domingo, 10 de noviembre de 2019

Stop - time, de Frank Conroy


Stop – time, de Frank Conroy (Libros del Asteroide)

Hablaba hace unos días con un buen amigo y buen lector de la cantidad de libros que nos llegan a España con la etiqueta de obras maestras de la narrativa norteamericana, la sensación en Estados Unidos, un clásico norteamericano, etc. Por no hablar de los maestros desconocidos de Faulkner, los eslabones perdidos del posmodernismo o los representantes de la última moda que acaba de salir y va a durar quince minutos. Nos preguntábamos también a cuántos de esos había prologado Rodrigo Fresán. Venía la malvada broma precisamente porque le decía que había cogido este libro de la biblioteca, y se rastreaban en él todos los lugares comunes de la excelencia desconocida en España, y el libro legendario americano, y estaba prologado (cómo no) por Rodrigo Fresán.

Bromas malvadas aparte, la verdad es que aunque no todo lo que recomienda y alaba Fresán me gusta (ni puede gustarme, pues es un prescriptor que descubre autores que le resultan maravillosos cada semana) y Libros del Asteroide, como cualquier editorial, no siempre acierta, son dos puntos de referencia bastante fiables. Por recordar ahora mismo un libro que me pareció maravilloso y que venía de la unión de la misma editorial con el mismo prologuista, nunca dejaré de recomendar Postales de invierno, de Ann Beattie (aunque no debió ser demasiado exitoso, pues nunca ha vuelto a aparecer un libro de la autora canadiense en España). Unos días después de coger Stop - time de la biblioteca, lo cogí para llevarlo en el metro por la mañana. Y aunque al principio pudo costarme un poco entrar en él (no fue uno de esos amores a primera línea, pero no todos los amores tienen por qué ser fáciles ni inmediatos), en un par de capítulos había caído rendido ante su fuerza y su belleza. Cuando te montas en el metro a las siete o a las ocho de la mañana, dependiendo del horario de trabajo de cada día, y un libro te lleva muy muy lejos y a lugares exquisitos hasta el punto de estar deseando montarte en el transporte público para retomar la sensación, es que tienes algo valioso entre manos.

Stop – time, que pasaría por ser un libro de referencia para quien escriba autoficción desde que apareció en 1967, es una autobiografía de la infancia, que empieza con la vida de Frank Conroy y acaba cuando cumple 18 años y va a acceder a la universidad. Es una novela de formación, como tantas primeras novelas, solo que el autor decidió no esconderse bajo el nombre de otro sino coger su historia tal cual y llamar a todo el mundo por su nombre. Acompañamos al pequeño Frank Conroy de una casa a otra durante todos esos años, con su madre (su padre pasó grandes períodos de su vida en clínicas psiquiátricas y murió cuando él aún era pequeño) y sus sucesivas parejas, con su hermana, haciendo nuevos amigos en cada nueva ciudad, fracasando de un colegio en otro, acostumbrándose de hecho a esa idea del fracaso y escapando de todo gracias a las pilas de libros de bolsillo que va atesorando y sus discos de jazz (Conroy fue casi más pianista de jazz que escritor, apenas escribió cuatro libros en cuarenta años, aunque sí se dedicó a la enseñanza de la escritura creativa en la famosa escuela de Iowa, de la que fue director).

Asistimos a la formación de un carácter y a los malos tragos que la infancia va dando, porque no es ese lugar dulcificado y eternamente feliz que se intenta vender, al menos no para todos, aunque por otro lado siempre sea posible sacar de las circunstancias que a cada uno le tocan una sensación de felicidad, por relativa que sea. Y lo mejor del libro, que no se diferencia tanto de El guardián entre el centeno o los relatos de formación de Bukowski, Fante o Tobias Wolff, está en la escritura. Porque las historias al final son muy limitadas en variantes, por más personales que sean, y aquí es la prosa la que nos atrapa y arrastra, con su fuerza y lirismo. Me ha gustado mucho más esta historia de infancia y primera adolescencia que los relatos que siempre he sentido más histriónicos y forzados de Fante y Bukowski. Me ha gustado tanto como Vieja escuela o Vida de este chico, de Tobias Wolff, un autor al que no se está reeditando en España y que vale mucho la pena.

La escritura de Conroy me ha hecho pensar, por su aparente sencillez y profunda complejidad, por su dulce amargura, en John Cheever, y en cuanto al recurrente tema de los últimos años de si la autoficción sí o no, creo que lo importante aquí es la potencia literaria del libro, una obra de primera, no sé si realmente un clásico americano contemporáneo, pero sí sé que un libro que merecería estar en muchos cánones. Si lo que hace es tirar de memoria y usar su nombre para contar una historia que va recorriendo espacios y tiempos distintos, y queremos llamarlo autoficción, adelante. Sobre este tema de la recepción de las obras en cada momento, libros como los que citaba antes de Tobias Wolff fueron recibidos en España como novelas en su momento, sin más. Pero volviendo a Stop – time, si nos limitáramos a discutir si el libro es un galgo o un podenco, estaríamos olvidando dos cosas muy importantes a mi parecer. La primera, que quien recuerda y le da forma literaria a ese recuerdo está haciendo literatura, pretenda ponerle la etiqueta de ficción o no, y que esa memoria es la base sobre la que trabaja todo novelista literario. La segunda, que se llame como se llame el género al que adscribamos este libro, es un gran libro, uno que vale la pena leer y paladear.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

jueves, 31 de octubre de 2019

Los premios, de Julio Cortázar


Los premios, de Julio Cortázar (Suma de Letras)

Sin alejarme demasiado de la verdad podría decir que Julio Cortázar es mi cuentista preferido. Podría decir algo muy parecido de otros tres o cuatro autores de relato, y en cualquier caso siempre será cierto que Cortázar es uno de mis cinco cuentistas preferidos, y que alguno de los cuentos que más veces he leído en mi vida son suyos. Cortázar me reconcilia con los primeros años de violentos amores literarios y cada vez que vuelvo a pasearme por sus cuentos me reconcilia también con las lecturas en el presente, con la búsqueda inagotable de nuevas obras, porque muchos de sus cuentos vienen del pasado pero también me resultan tan nuevos como la primera vez.

