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viernes, 4 de octubre de 2019

El papel amarillo vs. Su cuerpo y otras fiestas, además de Chicas muertas


El papel amarillo, de Charlotte Perkins Gilman (Editorial Bestia Negra) vs. Su cuerpo y otras fiestas, de Carmen María Machado (Anagrama), con Chicas muertas, de Selva Almada (Mondadori) de propina

El papel amarillo es un relato que se puede identificar de manera bastante clara en la tradición gótica, y que se publicó por primera vez en 1892. Cuentan que Lovecraft alabó el relato. Se ha recuperado de un olvido de muchas décadas en los últimos años, y ahora mismo se lee desde dos perspectivas, la de relato de género de terror (o de pesadilla, pues más que miedo la lectura produce angustia por la deriva en la que va entrando la protagonista) y como relato protofeminista, una historia de reivindicación de la mujer ante su papel secundario en aquella época.

Creo que se puede leer de las dos maneras, que quizá es lo mejor, y de hecho yo lo he leído dos veces, aprovechando que es francamente breve (aunque la edición lo viste con prólogo, estudio y unas ilustraciones sobre las que habría mucho que hablar, porque son bonitas pero en su ánimo de resaltar continuamente la opresión de la protagonista acaban resultando un tanto condescendientes e infantilizantes). Lógicamente no lo he leído dos veces, una desde un punto de vista y el otro, sino uno simplemente siguiendo la historia, y jugando al juego que como narración propone (¿pasa todo en la cabeza de la protagonista o hay algo real más allá?) y otra fijándome más en los detalles costumbristas, en su modo de relacionarse con el marido, la manera en que se refiere a él y sus recomendaciones, y su propia relación con su naturaleza femenina y la posibilidad de que la escritura fuera algo terapéutico.

Como relato de terror, pasados más de 125 años, no deja de ser hoy en día un relato canónico, que sigue los pasos marcados por quienes crearon el modelo. Lo hace bien, dosificando la información, dejando algunos elementos sorpresa para el final, generando una atmósfera cada vez más enrarecida y haciéndonos dudar de la fiabilidad de la protagonista, de la que sabemos a través de un diario (un recurso también muy socorrido en la literatura de misterio decimonónica). Pero estas narraciones, salvo algunas excepciones, han perdido eficacia (necesariamente) en su cometido principal, darnos miedo. Le pasa a los cuentos de Poe, y le pasa a este. No puede ser de otra manera, cuando ya hemos pasado todos, como lectores y espectadores, por tantos horrores, con ritmos y miedos muy distintos al de estos relatos.

No obstante, y aunque no nos da miedo, la historia de la obsesión de esta mujer (a la que su marido, médico, ha diagnosticado que está delicada de los nervios, uno de esos males antiguos que le ocurrían sobre todo a las mujeres, y a la que ha recomendado, para que se recupere, unos meses de reposo absoluto en una casa de campo a las afueras de la ciudad) con su cuarto nos conmueve y nos inquieta. Se trata de una inversión del clásico cuento de Barbazul, aquí se trata de un cuarto del que apenas le permiten salir, y sobre el que no tiene opinión, pues todas sus pegas son respondidas con que son efecto de su debilidad, que si se sintiera más estimulada todo podría ir a peor. Y como no sale, acaba obsesionándose con el empapelado del cuarto, de un horrible color amarillo que ya la hizo sentir mal desde que entró ahí por primera vez.

Empezará a identificar a una mujer que vive en el empapelado y que intenta escapar, y se hará imposible saber, desde que se produce la ruptura hasta el final del relato, si está cayendo ella misma en la locura y está proyectando su situación en sus alucionaciones o si realmente se trata de una historia de espíritus. La escritura de corte costumbrista, con los incisos en los que no para de mostrarse como una mujer sumisa y obediente, es la que da lugar a que se pueda hablar desde nuestro presente de un libro feminista, o protofeminista o como lo queramos expresar, un libro en el que vemos la situación de una mujer casi sin voz y con nulo voto en el proceso de la curación de lo que parece, en el fondo, lo que hoy llamaríamos con más normalidad una depresión post – parto. Una situación que muy probablemente vivió la propia autora por la época en la que escribió el relato.

