lunes, 15 de octubre de 2018

El simple arte de escribir, de Raymond Chandler


El simple arte de escribir, de Raymond Chandler (Emece)

Desconfío, supongo, de los libros que enseñan a escribir tanto, al menos, como de los cursos de escritura. Y supongo, también, que uno es, como todo ser humano, contradictorio e incoherente. Nunca he ido a uno de esos cursos pero sí he leído algunos de esos libros. Los que nacen de profesores de talleres no me han interesado y nunca los he terminado, pero sí han sabido interesarme los de aquellos que son, ellos mismos, buenos escritores. También se aprende, sin más, de los diarios o memorias de esos escritores, pues para cierto nivel de autores la literatura y la vida son lo mismo. Quienes aún me escuchan cuando hablo de libros y de escritura, saben que Mientras escribo, de Stephen King, me parece un muy buen libro, honesto, divertido y útil.

Diría algo parecido de El simple arte de escribir, de Raymond Chandler. El mes pasado releí un par de historias de Marlowe durante mis viajes mañaneros en metro, y en una visita a la biblioteca me traje, de entre sus obras, esta recopilación de sus cartas (más del 90% del material son cartas, a colegas, editores, revistas, lectores, profesores). Es un libro con sus más y sus menos, en el que se detecta un cierto tono de suficiencia del autor (pero Chandler tal vez estuviera en condiciones de permitirse algún grado de suficiencia). Hay pocos consejos como tales, pero sí mucha prensa rosa entre escritores, mucha hipocresía, y reflexiones lúcidas, sobre el oficio solitario, sobre los editores y los lectores, sobre las historias que unos escriben, cuánto se desvían de lo que pretendían escribir, y a quiénes pueden llegar.

Y yo no molesto más, me aparto y os dejo con algunas cosas de Chandler:

No obstante, por fallida que sea su filosofía, el credo realista que domina nuestra literatura no se debe tanto a las malas teorías como al mal arte. Para ser un idealista, uno debe tener una visión y un ideal; para ser un realista, solo un ojo mecánico y laborioso. De todas las formas del arte, el realismo es la más fácil de practicar, porque de todas las formas mentales la mente chata es la más común. La persona menos imaginativa y menos educada del mundo puede describir chatamente una escena chata, como el peor constructor puede producir una casa fea.


Nunca he tenido mucho respeto por la capacidad de agentes, editores, productores teatrales o cinematográficos para saber qué querrá el público. Los antecedentes están contra ellos.



Considero esta frase como una vergüenza para la prosa inglesa. No dice nada y lo dice sonoramente, estereotipadamente y sin sintaxis.


Hasta Hemingway me desilusionó. He estado releyendo mucho de él. Habría dicho que ahí había un tipo que escribía como era, y habría tenido razón, pero no del modo en que quería decirlo. El noventa por ciento es la más condenada autoimitación. En realidad nunca escribió más que una historia. Todo el resto es lo mismo en diferentes lugares, o con diferentes partes. Llega un momento en la vida en que las rimas escritas en las paredes de los baños de las estaciones ya no son obscenas, sino horriblemente aburridas.


Los editores y otros deberían dejar de preocuparse por la pérdida de clientela que pueda causarles la televisión. El tipo que puede soportar un trío de anuncios de desodorantes para mirar a Flashgun Casey y tragarse los elogios a cervezas o a planes usurarios de crédito para poder ver a un par de boxeadores de cuarta frotándose las narices contra las cuerdas no es alguien que vaya a perder tiempo leyendo libros.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

lunes, 8 de octubre de 2018

En el corazón del corazón del país, de William H. Gass


En el corazón del corazón del país, de William H. Gass (Ed. La Navaja Suiza)

Mi único contacto con William H. Gass había sido como prologuista de mi edición (de la editorial Sexto Piso) de Los reconocimientos, de William Gaddis. Ambos, Gaddis y Gass (de hecho Gass bromeaba en el prólogo de Los reconocimientos con que lo habían confundido con Gaddis más de una vez) son dos de los autores más conocidos y nombrados del posmodernismo estadounidense, maestros de Foster Wallace, por ejemplo. No he leído las novelas de Gass (que en algunos casos no han sido traducidas al español, y en otros apenas lo han sido, y hace mucho tiempo), así que no puedo establecer la comparativa con las de Gaddis. En la medida en que su labor como cuentista sea representativa de su narrativa en general, el autor de En el corazón del corazón del país es un narrador más cercano a lo clásico, desde luego (aunque, por supuesto, hay peros).

El primer relato de esta colección tiene casi cien páginas, lo que la acerca a la novela corta, aunque sus características (yendo a los cánones clásicos) la mantienen en mayor medida en el relato que en la novela corta. Se trata de El chico de los Pedersen, un texto que Richard Ford incluyó en su Antología del cuento norteamericano (Galaxia Gutenberg – Círculo de Lectores, 2002). Es, con cierta diferencia, el mejor texto del libro, y su inclusión en esa antología está más que justificada, pues se trata de un relato que bien podría valer por un curso entero de narrativa y escritura creativa. Dividido en tres partes y narrado desde la perspectiva de un adolescente atemorizado por la realidad de su propia casa, nos cuenta una pequeña historia de terror doméstico. Digo terror porque es la principal sensación que produce en el lector, terror, agobio, angustia. Terror al modo que encontré hace unos meses en los cuentos de Shirley Jackson. Sin ningún elemento sobrenatural, no, pero con algo que podemos llamar una presencia que no se retira. La del entorno violento en el que se mueven estos personajes, al borde de la tormenta, personalizado en el padre del chico que nos cuenta la historia. Un borracho violento que se porta como un dios arbitrario repartiendo castigos y alguna que otra recompensa. Alguien que odia profundamente la vida, la suya y por extensión la de los demás. Un tipo con el que la convivencia y la comunicación son imposibles y que odia a sus vecinos, los Pedersen. Hay muchas teorías que relacionan el terror con el color blanco (un terror filosófico que puede seguirse desde Moby Dick, que está en La narración de Arthur Gordon Pym, un terror que emparenta la nieve con el espacio vacío en el que no se transmiten sonidos). El chico de los Pedersen es un relato con una presencia continua de la nieve y por lo tanto del frío y por extensión del terror. El chico de los Pedersen, ese chico, aparece en la casa del narrador, al borde de la congelación, casi helado, sin que se sepa muy bien en ningún momento de dónde llega, cómo ha llegado hasta allí. Ese chico de los Pedersen, al que intentan socorrer, parece estar muerto. Y los esfuerzos de quienes le ayudan, por lo tanto, condenados a la inutilidad.

