor, que venían a decir que eso los hacía un texto en el que se identificarían las mujeres. Y claro, lo harán, pero no creo que el hecho de que yo no sea mujer me impida sentir lo que Marta Sanz describe o empatizar con el texto. Lógicamente no sé ni sabré qué es la menopausia, pero eso no quita que pueda saborear el libro o entender lo que describe. Porque lo importante del libro es el miedo, el temor, el dolor, la necesidad de expresarlo, y creo que eso es propio de los humanos. Planteo como tema si no estamos reduciendo mucho la capacidad de empatía, esa que se supone que se nos amplía leyendo, y volvemos a centrarnos en las etiquetas y nos movemos por la vida como por redes sociales, y queremos que los libros de los hombres de sesenta años los entiendan los hombres de sesenta años y así para cada modalidad. Sería una idea empobrecedora de la literatura, algo de lo que por suerte Clavícula no tiene nada.

Clavícula me parece un libro importante, universal (que es una palabra que sé que suena grandilocuente, pero que es la que toca, porque es un libro que nos puede tocar a todos los lectores, seamos quienes seamos, con nuestra edad, sexo, etiquetas, identidades), que retrata el malestar de los tiempos que nos ha tocado vivir, y que lo hace de una manera literariamente muy eficaz. Un libro que recomiendo muy seriamente.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E



jueves, 20 de julio de 2017

Recomendaciones para el verano (II)

Recomendaciones para el verano (II)

Seguimos con la labor interrumpida de dar algunas ideas para aquellos que dicen: me gustaría leer algo en verano, pero no sé qué. Espero que alguno de estos libros os despierte los apetitos lectores.



Clásicos

Historia de dos ciudades, de Charles Dickens (Alba): En esa competición de citas literarias tomadas a toda prisa de Wikiquote que fue la moción de censura presentada por Pablo Iglesias, Albert Rivera se calzó un Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, el célebre comienzo de esta novela. Quizá merece la pena leer el libro completo, en verano, aunque solo sea para recordar tiempos más nobles de la política (aunque nobles quizá no sea el término, en esta historia con tantas traiciones, dobleces, espionajes; dejémoslo en tiempos más inocentes) y para sentirnos nosotros, los lectores sin partido, algo por encima de nuestras señorías, diputados y diputadas.

Diarios de Adán y Eva, de Mark Twain (Valdemar): De Mark Twain había leído hace muchos años Las aventuras de Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry Finn. Pocos autores deben estar tan ampliamente citados (y probablemente tan mal citados, como todos aquellos cuyas citas inundan las columnas periodísticas y las bocas de los tertulianos de radio) como Twain, que ya sabemos que no se llamaba así. Hace cosa de un mes me hice con este librito en la biblioteca y me resultó una lectura fresca, moderna, irónica, ágil, que nos habla de las relaciones de pareja, los problemas de la convivencia, la creación de los mitos. Un librito muy adecuado para las mañanas en la playa.

Los Miserables, de Víctor Hugo (Alba): Llevo algo así como 10 veranos diciendo que este verano leeré Los Miserables. Por el camino he visto varias versiones cinematográficas y sigo sin leer el libro. Este verano vuelve a mirarme desde la estantería, invitándome a abrirlo. Os invito a todos a ir a por él.







Una autora olvidada

Rosa Chacel: Llegué al nombre de Rosa Chacel gracias a Mario Levrero, quien la admira ciegamente en La novela luminosa. He leído de momento dos libros que se mueven entre la memoria y la ficción, recreando su infancia y adolescencia, con voces narrativas ágiles, fluidas, con una prosa muy trabajada y mucha personalidad. Esos libros son Memorias de Leticia Valle y Barrio de Maravillas. Y como el verano también es un buen momento para echar la vista atrás y recordar veranos pasados, recomendados quedan.