John no sabe lo mucho que sufro. Sabe que no hay razón para sufrir y con eso le basta.

Es una suerte que Mary sea tan buena con el bebé. ¡Es un niño encantador!
Y sin embargo, no puedo estar con él. ¡Me pone tan nerviosa!

Es la misma mujer, lo sé, porque siempre se está arrastrando , y la mayoría de mujeres no se arrastran durante el día. Yo siempre cierro la puerta con llave cuando me arrastro durante el día.

Relaciono este primer libro con el que ahora viene porque los he leído seguidos, en primer lugar, y porque ambos, aunque desde intenciones creo que muy distintas, utilizan los recursos de la literatura fantástica (en ocasiones una literatura fantástica que se parece bastante al terror) para exponer (no utilizaría el verbo denunciar, porque creo que la intención es expositiva, y ese hecho de contar es el que sirve para que el lector abra los ojos e interprete símbolos) la situación de la mujer, en distintos momentos y lugares. Su cuerpo y otras fiestas, de Carmen María Machado, ha recibido miles de elogios, ha ganado importantes premios y ha estado cerca de ganar otros aún más importantes, ha sido recibido como una revelación, y como bien anuncia cualquier referencia que pueda buscarse sobre él en la red, dará lugar a una serie de televisión, que parece el mecanismo de consagración definitivo para el trabajo literario de acuerdo a las leyes del mercado.

Su cuerpo y otras fiestas pertenece a ese género que se llama weird en inglés y que en español deberíamos llamar libros raros, narrativa rara, y que viene a anunciarnos que es literatura fantástica, quizá, pero desde luego no canónica, relatos que no obedecen a la lógica concreta de un género con fronteras bien definidas, y que pueden dar cabida a la poética cercana al realismo mágico de García Márquez y en otros momentos acercarse al gore.

Los ocho relatos de Su cuerpo y otras fiestas pasan por varios géneros y varias influencias más o menos reconocibles, y todos se relacionan en que comparten una cierta visión de que ser mujer es una batalla, que el campo de batalla es a veces el cuerpo de la propia mujer (lugar de goce y de sufrimiento, lugar siempre de inquietud) y en el uso de las herramientas de ese género difuso. Es un libro bastante irregular pero con relatos muy conseguidos. Y creo sobre todo que vale la pena leerlo porque es uno de esos libros que incluso cuando falla es potente, nos está diciendo algo. Es un libro que se atreve a dar ciertos gritos y a usar ciertos discursos formales (hay un relato, Especialmente perversos, que podría haber firmado David Foster Wallace, de más de sesenta páginas en el que se comentan sucintamente capítulos de una serie de televisión policíaca) y que a cambio, cuando intenta provocar al lector lo deja más frío, y cuando mejor funciona, en los cuentos indudablemente más redondos, no nos permite quitarnos la sensación de que ha habido tanta planificación, un uso tan medido y deliberado de los símbolos, que ese lugar mítico donde nace la literatura, el momento en que a la autora se le ocurriera la primera imagen de la historia, queda demasiado lejos. Los ha pulido tanto que están demasiado pulidos, tan perfectos, medidos y equilibrados que les cuesta respirar.

Creo que lo mejor del libro está ya concentrado en su primer cuento: El punto de más. Es un cuento al que no se le puede discutir una coma, quizá únicamente se le puede reprochar que sea demasiado perfecto. En ese relato y en Las mujeres de verdad tienen cuerpo, los símbolos son tan buenos, redondos y potentes, que el relato se quedará en la memoria del lector (aunque creo que El punto de más será más duradero, en Las mujeres de verdad tienen cuerpo, quizá la aparicicón de mujeres que se van volviendo transparentes es un símbolo más obvio)

Los cuentos me han llevado a pensar en distintos momentos en Shirley Jackson (aunque es mucho menos sutil), en Mariana Enríquez (aunque es menos cruel) y en Anna Starobinets (aunque es menos imaginativa, y menos explícita en ciertas descripciones físicas). Con esas tres comparaciones quiero decir que el libro está muy bien pero que no es el mejor libro de cuentos del mundo, ni del año ni de la vida de nadie que haya leído un cierto número de libros de cuentos. Con todo, es un libro más que notable y merece la pena leerlo para sentirse apelado, emocionado y aterrado en algunos momentos, quizá demasiado frío en otros.