El primer y mayor de los esfuerzos, el que crea la sensación de inevitabilidad y de miedo a lo cotidiano en el lector es el de ir a despertar al padre, borracho, para pedirle whisky. El chico de los Pedersen, sobre la mesa de la cocina, como una pierna de cordero mal descongelada para alguna comilona navideña, agoniza, y el padre no colaborará fácilmente. La corporeidad de ese chico, la manera en la que lo manipulan, los golpes que le dan involuntariamente y que les hacen temer que la cosa pueda empeorar (pero, ¿realmente puede empeorar? ¿acaso está vivo?) van generando uno de los grandes malestares del texto, o al menos me lo han provocado a mí. Y mientras su cuerpo espera alguna ayuda concreta, mientras no saben muy bien qué hacer con él, van surgiendo las preguntas. ¿De dónde viene? ¿Por qué? ¿Cómo se le ocurrió salir de casa cuando se avecinaba esa tormenta? ¿Acaso huía de algo mucho peor que la nieve?

Y esa sospecha final los hace recorrer el camino inverso, ser ellos los que salen en la nieve rumbo al encuentro con la verdad, como exploradores en tierra ignota. Buscan encontrarse con la verdad o con algo que se parezca ligeramente a la verdad, aunque lo más verdadero con lo que se van a ir encontrando es con sus rencillas y odios, con sus limitaciones, y con cierta esperanza, la del hijo viendo que en el fondo su padre, alcohólico, violento, odioso, no es más que un infeliz, y que quizá más que miedo debería tenerle piedad. El chico de los Pedersen, en su lectura, me ha ido remitiendo por el lado obvio a Faulkner y Cormac McCarthy, pero también a un chejovismo trabado con el realismo sucio e incluso con los ecos del terror clásico.

El chico de los Pedersen ya es prácticamente un libro que merece lectura individual. Después del subidón literario que produce terminarlo, seguir con el libro se me hizo difícil, porque los relatos posteriores me parecieron mucho más planos, ramplones y poco interesantes. Lo achacaba, decía, a la comparación con El chico de los Pedersen, con el que siempre perderán. La señora Ruin, el segundo, una mirada satírica sobre las señoras correctas de los pueblos y las ciudades de provincias, no me dijo nada. Carámbanos, el siguiente, es quizá incluso más flojo. Repito que tal vez sean dos buenos relatos, pero leídos el día siguiente a El chico de los Pedersen, se me antojaron inanes. En Carámbanos nos encontramos con un vendedor atrapado (espiritualmente pero en un sentido que acaba revelándose también físico). Estuve a punto de dejar ahí el libro. Con el primer relato ya me había compensado la lectura. Pero pensé (y bien) que si el relato que daba título a la colección era el último, por algo sería.

Antes de llegar a ese último relato está El orden de los insectos. Este sí es un buen cuento. Uno de esos de asco e incomodidad, que se apoya en uno de los clásicos de la literatura, la invasión de seres que no han sido invitados, esos insectos que se adueñan de todo y nos producen asco. Algunas de las mejores páginas de la literatura han partido de ahí (de Casa tomada de Cortázar a La metamorfosis de Kafka). Un ama de casa va virando (al modo de una verdadera transformación, casi de una epifanía) del asco y el malestar inicial a una especie de fascinación, entre el morbo y el verdadero interés (casi diría afecto) por esos habitantes de su casa. El cuento se lee con un gesto de extrañeza en la cara (¿pero qué más le pedimos a un buen relato?) y es realmente bueno. Me hizo recuperar la fe en el libro y llegar con ganas al último relato.

En el corazón del corazón del país (que es un título que me encanta, que me parece muy difícil de superar) se recrea en la realidad del Medio Oeste, que es donde Gass sitúa esta pequeña historia escrita de América (me refiero en general al libro, todo él situado en pequeñas ciudades entre lo rural y lo urbano, en un paisaje medio, en ninguna parte, en lo que se podría llamar con tópica condescendencia el corazón del país) y allí nos mete en una especie de cuaderno de notas de un escritor que vive allí. Aislado, mirando por la ventana, filtrando el frío en sus páginas, nos asomamos a su corazón, que es un órgano que late de manera comunitaria (muchas de las entradas de ese texto entre el diario y la libreta de notas de un autor están escritas en la primera persona del plural). El texto va juntando textitos encabezados por un pequeño título. No están estrictamente relacionados pero van formando, poco a poco, algo en nuestra cabeza. Ese fragmentarismo en el corazón del país nos abre, poco a poco, la puerta al corazón de ese mismo corazón. El frío se va volviendo calidez, nos identificamos (porque ese lugar que no es ninguna parte es tan normal que podría ser el lugar en el que vive cualquiera) con los personajes que pasean por esas notas y acabamos sintiéndonos habitantes de esa misma realidad, y con el libro de cuentos en otro de sus máximos.