Novela negra

La serie del detective Charlie Parker, de John Connolly (Tusquets): Todos los veranos leo una o dos de las novelas de esta serie. John Connolly mete en una coctelera el género negro, bastante imaginería fantástica, con demonios y ángeles en lucha permanente, y el propio Parker entre ambos mundos sin saber demasiado bien dónde encaja, libros satánicos y evangelios apócrifos. Todo ello mezclado con estructuras cuidadas, buenas frases, y servido frío. Los primeros libros nos enseñan a un Charlie Parker destrozado por el asesinato de su mujer y su hija, que se le aparecen como fantasmas. Resentido y violento, empieza a trabajar como detective privado, siempre en casos oscuros. Pasada la fase del duelo, por así decirlo, la figura de su mujer y su hija van perdiendo fuerza. Tiene otra mujer y otra hija, pero la oscuridad sigue a su lado. La oscuridad nunca lo abandona, así como esos casos en los que siempre asoma, junto a un caso de desaparición, o asesinato, un mundo extraño, violento, milenario, que trata de atraerlo.

Novelas de Gillian Flynn (Mondadori): Perdida es una novela que funciona como un instrumento de relojería. Pone la bomba, hace muy rápido la cuenta atrás y estás atrapado, lector. Leí la novela antes de que saliera la película (que también te atrapa) y me gustó mucho, fue una novela perfecta de verano. Estos últimos meses he leído las dos novelas anteriores de Gillian Flynn, Heridas abiertas y Lugares oscuros. Ambas funcionan con mecanismos turnpage de bestseller (y perdón por la acumulación de anglicismos, pero son la terminología al uso) pero son bastante más. Con miradas frías, casi psicopáticas por momentos de lo alejadas que se encuentran emocionalmente (me recuerdan el comienzo de la película de Fincher, con Ben Affleck acariciando el pelo de Rosamund Pike y preguntándose qué hay dentro de su cabeza y por qué no se la revienta).

El cuarteto de Red Riding, de David Peace (Alba): Nunca me cansaré de recomendaros a quienes no lo habéis hecho y decís que os gusta el género negro, que leáis estas cuatro novelas. Magníficas. Distintas a todo.

American Gods, de Neil Gaiman (Roca): Ahora que la novela tiene serie de televisión, que parece la aspiración de gloria más duradera de las obras escritas en la actualidad, puede ser un buen momento para ponerse con su lectura. Esta lucha entre viejos y nuevos dioses, escrita a modo de road movie que cruza América sin ahorrar en muertos y desperfectos, es sin duda un libro que contentará a esos que le piden al verano un libro que sea difícil soltar de las manos.
Nota: Ya sé que no es novela negra estrictamente hablando, pero era por no seguir creando categorías.


Otro libro de difícil clasificación

La novela luminosa, de Mario Levrero (DeBolsillo): También es verano quedarse en casa, en la ciudad, encerrado, con el aire acondicionado a tope, durmiendo hasta tarde, leyendo y viendo cine o tonteando en el ordenador hasta la madrugada, comiendo mal, sin saber exactamente qué día es o dónde vive uno. Pensando sobre todo y nada y anotándolo. Eso también es el verano, y eso y mucho más es La novela luminosa.



A su particular manera, libros de viajes

La España vacía, de Sergio del Molino (Turner): Ya lo dije todo sobre este libro, sigo pensando en él, me sigue gustando cada vez más.






Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, de David Foster Wallace (DeBolsillo): La gente se acerca al mar en verano. Algunos se van de crucero. Como David Foster Wallace, aunque él lo hizo por encargo de una revista. Pocos libros tan divertidos y desoladores, tan ocurrentes, tan David Foster Wallace en su mejor momento, mirando la realidad con una mirada muy particular, muy inteligente.





Un poco de Física

Richard Feynman es probablemente el físico teórico más importante de la segunda mitad del siglo XX. Y fue también un personaje, en prácticamente cualquier sentido de la palabra. Uno capaz de ser expulsado del ejército americano, luego estar en el Proyecto Manhattan, que se le juzgara por espionaje para los soviéticos, de ganar premios como percusionista en los Carnavales de Río, escribir la electrodinámica cuántica y ganar un Premio Nobel de Física. Feynman fue una inteligencia preclara, un genio sin demasiadas dudas, y sobre todo, durante toda su vida, un tipo con una curiosidad extrema que le hacía preguntarse continuamente qué hacía que algo funcionara como lo hacía. Fue también un profesor y un divulgador empeñado en hacer comprensible lo que iba descubriendo, y en estos dos libros de entrevistas, ¿Está usted de broma, Sr. Feynman? y ¿Qué te importan lo que piensen los demás?, ambos editados en Alianza, podemos seguir perfectamente, y vernos fascinados, por sus procesos mentales, su búsqueda de la verdad y la belleza, y esto nos ocurrirá independientemente del interés y conocimientos concretos de cada uno en la Física, pues la mente de Feynman trasciende con mucho lo particular.