Y termino el paseo por las historias de terror y mujeres con el que más miedo debería darnos de todas: Chicas muertas, de Selva Almada. Tenía el nombre de la autora apuntado por ahí y este libro llegó a la biblioteca en algún momento. Está muy bien construido, y sin caer en sensacionalismo ni en efectismos (al menos nada más que en los imprescindibles), y desde la reconstrucción de unos pocos casos escabrosos y terribles de feminicidios de adolescentes en la Argentina rural, va dibujando un mapa del horror, el machismo, el silencio y el olvido. Las sospechas habituales, las calumnias, las costumbres bárbaras de algunos pueblos y algunos hombres, el trato de la prensa, el olvido, el ruido y después todo el silencio. La autora juega (aunque no es un juego literario) con todos esos elementos y construye un libro escueto, denso, cortante. Que sangra y hace sangrar a quien se corta con sus páginas, que será cualquiera que lo lea y tenga algo de sensibilidad.

Mucho miedo, mucha vida y mucha muerte.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

domingo, 1 de septiembre de 2019

Vuelta al cole, vuelta al blog (I)


Vuelta al cole, vuelta al blog (I)

Todos los veranos son largos (más largos cuando uno trabaja como profesor, y ya pueden empezar las rondas de críticas populistas al gremio en este punto) y la lectura es una de las mejores maneras de llenarlos. Llevo una vida, la que tengo desde que aprendí a leer, llenando los veranos con libros. Libros que hacen que el tiempo pase a veces más rápido, a veces más lento, que lo vuelven casi siempre más completo.

Como cada año, había planeado ciertas lecturas y ciertos proyectos de escritura para el verano. He acabado arrancando dos proyectos nuevos de escritura, ninguno de los cuales es el que tenía planeado, y he seguido con laxitud mis propios planes de lectura, esos que inocentemente apuntaba aquí
No me inquieto, por supuesto, me gusta que unos libros me abran las puertas de otros, me gusta pasear sin rumbo por los pasillos de las bibliotecas, asomarme a sus mesas de novedades, leer reseñas y dejarme influir. Ya tenemos demasiados caminos estrechos y vías marcadas en la vida, seguimos demasiadas dietas como para convertir la lectura en otra actividad atlética, estresante o neutra y equilibrada.

He leído libros decepcionantes este verano, y también muy buenos libros. También esa clase de lecturas que ni te acaban de convencer ni atrapar, que quizá incluso podrías decir que no te han gustado, pero que te hacen repensarlas y dialogar con ellas, te convencen de que insistirás con el autor, tratando de entender por qué no has acabado de entrar en la obra.

He leído mucha narrativa, bastante ensayo, algunos cómics y ciertos libros de esos que son difíciles de clasificar. Resumo y destaco, y me valen como resumen del verano y espero que a alguien como lista de recomendaciones para la vuelta al cole los siguientes:

Relatos
Cuentos completos, de Mario Levrero: Me pilla el final del verano aún con los Cuentos completos de Mario Levrero en marcha, así que primero los terminaré y después tendrán su reseña propia. Adelanto, aunque no es sorpresa, que me están resultando apasionantes. Por varios motivos, el primero, porque en su composición, en su prólogo y su epílogo, dibujan a un Levrero entregado a su arte (¿?, quizá él rechazaría esa palabra), decidido a enfrentarse al sentido práctico del mundo, dispuesto a quemarlo todo por escribir un cuento más. Uno de los suyos, de los extraños, de los más extraños, lo que fuera salvo convertirse en lo que denominó (en ese texto ya editado y ahora recuperado, titulado Diario de un canalla, uno de sus primeros escritos en la línea de El discurso vacío y La novela luminosa, un texto semilla poderoso en el que ya aparecen la obsesión caligráfica y la operación que le hizo enfrentarse con la muerte, los puntos de partida de ambos textos) un canalla. Me fascina la imagen que de su padre dibuja su hijo Nicolás al final del libro, la de un escritor sin apenas reconocimiento, un creador que no tenía ni copias de sus propios libros para regalarle a su hijo cuando iba a pasar los veranos con él. Pero me fascinan mucho más los textos extraños, a veces simbólicos y a veces simplemente absurdos que forman los cuentos de Levrero, esa colección de disparates, malas ideas, imágenes poderosas y mala suerte. La manera en que lo fantástico rompe las puertas del cuarto de lo real y provoca destrozos. Los cuentos de Levrero pueden ser un buen punto de comienzo para quien quiera conocer cierta parte de su obra (la alocada, fantástica, en la que apenas asoma la reflexica, autoconsciente) y es sin duda un destino estupendo para quienes ya lo conozcan y quieran más.

