viernes, 21 de abril de 2017

Algunos libros para el Día del Libro

23 de abril, Día del Libro: Algunos libros


 De las fiestas del consumo en las que participo, que supongo que son más de las que quiero reconocer, una a la que acudo con gusto es al Día del Libro. Me gusta ir a presentaciones, a lecturas, a mesas redondas, o simplemente a espiar a otros lectores y a ojear libros, y siempre compro alguno, para mí y para regalar. Igual que cuando uno va al supermercado es recomendable hacerlo sin hambre y con una lista de la compra lo más completa posible, para evitar desvaríos, también me gusta ir a aprovechar el habitual 10% de descuento de estas fechas con una lista cerrada de posibles compras.

No me haré con todos esos libros, claro, porque la economía da para lo justo. ¿Qué libros ojearé, cuáles pescaré, cuáles acabarán en mis estanterías y me harán compañía este próximo verano? Eso lo dejaremos un poco al azar del fin de semana, a ese posible párrafo que me atrape en el momento justo de la cata literaria. He revisado el archivo del blog y veo que sigo sin haber leído algunos de los libros que entonces me planteaba, y más aún, que algunos de ellos vuelven a mi lista de la compra. También influye, me imagino, de dónde voy en cuanto a libros entre manos, y a cuáles voy ya en un plan de lecturas definido. Ando terminando Europa central, de William T. Vollmann, y sin acabar de lanzarme del todo a Los reconocimientos, de William Gaddis. Releo relatos que ya he leído mil veces y complemento mis lecturas de ficción con el Curso de Literatura Rusa de Nabokov.


El Día del Libro 2017 empieza con trampa, porque como este fin de semana no estaré en casa, regalé y me regalé un par de libros con un mes de antelación, con dedicatoria y firma falseadas. La historia, hasta la personal, es un cuento, y los cuentos, falsificación. El primer libro elegido fue Los reconocimientos, de William Gaddis, tras dudar entre esta novela y Su pasatiempo favorito. Los reconocimientos es una novela de la que debo confesar que he leído el prólogo unas 5 veces, y se lo he leído a algunos amigos lectores, y en cuyos caminos me he adentrado hasta las 150 primeras páginas, una experiencia que de momento es satisfactoria (muy satisfactoria).


El otro regalo adelantado fue Tú no eres como otras madres, de Angelika Schrobsdorff. Normalmente confío muy poco en el criterio lector ajeno, y salvo en el caso de 3 – 4 personas de toda confianza como lectores, es muy raro que vaya a buscar una recomendación de alguien. Prefiero llegar yo por mi cuenta a los libros, rastreando autores, novedades a veces, curioseando en las bibliotecas. Pero dos personas me recomendaron este libro con tal fuerza y tal pasión que pensé que a veces hay que dejarse influir. Esas personas me dijeron que nunca habían leído un libro así, tan potente, tal personal, tan auténtico, tan (en el mejor de los sentidos, espero) poco literario.



Estoy saliendo muy satisfecho de Europa central, de William T. Vollmann. He visto que Pálido fuego ha editado hace poco su última novela (su última novela en España, el libro es del 2000), La familia real, una epopeya apocalíptica en San Francisco, una novela total. Los libros que he leído de Pálido fuego son bonitos, bien cuidados, bien trabajados, y acceder a un texto de Vollmann, que escasean en España, y en una edición bien trabajada, es una tentación. Aunque, por otro lado, dos novelones de Vollmann, teniendo a Gaddis a la espera, y también La broma infinita, de Foster Wallace, puedan ser demasiado. Quizá el libro de relatos Historias del arcoíris, también de la misma editorial, sea una solución intermedia.


En los últimos años me han pillado un poco fuera de juego dos de las grandes modas culturales (no digo moda como algo peyorativo, simplemente constatando una popularidad que ha ido creciendo mucho en ese tiempo). La de las series de televisión y la de las novelas gráficas. Veo series de televisión, algunas, pero sigo prefiriendo ir al cine. Y sobre todo no siento estar haciendo un acto cultural supremo, como observo comentar, si una noche me siento a ver una serie en Netflix. La otra es la de las novelas gráficas. Siempre he leído algunos cómics, y me parece que el cambio de nombre dominante, de cómic a novela gráfica, esconde un cierto complejo. Como si leer cómics fuera algo a esconder, y leer novelas gráficas algo mucho más digno. Leo poco cómic al cabo del año, pero cuando lo leo suele gustarme. Encuentro historias con las que aprendo, y que me permiten acercamientos a realidades que no conozco de un modo más ligero que mediante ensayos o biografías. Glenn Gould es uno de los pianistas más conocidos del siglo XX, y uno de los más brillantes, y es un músico al que escucho frecuentemente cuando trabajo frente al ordenador, sus famosas grabaciones de las Variaciones Goldberg, pero no solamente. Este cómic, Una vida a contratiempo, intenta ser una biografía no – lineal del fascinante músico. Quizá sea una buena lectura próximamente.


La España vacía, de Sergio del Molino: Me gusta ver documentales y leer ensayos que me hagan pensar en realidades que normalmente escapan a mi entorno de intereses directos. ¿La España rural como tema fascinante? Todo lo que he leído y oído sobre este libro es buenísimo, y llevo meses detrás de conseguirlo en la biblioteca, pero siempre está prestado. Leo con interés artículos de Sergio del Molino, y agradezco sus intervenciones de este último año en el programa La cultureta de Onda Cero, cuyos podcasts sigo semanalmente. Me gusta cómo se explica y dónde posa su mirada y su palabra, sus matices, y creo que su recorrido por la España que se ha ido vaciando, otra de las Españas derrotadas de las últimas décadas, puede ser un libro interesante para leer, revisar y pensar.


