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miércoles, 25 de septiembre de 2019

Cuentos completos, de Mario Levrero


Cuentos completos, de Mario Levrero (Mondadori)

Para mi último cumpleaños, en agosto, me regalaron los Cuentos completos de Mario Levrero. Llevaba años, y no exagero, esperando esta edición, de la que Ignacio Echevarría llevaba años comentando que estaba preparada en Mondadori pero nunca acababa de salir. Ha sido el verano de 2019, ya quince años después de la muerte de Levrero, cuando por fin ha llegado a nuestro mercado. Me alegro. Y creo que cualquiera que llegue hasta estos cuentos, sabiendo quien es Levrero de antes o descubriéndolo sobre la marcha, se alegrará. Los levreristas, que somos objetivamente pocos pero muy convencidos en esa fe y proselitistas, tenemos un nuevo libro que recomendar, que regalar, con el que invadir las conciencias de quienes no han experimentado aún el mágico momento de abrir ciertos pasajes de la obra de Mario Levrero. Desde mi conversión en 2013, he regalado muchos ejemplares de La novela luminosa y El discurso vacío, y de cada uno de ellos ha nacido un levrerista más, y en los casos en que no ha sido así, es solo porque no han leído todavía el libro, pero lo leerán y se harán seguidores de su obra.

Dejo la ironía del primer párrafo, para que no se me pueda confundir con un iluminado. Desconfío en general de quienes han visto la luz, salvo que no pretendan iluminarme con ella, y se limiten a contarme que se la encontraron, que refulgía y metieron la mano dentro. Levrero, como Philip K. Dick, creía realmente en lo sobrenatural, en lo paranormal (a la que dedicó parte de su vida de superviviente profesional, escribiendo en revistas de esa temática y escribiendo incluso un Manual de parapsicología a finales de los setenta) y en las señales que el más allá le enviaba a uno, a las puertas de la muerte. Por eso se puso a escribir La novela luminosa, para relatar su visita a esas luces y puertas antes de someterse a una delicada operación en la década de los ochenta.

Hasta ahora, yendo a los cuentos, había podido leer únicamente el primer libro de relatos de Levrero: La máquina de pensar en Gladys, de 1970, en una reedición montevideana de 2010 (Irrupciones Grupo Editor) que compré (a precio de caviar, aunque por suerte son cuentos – caviar) en una Feria del Libro de hace unos años. Me había encontrado algunas ediciones más en La Central pero me las había prohibido a mí mismo por esos precios, y porque ya había oído hablar de la futura edición de sus cuentos completos y la esperaba.

Hay muchos criterios para editar los Cuentos completos de un autor. Hay ediciones de Cuentos completos que realmente no son tales, sino los cuentos completos que han sobrevivido a un cierto filtrado del autor u otros, y son por lo tanto los cuentos relativamente completos de un autor, o sus cuentos completos autorizados. Pasa con las ediciones de Cheever o de Fogwill, por ejemplo. Otros optan por hacer una antología en lugar de una edición realmente (o fingidamente) completa, como Tobias Wolff. Por último, en el caso de quienes sí pretenden entregar al lector una edición verdaderamente completa de los cuentos de un autor, surge también la duda de cómo hacerlo, entregándose a un orden cronológico (sea de pura escritura o de edición), o jugando a una cierta reescritura y buscando afinidades temáticas y bloques en los que presentar los cientos de relatos al lector. Creo que lo más honesto, o quizá no honesto pero sí lo más valioso para el lector que quiere empaparse de la cuentística de un autor, lo que incluye ver caminos, errores, crecimiento, rectificaciones, es ofrecer los cuentos tal cual, en orden de escritura. Así son por ejemplo los Cuentos completos de J. G. Ballard, así son también estos Cuentos completos de Mario Levrero.

