lunes, 12 de junio de 2017

La carrera por el segundo lugar, de William Gaddis

La carrera por el segundo lugar, de William Gaddis (Sexto Piso)

Me acerco a la realidad en círculos, dice en alguno de los libros de su serie el detective Charlie Parker de John Connolly. Algo así me está pasando a la hora de leer Los reconocimientos, de William Gaddis, al que desde abril me acerco y alejo. Y busco lecturas que de alguna manera dialoguen con él. Otros textos de Gaddis, textos de otros autores en los que aparece Gaddis, reflexiones sobre arte. Casi cualquier cosa menos un atracón de Los reconocimientos. Sencillamente porque es un libro que se me está haciendo de digestión lenta. Es denso y sus bocados empachan, y aunque apetece pasar al siguiente, hay que pensárselo bien, pues es un texto que si no se lee en un momento de agilidad y lucidez mental, obliga a volver atrás. El propio Gaddis, en este La carrera por el segundo lugar, mi último desvío por el momento en el camino hacia el meollo de Los reconocimientos, bromea con la crítica que hicieron de una de sus novelas, diciendo que el futuro de la novela quizá estaba en la inteligibilidad, y que si se trataba de hacer libros ilegibles pero que consiguieran mantener el interés durante 700 páginas ilegibles, William Gaddis había demostrado un gran talento.

¿Está de moda William Gaddis? Deberíamos plantearnos antes qué es estar de moda. Yo nunca me creí la moda de Foster Wallace después de su suicidio. Quiero decir, mucha gente se aprendió su nombre y lo usaba en Twitter para molar, pero nunca me creí que una novela como La broma infinita pudiera tener decenas de miles de lectores. Tampoco me creo demasiado esa moda patria con El día del Watusi que de vez en cuando aparece en los periódicos. Seguramente Karl Ove Knausgard está hoy en día más de moda que Gaddis y cuando mañana pregunte por él y por Gaddis en el bar en el que suelo tomar café a media mañana recibiré la misma cara de asombro ante el nombre de los dos. Y eso que Knausgard suena creíble como delantero centro escandinavo. Digamos que Gaddis está relativamente de moda desde hace 3 o 4 años, causa y a la vez consecuencia de que Sexto Piso esté abordando la publicación de sus obras completas. Está todo lo de moda que puede llegar a estar un escritor de su complejidad. Y podemos decir también que se acabaron sus obras completas. Sexto Piso ya tenía sus cinco novelas en el catálogo y este libro, una selección de ensayos y textos, es lo último que quedaba por ahí. ¿Podría aparecer en el futuro una edición con páginas escogidas de William Gaddis? Todo podría ser, Mondadori lo ha hecho con Foster Wallace, cerrando una mitomanía que no he visto ni con Bolaño.

Estos libros póstumos parecen hechos con retales en muchas ocasiones. Eso no hace necesariamente que salgan libros malos. Yo al menos no lo creo, por eso los leo si el autor me interesa. En La carrera por el segundo lugar encontramos escritos, discursos y notas. Anotaciones de trabajo sobre sus novelas, escritos sobre su propia labor creadora para revistas, reflexiones sobre la labor creadora en general y sobre libros de otros autores. Por último, algunos pequeños ensayos, quizá los más interesantes, sobre la sociedad americana. Sobre los mecanismos de la ficción en la política (muy recomendable el texto ¿Cómo imagina el Estado? La suspensión voluntaria de la incredulidad, donde define la labor del Estado y las construcciones políticas como las ficciones más intragables que la sociedad acepta) y el mundo, sobre la religión y sobre cómo es vivir en una sociedad en la que lo más importante es triunfar, todo se define a partir del éxito, y la falta de éxito ha acabado asociada a la del fracaso.

Las propias obras de ficción de William Gaddis se mezclan muchas veces con la forma del ensayo, o de la prosa no – narrativa. Así que este libro, sin ser de ficción, que no lo es, incluye pasajes parecidos a los que en ocasiones se encuentran en sus novelas. Incluye incluso algunos pasajes entresacados de sus obras de ficción, y al final, para los mitómanos, notas de trabajo sobre su inacabado proyecto de estudio sobre la pianola. El ensayo que le da título a la colección, que originalmente se titulaba El fracaso, es una reflexión llena de referencias literarias y políticas sobre los que no llegan en primer lugar, la posibilidad legítima de no hacerlo, y lo que la sociedad puede aprender tomando como modelos a aquellos que no necesariamente querían ser, siempre, los primeros.

Gaddis es un escritor con muchas lecturas y un extraño erudito de cuestiones minoritarias. Por ejemplo su gran proyecto inacabado fue una novela – historia de la pianola. También es un autor muy rápido a la hora de ligar informaciones aparentemente dispares de manera original, anticipando algunas de las formas de las narraciones de David Foster Wallace. Gaddis es de esos autores que escriben sobre sus lecturas y de eso, un hombre de 70 años sentado en el sillón de su casa, bajo una buena luz, con un libro abierto en el regazo, hace una aventura intelectual de ello. Lo vemos leer, analizar y digerir las reflexiones de Carl Gustav Jung sobre el protestantismo y el catolicismo en los Estados Unidos de América y nos quedamos con datos (porque Gaddis lo llena todo de datos, tantos y tan curiosos que lo propio sería que fueran inventados) como que la vida sexual de los católicos americanos es más imaginativa y rica que la de los protestantes, cosa que el autor atribuye, como otras muchas cuestiones de la vida, a la narrativa. El catolicismo, con sus liturgias y jerarquías, ofrece una narrativa mucho más interesante, lo que por un lado hace que sea mucho más atractivo abjurar de ella, y por otro, que quienes se han criado en esa tradición tengan más tendencia a los juegos, o eso nos dice Gaddis.

Son escasos en sus textos los homenajes a otros autores, y destaca una reseña elogiosa (aunque sin dejar de ser crítica) de una de las últimas novelas de Saul Bellow, Son más los que mueren de desamor. Gaddis disfruta del texto pero parece estar echando de menos al Bellow más potente de novelas anteriores, aunque reconoce las garras del león, como diría Leibniz de Newton. El gran homenaje a un novelista que Gaddis brinda en estos textos es a F. M. Dostoievski, a quien considera el mayor novelista entre los rusos, y por qué no, el mayor de los novelistas de la historia, sin más. Destaca, en la lectura que Gaddis hace de Dostoievski (es un texto que estaba en trabajo, se nota que no está completo ni revisado), que resalte su condición de humorista. No como escritor humorístico en general, claro, sino como un autor capaz de buscar un respiro de humor en medio de la desgracia y la tragedia. Me llama la atención que tanto en Hablemos de langostas de David Foster Wallace como en este libro de Gaddis, Dostoievski aparezca como el gran autor al que ambos miraban como modelo.

