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miércoles, 31 de julio de 2019

Algunos libros para el verano


Algunos libros para el verano

El blog se coge un mes de vacaciones, como cada verano, y me gusta decir Hasta la vista con una entrada con recomendaciones e ideas de lecturas para el mes de agosto, pensando en ese mes en el que muchos tomamos las vacaciones, aguantamos como buenamente podemos el calor y nos movemos un poco más de nuestro lugar habitual de residencia. Mezclo en esta lista, que vale lo mismo de apuntes propios que de sugerencias para los visitantes, algunas lecturas que he hecho en los últimos meses pero que no he reflejado en el blog, con otros libros que son más bien mis proyectos para leer este próximo mes, y algunos recuerdos de buenas lecturas veraniegas de otros años. De la idoneidad de algunos de estos libros para el verano puedo por lo tanto responder, de otros confío en que verdaderamente valgan la pena.

Empiezo por los cuentos, y comienzo con la que debería ser (pero no lo es, claro, que nadie se alarme) la noticia del verano en el mundo editorial. Después de años postergándolo, editan en España los Cuentos completos, de Mario Levrero (Mondadori). Desde que me caí (como Obélix en la marmita del druida cuando era pequeño) en La novela luminosa en 2013, cambié como lector, como escritor y supongo que hasta como persona. Desde entonces fui completando mis lecturas levrerianas, echando siempre en falta poder devorar sus cuentos. Hasta ahora solo he podido leer el libro La máquina de pensar en Gladys, que compré de importación. Es una colección maravillosa, pero muy corta, en la que se ve que la manera de afrontar los cuentos de Levrero está (como lo estaban sus primeras novelas) cerca de Kafka. Ahora estoy deseando tener este libro entre mis manos para conocer todos los cuentos que me faltan, hasta más de sesenta dice la editorial, en los que me imagino que Montevideo se llenará de situaciones absurdas y filosóficamente fantásticas.

Mientras llega el día de tener el libro de Levrero conmigo, estoy leyendo algunos relatos de los Cuentos completos de Roald Dahl (DeBolsillo), quien siempre es un autor muy divertido, con un punto cruel bastante evidente y un muy buen uso de la estructura clásica del cuento. Y aprovecho para recomendar otra vez a otro autor de tono kafkiano, como puede serlo Levrero, aunque lo combina con historias que parecen venir de la tradición oral judía, Isaac Bashevis Singer, un muy buen novelista, pero si se me permite decirlo así, todavía mejor cuentista. Es uno de esos ganadores del Premio Nobel (en 1978 en su caso) sobre cuyo merecimiento no nos queda ninguna duda después de leerlo. Siempre encuentro una sorpresa entre sus relatos, que tengo en la edición de Lumen (Cuentos, de Isaac Bashevis Singer).

Puestos a ponernos kafkianos, tal vez la mejor idea sea leer los Cuentos completos del propio Franz Kafka. Tengo la edición de Valdemar y es estupenda, y si Kafka es el novelista que dibujó el siglo XX, y lo fue, es sin duda un cuentista al menos igual de bueno. Releo sus cuentos con mucha más frecuencia que sus novelas, a las que apenas he vuelto desde mi primera (e impactante) lectura, con la sensación de que siguen suficientemente frescas en mi memoria. Pero no descarto darme un paseo este verano por América, que desde que compré y leí hace tantos años ha pasado a llamarse habitualmente El desaparecido. También quiero leer algunos cuentos de Guy de Maupassant, otro de los padres del género (Cuentos esenciales, DeBolsillo). 

Después de leer los cuentos de Mariana Enríquez, cuyo libro Los peligros de fumar en la cama vuelvo a recomendar, le daré una segunda oportunidad a Las cosas que perdimos en el fuego. Y la lectura del libro de Enríquez me hizo acordarme de Anna Starobinets. Recuerdo que Una edad difícil (Nevsky) me pareció un libro maravilloso (a ratos desagradable, pero maravilloso), y nunca he leído La glándula de Ícaro: el libro de las metamorfosis, y podría estar bien buscarlo por las bibliotecas y echarle un ojo. También tiene publicadas en España un par de novelas, pero como me gustaron mucho los primeros cuentos, seguiré en ese género.