Los más de sesenta cuentos de Mario Levrero que encontramos aquí recogen seis libros de cuentos y unos pocos textos sueltos, y se nos presentan en el orden en el que fueron publicados. Los libros son: La máquina de pensar en Gladys (1970), Todo el tiempo (1982), Aguas salobres (1983), Espacios libres (1987), El portero y el otro (1992) y Los carros de fuego (2003). Se incluyen otros textos no recogidos en ediciones unitarias, Tres aproximaciones ligeramente erróneas al problema de la Nueva Lógica y Ya que estamos, que se intercalan entre Aguas salobres y Espacios libres respetando los años de su publicación en revistas. Levrero, como cualquiera, guardaba textos en los cajones, por lo que el orden cronológico nunca deja de ser relativo, ya que un texto escrito por primera vez en 1967 y descartado puede ser rescatado en 1989, vuelto a trabajar, reescrito, y aparece al fin en un libro en 1992. Pero esos detalles, para el lector llamemos estudioso de Levrero son interesantes y completan su visión.

La narrativa de Levrero tiene tres grandes fases, que quien ha leído sus novelas puede ver claramente y puede valorar de manera distinta (conozco lectores que adoran a Levrero en igual medida y prefieren una u otra vertiente de su escritura). La primera fase, la puramente kafkiana, está muy bien representada por su Trilogía involuntaria (La ciudad, El lugar y El país). Son novelas esencialmente imitativas del modelo de Kafka, especialmente de El Castillo. En mi caso esas fueron las primeras obras de Levrero que leí, y aunque me gustaron, y lo hicieron, y me siguen gustando, no pasan para mí de ser buenas imitaciones (entiéndase por favor que hablo de imitaciones con un valor artístico propio) de Kafka, pero ni siquiera centrándome en las lecturas que he hecho de relatos con puntos absurdos en esa línea de evidente inspiración kafkiana me resultan los mejores que he leído. Levrero nunca ha abandonado las enseñanzas de Kafka, sus escritos nunca se han alejado ni de la línea de absurdo que se abre en él, ni ha dejado de lamentarse por el peso del mundo y la culpa que tan bien dibujó el checo en sus novelas, de quien Levrero se muestra un discípulo casi insuperable en la última parte (autobiográfica, más o menos) de su producción.

Lo que hizo Levrero, después de sus inicios, fue derivar durante décadas la mayor parte de su producción narrativa por esa línea absurda, pero con una intención más lúdica, creando un mundo surreal de intenciones a veces cómicas, en el que muchas veces usa como modelos de escritura novelas de detectives, sobre cuya percha va colgando historias absurdas (algunas de las cuales, como Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo o La banda del ciempiés se me hicieron muy cuesta arriba cuando las leí). En sus cuentos, no se apoya tanto en este elemento detectivesco y nos da algunos relatos magníficos en los que el mundo fantástico y absurdo que nos ofrece es una maravilla (algo que hace también con buen resultado en las novelas Fauna y Desplazamientos, pero no con la brillantez de muchos de estos cuentos; es más fácil, debemos pensar, sostener un mundo absurdo y que no llegue a cansarnos en un cuento que en toda una novela). 

La máquina de pensar en Gladys tiene sus mejores puntos en este absurdo, con cuentos como La calle de los mendigos, Historia sin retorno nº 2 y Ese líquido verde. El absurdo crece y se vuelve pesadillesco en Gelatina. Y en este libro maneja estupendamente otros dos recursos: los cuentos de casas con alguna clase de encantamiento (pero no se piense en fantasmas, más bien en casas ilógicas llenas de trampillas y secretos), con dos cuentos estupendos: La casa abandonada y El sótano, y una especie de prosa poética minimalista que es la que mueve La máquina de pensar en Gladys (el cuento), que abre y cierra la colección, con el cuento y su versión alternativa (La máquina de pensar en Gladys (negativo)), apenas distinta. Son dos ejercicios de minimalismo, en los que acompañamos a un narrador en el momento previo a irse a la cama, revisando que todo en su casa está en orden, dejando abierta una pequeña rendija por la que intuimos que lo extraordinario se cuela en lo rutinario.

