lunes, 30 de enero de 2017

Cómo dejar de escribir, de Esther García Llovet

Cómo dejar de escribir, de Esther García Llovet (Ed. Anagrama)


 Leí hace algunos años Submáquina, de Esther García Llovet, y solo recuerdo algunos detalles de la novela (lo protagonizaba una policía lectora, o una policía escritora, y retrataba el mundo con una mirada irónica y crítica). Recuerdo que me gustó y que desde entonces el nombre de Esther García Llovet estaba en mi lista de autores a los que seguir, y he leído que la autora afirma que aquella novela tuvo como 500 lectores, así que en cierto modo Esther García Llovet y yo somos familia, y por ese parentesco literario me alegré mucho cuando vi su nombre como finalista del último Premio Herralde de Novela. La novela no ha sido la finalista institucional del premio sino una de las novelas que llegaron a la última selección del jurado y que este recomendó que se publicara junto a la ganadora y la finalista. No recuerdo qué novelas ganaron este año ni tengo especial interés en leerlas ahora mismo, pero creo que conseguir ese reconocimiento fuera de lo establecido por las bases tiene un mérito especial. Algo habrá visto el jurado. Algo que no debe ser premiado. Hay que leerlo, urgentemente.

De Submáquina recuerdo que el ritmo era cinematográfico (dicho esto como sinónimo de que muchas acciones quedaban más esbozadas que desarrolladas, como en un guión) y que la manera de expresarse y moverse por el mundo de su protagonista me recordaba la escritura de Roberto Bolaño, siempre entre lo policial y lo metaliterario. Curioseando ahora sobre la autora veo que estudió cine y que en un artículo en una revista cultural de hace unos años le echaba la culpa de haberse puesto a escribir a Roberto Bolaño, en concreto a Nocturno de Chile. La sombra de Bolaño es alargada y sigue sobrevolándonos a muchos de los que hemos llegado a la escritura en el siglo XXI.
  
Cómo dejar de escribir es una novela que sigue los pasos del gran Ronaldo, el último tótem de la literatura latinoamericana, el autor mítico, chileno para más detalle, que recuerda por su procedencia y por esa mitomanía que parece despertar, a Roberto Bolaño. Aunque en realidad sigue los pasos de su hijo, un escritor que no escribe. Esa es una de las claves de la novela, la figura de los que no escriben y rodean al mundillo literario. Ese negativo de la fotografía. Todo el mundo que habla sobre el gran Ronaldo parece que estuvo con él en algún momento clave. Todo el mundo lo vio en cierto momento, lugar y circunstancia y quiere contarlo mientras se toma una copa. Parece que lo de menos fue lo que escribió, porque él mismo, convertido en personaje, fue su obra. Su gran obra. Casi como en la vida de Bolaño, con la salvedad de que tras la figura y el mito un tanto disparatado del chileno hay una obra de peso.

El narrador de la novela, apático y distante, es el hijo del gran Ronaldo. Un personaje sin amigos, aparte de un ex – convicto y un vagabundo, y al que parece que todo le da bastante igual. Va a alguna fiesta en la que no paran de decirle que dónde se ha metido, que parece que vive encerrado. Y es que vive casi encerrado en la vieja casa de su padre. Investigando sobre el gran Ronaldo, sin descubrir nada demasiado sustancioso, y buscando su novela inédita, la búsqueda sobre la que precariamente se sustenta la trama. Y la trama se sustenta con precariedad sencillamente porque es lo de menos, es un falso esqueleto que usar como percha para escribir.

La escritura del libro se eleva constantemente, y va iluminando rincones de Madrid con ojos de turista, y va, sobre todo, iluminando rincones del alma humana. Esos rincones del alma que los turistas no suelen visitar. El gran mérito de Cómo dejar de escribir es que parece escrita con ligereza, se lee con ligereza, trata esencialmente de nada, pero cuando acabamos de leerla, sentimos que esa aparente nada era la misma nada de la que está hecha la vida, así que era un libro que trataba de la vida. De la del gran Ronaldo y de la de su hijo y de sus extraños amigos y por supuesto, de la nuestra.

Y así, como pretendía seguramente desde una intención inicial maquiavélica de su autora, Cómo dejar de escribir se convierte en el libro de autoayuda envenenado perfecto, pues como pasa con los textos de Bolaño, tanto con sus novelas como con sus relatos, es una narración perfectamente hilvanada que invita a la relectura y lanzará a escribir a quien acabe el libro. Suerte a los imprudentes en el empeño.

Seguiremos leyendo y escribiendo.

Felices lecturas


Sr. E

martes, 24 de enero de 2017

Manual para mujeres de la limpieza, de Lucia Berlin

Manual para mujeres de la limpieza, de Lucia Berlin (Ed. Alfaguara)

Desconfío de los nuevos Raymond Carver, los nuevos Bukowskis, los escritores a los que nunca leyó nadie en vida pero a quienes descubren y redescubren después de su muerte, los autores de relato americano que llegan a España con avisos de sus editores informándonos de que son la última joya oculta de la narrativa americana. Desconfío también de los libros del año de Babelia y de las solapas en las que se destaca el número de hijos de la autora, si bebía demasiado o qué trabajos alimenticios tuvo que ejercer. Desconfío de los libros con una frase en la portada como: “En la profunda noche oscura del alma, las licorerías y los bares están cerrados”, una frase que me recuerda a aquella famosa cita de Charles Bukowski, aquella de: “Dios es un local vacío donde no hay filetes”. Me imagino que no soy el único lector al que se la ha recordado.

Todo esto para empezar la reseña diciendo que desconfiaba profundamente del libro, de este Manual para mujeres de la limpieza, de Lucia Berlin. Y la sigo alegrándome por no haberme dejado vencer por mis prejuicios. Esta colección de relatos, auténticos pedazos de vida, es un libro fantástico. Como tanto se ha destacado, cada historia parece salida de las entrañas de su autora, Lucia Berlin, pero no creo que haya que mirar si realmente salieron de su vida, porque como bien deberíamos saber ya, lo más importante es que esas historias suenen reales, se lean como un pedazo de historia personal, no que le hayan pasado, o no, a su autora.

Manual para mujeres de la limpieza se sitúa en esa línea de autores americanos que descienden de Chéjov después de pasar por una licorería a por una botella de whisky. Lucia Berlin recuerda a Carver y a Wolff. Sus protagonistas son infelices que no saben qué han hecho mal para estar donde están y que se esfuerzan por sobrevivir. Hay mucha clase obrera, gente que está siempre en la precariedad o al borde de la misma. Hay estados fronterizos con México, y parecen a veces casi estados del alma más que territorios. La prosa de Berlin, siendo cortante y fibrosa, no lo es tanto como la de Carver. Y esto lo digo como una virtud. Me parece que su escritura eleva a veces el vuelo y busca imágenes potentes, algunas metáforas que queden en la cabeza de quien las lee. No todo es laconismo, y eso, la emparenta, dentro de mis lecturas americanas, con Lorrie Moore, que se mete en las vidas difíciles de sus compatriotas sin olvidarse nunca de tratar de hacer poesía con ella. También veo esa mirada melancólica de quien perdió los sueños al terminar la adolescencia, si no incluso antes, que recuerdo de los relatos de Carson McCullers, aunque hace años que los leí.