Si alguien identifica las lecturas veraniegas con tumbonas, playas, desgana, el rumor del mar, las largas noches y las mañanas pesadas, tengo una recomendación. Leí hace un par de meses Agua salada, de Charles Simmons, una de esas historias de familias acomodadas que se están resquebrajando por dentro, con un padre que posee todos los privilegios del clan y una madre que los sobrelleva como puede. Hay una bonita historia de amor adolescente y un ahogamiento en el mar, está todo lo que uno puede esperar en esta clase de libros. La prosa es impecable, muy americana y pulida, y aunque las referencias insistían en emparentarlo con El guardián entre el centeno, creo que Holden Caulfield rechaza el modo de vida acomodado de sus padres, mientras que aquí el adolescente lo disfruta y apura. Pensé de modo mucho más directo en Buenos días, tristeza, de Francçoise Sagan, quizá la novela de verano y desgana más importante de la historia. La leí hace casi 20 años pero sigo recordando pasajes, momentos, y sobre todo sensaciones, porque creo que es un libro de sensaciones, fragilidad, tal vez sus palabras concretas puedan haberse quedado un poco desfasadas desde los años 50 pero recuerdo que traía cantos de poesía para esas mañanas en las que no se tiene la cabeza demasiado lúcida.

Somos muchos, creo, los que nos planteamos el verano como un tiempo para afrontar novelones: largos, decimonónicos, absorbentes, envolventes. Entre mis candidatos a tal tipo de lectura tengo en mente (luego no se hará todo, claro, pero qué ilusión hace planificar) darle una relectura veraniega a Moby Dick, de Herman Melville, volver a leer mucho tiempo después La saga / fuga de J. B. de Gonzalo Torrente Ballester o leer al fin completa Casa desolada, de Charles Dickens. También quiero volver a leer algo de Wilkie Collins, de quien leí hace mucho La dama de blanco y La piedra lunar, estupendos. Todos estos son libros exigentes, largos, literarios, completos, pero que recuerdo (o conozco parcialmente en el caso del de Dickens) además muy amenos. Quizá más complicados, aunque no creo que haya que huir de los libros complicados, y aunque se lean solo unos cientos de páginas se puede aprender mucho de algunos libros, rondan también por mi cabeza El hombre sin atributos, de Robert Musil y La trilogía de los sonámbulos, de Hermann Broch. Hablando de libros complicados y largos, se me ocurría, mientras escribía este párrafo, que en Casa desolada hay probablemente un antecedente de Su pasatiempo favorito, de William Gaddis. Gaddis, tan brillante como por momentos duro, puede ser también una muy buena apuesta de lectura (y puesto a empezar con él, recomendaría entrar por la puerta grande de Los reconocimientos (Sexto Piso)).

Una buena lectora con la que a veces cruzo recomendaciones me pedía que le recomendara una lectura de Bolaño que no fuera ni Los detectives salvajes ni 2666. Le recomendé que se pusiera con La literatura nazi en América, un librito borgiano, una divertida enciclopedia falsa de nombres, filiaciones y obras, y el primer libro con el que Bolaño tuvo algún reconocimiento. Tal vez también lo relea estas próximas semanas, es un libro que siempre me ha encantado. Y aunque no está entre mis preferidos de Bolaño, quizá también haga una relectura de Una novelita lumpen. Por recomendación de otro amigo estoy embarcado en la lectura nocturna y alevosa de El mito de Sísifo y El hombre rebelde, de Albert Camus, dos libros que (lo confieso) he leído con anterioridad y poco provecho y a los que creo que ahora estoy sacando mucho más jugo.

Estoy leyendo, aunque en inglés, con lo que avanzo más lento, Espía y traidor, de Ben Macintyre. Está muy bien escrita y la historia de mentiras, falsas apariencias, engaños y confianzas traicionadas que narra va mucho más allá de la típica novela de espías. Trasciende lo concreto de la trama (que es bastante impactante, todo quede dicho) y habla de temas fundamentales. Por construcción, es más bien una novela de no - ficción, de hecho. También tengo entre mis lecturas actuales Mientras agonizo, de William Faulkner. Me gustó mucho a finales del año pasado Las palmeras salvajes, y este me está pareciendo también brutal (desolador y brutal). Después de años intentando leer algo de Faulkner y sin conseguirlo, parece que estoy entrando en su mundo. No sé si el verano dará para más, pero siempre he oído hablar de la relación entre Cormac McCarthy y Faulkner. Leí (y me gustó, pero de un modo lejano, como algo que lees y te gusta pero desde luego no te marca) Meridiano de sangre hace mucho tiempo, y me apetece probar algo más.