Para seguir con cuentos, ya hablé de Los peligros de fumar en la cama, de Mariana Enríquez, que vuelvo a recomendar.

Novelas
La mujer helada, de Annie Ernaux: Este es uno de esos libros de los que decía que no me han gustado, estrictamente hablando, porque el modo de escribir de la autora, alejado de lo que está contando, frío, a ratos casi objetivista, no me ha hecho entrar en la historia, me ha mantenido siempre detrás de una barrera desde la que se me permitía asomarme. Pero por otro lado su contención y el peculiar uso del lenguaje, con una composición casi carente de ritmo, una escritura quirúrgica que no busca la música sino la transparencia, y el enfoque con el que se enfrenta a esta remembranza / ajuste de cuentas con las mujeres de su infancia, me han hecho querer leer más libros de la autora.

El desierto y su semilla, de Jorge Barón Biza: Es este un libro terrible, de dibujo oscuro y prosa plástica, en la línea de las obras de Ernesto Sabato, que remite a El túnel pero empeorando todo, volviéndolo todo más cercano y terrible, haciendo uso de esa maldición que siempre se invoca cuando una historia empieza diciendo que se basa en hechos reales. Aquí, Barón Biza, hijo, recrea el ataque brutal que su padre, también Barón Biza, también escritor, hizo a su madre a principios de los sesenta, rociándola con ácido, y el lento peregrinar de esa madre desfigurada con ese hijo que mira continuamente al abismo por clínicas y reconstrucciones. El desierto y su semilla, novela difícil de olvidar para quien entre en ella (con lo bueno y lo malo de esa frase hecha), fue la obra tardía de un novelista que estuvo preparándose toda su vida para contar esa historia horrible por escrito, y que poco después de hacerlo, vacío ya, se arrojó por la ventana de un edificio.

Vampiro, de Hanns Heinz Ewers: Valdemar tiene un fondo casi ilimitado de literatura gótica. El verano pasado disfruté mucho con El escarabajo, de Richard Marsh, una novela que en su tiempo compitió en popularidad con Drácula, y hoy prácticamente olvidada. Igual de olvidada, y emparentada con Drácula por motivos obvios, El vampiro, de Ewers, es una novela que mezcla la idea del vampiro con el derrumbe histórico de Europa a principios del siglo XX, trazando un dibujo de derrotas que va de un continente a otro entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial. Ewers escribe una novela expresionista, y en ella no habla de nada sobrenatural, pero relaciona esa pestilencia ideológica que permitió que Alemania cayera en el nazismo con la presencia constante de manipuladores inmortales que van asumiendo una y otra forma, uno y otro discurso, dando como tesis de fondo que el mal nunca descansa, jamás se agota.

La hija de Jezabel, de Wilkie Collins: En la misma categoría de novelas de misterio decimonónicas (aunque esta es más una novela de detectives, sin serlo, que una novela fantástica, pues aquí no hay más fantasía que una concepción cercana a la brujería de la química primitiva, aunque es cierto que aquella química de principios del XIX era algo alejado de lo que hoy es esa ciencia) está esta. De Collins leí hace muchos años La piedra lunar y La dama de blanco, estas dos sí novelas de misterio detectivesco, de hecho para algunos críticos los primeros modelos de esa clase de novela, y he vuelto a leerlo con esta historia de amores folletinescos, envenenamientos, locos, clases sociales separadas por abismos, empresas familiares, secretos científicos y malas intenciones. Se lee con gusto e interés aunque es cierto que es previsible (casi demasiado, uno está esperando que la respuesta no sea la obvia y siempre es la obvia), pero está escrita con buen estilo, mucho ritmo (un ritmo que se mantiene bastante joven pese a los más de 150 años de la novela) y los trucos que estos novelistas victorianos utilizaban a final de cada capítulo para llamar la atención del lector (es una novela cuya primera vida fue en entregas con los periódicos, y querían asegurarse que alguien quisiera comprar la siguiente entrega), pese a lo baratos que resultan (al nivel de una serie como Cómo defender a un asesino, por compararla con más o menos actual y que peca de poca delicadeza a la hora de lanzar el anzuelo), funcionan.