Mondadori acaba de sacar La parte soñada, la segunda parte de la trilogía que Rodrigo Fresán nos promete a sus lectores. Fresán hablaba una vez en un artículo de que el novelista, cuando se encierra a escribir, debe decir adiós a su familia por un tiempo, porque va a desaparecer. El lector entregado a su hipnótica prosa debe decirle algo así a los otros libros. Leí La parte inventada cuando salió en 2014, y espero leer pronto este y leer en el futuro La parte recordada, fin de su trilogía. Rodrigo Fresán ha ido creando desde principios de los años 90 una obra personal, muy potente, que renuncia a la trama en nombre de la forma, que vuelve una y otra vez a unos pocos motivos básicos, como las variaciones musicales. Me planteo hacerme con esta nueva novela aunque también pienso que quizá, cuando se publique la tercera parte, Mondadori decida hacer algún estuche especial, y prefiera acceder a él. Así que quizá seguiré esperando a que esté libre en las bibliotecas que frecuento.


Ya hablaba el año pasado de esta edición en Acantilado de Simenon. Me interesa Georges Simenon. He leído desde hace muchos años decenas de sus novelas, de las de Maigret y de las que no están protagonizadas por el famoso inspector. Simenon siempre es un narrador eficaz y poco exhibicionista. Discreto, directo, sus historias suelen funcionar y siempre meten el dedo en alguna llaga relacionada con la hipocresía. Este libro, Pedigrí, es el más personal de Simenon. Son unas memorias, por lo que he leído sobre él, no protagonizadas directamente por él sino por un niño y luego joven belga que fue niño y joven en tiempos parecidos al propio autor, lo que ha hecho que siempre se considere que es el material más autobiográfico que nunca escribió.


Sigo pensando que merece la pena acercarse a los Cuentos Completos de algunos autores y tomar en perspectiva su escritura y su labor, viendo constantes y evoluciones. En los últimos años he leído los de J.G., Ballard, Gabriel García Márquez, Flannery O´Connor, I.B. Singer, Bernard Malamud, Fogwill, Tobias Wolff, E.L. Doctorow, Robert Louis Stevenson y Edgar Allan Poe, y no sé si me estoy olvidando de alguno. Tengo algunas colecciones completas empezadas, como las de Juan Carlos Onetti y Richard Matheson. Este año tengo apuntadas las colecciones de Shirley Jackson y Cynthia Ozick. Hace años leí El aliento del cielo, recopilación de Carson McCullers que me encantó, y no sé si con motivo de su centenario la habrán reeditado. También tengo en mente los relatos completos de Vladimir Nabokov, que quizá sean mi primera adquisición ya que están en bolsillo.


Hablaba en las últimas semanas, dentro de las novelas de mi vida, del Cuarteto de Red Riding de David Peace. Lo leí hace unos 4 años de la biblioteca, y son libros con los que cuesta dar, y al ser cuatro obras juntas, quizá el ahorro del Día del Libro haga que me lo plantee como compra cara que es.








Tejidos y novedades, de Cristina Grande: Me gustan los cuentos. A veces me gusta leer cuentos que se parezcan a los que escribo, como si esos autores me dieran la razón, y otras veces prefiero leer cuentos totalmente distintos, como quien va de viaje a un país exótico. Mis propios cuentos derivan cada vez más hacia los cuentos que se van hacia las 20 páginas. Me fascinan, por incapacidad propia, los autores que en 2 – 3 páginas dibujan relatos completos. Me repatean los microrelatos que no son más que ocurrencias, por el contrario. Kafka o Etgar Keret son maestros en el cuento realmente corto. De Cristina Grande solo he podido leer su novela Naturaleza infiel, que me gustó mucho, y en los pocos relatos de la autora que he podido leer (en antologías, en alguna revista, en webs) he detectado esa chispa que algunos tienen y que hace que en 2 páginas quepa una versión del mundo. Esta edición recopila sus dos primeros libros de cuentos, Dirección noche y La novia parapente, que hace años busqué sin resultado por las librerías de Madrid. Quizá ahora me los traiga a casa.


Puesto que me gustan los cuentos, como ya he dicho, soy consciente de la deuda que como autor y lector tengo con Las mil y una noches, recopilación oriental de la que han bebido y beben prácticamente todos los relatos de la historia. Tengo en casa una selección de cuentos de Las mil y una noches de Alianza, y una vieja edición más o menos completa, que heredé de casa de mi abuelo. Demasiado frágil para que no me duela abrirla por el riesgo a romperla, y con una traducción demasiado arcaica. Quizá también sea el momento de ir buscando una edición completa que ir leyendo, o de buscar una primera edición, bien escrita e ilustrada, para niños, para el que fui y fue conociendo los cuentos, y para el pequeño que tengo en casa, para ir llenándole la cabeza de pájaros.

Seguiremos leyendo. Comprad con moderación y no olvidéis visitar las bibliotecas.
Felices lecturas
Sr. E

domingo, 16 de abril de 2017

Diez novelistas y diez novelas. La lista fracasada. Los libros II

Una selección personal de novelas. Segunda parte.