En cuanto a ensayos, llevo entre manos La invención de la naturaleza: El nuevo mundo de Alexander Von Humboldt, de Andrea Wulf (Taurus), cuyo título ya cuenta de qué va, y que me está pareciendo que es muy interesante y que está muy bien contado. Y leí no hace mucho la biografía de J. D. Salinger de Kenneth Slawenski (Galaxia Gutenberg), y de ahí me puse a releer sus Nueve cuentos (Alianza) después de muchos años sin abrirlos. Combiné ese libro con La noche de la pistola, de David Carr (Libros del KO), un libro perturbador, a medio camino entre las memorias y la reflexión social sobre la adicción a las drogas, que creo que puede perturbar e interesar mucho a mucha gente, a todos los que nos planteamos, como estuve haciendo yo durante aquellas páginas, que todos somos, aunque estemos fuera de las drogas ilegales, adictos y dependientes en mayor o menor grado (pensemos desde los medicamentos y drogas legales que tomamos al uso que hacemos de las redes sociales, quizá también en nuestra propia relación con la lectura y la escritura, en los atracones de series de televisión, …). También me interesa el libro El ojo del observador, de Laura J. Snyder (Acantilado), un ensayo que nos lleva a la Holanda del siglo XVII y nos muestra la aparición de las ideas y técnicas de Vermeer, Van Leeuwenhoek, Huygens y Spinoza, los cuatro relacionados con la idea de la luz y el cambio en la mirada, en su concepto y su forma, desde el trabajo común de las artes, las humanidades y las ciencias.

Algunas de mis mejores lecturas de los últimos años las hice durante este mes de agosto, de vacaciones, a veces en casa y a veces de viaje. No me olvido de recomendar, de esa memoria de apuntes de otras temporadas: Canadá, de Richard Ford (Anagrama), un autor que a veces me interesa moderadamente, otras incluso menos y en este libro y algunos más me seduce totalmente. Esta me parece su mejor novela de lejos. Otro libro que me flipó (literalmente) durante toda una semana de vacaciones en Santander, de este recuerdo ese detalle perfectamente, fue El mago, de John Fowles (Anagrama). Estupendo, culto, divertido, muy bien escrito, que mezcla la mitología con la locura, el ansia por mandar y la creación artística, el deseo y la desorientación, y resulta muy difícil de soltar de las manos. También fue en verano cuando leí por primera vez a James Ellroy, y después de haber releído no hace mucho Jazz blanco, quizá haga ahora lo mismo con La dalia negra (Mondadori), la que creo que sigue siendo su mejor novela (de las de pura ficción, sigo viendo por encima Mis rincones oscuros y A la caza de la mujer). Y hace aún más años leí los dos libros de memorias de Anthony Burgess, un autor conocido casi exclusivamente por La naranja mecánica pero que creo que tenía mucho más. En estas memorias muestra mucho sentido del humor, sarcasmo, mala leche, y muchas páginas de muy buena escritura y una visión muy personal de la vida. Se llaman El pequeño Wilson y el gran Dios (el primer volumen) y Ya viviste lo tuyo (el segundo). La pena es que solo están en bibliotecas que se han olvidado de que los tienen y en librerías de viejo. Alguna editorial de las que quieren vestirse de realmente literarias debería contratar los derechos y reeditarlos, porque son una maravilla. Quizá vaya esta misma tarde a por ellos a mi biblioteca habitual y comience así el mes de agosto lector.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

viernes, 30 de diciembre de 2016

Mis cuentos pendientes de 2016

Mis cuentos pendientes de 2016: Una lista de 10 lecturas con bonus track


En 2016 he anotado 97 libros leídos en mi registro. Esos son libros leídos completos y apuntados, pero sé que hay algunos más que no he apuntado, porque hay semanas que lo voy dejando pasar y cuando las semanas se convierten en meses la memoria ya ha hecho una cierta labor de erosión y no llega a todo. Generalmente esos libros no habrán sido obras maestras, pues los he eliminado de mi memoria en escasos días, así que tampoco lloraremos por su pérdida.