Yo mismo he dicho muchas veces que Cortázar era mejor cuentista que novelista, quizá incluso mucho mejor cuentista que novelista, y creo, por lo que se puede leer en sus propios textos, que él no se sentía cómodo en esa definición. Cortázar, como Cheever, se sabía un excelente escritor de relatos, pero quería pensar que era un novelista igual de bueno. La novela más conocida y exitosa de Cortázar, aquella por la que medirlo, es Rayuela, ese libro mítico y de tanto éxito, un libro que funciona para muchos lectores como un rito de paso (algo que se hace por una tradición difusa a los veintipocos años, igual que un interrail) y que para muchos es su única lectura cortazariana, una de la que se pueden extraer frases descontextualizadas de las que antes se usaban para forrar carpetas. Rayuela, como ya anuncia la frase anterior, nunca me ha parecido para tanto. Es un libro que se lee bien, un tanto naif quizá, a ratos bonito, pero ni me parece gran literatura ni desde luego la mejor obra de Cortázar.

Así que con pereza mental me he ido reforzando con los años y las relecturas de los cuentos de Cortázar (y casi cualquiera de sus colecciones me vale en algún momento del año como relectura útil y a la vez refrescante) en la idea de que Cortázar es mejor cuentista que novelista.

Y que quede claro que esa idea no ha cambiado con la lectura reciente de Los premios, pero sí me ha hecho pensar que aunque Cortázar no se acerque como novelista a la excelencia que sí tuvo como cuentista, sí tiene, al menos, una muy buena novela, y es esta. Y me ha pasado algo parecido con Cheever y Los Wapshot (que reúne sus dos novelas dedicadas a esa saga familiar) y Oh, esto parece el paraíso, dos novelas a las que les reconozco méritos y a las que debo buenos momentos lectores, sin perder de vista que no se igualan en mi canon (si se puede seguir usando esa palabra) sus cuentos.

Los premios es una novela de aires kafkianos, algo que tienen muchos cuentos de Cortázar (aunque Cortázar los hace tan suyos que no se puede hablar de La autopista del sur, por ejemplo, y no sentir que aunque la inspiración de rama kafkiana está por ahí, el resultado es totalmente personal). En Los premios nos encontramos con una serie de personajes inconexos, o con conexiones mínimas entre ellos, que han ganado en una lotería un crucero en un viejo barco llamado Malcolm. El nombre y la apariencia del barco ya son el primer misterio, pues la única instrucción que han recibido es estar una tarde concreta en un café concreto con el equipaje listo para embarcarse.

El viaje de placer (y para algunos personajes de huida) empieza en una bruma de falta de información, y esa bruma se irá espesando con los días de viaje. No están claras ni las motivaciones de quienes les han dado ese premio, ni por qué algunas zonas del barco están prohibidas, ni cómo algunos momentos del pasado de los pasajeros, que van volviendo y nos son contados, influyen en toda la historia. Los pasajeros, de modo desorganizado pero simultáneo, quieren tomar la popa del barco, que les está prohibida.

Tenemos a una serie de personajes llenos de secretos en un ambiente cerrado, lo que nos recuerda novelas de misterio y viajes de Agatha Christie, y tenemos una habitación cerrada a la que no deben acceder, como en la historia de Barbazul, y con esos mimbres clásicos, la inspiración de Kafka, ciertos sinsentidos y el estilo narrativo de Cortázar, que se desenvuelve muy bien cuando nos narra, a modo de cuentos desgajados del centro de la novela, pasajes pasados de distintos personajes, o breves escaramuzas en el barco, acabamos teniendo un libro muy entretenido, que seguimos con interés hasta su desenlace.

No es una novela que justifique que dejemos de leer los cuentos de Cortázar, por supuesto, pero es una novela que puede complementarlos muy bien como lectura. Y es una novela, sobre todo, que entre tantas novelas magnificadas por los altavoces y los premios, los otros, los comerciales e institucionales, merece la pena leer para no perder la perspectiva y no olvidar lo que es un escritor indiscutible, de primera categoría, un referente de la literatura en español y del siglo XX. Y por contraste, lo que no lo es.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

domingo, 20 de octubre de 2019

Siempre hemos vivido en el castillo, de Shirley Jackson


Siempre hemos vivido en el castillo, de Shirley Jackson (Minúscula)

Shirley Jackson fue una cuentista y novelista estadounidense que centró su obra en la narrativa de terror. De ella ya había leído sus Cuentos escogidos, y en los últimos meses me he traído varias veces de la biblioteca el libro Deja que te cuente, que viene a completar esos iniciales Cuentos escogidos con otros relatos, inéditos en formato de libro, otros inéditos en términos absolutos y pequeños ensayos y conferencias sobre la escritura, como oficio y arte. Leyendo esos ensayos y reflexiones uno se da cuenta pronto de que Shirley Jackson es de las que creía que la mejor manera de contar los dolores verdaderos de la vida era disfrazándolos de historias muy fantásticas, que resulten increíbles en su primera lectura, que queden fuera del mundo racional. La gran tradición cuentística y novelística de terror creo que siempre lo ha visto y trabajado así, usando ese mundo a veces solo onírico, a veces realmente agobiante, con una doble condición: como válvula de escape y como espacio seguro en el que desarrollar la escritura sin ser criticado y juzgado por los a menudo estrechos criterios que se aplican a la ficción realista.

Quien escribe novelas de terror puede contar ahí lo que quiera (casi lo que quiera) y ahorrarse las preguntas que se sucederían ante una cruda novela realista: ¿Cuánto de lo que hay aquí es autobiográfico? ¿En quién estabas pensando cuando diseñaste este personaje? Etcétera.

La novela más conocida de Jackson es probablemente La maldición de Hill House, una novela de casas encantadas / malditas de la que hubo una adaptación en forma de serie el año pasado, con bastante éxito. En el tema de casas encantadas y novelas de terror desbordadas, me quedo con La casa infernal, de Richard Matheson, adictiva, llena de sustos y muy loca. Matheson es uno de los autores que más reivindicó a Shirley Jackson durante unas décadas en las que estuvo bastante olvidada. Otro que lo hizo, igual que lo ha hecho siempre con el propio Matheson, es Stephen King.

Pero no vamos a hablar de La maldición de Hill House ni de La lotería u otro de sus cuentos. Vamos a hablar de Siempre hemos vivido en el castillo, una novela breve (de menos de doscientas páginas), que cuenta la historia de dos hermanas, últimas supervivientes de los Blackwood, una vieja familia local, junto con su tío.

No se lo vas a pedir –dijo finalmente–. Nosotras no le pedimos nada a nadie. Recuérdalo.
Estaba bromeando –contesté, y sonreí–. En realidad, de todos modos, lo que yo quiero es un caballo alado. Te llevaríamos a la Luna y te traeríamos, mi caballo y yo.