Los relatos reunidos en Manual para mujeres de la limpieza son auténticos, es cierto, pero no lo fían todo a eso tan difícil de concretar que es la autenticidad, y que no siempre tiene por qué ser una virtud. Los relatos de Manual para mujeres de la limpieza son también cuentos que demuestran un muy buen dominio de la técnica, y un cierto estudio de las estructuras y las construcciones antes de abordarlos. Y es que, no olvidemos que por mucho que la editorial haya destacado tanto que Lucia Berlin se casó a los 17 años y fue madre de 4 niños y trabajó limpiando casas (y no quiero meterme en el clasismo que desprende una afirmación así por parte de los editores, pero creo que clama al cielo), también fue profesora de Letras y de Escritura Creativa en algunas universidades.

Uno de los relatos que más me ha gustado es precisamente un juego metaliterario, un ejercicio teórico – práctico de construcción de un relato, titulado Punto de vista. Hay muchos hospitales, muchas desintoxicaciones y muchas enfermedades. Hay internos y hay personal sanitario. Hay drogas y hay bebida. Hay relatos en los que todo eso aparece como elemento central, como en Mi jockey, Su primera desintoxicación o Apuntes de la sala de urgencias, 1977 o Paso.

Hay viajes a México, y frontera. Hay hasta una estudiante universitaria chilena en la universidad de Nuevo México, en el relato Querida Conchi, que como su  título sugiere, toma forma de relato epistolar. Hay mucha rebeldía adolescente, en general explosiva y poco productiva, que Berlin retrata magníficamente, en relatos como Doctor H. A. Moyniham, Buenos y malos o Gamberro adolescente. La autora es muy hábil convirtiendo en material narrativo interesante sus rutinas, algo que hace en Volver al hogar o en Lavandería Ángel, el relato que abre la colección.

De esa rutina también se alimentan dos relatos que hablan directamente de las mujeres de la limpieza, utilizando a una como voz narrativa y como personaje principal. Esos relatos son Luto y el que da título al libro, Manual de mujeres para la limpieza, que toma una original estructura de consejos que una descreída veterana le da a las que se incorporen al servicio doméstico. Tal vez sean dos de mis relatos preferidos de todo el libro, junto con Triste idiota, una melancólica celebración de un cumpleaños más, del paso de la vida.

Todos los relatos del libro tienen un punto de lúcida melancolía y una prosa fluida, bien trabajada. El ritmo es ágil y hay metáforas muy buenas. Hay historias que quieres releer y otras que piensas mejor antes de pasar a la siguiente. Deja un regusto triste pero también abre los ojos de quien lo lee a vidas que a veces quedan fuera de los focos narrativos. No obstante, creo que los editores y periodistas deberían evitar recomendar el libro basándose en que su autora fuera mujer, en su clase social o en los trabajos alimenticios que desarrolló, porque todos esos énfasis suenan condescendientes, y este es un libro duro que sabe defenderse perfectamente solo, gracias a que está lleno de literatura.

Seguiremos leyendo y comentándolo

Felices lecturas

Sr. E



lunes, 16 de enero de 2017

Rey de Picas: Una novela de suspense, de Joyce Carol Oates

Rey de Picas: una novela de suspense, de Joyce Carol Oates

 Leí hace menos de un mes otra novela de Carol Oates, Carthage. Rey de Picas confirma que es una escritora con un magnífico pulso narrativo, interesante, buena constructora de historias, y siempre un poco oscura. Cualquier comentario sobre Rey de Picas debe incluir en algún momento el término novela menor. Y ciertamente lo es. No por el resultado, que ahora entraremos en ello, sino por la ambición. Es una novela que funciona perfectamente como lo que pretende ser. Es un divertimento, una novela entretenida muy solvente, que es lo que pretende ser. Aún así, la vi entre las diez mejores novelas extranjeras del año para El Cultural. Carol Oates es una novelista importante, que se lanza casi anualmente a escribir una novela llena de rincones oscuros, compleja, enigmática, de 600 páginas o más. 

Comparada con eso, Rey de Picas está en la categoría de obras menores. Es un pequeño homenaje al oficio de escritor. Es una novela negra, bastante negra, que funciona perfectamente. Es un homenaje al terror gótico clásico, al de casas extrañas y comportamientos perturbados, al de maléficos gatos negros, y es, seguramente, un libro que Joyce Carol Oates se divirtió mucho escribiendo. Es una novela que engancha y que se lee de un tirón. Ya dije con Carthage, y me repito y reafirmo, que quizá hablar de esta autora para el Premio Nobel sea exagerado, pero no cabe duda de que juega en la élite. Por ponerla en unos términos futbolísticos que ciertamente no domino, Carol Oates no ganaría nunca ese famoso premio que se llama Balón de Oro, pero jugaría de titular y sería muy importante en un equipo como el Real Madrid o el Barcelona.

Rey de Picas es el seudónimo con el que Andrew J. Rush, el Stephen King de los caballeros, firma sus novelas más crudas y salvajes. Y no es uno de esos seudónimos que algunos autores como el mismo King o la propia Oates han escrito algunos libros, seudónimos que todo el mundo conoce e identifica. No es un John Banville jugando a escribir novela negra y no firmando con su nombre. Es un seudónimo que nadie reconoce. Andrew J. Rush es un escritor con 28 novelas de misterio a sus espaldas. Tiene un éxito razonable, sin ser un Stephen King. Es un escritor concienzudo, que planifica sus libros perfectamente y los escribe con un ritmo espartano. Le molesta un poco, quizá, que nunca lo hayan considerado un escritor serio. Este juego remite continuamente a la figura de Stephen King, un escritor que ha mostrado su admiración por Joyce Carol Oates en ocasiones, y al que en cierto modo ella homenajea aquí. La contracubierta del libro habla de un homenaje a la novela gótica de Poe, y quizá lo hay, pero siempre por persona interpuesta. Es un libro que homenajea a Poe porque homenajea, a mi entender, a los escritores de terror actuales, especialmente a Stephen King. También es cierto que hay un gato negro que juega un cierto papel en el descenso a la locura de Andrew J. Rush, y eso, claro, a un reseñista de contracubiertas le ha dejado abierta la puerta de relacionarlo con Poe.

La novela es toda ella un juego de espejos, y quizá por eso es mejor encuadrarla en el apartado de novelas menores, de obras menos ambiciosas, de novelas que son juegos para aficionados al género, que reconocerán trucos, clichés e imágenes ya utilizados. Para mí, particularmente, la novela homenaje más a Misery, de Stephen King, que a Poe.
Las novelas de Rey de Picas son unas novelas editadas de manera casi secreta, sin ninguna publicidad, en una editorial pequeña, y están alejadas de la narrativa para caballeros que ha hecho famoso a Andrew J. Rush, caracterizada, además de por su pulcritud narrativa, porque los malos siempre pierden. Las novelas de Rey de Picas son más sangrientas, más crueles, más vengativas. La hija de Andrew J. Rush, que estudia Literatura Comparada en la Universidad, encuentra una de ellas y la lee y se escandaliza. Entre otras cosas se escandaliza porque encuentra allí un oscuro momento del pasado de su familia. Y cuando lee otra, encuentra otro suceso del pasado familiar. Hay un interesante juego en la novela entre la esposa y la hija de Andrew J. Rush, ambas licenciadas universitarias en Literatura, y él, el novelista, que siente que ninguna de las dos aprecia sinceramente lo que él escribe, aunque claro, viven cómodamente gracias a sus beneficios.