97 libros completos y apuntes de comienzo de lectura de otras dos decenas. Libros que empezaron bien y se cayeron. Libros que no me interesaron al principio pero a los que decidí dar otras cincuenta páginas de oportunidad y acabaron igualmente en divorcio. Nunca he sido de esos que dicen: “termino cualquier libro que empiezo”. Me parece una frase absurda. Con todo lo que hay para leer, ¿por qué elegir algo que no nos esté llenando, o al menos entreteniendo? Algunos de esos primeros escarceos nos dejan en el contestador de la mente el mensaje de que se trata de libros a los que habrá que acercarse en un momento más óptimo por los motivos que sea. Pero otros ya nos han dejado suficientemente claro que 80 páginas fueron demasiadas. No daremos nombres. Yo también leo libros malos y hasta muy malos. No los termino pero leo demasiado de ellos como para saber que son malos. Pero igual que a mis amigos no les recomiendo los libros horribles con los que me cruzo, sino los que me interesan, trato de comentar solo los que me han gustado. Es divertido tirar por tierra el trabajo de otros, pero salvo que considere que está hecho con la intención de tomarnos el pelo a los lectores, prefiero no hacerlo.

Me centraré en esos 97 libros. El objetivo de toda lista ridícula de lecturas del año es dejar un top ten. Pasar de 97 a 10. Me sobran 87 libros que en general me habrán gustado. La memoria funciona y dicta sus propias preferencias. Hay libros sobre los que en su momento no anoté ninguna maravilla pero que han seguido activados en mi cabeza y supongo que ahora están por delante de otros que me hicieron pasar un rato de lectura a primera vista apasionante pero que ahora, con la perspectiva de los meses, se ha quedado bastante aplanado.

Supongo que por cuestiones de la edad y la vida, empiezo a plantearme a qué autores a los que aún no he leído acercarme, o si centrarme mejor en completar las obras que me faltan de los que sí sé que siempre me dicen algo. No sé si ir por fin a por ese clásico postergado. O releer algunas obras. Veo que me lanzo con menos ganas sobre las novedades. A eso también ha ayudado que las bibliotecas son cada vez menos receptoras de novedades. En cualquier caso, cuando una novela sale, salvo que sea de un autor del que sé que seguro voy a querer leerla, dejo pasar 2 o 3 o 6 meses después de las alabanzas iniciales antes de buscarla. La experiencia ayuda a filtrar las operaciones de lanzamiento de los libros interesantes, y la verdad es que los propagandistas también lo ponen fácil.

Hay, en cualquier caso, 30 autores anotados a los que he leído por primera vez. Algunos me han interesado lo suficiente como para plantearme leer sus siguientes libros (Marta Caparrós, Lara Moreno), otros me han entusiasmado y formarán parte de mi dieta habitual en los próximos años (Cartarescu, Rita Indiana), otros han sido convenientemente olvidados.

He leído más ensayo o más libros misceláneos y he leído menos narrativa. He leído los Cuentos completos de algunos autores y creo que esa será una costumbre que iré tratando de mantener. Zambullirme en los Cuentos completos de 2 o 3 autores al año. Ya he explicado alguna vez que me parece que esa clase de lectura te da una visión panorámica de una vida en el escritorio, te permite apuntar temas y motivos que se repiten, trazar caminos en la evolución de la escritura y los temas de alguien, ver cómo mejoró o lamentar cómo perdió fuerza de manera evidente.

97 libros. He tenido pequeños desengaños, como la nueva novela de DeLillo, Cero K, que empezó gustándome mucho y me acabó pareciendo un libro bien escrito, quizá una buena novela, pero desde luego un libro muy alejado del mejor DeLillo, quizá el peor de los suyos que he leído junto con Cosmópolis. Me gustó bastante más, este mismo año, Fascinación, y tampoco me pareció una maravilla.

