jueves, 14 de febrero de 2019

Oficio, de Serguei Dovlátov


Oficio, de Sergei Dovlátov (Fulgencio Pimentel)

¿Es muy arriesgado decir que a mediados de febrero ya sé que he leído el que probablemente sea el mejor libro de este año para mí? Quizá sea mucho decir, no sé. Pero creo que no me equivoco demasiado afirmándolo. En la vida de todo lector hay x momentos especiales en los que se topa con libros o autores inesperados, esa clase de libros o autores que le hacen caerse de su sillón de lector, normalmente ya desgastado y acomodado por los mismos nombres, los mismos temas y los mismos títulos. Sería muy interesante poder acceder a esos x libros de cada lector y que nos explicara cómo, cuándo y por qué le llegó a las manos ese título y qué sintió. Hablo de esos pocos libros de los que decía Nabokov que se leían con la espina dorsal. Nabokov restringía el uso a esas llamadas obras maestras, y en junio tuve la suerte de escuchar a Cartarescu hablando en la Feria del Libro sobre esas sensaciones de lector, unas señales que recorren la columna y que él no sentía con Nabokov, aunque sí, siempre, con Dostoievski, a quien Nabokov aborrecía (o al menos valoraba escasamente). Más mundano, me imagino, la última vez que recordaba haber notado de verdad ese escalofrío había sido con La novela luminosa de Levrero y Submundo de Don DeLillo, en ciertas páginas de Solenoide de Cartarescu.

Leo muchos libros que me entretienen, otros que me obsesionan durante un tiempo, otros que solamente me acompañan y también leo muchos en los que encuentro, además de la compañía como lector de un buen libro, rastros de una muy buena labor literaria, méritos técnicos indudables, pero que son otra cosa. Ese latigazo que echaba en falta, me ha recorrido hasta cierto punto con Oficio, de Serguéi Dovlatov. No creo que Nabokov (quien falleció en 1977) llegase a leer a Dovlátov (cuya popularidad, si alguna vez ha pasado de los mínimos de la popularidad, empezó a ser tal en la década de los 80).

Tiene usted que confesar sus errores.
¿Qué errores?
Eso no importa. Lo esencial es confesar algún error. Reconocer algo. ¿Es usted un ángel o qué?
No soy ningún ángel.
Pues confiéselo. Todos tenemos algo que confesar.
Pero es que no me siento culpable de nada …
¿Fuma?
Fumo, sí. ¿Por qué?
Con eso basta. Fumar es un hábito nocivo e insensato. ¿Está de acuerdo? Entonces, escriba: “Arrepentido de mi insensatez, solicito que …”. Y luego mencione el libro. Confiese algo, pero en forma nebulosa, enigmática. Escriba al primer secretario, Kebin …
¿Usted también ha tenido que acusarse de algo alguna vez?
Cómo no. Montones de veces. Lo tengo casi por costumbre.
¿Y de qué tipo de cosas se ha acusado?
Pues … De preparar un atentado contra Uborévich. Menos mal que justo por esos días detuvieron a Uborévich. Si no recuerdo mal, por el atentado contra Blújer … Y a Blújer, por el atentado contra Yakir. Y a Yakir …

Me ha llegado ese momento Dovlátov y debo decir que hasta cierto punto me lo esperaba. Me explico: El año pasado leí dos novelas del autor ruso: La extranjera y Retiro. Ambas me gustaron, ambas me parecieron obra de uno de esos autores de los que se podría decir, parafraseando a Levrero, que iba bastante más allá de escribir bien o hacerlo mal, era uno de esos autores que estaba apostando la vida en lo que estaba escribiendo. Lo que he ido viendo de Dovlatov, y lo que este libro confirma (ampliado) es que Dovlatov es un autor y su material narrativo es, esencialmente, la vida de Serguéi Dovlatov, ciudadano soviético, después residente americano, pero esencialmente escritor, y dentro de esta gran familia, de la subespecie de los fracasados.

Estaba desconcertado. Había decidido vender mi alma a Satanás, ¿y a qué condujo todo aquello? A que acabé regalándosela. ¿Puede haber algo más patético?

¿Es entonces un (otro) libro de autoficción? En gran medida, pero tampoco nos dejemos confundir por las etiquetas, ni perdamos de vista que autoficción son algunas de las mejores novelas de Philip Roth o de Bolaño. No se trata de ejercicios de desnudez y exhibicionismo, para nada. La mirada literaria se nota, se ve el embellecimiento (el formal, el que a veces exige que se rebajen las condiciones de la realidad para acercarlas a la parodia) de lo escrito, hay un autor trabajando sobre el material, descartando a veces el camino verosímil por considerar que no es el más adecuado.

En horas perdidas traté de dilucidar un asunto: ¿quién tiene realmente posibilidades de ser publicado?
Pude documentar siete categorías:
1. Autor conocido, burócrata literario eminente, cuyo mismo nombre ya sirve como salvoconducto. (Ciento por ciento de probabilidad).
2. Profesional del aparato de bajo nivel, amigo personal de Sajarnov. (Probabilidad del sesenta por ciento).
3. Funcionario de organismo paralelo, con el que haya que vivir en armonía. (Cincuenta por ciento).
4. Autor desconocido, que milagrosamente haya creado una obra a la vez talentosa y ajustada a las exigencias de la coyuntura. (Cuarenta por ciento).
5. Autor desconocido, que haya creado una obra falta de interés pero ajustada a las exigencias de la coyuntura. (Treinta por ciento).
6. Auto con talento, sin más. (Probabilidad cercana a cero. Caso prácticamente insólito. Objetivo seguro de represalias por parte del Comité Regional).
7. Autor inepto, e indiferente ante las exigencias de la coyuntura, además. (No considero la variante. En ese supuesto, las probabilidades se expresan en cantidades negativas).