Rey de Picas, y eso es un hecho que no hará más que ir ganando peso en la historia según avance, es más que un seudónimo de un escritor. Es prácticamente el Mr. Hyde de ese Dr. Jeckyll que es Andrew J. Rush, la voz interior que le susurra que todos están en mayor o menor medida en su contra y que en algún momento debe tomar medidas para asegurarse el éxito.

Después de presentarnos una vida apacible, quizá un tanto mediocre, quizá alejada de la ambición con la que empezó su carrera, a Andrew J. Rush le aparece una acosadora que lo acusa de haber entrado en su casa y plagiado sus novelas, las oficiales. El juicio se desestima rápidamente y Andrew J. Rush ve a la acusadora, una mujer de buena familia que parece fuera de sus cabales. Por un lado le da pena, y por otro le hace sentir cierto orgullo ser el objeto de la obsesión de una desequilibrada, y más cuando se entera de que ya había acusado a otros autores, como por ejemplo, otra vez, King. Andrew J. Rush, empujado por las frases que Rey de Picas va poniendo en su cabeza, va un poco más allá, y va a su casa mientras la mujer está internada en un psiquiátrico. Allí encuentra algunos de sus manuscritos, incluido uno que recuerda a El Resplandor, y que está fechado en 1974, antes de la famosa novela. Y lo que más envidia Rush, una buena colección de primeras ediciones y libros firmados por autores clásicos del género de misterio y terror. Roba algunos ejemplares y se los lleva a casa, para incluirlos con los suyos, mucho menos valiosos en todos los casos.

Rey de Picas irá sembrando más confusión y acusando a cada vez más gente de estar en contra de Andrew J. Rush, hasta que este acabe derrotado, superado, prácticamente enloquecido. Eso no es ninguna sorpresa, la verdad, por lo que tampoco estoy destripándole la novela a nadie. No daré detalles sobre qué sucede exactamente, ni sobre quién entra en casa de quién, ni qué peleas y acusaciones se producen, ni cómo acaba todo. 

Es una novela muy entretenida, que engancha desde el principio y que nos recuerda una realidad, la de que cada vez más escritores “serios” están reconociendo abiertamente las influencias y las formas de lo popular y más comercial en sus obras, jugando con sus reglas y homenajeándolas, no sé si con un mero afán comercial o con la intención de demostrar que al final, dentro de los marcos que se elijan, siempre se pueden hacer libros buenos y malos, y que normalmente los escritores buenos siempre escribirán buenos libros.

Seguiremos leyendo y dejándonos embaucar.

Felices lecturas


Sr. E

domingo, 8 de enero de 2017

Gótico carpintero vs. La escoba del sistema

Gótico carpintero, de William Gaddis (Sexto Piso) vs. La escoba del sistema, de David Foster Wallace (Pálido Fuego)

He cruzado de 2016 a 2017 a lomos de estas dos novelas, que comencé a leer en los últimos días del año pasado y he terminado en los primeros del actual. Es la primera novela que leo de Gaddis y una de las pocas obras de Foster Wallace que me restaban (ya sólo me queda La broma infinita). Empecé con esta obra de Gaddis porque sus grandes novelas me intimidaban un poco, por su tamaño y ambición.

William Gaddis publicó su tercera novela, Gótico carpintero, en 1985. Gaddis fue, como quizá deberían serlo todos, un escritor sin prisa por publicar. Alguien que no tuvo problema en dejar pasar 20 años entre su primera y su segunda novela, y 10 más entre la segunda y la tercera.

Gótico carpintero toma su título de un estilo arquitectónico americano, nacido al amparo del neogótico, en el que lo importante era el envoltorio. Los arquitectos diseñaban bonitas casas de madera que resultaban atractivas desde fuera, y luego, en un ejercicio de habilidad, trataban de encajar en su interior los pilares, tabiques y muebles. Ese es un dato que se da cuando se ha pasado la mitad de la novela, como de pasada. El casero de la pareja protagonista lo dice como si no importara. Esa pareja protagonista es, claro, una pareja mal avenida: ella hija de una fortuna de la que la herencia de su padre la ha dejado fuera, él un veterano de la guerra amargado porque no tiene dinero, uno de esos tipos que siempre tiene un gran plan para forrarse al que sólo el egoísmo y estrechez de miras de los demás impiden prosperar. Ese marido busca que el Estado lo indemnice por las consecuencias de su paso por la guerra, y la novela es una sucesión de visitas a médicos, facturas sin pagar y vasos de whisky. Ella tiene un hermano gorrón y amigos que gustan más o menos a su marido en función de las oportunidades que le presentan de sacarles dinero.

El casero es otro personaje a no olvidar, una especie de genio desaparecido, alguien que iba a ser escritor y ahora es un no – escritor, un lector perfecto que se gana la vida escribiendo textos para manuales escolares de geología, porque también es geólogo, y parece que sobre todo dedica su tiempo a fumar y a la divagación.

Todos hablan y hablan sin escucharse. Los diálogos de la novela de Gaddis están mal puntuados y tratan de reproducir el habla de personas que hace años que no escuchan y sólo hablan y hablan tratando de atropellar el discurso de los demás. La novela de Gaddis se relaciona directamente con la de Foster Wallace, su ópera prima, en ese punto, en el de los diálogos inverosímiles, largos, recargados, artificiales pero adictivos, que también son marca de la casa de Don DeLillo. Tengo apuntada una cita de la novela Ruido de fondo, de DeLillo, también de 1985, que dice que: “La familia es la principal fuente de desinformación”, porque a veces todos hablan y hablan y nadie escucha al otro.

Algo estaba gestándose en 1985. Algo vieron en el aire, algo notaron DeLillo, Foster Wallace y Gaddis, que los llevó a escribir tres novelas en las que los personajes hablan y hablan. Creo que hay una crítica muy importante a la nueva sociedad que se estaba construyendo, y eso que los tiempos de whatsapp y twitter y demás redes sociales donde expresar el más mínimo de los pensamientos, y a veces pensamiento ya es un nombre excesivo, quedaba lejos. Creo que Gaddis, más que en el hecho de que uno de sus personajes sea un escritor, entra en la metanarrativa a través de esa reflexión, ese tono de cháchara sin sentido, quizá un ataque al ansia de publicar de los autores. Publicar como forma de evitar el olvido. Hablar mucho para tener más razón. Y también hace una apuesta metanarrativa en la elección del gótico carpintero, ese envoltorio sin sentido, que representa, sin duda, esa prosa experimental que no es más que forma. Y es muy significativo que autores tan buenos en la forma como DeLillo, Gaddis y Foster Wallace siempre hayan criticado la forma sin fondo.