La máquina de pensar en Gladys, y me refiero ahora a la colección, es un libro compacto y lleno de sentidos, muy bien escrito, que domina registros muy variados sin dejar de ser coherente. Es sorprendente su redondez (y casi diría sabiduría) para ser el primer libro de cuentos de un autor, un autor que empezó a escribir como por casualidad y probando. Todo el tiempo (1982) reúne tres relatos y ocupa casi cien páginas. Aquí no hay minimalismo, son relatos que se extienden, que podrían estar más podados pero a los que, con la forma que tienen, no se les advierten tiempos muertos. Lo fantástico prima pero no es el mismo tipo de fantástico de La máquina de pensar en Gladys. Aquí hay menos imaginación surrealista y absurda y un acercamiento más canónico (“canónico”, en manos de Levrero) a algo parecido a la ciencia – ficción en el caso de La cinta de Moebius y Todo el tiempo. El primer cuento, por contra, aunque entra en rupturas de la realidad más o menos esperable, es un ejercicio de memoria y dolor, un salvaje cuento del oeste con el desamor y el desgarro como temas. Alice Springs (El circo, el demonio, las mujeres y yo) nos muestra a un Levrero enamorado y un Levrero desenamorado, en una historia que pone en marcha la marcha a Australia (a la ciudad de Alice Springs) de una amiga que acabaría siendo su mujer y madre de su hijo Nicolás, quien firma uno de los dos prólogos y el epílogo. Es un cuento buenísimo, que me ha entusiasmado desde el principio y que me parece, con toda la antología ya digerida, de los mejores textos de Levrero, un cuento que he encontrado emparentado con dos novelas cortas de Levrero, en las que lo fantástico toma forma onírica pero no llegan a las cotas del absurdo que en ocasiones hacía sus textos desmesurados. Me refiero a Desplazamientos (escrita más o menos en la misma época) y El alma de Gardel (de 1996).

Los textos intermedios de Aguas salobres (1983) y los que no estaban recogidos en colecciones y ya nombré al principio me parecen interesantes, pero no redondos. Son interesantes para encontrar algunos caminos que Levrero estaba probando pero que no dominaba, que aparecerán más adelante en su narrativa pero aún no acababa de tener claros. Espacios libres (1987) me parece, junto a La máquina de pensar en Gladys, el otro gran libro recogido aquí. Casi doscientas páginas y 18 relatos, de muy variada confección. Levrero es un escritor de obsesiones, y aparecen en esta colección cuentos de personajes perdidos en alguna clase de trampa lógica (El laberinto), casas de las que no hay manera de escapar (Nuestro iglú en el Ártico), cuentos de dobles (El factor identidad), algún circo o feria ambulante (Feria ambulante). Una de sus principales obsesiones, de las que pueblan sus sueños y sus cuentos más parecidos a sueños (que son bastantes, cuentos en los que una escena sucede a otra sin cambio lógico) es el sexo. En las novelas y cuentos de Levrero aparece con frecuencia la mujer que hace perder la cabeza al protagonista y desencadena una serie de acontecimientos que se convierten en la trama que estamos leyendo. Esas mujeres, que en algunos casos tienen apuntes de mujer fatal de cine negro clásico, pero en muchos otros no, suelen ser exuberantes, hacen que pierda toda mesura el protagonista y se pone a perseguirlas de un modo obsesivo. Leídos algunos de estos cuentos (muchos tienen detalles, otros se basan casi por completo en la obsesión por una mujer) en 2019 llevan a pensar en que esas escenas de sexo, muchas veces forzado, tendrían pocas opciones de que se las hubieran publicado hoy. Y cuentos como Apuntes de un voyeur melancólico podrían haberle dado problemas. En este libro tenemos hasta una fábula de animales, Los ratones felices, en la que asoma un tema que también inquietó siempre a Levrero y que lo mantendrá siempre emparentado con Kafka, el miedo a la autoridad ajena, esa que no hemos elegido y que está en condiciones de mandarnos y condicionar nuestra vida. Levrero siempre entendió las obligaciones (laborales, familiares, sociales) como un obstáculo para su arte, y cualquier lector de La novela luminosa sabe cuánto le perturbaban esas invasiones de su ocio que los aspectos prácticos de la vida suponían. Aquí también están presentes esas ideas, que van de Dios (una especie de Dios nos habla en Irrupciones) a los jefes de la oficina o aquellos familiares que nos roban el tiempo. Capítulo XXX es un relato muy potente, denso y perfectamente dosificado que podría estar en una antología de relatos de terror de corte lovecraftiano (o bueno, de inspiración lovecraftiana). En Espacios libres hay hasta cuentos decididamente vanguardistas, aunque hay que dejar claro que la escritura de Levrero siempre (o con mucha frecuencia) tiene algo vanguardista, de interrupción de la realidad, discontinuidad del sueño, escritura automática, pero aquí me refiero a relatos posmodernos y experimentales como Ejercicios de natación en primera persona del singular y La nutria es un animal del crepúsculo (collage). Espacios libres, el cuento que da título, es de los más comedidos de toda la colección, y también uno muy divertido y bastante redondo. Una pequeña historia de búsqueda de una mujer, en la que se suceden malentendidos y secuencias de una historia detectivesca.