Nos encontramos con las dos hermanas, Constance, la mayor, y Mary Katherine (Merricat), la pequeña. No tardaremos mucho en darnos cuenta de que viven aisladas en el viejo caserón, en una vida – juego que es un continuo del que escapan las pocas veces que necesitan ir al pueblo a por víveres. Las visitas al pueblo están llenas de rechazo por parte de la comunidad, y esta es una de las cuestiones esenciales de la narrativa de Jackson, las comunidades cerradas en las que es difícil entrar y de las que es difícil salir, que acaban, por su propia tendencia a estar cerradas, generando los mayores odios en su interior. En uno de los ensayos de Deja que te cuente, Jackson explica que La lotería se le ocurrió una mañana paseando por su pueblo y fantaseando con las actitudes que muchos de los miembros respetables de la comunidad tomarían si se sintieran ante una situación de amenaza real. Nadie odia tanto ni tan profundamente como el vecino de al lado.

El pueblo era todo igual, de la misma época y el mismo estilo; era como si la gente necesitara la fealdad del pueblo y la alimentara.

La vida de las Blackwood se mueve con una Constance dedicada a la limpieza, cocina y cuidado de su tío y una Merricat que se pasa el día escondiéndose por todas partes, bajando al arroyo, al bosque, encontrando tesoros, enterrándolos y desenterrándolos, como cualquier niña, aunque ya no es tan niña, ni su hermana tan mayor. Su vida social incluye recibir algunos domingos las visitas de algunas señoras que siguen asistiendo allí, más por curiosidad malsana que por nada parecido a la amistad. Ejemplos perfectos de hipocresía, algo contra lo que Jackson siempre tomó partido y que siempre le sirvió de inspiración y material.

No tardaremos demasiado en enterarnos que el resto de la familia Blackwood murió una noche de hace algunos años después de una cena, envenenados. Constance, la hija mayor, fue la principal sospechosa, y fue llevada a juicio, aunque salió absuelta. Por el pueblo circulan mil cancioncillas relacionadas con aquel momento. Ni su tío ni Merricat dan información fiable, aunque el tío está escribiendo (de un modo que parece que se eternizará) una memoria personal de aquella noche y aquellas muertes, que se llevaron por delante también a su mujer.

Creo que empezaré con una pequeña exageración y a partir de ahí desarrollaré una mentira descarada. ¿Constance, querida?
–Sí, tío Julian.
–Voy a decir que mi esposa era bonita.

La falta de fiabilidad es un elemento muy destacado. Merricat es quien nos narra la historia, y lo hace con una voz narrativa que tiene en todo momento un encanto irresistible, en un punto indefinido entre una niña inocente que no recuerda los sucesos como pasaron y una niña cruel que se ríe de todos, salvo de su hermana, y especialmente de nosotros, los lectores, quienes están escuchando su narración. El tono de la narración es perfecto, viene estupendamente definido desde el inicio de la historia. Y si tuviera que buscar ejemplos de narradores poco fiables (pero bien construidos, no de esos que son tramposos y al final dan un giro a todo que no venía anunciado por ninguna parte) en las páginas de literatura que llevo leídas, Merricat estaría seguramente la primera entre las opciones disponibles.

–¿Sucedió realmente?
–Claro que sucedió. Te llevaré a la habitación y podrás echar un vistazo a tus recortes de periódico.

La novela tiene un ambiente terrorífico pero no pasa casi nada que llegue a justificar ese terror latente. Nos sentimos angustiados pero creo que es sobre todo por las dos grandes tensiones que la novela nos presenta: La primera, la sensación de saber que lo cotidiano puede ser malsano y terrorífico. La segunda, que esa mezcla de inocencia y crueldad resulta mucho más terrorífica de lo que la mera crueldad llega nunca a resultar.

Siempre hemos vivido en el castillo, de Shirley Jackson, es una de las mejores novelas que llevo leídas en este 2019, es un artefacto narrativo impecable y que funciona perfectamente, pero que también está lleno de vida (y muerte), que respira y acelera nuestra respiración, que llora amargamente y nos hace emocionarnos.

Conocía el camino hubiera luz o estuviese oscuro.
Me alegré de haber ordenado y limpiado mi escondite, porque así Constance se sentiría a gusto. La cubriría con hojas, como a los niños en los cuentos, allí estaría a salvo y arropada. A lo mejor podría cantarle una canción o contarle un cuento; le llevaría frutas brillantes y bayas, y agua en una taza hecha con una hoja. Algún día iríamos a la Luna.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

sábado, 12 de octubre de 2019

Peter Handke, Premio Nobel 2019

Peter Handke


Le hago el poco caso que todo el mundo (el mundo lector) al Premio Nobel, pero le hago todo el caso que todo el mundo le hace a dicho premio. Supongo que más que el que el premio merece, pero el inevitable ante el ruido que siempre mueve. Muy pocas veces le han dado, desde que le presto atención, el Nobel a escritores que me interesaran. Hay dos, Naipaul y Coetzee, que son autores a los que he seguido con atención y leído con profundidad, pero a los que ya conocí con el Nobel en la cartera. 

Peter Handke es un autor al que leo, al que he leído, y al que antes de leer ya sabía que algún día leería. Handke era un autor bastante popular en los años ochenta y noventa, y sus libros pasaban por la mesa de novedades de la Biblioteca Pública de Orihuela y eran de esos que se quedaban ahí durante meses, y a los que si prestabas atención oías llamar difíciles o duros.

El primer libro de Peter Handke que leí, o que intenté leer, aunque no conseguí terminarlo, fue El año que pasé en la bahía de nadie. Lo cogí en aquella biblioteca y me hizo pensar que Handke era un autor moroso, de reflexiones deliberadamente complejas y libros gruesos. No es su libro más representativo, desde luego, y no lo es en muchos de esos aspectos que yo malinterpreté.

Quizá Handke sea un escritor difícil, aunque creo que más que difícil es sobre todo un autor que requiere para su lectura un cierto grado de concentración. Su fraseo, al respiración de su prosa, son muy personales, y no es complicado de seguir, pero todo es fibra en sus textos, no hay grasas ni azúcares, y hay que ir leyendo activamente cada párrafo, cada frase, a ratos cada palabra. 

Igual que creo que Handke fue un autor relativamente popular en los ochenta y noventa, creo que estaba bastante olvidado. Alianza sobre todo mantenía sus libros en su fondo editorial, e iba actualizando las ediciones, pero no sé si añadía muchos lectores nuevos. Creo también que sus mejores libros hace ya tiempo que fueron escritos. 