Las hermanas Lacroix, de Georges Simenon: Es esta una de las novelas llamadas duras de Simenon. Una historia de podredumbre, asfixia en un clima pequeño, encierro en una familia llena de secretos, dobles intenciones, silencio, maldad. Un novelón de apenas 150 páginas que puede leerse en una tarde y que quizá sea una gran idea cogerla en una biblioteca y llevársela a un parque (o a una playa, ahora que se vacían considerablemente, quien pueda coger ahora las vacaciones y disfrutar de ellas) y merendársela en una tarde, antes de que acorten definitivamente. Se sigue incidiendo poco, me parece, en el gran autor que fue Simenon, autor de unas cuatrocientas novelas (más o menos oficialmente reconocidas) con un nivel medio siempre más que aceptable. Aprovecho también para recomendar una miniserie de episodios independientes con casos del comisario Maigret que vi este verano. Está protagonizada por Rowan Atkinson (sí, Mr. Bean).

Novelas negras discutibles, fáciles, entretenidas, placeres culpables: Una con una trama bien construida y una escritura bastante discutible, otra con una ambientación y un tono más duros y una escritura más sólida pero una trama más previsible, casi tópica. Las dos son de la colección Roja y Negra, que fundó, aunque no sé si sigue dirigiendo Rodrigo Fresán, a la que sigo mirando de cuando en cuando, siendo cierto que no ha repetido los niveles de excelencia de sus primeros títulos, aquella legendaria trilogía de Jake Arnott, el Sospechosos de David Thomson o la primera edición de El poder del perro de Don Winslow. Son Y tú, ¿qué clase de madre eres? (con un título bastante confuso, la verdad, aunque toma sentido en la trama), de Paula Daly, una novela muy oscura en entorno doméstico, que me ha recordado (aunque le falta mucha de su fuerza) las historias de Gillian Flynn, y Sirenas, de Joseph Knox, uno de esos retratos crudos y líricos de la noche en la ciudad, donde todos los gatos son pardos y la sangre de una víctima se confunde con la de la siguiente.

Relecturas:
Moby Dick, de Herman Melville. No ha sido una relectura completa, pero sí han sido más de doscientas páginas iniciales y algunos saltos hacia delante, y ha sido sobre todo un reencuentro plenamente satisfactorio con uno de mis libros preferidos, uno de esos ejemplos verdaderos de novela total, en los que cada idea apunta a muchas más, cada tema, por cerrado que parezca, se abre al mundo al completo, y nosotros, lectores limitados, tratamos de atrapar todos los sentidos que tememos que se nos estén escapando.

Rascacielos, de J. G. Ballard: No soy en realidad un gran experto en la obra de Ballard, aunque sí soy un entusiasta de aquellos libros que sí he leído. Sus cuentos (sus Cuentos completos, una mole que ocupa medio estante ella sola) me acompañan de cerca, y las novelas que he leído, que no han sido ni todas ni la mayoría, me han dejado huella. Una que leí hace años en una vieja edición y de la que luego vi una película interesante (aunque no buena), y que Alianza reeditó hace unos meses, es Rascacielos. Como casi todas las novelas setenteras (como la mayor parte de su obra posterior a los setenta, salvo la memorialística) de Ballard, dibuja una distopía cercana, en la que el principal problema es el egoísmo humano, el peligro y la sensación de que el aislamiento salvará a unos elegidos de la ira de los demás. Rasacielos dibuja a mediados de los setenta una nueva sociedad de clases, casi de castas, representadas físicamente por la planta en la que se pueden permitir en este futurista edificio. Y lo hace con la expresividad y la violencia poética con la que Ballard solía enfrentarse a los fantasmas.