Esta es la entrada número 100 de este blog, y creí adecuado acercarme a esa frontera con algunas recomendaciones que a mí me sirvieran como balance de una vida que se ha ido dibujando, hasta ahora, entre libros. 
Completo la labor de las últimas dos entradas, y espero que a algún lector le hayan servido para coger nuevas ideas lectoras y acercarse a novelas a las que no hubiera llegado de otra manera. Hubiera merecido la pena la labor de repaso y apuntes por un nuevo lector de cualquiera de los libros que a mí me han marcado y me marcan.

La saga/fuga de J.B. (1972), de Gonzalo Torrente Ballester. Punto de Lectura: Nunca me han gustado las lecturas que nos recomendaban en el instituto. Ni Cela ni Umbral ni Eduardo Mendoza ni Azorín ni Unamuno ni Pérez Galdós ni casi nada de Delibes ni La Celestina. Lo siento. Mea culpa. Y no puedo evitar sentir cierta náusea lectora al pensar en esos autores o en lo que representan. Las únicas lecturas escolares que recuerdo con agrado, de esos años, son los Artículos de costumbres de Larra, El buscón de Quevedo, El lazarillo y la poesía de Miguel Hernández y Federico García Lorca. En los márgenes de esos cánones se iban quedando otros autores a los que no leíamos directamente pero de los que aprendíamos el título de algunas obras. Sabíamos que Gonzalo Torrente Ballester había escrito Los gozos y las sombras y La saga/fuga de J. B. En esos márgenes de los libros de texto he ido leyendo con gusto y admiración a Juan Marsé y a Max Aub. Y a Gonzalo Torrente Ballester. Torrente Ballester es un escritor poderoso, con un ritmo arrollador, que utiliza el vocabulario con maestría, que construye historias bien armadas parece que con facilidad. Y La saga / fuga de J. B. sea quizá su obra más conocida. Es una novela que se mueve entre lo social, lo metaliterario, lo fantástico y lo épico. ¿Es la mejor novela española de los 70? ¿Y por qué no? Es una novela de su tiempo, hija de los avances técnicos (narrativamente, se entiende) de su época. Torrente Ballester es un escritor bastante moderno, mucho más de lo que uno asocia con los libros del Bachillerato. Mucho más moderno que la mayoría de narradores contemporáneos, que escriben como recién llegados de 1902. La primera vez que leí La saga/fuga me enteré de la mitad de lo que allí pasaba, si no de menos. Pero sabía que aquello me estaba gustando. Es sensacional cuando sucede eso con un libro. La segunda vez solo me perdí un 25% de lo importante. Y la volveré a leer, confiando en seguir perdiéndome algo en esa historia que no tiene freno, ni tiene por qué, que nos hace olvidarnos de que hay quien escribe con freno.

Postales de invierno (1976), de Ann Beattie. Libros del Asteroide: Postales de invierno es una novela de su tiempo, los años 70, y de una edad, esa en la que uno deja de sentirse joven y empieza a buscar estabilidades, a veces de manera sana y constructiva, y otras veces como quien busca unas muletas que le ayuden al caminar. A Bob Dylan le dieron el Premio Nobel y se armó el escándalo. No he dedicado demasiado tiempo a pensar en ello, la verdad. La novelista Ann Beattie (también es una reconocida cuentista, aunque en España aún no hemos podido leerla en esta faceta) hizo una novela a lo Dylan, en la que su figura es casi central, totémica, porque Dylan se había separado y estaba a punto de sacar un nuevo disco, Blood on the tracks, que todos, especialmente Charles, el protagonista, esperan. Todos se separan, miran hacia atrás, hacen balance de lo perdido, y esperan que el mismo espíritu de los tiempos, más tristes que los expansivos 60, y Dylan, más cínico que en sus orígenes, les ayuden. El personaje es un antihéroe memorable. La novela es ágil, entrañable, bien escrita, bien narrada, una joya a la que acercarse cuando se acaba el invierno.

La vida: instrucciones de uso (1978), de Georges Perec. Anagrama: La obra más famosa de Georges Perec, sin duda su novela más larga. Georges Perec, en La vida: instrucciones de uso, se mete en un edificio, al modo de 13, Rue del Percebe, y espiando desde las mirillas, se cuela en las casas de sus vecinos. La novela está escrita utilizando medios de asociación libre, y estructurada, como desde el principio nos avisa, en forma de rompecabezas, que solo cobrará sentido, o no, una vez que se haya leído todo. Es la novela de un ajedrecista, en la que unos escaques se relacionan con otros mediante saltos de caballo. De esta novela se aprende a sacar vida de los objetos, a disfrutar con listas, a objetivar, a entender que igual que en la serie de televisión Seinfeld, aquí no hay nunca una trama clara, porque la trama es la vida, y la vida no tiene un argumento bien diseñado.