No se trata de que Handke sea uno de mis escritores preferidos, pues no diría tanto, ni de que yo sea un gran experto en su obra (he leído menos de una decena de sus libros, que deben ser más de cincuenta). Pero sí se trata de que es uno de esos autores que piensas que deberían premiar con el Nobel. Y creía, y lo tengo escrito en el cuerpo de un libro que aún busca suerte o editor, si no ambas, que se trataba de alguien a quien en los años setenta, cuando irrumpió con tanta fuerza y brillantez se le podía augurar que lograría el Nobel, pero que cuando se posicionó como lo hizo en los noventa y dos miles respecto a Milosevic, Serbia y la Guerra de los Balcanes, había enterrado todas sus opciones de ganarlo.

Por eso me sorprendió tanto verlo como ganador. 

Y más allá de prejuicios y polémicas animo a los lectores exigentes a acercarse a El miedo del portero al penalti (al que considero una actualización de El extranjero de Camus), a la tremenda Desgracia impeorable (un título dedicado al suicidio de su madre, eslovena, y que creo que no puede perderse de vista a la hora de juzgar sus desafortunados análisis de la Guerra de los Balcanes), libros preciosistas de títulos jugosos como Carta breve para un largo adiós o El momento de la sensación verdadera, o el propio El año que pasé en la bahía de nadie, que finalmente leí completo, o a sus Ensayos sobre el jukebox o Ensayo sobre el cansancio, de los que hablaba aquí hace apenas tres meses. 


A mí esta semana me ha cogido con La tarde de un escritor entre manos. Es uno de sus textos representativos, soliloquios expuestos en una estructura concéntrica. Exigente, lleno de hallazgos y elecciones, con una escritura que queda muy lejos de cualquier automatismo. 

En la biblioteca a la que voy ahora solo tienen cuatro libros suyos, todos en ediciones viejas y gastadas. Supongo que este premio hará que se hagan con algunos libros más. Y al final es lo más interesante de estos premios, que convoquen a nuevos lectores.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E  




viernes, 4 de octubre de 2019

El papel amarillo vs. Su cuerpo y otras fiestas, además de Chicas muertas


El papel amarillo, de Charlotte Perkins Gilman (Editorial Bestia Negra) vs. Su cuerpo y otras fiestas, de Carmen María Machado (Anagrama), con Chicas muertas, de Selva Almada (Mondadori) de propina

El papel amarillo es un relato que se puede identificar de manera bastante clara en la tradición gótica, y que se publicó por primera vez en 1892. Cuentan que Lovecraft alabó el relato. Se ha recuperado de un olvido de muchas décadas en los últimos años, y ahora mismo se lee desde dos perspectivas, la de relato de género de terror (o de pesadilla, pues más que miedo la lectura produce angustia por la deriva en la que va entrando la protagonista) y como relato protofeminista, una historia de reivindicación de la mujer ante su papel secundario en aquella época.

Creo que se puede leer de las dos maneras, que quizá es lo mejor, y de hecho yo lo he leído dos veces, aprovechando que es francamente breve (aunque la edición lo viste con prólogo, estudio y unas ilustraciones sobre las que habría mucho que hablar, porque son bonitas pero en su ánimo de resaltar continuamente la opresión de la protagonista acaban resultando un tanto condescendientes e infantilizantes). Lógicamente no lo he leído dos veces, una desde un punto de vista y el otro, sino uno simplemente siguiendo la historia, y jugando al juego que como narración propone (¿pasa todo en la cabeza de la protagonista o hay algo real más allá?) y otra fijándome más en los detalles costumbristas, en su modo de relacionarse con el marido, la manera en que se refiere a él y sus recomendaciones, y su propia relación con su naturaleza femenina y la posibilidad de que la escritura fuera algo terapéutico.

Como relato de terror, pasados más de 125 años, no deja de ser hoy en día un relato canónico, que sigue los pasos marcados por quienes crearon el modelo. Lo hace bien, dosificando la información, dejando algunos elementos sorpresa para el final, generando una atmósfera cada vez más enrarecida y haciéndonos dudar de la fiabilidad de la protagonista, de la que sabemos a través de un diario (un recurso también muy socorrido en la literatura de misterio decimonónica). Pero estas narraciones, salvo algunas excepciones, han perdido eficacia (necesariamente) en su cometido principal, darnos miedo. Le pasa a los cuentos de Poe, y le pasa a este. No puede ser de otra manera, cuando ya hemos pasado todos, como lectores y espectadores, por tantos horrores, con ritmos y miedos muy distintos al de estos relatos.

No obstante, y aunque no nos da miedo, la historia de la obsesión de esta mujer (a la que su marido, médico, ha diagnosticado que está delicada de los nervios, uno de esos males antiguos que le ocurrían sobre todo a las mujeres, y a la que ha recomendado, para que se recupere, unos meses de reposo absoluto en una casa de campo a las afueras de la ciudad) con su cuarto nos conmueve y nos inquieta. Se trata de una inversión del clásico cuento de Barbazul, aquí se trata de un cuarto del que apenas le permiten salir, y sobre el que no tiene opinión, pues todas sus pegas son respondidas con que son efecto de su debilidad, que si se sintiera más estimulada todo podría ir a peor. Y como no sale, acaba obsesionándose con el empapelado del cuarto, de un horrible color amarillo que ya la hizo sentir mal desde que entró ahí por primera vez.

Empezará a identificar a una mujer que vive en el empapelado y que intenta escapar, y se hará imposible saber, desde que se produce la ruptura hasta el final del relato, si está cayendo ella misma en la locura y está proyectando su situación en sus alucionaciones o si realmente se trata de una historia de espíritus. La escritura de corte costumbrista, con los incisos en los que no para de mostrarse como una mujer sumisa y obediente, es la que da lugar a que se pueda hablar desde nuestro presente de un libro feminista, o protofeminista o como lo queramos expresar, un libro en el que vemos la situación de una mujer casi sin voz y con nulo voto en el proceso de la curación de lo que parece, en el fondo, lo que hoy llamaríamos con más normalidad una depresión post – parto. Una situación que muy probablemente vivió la propia autora por la época en la que escribió el relato.

John no sabe lo mucho que sufro. Sabe que no hay razón para sufrir y con eso le basta.

Es una suerte que Mary sea tan buena con el bebé. ¡Es un niño encantador!
Y sin embargo, no puedo estar con él. ¡Me pone tan nerviosa!

Es la misma mujer, lo sé, porque siempre se está arrastrando , y la mayoría de mujeres no se arrastran durante el día. Yo siempre cierro la puerta con llave cuando me arrastro durante el día.