Oficio son las memorias de Dovlátov formándose como escritor. Y ¿cómo se forma uno, sea soviético o español, sea Dovlátov o un Cualquiera, como escritor? Esencialmente escribiendo. Y a eso se dedica Dovlátov, a escribir de manera cáustica en su Leningrado, a llegar tarde a todos los círculos, a tener encargos en los periódicos, a recibir palmaditas en la espalda y explicaciones de por qué sería impensable que nunca la burocracia y la censura aprueben uno de sus libros. Dovlátov se va labrando un lugar seguro y casi un prestigio como sombra. Todo el mundo dice de sus relatos que tienen valor pero que no son lo que el sistema quiere promocionar. Dovlatov escribe La zona rememorando su experiencia como vigilante en un campo de castigo, y se le señala repetidamente que llega después de Un día en la vida de Iván Denisovich, de Solzhenitsin, pero sin su humanismo, sino como un libro aún más oscuro, sin ningún atisbo de esperanza y un extraño sentido del humor.

Sus dotes literarias eran del mejor de los tipos. La completa ausencia de valía no suele ser recompensada. El talento pone nerviosa a la gente. El genio infunde espanto. La divisa que mejor cotiza es una discreta aptitud literaria.

Los repetidos intentos y tropiezos de Dovlátov no distan mucho, realmente, de los de cualquier aspirante a escritor. Los mecanismos de censura de la dictadura soviética no distan tampoco tanto de los que el mercado marca hoy en día. Dovlátov no es un enemigo del pueblo, no es un perseguido, simplemente es alguien que escribe bien, en eso coinciden todos los que leen y evalúan sus textos, pero que escribe algo que no interesa a quienes deben publicarlo porque entienden que no va a tener salida (en aquel Leningrado porque irritaría a las autoridades, hoy en día porque no lo querría el lector medio al que se dirige el editor). Las idas y venidas y los encuentros de Dovlátov con otros escritores también son los esperables en un escritor novel y en formación. Su manera de no saber combinar las ansias literarias con la vida diaria tampoco sorprenden a estas alturas. La envidia que siente por quienes sí están triunfando, las normales. Todo es aparantemente lo esperado y todo lo conocemos, pero el contexto en el que lo pone y la mirada de Dovlátov, capaz de mantener un tono irónico durante 400 páginas, con lo difícil que resulta algo así sin cansar al lector ni entrar en una dinámica de gracietas.

América era nuestra idea del paraíso. Porque el paraíso es, al fin y al cabo, lo que no tenemos.

En la segunda parte del libro Dovlátov acaba a finales de los setenta exiliándose en los Estados Unidos, y allí tampoco se encuentra con facilidades. Participa en un periódico para los exiliados rusos, bebe, desespera a su mujer, no se integra, sufre estúpidos accidentes más o menos domésticos, intenta salir lo menos posible de casa, bebe más, escribe, tampoco parece que sus escritos despierten ningún entusiasmo, aunque quizá sí, un poco, encuentra a una traductora que se interesa por su trabajo, vende algunos libros, llega a publicar algún relato en el New Yorker, sigue comunicándose casi siempre con los mismos exiliados rusos, bebe, se da cuenta de que la vida es al final en un gran porcentaje soledad y silencio, incomprensión y nada, pero que debe vivirla. Y la vive. Escribiéndola. Tal vez, decía al principio, sea demasiado decir que este es el mejor libro que leeré en 2019. Ojalá haya muchos más. Pero no lo creo.

A caballo de otros cuatro dobles me vi abordando el asunto de la soledad. Un asunto, como es sabido, inagotable. Otra cosa no, pero soledad hay siempre de sobra. El dinero se acaba. La soledad, nunca …

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

viernes, 8 de febrero de 2019

Diecisiete instantes de una primavera, de Yulián Semiónov


Diecisiete instantes de una primavera, de Yulián Semiónov (Hoja de Lata)

Cuando compré este libro (por recomendación de sus editores, Hoja de Lata), lo primero que hice fue quitarle, y perderla, la faja que calificaba a Isáyev / Stirlitz, el protagonista de esta novela (y otras) como el James Bond soviético. Primero, porque pensé que no sería verdad por la descripción que me habían dado. Segundo, porque llevado por el pensamiento mágico, pensé que aunque fuera verdad, el gesto de quitar la llamada publicitaria haría que yo no me diera cuenta. Empiezo diciendo que no soy especialmente aficionado a las novelas (ni las películas) de espías, y que si hay un personaje al que detesto profundamente, de los referentes de la ficción mundial, es (aparte de la mitología de Star Wars) a James Bond. Me parece un patán rancio y chulesco.

Por suerte la historia que nos van a contar en Diecisiete instantes de una primavera, y sobre todo la personalidad de su protagonista, compleja, dibujada con sombras y referencias, quedan muy lejos de James Bond y su mitología. Stirlitz, como se le conoce durante esta novela, está destinado en Berlín. Lleva allí siguiendo desde cerca (y dentro) los pasos del gobierno nazi. Tiene una pequeña red de confidentes cercanos y él mismo es un hombre de confianza para algunos secundarios de la administración de Hitler.

No puede morir, como no puede morir en este mundo la exploración y la búsqueda, porque lo principal en el ser humano es el deseo de buscar. Los que han tenido suerte lo buscan en la física, y los que nacieron tontos, como nosotros, lo buscan en el contraespionaje.

La historia que nos cuenta esta novela es bastante conocida, son los últimos (diecisiete) días antes de la caída de Berlín, con Hitler en el bunker, el régimen nazi cayéndose y como pasa siempre en los últimos momentos de estos regímenes, las ratas huyendo del barco. Algunos que han estado con el nazismo ensayan ante el espejo, y ante los atentos oídos de Stirlitz, que nunca comulgaron con las ideas, y desde luego no con los métodos extremos. Algo que nos suena en España y que podría revisarse en las biografías de todos aquellos que pasado el año 70 empezaron a buscar un sitio para seguir cómodamente en la España postfranquista después de haber estado muy cómodamente en la España franquista. Vale la pena leer La gallina ciega, de Max Aub, aparte de por el gran valor del libro, por ver cómo el autor, que sí fue un derrotado de la Guerra Civil y un exiliado durante más de treinta años, los veía venir. El truco era sencillo, después de pasar una dictadura cómoda, sin meterse en política, se aprovechaba la repartura apertura de los medios en los últimos años para mostrarse un poco crítico con algún aspecto y cuando Franco muriera poder decir ya siempre que se estuvo en contra y sacar rédito de ello. Yendo al chiste, es lo que decía aquel personaje de la película Uno, dos, tres de Billy Wilder cuando le preguntaban por su posición durante el nazismo, y respondía que él estaba trabajando en el metro y allí abajo no se enteraba demasiado de nada de lo que estaba pasando arriba. Yendo a lo serio, es la idea de la banalidad del mal que Hannah Arendt habla en Eichmann en Jerusalén, la de todos esos nazis que quisieron exhimirse de culpa, al menos en un plano moral, diciendo que se limitaban a cumplir órdenes.