Aunque la diferencia de nivel entre tres de los relatos (El chico de los Pedersen, El orden de los insectos y En el corazón del corazón del país) y los otros dos sea casi un precipicio, la lectura del libro en su conjunto está más que justificada. Así como quizá esté justificada la carrera de un escritor si simplemente es capaz de escribir tres relatos de esa altura. Como también puede estar justificada la traducción de algunas de sus novelas premiadas (al menos esas), para que podamos juzgarlas.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

jueves, 27 de septiembre de 2018

Guerrilleros, de V. S. Naipaul


Guerrilleros, de V. S. Naipaul (DeBolsillo)

V. S. Naipaul ganó el Premio Nobel en 2001. Un año después lo ganó J. M. Coetzee. La sensación que siempre he tenido, leyéndolos a los dos, es que no se ha vuelto a repetir un encadenamiento (y entre los motivos siempre poco claros de quienes dan este premio entre los premios sé que debía haber algo así como reconocer la literatura poscolonial) de escritores de esa talla, y que no habrán sido tantos los que se hayan dado en las últimas décadas. Y esto lo digo sintiendo a Coetzee como uno de mis escritores predilectos y a Naipaul como un autor al que generalmente no he logrado entrar, con cuyas obras no he sabido conectar con facilidad, o me ha costado mucho. Tras el Nobel su obras fue más o menos traducida al español, estuvo accesible en librerías y bibliotecas, a finales de la década de los 2000 hubo un par de biografías que lo mostraban como un ser humano deplorable y cercano a un monstruo (ante lo que nuestras sociedades fácilmente escandalizables gritaron un: “¡Oh! Un escritor casi genial que es un verdadero hijo de puta en su casa. ¡No nos lo esperábamos! ¡Qué horror!”). Aquello fue en 2008 o 2009, y recuerdo un titular de prensa que decía: Un prodigio de escritura y mezquindad. Una década después, supongo que se hubiera pedido (y tal vez logrado) que sus libros fueran purgados de las bibliotecas y librerías, de los centros escolares que pudieran tenerlos. Lo más sorprendente del caso, o así me lo sigue pareciendo, es que uno de aquellos libros era su biografía autorizada, de un autor con el que había colaborado para su redacción.

Dejando el personaje de Naipaul al margen, el tema es que este verano me vi en Asturias pasando unos días sin ningún buen libro en la maleta (porque por algún estúpido motivo parecía que había decidido echar dos libros malos). Aproveché una visita a Oviedo para ir a la famosa (y estupenda) librería Cervantes y compré unos cuantos libros de bolsillo. Uno fue Guerrilleros, de Naipaul. Ya decía que mi experiencia previa con Naipaul no había sido del todo satisfactoria. Siempre que había leído alguno de sus libros (y lo había intentado muchas veces), había visto a un muy buen escritor con una gran capacidad para la observación y la extracción de conclusiones y de ligar ideas aparentemente dispersas de un modo original. Sus libros de viajes (India y Entre los creyentes) me habían interesado mucho, así como Leer y escribir. Como autor de ficción, ni Un recodo en el río ni Una casa para Mr. Biswas, quizá sus dos novelas más conocidas y celebradas, me habían dicho nada especial. Veía que estaban trabajadas por un buen escritor (un muy buen escritor, quizá), pero era como si no me afectaran.

Pese a ello, compré Guerrilleros. No sé por qué pensé que me gustaría. Y me metí pronto en sus páginas, dibujos y trama. Guerrilleros es una novela plenamente de su época (está escrita a mediados de los setenta, cuando los guerrilleros, de Fidel Castro y el Che Guevara a los sandinistas aún despertaban una admiración más o menos transversal; creo que los últimos guerrilleros con los que se tuvo esa consideración fueron los zapatistas a mediados de los noventa en Chiapas, puede que el Subcomandante Marcos fuera el último de esa estirpe que se hizo popular y simpático en el primer mundo). La novela nos lleva a un país africano donde hay una guerrilla más o menos revolucionaria, alabada desde la metrópoli (Londres en este caso, como capital del Reino Unido y prácticamente del mundo), incomprendida desde la realidad cercana, mitificados y criticados a partes iguales. Una periodista británica viaja a entrevistarse con su líder, el carismático Jimmy Ahmed. Ahmed habla como un místico, y vive rodeado de aduladores. Jimmy Ahmed también despierta la fascinación de sus visitantes (más que sus huéspedes), Jane y Roche. Ella está embrujada por su figura, y él desconfía. Él, precisamente ha vuelto a un país del que había salido hacía años para ser el relaciones públicas (y esa figura creo que es una de las claves del tono de la novela, la sensación, ya en 1975, de que lo importante era vender el discurso, fuera comercial o político) de una empresa con un sucio pasado esclavista. Algunos de los que están entre los seguidores de Jimmy parecen estar conspirando para heredar su sitio. Los poderes establecidos, esos poderes que se ponen caretas de década en década y país en país, ceban el poder local de Ahmed porque saben, en el fondo, que no es preocupante.

A Naipaul, que nació en una lejana colonia británica del Índico, siempre le han interesado los temas de la identidad y la ocupación (y las posibilidades de tener una identidad propia entre imposiciones, y las de liberarse de esa ocupación). A Naipaul se le ha acusado de rencoroso y de racista, de colonialista y de anticolonialista. Aunque creo que realmente Naipaul no escribió esta clase de libros con una ideología clara detrás, no escribía para exponer unas ideas e incluso tratar de convencer a los lectores de algo. La sensación que da Naipaul es que no acababa de entender el mundo que se estaba formando en las antiguas colonias británicas y entre fascinado y descolocado, trataba de describir el choque entre palabra y hechos, entre antigüedad y modernidad.

Jimmy Ahmed, la figura que está en el centro de Guerrilleros, se mueve como un pez en el agua en la tensión entre la palabra revolucionaria y el hecho milenario de la tierra y sus realidades. No es casual que muchas revoluciones, como esta, hablaran de la reinversión de la tierra. Guerrilleros, y quizá por eso me ha gustado más que otras novelas de Naipaul que había leído, está llena de diálogos, hay menos narrador y menos reflexión. Los diálogos hacen ruido en este libro, son palabras huecas que suenan a profundas, son una representación perfecta de lo rimbombantes que llegan a ponerse los políticos cuando se sienten ungidos, elegidos para llevar a cabo una misión trascendental. Ante todo ese ruido, es normal que Jane y Roche acaben sintiéndose confundidos. Y una de las ideas claves de la novela es, más que el ruido, cómo este puede acabar abotargando el sentido crítico de quienes se ven envueltos en él. Uno termina de leer Guerrilleros con la sensación de haber abierto un documento histórico que posee algunas claves, y por otro lado de haber mirado por una ventana que sigue abierta al mundo.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

viernes, 21 de septiembre de 2018

Cementerio de animales, de Stephen King


Cementerio de animales, de Stephen King (DeBolsillo)

Si tuviera que elegir, creo que elegiría esta novela como mi preferida en la (irregular) producción de King. Así como pienso que en general es un cuentista de primer nivel, y sus ensayos son de lectura más que interesante para cierta categoría de lectores y escritores, su obra como novelista peca de repetitiva y demasiado abundante. No digo nada demasiado original si digo que tal vez King podría haber sido el autor de 8 o 10 excelentes novelas y decidió ser el autor de 5 o 6 muy buenas novelas y 40 que son más bien de relleno, de lectura entretenida (eso prácticamente siempre) y poco poso.