Una de las partes más interesantes del libro es la de discursos. Gaddis es un autor que escribió 5 novelas en unos cuarenta años y que recibió dos National Book Awards por ellas. Era un autor que huía de la prensa, de la fama, y que pensaba sinceramente que el papel del escritor estaba muy lejos del de los artistas como cantantes y actores; para Gaddis, un escritor era alguien que quedaba alejado de un famoso. Los dos discursos de aceptación y agradecimiento de los premios incluidos en este libro lo dejan claro. Son palabras en las que se agradece que se esté reconociendo su obra y no deja de insistir en que todo eso, ese circo, ese premio, es un absurdo. Aunque, metidos en el circo, por qué no aplaudir y dejar que a uno le aplaudan.

Debo decir que formo parte de esa estirpe en vías de extinción que piensa que los escritores deben leerse y no escucharse, y mucho menos verse. Creo que esto es porque en la actualidad parece haber una tendencia a colocar a la persona en el lugar de su obra, a convertir al artista creativo en un artista escénico, a considerar que lo que un escritor dice sobre la escritura es, en cierto modo, más válido, o más real, que su propia escritura.


¿Merece la pena leer La carrera por el segundo lugar? Sin duda. Tiene el interés de conocer cómo funciona una mente preclara y superdotada para la literatura, ver cómo recibía los homenajes y su lugar en el canon un escritor de primera división. Tiene un par de ensayos dignos de ser leídos por cualquiera, y quizá algunos textos de relleno. Los textos de relleno son para fans, y esos serán quienes los agradezcan, aquellos que ya hayan acabado con todas sus novelas y busquen algo más, lo que sea. Pero los que aún no hemos pasado por todas ellas, que apenas estamos comenzando a escalar la montaña Gaddis, los vemos aún como eso, relleno, una satisfacción menor y momentánea que quizá nos está alejando del gozo verdadero.

Los demás están muy implicados en la creación, con sus personalidades, con la celebridad, con todo lo transitorio que llena nuestra vida. Me gusta pensar que uno no debería escribir eso que se llama literatura – una palabra peligrosa –, sino algo duradero. A eso intento dedicar mi esfuerzo. Y todo parece ir en contra. Ahora todo lo que nos rodea parece ser actuación, actuación, e incluso los escritores tienen que actuar. Bueno, no debería morder la mano que me da de comer aquí esta noche. Debería concluir diciendo también que tal vez logremos que algún libro sea libro del mes, yo llevo cuarenta años intentándolo, y aquí estamos esta noche, de modo que agradezco su colaboración. Con eso ya basta, ¿no?

Seguiremos leyendo

Felices lecturas


Sr. E

domingo, 4 de junio de 2017

Cuentos completos, de Nikolái Gógol

Cuentos completos, de Nikolái Gógol (Nevsky Ediciones)

Antecedentes lectores: Me interesé por leer los Cuentos de Gógol a partir de mis lecturas invernales de los Cursos de Literatura Europea y Rusa de Vladimir Nabokov. Nabokov llegaba a afirmar, en alguno de esos textos, que los únicos textos inatacables, verdaderamente perfectos, de la literatura universal, eran La metamorfosis de Kafka y El capote de Gógol. Las opiniones de Nabokov eran opiniones, y ya sabemos lo que decía Harry el sucio de ellas. Las opiniones de Nabokov sobre literatura rusa pecan de tajantes, pero muestran un criterio personal que no se deja influir por los criterios dominantes (considera, por ejemplo, que la obra de Dostoievski no es para tanto). En cualquier caso, me entró la curiosidad por leer el relato El capote. La editorial también tira de Nabokov en la contraportada, donde afirma que: Cuando Gógol se dejó llevar y se asomó al borde de su abismo personal, fue el más grande artista salido de Rusia hasta ahora.

De Gógol leí hace un par de años su novela más importante, con la que prácticamente aparece en cualquier manual de Literatura Universal: Almas muertas. La recuerdo como una lectura interesante, satisfactoria, pero debo reconocer que no me impresionó ni marcó especialmente. Me gustan más algunas novelas de Dostoievski (que Nabokov me perdone), y en cuanto a clásicos y rusos, leí según mi registro en las mismas fechas El rojo y el negro de Stendahl y El maestro y Margarita de Bulgákov y ambos me gustaron más. Algo que sí llamó mi atención es que Almas muertas, de 1842, está bastante más cerca en lo narrativo, en la concepción del mundo y su forma, de El maestro y Margarita (de los años 30 del siglo XX) que de El rojo y el negro (de los años 30 del siglo XIX). Otra cosa llamativa es que muchos novelistas de 2017 parecen todavía imitadores del modelo de El rojo y el negro, pero ese es otro tema.

Por terminar con los precedentes, es famosa la afirmación de Dostoievski: Todos hemos salido de debajo del capote de Gógol. Y, el año pasado, en La noche de los libros, asistí a una conferencia de una profesora de literaturas eslavas que daba un carácter central en la literatura rusa a Gógol y Pushkin, por encima quizá de esa separación entre Tolstoi o Dostoievski en la que caemos en España, como si fuéramos el libro de George Steiner.

La edición de los Cuentos completos de Gógol de Nevsky pasa de las 800 páginas, y recoge libros originales de cuentos de Gógol y relatos que aparecieron en su momento dentro de publicaciones periódicas. Entre los más famosos está el propio Avenida Nevski, del que la editorial toma su nombre, aunque sea cambiando la grafía entre el título y el nombre de la editorial (pero ya se sabe que la escritura en caracteres latinos de los nombres rusos pasa por distintos modos). La avenida Nevski es la arteria principal de San Petersburgo, por lo tanto una de las calles más famosas de Rusia, y en el siglo XIX de Gógol era una calle en la que bullía la vida, se intercambiaba el oxígeno, la mercancía, la conversación. La aportación más original de Gógol en este caso es que la propia avenida es un personaje, habla, siente, sufre, y eso, visto hoy, en un relato contemporáneo, podría recibir aún el calificativo de moderno o incluso posmoderno.