Estoy ahora releyendo a los autores rusos: a Pushkin, Saltikov, Dostoyevski, … Lamento mucho no conocer su idioma, porque la literatura rusa es asombrosa; me refiero a literatura del siglo XIX. En la segunda mitad del XIX les permitieron desahogarse y hay que estudiar cuidadosamente este período porque su desahogo no fue tanto sobre el pasado como sobre el futuro.

Dejando al margen las referencias históricas, el espía Stirlitz, del que poco se sabe porque poco se puede saber, es un hombre melancólico, que a veces fantasea con renunciar a la patria que le obliga a estar lejos de casa (y la casa que él quiere es aquella en la que está su mujer) y volver, aunque sea a enfrentarse con la acusación de traición y la vergüenza, y no lo hace, entre otras cosas, porque sabe que no sería solo la vergüenza, sino la casi segura muerte. Stirlitz es un hombre leído, que puede pasear por los salones importantes de un país extranjero sin despertar sospechas. Stirlitz está viendo, como testigo privilegiado, cómo se deshilacha el poder nazi. Los propios nazis ya saben que están perdiendo, y cuando hablan entre ellos no lo disimulan. Se buscan culpables, se rifan venganzas, se ofrecen algunos para cambiar de bando. En esos momentos de descomposición es peligroso ser Stirlitz y que puedan descubrirle. Y peor para un hombre íntegro, que puedan descubrir a nadie que le haya ayudado, algo que nunca se perdonaría, como le pasa en algunos libros al siempre atormentado Smiley de LeCarré.

¿Es un interrogatorio?
No.
Es decir, ¿puedo no responder?
Debe responder.
¿Y si me niego?
No se negará.

De acuerdo con el prólogo, Diecisiete instantes de una primavera fue un éxito en la Unión Soviética y su versión televisiva sigue siendo un clásico para muchas generaciones. Nunca se sabe con esta clase de afirmaciones, pero podría ser perfectamente. Como novela de misterio y espías funciona perfectamente, la escritura es buena, variada, hay amplias referencias culturales, se adivina la visión que los europeos tienen de Rusia y los rusos de Europa, los matices que se van ofreciendo, en lo sociopolítico, son ricos, nada maniqueos, todos los buenos son un poco malos, aunque algunos de los malos apenas tengan lado bueno, pero es que hay malos que no tienen ni un poco de luz entre las sombras.

Entonces, ¿ustedes deciden quién es culpable ante ustedes y quién no lo es?
Sin duda alguna.
Entonces, ¿Ustedes saben de antemano qué es lo que quiere un hombre determinado y dónde se equivoca y dónde no se equivoca?
Sabemos lo que quiere el pueblo.
El pueblo. ¿Y de qué está compuesto el pueblo?
De gente.
¿Y cómo sabe lo que quiere el pueblo sin saber lo que quiere cada uno en particular? ¿O es que usted sabe de antemano lo que quiere cada uno, dictándolo, ordenándolo?

Un Hitler aislado conduce sin saber a dónde los ejércitos de todos los que tienen más claro lo que habría que hacer. Algunos ya solo esperan que acaben los últimos días. Stirlitz está en permanente tensión. Sus superiores parece que muchas veces viven desorientados. El espía de pie de calle sabe cómo se mueve todo mucho antes de que se enteren arriba, y esto es algo común a muchos espías (no a esos del tipo James Bond, que no pisan la calle, que la sobrevuelan en artefactos de alta tecnología como action man) y a muchos directores de servicios de inteligencia.

¡Qué bien que esté lloviendo! –pensó–, así al menos ocurre algo. Cuando estás esperando y todo está tranquilo te pones más nervioso. Pero si nieva o llueve, no te sientes tan solo.

Semiónov nos deja una novela que se lee con gusto, que acompaña, que da pena que se acabe. Después de terminarla me he encontrado en la biblioteca la primera aventura de Stirlitz, todavía Isayév, un libro llamado Diamantes para la dictadura del proletariado (uno de esos títulos insuperables), una historia de contrabando de diamantes en los primeros tiempos tras el triunfo de la Revolución de 1917. Estoy con ella, detectando todos los sellos de estilo que me gustaron ya en Diecisiete instantes de una primavera, notando los cambios de escenario, régimen, década, y todas las continuidades, pensando en aquella frase que un policía francés le dijo a Trotski cuando lo detuvieron: “Los políticos pasan, la policía permanece”.

Ya llegó la primavera –pensó–. Ahora crecerá la hierba.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

jueves, 31 de enero de 2019

Sur y Oeste, de Joan Didion

Sur y Oeste, de Joan Didion (Mondadori)

Buenos lectores me han recomendado muchas veces leer a Joan Didion. Lo he intentado reiteradamente con El año del pensamiento mágico y Noches azules. Pero sin ningún éxito. Hasta este libro creo que lo más cerca que había estado de que me gustara un texto de Didion era el epígrafe con el que se inicia la película Ladybird (Quien quiera que hable sobre el hedonismo en California jamás ha pasado una Navidad en Sacramento). Me gustó mucho Ladybird (Greta Gerwig, 2018) y aunque Sur y Oeste me ha gustado, y es la primera vez que he conectado con Didion, queda bastante por debajo de la película en mi lista de afectos.

Sur y Oeste es un libro completo (Sur) y unas notas para un reportaje que nunca llegó a hacerse (Oeste). Me gustan esos libros que son libros fallidos, libros que alguien quería escribir, que quizá le habían encargado que escribiera, en los que estuvo trabajando y que acabaron por no cerrarse. Me gusta poder meterme en ellos muchos años después, normalmente por la autora se ha consagrado, sus libros ya se venden bien, tiene prestigio acumulado, y sus editores, a falta de nuevo material, me imagino que la llaman pidiéndole algo. Y es el momento, con comillas, de tomarse la venganza del sistema. Algo así me parece que es lo que va pasando hasta que nos encontramos con Sur y Oeste en España.