Cementerio de animales forma parte para mí de sus mejores novelas (junto con El resplandor, Salem´s Lot y Misery, a veces con La zona muerta, Apocalipsis o incluso Ojos de fuego) y después de releerla este verano diría que la pongo en el primer puesto. Recuerdo hace ya años un artículo de Rodrigo Fresán en el que se preguntaba, como lector de King, cuánto tiempo hacía que, estrictamente hablando, no daba miedo. Venía a cuestionarse, Fresán, si no se le habría quedado para siempre la etiqueta de rey del terror pero esta se había ido vaciando de contenido. King ha aspirado, tal vez, a escribir la gran novela americana desde la óptica de la narrativa de género. Y si bien la etiqueta de Gran Novela Americana le queda grande a El Resplandor, hay que admitir que resiste la comparación con las obras de otros muchos eximios candidatos a los que sin embargo nadie cuestiona. Aquella pregunta de Fresán tenía una gran parte de razón. King ha ido derivando hacia un costumbrismo que cada vez ocupa más espacio en sus novelas, en las que el terror, cuando aparece, parece llegar con prisa, para resolver algo, como si él mismo acabara de darse cuenta de que es el rey del terror y debe actuar como tal antes de acabar de contar su historia. Le quedan a veces novelas que no dan tanto miedo y sobre todo que quedan resueltas con prisa, con cierto atropello y por lo tanto con un resultado menos redondo del que podrían haber tenido (vuelvo a la idea inicial, la renuncia, honesta quizá, pero renuncia, a redondear más sus libros y conseguir una nota media de notable alto en vez de entregar con asombrosa periodicidad novelas que se mueven entre el bien alto y el notable bajo).

Este verano saqué de la estantería Cementerio de animales y me dispuse a su relectura. Las relecturas siempre dan un poco de miedo, y creo que dan más miedo cuando son relecturas de libros que tocan, al menos parcialmente, a aquel que fuimos en la adolescencia. Aquel que fui en la adolescencia lo pasó bien leyendo Cementerio de animales, sin duda. Peca de los excesos afectivo – sentimentales de muchos textos de King (ese inicio con la llegada a la nueva ciudad, la casa que nadie quería pero de la que todos se enamoran, y sobre todo ese vecino del que de inmediato se puede pensar, de puro encantador y cercano, que ojalá hubiera sido el padre de uno), pero pronto (muy pronto) empieza a dar mal rollo. King coge (en 1983) un tema tan manido (aunque no tanto en 1983 como hoy en día) como el cementerio indio sobre (o junto al, en este caso) el que el hombre blanco ha edificado imprudentemente. Un sitio del que sería mejor mantenerse lejos pero al que todos en ese pueblo han acudido en una u otra situación, porque quienes lo conocen bien, y son conocedores de su secreto, saben que allí, los animales muertos, resucitan.

La novela que daba miedo y mal rollo cuando yo tenía 17 o 18 años es de auténtico pavor a mi edad, y con 2 hijos pequeños. Porque King se mete de lleno en uno de los mayores miedos de la sociedad, la muerte de un niño pequeño. Y lo hace poco a poco, envolviéndonos en espirales malsanas que nos van abrazando y guiando hacia donde pretende.

Así que la novela nos lleva a un primer acto en el que el gato de la familia Creed, el gato adorado por la hija, es atropellado por un camión en la carretera (una carretera de la que les advierte el afable vecino desde el mismo momento en el que llegan) mientras la mujer y los dos hijos están fuera. Louis Creed, médico, hombre racional, no sabe qué hacer, y ese vecino adorable, Jud Crandall, haciendo el papel de Mefistófeles, le ofrece ir al viejo cementerio de animales y enterrar allí al gato. A la mañana siguiente un gato parecido al que fue, pero ya siempre más tonto, más frío, más desagradable y dado a mostrar un sadismo que antes no conocía, aparece por la casa como si no hubiera pasado nada. Y en cierto modos se ven más cómodos en el papel de fingir que no ha pasado nada, y que ese gato que huele a tierra húmeda y removida, es el de siempre.

La pregunta que cualquiera se haría, conociendo como ahora lo conoce Louis Creed, el secreto del cementerio, es, ¿y las personas? ¿Funciona con las personas? ¿Alguien lo ha intentado? Cuando le pregunta a su vecino, primero recibe evasivas, y finalmente este le cuenta el caso de un vecino del pueblo que perdió a su hijo en la guerra y que decidió volver a tenerlo a su lado. Lo que volvió, aparte de torpe y frío, era malo, y conocía los secretos de todos. Pero hay cosas en las que es mejor no pensar. De las que no se habla. Y no se habla hasta que un día sucede algo horrible y Gage, el hijo pequeño de la familia Creed, acaba muerto. Todos se quedan en shock. Lo entierran. Lloran. No entienden nada. No entienden lo esencial de la muerte y lo monstruosa que resulta en circunstancias así. Pasados unos días, una idea empieza a rondar por la cabeza de Louis. El vecino, que sabe lo que piensa hacer el padre, decide hacer guardia para evitarlo, pero claro, como es viejo, se queda dormido en el instante preciso. Su mujer, que estaba fuera, de visita en casa de sus padres (con los que Louis no se lleva nada bien), nota algo extraño en su voz por teléfono y decide volver a toda prisa, entre tormentas de nieve, aviones y coches alquilados (una odisea contra el reloj y contra el mal que recuerda llamativamente a aquel Dick Hallorann cruzando el país para salvar al pequeño Danny Torrance y acabar con un hachazo en la espalda nada más cruzar las puertas del Overlook). Nada servirá. El pequeño Gage Creed ha vuelto y es un pequeño demonio, un zombi (aunque quede claro que esa terminología no se usa en la novela) insensible que busca lo peor de cada uno y lo azuza, que agrede y está más que dispuesto a hacer daño e incluso a matar. Louis Creed, que decidió resucitar (entre comillas) a su hijo, que se atrevió a ser, si no Dios, algo parecido, lo hizo pensando que sería mejor tener algo que no tener nada. Y ante ese hijo que ha vuelto debe replantearse sus creencias y pensar seriamente si no sería mejor estar con nada que con eso.