Aunque La escoba del sistema no se publicó hasta 1987, Foster Wallace la escribió en 1985 como proyecto final de carrera y obtuvo con ella la nota máxima y la recomendación de muchos de sus profesores de que la enviara a algunos editores que podrían estar interesados. La edición de Pálido Fuego comienza, de hecho, con una carta de Foster Wallace a quien fue su primer editor, ofreciéndole uno de los capítulos de la novela para su lectura. Esta edición de la editorial Pálido Fuego ha sido la primera traducción de La escoba del sistema, y en ese sentido tiene un gran mérito, pues completa las obras de Foster Wallace, normalmente editadas en Mondadori. La edición tiene quizá más erratas de las deseables, pero espero que eso se corrija en reimpresiones.
David Foster Wallace es uno de esos escritores obsesivos, como casi todos los que acaban construyendo una obra perdurable. Sus temas han sido siempre unos pocos, y uno de ellos es la incomunicación y la presión social que los otros ejercen desde fuera, cómo lo que los demás piensan de uno lo dibujan y cómo el observador modifica a lo observado, sea una persona o sea toda la sociedad. La escoba del sistema vale como borrador de la obra completa de Foster Wallace, y ya nos mete en un ambiente de jóvenes desnortados llenos de palabrería vacía y hueca. La prosa de Foster Wallace ya es rítmica y presume de sintaxis musculosa y elástica. Su acercamiento a la juventud de la que forma parte y de la que se ríe sin dejar de verse reflejado en ella ya está ahí. Los tiempos de Foster Wallace ya son líquidos y la única herramienta de disección de la que dispone es la ironía feroz. El trabajo, el amor, la amistad, la literatura, ya no son para siempre.

La trama se sustenta sobre una familia en la que nadie se comunica, y para que quede claro, el patriarca es un altísimo ejecutivo al que es casi imposible acceder por teléfono. Siempre está fuera, siempre está reunido, nunca contesta, ni sus más estrechos colaboradores parecen saber dónde está en cada momento. Están aislados de una manera hasta física, como los habitantes de la ciudad universitaria en la que se produce el escape nuclear en Ruido de fondo, de DeLillo.

La palabra envenena y hasta mata y la gente se empeña en hablar e incluso en escribir, y en la editorial en la que trabaja la protagonista, lo saben de sobra. Algunos de los capítulos, en general independientes, en general escenas que no sustentan una trama clásica, son parafraseos que el editor hace de las historias que recibe. Por situar una trama central en La escoba del sistema, la abuela de la protagonista ha huido de su residencia de ancianos, a su vez propiedad de la familia, de ese padre omnipotente y ausente, llevándose con ella a unos veinte residentes y a varios trabajadores. Parece que los ha convencido con su palabrería y parece que tratan de ocultarse los hechos.

En las historias de Foster Wallace, como en las de DeLillo, hay muchas historias que se quieren tapar. Lo demás, la televisión, las novelas que leemos, son un gran mcguffin. Son las historias que suceden por debajo de la superficie las que dibujan realmente el momento en el que vivimos. Un momento al que Foster Wallace, Gaddis y DeLillo parecen buscarle su origen, con cierta capacidad profética, a mediados de la década de los 80, cuando todos empezamos a no escucharnos y a subir el volumen de nuestra inanidad.

Seguiremos leyendo como forma de escucha.

Felices lecturas


Sr. E

viernes, 30 de diciembre de 2016

Mis cuentos pendientes de 2016

Mis cuentos pendientes de 2016: Una lista de 10 lecturas con bonus track


En 2016 he anotado 97 libros leídos en mi registro. Esos son libros leídos completos y apuntados, pero sé que hay algunos más que no he apuntado, porque hay semanas que lo voy dejando pasar y cuando las semanas se convierten en meses la memoria ya ha hecho una cierta labor de erosión y no llega a todo. Generalmente esos libros no habrán sido obras maestras, pues los he eliminado de mi memoria en escasos días, así que tampoco lloraremos por su pérdida.

97 libros completos y apuntes de comienzo de lectura de otras dos decenas. Libros que empezaron bien y se cayeron. Libros que no me interesaron al principio pero a los que decidí dar otras cincuenta páginas de oportunidad y acabaron igualmente en divorcio. Nunca he sido de esos que dicen: “termino cualquier libro que empiezo”. Me parece una frase absurda. Con todo lo que hay para leer, ¿por qué elegir algo que no nos esté llenando, o al menos entreteniendo? Algunos de esos primeros escarceos nos dejan en el contestador de la mente el mensaje de que se trata de libros a los que habrá que acercarse en un momento más óptimo por los motivos que sea. Pero otros ya nos han dejado suficientemente claro que 80 páginas fueron demasiadas. No daremos nombres. Yo también leo libros malos y hasta muy malos. No los termino pero leo demasiado de ellos como para saber que son malos. Pero igual que a mis amigos no les recomiendo los libros horribles con los que me cruzo, sino los que me interesan, trato de comentar solo los que me han gustado. Es divertido tirar por tierra el trabajo de otros, pero salvo que considere que está hecho con la intención de tomarnos el pelo a los lectores, prefiero no hacerlo.

Me centraré en esos 97 libros. El objetivo de toda lista ridícula de lecturas del año es dejar un top ten. Pasar de 97 a 10. Me sobran 87 libros que en general me habrán gustado. La memoria funciona y dicta sus propias preferencias. Hay libros sobre los que en su momento no anoté ninguna maravilla pero que han seguido activados en mi cabeza y supongo que ahora están por delante de otros que me hicieron pasar un rato de lectura a primera vista apasionante pero que ahora, con la perspectiva de los meses, se ha quedado bastante aplanado.

Supongo que por cuestiones de la edad y la vida, empiezo a plantearme a qué autores a los que aún no he leído acercarme, o si centrarme mejor en completar las obras que me faltan de los que sí sé que siempre me dicen algo. No sé si ir por fin a por ese clásico postergado. O releer algunas obras. Veo que me lanzo con menos ganas sobre las novedades. A eso también ha ayudado que las bibliotecas son cada vez menos receptoras de novedades. En cualquier caso, cuando una novela sale, salvo que sea de un autor del que sé que seguro voy a querer leerla, dejo pasar 2 o 3 o 6 meses después de las alabanzas iniciales antes de buscarla. La experiencia ayuda a filtrar las operaciones de lanzamiento de los libros interesantes, y la verdad es que los propagandistas también lo ponen fácil.

Hay, en cualquier caso, 30 autores anotados a los que he leído por primera vez. Algunos me han interesado lo suficiente como para plantearme leer sus siguientes libros (Marta Caparrós, Lara Moreno), otros me han entusiasmado y formarán parte de mi dieta habitual en los próximos años (Cartarescu, Rita Indiana), otros han sido convenientemente olvidados.

He leído más ensayo o más libros misceláneos y he leído menos narrativa. He leído los Cuentos completos de algunos autores y creo que esa será una costumbre que iré tratando de mantener. Zambullirme en los Cuentos completos de 2 o 3 autores al año. Ya he explicado alguna vez que me parece que esa clase de lectura te da una visión panorámica de una vida en el escritorio, te permite apuntar temas y motivos que se repiten, trazar caminos en la evolución de la escritura y los temas de alguien, ver cómo mejoró o lamentar cómo perdió fuerza de manera evidente.

97 libros. He tenido pequeños desengaños, como la nueva novela de DeLillo, Cero K, que empezó gustándome mucho y me acabó pareciendo un libro bien escrito, quizá una buena novela, pero desde luego un libro muy alejado del mejor DeLillo, quizá el peor de los suyos que he leído junto con Cosmópolis. Me gustó bastante más, este mismo año, Fascinación, y tampoco me pareció una maravilla.