En El portero y el otro (1992) hay cuentos que repiten temas e ideas, y destaco la finura de Interminables tardes de verano, las parodias detectivescas de El inspector y Una confusión en la serie negra o un nuevo ejercicio de collage (me imagino de hecho a Levrero recomponiendo párrafos escritos y desechados para componer un nuevo texto, muy sugerente) que dibuja esos malentendidos del día a día, Confusiones cotidianas. Los más interesantes, de todas maneras, entre los textos, me parecen Entrevista imaginaria a Mario Levrero, una especie de manifiesto como escritor de Levrero que escribe en forma de una entrevista que él mismo realiza a Mario Levrero, el escritor, y dos textos de mediados de los ochenta en los que se empieza a ver esa escritura autobiográfica que centraría sus últimos años, que irrumpe en su obra de ficción parcialmente en El alma de Gardel y Dejen todo en mis manos y que se hace manifiesta y central en El discurso vacío y La novela luminosa. Esos textos son Apuntes bonaerenses, que tiene además la curiosidad de presentar, veinte años antes, una especie de adelanto del capítulo de las palomas de La novela luminosa y Diario de un canalla, que yo ya había leído como segunda parte de Burdeos, 1972, y en el que un Levrero con una vida y un trabajo estable, quizá por primera vez en su vida, se lamenta de esa estabilidad y las traiciones a las que ha sometido a su arte para mantener una vida más estable. También son muy divertidos los Cuentos cansados, que he estado leyendo a mis hijos por la noche este último mes y se han convertido ya en textos tan clásicos para ellos como algunos de los Cuentos por teléfono de Gianni Rodari.

Los carros de fuego (2003) recoge cinco relatos finales, que no destacan dentro del conjunto de su faceta cuentística, quizá con la excepción del propio Los carros de fuego. Aún no abandonaría el libro después de cerrar el último cuento, pues las notas finales del hijo de Levrero, en las que relaciona algunos cuentos con momentos de la vida del hijo y la relación con su padre, me parecen tiernos y muy significativos de la vida y obra de un autor, Levrero, que nunca gozó de un reconocimiento masivo, que de hecho estuvo muy lejos de tenerlo, y que como nos cuenta su hijo solo disponía a veces de un único ejemplar de sus propios libros y solo se los podía prestar a él de uno en uno, y hasta que no le devolvía una de las novelas o colecciones de cuentos no podía llevarse el siguiente.