La parte final de la novela es angustiosa. Y se la dejamos intacta al lector que quiera que le revuelvan los sentimientos y le generen un malestar del que cuesta olvidarse.

Seguiremos leyendo. Y a veces, releyendo con temor.

Felices lecturas

Sr. E

viernes, 14 de septiembre de 2018

Cosmópolis, de Don DeLillo, una lectura al vuelo


Apunte rápido sobre el futuro pasado (2003). Cosmópolis, de Don DeLillo

Entre tantos calificativos tan exagerados que se dedican con generosidad a escritores que no los merecen, siempre he pensado que cuando se habla de Don DeLillo o de J. G. Ballard como autores proféticos o visionarios, la exageración es (al menos) algo menor.

Iba esta mañana en el metro releyendo algunas páginas de Cosmópolis, una novela menor dentro de la producción de DeLillo, una novela hasta cierto punto fallida (pero entendámonos: fallida a un nivel que si fuera la primera novela de algún autor español al que interesara promocionar serviría para ponerle un montón de fajas promocionales llenas de maravillosos reclamos y muchos signos de exclamación) que dio lugar a una película también hasta cierto punto fallida del siempre interesante e irregular David Cronenberg, una película fallida en la que el actor de Crepúsculo interpreta a uno de aquellos sociópatas que dominaban la economía mundial a principios de la década de los 2000. Porque de eso va la novela, de sociópatas esencialmente, y está construida a base de frases brillantes que combinadas una con otra dan lugar a diálogos que a veces chirrían. Lo que quería decir es que en esta novela de 2003 (qué jóvenes éramos en 2003 todos, ¿no?) me he encontrado con el siguiente fragmento (pg. 64 de la edición de Booket):

- Parece que corre un rumor que implica al ministro de Economía. Se supone que tendrá que dimitir en cualquier momento –dijo ella–. Algún escándalo debido a un comentario tergiversado. Todo el país anda analizando con lupa la gramática y la sintaxis del comentario. Tal vez ni siquiera fue algo que dijo adrede, creo. Fue cuando hizo una pausa. Andan a la greña intentando dotar de sentido a la pausa. Podría ser incluso más profundo que la gramática. La misma respiración podría ser.

Pues eso. Visionarios. 

Seguiremos leyendo nuestro futuro en los libros pasados. 

Sr. E

domingo, 9 de septiembre de 2018

Cronometrados vs. Historia alternativa del siglo XX


Dos ensayos para aprender y divertirse: Cronometrados, de Simon Garfield (Taurus) e Historia alternativa del siglo XX, de John Higgs (Taurus)

Cuando yo estudiaba la carrera de Físicas, había dos grandes escuelas de libros, especialmente a partir de tercero de carrera (con asignaturas cada vez más específicas, y en las que ya era muy raro encontrar libros escritos por profesores españoles y más o menos adaptados a las asignaturas tal y como se concretaban en la Complutense). Los libros de universidades americanas y sus profesores, y los libros que venían de la (extinta) escuela soviética. Los segundos eran secos, duros, pero muy completos y con todas las demostraciones y relojería matemática que sostenía y justificaba los temas. Los americanos, por contra, tenían márgenes más amplios, más ejemplos prácticos y fotografías, su lectura era menos tediosa, pero a veces resultaban menos rigurosos y se saltaban demostraciones y pasos de cálculo (que el estudiante debía entonces deducir por su cuenta). Hay un tipo de ensayo, habitualmente anglosajón, que es como esos libros. Son divertidos, están llenos de anécdotas concretas, se siguen como narraciones bien construidas, cohesionadas, dan ganas de llevarlos en el metro, en el bus, a la playa, a la piscina, leer un poco más antes de dormir, y se aprende con ellos (al menos se tiene esa sensación de estar aprendiendo).

He leído recientemente dos de estos libros, uno detrás del que llevaba un par de años (Cronometrados) y otro que apareció a mi paso en la biblioteca y también decidí coger (Historia alternativa del siglo XX). Crometrados, cuyo título completo es Cronometrados: Cómo la humanidad se obsesionó con el tiempo, es un libro que recorre, desde un punto de vista histórico – filosófico, el proceso por el que el tiempo, su medida (incluyendo sus instrumentos de medida), sus consideraciones, consecuencias, relaciones con todos los aspectos de la vida, fueron ganando importancia, realmente, visto como se ve en el libro, en un periodo corto y muy reciente, en poco más de siglo y medio. Una de las cosas que vemos en el libro es que fue necesaria la aparición de sistemas nacionales de ferrocarriles en Reino Unido y Francia para que se comprendiera que hacía falta que la hora fuera única y la misma (imaginemos que la hora oficial fuese distinta en la ciudad de partida y de llegada de un viaje, eso pasaba, ya que la hora oficial en cada ciudad dependía del reloj de la iglesia primero y luego del ayuntamiento).