Los relatos de la colección van evolucionando con el autor, y lo acompañan desde sus orígenes de burgués rural en Ucrania hasta la gran ciudad, con sus aires, libertades e ideas, en este caso San Petersburgo. Los primeros cuentos, siendo estos aproximadamente un 60% de la edición, me han sonado a cuentos rusos, a historias como las que luego compondrían, unas décadas después, Chéjov o Isaak Bábel. Hay costumbrismo, campesinos, retratos de terratenientes que enlazan con Almas muertas, también la misma mirada irónica de esa novela, quizá la búsqueda de la descripción de eso que se ha llamado, durante siglos, el alma rusa. Una noche de mayo o La ahogada, Una terrible venganza, Terratenientes del viejo mundo o Tarás Bulba son esa clase de relatos. La mirada compasiva a la vez que irónica y crítica son la marca de escritura de Gógol en estos relatos.

A partir de La avenida Nevski (página 498 de la colección), la escritura de Gógol da un paso adelante, quizá hacia le abismo del que hablaba Nabokov, o eso me parece, y nos enseña algunas de las herramientas, técnicas y miradas de los siguientes 100 años. Además del propio relato Avenida Nevski, encontramos La nariz, El retrato, El capote, La calesa, Diario de un loco y Roma. Hay ahí cuatro cuentos que son dignos de cualquier antología universal del relato corto. Avenida Nevski, La nariz, El retrato y El capote. La historia de La nariz es más o menos conocida (yo conocía la versión infantil de Gianni Rodari): un barbero se encuentra con una nariz que cree haber cortado esa mañana, al afeitar a un militar. El militar se despierta sin nariz y la vergüenza se superpone al asombro en su nueva existencia sin nariz. Tanto La nariz como El capote, que son probablemente los dos relatos más conocidos y reconocibles, anticipan a Kafka. El propio Kafka habla en sus diarios de la influencia de Gógol en su obra. La nariz dialoga con La metamorfosis, y El capote es una de esas desventuras de funcionarios a las que hoy en día se sigue llamando kafkianas. Un funcionario gris de nivel medio necesita un capote nuevo para presentarse en público y seguir en su trabajo. Su trabajo es su medio de vida y para él necesita el nuevo abrigo, y necesita el trabajo y su dinero para comprarse el nuevo abrigo. Es una situación parecida a la del personaje de Plácido con su motocarro y las letras del mismo en la película de Berlanga. ¿Es un cuento tan perfecto como anunciaba Nabokov? Es un cuento bastante perfecto, si se me permite la incongruencia en el uso de un adjetivo absoluto por definición. Pero creo que no lo calificaría como el mejor de su autor, opinión que reservaría para Avenida Nevski o incluso para El retrato.

El retrato es un relato que hoy en día calificaríamos de metanarrativo. Un pintor, que podemos entender que comparte sus dudas y aspiraciones con el autor literario, pinta o trata de pintar y se pregunta dónde estará esperándolo el reconocimiento, y cómo será. Cuando este llega, le agobia, ya que como suele suceder, le alcanza por una obra que considera menor. Las opiniones vacías, los lugares comunes, las esclavitudes de la fama y las dudas del arte, se van entrelazando perfectamente en una historia que ha coincidido en mis lecturas con Los reconocimientos, de William Gaddis, una novela de 1.400 páginas que a modo de caleidoscopio repite esos mismos temas.

A poco que uno haya leído, reconoce en estos cuentos de Gógol antecedentes claros de Dostoievski, Chéjov, Kafka o el propio Gaddis. Me da la sensación de que no tiene el reconocimiento en la genealogía de la literatura universal de la que sí disfrutan Chéjov o Dostoievski. Estamos hartos de oír adjetivos como chejoviano y dostoyevskiano pero no oímos que tal historia es gogoliana, cuando probablemente fuera lo justo reconocer esa deuda. La edición de Nevski está muy cuidada, es ideal para una lectura cómoda, los cuentos parecen bien traducidos (nada más lejos de mí que saber ruso, pero la escritura es fluida en todo momento), aunque en ocasiones ha faltado una buena labor de revisión, ya que se han colado erratas e inconcordancias que no deberían estar en una edición de esta presencia. Es un libro a leer, a tener a mano y repasar con frecuencia. Otro clásico a tener en cuenta por todos aquellos que aún no lo hayan hecho.

Seguiremos leyendo y comentando.

Felices lecturas


Sr. E

domingo, 28 de mayo de 2017

El jardín, de Ismael Grasa

El jardín, de Ismael Grasa (Ed. Xordica)

Uno de mis libros de relatos preferidos, una pequeña obra maestra de esas que sientes tuyas, es Trescientos días de sol, de Ismael Grasa (Xordica, 2007). Recuerdo que aquel libro sonó bastante (lo bastante que suena un libro de relatos en España, lo bastante como para ganar el Premio Ojo Crítico de Narrativa y como para que yo empezara a preguntar por él en librerías hasta que en la Feria del Libro de Madrid di con él).

Trescientos días de sol vive en mi estantería de los libros predilectos, y es uno de los libros de relatos con los que comparo las colecciones que escribo, y aunque sé que perderé en la comparación, lo que pretendo decir es que lo considero dentro del patrón oro de la narrativa breve española, junto a Gritar, de Ricardo Menéndez Salmón, Crímenes triviales, de Rafael Balanzá o Mala letra, de Sara Mesa. Entre otros.

Ismael Grasa fue finalista del Premio Herralde a los 26 años, en aquellos años 90 en los que los autores jóvenes copaban los premios literarios más importantes. No he leído aquellas novelas de Anagrama, solo lo conozco como cuentista. Puede parecer, que si uno empieza siendo finalista del Herralde y publicando en Anagrama, lo que venga después será una cierta caída. Menos distribución, menos medios. Pero quizá también más tranquilidad. Parece que Ismael Grasa escribe tranquilamente, a su ritmo (después del relativo éxito de Trescientos días de sol, pasaron 7 años hasta el siguiente libro de ficción, entre medias un ensayo sobre su experiencia dando clases, es profesor de instituto), sin presiones, lo que le va apeteciendo. Eso no tiene precio.

Lanzo una pregunta al aire. ¿Qué tiene Huesca para los cuentistas? Ismael Grasa, Carlos Castán, Cristina Grande, Óscar Sipán, todos nacieron en aquella provincia y forman, cada uno con su estilo y características, obras personales, apartadas de los carriles centrales de la literatura, en los márgenes en muchos sentidos.