El palacio de la Luna (1989) / La trilogía de Nueva York (1985 – 1986), de Paul Auster. Anagrama: Con los años he dejado de leer a Paul Auster. Me aburrí de sus trucos. Pero hubo un tiempo en el que estuve profundamente enamorado de su escritura, sencilla, musical, con nervio. Antes de Bolaño, ya estaba Auster. Mis primeras fantasías como escritor (creo que casi todos los que escribimos antes hemos fantaseado con ello, antes siquiera de pensar que escribir es un trabajo que consiste básicamente en eso, en sentarse y escribir) surgieron en el instituto. Recuerdo estar en Bachillerato y llegar por esos curiosos caminos por los que uno llegaba a los libros antes de leer suplementos culturales y antes de que existiera internet, hasta La trilogía de Nueva York. Y recuerdo leer su primera parte (porque en aquella biblioteca no tenían una edición conjunta, sino 3 novelas cortas) en una tarde. Y volver a la biblioteca a por las otras dos y leerlas ese fin de semana. Paul Auster habla de leer y escribir como si fueran drogas, y eso fueron para mí esos libros, que leí, releí, recomendé y regalé mil veces durante algunos años. Aquel tío de ojos penetrantes que había sido marino mercante me hablaba a mí. Y mucho más en El palacio de la Luna, una historia de pérdida, caída, resurrección y flote.

Mis rincones oscuros (1996), de James Ellroy. Zeta Bolsillo: Quien lea Mis rincones oscuros, de James Ellroy, no saldrá indemne. Como no debió salir indemne James Ellroy de su escritura, ni de su continuación (en cierto modo): A la caza de la mujer. Probablemente porque nadie sale indemne del asesinato de su madre cuando tenía 10 años. Su madre le dijo que iba a salir a divertirse con un amigo y a la mañana siguiente la policía encontró su cadáver. Después de conseguir un notable éxito como autor de novela negra, tras sus novelas iniciales y El cuarteto de Los Ángeles (que incluye novelas tan conocidas como L.A. Confidential y La dalia negra), Ellroy mira hacia adentro y se da cuenta de que todas esas mujeres a las que estaba intentando retratar en sus novelas, todas jóvenes, bellas, misteriosas y que acaban mal, normalmente de manera violenta, eran en realidad su madre. Y aprovecha esa figura para mirar hacia sí mismo, hacia sus cuarenta y muchos años de vida cuando la escribe, y lo hace con una crudeza increíble. Cualquiera camuflaría un poco sus locuras y sus problemas, pero Ellroy parece que acentúa los desequilibrios y los fondos que ha tocado en su recuerdo para hacer el viaje más asombroso.

Submundo (1997), de Don DeLillo. Austral: Hablaba de Don DeLillo como uno de mis novelistas preferidos. Y aunque quizá no sea la más redonda de sus novelas (esa es probablemente Ruido de fondo), Submundo es la novela en la que pienso cuando pienso en DeLillo. Submundo es La Gran Novela Americana de DeLillo, su intento de construir un mosaico que pasa por la mafia, la canción popular, los barrios de Nueva York, los secretos de la administración, el béisbol y mil asuntos más. Submundo es una novela infinita, descomunal, excesiva, en cuyas 1.000 páginas merece la pena perderse durante algunas semanas. Submundo habla con un ritmo musical, trepidante, de las vidas que quedan escondidas debajo de las vidas aparentes del ciudadano normal. La Moby Dick de finales del siglo XX.


Los detectives salvajes (1998), de Roberto Bolaño. Anagrama: Los bolañistas, entre los que supongo que me incluyo, aunque espero que sin fanatismos ni estupideces ni purezas de sangre, se dividen entre los que prefieren 2666 y los que prefieren Los detectives salvajes. Creo que la opción fácil es 2666, un libro mucho más oscuro, una novela más apegada a la muerte que a la vida, publicada ya de manera póstuma. Los detectives salvajes es más vital y divertida. Los detectives salvajes tiene mucho de lectura generacional, me imagino. Vila – Matas dijo que esta novela daba carpetazo a Rayuela, y algo de razón tiene. Después de haber leído varias veces Los detectives salvajes leí Rayuela y no me sentí fascinado. Reconozco que me sentí hasta mal, porque adoro a Julio Cortázar como cuentista. Roberto Bolaño en general, y Los detectives salvajes en particular, creo que ha lanzado al (absurdo) camino de la escritura a miles de jóvenes que lo leímos en el momento oportuno (o equivocado). Quien lea Los detectives salvajes y no se lance a escribir como un loco, no tiene corazón. Los detectives salvajes es una novela mutante, una antinovela que va de la poesía a la épica y que en el fondo es un libro de cuentos que uno devora de página en página. Y que cualquiera utilizará como pértiga para lanzarse al vacío.

El cuarteto de Red Riding (1999 – 2002), de David Peace. Alba Editorial: Leo, y he leído, mucha novela de género. Algo de ciencia ficción, especialmente la humanística (la de Ballard, particularmente), mucha novela de suspense y de terror, y especialmente novela negra. Nunca he entendido la popularidad de la fantasía épica, ni he podido acabar de leer ni de ver las películas de El señor de los anillos, y que sus devotos y los de Juego de Tronos me perdonen. Como lector y devorador de novela negra, creo que era de justicia buscar una que representara el género. Algunas, como siempre se dice, son la verdadera novela social de su tiempo. Pensemos en Simenon y su gris retrato de la vida en provincias y sus secretos. De los clásicos, Chandler me parece un autor con un gran estilo y un escritor de diálogos muy potente. Jim Thompson y Chester Himes tienen novelas muy buenas. Disfruto como un enano con cada nueva entrega de John Connolly y su detective Charlie Parker. Me gusta Dennis Lehane. Perdida, de Gillian Flynn, me parece una novela de primer orden (y la película de Fincher también). Ellroy es uno de los mejores escritores actuales, sea de novela negra o no. Pero si elijo una novela es este potentísimo cuarteto de David Peace. Son cuatro novelas brutales: 1974, 1977, 1980, 1983, con un estilo de alta calidad literaria, un fraseo frenético, que entra y sale de las mentes de una colección de personajes oscuros, asesinos, policías, periodistas sensacionalistas y un montón más. Y una historia horrorosa, que como pasa muchas veces está compuesta de los secretos que las ciudades de provincias, en este caso la comarca de York, en el frío, gris e industrial norte de Inglaterra. Ellroy es probablemente, sin discusión, el mejor escritor de novela negra del mundo. Pero ni Ellroy ha sido capaz de escribir esta obra feroz.