El libro está escrito al modo de una recopilación de artículos y pequeños estudios, lo que hace que algunos sean más redondos que otros, además de que a cada lector le interesen más unos aspectos u otros. Garfield se mueve con soltura por los aspectos científicos del tiempo, y enriquece sus capítulos con anécdotas que a veces son muy divertidas. Lo más divertido, como siempre en estas cuestiones, son los conspiradores que se oponen a lo inevitable, por ejemplo aquellos que se oponen a los cambios de año y (todavía hoy en día) intentan que no llegue el año siguiente, y cada 1 de enero intentan boicotearlo. El tiempo es una clave en los biorritmos y en la música, por ejemplo, y tienen sus respectivos capítulos. También son muy valiosas las reflexiones que Garfield hace sobre el aprovechamiento del tiempo, algo que en principio es un bien pero que si se mira desde otras ópticas nos puede hacernos preguntarnos: ¿aprovechar mejor el tiempo, para qué? Porque en general, quienes nos sugieren que aprovechemos mejor el tiempo lo hacen para que podamos dedicar aún más tiempo al trabajo y a la productividad. Garfield ha leído y nos resume decenas de libros sobre aprovechamiento del tiempo (que por definición son incoherentes), que aparte de consejos que pueden ser útiles (las famosas listas, priorizar las tareas …) sugieren por ejemplo reducir las amistades. Vemos el extremo del Soylent, una comida en polvo, que se prepara en un vaso de agua y se toma en un minuto y que en teoría (y puede que incluso sea cierto, aunque como bien dice Garfield no se sabe nada de sus efectos a largo plazo) contiene todos los nutrientes necesarios. Quienes lo idearon (y quienes idearon otras marcas alternativas) defienden que se ahorran unas dos horas diarias en cocinar, comer y limpiar después. ¿Nos imaginamos un mundo en el que la gente quede con sus amigos para tomarse un vaso de esos preparados? Es otra pregunta que nos lanza el autor.

Historia alternativa del siglo XX no es, como pueda sugerir su título (como a mí me sugirió, menos mal que fui a echarle un ojo y vi que era otra cosa), un libro de historia que trate de explicarnos el siglo XX como alguna clase de conspiración de poderes oscuros que intentan que no conozcamos la verdad (sea lo que sea la verdad, en términos absolutos). Lo que hace Higgs, y lo que a mi parecer lo convierte en un libro muy valioso, es coger el siglo XX, tal y como lo conocemos, y analizarlo de otra manera. No cambia en su análisis qué es el siglo XX sino cómo ver el siglo XX, lo que finalmente conlleva, claro, que se modifique la visión de qué fue. Higgs pone el foco en algunos temas e ideas que considera claves del siglo XX, bien porque nacieron con él (ideas como la relatividad, la cuántica, el arte contemporáneo, la posmodernidad, el caos, algunas corrientes filosóficas) o bien porque se modificaron sustancialmente (el dinero, el ocio, el sexo). Hablando de posmodernidad, el libro es esencialmente posmoderno, pues va tocando distintas pistas, momentos y lugares, formando así, poco a poco en nuestras mentes, un tapiz completo, donde el significado se va completando, esos temas se van relacionando y completando unos a otros.

Los dos libros comienzan (o prácticamente comienzan) con una misma anécdota, el atentado que se produjo el 15 de febrero de 1894 (ya se sabe que el siglo XX es un estado de ánimo, y no tiene por qué empezar exactamente en una fecha correcta) contra el observatorio de Greenwich, a donde el anarquista francés (y como bien dice Higgs no confundamos lo que significaba ser anarquista en el siglo XIX con lo que pueda significar hoy) Martial Bourdin acudió con una bomba que le explotó antes de llegar, causándole la muerte. Es un atentado que nunca se entendió del todo (¿contra el tiempo? ¿contra la uniformidad, al modo de un atentado que prefigurara los movimientos anti – globalización de finales del siglo XX?) y que inspiró la novela El agente secreto, de Joseph Conrad, que me dieron muchas ganas de leer a partir de estos libros. No es la única coincidencia entre ambos textos, ya que el tiempo, su concepción y el valor que le damos (o que no le damos) ha cambiado mucho durante el siglo XX y lo que llevamos del XXI.

Son dos libros que entretienen, acompañan, nos enganchan y nos enseñan algo. ¿Qué más le pedimos a una buena lectura veraniega?

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

domingo, 2 de septiembre de 2018

Vuelta al cole, vuelta al blog


VOLVEMOS AL COLE, REGRESAMOS AL BLOG

Se ha pasado el verano (tan rápido como siempre, tan improductivo como casi siempre). He leído bastante durante estos dos meses, y ahora, antes de lanzarme a la vuelta al cole, quiero ordenar un poco esas lecturas. Porque la memoria se desvanece y a veces antes de creer que sea posible has olvidado qué pensaste realmente de ese libro que durante su lectura creíste que seguro que recordarías siempre. He leído bastante ensayo (en general con buenos resultados), cuentos, he releído clásicos, retomado algunas novelas de la última temporada (ahí me he encontrado de todo), y como cada verano he tirado de novela negra y género de terror, aunque este año casi nada de género ha acabado de satisfacerme. Ha habido libros buenos, malos y regulares, libros malos que me han satisfecho durante su lectura, libros buenos que al día después de terminarlos empezaron a parecerme regulares, y viceversa.

Por resumir un poquito:

Ensayos:
Ensayos que me han gustado mucho, porque me han parecido francamente originales, me han ayudado a aprender cosas que desconocía mientras los leía con avidez, porque son muy ágiles y están bien escritos, con ritmo y mano de narrativa de primera, libros en resumen que recomiendo firmemente: Cronometrados: Cómo el mundo se obsesionó con el tiempo, de Simon Garfield e Historia alternativa del siglo XX, de John Higgs.

Un ensayo que leí en una tarde (es cierto que son unas 150 páginas a un espaciado y tamaño de letra generoso), me absorbió, fascinó, del que señalé varios pasajes pero que no sé si recomendaría para cualquiera: Del boxeo, de Joyce Carol Oates.

Un libro entre las memorias y el ensayo, que me ha entretenido bastante en ratos junto a la piscina y con el que me he reído y emocionado: Sin embargo, también es un libro que no deja de ser en gran medida una cámara oculta en las cocinas y cotilleos de chefs, como un buen programa televisivo de Alberto Chicote, por lo que supongo que lo recomiendo especialmente para quienes puedan disfrutar de un buen programa de Chicote o acudiendo a Netflix de los que hacía el recientemente desaparecido Anthony Bourdain, autor del libro Confesiones de un chef.