Un libro que ha tardado años en llegar a España pero que al fin ha llegado y que creo que es una obra imprescindible para los levreristas, seamos quienes seamos, y que puede ser un buen acercamiento, siempre original y divertido, para quien nunca se haya sentado a ver pasar la vida, con sus pasos, sus desvelos, sus presiones y molestias, al lado de Mario Levrero.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E


miércoles, 31 de julio de 2019

Algunos libros para el verano


Algunos libros para el verano

El blog se coge un mes de vacaciones, como cada verano, y me gusta decir Hasta la vista con una entrada con recomendaciones e ideas de lecturas para el mes de agosto, pensando en ese mes en el que muchos tomamos las vacaciones, aguantamos como buenamente podemos el calor y nos movemos un poco más de nuestro lugar habitual de residencia. Mezclo en esta lista, que vale lo mismo de apuntes propios que de sugerencias para los visitantes, algunas lecturas que he hecho en los últimos meses pero que no he reflejado en el blog, con otros libros que son más bien mis proyectos para leer este próximo mes, y algunos recuerdos de buenas lecturas veraniegas de otros años. De la idoneidad de algunos de estos libros para el verano puedo por lo tanto responder, de otros confío en que verdaderamente valgan la pena.

Empiezo por los cuentos, y comienzo con la que debería ser (pero no lo es, claro, que nadie se alarme) la noticia del verano en el mundo editorial. Después de años postergándolo, editan en España los Cuentos completos, de Mario Levrero (Mondadori). Desde que me caí (como Obélix en la marmita del druida cuando era pequeño) en La novela luminosa en 2013, cambié como lector, como escritor y supongo que hasta como persona. Desde entonces fui completando mis lecturas levrerianas, echando siempre en falta poder devorar sus cuentos. Hasta ahora solo he podido leer el libro La máquina de pensar en Gladys, que compré de importación. Es una colección maravillosa, pero muy corta, en la que se ve que la manera de afrontar los cuentos de Levrero está (como lo estaban sus primeras novelas) cerca de Kafka. Ahora estoy deseando tener este libro entre mis manos para conocer todos los cuentos que me faltan, hasta más de sesenta dice la editorial, en los que me imagino que Montevideo se llenará de situaciones absurdas y filosóficamente fantásticas.

Mientras llega el día de tener el libro de Levrero conmigo, estoy leyendo algunos relatos de los Cuentos completos de Roald Dahl (DeBolsillo), quien siempre es un autor muy divertido, con un punto cruel bastante evidente y un muy buen uso de la estructura clásica del cuento. Y aprovecho para recomendar otra vez a otro autor de tono kafkiano, como puede serlo Levrero, aunque lo combina con historias que parecen venir de la tradición oral judía, Isaac Bashevis Singer, un muy buen novelista, pero si se me permite decirlo así, todavía mejor cuentista. Es uno de esos ganadores del Premio Nobel (en 1978 en su caso) sobre cuyo merecimiento no nos queda ninguna duda después de leerlo. Siempre encuentro una sorpresa entre sus relatos, que tengo en la edición de Lumen (Cuentos, de Isaac Bashevis Singer).

Puestos a ponernos kafkianos, tal vez la mejor idea sea leer los Cuentos completos del propio Franz Kafka. Tengo la edición de Valdemar y es estupenda, y si Kafka es el novelista que dibujó el siglo XX, y lo fue, es sin duda un cuentista al menos igual de bueno. Releo sus cuentos con mucha más frecuencia que sus novelas, a las que apenas he vuelto desde mi primera (e impactante) lectura, con la sensación de que siguen suficientemente frescas en mi memoria. Pero no descarto darme un paseo este verano por América, que desde que compré y leí hace tantos años ha pasado a llamarse habitualmente El desaparecido. También quiero leer algunos cuentos de Guy de Maupassant, otro de los padres del género (Cuentos esenciales, DeBolsillo). 

Después de leer los cuentos de Mariana Enríquez, cuyo libro Los peligros de fumar en la cama vuelvo a recomendar, le daré una segunda oportunidad a Las cosas que perdimos en el fuego. Y la lectura del libro de Enríquez me hizo acordarme de Anna Starobinets. Recuerdo que Una edad difícil (Nevsky) me pareció un libro maravilloso (a ratos desagradable, pero maravilloso), y nunca he leído La glándula de Ícaro: el libro de las metamorfosis, y podría estar bien buscarlo por las bibliotecas y echarle un ojo. También tiene publicadas en España un par de novelas, pero como me gustaron mucho los primeros cuentos, seguiré en ese género.