Los autores de quienes más libros he leído este año han sido Emmanuele Carrère y Georges Perec, de quienes he leído cuatro obras. He leído tres libros de David Foster Wallace, de Don DeLillo, de Roberto Bolaño, de Richard Ford, de George Simenon y de Isaac Bashevis Singer. He descubierto a Elena Ferrante y a Rita Indiana y a otros autores que quizá no me han impactado tanto pero a los que he apuntado en mi infinita lista mental de: volveré a ellos. He leído primeras novelas de autores a los que conozco y ya he leído, como Haruki Murakami, Roberto Bolaño, y siempre es interesante conocer los primeros pasos de algunos escritores. He leído obras menores de Levrero y me han parecido muy buenas. De los cuentos completos, o cuasi completos, he disfrutado con los de Stevenson y Poe, de Malamud, Doctorow y Bashevis Singer. Ya están por casa, esperando su turno, los de Juan Carlos Onetti y Brian W. Aldiss. Quiero releer los relatos de Foster Wallace y de Raymond Carver, de quien llevo años huyendo pero a quien este año un libro de Richard Ford, Flores entre las grietas, me despertó las ganas de volver a leer. Además de este libro de Ford he leído bastantes obras de autores que reflexionan sobre la labor creadora propia, o sobre la labor creadora en general, o sobre el llamado mundillo literario y sus secretos y miserias. He vuelto a leer algunas novelas de James Ellroy. Es la primera vez desde que caí en las redes de la prosa de DeLillo que no lo elijo entre mis mejores lecturas del año.

De colecciones de relatos concretas, no recopilaciones ni antologías, destaco: Mala letra, de Sara Mesa, Tuberías, de Etgar Keret, Nocturnos de Kazuo Ishiguro y Material sensible de Neil Gaiman. Compré pero aún no he leído Estrómboli, de Jon Bilbao, ni he terminado con los del libro Nostalgia, de Cartarescu, que me impresiona a la vez que me agota cada vez que lo afronto. Se me han quedado fuera del momento de las reseñas, y no sé muy bien por qué, libros que me han dicho bastante, como precisamente Mala letra, de Sara Mesa o Nocturnos, de Kazuo Ishiguro, Ayer, de camino, de Peter Handke o Ahora sabréis lo que es correr, de Dave Eggers. O los Diarios de John Cheever, que he ido leyendo y releyendo a tirones durante los dos últimos meses del año y han sido una de mis grandes experiencias. He leído tan pocos clásicos como suelo, aunque uno de los libros que más me ha gustado en todo el año ha sido de Dostoievski, uno de los pocos autores fundamentales del XIX a los que realmente he prestado atención en mis aventuras como lector. He pasado bastante por encima de la narrativa española este 2016, y pese a ello uno de los libros que más me ha impresionado ha sido Todos los miedos. Leyendo menos novela de género y menos narrativa clásica que otros años, he llegado a novelas que me han dejado muy satisfecho como lector y que seguiré recomendando.

Elegir 10 libros cuando se recuerdan de distinta manera y con distinta intensidad por haberlos leídos en momentos muy distintos del año me enfrenta a ciertos dilemas: ¿Por qué esos libros? ¿Elijo los 10 que más me han gustado? ¿Los 10 que me parece que reúnen más méritos literarios de un modo más o menos objetivo? ¿Los 10 que más vueltas me han hecho darle a la cabeza? Al final ha sido una mezcla de las tres cuestiones, siendo probablemente la prioritaria la capacidad que los libros hayan tenido para obsesionarme durante su lectura y las veces que hayan vuelto a mi memoria y a mi conversación en las semanas y meses siguientes a leerlos. Elegir 10 libros para un año es tan arbitrario y ridículo como la mayoría de filias y fobias que podamos haber desarrollado. Tratar de ordenarlos es el mayor de los fracasos, porque al día siguiente de publicar este post pensaré que el orden real de mis preferencias es otro. Sabiéndolo, y advirtiéndolo, mis 10 libros del año son:

1. Memorias de la casa muerta, de Fiodor M. Dostoievski (Alba Editorial): Esta obra retrata, utilizando un narrador interpuesto, los años que Dostoievski pasó en las cárceles siberianas, exiliado. El exilio sirve para que los castigados se muestren tal y como son, con lo mejor y con lo peor que el ser humano tiene. Dostoievski consigue que el lector entre en la mente y los sufrimientos de sus personajes con detalles de vida que dibujan perfectamente la desesperanza de saberse olvidado y los caminos por los que tratar de combatirlo.



2. Diarios, de John Cheever (Emecé): Los Diarios de John Cheever surgen de 29 cuadernos desordenados, sin fechar, sin un objetivo mucho más allá que escribir la vida. En ese sentido, en el de escribir la vida, con sus deseos incumplidos, con sus frustraciones, con sus miedos y sus secretos, los Diarios de John Cheever son otra de sus novelas, quizá superior a las aventuras y desventuras de la familia Wapshot y al nivel de sus mejores relatos, de esos que son considerados obras maestras del género. La vida que Cheever va retratando está detrás de una mirada literaria, y nos lleva a ver un mundo desolador pero bello.



 3. Sombras sobre el Hudson, de Isaac Bashevis Singer (Zeta Bolsillo): Esta fue una de las primeras novelas que leí en 2016, y creo que será uno de esos libros que me acompañarán durante años. Sombras sobre el Hudson es una novela del siglo XIX escrita en la década de los 50. Narrativa tradicional rusa mezclada con la tradición oral judía para dar como resultado una novela absorbente, larga, compleja, llena de subtramas, llena de vida.




4. Conversaciones con David Foster Wallace, de Stephen J. Burns (Editor) (Pálido Fuego): Releí algunos relatos de Foster Wallace este año y me acerqué por primera vez a Hablemos de langostas. También vi la película que hicieron hace un par de años, The end of the tour, centrada en la figura de Foster Wallace como insegura estrella del rock, como escritor superado por su popularidad y el éxito de La broma infinita. Conversaciones con David Foster Wallace ha hecho de nexo entre toda esa información, y me ha ayudado a ver dónde está el verdadero Foster Wallace, si lo había, cuáles eran los temas que lo preocupaban sinceramente o en qué aspectos se veía limitado. Un libro muy interesante para sus seguidores, y en general muy recomendable para quien quiera saber cómo crea un escritor de primera fila y cómo funciona una cabeza compleja llena de interconexiones entre lo popular y lo filosófico.


5. Cuentos reunidos, de Bernard Malamud (Austral): Los Cuentos reunidos de Bernard Malamud podrían ser un buen objetivo de lectura para esa gente que casi no lee y que lamenta su falta de tiempo, quizá porque no reconoce su falta de ganas. Dedicar un año a leer una de sus historias a la semana merecería la pena. El mundo está aquí. Al menos una de sus infinitas versiones. Los Cuentos reunidos de Bernard Malamud son 54 piezas, desde las muy breves a las que prácticamente son nouvelles, donde se repiten las desventuras de los perdedores de la clase obrera, los sueños incumplidos de los que no quieren ver la realidad, la fantasía que ayuda a superar los días.