Los relatos de Ismael Grasa son de estirpe inequívocamente realista. Uno coge un relato de Ismael Grasa y piensa en Cheever, en Carver, en Wolff. Los relatos son realistas pero no olvidan, en ningún momento, que la realidad está llena de dobleces y lugares oscuros. A veces el realismo peca de simplificador. No es el realismo de Ismael Grasa un realismo magro, lacónico, mínimo, que caiga en lugares comunes y frases que no arriesgan. Su estilo es lacónico, cierto, pero muy preciso y certero. El jardín, este libro, pasó desapercibido, o me pasó desapercibido. Es una pena que libros redondos se nos queden fuera del radar. Por suerte hay segundas oportunidades. No sabía de su existencia hasta que me lo tropecé en la biblioteca la semana pasada, y me dio una gran alegría. Me acompañó durante un viaje en tren y antes de llegar a mi destino ya estaba terminado. Luego repasé un par de cuentos durante el viaje de vuelta, y los he repensado. Es esa clase de libro.

El jardín es un libro que se sitúa en los márgenes. Desde un cierto distanciamiento, Ismael Grasa se torna en un observador agudo, y aunque no podemos decir que en sus relatos sucedan acontecimientos especialmente destacables, en el sentido narrativo sí están llenos de acción. La historia avanza constantemente, se desvía poco de su carril, no hay descripciones irrelevantes, no hay reflexiones gratuita. Son relatos magros, sin digresiones. Que conste que la digresión bien utilizada, bien engarzada, me parece un recurso muy bueno, y disfruto muchísimo con ellas. Soy un firme creyente en esa frase de Rodrigo Fresán que habla de ir de A a B, en lo narrativo, pasando por Z. Ismael Grasa no lo hace, utiliza un buen gps y llega de A a B. No resulta sin embargo previsible, no hay una receta que se adivine, es sencillo como lo es Chejov, no suena a solución fácil, a trillado.

De manera totalmente gratuita, y después de haber leído varias veces Trescientos días de sol, he establecido una especie de canon de Ismael Grasa. He decidido, arbitrariamente, que los relatos Mecedoras, Tablón de anuncios, Trescientos días de sol y No me gustan los psicólogos, incluidos entre los 12 de aquel libro, son la esencia, el destilado de la manera de escribir cuentos de Ismael Grasa. No sé ni explicar por qué, pero de alguna manera lo siento, como siento que si alguien me pidiera que le explicara qué es Cortázar con un relato, le diría: Los venenos, aunque estaría quizá apartando la mirada de otros muchos Cortázares posibles. Desde esa arbitrariedad, y sabiendo que me lo he inventado, he reconocido esas esencias de Grasa en El jardín.

El jardín está compuesto por cinco relatos que se van a las 25 – 30 páginas. Una característica de los relatos de Ismael Grasa que lo aleja, quizá, de sus compañeros de generación y camino, es que sus narradores no son escritores. Son seres más o menos anónimos, que miran, apuntan, observan, tienen miedo y se equivocan. Hay conserjes, jardineros, funcionarios aburridos, kioskeros, clase obrera ahora que está desaparecida. Hablan de ciudades medianas y de pueblos en la montaña. De hijos que no se comunican bien con sus padres, parejas que no funcionan, amigos que se odian, profesores que no se enteran de lo que va el juego. Sus personajes no paran de equivocarse, y la mirada del autor es siempre compasiva, o por lo menos comprensiva. ¿Quién no se equivoca 100 veces al día?, nos dice de alguna manera. Y como lectores, y como seres humanos equivocados, le damos la razón.

Los relatos de El Jardín se llaman Instrucciones de verano, El vigilante, Reflejo nocturno, Huellas de jabalí y El jardín. Los cinco merecen la pena, los cinco nos dejarán un rato pensando. Creo que es muy importante que las historias de un autor sean capaces de establecer un diálogo con nosotros. Y estas, y todas las que yo he leído de Ismael Grasa, nos hablan. Nos preguntan qué somos a base de mostrarnos qué son ellas. Totalmente recomendado.


Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E


viernes, 19 de mayo de 2017

La España vacía, de Sergio del Molino

La España vacía: Viaje por un país que nunca fue, de Sergio del Molino (Turner)

Hay un problema con las expectativas. Mejor dicho, tengo un problema con las expectativas. Con las previas a una lectura. A veces he esperado tanto para poder leer un libro que cuando llego a él ya me he hecho una imagen completa del mismo, leyendo críticas, oyendo comentarios, ojeándolo en librerías. Ya me he imaginado qué me va a decir el libro, cómo me va a hacer sentir, y solo puede ya, el pobre libro, decepcionarme. En ocasiones me pasa al revés. Algo se pone tan de moda, es tan insistente y tan falsa la afirmación de que es una maravilla, una obra maestra, un libro que no te permite volver a respirar igual, lo que sea, que cuando lo leo, y aunque le reconozca cierto mérito, nunca podrá pasar de eso, de cierto mérito, de psé, no está mal. Estos problemas son míos, claro, no de quienes han escrito los libros. Quizá de las editoriales y sus medios de propagando un poco más.

Llevaba, en cualquier caso, meses esperando leer La España vacía, de Sergio del Molino. Casi diría que estaba deseando leer el libro. Había oído un murmullo general de aprobación hacia él. Todos los que lo habían leído lo recomendaban. Y no me sonaba a una de esas histéricas campañas de unanimidad (como me pasa con Patria, de Fernando Aramburu), sino a sinceridad de lectores. Una clave creo que está en que La España vacía solo me la estaban recomendando personas que normalmente leen, y con meses de diferencia. Seguramente no era a mí a la única persona a la que le recomendaban leerlo, pues desde julio del año pasado estaba siendo una misión imposible dar con él en la biblioteca. Pero, por fin, hace 15 días, estaba libre. Lo vi buscando en el catálogo online y corrí a cogerlo antes de que me lo pudieran quitar.