Para ir terminando: Dos de los autores que más me han sorprendido en lo que va de 2017 han sido Kenzaburo Oé y Edna O´Brien. Buscaré más novelas suyas para este verano, y os recomiendo hacerlo a todos.

Ahora sí, para terminar, Americana, de Don DeLillo (Seix Barral): Es la última novela de DeLillo que me queda por leer, su primera novela publicada, interesante paradoja.


Espero que toméis alguna idea para leer estas próximas semanas. Disfrutad de los libros del verano. Disfrutad de la lectura y del descanso siempre que podáis.





Felices lecturas

Hasta pronto. O hasta siempre, lo que acabe siendo.


Sr. E  

jueves, 13 de julio de 2017

La sangre del cordero, de Peter De Vries

La sangre del cordero, de Peter De Vries (Jus Editores)

Incoherente que es uno, la semana pasada anunciaba que le daba vacaciones al blog, y tenía escritas las dos últimas entradas pre – veraniegas, con recomendaciones lectoras para las vacaciones. Esta semana iba a publicar la segunda parte de las recomendaciones y a deciros que buen verano y que ya nos leeremos por ahí, si eso. Y voy y me lío a terminar un libro que me ha sorprendido mucho y muy gratamente. Tanto que he pensado que merecía la pena dedicarle una entrada antes de bajar la persiana por descanso del personal y sus reflexiones lectoras.

¿Qué libro es ese? Pues se llama La sangre del cordero, es original de 1961, su autor es Peter De Vries y lo edita Jus. Para mí, tres novedades. La editorial es una novedad en el mercado español, viene de México y llega a través de Malpaso, que parece estar tomando entidad de grupo grande en poco tiempo (no sé si eso es bueno o malo, solo constato que va asociándose y/o absorbiendo editoriales aquí y en México). El autor era un absoluto desconocido para mí. La novela se anuncia como “la gran obra de Peter De Vries”, y eso me hizo temer que Peter De Vries fuera un autor inmensamente conocido al que yo tristemente desconocía. Buscando en google no parece que al menos en España fuera especialmente conocido (tuve que leer sobre su vida en la wikipedia en inglés, por dar una referencia clara). Bien está que las editoriales nuevas vengan con autores desconocidos, mal o nada traducidos con anterioridad. Siempre que como pasa aquí sean autores valiosos, que también sabemos que hay mucha trampa y mucho cartón en la recuperación de autores olvidados.

¿Quién fue Peter De Vries? Un autor norteamericano, descendiente de inmigrantes holandeses (el apellido De Vries lo deja bastante claro), de prolífica pluma, que escribió más de 20 novelas, obras de teatro, relatos, y fue guionista de revistas, trabajando durante décadas en el New Yorker. A De Vries lo han calificado como el más divertido de los autores que han abordado la religión en sus novelas. No sé si ese calificativo es exagerado. La novela es sin duda muy divertida y es sin duda religiosa en un sentido amplio. Kingsley Amis admiraba esta novela. Christopher Hitchens, un conocido ateo, no sólo ateo sino antiteísta, también. Es decir, nos encontramos ante una novela en la que la idea de Dios es importante, casi central, pero no trata de imponerse al lector. De Vries era creyente, y eso queda claro en la mirada del autor sobre lo narrado, pero abre el diálogo con los que no lo sean.