6. Todos los miedos, de Miguel Ángel González (Siruela): Todos los miedos es una novela dura, porque nos asoma al abismo de lo que de verdad nos da miedo. ¿Tenemos más miedos de los que podemos permitirnos? ¿Tememos por encima de nuestras posibilidades? Si fuéramos a lo esencial, tenemos miedo, por encima de todo, a la idea de la muerte y a que le hagan daño a nuestros seres queridos. Todos los miedos se compone de dos novelas cortas en apariencia independientes que se suman y complementan. La primera de ellas, ¿Quién teme al lobo feroz?, nos lleva a la violencia arbitraria contra una familia que no podrá recuperarse nunca. La segunda, Lo que sé del olvido, nos mete en la cabeza de un hombre desahuciado. El estilo está hecho de breves pinceladas que nos van envolviendo entre el malestar y la crudeza sin perder la intención estética.


7. Crónicas del desamor, de Elena Ferrante (Lumen): Ferrante es una de las escritoras de moda de los últimos años. En 2016 la polémica ha vuelto al revelarse su supuesta identidad, pues ya sabíamos que Elena Ferrante era un pseudónimo. Con desconfianza por si era un producto de moda llegué a este volumen con sus primeras tres novelas, y encontré a una narradora potente, que no tiene miedo a diseccionar a sus personajes, sus miedos, sus vergüenzas, y a exponerlo todo con una fría belleza que perturba. Entusiasmado con este volumen me lancé de inmediato a empezar la famosa tetralogía de Las dos amigas, aunque debo reconocer que la aparqué después del primer volumen, quizá porque algunas cosas me sonaban a usadas en las Crónicas del desamor o quizá porque no hay que empacharse.


 8. El Reino, de Emmanuele Carrère (Anagrama): Como comentaba, Carrère es el autor del que más libros he leído este año. Hasta ahora había leído El adversario, que me gustó pero tampoco me volvió loco de entusiasmos en un primer encuentro, y Limónov, que sí me enganchó y obsesionó. Elijo El Reino pero podía haber elegido Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos, su biografía de Philip K. Dick, un libro que también me absorbió mucho. Me encantó la segunda lectura que hice de El adversario, pero esta lista se confecciona sobre primeras lecturas, y cuando afronté De vidas ajenas me di cuenta que los narradores de Carrère, observadores a la vez que protagonistas y manipuladores, empezaban a cansarme. El Reino es un libro que no me dio lo que esperaba, una lección sobre los trucos narrativos de los Evangelios, y a cambio me metió en un mundo, el de la vida de San Pablo, que no me interesa demasiado. El Reino es un libro aburrido por momentos que sin embargo no podía dejar de leer, y es un libro que ha vuelto muchas veces a mi memoria desde que lo leí en junio. Por eso lo elijo. Y por esa capacidad de escribir sobre temas que a priori sólo pueden tener interés para él, como la vida de un marginal poeta ruso llamado Limónov o sus experiencias con la fe, del descreimiento al cristianismo más humilde y vuelta al descreimiento, seguiré leyendo a Carrère.


9. Tuberías, de Etgar Keret (Siruela): Escribí sobre este libro hace poco. Y subo la apuesta: Keret es el mejor escritor de relatos del mundo, sin ninguna discusión posible. Etgar Keret retrata la realidad tan particular de su país y su pueblo sin dejar de conseguir eso tan difícil que es reflejar al conjunto de la humanidad. Una humanidad a la que describe, claro, sin concesiones, ridiculizándola con piedad.






10. Diario de un canalla y Burdeos 1972, de Mario Levrero (Mondadori): Encontrar a Levrero es una sensación agridulce. Llegué a La novela luminosa, que sin duda me cambió como lector, y lo hice sabiendo que no habría nuevas obras de Levrero. Tampoco parece, y casi se diría que por suerte, que vayan a estar llegando inéditos por decenas, como en el caso de Bolaño. La editorial que lleva sus libros en España, Mondadori, sí está sacando algunos libros que no habían llegado a España, o casi no habían llegado, y por suerte ha recuperado algunos de sus libros en ediciones de bolsillo, que se habían agotado. Diario de un canalla y Burdeos 1972 nos lleva a los años 70 y a los años 80 y nos muestra a un Mario Levrero que como siempre dudaba de su capacidad como autor y sobre todo de su constancia para llevar a cabo cualquier trabajo intelectual. A Levrero le agobia la vida y aquí tenemos los borradores, ya brillantes, de lo que aparecería 20 – 30 años después en El discurso vacío y La novela luminosa. Mario Levrero es un autor único, capaz de ver poesía en cualquier mínima esquina gris, y de hacerlo sin que parezca que pretenda encontrar poesía, que se vuelve único cuanto más se aleja de intentar producir ficción. Porque ve la extrañeza del mundo sin buscarla. Espero que Mondadori sí se anime de una vez a publicar la colección de cuentos de Levrero que cuentan que lleva años preparada, prologada por Ignacio Echevarría, y no se sabe por qué, parada.

Para rematar, un pequeño extra. El suplemento Babelia nos enseñó las votaciones de sus críticos y después de los 10 mejores libros del año, nos enseñó sus libros entre el 11 y el 20. Aquí sólo voto yo, y los libros que también he barajado para incluir entre los mejores pero que finalmente no he incluido, sin más orden que el cronológico de su lectura, han sido:
Del 11 al 20
Las memorias de Maigret, de George Simenon (Clásicos del siglo XX El País)
Nocturnos, de Kazuo Ishiguro (Anagrama)
El pentateuco de Isaac, de Ángel Wagenstein (Libros del Asteroide)
Cuentos completos, de E. L. Doctorow (Malpaso)
Breve historia de siete asesinatos, de Marlon James (Malpaso)
Un amigo de Kafka y otros relatos, de I. B. Singer (Cátedra)
Fariña, de Nacho Carretero (Libros del K.O.)
Papi y Nombres y animales, de Rita Indiana (Periférica)
Hablemos de langostas, de David Foster Wallace (Mondadori)
Carthage, de Joyce Carol Oates (DeBolsillo)

Hasta 2017, cuando seguiremos comentando libros.

Felices lecturas

Sr. E




lunes, 26 de diciembre de 2016

Carthage, de Joyce Carol Oates

Carthage, de Joyce Carol Oates (DeBolsillo)