Narrativa más o menos clásica:
Un clásico que no había leído y vaya, menudo libro: Solaris, de Stanislaw Lem. Me habían gustado mucho los libros de Lem que había leído hasta ahora. Pero nunca había conseguido entrar, cuando lo había intentado, en las páginas de la que es probablemente su novela más conocida. Este verano ha sido el momento, y es una novela de primerísima. Nivel caviar.
Relacionado con Solaris, también he leído un ensayo (una pequeña colección de ensayos, más bien), de Andrei Tarkovski, quien dirigió la película. Se llama Atrapad la vida: Lecciones de cine para escultores del tiempo, y aunque no ensaña nada (concreto) sobre cine, sí enseña mucho sobre los juegos artísticos con el tiempo y el modo de ver el mundo para crear arte con él.

Un clásico que no había leído y que me ha gustado pero tampoco colocaría en un altar: El agente secreto, de Joseph Conrad. El incidente en el que se inspira esta novela (la explosión de una bomba en el observatorio de Greenwich, algo relacionado con una organización anarquista pero que nunca se aclaró demasiado bien) apareció en mis lecturas de Cronometrados e Historia alternativa del siglo XX, y en ambos se citaba la novela. Así que decidí leerla. Y ciertamente me gustó. No había leído nada de Conrad (quizá algún relato de marineros, creo), y me ha parecido un narrador clásico, solvente, eficiente, de los que dice en cada momento lo que pretende, organiza perfectamente la estructura. Pero que quizá me ha dejado algo frío con su escritura. La novela, en cualquier caso, entre la historia reciente (para Conrad era casi actualidad), el misterio y la filosofía política, es interesante, y la situaría, de mi bagaje lector, en algún punto más o menos intermedio entre Dostoievski y Graham Greene, y si quizá Greene se parece demasiado a Dostoievski por la sensación que siempre transmite sobre la culpa del ser humano, podemos cambiarlo por Le Carré.

Relecturas que me ha encantado hacer: Ruido de fondo, de Don DeLillo, Cementerio de animales, de Stephen King, Crímenes triviales, de Rafael Balanzá, La Isla del Tesoro de R.L. Stevenson y Me casé con un comunista, de Philip Roth. Aprovecho por cierto la escasa visibilidad de este blog para pedir a los editores de Rafael Balanzá (pasados, presentes y futuros) que se planteen la posibilidad de reeditar Crímenes triviales, este estupendo libro de cuentos, que fue un título minoritario en 2007 cuando salió, es muy difícil de encontrar pero encantará a cualquier lector de relato que no lo haya leído aún, y que contiene en gran medida las claves que ha ido desarrollando luego en sus novelas.

Narrativa contemporánea:
Un libro que no conocía, me regalaron y me ha sorprendido muy gratamente: Estabulario, de Sergi Puertas. Un buen amigo, gran lector y estupendo escritor, me regaló este libro hace unos meses. No había encontrado su momento y llegó una de estas semanas de verano. El primer cuento tuvo esa cualidad de dejarme K.O. de la que hablaba Cortázar. Los demás cuentos son muy interesantes. Irregulares (lo normal y esperable en un libro de cuentos), pero muy personales (lo cual siempre es un valor a defender en tiempos de talleres literarios y uniformidad). Supongo que la tentación de hablar del fantasma de Ballard es muy fuerte, pero creo que más que Ballard hay que referirse a ese futuro – presente paralelo tecnificado y frío que representa la serie de Black mirror. Algo así son estos cuentos.

No tenía interés en este libro, lo cogí sin mucha esperanza en la biblioteca y me enamoró: El dolor de los demás, de Miguel Ángel Hernández. La historia es un poco más complicada, porque en mayo acudí a la presentación del libro en La Central, estaba sinceramente interesado en el libro, aquella presentación me aburrió soberanamente (lo siento), me salí a los 20 minutos, perdí interés en el libro, y por suerte la literatura sigue siendo mucho más potente que las impresiones personales y los circos. El libro (quizá porque habla de una zona vecina a la mía, de una realidad que no ha sido la mía pero sí la de mis abuelos, la vida en la huerta, quizá porque cualquier pequeña comunidad está llena de secretos, miradas y malentendidos) me apasionó, aunque no es (pese a lo que dice la editorial) El adversario, de Carrère, aunque recurre en exceso a la herramienta de decir: “no sé si debería estar escribiendo este libro”, aunque renuncia al final a esclarecer nada sobre el crimen que está investigando. Aunque podría ponerle muchas pegas, la lectura fue una de esas en las que te enfrascas y no quieres salir, de la que hablas con quien está contigo, un libro que recomiendas en el momento y que recomiendo ahora, un mes después, uno de los mejores que voy a leer, seguro, en 2018.

Dos compras veraniegas: Elegí mal algunos libros para algunos viajes y me vi obligado a acudir a librerías con la urgencia de no tener qué seguir leyendo (saludos a los amigos de Códex en Orihuela y a la gente de Cervantes, en Oviedo). Un mal nombre, la segunda novela de la saga Dos amigas de Elena Ferrante volvió a meterme en su mundo, al que accedí hace un par de años y al que no había vuelto, y supongo que sus libros (densos, pegajosos, bien escritos y adictivos) son lo que entiendo que debe tener una lectura veraniega. El otro libro que compré fue Guerrilleros, de V.S. Naipaul. Es un libro que relacioné con El corazón de las tinieblas, de Conrad, aunque como he dicho no lo he leído, así que realmente lo relacioné con la película de Coppola y con lo que sé de la novela, más bien. Naipaul es un escritor fascinante, me han gustado mucho algunos de sus libros de viajes, pero siempre que he leído su narrativa me ha parecido un narrador torpe, que se traba (entiéndase que dentro de un nivel altísimo de escritor, quiero decir que narra mucho peor de lo que reflexiona y ata ideas; es un observador muy original y un narrador un poco más ramplón). Guerrilleros, quizá porque es pura fibra, corta y toda ideas, no se ha atascado. La leí de seguido, fascinado por todo ese ruido de falsos revolucionarios (que me hizo pensar en los iluminados de DeLillo), por las realidades reales (valga la floja definición) e ideológicas de África, por las tensiones entre ambas.