Los autores de quienes más libros he leído este año han sido Emmanuele Carrère y Georges Perec, de quienes he leído cuatro obras. He leído tres libros de David Foster Wallace, de Don DeLillo, de Roberto Bolaño, de Richard Ford, de George Simenon y de Isaac Bashevis Singer. He descubierto a Elena Ferrante y a Rita Indiana y a otros autores que quizá no me han impactado tanto pero a los que he apuntado en mi infinita lista mental de: volveré a ellos. He leído primeras novelas de autores a los que conozco y ya he leído, como Haruki Murakami, Roberto Bolaño, y siempre es interesante conocer los primeros pasos de algunos escritores. He leído obras menores de Levrero y me han parecido muy buenas. De los cuentos completos, o cuasi completos, he disfrutado con los de Stevenson y Poe, de Malamud, Doctorow y Bashevis Singer. Ya están por casa, esperando su turno, los de Juan Carlos Onetti y Brian W. Aldiss. Quiero releer los relatos de Foster Wallace y de Raymond Carver, de quien llevo años huyendo pero a quien este año un libro de Richard Ford, Flores entre las grietas, me despertó las ganas de volver a leer. Además de este libro de Ford he leído bastantes obras de autores que reflexionan sobre la labor creadora propia, o sobre la labor creadora en general, o sobre el llamado mundillo literario y sus secretos y miserias. He vuelto a leer algunas novelas de James Ellroy. Es la primera vez desde que caí en las redes de la prosa de DeLillo que no lo elijo entre mis mejores lecturas del año.

De colecciones de relatos concretas, no recopilaciones ni antologías, destaco: Mala letra, de Sara Mesa, Tuberías, de Etgar Keret, Nocturnos de Kazuo Ishiguro y Material sensible de Neil Gaiman. Compré pero aún no he leído Estrómboli, de Jon Bilbao, ni he terminado con los del libro Nostalgia, de Cartarescu, que me impresiona a la vez que me agota cada vez que lo afronto. Se me han quedado fuera del momento de las reseñas, y no sé muy bien por qué, libros que me han dicho bastante, como precisamente Mala letra, de Sara Mesa o Nocturnos, de Kazuo Ishiguro, Ayer, de camino, de Peter Handke o Ahora sabréis lo que es correr, de Dave Eggers. O los Diarios de John Cheever, que he ido leyendo y releyendo a tirones durante los dos últimos meses del año y han sido una de mis grandes experiencias. He leído tan pocos clásicos como suelo, aunque uno de los libros que más me ha gustado en todo el año ha sido de Dostoievski, uno de los pocos autores fundamentales del XIX a los que realmente he prestado atención en mis aventuras como lector. He pasado bastante por encima de la narrativa española este 2016, y pese a ello uno de los libros que más me ha impresionado ha sido Todos los miedos. Leyendo menos novela de género y menos narrativa clásica que otros años, he llegado a novelas que me han dejado muy satisfecho como lector y que seguiré recomendando.

Elegir 10 libros cuando se recuerdan de distinta manera y con distinta intensidad por haberlos leídos en momentos muy distintos del año me enfrenta a ciertos dilemas: ¿Por qué esos libros? ¿Elijo los 10 que más me han gustado? ¿Los 10 que me parece que reúnen más méritos literarios de un modo más o menos objetivo? ¿Los 10 que más vueltas me han hecho darle a la cabeza? Al final ha sido una mezcla de las tres cuestiones, siendo probablemente la prioritaria la capacidad que los libros hayan tenido para obsesionarme durante su lectura y las veces que hayan vuelto a mi memoria y a mi conversación en las semanas y meses siguientes a leerlos. Elegir 10 libros para un año es tan arbitrario y ridículo como la mayoría de filias y fobias que podamos haber desarrollado. Tratar de ordenarlos es el mayor de los fracasos, porque al día siguiente de publicar este post pensaré que el orden real de mis preferencias es otro. Sabiéndolo, y advirtiéndolo, mis 10 libros del año son:

1. Memorias de la casa muerta, de Fiodor M. Dostoievski (Alba Editorial): Esta obra retrata, utilizando un narrador interpuesto, los años que Dostoievski pasó en las cárceles siberianas, exiliado. El exilio sirve para que los castigados se muestren tal y como son, con lo mejor y con lo peor que el ser humano tiene. Dostoievski consigue que el lector entre en la mente y los sufrimientos de sus personajes con detalles de vida que dibujan perfectamente la desesperanza de saberse olvidado y los caminos por los que tratar de combatirlo.