Las hermanas Mayfield eran dos: Juliet, la guapa, y Cressida, la lista. Así podría empezar un cuento de hadas cualquiera. Uno de esos cuentos que llamamos de hadas pero que esconden en su interior oscuras realidades. Cuentos de hadas negras. Cuentos peligrosos. Carthage, el título de esta novela de Joyce Carol Oates, es el nombre de una pequeña ciudad al norte el estado de Nueva York. Un sitio entre bosques en el que la familia Mayfield es una de las principales familias de esa ciudad. Zeno, el padre, ha sido alcalde, es un hombre importante. Vive con Arlette, su religiosa mujer, y sus dos hijas, Juliet, la guapa, que estudió fuera pero volvió a la ciudad para ser maestra en una escuela infantil, y Cressida, la lista, una chica introvertida, con cuerpo de chico y afición por el dibujo, que ha estudiado su primer curso en una universidad en la que tampoco ha encontrado su lugar. La mayor, Juliet, está prometida con el cabo del ejército americano Brett Kincaid. Pero el cabo Brett Kincaid vuelve destrozado física y psíquicamente de su estancia en Irak, y después de meses de intentar reconstruir la relación, Juliet decide romper el compromiso. Unas semanas después, ven a su hermana, la del nombre extraño, la lista, Cressida, en un bar con el cabo Kincaid y algunos de sus amigotes. Esa misma noche Cressida no vuelve a casa y el cabo Kincaid es encontrado desorientado, magullado, con manchas de sangre en su coche. No recuerda qué ha pasado exactamente. Zeno Mayfield y su familia lo tienen claro desde el principio. Algunos agentes de la policía también. Aparece un suéter de Cressida en la reserva. El mismo que llevaba aquella noche. Por mucho que su madre y su abogado se resisten a ello, y por mucho que la ciudad, Carthage, que es uno de esos organismos vivos que miran y cuchichean, diga que era un héroe de guerra, Brett Kincaid al final se rinde y confiesa que sí, que él mató a Cressida Mayfield, aunque no recuerda por qué, y que la dejó en algún sitio que no recuerda cerca de donde han aparecido los restos de su ropa. Fin del primer acto. 200 páginas de tensión, de preguntarnos qué pasó exactamente, de querer saber qué nos están ocultando. Y la respuesta.

Esa respuesta no es para nada la respuesta final. Por no estropearle la novela a quien quiera leerla, sólo diré que la novela no ha acabado así, y que sus tres partes funcionan como tres actos que se complementan y contradicen. Unas 200 páginas cada uno. Cuando termina el primero ya hemos contenido la respiración muchas veces. Y nos quedan las confusas explicaciones de unos y otros. Nos queda saber cómo se reconstruye la vida después de una muerte así en la familia. Nos falta incluso saber cómo reconstruye una mujer joven su vida cuando es ella la que ha muerto. Tenemos que ver si hay arrepentimiento en quien ha hecho algo así, aunque no lo recuerde con claridad. Tenemos que ver si su familia puede perdonar. Tenemos que quedarnos impresionados viendo cómo el ser humano es capaz de olvidar o fingir que olvida.  

 Es, que recuerde, el cuarto libro de Joyce Carol Oates que leo, tres novelas y una colección de relatos. En los últimos años he oído su nombre en las quinielas de última hora de los Nobel. Me parecería una exageración pensando en que no lo tienen Philip Roth o Don DeLillo. Carol Oates me parece una narradora muy eficaz, con oficio, con dominio técnico, que estructura muy bien sus novelas. En muchas de esas virtudes no está muy lejos de Stephen King u otros narradores comerciales que hacen de su profesionalidad un valor. En cuanto a estilo, ideas y ambición está por encima, pero creo que lejos de una verdadera primera línea. Aunque es verdad que el enorme volumen de su producción hace mucho más meritorio ese nivel de calidad.

Lo mejor de Carthage, y de las novelas de Joyce Carol Oates que he leído hasta ahora, es su buen manejo de la estructura. Todo en la novela es atractivo para el lector, todo te incita a querer sabiendo, la información se va distribuyendo de manera eficaz y sin caer en trampas. La novela tiene una estructura en tres actos: Primer acto: Desaparece Cressida y nos imaginamos qué pasó. Segundo acto: Nos enteramos de qué pasó realmente con Cressida. Tercer acto: Fin de la historia. ¿Posibilidades de redención, de perdón?

La historia es oscura y su fraseo es oscuro. A veces parece una serpiente que nos susurra posibilidades al oído. El lenguaje es el necesario en cada punto, la voz que narra es elástica y se mueve de dentro de la cabeza de los personajes a un objetivismo descriptivo sin chirriar en ningún momento. Los personajes que aparecen dando contexto, especialmente en la segunda parte del libro, esos intelectuales izquierdistas y esos secretos de los que nadie habla, son por sí mismo interesantes, y enriquecen el resultado final.

Quizá no hay nada que destacar como lo peor de Carthage. La novela no es más ambiciosa y no cruza la frontera entre una muy buena novela y un libro que aspire a más porque la autora no lo pretende. Es una de esas novelas que se disfrutan mucho mientras se leen y que quizá se desdibujan con demasiada rapidez una vez terminada, seguramente porque es un artefacto bien dibujado pero los personajes no alcanzan a dejarnos nada memorable. La única pega que le pongo es el final, el perdón mutuo que no alcanzo a creerme. La insistencia de la madre de Cressida por seguir en su fe y ver al cabo Brett Kincaid en la cárcel y perdonarlo porque lo sigue considerando parte de su familia. ¿Es ese el perdón cristiano? ¿Es una postura hipócrita decir como dice ella, que ahora que no está, Cressida, donde quiera que esté (ella está pensando en el otro mundo al decirlo) habrá entendido por fin que la querían? La familia Mayfield representa muy bien las distintas opciones ante la tragedia. La hermana mayor, Juliet, huye de Carthage, porque no lo soporta. Su ex – prometido ha matado, o eso parece, a su hermana pequeña, y no puede convivir con esa idea en el paisaje habitual, donde todo sucedió. Arlette, la madre, reza por todos, y parece que lo hace por todos por igual. Zeno, el padre, no se rinde, resiste y piensa que Cressida volverá. Los psicólogos tendrían mucho que decir sobre la imposibilidad de cerrar el duelo cuando no hay un cadáver que enterrar. Carthage, como personaje colectivo, sigue juzgándolos, y por eso el título más adecuado de la novela ese ese, ni Cressida ni Los Mayfield. La vida sigue o la vida se termina pero los pueblos siguen murmurando.

Ha sido una muy buena novela para cerrar el año. Es uno de esos libros recomendables para vacaciones y chimenea.

Antes de fin de año trataré de convertir mis lecturas de 2016 en una lista de 10 libros.

Felices lecturas


Sr. E

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Los viernes en Enrico´s, de Don Carpenter

Los viernes en Enrico´s, de Don Carpenter (Sexto Piso)


Uno lee el título de la novela y podría pensar que la acción de la misma transcurre, esencialmente, en un lugar llamado Enrico´s, un sitio con un nombre que lo sitúa entre lo elegante y lo decadente, donde se bebe, se bebe mucho, y en el que se juntan ciertos escritores a hablar de ellos mismos, de lo que escriben, de lo que les publican, de lo que quieren escribir, de lo que son incapaces de rematar, de lo que no les publican. Y la verdad es que la descripción se parece bastante a lo que se encuentra en la novela salvo porque Enrico´s es un lugar en el que una de las protagonistas va a comer y beber de vez en cuando, normalmente los viernes, sin que se nos den demasiados detalles, y esto sólo ocurre al final de la novela.

Todos eran muy cosmopolitas. Jaime había llevado una vida muy protegida. Recordó horrorizada que su padre había perdido su empleo. Ya no era clase media. La habían arrojado a la calle, pero Charlie estaba allí para protegerla. pg. 37

Los viernes en Enrico´s es una novela brillante, y que eso quede dicho ya. Es una novela que merece la pena leer, y eso que parte de unas condiciones iniciales difíciles. Se trata de la novela en la que su autor, Don Carpenter, estaba trabajando a mediados de los noventa, cuando, con su salud muy minada, decidió suicidarse. La novela más o menos estaba, aunque es cierto que los dos últimos capítulos son más cortos y sobre todo menos profundos, que los cuatro anteriores, lo que lleva a pensar que estaban menos trabajados y menos revisados que los demás.