De vez en cuando se veía una coraza de armadillo tirada por la carretera.

Sur, la primera parte, el libro completo del que hablaba, nos cuenta un viaje que Didion y su marido decidieron hacer por el Sur (en el amplio concepto) de los Estados Unidos. Uno piensa en el Sur y le vienen a la mente todos los tópicos que pueden verse en las películas. Uno espera una sociedad decadente, llena de prejuicios, privilegios para unos pocos, calor y humedad, algún crimen horrible escondido debajo de la alfombra. Didion viaja con prejuicios parecidos, y los va más o menos confirmando; algunas realidades son peores de lo esperado. Hay un muro de incomprensión de fuera hacia adentro y viceversa que es difícil de traspasar. Pasan por Jackson, Mississippi, y piensan en visitar a la escritora Eudora Welty. Richard Ford también es de Jackson, Mississippi, y en Entre ellos cuenta que una vez, en una tienda, su madre le señaló a Welty y le dijo que era una importante escritora y eso, de niño, le fascinó, pensar en importantes escritoras en su ciudad. Van pasando por ciudades, tomando café en restaurantes, siendo invitados a cenar por personalidades locales, conociendo a la gente joven de la zona, enterándose de algunas cosas y no enterándose para nada de otras. Se van haciendo una imagen y un cuaderno de notas mientras pasa el verano. Cada pocos kilómetros piensan, probablemente, en volver a casa. No es que yo lo interprete así, lo dice ella, huye de los aeropuertos que podrían llevarla de vuelta a casa.

Nunca conseguimos ir – dijo la primera mujer –. Nunca he estado en ningún sitio al que quisiera ir.

Nombraba en el párrafo interior Entre ellos, de Richard Ford, y lo veo relacionado con Sur y Oeste. He leído los dos libros con cierto gusto pero me han dejado poco poso. Veo que hay más escritor que el libro que han escrito. Son, tal vez, aproximaciones superficiales a temas que requerirían más profundidad, algo más de hueso y sangre. El viaje por el Sur nos va deslumbrando con su luz decadente, comparte con nosotros la mirada, nos deja algunas imágenes muy bellas (en este libro Didion resulta muy plástica y visual), nos contagia la extrañeza, pero el contagio no ha sido efectivo al 100% en mi caso. Mientras lo leía me planteaba cuánto había de clasismo en estas notas y cuánto de lo que se escribe aquí no sería condenado a la hoguera contemporánea si se cambiaran algunos términos o tal vez, simplemente, si un periodista – novelista español, madrileño o castellano, escribiera una temporada viajando por Andalucía y volviera confirmando tópicos.

No ponemos rock porque a nuestra gente no le gusta. No ponemos esos grupos underground vuestros como Jefferson Airplane.

La realidad, en un libro de crónicas, debería empapar parcialmente la conciencia de quien está escribiendo. Otra película que me gustó bastante de 2018 fue The Florida project. Allí tenemos una narración casi impersonal, que deja la voz en los personajes y sus hechos, y no los juzga. En algunas situaciones y relaciones el libro me ha hecho pensar en la película, pero el acercamiento es muy distinto. Didion juzga en este libro constantemente, desde la superioridad, con (perdón) un cierto tufillo de pija viajando entre pobres, jugando además con la ventaja de que a estos puede sentirlos abiertamente como inferiores, algo que no podría hacer con otros grupos de pobres.

Antes de mi viaje al Sur, hacía un tiempo considerable que nadie pensaba que tuviera diecisiete años, pero durante aquel mes tuve que demostrar varias veces que tenía más de dieciocho. La única explicación que se me ocurrió era que las mujeres adultas se arreglaban el pelo.

Sin acabar de encajarme, me ha parecido un libro bien escrito, con momentos de muy buena prosa, ligero, y que me hace seguir queriendo leer Los que buscan el sueño dorado, otro libro de crónicas del que ya me han hablado muy bien anteriormente. La segunda parte, Oeste, son notas de trabajo. A Joan Didion le pidieron que siguiera el juicio contra Patty Hearst (sobre el caso no se dan detalles, pero es fácil dar con millones de páginas de información en internet) y ella lo hace, por así decirlo, viendo qué refleja Patty Hearst, su juicio, la situación, la ciudad y el tribunal, de ella misma. Es una estrategia que funciona entre la autoficción y la crónica, pero que en general no me entusiasma. Emmanuele Carrère lo hace con frecuencia en sus novelas de no – ficción, apareciendo con frecuencia en mitad de lo que está contando para contarnos cómo se siente él en ese momento. Creo que hay momentos absolutamente personales que pueden resultar universales leídos, pero creo también que no hay que abusar, porque no todos los momentos personales, por inspiradores que resulten a quien los vive, son realmente universales. Si yo quisiera leer un reportaje sobre un juicio querría que quien lo escribe se apartara y me dejara ver el juicio (aprovecho ahora para recomendar un libro perturbador que sí sigue un juicio con una frialdad que resulta angustiosa, La casa de los lamentos, de Helen Garner, que leí a finales del año pasado), pero aquí solo son notas de trabajo, y en algunos aspectos (la mirada de la Didion adulta sobre la Didion niña – adolescente que se crió en California) me gusta. Y acaba cerrando el círculo con aquella cita inicial que abre la película Ladybird.

Yo creía en los tejidos de algodón oscuro. Creía en los sombreros pequeños y en los guantes blancos. Creía que los viajeros transcontinentales no se ponían zapatos blancos para ir a Nueva York.

Seguiremos leyendo.

Felices lecturas

Sr. E




jueves, 24 de enero de 2019

Fragmento de Lecturas de mí mismo, de Philip Roth


Una cosita de Philip Roth, 1959, incluida en Lecturas de mí mismo (Mondadori)

Me encuentro con este texto, que Philip Roth escribió en 1959, a cuenta de la publicación de su libro de relatos Goodbye, Columbus y el posterior escándalo (moderado y reducido al ámbito judío, reducido realmente a ciertos rabinos y ciertas personas influyentes) que se produjo al respecto. Lo encuentro en Lecturas de mí mismo (Mondadori), que creo que ha sido incluido junto a otros ensayos en el volumen Por qué escribir (también de Mondadori).