Relaciono este primer libro con el que ahora viene porque los he leído seguidos, en primer lugar, y porque ambos, aunque desde intenciones creo que muy distintas, utilizan los recursos de la literatura fantástica (en ocasiones una literatura fantástica que se parece bastante al terror) para exponer (no utilizaría el verbo denunciar, porque creo que la intención es expositiva, y ese hecho de contar es el que sirve para que el lector abra los ojos e interprete símbolos) la situación de la mujer, en distintos momentos y lugares. Su cuerpo y otras fiestas, de Carmen María Machado, ha recibido miles de elogios, ha ganado importantes premios y ha estado cerca de ganar otros aún más importantes, ha sido recibido como una revelación, y como bien anuncia cualquier referencia que pueda buscarse sobre él en la red, dará lugar a una serie de televisión, que parece el mecanismo de consagración definitivo para el trabajo literario de acuerdo a las leyes del mercado.

Su cuerpo y otras fiestas pertenece a ese género que se llama weird en inglés y que en español deberíamos llamar libros raros, narrativa rara, y que viene a anunciarnos que es literatura fantástica, quizá, pero desde luego no canónica, relatos que no obedecen a la lógica concreta de un género con fronteras bien definidas, y que pueden dar cabida a la poética cercana al realismo mágico de García Márquez y en otros momentos acercarse al gore.

Los ocho relatos de Su cuerpo y otras fiestas pasan por varios géneros y varias influencias más o menos reconocibles, y todos se relacionan en que comparten una cierta visión de que ser mujer es una batalla, que el campo de batalla es a veces el cuerpo de la propia mujer (lugar de goce y de sufrimiento, lugar siempre de inquietud) y en el uso de las herramientas de ese género difuso. Es un libro bastante irregular pero con relatos muy conseguidos. Y creo sobre todo que vale la pena leerlo porque es uno de esos libros que incluso cuando falla es potente, nos está diciendo algo. Es un libro que se atreve a dar ciertos gritos y a usar ciertos discursos formales (hay un relato, Especialmente perversos, que podría haber firmado David Foster Wallace, de más de sesenta páginas en el que se comentan sucintamente capítulos de una serie de televisión policíaca) y que a cambio, cuando intenta provocar al lector lo deja más frío, y cuando mejor funciona, en los cuentos indudablemente más redondos, no nos permite quitarnos la sensación de que ha habido tanta planificación, un uso tan medido y deliberado de los símbolos, que ese lugar mítico donde nace la literatura, el momento en que a la autora se le ocurriera la primera imagen de la historia, queda demasiado lejos. Los ha pulido tanto que están demasiado pulidos, tan perfectos, medidos y equilibrados que les cuesta respirar.

Creo que lo mejor del libro está ya concentrado en su primer cuento: El punto de más. Es un cuento al que no se le puede discutir una coma, quizá únicamente se le puede reprochar que sea demasiado perfecto. En ese relato y en Las mujeres de verdad tienen cuerpo, los símbolos son tan buenos, redondos y potentes, que el relato se quedará en la memoria del lector (aunque creo que El punto de más será más duradero, en Las mujeres de verdad tienen cuerpo, quizá la aparicicón de mujeres que se van volviendo transparentes es un símbolo más obvio)

Los cuentos me han llevado a pensar en distintos momentos en Shirley Jackson (aunque es mucho menos sutil), en Mariana Enríquez (aunque es menos cruel) y en Anna Starobinets (aunque es menos imaginativa, y menos explícita en ciertas descripciones físicas). Con esas tres comparaciones quiero decir que el libro está muy bien pero que no es el mejor libro de cuentos del mundo, ni del año ni de la vida de nadie que haya leído un cierto número de libros de cuentos. Con todo, es un libro más que notable y merece la pena leerlo para sentirse apelado, emocionado y aterrado en algunos momentos, quizá demasiado frío en otros.

Y termino el paseo por las historias de terror y mujeres con el que más miedo debería darnos de todas: Chicas muertas, de Selva Almada. Tenía el nombre de la autora apuntado por ahí y este libro llegó a la biblioteca en algún momento. Está muy bien construido, y sin caer en sensacionalismo ni en efectismos (al menos nada más que en los imprescindibles), y desde la reconstrucción de unos pocos casos escabrosos y terribles de feminicidios de adolescentes en la Argentina rural, va dibujando un mapa del horror, el machismo, el silencio y el olvido. Las sospechas habituales, las calumnias, las costumbres bárbaras de algunos pueblos y algunos hombres, el trato de la prensa, el olvido, el ruido y después todo el silencio. La autora juega (aunque no es un juego literario) con todos esos elementos y construye un libro escueto, denso, cortante. Que sangra y hace sangrar a quien se corta con sus páginas, que será cualquiera que lo lea y tenga algo de sensibilidad.

Mucho miedo, mucha vida y mucha muerte.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

miércoles, 25 de septiembre de 2019

Cuentos completos, de Mario Levrero


Cuentos completos, de Mario Levrero (Mondadori)

Para mi último cumpleaños, en agosto, me regalaron los Cuentos completos de Mario Levrero. Llevaba años, y no exagero, esperando esta edición, de la que Ignacio Echevarría llevaba años comentando que estaba preparada en Mondadori pero nunca acababa de salir. Ha sido el verano de 2019, ya quince años después de la muerte de Levrero, cuando por fin ha llegado a nuestro mercado. Me alegro. Y creo que cualquiera que llegue hasta estos cuentos, sabiendo quien es Levrero de antes o descubriéndolo sobre la marcha, se alegrará. Los levreristas, que somos objetivamente pocos pero muy convencidos en esa fe y proselitistas, tenemos un nuevo libro que recomendar, que regalar, con el que invadir las conciencias de quienes no han experimentado aún el mágico momento de abrir ciertos pasajes de la obra de Mario Levrero. Desde mi conversión en 2013, he regalado muchos ejemplares de La novela luminosa y El discurso vacío, y de cada uno de ellos ha nacido un levrerista más, y en los casos en que no ha sido así, es solo porque no han leído todavía el libro, pero lo leerán y se harán seguidores de su obra.

Dejo la ironía del primer párrafo, para que no se me pueda confundir con un iluminado. Desconfío en general de quienes han visto la luz, salvo que no pretendan iluminarme con ella, y se limiten a contarme que se la encontraron, que refulgía y metieron la mano dentro. Levrero, como Philip K. Dick, creía realmente en lo sobrenatural, en lo paranormal (a la que dedicó parte de su vida de superviviente profesional, escribiendo en revistas de esa temática y escribiendo incluso un Manual de parapsicología a finales de los setenta) y en las señales que el más allá le enviaba a uno, a las puertas de la muerte. Por eso se puso a escribir La novela luminosa, para relatar su visita a esas luces y puertas antes de someterse a una delicada operación en la década de los ochenta.