Mantra (2001), de Rodrigo Fresán. Mondadori: Rodrigo Fresán es uno de mis escritores preferidos. Me pierdo entre su fraseo, sus ideas, su sintaxis envolvente. Fresán también es un lector omnívoro y alguien a quien acercarse para buscar consejo sobre libros que merecen la pena. Quizá, de sus libros, el que más me obsesionó y obsesiona es La velocidad de las cosas, pero como él lo califica de libro de relatos (aunque en el caso de Fresán las fronteras son siempre terriblemente porosas), no seré yo quien lo contradiga y diga que es una novela. Mantra sí es una novela, y mi preferida entre las que él llama así, gustándome mucho también El fondo del cielo (muy contenida para ser una de sus obras) y La parte inventada (aún no he podido acceder a La parte soñada). Mantra es una novela de final de milenio, que desde un acontecimiento central bastante minúsculo, la figura de un extraño compañero del colegio, Martín Mantra, casi un fantasma, todo misterio y extrañas obsesiones culturales, va extendiendo sus cientos de tentáculos en forma de microhistorias dentro de la trama central. Fresán es un maestro novelista del macguffin del que hablaba Hitchcock. Decía el propio director que: Van dos hombres en un tren y uno de ellos le dice al otro. ¿Qué hay en ese paquete que hay en el maletero que tiene sobre su cabeza? El otro contesta: Ah, eso es un McGuffin. El primero insiste: ¿Qué es un McGuffin?, y su compañero de viaje le responde: Un MacGuffin es un aparato para cazar leones en Escocia. Pero si en Escocia no hay leones, le espeta el primer hombre. Entonces eso de ahí no es un McGuffin, le responde el otro. Pues eso son las novelas de Fresán, trampas para cazar leones en Escocia. Una cierta inconsistencia argumental, que para mí no es un defecto, aunque estoy seguro de que hay quien no le perdona, y que se deriva de su construcción hermanada con el cuento e hija del macguffin, y hace que sea posible leer casi todos sus libros, también Mantra, saltando páginas, yendo adelante y atrás, dejándose llevar por la prosa torrencial e hipnótica del autor. Una experiencia que hay que probar.

El día del Watusi (2002-2003), de Francisco Casavella. Destino: Hablé de El día del Watusi como de mi lectura preferida de todo el 2015. Mantengo mis razones para elegirla entre mis libros de cabecera desde aquella primera lectura. Es una novela desenfrenada, que cuenta y cuenta sin pausa, una narración digresiva que se acerca en círculos a su núcleo, que no acaba de verse nunca bien. Es una fiesta que celebra lo cutre de la vida. Un libro sobre bailar en medio de las dificultades. Es una novela llamativa en el panorama español por su desmesura, por su falta de conservadurismo. Es una novela que cuando el consenso aún parecía unánime, empezó a resquebrajar algunas ideas aceptadas sobre todo lo que nos habían contado, de la transición política al mundo cultural español, desmontando una a una las razones por las que la llamada nueva narrativa española, esa que a los que tenemos menos de 40 años nos parece anticuada y lo de siempre, era la verdad y el camino. Agrietó el suelo y nos hizo asomarnos con vértigo a otra manera de medir y contar.

La novela luminosa (2004), de Mario Levrero. DeBolsillo: Hay un camino hecho de libros que te han ido cambiando como lector y otro camino hecho también de libros de los que, desde que escribes, también has ido aprendiendo. Algunos de esos libros cruzaron sendas, y son tan importantes a nivel de lector (que es como decir como persona) que de escritor. Otros solo pesan en una de las opciones. Con los años, parece que es más difícil que algo nos sorprenda. Aunque me mantengo con los ojos abiertos y el ánimo dispuesto a ser perturbado. Mi última gran sorpresa, el último libro que me descolocó de verdad y me hizo darle una vuelta a mi manera de leer, y me abrió puertas realmente nuevas a la hora de escribir, fue La novela luminosa, de Mario Levrero. No tanto la novela, que es notable, como su Prólogo, un texto de más de 400 páginas que es la obra cumbre de Levrero y el gran escrito kafkiano de principios del siglo XXI, y quienes ya han entrado en él entienden de lo que hablo. Y los que aún no han llegado a este libro, deberían aprovechar que DeBolsillo lo reeditó hace algunos meses para llevárselo a casa y perderse en sus páginas.