2. Diarios, de John Cheever (Emecé): Los Diarios de John Cheever surgen de 29 cuadernos desordenados, sin fechar, sin un objetivo mucho más allá que escribir la vida. En ese sentido, en el de escribir la vida, con sus deseos incumplidos, con sus frustraciones, con sus miedos y sus secretos, los Diarios de John Cheever son otra de sus novelas, quizá superior a las aventuras y desventuras de la familia Wapshot y al nivel de sus mejores relatos, de esos que son considerados obras maestras del género. La vida que Cheever va retratando está detrás de una mirada literaria, y nos lleva a ver un mundo desolador pero bello.



 3. Sombras sobre el Hudson, de Isaac Bashevis Singer (Zeta Bolsillo): Esta fue una de las primeras novelas que leí en 2016, y creo que será uno de esos libros que me acompañarán durante años. Sombras sobre el Hudson es una novela del siglo XIX escrita en la década de los 50. Narrativa tradicional rusa mezclada con la tradición oral judía para dar como resultado una novela absorbente, larga, compleja, llena de subtramas, llena de vida.




4. Conversaciones con David Foster Wallace, de Stephen J. Burns (Editor) (Pálido Fuego): Releí algunos relatos de Foster Wallace este año y me acerqué por primera vez a Hablemos de langostas. También vi la película que hicieron hace un par de años, The end of the tour, centrada en la figura de Foster Wallace como insegura estrella del rock, como escritor superado por su popularidad y el éxito de La broma infinita. Conversaciones con David Foster Wallace ha hecho de nexo entre toda esa información, y me ha ayudado a ver dónde está el verdadero Foster Wallace, si lo había, cuáles eran los temas que lo preocupaban sinceramente o en qué aspectos se veía limitado. Un libro muy interesante para sus seguidores, y en general muy recomendable para quien quiera saber cómo crea un escritor de primera fila y cómo funciona una cabeza compleja llena de interconexiones entre lo popular y lo filosófico.


5. Cuentos reunidos, de Bernard Malamud (Austral): Los Cuentos reunidos de Bernard Malamud podrían ser un buen objetivo de lectura para esa gente que casi no lee y que lamenta su falta de tiempo, quizá porque no reconoce su falta de ganas. Dedicar un año a leer una de sus historias a la semana merecería la pena. El mundo está aquí. Al menos una de sus infinitas versiones. Los Cuentos reunidos de Bernard Malamud son 54 piezas, desde las muy breves a las que prácticamente son nouvelles, donde se repiten las desventuras de los perdedores de la clase obrera, los sueños incumplidos de los que no quieren ver la realidad, la fantasía que ayuda a superar los días.


6. Todos los miedos, de Miguel Ángel González (Siruela): Todos los miedos es una novela dura, porque nos asoma al abismo de lo que de verdad nos da miedo. ¿Tenemos más miedos de los que podemos permitirnos? ¿Tememos por encima de nuestras posibilidades? Si fuéramos a lo esencial, tenemos miedo, por encima de todo, a la idea de la muerte y a que le hagan daño a nuestros seres queridos. Todos los miedos se compone de dos novelas cortas en apariencia independientes que se suman y complementan. La primera de ellas, ¿Quién teme al lobo feroz?, nos lleva a la violencia arbitraria contra una familia que no podrá recuperarse nunca. La segunda, Lo que sé del olvido, nos mete en la cabeza de un hombre desahuciado. El estilo está hecho de breves pinceladas que nos van envolviendo entre el malestar y la crudeza sin perder la intención estética.


7. Crónicas del desamor, de Elena Ferrante (Lumen): Ferrante es una de las escritoras de moda de los últimos años. En 2016 la polémica ha vuelto al revelarse su supuesta identidad, pues ya sabíamos que Elena Ferrante era un pseudónimo. Con desconfianza por si era un producto de moda llegué a este volumen con sus primeras tres novelas, y encontré a una narradora potente, que no tiene miedo a diseccionar a sus personajes, sus miedos, sus vergüenzas, y a exponerlo todo con una fría belleza que perturba. Entusiasmado con este volumen me lancé de inmediato a empezar la famosa tetralogía de Las dos amigas, aunque debo reconocer que la aparqué después del primer volumen, quizá porque algunas cosas me sonaban a usadas en las Crónicas del desamor o quizá porque no hay que empacharse.