Repito, 1959. Invito a buscar los paralelismos con 2019 y la digestión de la ficción que hacemos actualmente. Decía Philip Roth:

Pero el señor Kaufmann, como novelista, probablemente no tenía ninguna intención de escribir un estudio sociológico ni, ya que eso parece más bien el tipo de lectura que el rabino realmente anhela, una muestra agradable y positiva. Tampoco Madame Bovary es reconocible como estudio sociológico, pues gira en torno a una francesa provinciana y soñadora, y ninguna otra representante de las demás clases de francesas provincianas. Sin embargo, esto no disminuye su brillantez como novela, como una exploración de la misma Madame Bovary. Las obras literarias no toman como temas personajes y acontecimientos que han impresionado al escritor por la frecuencia de su aparición. Por ejemplo, ¿cuántos judíos, tal como los conocemos, han estado a punto de hundir un cuchillo en su hijo solo porque creían que Dios les había exigido que lo hicieran? El significado del relato de Abraham e Isaac no tiene nada que ver con que sea un hecho familiar, reconocible, que sucede a diario. La prueba de cualquier obra literaria no estriba en lo amplia que sea su gama de representación, por más que la amplitud pueda ser característica de una clase de narrativa, sino en la profundidad con que el escritor revela lo que ha decidido representar.
Confundir un <<retrato equilibrado>> con una novela tiene como consecuencia final caer en el absurdo. <<Querido Fiodor Dostoievski: todos los estudiantes de nuestra facultad y la mayoría de los profesores creemos que ha sido usted injusto con nosotros. ¿Considera a Raskolnikov un retrato equilibrado de los estudiantes tal como los conocemos? ¿De los estudiantes rusos? ¿De los estudiantes pobres? ¿Qué me dice de los que nunca hemos asesinado a nadie, que hacemos cada noche nuestros deberes escolares?>>. <<Querido señor Mark Twain: ninguno de los esclavos de nuestra plantación se ha fugado jamás. Pero, ¿qué pensará nuestro amo cuando lea lo del Negro Jim?>>. <<Querido Vladimir Nabokov: las chicas de nuestra clase … >>. Y así sucesivamente. Lo que hace la ficción y lo que al rabino le gustaría que hiciera son dos cosas totalmente distintas. Los intereses de la ficción no son los de un estadístico ni los de una empresa de relaciones públicas. El novelista se pregunta: <<¿Qué piensa la gente?>>, el hombre de relaciones públicas pregunta: <<¿Qué pensará la gente?>>. Creo que esto es realmente lo que molesta al rabino cuando pide un <<retrato equilibrado de los judíos>>: qué pensará la gente.

Por ahí seguimos.

Y seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

viernes, 18 de enero de 2019

El adulto, de Gillian Flynn


El adulto, de Gillian Flynn (Reservoir Books)

De Gillian Flynn he leído hasta el momento todas sus novelas publicadas en España (Perdida, Lugares oscuros y Heridas abiertas). De momento puedo decir de ella que sus libros son adictivos, negros y mordaces. Me tiene ganado y hasta que me decepciones seguiré pendiente de sus novedades. El adulto es un cuento largo (o una novela muy corta) que escribió por encargo pero que funciona perfectamente (lo cual nunca tiene por qué ser contradictorio; Coppola hizo El padrino por encargo; hay un tema aquí abierto e interminable, pero al fin y al cabo un trabajo creativo libre surge en la mente del autor como una especie de autoencargo, si el encargo viene de fuera, dependerá de lo capaz que sea de llevarlo a su terreno). Nunca conocemos el nombre de la narradora, que nos va contando primero su vida, y cómo ha llegado a ella (haciendo un rápido repaso a su vida, dando una lección de sarcasmo y condensación literaria). La chica, que ha pasado una infancia y una adolescencia difíciles, con una madre difícil y cuando menos peculiar que la ha tenido siempre en un estrato marginal, ha acabado en un local que ofrece un peculiar doble servicio. En la parte delantera leen el futuro, en la trasera masturban a hombres solitarios, y no es casual el doble símbolo de la mano elegido para la portada.

Durante tres años, hice las mejores pajas en el área de los tres estados. La clave está en no pensar demasiado. Si empiezas a preocuparte por cuestiones técnicas, si te paras a analizar el ritmo y la presión, pierdes la naturaleza esencial del acto. Tienes que prepararte mentalmente de antemano y luego dejar de pensar, confiar en tu cuerpo y dejar que se haga cargo. Lo dejé porque cuando has hecho 23.546 pajas en un periodo de poco más de tres años, el síndrome del túnel carpiano pasa a ser un problema muy real.

Al principio de la novela vemos cómo ella está pasando de un negocio al otro. Le da casi pena dejar a algunos clientes amables y simpáticos, le alegra alejarse de otros. No cree en lo paranormal, no tiene poderes y lo sabe, pero cree que en el fondo quienes acuden a esos servicios solo quieren alguien que les escuche y oriente, y sirve para eso. Poco después, en el primer giro de la novela, una clienta empieza a contarle que se han mudado hace poco a una casa enorme y antigua, y que siente que la casa tiene algo enfermizo en su interior, algo que está perturbado a su hijastro, al que tiene miedo. Nuestra protagonista ve ahí una oportunidad de hacer negocio, en plazos irá limpiando el aura de aquella casa. Y empiezan las sesiones.

Otros buscan regodearse en tu desgracia. Solo aflojan la mosca si a cambio les das algo que les haga sentirse bien consigo mismos, y cuanto más triste sea tu historia, mejor se sentirán por haberte ayudado y más dinero sacarás. No les culpo. Si vas al teatro, quieres que te entretengan.