Lecturas fallidas: Por distintos motivos (no excluyo que mi momento lector no haya sido el adecuado con ellos, nunca lo excluyo como motivo) no conseguí entrar del todo (y con algunos aguanté hasta bastante más allá de las 100 páginas) en El traje del muerto, de Joe Hill, La gran novela americana, de Philip Roth, Intrusión, de Tana French y Réplica, de Miguel Serrano Larraz.

No me ha parecido para tanto: Vuelvo a decir que seguramente sea mi culpa como lector, pero desde luego no me ha parecido que las novelas de Pedro Mairal que ha publicado Libros del Asteroide sean las maravillas de las que había oído hablar. La uruguaya me dejó bastante frío, y Una noche con Sabrina Love me pareció que tenía más alma, me tuvo más interesado, pero tampoco me pareció una joya.

Lecturas que cruzarán del verano al curso conmigo: Una novela rusa, de Emmanuel Carrère. A finales de junio acudí a una charla de Carrère en la Casa de América de Madrid. Habló en general de su obra, de la ficción vs. la no – ficción, y de sus libros. Tanto él como la presentadora (Mercedes Monmany) parecieron coincidir en que se podía decir que su mejor libro era Una novela rusa. Recordaba haberlo leído (al menos parcialmente, al menos haberlo durante algunas páginas en algún affaire en la biblioteca), y no recordaba haber encontrado ahí nada parecido al diamante. Pero las primeras lecturas son peligrosas, y nunca se sabe. De Carrère hay libros que me encantan y otros que prácticamente detesto, lo que hace, supongo, que sea uno de esos pocos autores a los que siento la tentación de leer, por ver en qué bando caerán sus libros. Lo he empezado. Me mantengo neutral, de momento. En el corazón del corazón del país, de William Gass. De William Gass yo solo sabía que era el prologuista de la edición de Los reconocimientos de William Gaddis que tengo en casa, y que en dicho prólogo cuenta que los habían confundido varias veces (por la similitud de los nombres y su adscripción a una cierta corriente del posmodernismo americano). El título es magnífico, y eso no se puede discutir. Es una pequeña edición (de una para mí desconocida hasta ahora editorial, La navaja suiza, a la que prestaré atención en el futuro). El libro contiene un cuento bastante largo – prácticamente una novela corta (aunque si nos ceñimos a las condiciones del cuento clásico, es lo que es, un cuento, aunque tenga casi 100 páginas y no sea clásico, aunque tampoco para nada posmoderno) y cuatro relatos más fáciles de identificar. He leído, de momento, ese primer cuento tan largo, El chico de los Pedersen, que Richard Ford incluyó en aquella antología del cuento norteamericano de más de 1.000 páginas que he traído alguna vez de la biblioteca y de la que he leído cuentos desperdigados (y que acaso vuelva a traer y a leer, visto el nivel de uno de los cuentos que no había leído). El chico de los Pedersen es simplemente, y a la vez de un modo complejo, en muchos aspectos, magnífico. Magnífico a un nivel que permitiría que alguien se convirtiera en un buen cuentista simplemente leyéndolo con profundidad, desarmándolo y aprendiendo a armar un artefacto parecido. Magnífico al nivel de que si los demás cuentos se acercan siquiera un poco, diré que el libro es imprescindible. Por su tono y sordidez me ha recordado las páginas más famosas de Faulkner, pero por su aliento (no sé describirlo mejor, pero alguien me entenderá), lo he encontrado en la línea de los mejores cuentos de Saul Bellow.

Cuentos completos de: Isaac Bashevis Singer. Los estoy leyendo tranquilamente (habré leído unos 14, tiene 47 la colección). Es un cuentista de primer nivel, imaginativo, embaucador, realista, todo a la vez, dominador del lenguaje, mago de la estructura. Un libro para tener en casa y releer con frecuencia. Creo que me durará, cuento a cuento, al menos hasta final de año.


Por fin he terminado de leer: GB84, de David Peace. He tardado meses en concluirlo, y no porque no me haya gustado, que me ha ido encantando en todo momento, sino por su densidad, en dos aspectos, el formal – literario, y el del substrato ideológico. Las huelgas mineras que David Peace cuenta, aquellos duros enfrentamientos anti – Thatcher, las trapacerías que llegó a cometer el Estado británico contra algunos de sus ciudadanos con tal de no darles la razón (una idea que he encontrado en el documental Wild wild country, no soy un fanático de las series y creo que el 95% del catálogo de Netflix es perfectamente prescindible, pero este documental me ha ocupado mucho, porque lo he visto lentamente, poco a poco, tratando de encajarlo, al revés de como parece que deben verse las series, y en él también he encontrado esas trampas que el Estado estaba dispuesto a cometer sin sonrojarse). GB84 no es el Red Riding Quartet de David Peace (que es un monumento), pero es una novela – testimonio de primerísima, un reto, un réquiem por la clase obrera que desaparecía, que desapareció, que ya no existe. Relacionándolo con esta idea, y siendo el prologuista Daniel Bernabé (reconozco que no leí el prólogo antes de la novela y no lo he leído todavía), llego a dos libros sobre los que he oído muchos comentarios (y leído artículos) este verano, que de momento dejo en lecturas pendientes, porque son temas que me resultan interesantes pero sobre los que prefiero no leer con todo el ruido ambiental encima (aunque por la naturaleza de los libros no sé si alguna vez se podrán leer sin ruido), La trampa de la diversidad, de Daniel Bernabé y Arden las redes, de Juan Soto Ivars.

Han quedado pendientes, cuando los consideré libros a leer en algún momento de este verano; serán, supongo, lecturas de otoño: Los Buddenbrook, de Thomas Mann, Trilogía de los sonámbulos, de Hermann Broch e Historia argentina, de Rodrigo Fresán.

De muchos de estos libros he ido tomando notas de lecturas, y bastantes de ellas se convertirán (me imagino) en reseñas en las próximas semanas.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E