Tengo, decía, un problema con las expectativas. En este caso, por suerte para mí, las expectativas no han sido un problema. Seguramente porque La España vacía ha superado todas las que tenía. La España vacía es un libro que te habla desde el principio, te mira a los ojos y te obliga a no apartar la mirada de lo que quiere contarte en ningún momento. El comienzo, recordando unos viejos episodios de vandalismo / terrorismo en zonas rurales de Gales en los años 90, dirigidos contra casas de veraneo y fin de semana de ingleses de la ciudad, ya nos sitúa perfectamente. Nos sitúa en dos realidades condenadas a cruzarse continuamente, y casi nunca a entenderse, la del campo y la de la ciudad. Los de ciudad, dice Sergio del Molino, que es uno de ellos, hacemos chistes sobre los de pueblo, tenemos prejuicios. Pero, y es el pero que muchas veces se calla, al revés no hay mucho más aprecio. El pueblo es a veces un lugar lejano, desconocido, que no es ni mucho menos tan plácido como nos podemos imaginar.

Sergio del Molino empieza diciéndonos que él, probablemente, treintañero, periodista y escritor, tiene más que ver con alguien de su edad, oficio y educación de cualquier ciudad del norte de Europa que con alguien de su edad que viva en la España rural y nunca haya compartido sus intereses. Las tribus se han ido desdibujando y nos relacionamos más por las afinidades electivas que por vecindad. No obstante, somos vecinos. Del Molino ha recorrido muchas veces lo que llama La España vacía, especialmente las provincias de Aragón, una comunidad con la población muy concentrada en una única ciudad, Zaragoza, y llena de comarcas y pueblos donde apenas viven 10 o 20 personas en el invierno, a veces menos. La España vacía que Sergio del Molino dibuja, siempre con respeto y siempre tratando de comprenderla, y sobre todo mostrando su incomprensión ante algunos puntos y actitudes, y avanzando desde ella, es Teruel y Huesca, es Guadalajara, Cuenca, Soria, en general el interior de España, aquellas zonas de las que se salió a mediados del siglo XX de manera masiva buscando nuevas oportunidades en Madrid, en Barcelona, en la costa mediterránea. La gente que se fue, hablando en general, nunca volvió, o nunca más de unos días en los veranos y vacaciones de Navidad. Ese fenómeno, como bien repite el libro, se produjo más o menos en todo el mundo, pero quizá en España fue más violento y dificultó más que se cruzaran las fronteras entre ambos mundos, ya que fue más tardío que en otros países, y más de aluvión, concentrado en unos pocos años y unas pocas ciudades.

El subtítulo del libro habla de un país que nunca existió. Nunca existió porque nunca se habla de él, solo cuando suceden desgracias. La España vacía solo aparece en las secciones de sucesos y cuando hay incendios y sequías. No marca la agenda de los políticos, como se suele decir. No está en el imaginario del cine ni de la literatura. Apenas centra reportajes. ¿Tienen sus habitantes derecho a sentirse ignorados? Sin duda. Los de la ciudad nos los imaginamos, ignoramos sus necesidades reales y aún nos permitimos burlarnos. Sus supuestos representantes políticos, esos diputados que hacen que un voto en Soria valga 5, 6, 7 veces más que en Madrid, apenas conocen la realidad de la zona, porque raramente son realmente de la zona. Las dos Españas que dibuja Sergio del Molino acercan sus espaldas para no verse y seguir viviendo en la ignorancia y el tópico.

El gran mérito del libro es que desmonta tópicos, nunca incide en lugares comunes, ofrece datos donde son necesarios (como por ejemplo que la población en la España rural ha aumentado en los últimos 50 años, lo que pasa es que a un ritmo mucho menor que en la España urbana, un dato que contextualiza muy bien) y se los guarda donde sólo nos avasallarían a los lectores, compara la realidad nacional con la de otros países, busca dónde tienen su origen los miedos del pueblo a la ciudad y viceversa, y en qué puntos no son más que los mismos miedos que se han ido repitiendo durante toda la historia, miedos que ya venían representados en la historia de la Torre de Babel.

La España rural siempre ha estado como un tema literario en España, al menos desde la generación del 98, que la paseó, la vivió, la sufrió. Hace pocos años hemos visto una cierta moda narrativa que dio en hablar de gente de la ciudad que llega al campo y se queda encandilada con los pueblos. La apuesta de Sergio del Molino me parece más honesta, no en cuanto a las intenciones, ya que desconozco la de aquellos narradores, sino en cuanto al propio libro. Del Molino ni idealiza ni estigmatiza la España rural. Está ahí, se nota que la ha pisado, paseado y pensado, y lo cuenta. El libro es profundo sin dejar nunca de ser ameno. Está muy bien escrito y trata de desmontar mitos e injusticias, y siempre lo hace con una sencillez clarividente. La escritura acompaña en todo momento, es la justa, y Sergio del Molino no ha tratado de lucirse en ningún momento, lo que se agradece mucho. Es un ensayo que merece la pena leer. Muy muy recomendable, pues se disfruta cada página y se aprende con él, no tanto datos o historias, como a mirar de otra manera una realidad tan cercana como alejada.

Seguiremos leyendo.

Felices lecturas


Sr. E

domingo, 14 de mayo de 2017

Estilo rico, estilo pobre, de Luis Magrinyà

Estilo rico, estilo pobre, de Luis Magrinyà (Debate)

Luis Magrinyà es escritor, editor, traductor y corrector. Leí hace tiempo Los aéreos, su primer libro de relatos, y me gustó; me gustaría releerlo. Leí su novela Habitación doble, que no me interesó especialmente. En cualquier caso, me llevé la impresión, con los dos libros, de que se trataba de un buen prosista, que son quienes deben dar consejos sobre el uso de la lengua a los que no lo somos tanto. Magrinyá también fue lexicógrafo en la RAE durante varios años. Con ese bagaje empezó a publicar en eldiario.es y en El País artículos sobre malos usos, cuestiones abiertas o abusos, que aparecen a la hora de expresarnos por escrito (no necesariamente periodistas o escritores, cualquier que ponga algo por escrito) y también, por qué no, cuando se habla a un nivel que se pretende que sea correcto (otra cosa es que estemos a un nivel informal o directamente vulgar, pero esa distinción ya la hace el autor al principio y nos ahorra andar con excepciones a los lectores).