Pre – lecturas
Caliento para la primera semana de trabajo. Compré en mi último viaje vacacional una novela, de esas clásicas, poderosas, inmensas, de las que dibujan el mundo que narran y la historia de la literatura. La cartuja de Parma, de Stendahl, de la que ya he leído algunas páginas, será mi primera lectura nueva del curso. Y de mi última visita veraniega a la biblioteca he vuelto con otro clásico, este del siglo XX y más cercano al culto, Trampa 22, de Joseph Heller. Y Las chicas, de Emma Cline, una novela que no es clásica pero que generó mucho revuelo (parecía uno de estos éxitos prefabricados, con autora novel a la que se estaba esperando para subirla a un pedestal, con mil traducciones contratadas en la Feria de Frankfurt antes de que el libro como tal existiese, etc.) y que me he decidido a leer ahora, habiendo dejado pasar un tiempo que me aleje del ruido inicial y me valga de colchón.

Y como me estoy extendiendo y esto se está haciendo muy largo, y así no habrá quien pueda ni quiera leerlo, seguiré en la próxima entrada.

Felices lecturas

Sr. E


lunes, 26 de diciembre de 2016

Carthage, de Joyce Carol Oates

Carthage, de Joyce Carol Oates (DeBolsillo)


Las hermanas Mayfield eran dos: Juliet, la guapa, y Cressida, la lista. Así podría empezar un cuento de hadas cualquiera. Uno de esos cuentos que llamamos de hadas pero que esconden en su interior oscuras realidades. Cuentos de hadas negras. Cuentos peligrosos. Carthage, el título de esta novela de Joyce Carol Oates, es el nombre de una pequeña ciudad al norte el estado de Nueva York. Un sitio entre bosques en el que la familia Mayfield es una de las principales familias de esa ciudad. Zeno, el padre, ha sido alcalde, es un hombre importante. Vive con Arlette, su religiosa mujer, y sus dos hijas, Juliet, la guapa, que estudió fuera pero volvió a la ciudad para ser maestra en una escuela infantil, y Cressida, la lista, una chica introvertida, con cuerpo de chico y afición por el dibujo, que ha estudiado su primer curso en una universidad en la que tampoco ha encontrado su lugar. La mayor, Juliet, está prometida con el cabo del ejército americano Brett Kincaid. Pero el cabo Brett Kincaid vuelve destrozado física y psíquicamente de su estancia en Irak, y después de meses de intentar reconstruir la relación, Juliet decide romper el compromiso. Unas semanas después, ven a su hermana, la del nombre extraño, la lista, Cressida, en un bar con el cabo Kincaid y algunos de sus amigotes. Esa misma noche Cressida no vuelve a casa y el cabo Kincaid es encontrado desorientado, magullado, con manchas de sangre en su coche. No recuerda qué ha pasado exactamente. Zeno Mayfield y su familia lo tienen claro desde el principio. Algunos agentes de la policía también. Aparece un suéter de Cressida en la reserva. El mismo que llevaba aquella noche. Por mucho que su madre y su abogado se resisten a ello, y por mucho que la ciudad, Carthage, que es uno de esos organismos vivos que miran y cuchichean, diga que era un héroe de guerra, Brett Kincaid al final se rinde y confiesa que sí, que él mató a Cressida Mayfield, aunque no recuerda por qué, y que la dejó en algún sitio que no recuerda cerca de donde han aparecido los restos de su ropa. Fin del primer acto. 200 páginas de tensión, de preguntarnos qué pasó exactamente, de querer saber qué nos están ocultando. Y la respuesta.

Esa respuesta no es para nada la respuesta final. Por no estropearle la novela a quien quiera leerla, sólo diré que la novela no ha acabado así, y que sus tres partes funcionan como tres actos que se complementan y contradicen. Unas 200 páginas cada uno. Cuando termina el primero ya hemos contenido la respiración muchas veces. Y nos quedan las confusas explicaciones de unos y otros. Nos queda saber cómo se reconstruye la vida después de una muerte así en la familia. Nos falta incluso saber cómo reconstruye una mujer joven su vida cuando es ella la que ha muerto. Tenemos que ver si hay arrepentimiento en quien ha hecho algo así, aunque no lo recuerde con claridad. Tenemos que ver si su familia puede perdonar. Tenemos que quedarnos impresionados viendo cómo el ser humano es capaz de olvidar o fingir que olvida.  