Hasta ahora, yendo a los cuentos, había podido leer únicamente el primer libro de relatos de Levrero: La máquina de pensar en Gladys, de 1970, en una reedición montevideana de 2010 (Irrupciones Grupo Editor) que compré (a precio de caviar, aunque por suerte son cuentos – caviar) en una Feria del Libro de hace unos años. Me había encontrado algunas ediciones más en La Central pero me las había prohibido a mí mismo por esos precios, y porque ya había oído hablar de la futura edición de sus cuentos completos y la esperaba.

Hay muchos criterios para editar los Cuentos completos de un autor. Hay ediciones de Cuentos completos que realmente no son tales, sino los cuentos completos que han sobrevivido a un cierto filtrado del autor u otros, y son por lo tanto los cuentos relativamente completos de un autor, o sus cuentos completos autorizados. Pasa con las ediciones de Cheever o de Fogwill, por ejemplo. Otros optan por hacer una antología en lugar de una edición realmente (o fingidamente) completa, como Tobias Wolff. Por último, en el caso de quienes sí pretenden entregar al lector una edición verdaderamente completa de los cuentos de un autor, surge también la duda de cómo hacerlo, entregándose a un orden cronológico (sea de pura escritura o de edición), o jugando a una cierta reescritura y buscando afinidades temáticas y bloques en los que presentar los cientos de relatos al lector. Creo que lo más honesto, o quizá no honesto pero sí lo más valioso para el lector que quiere empaparse de la cuentística de un autor, lo que incluye ver caminos, errores, crecimiento, rectificaciones, es ofrecer los cuentos tal cual, en orden de escritura. Así son por ejemplo los Cuentos completos de J. G. Ballard, así son también estos Cuentos completos de Mario Levrero.

Los más de sesenta cuentos de Mario Levrero que encontramos aquí recogen seis libros de cuentos y unos pocos textos sueltos, y se nos presentan en el orden en el que fueron publicados. Los libros son: La máquina de pensar en Gladys (1970), Todo el tiempo (1982), Aguas salobres (1983), Espacios libres (1987), El portero y el otro (1992) y Los carros de fuego (2003). Se incluyen otros textos no recogidos en ediciones unitarias, Tres aproximaciones ligeramente erróneas al problema de la Nueva Lógica y Ya que estamos, que se intercalan entre Aguas salobres y Espacios libres respetando los años de su publicación en revistas. Levrero, como cualquiera, guardaba textos en los cajones, por lo que el orden cronológico nunca deja de ser relativo, ya que un texto escrito por primera vez en 1967 y descartado puede ser rescatado en 1989, vuelto a trabajar, reescrito, y aparece al fin en un libro en 1992. Pero esos detalles, para el lector llamemos estudioso de Levrero son interesantes y completan su visión.

La narrativa de Levrero tiene tres grandes fases, que quien ha leído sus novelas puede ver claramente y puede valorar de manera distinta (conozco lectores que adoran a Levrero en igual medida y prefieren una u otra vertiente de su escritura). La primera fase, la puramente kafkiana, está muy bien representada por su Trilogía involuntaria (La ciudad, El lugar y El país). Son novelas esencialmente imitativas del modelo de Kafka, especialmente de El Castillo. En mi caso esas fueron las primeras obras de Levrero que leí, y aunque me gustaron, y lo hicieron, y me siguen gustando, no pasan para mí de ser buenas imitaciones (entiéndase por favor que hablo de imitaciones con un valor artístico propio) de Kafka, pero ni siquiera centrándome en las lecturas que he hecho de relatos con puntos absurdos en esa línea de evidente inspiración kafkiana me resultan los mejores que he leído. Levrero nunca ha abandonado las enseñanzas de Kafka, sus escritos nunca se han alejado ni de la línea de absurdo que se abre en él, ni ha dejado de lamentarse por el peso del mundo y la culpa que tan bien dibujó el checo en sus novelas, de quien Levrero se muestra un discípulo casi insuperable en la última parte (autobiográfica, más o menos) de su producción.

Lo que hizo Levrero, después de sus inicios, fue derivar durante décadas la mayor parte de su producción narrativa por esa línea absurda, pero con una intención más lúdica, creando un mundo surreal de intenciones a veces cómicas, en el que muchas veces usa como modelos de escritura novelas de detectives, sobre cuya percha va colgando historias absurdas (algunas de las cuales, como Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo o La banda del ciempiés se me hicieron muy cuesta arriba cuando las leí). En sus cuentos, no se apoya tanto en este elemento detectivesco y nos da algunos relatos magníficos en los que el mundo fantástico y absurdo que nos ofrece es una maravilla (algo que hace también con buen resultado en las novelas Fauna y Desplazamientos, pero no con la brillantez de muchos de estos cuentos; es más fácil, debemos pensar, sostener un mundo absurdo y que no llegue a cansarnos en un cuento que en toda una novela). 

La máquina de pensar en Gladys tiene sus mejores puntos en este absurdo, con cuentos como La calle de los mendigos, Historia sin retorno nº 2 y Ese líquido verde. El absurdo crece y se vuelve pesadillesco en Gelatina. Y en este libro maneja estupendamente otros dos recursos: los cuentos de casas con alguna clase de encantamiento (pero no se piense en fantasmas, más bien en casas ilógicas llenas de trampillas y secretos), con dos cuentos estupendos: La casa abandonada y El sótano, y una especie de prosa poética minimalista que es la que mueve La máquina de pensar en Gladys (el cuento), que abre y cierra la colección, con el cuento y su versión alternativa (La máquina de pensar en Gladys (negativo)), apenas distinta. Son dos ejercicios de minimalismo, en los que acompañamos a un narrador en el momento previo a irse a la cama, revisando que todo en su casa está en orden, dejando abierta una pequeña rendija por la que intuimos que lo extraordinario se cuela en lo rutinario.

La máquina de pensar en Gladys, y me refiero ahora a la colección, es un libro compacto y lleno de sentidos, muy bien escrito, que domina registros muy variados sin dejar de ser coherente. Es sorprendente su redondez (y casi diría sabiduría) para ser el primer libro de cuentos de un autor, un autor que empezó a escribir como por casualidad y probando. Todo el tiempo (1982) reúne tres relatos y ocupa casi cien páginas. Aquí no hay minimalismo, son relatos que se extienden, que podrían estar más podados pero a los que, con la forma que tienen, no se les advierten tiempos muertos. Lo fantástico prima pero no es el mismo tipo de fantástico de La máquina de pensar en Gladys. Aquí hay menos imaginación surrealista y absurda y un acercamiento más canónico (“canónico”, en manos de Levrero) a algo parecido a la ciencia – ficción en el caso de La cinta de Moebius y Todo el tiempo. El primer cuento, por contra, aunque entra en rupturas de la realidad más o menos esperable, es un ejercicio de memoria y dolor, un salvaje cuento del oeste con el desamor y el desgarro como temas. Alice Springs (El circo, el demonio, las mujeres y yo) nos muestra a un Levrero enamorado y un Levrero desenamorado, en una historia que pone en marcha la marcha a Australia (a la ciudad de Alice Springs) de una amiga que acabaría siendo su mujer y madre de su hijo Nicolás, quien firma uno de los dos prólogos y el epílogo. Es un cuento buenísimo, que me ha entusiasmado desde el principio y que me parece, con toda la antología ya digerida, de los mejores textos de Levrero, un cuento que he encontrado emparentado con dos novelas cortas de Levrero, en las que lo fantástico toma forma onírica pero no llegan a las cotas del absurdo que en ocasiones hacía sus textos desmesurados. Me refiero a Desplazamientos (escrita más o menos en la misma época) y El alma de Gardel (de 1996).