Estilo rico, estilo pobre tiene un subtítulo más que aclaratorio: Todas las dudas: guía para expresarse y escribir mejor. Obviamente, el libro no resuelve todas las dudas, pero sí es muy útil a la hora de expresarse y escribir mejor. No resuelve todas las dudas y creo que de hecho su mejor cara es que nos hace pararnos a pensar en malos usos y modismos innecesarios y algunas veces incorrectos en los que no hemos reparado. Magrinyà nos hace ver que en el lenguaje literario aceptamos como naturales expresiones que nunca lo son, aunque a veces se introduzcan en nombre de la coloquialidad, sencillamente porque tenemos costumbre de verlas por escrito al leer. También acierta al hacernos notar la inexistencia o incorrección de expresiones, que de tan leídas, se nos antojan naturales, pero que tampoco lo son, como mascullar palabras, sacudir la cabeza o tamborilear con los dedos. Las hemos leído tantas veces que todos tenemos una idea de lo que quieren decir, pero desde luego no es porque lo dejen claro.

Estilo rico hace referencia a las florituras innecesarias con las que se carga con frecuencia el estilo escrito. En la búsqueda, precisamente, del estilo, y de que algo suene literario. Se abusa de las perífrasis en vez de tirar de verbos más limpios, se usan sinónimos rebuscados (o lo que es peor, sinónimos que en realidad no lo son, uno de los puntos interesantes del libro es darnos cuenta del mal uso de los sinónimos, pues tomamos con frecuencia por absolutos sinónimos que no lo son), adjetivos inadecuados, etc. Todo esto se hace en algunos casos con la noble intención, frecuente en cualquier corrección de textos, de evitar repeticiones, y en otros sencillamente porque parece que como diría Stephen King en su libro Mientras escribo, era demasiado sencillo decir que un personaje estaba cagando pudiendo decir que realizaba un acto de defecación. Otra de las coincidencias con Mientras escribo está en el capítulo dedicado a los verbos dialógicos, los que van acompañando un diálogo y que deberían ser siempre lo más invisibles a la lectura posible, pues cuando se ven y nos hacen reparar en ellos, molestan. El estilo pobre es el defecto contrario, usar un vocabulario poco preciso, utilizar hiperónimos y no conseguir una definición suficientemente precisa de algo, repetir continuamente las mismas palabras, caer en vulgarismos y barbarismos, incorporar traducciones mal hechas del inglés sin ser conscientes ni del origen de esas expresiones invasoras.

Uno de los puntos más interesantes es ver cómo la traducción (a veces exclusivamente la mala traducción o la traducción vaga y sin matices, de diccionario bilingüe y desconocimiento del uso real del idioma original, normalmente el inglés; otro tema es que haya expresiones que no sean verdaderamente posibles de volcar a otro idioma) se va colando en un mal camino inverso en el uso del español que hacemos, y por qué aparecen expresiones fantasma, que suelen venir de traducciones inexactas, que a fuerza de repetirse se contagian, pasan al castellano escrito y al final acaban naturalizándose y siendo utilizadas por los escritores autóctonos. Magrinyà nos da un buen surtido de ejemplos de malos usos, algunos de verdaderos maestros de la novela. Supongo que para que nadie pueda quejarse, también incluye sus textos de ficción entre los ejemplos.

Da miedo escribir una breve reseña de este libro (¿o es sobre este libro? esta es la clase de dudas que nos genera), que todo escritor, pero también todo escribidor y simplemente quien tenga que entregar con cierta frecuencia un trabajo por escrito o enviar una carta, debería leer y tener a mano. Da miedo, decía, porque la voz de Luis Magrinyà (voz que desconozco, pero digamos la voz de Luis Magrinyà que yo me he imaginado) ya me amenaza con latigazos cada vez que dudo. Es, ya para siempre, un libro que tener a mano cada vez que nos inclinemos sobre el teclado.

Seguiremos leyendo, y tratando de escribir correctamente.

Felices lecturas


Sr. E

martes, 9 de mayo de 2017

Lo que no está, de Jesús Barrio

Lo que no está, de Jesús Barrio (ReLee)

Doy unos pocos datos: Es el primer libro de Jesús Barrio. Tiene 12 relatos. Fin de los datos. Ahora paso a las batallitas: Por diversos motivos, leí este libro a principios de marzo, luego pensé que quería dedicar el mes de abril a hacer un cierto balance de mi vida como lector de novela y llené el blog de listas, después terminé abril analizando un par de novelones, y el caso es que ahora que he vuelto al relato, he tenido que releer el libro para refrescar algunas notas de lectura que tomé entonces. Empiezo diciendo que lo releído me ha gustado más que la primera lectura, lo cual, según mi manera de entender la literatura y la lectura, es quizá lo mejor que se puede decir de un libro, de este o de cualquiera. No se agota a primera vista, sino que mejora, matiza.

Empiezo hablando de prejuicios: de los míos, que soy el lector. La lectura es un estado de ánimo, habrá dicho alguna vez alguien. Por poner un ejemplo que todos entendamos, no cualquier lector, por habitual que sea, vale para leer La broma infinita, de David Foster Wallace, y ni aún el más fervoroso lector de Foster Wallace puede leerlo seguido ni en cualquier momento de lectura. Quiero decir que mis dos acercamientos a Lo que no está se encuentran separados por dos meses, los días de lectura habrán sido distintos, etc. Hablaba de prejuicios, empiezo por los negativos: No confío demasiado en los talleres literarios ni en lo que puedan enseñar. Jesús Barrio viene del taller, concretamente de los de Eloy Tizón e Isabel Cañelles. Está recién salido del taller, y casi me lo puedo imaginar con un mono azul, y la editorial que ha apostado por él también. Por explicarlo brevemente, Relee es un proyecto puesto en marcha hace poco más de un año por los propios Tizón y Cañelles para darle una primera oportunidad editorial a los alumnos de sus talleres. Ellos, claro, lo explicarán mejor y con más detalle https://relee.es/