El tema de la casa encantada es un clásico de la literatura. El de los triángulos amorosos y los celos, las venganzas frías y calientes, otro. La novela comienza contando la historia de una chica decidida a prosperar y que se dedica, de forma simultánea, a las pajas y a la lectura de auras. Las dos historias se mezclan pronto (la mujer que la ha contratado es la esposa de uno de los pocos clientes a los que ha mantenido a su lado). El hijastro (de ella, hijo de él), parece realmente preocupante. Parece que en la casa pase algo, y eso nos remite a las historias de Shirley Jackson, a la que se nombra, porque una de las cosas que hace mientras se supone que está limpiando el espíritu de la casa es meterse en la biblioteca y leer, pronto reconoce que alguno de esos libros se los había prestado el marido (pues mientras duraba el servicio hablaban de lecturas, y él le dejaba libros). La mirada de la narradora, con la que empatizamos pronto, es ágil, irónica, inteligente. Sabe leer los secretos y miserias de la gente y se gana al lector.

El gato más afortunado del mundo: tiene una habitación propia solo para cagar.

Un par de giros muy bien dados nos van confundiendo, la van confundiendo a ella (los lectores vamos conociendo la historia a la vez que quien nos la cuenta, no hay reflexión sobre el pasado, tampoco disponemos de un segundo de adelanto) y nos aceleran el pulso. ¿Quién es realmente peligroso? ¿El hijo o la madre? Ella está en cualquier caso en medio y en peligro. Nosotros, que hemos leído la novelita en media tarde, no sabemos dónde va a desembocar la historia.

En tal caso, uno de los dos está mintiendo. Supongo que tendrás que decidir cuál de las dos versiones prefieres creer. ¿Quieres creer que Susan está completamente pirada o que el pirado soy yo? ¿Cuál de las dos teorías te haría sentir más cómoda?

Sin pasarme dando pistas ni anunciando finales, nos dejará con ganas de más. La historia queda abierta y con ganas de más. No sé cuándo tendremos a nuestra disposición el próximo libro de Gillian Flynn, pero en un mundo, el de la novela negra contemporánea, que tiende a la planicie (o serán mis manías de lector, que se acentúan con la edad y las páginas leídas), se agradece este sentido del humor negro, la mala leche y la buena narración de sus libros.

El chaval resultaba simpático. Era posiblemente un sociópata, pero muy simpático. Me daba buen rollo.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E



sábado, 12 de enero de 2019

Tiempos oscuros, de John Connolly


Tiempos oscuros, de John Connolly (Tusquets)

No es esta la primera (ni la segunda ni la tercera) reseña de la serie del detective Charlie Parker que escribo en el blog. Sus libros son, de todas las novedades que se van editando, en el ámbito más o menos negro de la novela más o menos negra, los que sigo con mayor atención. John Connolly quizá es eso que llaman los críticos de la tele un pecado culpable, pero la verdad es que no me hace sentir para nada culpable, me hace disfrutar, me absorbe, me entretiene, y normalmente me deja con ganas de que salga el siguiente.

Esto ha pasado con Tiempos oscuros, aunque confieso que llevaba 3 o 4 libros de la serie en los que me parecía que Connolly había tirado de oficio, había cumplido, pero no mucho más. Aquí el listón ha vuelto a subir, y ha abierto tantas puertas que me imagino que no tardaremos en tener otra. Parker, para quien no lo haya leído, es un detective justiciero, porque como aquí se repite, la justicia y la ley no siempre son lo mismo. Imparte su propia ley, persigue hasta la tumba a quienes decide, hace la vista gorda con otros que para la policía habitual son criminales, se relaciona incluso en algo parecido a la amistad con algunos de ellos. Parker, para quien no lo haya leído nunca, fue policía. Pero la desgracia se cruzó en su vida y la cambió, desató la oscuridad a su alrededor y parece que los realmente malvados, los miserables y los pirados orbitan a su alrededor, retándolo y temiéndolo (más les vale temer a Parker). A lo largo de muchas de estas historias nos hemos cuestionado si Parker es alguna clase de ángel oscuro que no comprende del todo su poder ni la naturaleza del mismo.

Lo que hace atractivo a Parker como personaje es que se mueve entre la sombra y la luz, como un mensaje teológico poco sutil, persigue y caza a los malos, y entre tanto siembra el dolor entre aquellos a quienes quiere y defiende. Tiempos oscuros enfrenta otra vez a Parker con demonios y deidades cercanas al paganismo, como en este caso un Rey muerto, al que sirven todos los miembros de una comunidad del Sur de los Estados Unidos, aislada y dedicada a dictar su propia ley desde hace décadas. Una ley que un día cruza su frontera y se tropieza con Parker, sus amigos Louis y Angel y la cuando menos curiosa que los tres tienen de entender el trabajo de un detective. Desde hace algunos libros además Parker y sus acompañantes no es que sean agentes del FBI pero casi, y al margen de que personalmente no creo en la existencia de las fuerzas sobrenaturales (paganas o más o menos organizadas) ni de los agentes del bien y el mal, si estos caminaran por los Estados Unidos, nada me extrañaría menos que enterarme de que el FBI los tiene bajo su ala, entre vigilados y protegidos, pues si algo hemos aprendido de esta organización es que siempre le pone una vela a Dios y otra al Diablo, nunca mejor dicho.

Las novelas de Parker, aunque las solemos clasificar (empezando por sus editores) en novelas negras, tienen cada vez más rasgos de libros de terror. La trama detectivesca es la que pone en marcha la situación, la que nos conduce al campo de batalla en el que los más viejos poderes, los herederos de los ángeles buenos y de los ángeles oscuros, se enfrentarán. Parker, como intermediario, como posible agente doble, llega y los despierta. Después, cuando corresponde, los ajusticia. La escritura de Connolly, siempre expresiva, siempre alejada del laconismo, tiende a la expresividad del buen escritor de terror.