Verano (2009), de J. M. Coetzee. DeBolsillo: Verano cierra las llamadas Memorias de una vida de provincias. Así que es, en teoría, un libro de memorias. Pero Verano parte de la idea de las memorias para elevarse como una potentísima novela. Así como Infancia y Juventud, las dos primeras partes, sí novelan la memoria del niño y joven Coetzee, Verano viaja al futuro y desde la muerte del autor, lo recuerda. Y lo recuerda de manera cruda y ridícula. Las mujeres de su vida lo recuerdan y no lo ponen en buen lugar. Coetzee se expone cuando no tenía necesidad, cuando ya hacía años que había ganado el Nobel y podía limitarse a esperar la posteridad. Pero nunca ha dejado de pelear con la literatura, de excavar dentro y escupir fuera y darnos libros arriesgados, siempre notables. Este en particular, magnífico.

Ahora, a leer y a debatir. Y a seguir leyendo y a recomendar lecturas a quien todavía nos escuche. Pronto nos cae encima el Día del Libro.

Felices lecturas


Sr. E

domingo, 9 de abril de 2017

Diez novelistas y diez novelas. La lista fracasada. Los libros I

Una selección personal de novelas. Primera parte.

Hay novelas que llegan pronto a nuestras vidas, y desde siempre nos acompañan. Hay novelas que nos cambian la forma de leer. Algunas, incluso la forma de vida, porque algunas nos hacen querer escribir nosotros mismos. Es difícil cerrar una lista de 10 novelas para una vida. Es difícil cerrar 20 novelas. Hay libros que no son buenos pero que uno adora. Hay novelas iniciáticas a las que no he sabido volver (Salinger, Loriga).
Hay novelas que me han fascinado en los últimos meses pero sobre las que quiero tener más perspectiva antes de subirlas a ningún pedestal (Almas muertas, El maestro y Margarita, Un asunto personal, Las sillitas rojas). Me he limitado al final a convivir con las fronteras del absurdo y a recordar experiencias lectoras, que en algunos casos me marcaron por mi edad, en otros por enfrentarme por primera vez a ciertas sensaciones lectoras, a nuevas complejidades, otras que me han acompañado y me han decidido a probar nuevos caminos como lector y escritor. He dejado un listado de novelas que recomiendo ciegamente, a cualquiera, y ya. Buenos libros. Libros que siempre vivirán conmigo. Los organizo cronológicamente para su presentación, y he citado la editorial a través de la cual yo he podido leerlos, aunque muchos de esos libros tienen varias ediciones.

Moby Dick (1851), de Herman Melville. Alianza Editorial.  Es difícil llegar a esta novela sin haber oído miles de cosas sobre ella. A favor y en contra. Y a veces sería muy recomendable no tener todas esas referencias. Moby Dick es para mí la novela total. Un libro fascinante que habla de todos los temas importantes de la vida a partir de algo tan poco interesante (al menos para mí) como es la caza de la ballena y la vida a bordo de un ballenero. Muchas personas me han dicho que Moby Dick está sobrevalorada, pero creo lo contrario, sigue sin estar convenientemente comprendida. ¿Es excesiva? Desde luego. ¿Su estructura está desequilibrada? Sin duda, pero nadie obliga a quien lee a leer completo un capítulo sobre ballenas y su naturaleza, se pueden saltar 40 o 50 páginas del total. ¿Qué otro libro habla con esa pasión de quienes desafían a los dioses y pierden? ¿Dónde pueden leerse mejor los derrotados de la historia? ¿Traidores, resignados? Moby Dick es una novela de aventuras, pero de aventuras filosóficas, una novela total. Un libro que se puede leer, releer, re – releer, y que como al mayordomo de La piedra lunar de Wilkie Collins le pasaba con Robinson Crusoe, me enseña algo cada vez que la abro, sea por donde sea.

Crimen y castigo (1866), de Fiódor M. Dostoievski. Editorial Juventud: Hablaba de Dostoievski en la anterior entrada como EL NOVELISTA, quizá el más importante de la historia, quizá el cruce de caminos por el que pasa la gran novela del siglo XIX y toda la narrativa importante del XX. Tal vez Crimen y castigo no sea su mejor novela, porque sus verdaderos estudiosos hablan de Los demonios o de Los hermanos Karamazov por encima de esta. Pero Crimen y castigo es, sin duda, una novela que se mete en el organismo de quien la lee, infectándolo. Una novela que no deja nunca indiferente a quien la lee, de una profundidad incomparable. Es una novela que no se olvida, y que va generando un malestar creciente en quien la tiene entre sus manos, un malestar que sube más y más según Raskolnikov va metiéndose en graves problemas, en una espiral de locura y desequilibrio sin salida aparente.

Drácula (1897), de Bram Stoker. Penguin Clásicos: Drácula es la primera novela adulta que leí, a los 11 años. La leí y luego la releí diez u once veces durante los dos años siguientes. Es verdad que en aquella época leía con obsesión otras novelas (las de Michael Chrichton, El Club Dumas de Pérez Reverte), pero el libro que acabó definiendo mi yo lector, un libro que siempre me ha acompañado, al que he podido volver a las 21 y a los 31 sin que pierda ni un punto de su fuerza, es Drácula. Un clásico del que sabemos tanto sin leerlo que merece la pena leerlo si no se ha hecho antes, porque comprenderemos que en el fondo no sabemos nada. Al final, queda el libro.