También hay prejuicios que nos sitúan a favor de un libro antes de leerlo. También los tenía. Básicamente dos: Eloy Tizón y Ricardo Menéndez Salmón. Eloy Tizón ha sido elegido, quizá sin que él mismo lo pretenda, como pope del relato corto en España. Me daba confianza respecto a este libro que lo hubiera seleccionado Eloy Tizón entre los manuscritos que pasen por sus manos, que serán muchos. Todos los que escribimos relato en España y tenemos menos de cuarenta años hemos pasado por Velocidad de los jardines como hemos pasado por los Nueve cuentos de J. D. Salinger. O eso me parece. O eso debería suceder. Quien no haya pasado por ellos, debería volver atrás y hacerlo ya. Yo tuve un momento de profundo amor a ambos libros, luego un descortés desapego, después relecturas más maduras que me hicieron darme cuenta del peso específico de los dos libros, de sus valores y de lo peligrosos que son como modelos de escritura, cada uno en su mundo que a ratos son casi opuestos. Tizón es un escritor brillante y que incita a escribir como él cuando se le está leyendo, y me imagino que más aún si es el profesor de uno, pero lo que él hace no funciona en general. A él le funciona, y basta ver Velocidad de los jardines o Técnicas de iluminación, o Parpadeos, que nunca se cita pero a mí me parece un libro muy bueno, quizá mejor que Técnicas de iluminación. Pero Tizón es un autor raro. En la eterna separación entre Chejov y Poe, en el combate Carver contra Borges, ¿dónde está? Yo lo pongo en el bando de Borges y Cortázar, pero desde luego tiene su propio hueco, se ha cavado con personalidad su trinchera. Esa escritura, esa prosa poética que se construye como una pintura al óleo y que a veces parece no estar narrando (que de hecho muchas veces está de espaldas a lo que es propiamente dicha una narración) no funciona como método general de escritura. Me complace ver que Lo que no está no se cae por los caminos de imitar esa brillantez desbocada. Lo que decía, que me lío: Si viene con el sello de Eloy Tizón, esperaba algo bueno. Segundo prejuicio positivo: Ricardo Menéndez Salmón firma el prólogo. Aunque El sistema, su última novela, no me convenció, Menéndez Salmón es uno de los escritores españoles que más me interesa, y además de un gran novelista es un muy buen cuentista (siempre cito Gritar entre mis libros de relato preferidos). Relee creo que hace una cosa muy bien, que es buscar prologuistas para los libros de sus nuevos valores. Es algo que está en desuso pero que creo que da confianza al lector. Si les gusta a Eloy Tizón y a Ricardo Menéndez Salmón, al menos debo echarle un ojo, eso pensé.

¿Por qué desconfío de los talleres? A veces leo y edito relato de autores que me los hacen llegar y en ocasiones detecto al autor de taller por su corrección y su neutralidad. Lo peor que se puede ser en escritura es correcto y neutro, sin más. A veces me da la sensación de que en los talleres les dijeran: “no arriesgues y así no fallarás”. Y escribir es arriesgar. ¿Me he encontrado con eso en Lo que no está? Por fortuna no. Aunque la escritura es comedida y solo se recrea con cierta frecuencia en las metáforas (algunas más afortunadas que otras), no da la sensación de que el autor haya estado siguiendo únicamente pautas. Aunque pautas hay. El libro va mostrándonos narradores en primera y en tercera persona, cambios de voces, digresiones, pura narración, omnisciencia, deficiencia, diálogos, como si no quisiera dejar algo sin usar. Tan frágil como el hielo es un relato que trata de mostrar todos los trucos que el autor sabe hacer y creo que una historia que es probablemente la más ambiciosa del conjunto acaba no resultando redonda. Me parece como si una vez conocidas todas las herramientas del taller, quisiera emplearlas, no dejar nada por hacer. Es una decisión respetable, pero en general me atraen más los autores que apuestan a fondo por su voz, con sus excesos, abusos, desequilibrios, pero, a falta de una mejor palabra, autenticidad.

Uno de los puntos fuertes del libro es que nunca entra en un realismo manido que pueda derivar en costumbrismo. Todo se mantiene siempre en un equilibrio inestable entre la realidad sin más: historias de gente que se siente sola, esencialmente, eso es este libro pero es que eso es la literatura, gente sola que reflexiona sobre lo que ha perdido, pero todo tiene un cierto toque en la mirada que se eleva por encima de esa mera imitación de la vida. Un escritor es al menos al 50% mirada, creo que sobre todo los cuentistas, y Jesús Barrio sabe mirar. Mira tanto que uno de los mejores relatos de la colección, El pestañeo de la estatua, nace de una fotografía que el protagonista mira.

¿Lo que no está es un buen título? A mí personalmente me gusta que las colecciones tengan el título de uno de sus relatos, y creo que lo propio es que ese relato en cierto modo condense el espíritu del libro. En este caso creo que es así. Lo que no está es un relato muy conseguido, triste, más que triste desazonador, porque nos propone mirar la vida que hemos vivido y encontrarla vacía. Y nos hace preguntarnos si a veces no sería mejor no tener pasado. Si hay un tema que define el libro es la pérdida. No pensemos en duelo, sino en esa saudade ridícula de la que habla Pessoa en El libro del desasosiego, en ese echar de menos lo que nunca hemos tenido. Eso es Lo que no está. Me imagino, y aquí especulo gratuitamente, que el autor también jugaba en el título con la propia metarreferencia al mundo del relato, a esa parte que no está explícitamente en el relato pero que es la otra historia, la clave que marcaba Piglia, el iceberg de Hemingway. Jesús Barrio juega bien a contar una historia en primer plano y dibujar la otra en la sombra. Este es un buen primer libro, sólido y que funciona como un conjunto, en el que se notan quizá demasiado las influencias, pero es lo normal. Ahora debe ir construyendo su personalidad literaria, que aquí se intuye pero no acaba de mostrarse madura. Estaremos pendientes de sus siguientes vuelos en solitario.

Felices lecturas


Sr. E

miércoles, 3 de mayo de 2017

Trilogía inacabada de Toronto, de Robertson Davies

Asesinato y ánimas en pena y Un hombre astuto, de Robertson Davies (Libros del Asteroide)

Empecemos con una pregunta previa: ¿Quién le debe más a quién: La editorial Libros del Asteroide a las novelas de Robertson Davies, o nosotros a la editorial por traernos al autor canadiense? Lo pregunto porque sus libros son una base sólida de su catálogo, de los que mejor se venden (nunca en modo bestseller, pero sí como un fiable número de ventas anual), y de las que sin duda han ayudado a darle una imagen de editorial literaria sólida, con criterio propio y visión. El quinto en discordia, la primera entrega de La trilogía de Deptford, fue el primer éxito de la editorial y les hizo coger visibilidad. Pero a nosotros nos dio la posibilidad de leer esa magnífica trilogía. Así que probablemente estamos en tablas.