Los textos intermedios de Aguas salobres (1983) y los que no estaban recogidos en colecciones y ya nombré al principio me parecen interesantes, pero no redondos. Son interesantes para encontrar algunos caminos que Levrero estaba probando pero que no dominaba, que aparecerán más adelante en su narrativa pero aún no acababa de tener claros. Espacios libres (1987) me parece, junto a La máquina de pensar en Gladys, el otro gran libro recogido aquí. Casi doscientas páginas y 18 relatos, de muy variada confección. Levrero es un escritor de obsesiones, y aparecen en esta colección cuentos de personajes perdidos en alguna clase de trampa lógica (El laberinto), casas de las que no hay manera de escapar (Nuestro iglú en el Ártico), cuentos de dobles (El factor identidad), algún circo o feria ambulante (Feria ambulante). Una de sus principales obsesiones, de las que pueblan sus sueños y sus cuentos más parecidos a sueños (que son bastantes, cuentos en los que una escena sucede a otra sin cambio lógico) es el sexo. En las novelas y cuentos de Levrero aparece con frecuencia la mujer que hace perder la cabeza al protagonista y desencadena una serie de acontecimientos que se convierten en la trama que estamos leyendo. Esas mujeres, que en algunos casos tienen apuntes de mujer fatal de cine negro clásico, pero en muchos otros no, suelen ser exuberantes, hacen que pierda toda mesura el protagonista y se pone a perseguirlas de un modo obsesivo. Leídos algunos de estos cuentos (muchos tienen detalles, otros se basan casi por completo en la obsesión por una mujer) en 2019 llevan a pensar en que esas escenas de sexo, muchas veces forzado, tendrían pocas opciones de que se las hubieran publicado hoy. Y cuentos como Apuntes de un voyeur melancólico podrían haberle dado problemas. En este libro tenemos hasta una fábula de animales, Los ratones felices, en la que asoma un tema que también inquietó siempre a Levrero y que lo mantendrá siempre emparentado con Kafka, el miedo a la autoridad ajena, esa que no hemos elegido y que está en condiciones de mandarnos y condicionar nuestra vida. Levrero siempre entendió las obligaciones (laborales, familiares, sociales) como un obstáculo para su arte, y cualquier lector de La novela luminosa sabe cuánto le perturbaban esas invasiones de su ocio que los aspectos prácticos de la vida suponían. Aquí también están presentes esas ideas, que van de Dios (una especie de Dios nos habla en Irrupciones) a los jefes de la oficina o aquellos familiares que nos roban el tiempo. Capítulo XXX es un relato muy potente, denso y perfectamente dosificado que podría estar en una antología de relatos de terror de corte lovecraftiano (o bueno, de inspiración lovecraftiana). En Espacios libres hay hasta cuentos decididamente vanguardistas, aunque hay que dejar claro que la escritura de Levrero siempre (o con mucha frecuencia) tiene algo vanguardista, de interrupción de la realidad, discontinuidad del sueño, escritura automática, pero aquí me refiero a relatos posmodernos y experimentales como Ejercicios de natación en primera persona del singular y La nutria es un animal del crepúsculo (collage). Espacios libres, el cuento que da título, es de los más comedidos de toda la colección, y también uno muy divertido y bastante redondo. Una pequeña historia de búsqueda de una mujer, en la que se suceden malentendidos y secuencias de una historia detectivesca.

En El portero y el otro (1992) hay cuentos que repiten temas e ideas, y destaco la finura de Interminables tardes de verano, las parodias detectivescas de El inspector y Una confusión en la serie negra o un nuevo ejercicio de collage (me imagino de hecho a Levrero recomponiendo párrafos escritos y desechados para componer un nuevo texto, muy sugerente) que dibuja esos malentendidos del día a día, Confusiones cotidianas. Los más interesantes, de todas maneras, entre los textos, me parecen Entrevista imaginaria a Mario Levrero, una especie de manifiesto como escritor de Levrero que escribe en forma de una entrevista que él mismo realiza a Mario Levrero, el escritor, y dos textos de mediados de los ochenta en los que se empieza a ver esa escritura autobiográfica que centraría sus últimos años, que irrumpe en su obra de ficción parcialmente en El alma de Gardel y Dejen todo en mis manos y que se hace manifiesta y central en El discurso vacío y La novela luminosa. Esos textos son Apuntes bonaerenses, que tiene además la curiosidad de presentar, veinte años antes, una especie de adelanto del capítulo de las palomas de La novela luminosa y Diario de un canalla, que yo ya había leído como segunda parte de Burdeos, 1972, y en el que un Levrero con una vida y un trabajo estable, quizá por primera vez en su vida, se lamenta de esa estabilidad y las traiciones a las que ha sometido a su arte para mantener una vida más estable. También son muy divertidos los Cuentos cansados, que he estado leyendo a mis hijos por la noche este último mes y se han convertido ya en textos tan clásicos para ellos como algunos de los Cuentos por teléfono de Gianni Rodari.

Los carros de fuego (2003) recoge cinco relatos finales, que no destacan dentro del conjunto de su faceta cuentística, quizá con la excepción del propio Los carros de fuego. Aún no abandonaría el libro después de cerrar el último cuento, pues las notas finales del hijo de Levrero, en las que relaciona algunos cuentos con momentos de la vida del hijo y la relación con su padre, me parecen tiernos y muy significativos de la vida y obra de un autor, Levrero, que nunca gozó de un reconocimiento masivo, que de hecho estuvo muy lejos de tenerlo, y que como nos cuenta su hijo solo disponía a veces de un único ejemplar de sus propios libros y solo se los podía prestar a él de uno en uno, y hasta que no le devolvía una de las novelas o colecciones de cuentos no podía llevarse el siguiente.