Si alguien identifica las lecturas veraniegas con tumbonas, playas, desgana, el rumor del mar, las largas noches y las mañanas pesadas, tengo una recomendación. Leí hace un par de meses Agua salada, de Charles Simmons, una de esas historias de familias acomodadas que se están resquebrajando por dentro, con un padre que posee todos los privilegios del clan y una madre que los sobrelleva como puede. Hay una bonita historia de amor adolescente y un ahogamiento en el mar, está todo lo que uno puede esperar en esta clase de libros. La prosa es impecable, muy americana y pulida, y aunque las referencias insistían en emparentarlo con El guardián entre el centeno, creo que Holden Caulfield rechaza el modo de vida acomodado de sus padres, mientras que aquí el adolescente lo disfruta y apura. Pensé de modo mucho más directo en Buenos días, tristeza, de Francçoise Sagan, quizá la novela de verano y desgana más importante de la historia. La leí hace casi 20 años pero sigo recordando pasajes, momentos, y sobre todo sensaciones, porque creo que es un libro de sensaciones, fragilidad, tal vez sus palabras concretas puedan haberse quedado un poco desfasadas desde los años 50 pero recuerdo que traía cantos de poesía para esas mañanas en las que no se tiene la cabeza demasiado lúcida.

Somos muchos, creo, los que nos planteamos el verano como un tiempo para afrontar novelones: largos, decimonónicos, absorbentes, envolventes. Entre mis candidatos a tal tipo de lectura tengo en mente (luego no se hará todo, claro, pero qué ilusión hace planificar) darle una relectura veraniega a Moby Dick, de Herman Melville, volver a leer mucho tiempo después La saga / fuga de J. B. de Gonzalo Torrente Ballester o leer al fin completa Casa desolada, de Charles Dickens. También quiero volver a leer algo de Wilkie Collins, de quien leí hace mucho La dama de blanco y La piedra lunar, estupendos. Todos estos son libros exigentes, largos, literarios, completos, pero que recuerdo (o conozco parcialmente en el caso del de Dickens) además muy amenos. Quizá más complicados, aunque no creo que haya que huir de los libros complicados, y aunque se lean solo unos cientos de páginas se puede aprender mucho de algunos libros, rondan también por mi cabeza El hombre sin atributos, de Robert Musil y La trilogía de los sonámbulos, de Hermann Broch. Hablando de libros complicados y largos, se me ocurría, mientras escribía este párrafo, que en Casa desolada hay probablemente un antecedente de Su pasatiempo favorito, de William Gaddis. Gaddis, tan brillante como por momentos duro, puede ser también una muy buena apuesta de lectura (y puesto a empezar con él, recomendaría entrar por la puerta grande de Los reconocimientos (Sexto Piso)).

Una buena lectora con la que a veces cruzo recomendaciones me pedía que le recomendara una lectura de Bolaño que no fuera ni Los detectives salvajes ni 2666. Le recomendé que se pusiera con La literatura nazi en América, un librito borgiano, una divertida enciclopedia falsa de nombres, filiaciones y obras, y el primer libro con el que Bolaño tuvo algún reconocimiento. Tal vez también lo relea estas próximas semanas, es un libro que siempre me ha encantado. Y aunque no está entre mis preferidos de Bolaño, quizá también haga una relectura de Una novelita lumpen. Por recomendación de otro amigo estoy embarcado en la lectura nocturna y alevosa de El mito de Sísifo y El hombre rebelde, de Albert Camus, dos libros que (lo confieso) he leído con anterioridad y poco provecho y a los que creo que ahora estoy sacando mucho más jugo.