¿De qué va el libro? En un primer acercamiento, es una bildungsroman, una de esas novelas de formación en las que vemos a un niño hacerse joven y luego adulto y lo acompañamos por la vida. El protagonista es Don Wanderhope, un alter ego de De Vries (así lo parece por condiciones familiares, por época y edad en ella), que empieza como empiezan las novelas de esta clase, algo que ya sabía Holden Caulfield, quien optaba por no utilizarlo como recurso, contándonos algo de sus padres. El principio es conmovedor a la vez que patético, muy divertido en cualquier caso, y marca el tono y la novela.

Mi padre no fue un inmigrante en el sentido habitual del término, pues no emigró de Holanda a propósito, por así decirlo. Salió de Róterdam sin más intención que la de visitar a unos parientes y amigos holandeses que sí habían decidido establecerse en Estados Unidos, pero durante la travesía sufrió unos mareos tan espantosos que no quiso ni plantearse la posibilidad de regresar.

¿Qué nos lleva a pensar? Así de poca cosa somos los seres humanos. Así de tristemente nos condicionan a veces las circunstancias. Hasta extremos que no por ridículos dejan de ser creíbles. Todos lo sabemos. Todos podemos mirar en nuestro interior y nuestro pasado y ver algún condicionante más o menos parecido. Wanderhope crece en un mundo muy marcado por la religión. Su familia es una de esas familias calvinistas que casi confunde el no cometer excesos con ser mezquinos. A Don esa familia y sus creencias le aprietan por todas partes, y la primera parte de la novela se construye a la contra de las creencias heredadas, de la literalidad de la Biblia como fuente (es muy ocurrente la manera en la que el padre de Don empieza a buscar incorcondancias entre las voces de los cuatro evangelistas, siguiendo justamente lo que el luteranismo recomienda, leer y leer la Biblia, y después seguirla, y como él mismo dice: ¿cómo voy a seguir esto, si ni ellos mismos se aclaran?).

¿A qué se parece? Las tensiones entre la sexualidad en construcción y efervescencia de Don y los preceptos religiosos, incluso los casi enfrentamientos que se producen entre él y su familia (o entre sus novias y sus familias) por ser uno de una religión y otra de otro credo, a veces de religiones casi indistinguibles pero que se odian a muerte, van surgiendo como una constante en su camino hacia la adultez. En esto, la novela me ha recordado a las obras de Saul Bellow y hasta de Philip Roth. La novela de Peter De Vries, estando escrita desde una tradición cultural europea y protestante, se acerca en lo literario a la gran narrativa judeoamericana, a Bellow y Roth en el modo en que encajan o explotan los deseos en la vida familiar, y a Bernard Malamud y a Isaac Bashevis Singer, especialmente a este último, cuando las reflexiones sobre la vida, la muerte, la divinidad y la trascendencia, ganan peso.

¿Cómo está construido? La novela podría haber discurrido por los cauces de una cierta ligereza, pero decide no hacerlo. No sé si por una elección de trama del autor, por una apuesta estética, digamos, o porque pretendía en cierto modo reflejar su vida y estaba expiando un duelo. Una de las comparaciones a las que se alude en la contraportada es el libro de Job. Don Wanderhope (no nos hemos parado, pero el apellido, como muchas veces sucede en la narrativa anglosajona, no parece para nada casual) sería ese Job moderno al que no paran de sucederle desgracias que ponen a prueba su fe. Y es verdad que le pasan muchas cosas, y que pierde a muchas personas y que la enfermedad y el sufrimiento son un compañero permanente de sus andanzas. Pero no parece haber una lucha de tesis en su sufrimiento, no es un libro didáctico. Las cosas malas vienen, y Wanderhope las afronta, con entereza, continuando con la vida, caminando hacia delante.

¿Termina bien? Lo más oscuro de la novela es el final, claro, y toda ligereza queda atrás. Wanderhope pasa por la que siempre se ha dicho que es la peor pesadilla de un padre, la enfermedad de una hija, en este caso la lucha contra una leucemia. Sin volverse únicamente oscuro, el libro se hace más grave y esta última parte de la narración (el último cuarto, aproximadamente) es más emotiva y nos dispara a los lectores a donde de verdad duele.

¿Lo recomendamos? Ha sido una sorpresa de libro y quería compartirlo antes de ya sí, la semana que viene, despedirnos para el verano.

Felices lecturas

Sr. E