¿Era Don Carpenter un autor conocido? No demasiado, por lo que parece. En España apareció su novela Dura la lluvia que cae, un duro retrato carcelario, hace unos cuatro años, y ahora ésta. Dura la lluvia que cae parece ser un clásico de la literatura que retrata la delincuencia juvenil y la entrada y caída por el sistema judicial, que raramente busca reeducar y que normalmente es una puerta de entrada a lo peor que ese sistema tiene para ofrecer. Apunto la novela para leerla próximamente porque esta me ha parecido magnífica.

Y sin embargo, en lugar de ser un esquiador feliz, siempre estaba deprimido. Era una cualidad suya, ser infeliz sin ninguna razón. Tal vez por eso se consideraba escritor. pg. 73

Los viernes en Enrico´s tiene una peculiaridad, que ya se advierte en la portada, que es que ha sido terminada por Jonathan Lethem. Es rara la situación en la que un autor termina la obra de otro. Al final del libro, en un posfacio, Lethem habla de su descubrimiento de Carpenter a principios de los 90 y de cómo fue a buscar que lo reeditaran y entre él y George Pelecanos lograron que alguien se interesara y Dura la lluvia que cae llegara hasta una colección de clásicos y a Lethem lo invitaran a ordenar y terminar el material de Los viernes en Enrico´s. Lethem explica que esencialmente la novela estaba, y que él se limitó a uniformar ciertos aspectos sintácticos, a afinar alguna música, a quitar redundancias. En definitiva, la corrigió como si hubiera sido un libro propio ya terminado.

¿Quién fue Don Carpenter? Un narrador norteamericano que estuvo en la guerra de Corea, que estudió un máster en creación literaria y que publicó su primera novela, esa Dura la lluvia que cae, a mediados de los sesenta. Tuvo un éxito moderado y nunca llegó a superar ese moderado éxito, por lo que se ganó la vida en Hollywood, escribiendo y revisando guiones. Se movió entre escritores que tenían más éxito que él y siempre retrató a gente que lucha por salir adelante con su talento, llenos de inseguridades y dudas. El ambiente de Los viernes en Enrico´s está lleno de escritores que no sabemos si tienen realmente talento, no lo saben ni ellos, y en la novela también hay veteranos de la guerra, novelistas que no acaban de asentarse, guionistas, gente que entierra la cantidad de talento que tenga en alcohol, pequeños ladrones, personas que pasan por la cárcel.

No se puede enseñar escritura creativa – dijo llanamente –, y tampoco aprenderla. Supongo que tienes que nacer con ello. Lo que podemos hacer aquí, en esta clase, es escribir mucho, leer las cosas de los demás y tratar de ayudarnos. pg. 105

Los viernes en Enrico´s sigue la peripecia de dos personajes principales, Charlie Monel y Jaime Froward, quienes se conocen en uno de esos cursos de escritura creativa universitaria, se gustan y muy pronto se casan. Charlie es bastante mayor, pues es un veterano de la guerra de Corea que ha podido estudiar después de dejar el ejército. Los dos quieren ser escritores y pronto se centran en ello. Era una época en la que parecía que aún se podía ser escritor, como profesión quiero decir. Tienen una hija. Jaime consigue terminar una primera novela que llama la atención, Charlie no logra sacar adelante su gran proyecto, su Obra, su Novela, y se gana la vida, entre otras cosas, dando clases de escritura creativa. Siempre me ha llamado la atención cómo puede enseñar escritura creativa alguien que no es capaz de terminar su propia primera novela, pero bueno, ese es otro tema. Todo el mundo está esperando esa novela de Charlie Monel, pero él piensa que la que verdaderamente tiene talento es su mujer. Beben, beben mucho, pasan tiempo en los bares, allí conocen a muchos escritores, y hablan de escribir y de la vida literaria. Parece que la vida literaria sea bastante más importante que la escritura sin más. Pero parece que en realidad es así. Las referencias de Carpenter se acercan hasta la generación beat, aunque él, como autor, es más joven, y da la sensación de que Charlie Monel va un cuarto de hora tarde, y da la sensación de que a Don Carpenter le pasó algo parecido.

El sueño de Charlie, si lo examinaba con atención, era ser el rey del mundo. No bastaba con escribir y que lo publicaran. Si no, ¿por qué andaba jodiendo con Hollywood? Hollywood no tenía nada que ver con escribir bien. Al contrario, estaba aprendiendo a escribir peor. A convencer, a persuadir, a engañar la gente para que lo creyera.  pg. 340

La prosa de Don Carpenter me ha hecho pensar en esa buena prosa con sustancia que algunos autores americanos consiguen. En esa manera de escribir elegante, bien pensada, técnicamente muy sólida pero a la vez accesible, que Saul Bellow o John Cheever conseguían. Quizá ese era un problema de Don Carpenter, querer ser un beatnik y escribir en realidad con ese realismo lírico y algo derrotyado de autores que eran 15 o 20 años mayores que él. El mundo de Carpenter no es el descreído mundo de Roth ni el paranoide mundo de DeLillo y Pynchon, que son realmente sus coetáneos. Y no pasa nada, porque Richard Ford es un autor más joven que todos ellos y sus libros también recuerdan a Cheever, a Bellow, a Yates. Ahora que lo pienso, una novela cuyo tono está muy cercano a Los viernes en Enrico´s es Revolutionary Road, de Richard Yates. La diferencia, creo, está en que Ford pretende escribir como Cheever y como Yates y Carpenter, probablemente, no. 

Los viernes en Enrico´s es esencialmente una novela de amor, y como tal también de desencanto y desamor. De amor y desamor entre un hombre y una mujer y de amor y desencanto entre un autor y su obra. Aquí nos podemos acercar con cercanía a varios escritores que creen estar escribiendo una obra maestra y que cuando la terminan, o cuando la tienen casi terminada, dicen: no era esto exactamente lo que quería. La ciclotimia anímica que acompaña la creación afecta inevitablemente a la persona que crea y esos ritmos de subida y bajada se filtran en cualquiera de sus relaciones humanas, también la amistad y las de pareja, y las minan. Es una novela para leer despacio, paladeando su fraseo, sólido y que nos recuerda la música de jazz que sonaba de fondo en aquellos bares de la Costa Oeste, entre copas, mientras los escritores se decidían entre insistir en una vocación perdedora, la de la novela, o rendirse a Hollywood y hacerse guionistas y autores invisibles dentro de su gran maquinaria.

Se descubrió perdiendo la pista de por qué había elegido escribir sobre esa época y esa gente. No para mostrar lo maravilloso que había sido todo, sino para mostrar cómo habría visto lo maravilloso alguien que no formase parte de ello. Alguien que no hubiera estado invitado a las celebraciones ni a las fiestas, sino sólo a encuentros a hacer mamadas en coches o en las escaleras traseras del auditorio de Portland. pg. 372

Seguiremos buscando nuevas novelas en las que perdernos y más novelistas con oficio.

Felices lecturas


Sr. E