Estoy leyendo, aunque en inglés, con lo que avanzo más lento, Espía y traidor, de Ben Macintyre. Está muy bien escrita y la historia de mentiras, falsas apariencias, engaños y confianzas traicionadas que narra va mucho más allá de la típica novela de espías. Trasciende lo concreto de la trama (que es bastante impactante, todo quede dicho) y habla de temas fundamentales. Por construcción, es más bien una novela de no - ficción, de hecho. También tengo entre mis lecturas actuales Mientras agonizo, de William Faulkner. Me gustó mucho a finales del año pasado Las palmeras salvajes, y este me está pareciendo también brutal (desolador y brutal). Después de años intentando leer algo de Faulkner y sin conseguirlo, parece que estoy entrando en su mundo. No sé si el verano dará para más, pero siempre he oído hablar de la relación entre Cormac McCarthy y Faulkner. Leí (y me gustó, pero de un modo lejano, como algo que lees y te gusta pero desde luego no te marca) Meridiano de sangre hace mucho tiempo, y me apetece probar algo más.

En cuanto a ensayos, llevo entre manos La invención de la naturaleza: El nuevo mundo de Alexander Von Humboldt, de Andrea Wulf (Taurus), cuyo título ya cuenta de qué va, y que me está pareciendo que es muy interesante y que está muy bien contado. Y leí no hace mucho la biografía de J. D. Salinger de Kenneth Slawenski (Galaxia Gutenberg), y de ahí me puse a releer sus Nueve cuentos (Alianza) después de muchos años sin abrirlos. Combiné ese libro con La noche de la pistola, de David Carr (Libros del KO), un libro perturbador, a medio camino entre las memorias y la reflexión social sobre la adicción a las drogas, que creo que puede perturbar e interesar mucho a mucha gente, a todos los que nos planteamos, como estuve haciendo yo durante aquellas páginas, que todos somos, aunque estemos fuera de las drogas ilegales, adictos y dependientes en mayor o menor grado (pensemos desde los medicamentos y drogas legales que tomamos al uso que hacemos de las redes sociales, quizá también en nuestra propia relación con la lectura y la escritura, en los atracones de series de televisión, …). También me interesa el libro El ojo del observador, de Laura J. Snyder (Acantilado), un ensayo que nos lleva a la Holanda del siglo XVII y nos muestra la aparición de las ideas y técnicas de Vermeer, Van Leeuwenhoek, Huygens y Spinoza, los cuatro relacionados con la idea de la luz y el cambio en la mirada, en su concepto y su forma, desde el trabajo común de las artes, las humanidades y las ciencias.

Algunas de mis mejores lecturas de los últimos años las hice durante este mes de agosto, de vacaciones, a veces en casa y a veces de viaje. No me olvido de recomendar, de esa memoria de apuntes de otras temporadas: Canadá, de Richard Ford (Anagrama), un autor que a veces me interesa moderadamente, otras incluso menos y en este libro y algunos más me seduce totalmente. Esta me parece su mejor novela de lejos. Otro libro que me flipó (literalmente) durante toda una semana de vacaciones en Santander, de este recuerdo ese detalle perfectamente, fue El mago, de John Fowles (Anagrama). Estupendo, culto, divertido, muy bien escrito, que mezcla la mitología con la locura, el ansia por mandar y la creación artística, el deseo y la desorientación, y resulta muy difícil de soltar de las manos. También fue en verano cuando leí por primera vez a James Ellroy, y después de haber releído no hace mucho Jazz blanco, quizá haga ahora lo mismo con La dalia negra (Mondadori), la que creo que sigue siendo su mejor novela (de las de pura ficción, sigo viendo por encima Mis rincones oscuros y A la caza de la mujer). Y hace aún más años leí los dos libros de memorias de Anthony Burgess, un autor conocido casi exclusivamente por La naranja mecánica pero que creo que tenía mucho más. En estas memorias muestra mucho sentido del humor, sarcasmo, mala leche, y muchas páginas de muy buena escritura y una visión muy personal de la vida. Se llaman El pequeño Wilson y el gran Dios (el primer volumen) y Ya viviste lo tuyo (el segundo). La pena es que solo están en bibliotecas que se han olvidado de que los tienen y en librerías de viejo. Alguna editorial de las que quieren vestirse de realmente literarias debería contratar los derechos y reeditarlos, porque son una maravilla. Quizá vaya esta misma tarde a por ellos a mi biblioteca habitual y comience así el mes de agosto lector.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

domingo, 4 de diciembre de 2016

Tuberías, de Etgar Keret

Tuberías, de Etgar Keret (Ed. Siruela)