 Es, que recuerde, el cuarto libro de Joyce Carol Oates que leo, tres novelas y una colección de relatos. En los últimos años he oído su nombre en las quinielas de última hora de los Nobel. Me parecería una exageración pensando en que no lo tienen Philip Roth o Don DeLillo. Carol Oates me parece una narradora muy eficaz, con oficio, con dominio técnico, que estructura muy bien sus novelas. En muchas de esas virtudes no está muy lejos de Stephen King u otros narradores comerciales que hacen de su profesionalidad un valor. En cuanto a estilo, ideas y ambición está por encima, pero creo que lejos de una verdadera primera línea. Aunque es verdad que el enorme volumen de su producción hace mucho más meritorio ese nivel de calidad.

Lo mejor de Carthage, y de las novelas de Joyce Carol Oates que he leído hasta ahora, es su buen manejo de la estructura. Todo en la novela es atractivo para el lector, todo te incita a querer sabiendo, la información se va distribuyendo de manera eficaz y sin caer en trampas. La novela tiene una estructura en tres actos: Primer acto: Desaparece Cressida y nos imaginamos qué pasó. Segundo acto: Nos enteramos de qué pasó realmente con Cressida. Tercer acto: Fin de la historia. ¿Posibilidades de redención, de perdón?

La historia es oscura y su fraseo es oscuro. A veces parece una serpiente que nos susurra posibilidades al oído. El lenguaje es el necesario en cada punto, la voz que narra es elástica y se mueve de dentro de la cabeza de los personajes a un objetivismo descriptivo sin chirriar en ningún momento. Los personajes que aparecen dando contexto, especialmente en la segunda parte del libro, esos intelectuales izquierdistas y esos secretos de los que nadie habla, son por sí mismo interesantes, y enriquecen el resultado final.

Quizá no hay nada que destacar como lo peor de Carthage. La novela no es más ambiciosa y no cruza la frontera entre una muy buena novela y un libro que aspire a más porque la autora no lo pretende. Es una de esas novelas que se disfrutan mucho mientras se leen y que quizá se desdibujan con demasiada rapidez una vez terminada, seguramente porque es un artefacto bien dibujado pero los personajes no alcanzan a dejarnos nada memorable. La única pega que le pongo es el final, el perdón mutuo que no alcanzo a creerme. La insistencia de la madre de Cressida por seguir en su fe y ver al cabo Brett Kincaid en la cárcel y perdonarlo porque lo sigue considerando parte de su familia. ¿Es ese el perdón cristiano? ¿Es una postura hipócrita decir como dice ella, que ahora que no está, Cressida, donde quiera que esté (ella está pensando en el otro mundo al decirlo) habrá entendido por fin que la querían? La familia Mayfield representa muy bien las distintas opciones ante la tragedia. La hermana mayor, Juliet, huye de Carthage, porque no lo soporta. Su ex – prometido ha matado, o eso parece, a su hermana pequeña, y no puede convivir con esa idea en el paisaje habitual, donde todo sucedió. Arlette, la madre, reza por todos, y parece que lo hace por todos por igual. Zeno, el padre, no se rinde, resiste y piensa que Cressida volverá. Los psicólogos tendrían mucho que decir sobre la imposibilidad de cerrar el duelo cuando no hay un cadáver que enterrar. Carthage, como personaje colectivo, sigue juzgándolos, y por eso el título más adecuado de la novela ese ese, ni Cressida ni Los Mayfield. La vida sigue o la vida se termina pero los pueblos siguen murmurando.

Ha sido una muy buena novela para cerrar el año. Es uno de esos libros recomendables para vacaciones y chimenea.

Antes de fin de año trataré de convertir mis lecturas de 2016 en una lista de 10 libros.

Felices lecturas


Sr. E