Pero las etiquetas solo son eso, etiquetas. La trama de Tiempos oscuros se pone en marcha cuando un tal Jerome Burnel, que acaba de salir de la cárcel tras ser detenido por posesión de pornografía infantil, acude a buscar su ayuda. Parker y sus amigos deciden aceptar el caso, porque creen la historia de que todo había sido una conspiración para inculparlo, pero antes de que puedan empezar la investigación que les ha encargado, es el propio Burnel quien desaparece, así que empiezan su búsqueda. Esa búsqueda, la trama detectivesca al estilo Chandler (y digo Chandler porque la escritura en modo detective de Connolly aspira a ser la de Chandler, y porque esa tendencia de Parker a aceptar casos desesperados y que en ningún caso le darán gloria ni dinero es propia de Philip Marlowe) nos lleva pronto a que Parker empiece a rondar por un lugar llamado El Tajo (que me parece un nombre poco afortunado, por mucho que se justifique en la traducción española diciendo que se debe a que la región produce un gran corte o tajo en la comarca), una comunidad cerrada, que prácticamente no obedece a las leyes y a la policía civil del lugar, sobre la que hay sospechas de todo tipo, y desde hace siglos, y con la que es mejor tener cuidado.

No es el primer enfrentamiento de Parker con comunidades paganas y misteriosas, e incluso recurre a la ayuda y consejo de un viejo conocido de estos temas y batallas. Los del Tajo no saben con quién han topado, pero lo descubrirán pronto. El Rey Muerto al que siguen, esos huesos que los guían en búsqueda de más sangre, no serán suficientes. Otra batalla más entre el Bien y el Mal, en esa larga saga que Connolly va construyendo, entre tramas atractivas y difíciles de abandonar. Parker sale con una nueva cicatriz, otra más que sumar como una medalla a su oscuro historial. Y nos quedamos a la espera de nuevas novelas, con nuevos personajes, y con los desarrollos de nuevas líneas, como la que lleva un par de libros asomando y que se basa en la sensibilidad hacia lo paranormal de la hija de Parker, una de esas relaciones tormentosas en la que su ex – mujer y ella acabaron alejándose de su lado, para protegerse.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E



viernes, 28 de diciembre de 2018

Mis cuentos pendientes 2018


Mis cuentos pendientes de 2018

Acaba el año y me apetece hacer recuento y valoración de mis lecturas de este período. Por la combinación de circunstancias familiares y laborales, he tenido meses de muchas lecturas y otros de menos. Al final, como veo que es costumbre en mis últimos años, el total de libros (aunque creo que en esto como en tantas cosas no se trata de cantidad) ronda los 100. Este año he anotado 109 libros. Otros años, llegando a estas fechas, elaboraba una lista de 10 libros (con distintas trampas para colar siempre alguno más), sin separar géneros. Pero esta vez creo que me apetece más clasificar (con lo tramposo que es a su vez esto) mis lecturas por alguna característica (más que género) y destacar unas pocas en cada uno de esos grupos. He releído más que otros años y he ido leyendo como viene siendo tendencia ya en los últimos años más ensayo y no – ficción, en algunos meses casi tantos libros de estos como de ficción. Sigo tachando clásicos pendientes, aunque siempre quedarán huecos por ahí, y siempre habrá clásicos que no me atraigan (como a cualquier lector), y aunque mi memoria trataba de engañarme diciéndome que no había leído demasiados libros de cuentos, resulta que han sido 16. Incluso nunca hubiera dicho que había leído 7 cómics, y resulta que sí, así que hasta recomendaré alguno. Normalmente leo bastante novela negra, y cuando no es negra, de terror, y este año también (unas 15), pero debo reconocer que ninguna ha quedado especialmente en mi memoria, quizá la mejor ha sido Tiempos oscuros, de John Connolly, una buena entrega de su serie de Charlie Parker, pero tampoco un libro a recordar, y a ratos Corrupción policial de Don Winslow, un autor con el que insisto e insiste el mercado editorial pese a que nunca ha vuelto a acercarse al nivel de El poder del perro. Me ha costado hacer una diferenciación clara entre novelas de ficción, autoficción y narrativa no – ficcional, porque mucha autoficción tocaba por sus extremos a cualquiera de las otras dos, y no sabía muy bien qué hacer con las novelas que no son de autoficción pero que juegan a parecerlo, así que bajo esas etiquetas hay a veces artefactos narrativos que realmente no tienen demasiado que ver unos con otros. Lo importante, y quizá sea lo esencial al final, es que los libros que destaco considero que merecen una lectura, más allá de dónde podamos (o queramos o debamos) clasificarlos, o si lo mejor sería no clasificar tanto.

Empezaré con la narrativa larga
Novela traducida.
Me refiero a novela traducida más o menos contemporánea (porque luego decidir qué es o no un clásico es difícil, y siempre arbitrario, como ese stand de la librería de El Corte Inglés de Goya donde dice: Clásicos hasta Generación del 27, pero te puedes encontrar libros de García Márquez, Rayuela de Cortázar o El túnel de Sabato). Es el grupo al que puedo asignar mayor número de lecturas (algo más de 40), entre las que destaco especialmente



1. GB84, de David Peace (Hoja de Lata)
2. No, mamá, no, de Verity Bargate (Alba)
3. Némesis, de Philip Roth (Mondadori)
4. Tránsito, de Rachel Cusk (Libros del Asteroide)


Novela en español
¿Sólo uno? Sólo uno. He leído menos novela en español que traducida, es verdad, unas 10 novelas, y por honestidad intelectual (por ponerle un nombre) he decidido no destacar dos libros que me han gustado al mismo nivel (al menos) que el de Sara Mesa, pero que han escrito amigos y que además me invitaron a presentar, y me parece siempre feo destacar: El libro de mis amigos, ese mismo que yo presenté, es muy bueno, de lo mejor del año. Así que los vuelvo a dejar recomendados, pero no los meto a competir, por decirlo de alguna manera, son: Cariño, de Miguel Ángel González, y Distinta Clara, de Alba Ballesta, y ambos tuvieron reseña en su momento.