Un libro que ha tardado años en llegar a España pero que al fin ha llegado y que creo que es una obra imprescindible para los levreristas, seamos quienes seamos, y que puede ser un buen acercamiento, siempre original y divertido, para quien nunca se haya sentado a ver pasar la vida, con sus pasos, sus desvelos, sus presiones y molestias, al lado de Mario Levrero.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E


lunes, 16 de septiembre de 2019

Las chicas, de Emma Cline


Las chicas, de Emma Cline (Anagrama)

Este verano, el de Érase una vez en Hollywood de Tarantino y la segunda temporada de Mindhunter de David Fincher, se han cumplido 50 años de la terrible matanza que cometieron Charles Manson y su llamada familia. No es casualidad, por lo tanto, que ambas obras fueran estrenadas este pasado mes de agosto. Aparte de otras muchas virtudes (y unos cuantos defectos), salí del cine contento tras ver la película de Tarantino al ver que aunque fuera en esa ficción, la luminosa Sharon Tate a la que interpreta Margot Robbie se salvaba gracias a la inesperada actuación de dos secundarios de la industria del cine. La historia real, como bien se sabe, no da pie ni a una pequeña sonrisa.

Las chicas, de Emma Cline, mira a aquellas chicas que se unieron a Manson a finales de los sesenta y lo siguieron hasta el abismo, pero un poco más allá mira en general a cualquier chica a mitad de la adolescencia que se siente incomprendida, sola, distinta y con ganas de experimentar. Lo que aquella California sesentera les daba fue un marco y una oportunidad, pero las inquietudes ya estaban. Y siguen estando. Creo que esa es la gran virtud de la novela, la universalidad de los sentimientos de curiosidad y fragilidad que se combinan en la protagonista adolescente, Evie, y lo bien que lo cuenta.

La novela se mueve entre dos tiempos, el presente, en el que Evie es una mujer de mediana edad que pasa unos días en casa de un viejo amigo, y aquel año 1969 en el que Evie tiene catorce años y una situación en casa que no le gusta demasiado, sola con su madre, que después de haber sido abandonada por el padre de Evie trata de recolocarse en la vida, está conociendo a otros hombres, dejándose llevar por cualquier moda, obsesionada por cuidarse, seguramente por primera vez en la vida, después de haberse dedicado antes a su marido y a su hija. Evie no se siente cómoda con esa madre, con los novios que trae (un desfile de quieroynopuedos de camisas demasiado ajustadas que la miran y juzgan en una sucesión de cenas que son de las más logradas del libro, en las que sientes como propio el desagrado de Evie). Tiene una amiga íntima, su amiga de siempre, de la que siente que se está distanciando desde hace un tiempo. Su amiga es demasiado perfecta y Evie empieza a ver que no quiere seguir cierto camino de perfección para las chicas.

Evie empieza a fijarse en otra clase de chicas, en otra clase de perfección. En una perfección luminosa, despreocupada, carnal. Paseando por el parque Evie ve al principio a un grupo de chicas de pelo larguísimo y aura resplandeciente. Van andando como si fueran las reinas del mundo, las protagonistas de una película realmente interesante, no como la vida de todas las chicas a las que Evie ha conocido hasta entonces. Una de ellas, en la que primero se ha fijado, se saca un pecho y lo saca al sol, y las demás se ríen. Evie queda impactada con la imagen. Las volverá a ver cogiendo comida de los contenedores, tan contentas, y se encontrará otra vez con la chica que primero le llamó la atención, Suzanne, en un supermercado, donde les comprará algo para su grupo (aunque Evie les dirá que lo ha robado). Cuando vuelvan a encontrarse, se irá con ellas hasta la granja en la que viven, muchas de esas chicas, jóvenes, jovencísimas, libres, todas bellas a los ojos de Evie, con un tal Russell, trasunto de Charles Manson, una especie de músico de personalidad magnética y mirada penetrante, capaz de ver la debilidad en el interior de las chicas. Será la primera visita de Evie a aquel grupo, Russell tendrá relaciones sexuales con ella por primera vez, y volverá a casa sintiendo que su vida ha cambiado.

Desde entonces vivirá cada vez más con el grupo de las chicas, y se dará cuenta de que la distancia con su madre ya era tan grande que podía pasar días y noches fuera sin que ella la eche en falta. Evie se va implicando más en la complicada y turbia atmósfera de ese grupo, que se convertirá en el centro de su mundo aunque ella siempre mantendrá cierta lucidez, nunca dejará de extrañarse por ciertos pasos que las demás dan sin cuestionárselos, aunque ella, en general, pese a que se los cuestione, también los da.

Evie habla en algún momento, desde el futuro de la Evie de catorce años, desde nuestro presente, de una superviviente de una catástrofe. Del estado de shock y de lo difícil que es mantener la lucidez bajo ciertas condiciones ambientales. Al principio de la novela el hijo de su amigo, un veinteañero, y su novia, al conocerla, le preguntan si ella fue la chica que estuvo en la secta. Y después le dicen que en internet no sale su nombre. Ni en los libros. Y eso dibuja su lugar, una chica que se quedó en un lateral contemplando, dentro pero sin caer del todo dentro de los mandatos de Russell.

Este Russell, por cierto, aparece como un manipulador, que busca a chicas débiles e inseguras. Un depredador sexual, también, pero por lo que se puede leer a poco que se eche un ojo a todo lo publicado sobre Manson, la novela de Emma Cline, que tampoco pretende ser un documento histórico, que es una historia con evidentes paralelismos pero nada más, nos ahorra los detalles más escabrosos, y no termina de enseñar las monstruosidades que Manson y sus chicas hicieron, y cómo llegaron a ese punto. Me gusta que la novela no se convierta en ningún momento en un libro sobre este sosias de Manson, que Evie y las chicas, que para eso le dan título, nunca dejen de ser las protagonistas.

Cuando se publicó Las chicas en 2016 desconfié del libro, lo reconozco, y por eso he tardado tres años en leerlo. Vino envuelto en todas las exageraciones de libro de la temporada, el libro más esperado del año, una nueva autora que nos va a sorprender, etcétera. No entiendo los mecanismos comerciales e industriales del mundo editorial con detalle, no sé qué hace que se precontraten dos años antes de que el libro como tal exista decenas de traducciones, se compren los derechos cinematográficos, cuando se trata de la primera novela de una autora de veinticinco años. Seguiré desconfiando de esos éxitos precocinados. Las chicas es, pese a que sí tiene algunos rasgos de libro precocinado, una novela de fórmula, un buen libro. Una historia ágil, bien escrita, que emociona en algunas páginas, pero que tampoco es una maravilla.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E