Las aventuras del valeroso soldado Schwejk (1923), de Jaroslav Hasek. Destino: Cuando me regalaron este libro, por Reyes, hace tiempo, me explicaron que era algo así como El quijote checo, es decir, el texto que todos los estudiantes de la República Checa debían leer durante su Bachillerato o nivel educativo equivalente. Con esa presentación lo dejé en una estantería y allí se quedó durante años. La primavera pasada, sin nada que echarme a los ojos en alguna noche, lo cogí  y empecé a leerlo. Y tuve un motivo más para envidiar a los estudiantes checos. Debe ser fenomenal tener este libro como emblema literario nacional y a Franz Kafka como autor de referencia. Y encima El golem, aunque la escribiera un austríaco (pero ya sabemos que en aquellas épocas se trataba de algo más completo). Nosotros tenemos El quijote y a Pérez Galdós y Azorín, y que no se enfaden los profesores. Schwejk es un idiota, esencialmente, y como idiota que es, embarcado en la guerra, va mostrando las contradicciones de los nacionalismos, belicismos y en general fanatismos, sacando de quicio a sus superiores y compañeros más convencidos. Se trata de una novela muy divertida, humanista, que utiliza al idiota como cuña para levantar la madera de lo correcto y enseñar que muchas veces solo tiene más idiocia en su interior.

El proceso (1925), de Franz Kafka. DeBolsillo: Hay novelas que adoro y que he leído 5 – 6 veces, que releo parcialmente cualquier día, que planeo releer completas el próximo verano, etc. Con El proceso me sucede al revés, la leí a los 20 años y sigue estando tan presente y con tanta fuerza en mi cabeza que nunca la he vuelto a abrir. ¿Para qué, si sigo viviendo en su interior? El Proceso es la novela que dibuja el mundo de Kafka, todos esos tópicos que se asocian al adjetivo kafkiano. Josef K. es culpable y nunca sabremos por qué. Ni él lo sabrá, con lo que la defensa es imposible. No importa. Hay que juzgarlo. Hay que condenarlo. Un tono alegórico implacable que nos dice que en la vida, al final, estaremos solos y tendremos la culpa. Sin esperanzas.

El gran Gatsby (1925), de Francis Scott Fitzgerald. Alfaguara: Si hay que elegir entre Hemingway y Fitzgerald, tengo claro que soy de Fitzgerald. Sobre todo porque no soporto a Hemingway. El gran Gatsby es una novela escrita en estado de gracia. Desde su primera línea tiene siempre el tono perfecto. Scott Fitzgerald es siempre, en lo que yo he leído, un escritor garboso y con buen estilo. Tiene intuición para la estructura y buen ojo para la construcción de personajes veraces, que nos hacen verlos con ternura. El gran Gatsby es la gran novela corta americana y Nick Carraway su personaje central. Cuando pienso en narrativa americana, en cierta ligereza, funcionalidad narrativa, en la línea de lo que han tratado de hacer Cheever, Salinger, Wolff, Richard Ford, Lorrie Moore y tantos, pienso en que todos nacen esencialmente de esta novela. Porque es perfecta como mecanismo narrativo y porque es un perfecto retrato de la partida sin final entre ganadores y perdedores, ricos y pobres, fascinados y mentirosos, que parece ser aquella sociedad.

El desierto de los tártaros (1940), de Dino Buzzati. Gadir: Giovanni Drogo, el oficial recién licenciado al que han destinado a un Palacio en el Reino del Norte, debe guardar la frontera. Es un buen puesto, tranquilo, reconocido, que le dará experiencia para volver a pedir otros puestos más centrales. Alrededor del puesto de vigilancia, el desierto, y al otro lado, los otros. El enemigo siempre está inicialmente fuera en estas historias. Allí, medias palabras, medios silencios, la sensación de que quien llega nunca partirá. Drogo tampoco. Pero al principio no lo sabe. Los enemigos van virando hacia el interior. Y nunca pasa nada. El tiempo pasa y esencialmente no sucede nada. ¿Es eso la vida? El desierto de los tártaros es una novela que bebe de Kafka, claro, y que se emparenta con Coetzee (En medio de ninguna parte, Esperando a los bárbaros) y con Beckett (su trilogía novelística), entre los que vinieron después. Una novela sutil, melancólica, que fascinó a Borges, y poco más hay que decir.

Bajo el volcán (1947), de Malcolm Lowry. Tusquets: Bajo el volcán es una novela hipnótica y poderosa. Entrar en sus páginas es bajar con Lowry a sus dos infiernos, al del destierro mexicano del cónsul y al del alcoholismo, el de ambos, escritor y personaje. Bajo el volcán es una novela borracha, un proyecto de vida que mantuvo a salvo a Lowry durante años, cuyas páginas a su vez emborrachan a quien las lee, y que acaba con una resaca que solo se quita volviendo a leerla. Es un texto potente, que no he llegado a entender completamente en ninguna de mis dos lecturas, pero al que se que volveré, precisamente por ello, a por más.