Clásicos
¿Dónde empiezan y terminan los clásicos? Supongo que llamo clásico a todo libro que está en un panteón, que ya no se discute, y como decía alguien, que casi no se lee. Novelistas del XIX, Premios Nobel, esas cosas. A los clásicos nos acercamos a veces con una reverencia, y con temor a no entenderlos. Nos acercamos a veces también con medio bostezo ya en la boca, y la verdad es que lo apropiado sería plantearse que algo tendrán cuando llevan décadas o siglos leyéndose. Muchos de los que he leído este año, aparte de más o menos importantes y destacables por sus cualidades literarias, han sido lecturas muy entretenidas. Me pregunto ahora por qué no había leído antes libros como:
1. Las palmeras salvajes, de William Faulkner (Edhasa)
2. Los Buddenbrook, de Thomas Mann (Edhasa)
3. La caída, de Albert Camus (Alianza)
4. Los papeles póstumos del Club Pickwick, de Charles Dickens (DeBolsillo)


Ensayo (o aproximaciones cercanas)
Teniendo un concepto elástico del ensayo (o sabiendo, sencillamente, que bajo el nombre de ensayo puede haber textos de ambiciones, construcciones y formas), cada vez disfruto más metiéndome en sus páginas, flipando con la realidad como a veces me cuesta hacerlo con la ficción, igual que me pasa con los documentales y las series documentales en vez de con el cine. Aquello de que la realidad supera a la ficción se convierte muchas veces en una verdad, como cuando he leído:
1. Historia alternativa del siglo XX, de John Higgs (Taurus)
2. Cronometrados, de Simon Garfield (Taurus)
3. Del boxeo, de Joyce Carol Oates (DeBolsillo)
4. Las especias: historia de una tentación, de Jack Turner (Acantilado)
5. Biblioteca bizarra, de Eduardo Halfon (Jeckyll y Jill)


Autoficción y No – ficción:
Estos libros podrían estar en otras de las categorías, pero he decidido agruparlos aquí, sabiendo que uno además es simplemente una biografía.
1. Fun Home, de Alison Bechdel (Reservoir Gráfica)
2. La casa de los lamentos, de Helen Garner (Libros del KO)
3. El dolor de los demás, de Miguel Ángel Hernández (Anagrama)
4. Open, Memorias de André Agassi (Duomo)





Libros de cuentos
Conozco pocas sensaciones tan difíciles de olvidar como caerte en un libro de cuentos realmente potente. Quizá solo darte cuenta de que estás escribiendo uno y que está funcionando (sin pretender comparar niveles, claro). ¿Cómo debió sentirse Gógol por ejemplo escribiendo en un breve periodo de tiempo obras maestras consecutivas del relato como El capote, La nariz y La avenida Nevski? ¿Cómo no sentirnos hoy impresionados ante algo así? A Gogol lo pongo en la lista aunque es en cierto modo relectura, ya que leí hace dos años una colección con sus cuentos completos, y estos, claro, estaban allí (y ya veo que los destaqué como los mejores). Aún así, no ha sido el libro de cuentos que más me ha llenado en este año de lecturas. Y algunos que he leído aunque no los he situado en la lista me parecen también muy buenos (Pájaros en la boca y otros cuentos, de Samantha Schweblin o Las cuatro estaciones, de Ana Blandiana, por ejemplo).
1. Cuentos escogidos, de Joy Williams (Seix Barral)
2. Cuentos de San Peterburgo, de Nikolai Gógol (Alianza)
3. Cuentos escogidos, de Shirley Jackson (Minúscula)
4. Estabulario, de Sergi Puertas (Impedimenta)
5. En el corazón del corazón del país, de William H. Gass (La Navaja Suiza)


Descubrimientos, rarezas, rusos que han ido apareciendo en mi vida
Hay libros que aparecen sin esperarlos, o libros que nunca pensaría que iba a leer (con esos títulos, con esos resúmenes), libros a los que llegas desde otros libros, o autores que caen por casualidad en tus manos y te obligan a apuntar sus nombres. Eso me ha pasado con algunos libros este año, como me pasa todos, y ha sido constante durante todo el año la aparición de autores rusos poco conocidos (al menos para mí), algunos autores de género (negro, de ciencia – ficción, espías) rusos y alguien a quien seguiré descubriendo, Sergei Dovlatov.
1. Retiro, de Sergei Dovlatov (Fulgencio Pimentel)
2. Moscú 2042, de Vladimir Voinovich (Automática)
4. Magma, de Lars Iyer (Pálido Fuego)


Cómics
Ya colé Fun Home en la parte de autoficción. También me han emocionado los dos primeros volúmenes de la serie Los combates cotidianos, del francés Manu Larcenet (Norma Editorial). Me quedan otros dos que caerán a principios de 2019.








Fuera de categoría
Nunca pensé que acabaría leyendo un libro como Las confesiones de San Agustín de Hipona (Tecnos). Un amigo lleva años recomendándolo, y siempre me sonó a recomendación friki. Otra amiga me lo regaló hace unos años y dormía en mis estanterías hasta que este verano lo cogí y estuve leyéndolo y releyéndolo durante muchas noches. Supongo que es un libro que normalmente se leerá desde la fe, y yo lo he leído desde lo ajeno y como un artefacto literario. Y como obra literaria me planteé que puede ser el libro con el que empieza toda la autoficción que haya podido venir después. Y entre reflexiones lúcidas y miradas en un espejo cruel disfruté mucho de él. Tanto que sigue en mi mesita, como algo que leer de vez en cuando, más en busca de consuelos que de consejos, como contaba Philip K. Dick que hacía con el I Ching. Pero creo que es un libro tan distinto que no tiene sentido tratar de colarlo en una lista de lecturas del año, entre novelas, cuentos y ensayos.


Por no romper del todo la continuidad con otros años, he ido decidiendo, según escribía estas líneas y aclaraba mis propias ideas y jerarquías, dar un listado del 1 al 10, tentativo, lleno de dudas, pero que trate de resumir lo resumido.
1. GB84, de David Peace

2. Las palmeras salvajes, de William Faulkner

3. Cuentos escogidos, de Joy Williams

4. Historia alternativa del siglo XX, de John Higgs

5. Cara de pan, de Sara Mesa

6. No, mamá, no, de Verity Bargate

7. Cronometrados, de Simon Garfield

8. Cuentos escogidos, de Shirly Jackson / Estabulario, de Sergi Puertas

9. Fun Home, de Alison Bechdel

10. Némesis, de Philip Roth


Todos los títulos que he incluido en esta entrada son, en cualquier caso, grandes libros, que me han hecho disfrutar y sentir algo distinto. Espero que algún lector decida apuntarlos y darles una oportunidad, lo agradecerá.

Felices lecturas

Seguiremos leyendo en 2019

Sr. E