Hasta donde yo sé, antes de las ediciones de Libros del Asteroide, Destino había editado en los años 90 con escasa repercusión estas dos novelas (las dos que Davies llegó a escribir de su proyectada Trilogía de Toronto) que ahora he releído (y que había leído en las viejas ediciones en bibliotecas). Es un misterio por qué hay libros que en algunos momentos no funcionan. Pienso en estas novelas de Robertson Davies, o en las de William Gaddis que también se tradujeron en los 80 y 90 y nunca tuvieron demasiado eco. No es que hoy en día sean temas de conversación en cualquier mesa de café, pero las ediciones de Libros del Asteroide y Sexto Piso sí han tenido su éxito entre los lectores exigentes.

Yendo por fin a la Trilogía de Toronto, su primer volumen: Asesinato y ánimas en pena, empieza con el espíritu de un hombre que acaba de ser asesinado por el amante de su mujer de una manera inesperada y casi ridícula. La novela es una reflexión en tiempo propio sobre la muerte. Qué es estar muerto, cómo es la muerte, qué se descubre al llegar a ella, y cómo se interacciona con el mundo que uno ha dejado, desde ese ánimo de espíritu irónico y casi burlón, con los que se quedan vivos. Estructuralmente es muy hábil, porque empieza hablándonos desde la muerte, y no solo desde ella, sino desde una muerte ridícula que Connor Gilmartin, su narrador, parece haberse tomado con mucha filosofía y sentido del humor. Si algo nunca falta en las obras de Robertson Davies es filosofía y sentido del humor. Y quizá en esta última trilogía, tal vez por la avanzada edad del autor (rondando los 80 años, y que moriría sin completarla) las referencias a la muerte y a lo que pueda haber después son más frecuentes. Pero parece que todo el mundo en estos libros considera que puede afrontar la muerte, si no en paz, al menos con cierta perspectiva armónica.  

Connor Gilmartin es el jefe de la sección de cultura de un importante diario de Toronto, donde también trabaja su esposa, Esme, y el amante de esta que acabó matándolo, al que llaman burlonamente El husmeador, pues es crítico de teatro, y le encanta husmear referencias en cualquiera de las obras que va a ver. Connor Gilmartin se cuela, después de muerto, con su asesino, en un festival de cine, y ahí vamos entendiendo, poco a poco, cómo es su nueva percepción del mundo. Las películas van pasando pero él no las ve como tales, sino que se va metiendo en sus propias películas, películas de época que van retratando Toronto en los siglos anteriores y a sus antepasados. Con esa estructura de cuentos que se genera, unas historias son más brillantes o interesantes que otras, pero el libro avanza ágilmente. Poco a poco, por escenas, nos irá transmitiendo una idea de la vida y la muerte, la lucha por la existencia, la importancia de la historia y lo conquistado.

El padrino de Connor Gilmartin, Jonathan Hullah, es el narrador de la segunda parte de la Trilogía de Toronto, Un hombre astuto. Un hombre astuto es como lo llamaban (con ciertas dudas en la traducción, debo decir) dos vecinas que tuvo en su consulta durante años, una pareja de lesbianas inglesas llegadas a Canadá a conseguir cierta libertad. Las trilogías de Davies no son (por suerte) sagas que hay que leer en un cierto orden, son tres novelas que comparten algunas referencias, personajes, pero que son esencialmente novelas independientes.


Un hombre astuto me parece un libro más redondo que Asesinato y ánimas en pena, y en este caso es Esme, la viuda de Gilmartin, la que acude a Hullah para entrevistarlo para una serie de artículos titulados El Toronto que fue. Hullah va tirando del hilo de la memoria y acaba escribiendo, a partir de algunas diarios, sus memorias. En ellas se verá ayudado por cartas y anotaciones sobre su persona de sus vecinas inglesas. La excusa argumental es recuperar un momento sucedido en la vecina iglesia de St. Aiden a mediados del siglo XX, la muerte de un párroco al que muchos calificaron de santo y atribuyeron milagros casi instantáneos.

Hullah, un médico bastante particular, cercano al humanismo, interesado por la religión y la filosofía, analiza ese caso, pero antes hace un repaso por su vida. Desde su infancia en un lejano pueblo del interior de Ontario hasta su llegada a un internado en el que conoce a quienes serán sus mejores amigos, y donde en un guiño a La trilogía de Deptford se adivina la figura como profesor de Dunstan Ramsay, el narrador de aquella. Uno de aquellos amigos, Charlie, acabaría siendo sacerdote. Aparte de sacerdote, también alcohólico, y morirá bajo la vigilancia y cuidados postreros de Hullah, y su persona tuvo algo importante, fundamental, que ver con la muerte de aquel párroco al que calificaron de santo.

Los diarios y memorias de Jonathan Hullah analizan en profundidad una ciudad, Toronto, un país, Canadá, y prácticamente un siglo, el XX. Con esa graciosa mezcla de erudición y narración eficiente, característica de Robertson Davies, iremos avanzando en los años rememorados, hasta llegar al presente de la narración, desvelando el misterio del párroco de Saint Aiden y dejándonos a la espera de una nueva novela que ya nunca llegó, y que me atrevo a aventurar que hubiera estado narrada por Esme, la mujer de Connor Gilmartin y cómplice de su asesinato al principio de la trilogía, que termina casándose con un importante hombre al final de Un hombre astuto.

La prosa de Davies es siempre firme y potente. Mezcla narración cercana con erudición, y habla desde una óptica que a veces es conservadora, a ratos es liberal (en un sentido anglosajón del término), en otros es descreída, a ratos parece abrazar la esperanza de la religión (aunque parece siempre más fascinado por los ritos que por las esencias, y de hecho el propio Hullah iguala en algunos aspectos religión y teatro, dos de sus intereses). No podemos leerlos sin que algunas de sus reflexiones nos chirríen por desfasadas o políticamente incorrectas, pero no podemos olvidar tampoco lo que estamos leyendo, puro siglo XX, con todo lo bueno y malo que tuvo, y no debemos olvidar que igual que Jonathan Hullah nos dice sobre las enfermedades, estas, sus nombres y sus definiciones, han cambiado con los años y los siglos. Han desaparecido males y han aparecido otros nuevos. Se han inventado tratamientos. Davies es un autor siempre notable, siempre brillante, siempre envolvente, al que leer si no se ha llegado aún a sus novelas. Mi recomendación sería empezar con El quinto en discordia (primera entrega de La trilogía de Deptford) o con Un hombre astuto, su último libro. Pero cualquiera de sus obras traducidas en Libros del Asteroide merecerá la pena.

Seguiremos leyendo y dejándonos atrapar.

Felices lecturas


Sr. E