 8. El Reino, de Emmanuele Carrère (Anagrama): Como comentaba, Carrère es el autor del que más libros he leído este año. Hasta ahora había leído El adversario, que me gustó pero tampoco me volvió loco de entusiasmos en un primer encuentro, y Limónov, que sí me enganchó y obsesionó. Elijo El Reino pero podía haber elegido Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos, su biografía de Philip K. Dick, un libro que también me absorbió mucho. Me encantó la segunda lectura que hice de El adversario, pero esta lista se confecciona sobre primeras lecturas, y cuando afronté De vidas ajenas me di cuenta que los narradores de Carrère, observadores a la vez que protagonistas y manipuladores, empezaban a cansarme. El Reino es un libro que no me dio lo que esperaba, una lección sobre los trucos narrativos de los Evangelios, y a cambio me metió en un mundo, el de la vida de San Pablo, que no me interesa demasiado. El Reino es un libro aburrido por momentos que sin embargo no podía dejar de leer, y es un libro que ha vuelto muchas veces a mi memoria desde que lo leí en junio. Por eso lo elijo. Y por esa capacidad de escribir sobre temas que a priori sólo pueden tener interés para él, como la vida de un marginal poeta ruso llamado Limónov o sus experiencias con la fe, del descreimiento al cristianismo más humilde y vuelta al descreimiento, seguiré leyendo a Carrère.


9. Tuberías, de Etgar Keret (Siruela): Escribí sobre este libro hace poco. Y subo la apuesta: Keret es el mejor escritor de relatos del mundo, sin ninguna discusión posible. Etgar Keret retrata la realidad tan particular de su país y su pueblo sin dejar de conseguir eso tan difícil que es reflejar al conjunto de la humanidad. Una humanidad a la que describe, claro, sin concesiones, ridiculizándola con piedad.






10. Diario de un canalla y Burdeos 1972, de Mario Levrero (Mondadori): Encontrar a Levrero es una sensación agridulce. Llegué a La novela luminosa, que sin duda me cambió como lector, y lo hice sabiendo que no habría nuevas obras de Levrero. Tampoco parece, y casi se diría que por suerte, que vayan a estar llegando inéditos por decenas, como en el caso de Bolaño. La editorial que lleva sus libros en España, Mondadori, sí está sacando algunos libros que no habían llegado a España, o casi no habían llegado, y por suerte ha recuperado algunos de sus libros en ediciones de bolsillo, que se habían agotado. Diario de un canalla y Burdeos 1972 nos lleva a los años 70 y a los años 80 y nos muestra a un Mario Levrero que como siempre dudaba de su capacidad como autor y sobre todo de su constancia para llevar a cabo cualquier trabajo intelectual. A Levrero le agobia la vida y aquí tenemos los borradores, ya brillantes, de lo que aparecería 20 – 30 años después en El discurso vacío y La novela luminosa. Mario Levrero es un autor único, capaz de ver poesía en cualquier mínima esquina gris, y de hacerlo sin que parezca que pretenda encontrar poesía, que se vuelve único cuanto más se aleja de intentar producir ficción. Porque ve la extrañeza del mundo sin buscarla. Espero que Mondadori sí se anime de una vez a publicar la colección de cuentos de Levrero que cuentan que lleva años preparada, prologada por Ignacio Echevarría, y no se sabe por qué, parada.

Para rematar, un pequeño extra. El suplemento Babelia nos enseñó las votaciones de sus críticos y después de los 10 mejores libros del año, nos enseñó sus libros entre el 11 y el 20. Aquí sólo voto yo, y los libros que también he barajado para incluir entre los mejores pero que finalmente no he incluido, sin más orden que el cronológico de su lectura, han sido:
Del 11 al 20
Las memorias de Maigret, de George Simenon (Clásicos del siglo XX El País)
Nocturnos, de Kazuo Ishiguro (Anagrama)
El pentateuco de Isaac, de Ángel Wagenstein (Libros del Asteroide)
Cuentos completos, de E. L. Doctorow (Malpaso)
Breve historia de siete asesinatos, de Marlon James (Malpaso)
Un amigo de Kafka y otros relatos, de I. B. Singer (Cátedra)
Fariña, de Nacho Carretero (Libros del K.O.)
Papi y Nombres y animales, de Rita Indiana (Periférica)
Hablemos de langostas, de David Foster Wallace (Mondadori)
Carthage, de Joyce Carol Oates (DeBolsillo)

Hasta 2017, cuando seguiremos comentando libros.

Felices lecturas

Sr. E