La piel (1949), de Curzio Malaparte. Galaxia Gutenberg: Nápoles, como Venecia, es una de las ciudades más propicias para desarrollar tramas. Son ciudades que son mundos. Pequeños mundos cerrados, con sus propias reglas. Aparte de por el talento de Elena Ferrante (sea quien sea, que poco nos importa), sus novelas, como las de Erri de Luca, han triunfado en los últimos años apoyándose en gran medida en Nápoles como personaje. Pero, para mí, la gran novela de Nápoles es esta, La piel, de Curzio Malaparte. Malaparte ya es en sí mismo un personaje de novela, y La piel es su obra maestra. Es una novela de después de la guerra. De la Segunda Guerra Mundial pero sobre la guerra, en general. Los americanos han ganado y han pacificado (dentro de lo posible) Nápoles, que ahora, como durante el conflicto, es un nido de rateros y supervivientes. Pero rateros y supervivientes humillados por el ejército extranjero. Todos, desde los más altos cargos al último limpiabotas, se sienten perdedores, derrotados, y con un cierto derecho otorgado por la historia a trampear y buscarse la justicia por su mano. Con un estilo poderoso, muy marcado, crudo, Malaparte, un hombre de una vasta cultura que va introduciendo sabiamente en la narración, les pone voz a los que perdieron, a los que pierden, a los que perderán, y también a los que cambiaron de chaqueta en el momento adecuado, así como a los que no supieron elegir el momento de cambiarla. Algo de lo que él sabía mucho. 

Sobre héroes y tumbas (1961), de Ernesto Sabato. Austral: Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sabato, es una novela desmedida, rayana con la locura, oscura, y que si se lee en un momento inadecuado, puede conducir al propio lector a la obsesión. Creo que especialmente su tercera parte, Informe sobre ciegos, que parece una historia independiente y que creo recordar que alguna vez se ha editado aparte. Recuerdo el grado de profundidad con el que me afectó este libro, en torno a mis 25 años, y como me pasa con El proceso, de Kafka, creo que es una de las novelas que más me ha marcado, y por las que sigo paseando, aunque no haya vuelto a leerla, ni creo que vaya a volver a hacerlo.

El mago (1965), de John Fowles. Anagrama: Las grandes novelas, las que beben de la tradición de la novela total que ponen en marcha los maestros del XIX, aspiran a hablar de absolutamente todo en sus 500 – 600 o 700 páginas. Para ello, sus personajes hablaban de ideas filosóficas, del gran Arte, de dioses y mitologías, de las novedades de su época. El mago, de John Fowles plantea algo así. Es a la vez un retablo de filosofía y mitología y una novela de suspense que nos pide saber más y más. Un protagonista involuntario, un antihéroe más, va a parar a una isla del Mediterráneo en la que un excéntrico millonario vive como un viejo rey, haciendo teatros con actores que no saben que lo son, jugando a lo que los viejos dioses griegos jugaban, a divertirse con sus criaturas. La novela se compone como un juego de cajas en el interior de cajas, un experimento metanarrativo en el fondo, en el que el mito clásico y la narración moderna se van cruzando y confundiéndonos para producir una lectura inolvidable.

Matadero cinco, o La cruzada de los niños (1969), de Kurt Vonnegut. Anagrama: No sé por qué, a Kurt Vonnegut lo clasificaban (y quizá quienes no lo han leído siguen considerándolo así) como un autor de ciencia – ficción. Supongo que es porque sus primeros libros sí eran de género y una vez que te cae una etiqueta es difícil quitártela. Vonnegut es, esencialmente, un escritor satírico, como pueden serlo Jonathan Swift con Los viajes de Gulliver o Laurence Sterne en Vida y opiniones del caballero Tristam Shandy. Matadero cinco es una novela muy dura que intenta reírse de la desgracia y de los agujeros más oscuros de la humanidad. Vonnegut era un pacifista y era también un humanista ateo. Matadero cinco (o La cruzada de los niños) nace de una traumática experiencia personal, el bombardeo de Dresde, una de las matanzas más crueles contra civiles de la Segunda Guerra Mundial, algo orillada en la historia por haber sido perpetrada por el bando aliado, el de los buenos. Es verdad que la novela se arma sobre algunos recursos propios de la ciencia – ficción (la visita de un extraterrestre, el iluminado al que consideran loco), pero son casi clichés sobre los que armar la verdadera historia, la de aquel exterminio. Un libro duro y terrible pero a la vez esperanzador, fruto de haber encontrado el único tono posible para contar algo así. 

La trilogía de Deptford (1970 – 1975), de Robertson Davies. Libros del Asteroide: Decía alguien, probablemente Rodrigo Fresán, que Robertson Davies, este barbudo autor canadiense al que solo razones misteriosas le quitaron el Premio Nobel que parecía destinado a ganar en 1993, era el escalón evolutivo entre Charles Dickens y John Irving. John Irving contaba que fue a conocerlo a Toronto con su familia y que su hijo le preguntó si ese señor de larga barba blanca y voz profunda era Dios. Davies bebe sin duda de la gran novela del siglo XIX, particularmente de esos mundos de niños que crecen solos y contra el mundo de Dickens. La trilogía de Deptford es una novela (bueno, tres: El quinto en discordia, Mantícora, El mundo de los prodigios), de largo aliento. Una historia que empieza en el génesis y termina en el apocalipsis y recorre el mundo, de la que el lector deseará siempre la siguiente dosis. Davies era un erudito, y sus personajes transmiten parte de esa erudición: saberes elevados sobre artes escénicas, sobre música, sobre teología. Siguió estructurando sus novelas en trilogías, aunque ninguna de las otras alcanza este nivel de magia narrativa. Añado personalmente que creo que las dos novelas publicadas de su inacabada Trilogía de Toronto: Asesinato y ánimas en pena y Un hombre astuto, que ahora mismo estoy releyendo, son también novelas de primer nivel, y en general ninguna obra del autor decepcionará.

La semana que viene más libros para seguir leyendo.

Felices lecturas


Sr. E