¿Hay o podrá haber otro Kafka? Yo creo que no lo hay, ni lo ha habido ni lo habrá. Dentro de lo escaso de mi formación teórica en literatura, que básicamente me reduce a ser un lector atento y más o menos perspicaz pero sin ninguna clase de aparataje teórico – filosófico que sustente sus impresiones, siempre me ha parecido, y me sigue pareciendo, que Kafka es un autor único, quizá el más único que he leído. ¿Tiene siquiera sentido plantearnos si podrá haber otro Kafka? Ha habido obras de inequívoco aire kafkiano, por mucho que ese adjetivo esté tan maltratado como dantesco o dickensiano, y sobre todo sea un adjetivo que únicamente parece remitir a un universo de burocracia infinita, inútil e inexplicable, que era uno de los temas y miedos de Kafka, pero no creo que el mayor, y desde luego no el único. He leído novelas para mí muy importantes, como El desierto de los tártaros, en las que se reconoce un parentesco obvio. Un parentesco que otros muchos relatos de Buzzati mantienen, por ejemplo. De lo que llevo leído, hay mucho Kafka en las novelas de los existencialistas como Camus o Sábato. Hay Kafka en Beckett y hay Kafka en Kadaré y hay Kafka en Cartarescu y en Levrero. García Márquez y Borges se reconocían herederos de Kafka porque su lectura les había permitido entender que se podía escribir así. Levrero se alegraba de haber leído El castillo y descubrir que se podía escribir eso. Eso y así. Kafka es definitivamente inabarcable y difícil de explicar.

Uno de los llamados herederos de Kafka a estas alturas del siglo XXI es Etgar Keret. El autor israelí es sin duda uno de los mejores autores de relato contemporáneos. Es uno de mis escritores preferidos, y no sabía que había publicado nuevo libro en España cuando lo encontré casualmente la semana pasada. Tuberías es otro gran libro de relatos de un gran escritor de relatos. Uno que no ha sucumbido todavía a esa presión por lanzarse a la novela que acaba frustrando a algunas prosas e inteligencias mejor dotadas para el detalle y la distancia corta, bien en forma de relato o de esos artículos o prosas reflexivas en los que la mirada de la ficción se posa sobre la realidad y nos la desmonta como una verdad absurda. Keret es, tal vez, el mejor escritor de relato breve del mundo en la actualidad. ¿Merece la pena dispersar energías en tratar de hacer una novela mediana y que sus relatos pierdan brillo? Cuentan que Cortázar, que probablemente era el mejor cuentista de su tiempo, se sentía muy frustrado porque no le reconocieran en igual grado sus novelas, ni siquiera Rayuela. No me importa si Keret es el mejor o el quinto mejor autor de relatos, lo que quiero decir es que es, claramente, parte de una élite en un género que domina como casi nadie. Y dentro de esa élite es uno de los que mejor explica nuestro mundo. Lo hace mezclando la cultura pop con las preguntas profundas que acompañan al ser humano desde las cavernas. Keret es el niño que desmonta un camión o un tren de juguete y luego trata de armarlos de nuevo, encontrándose, sorprendido, que le sobran piezas, y que algunas de las que sobran son claramente inútiles, y más sorprendente aún, algunas de esas piezas inútiles tienen ahora una nueva función, la de adornar el juguete. El relato exige muchas veces reducir lo narrado a lo esencial, y hay que mantener un juego entre lo esencial y lo accesorio en el que hay un punto para comprender que en ciertas historias lo accesorio se ha vuelto imprescindible, y es lo que viste la ficción de vida.

Keret ha nacido en un país y un tiempo en el que la posibilidad de la muerte es bastante real y cercana. No es que Keret o cualquier israelí estén por el simple hecho de serlo en un peligro de muerte inminente, pero hay países alrededor del suyo que han jurado destruirlos, y ha habido atentados en cada ciudad israelí durante décadas. Aquí también hemos tenido décadas de terrorismo y creo que cuando había una bomba que mataba a personas en principio alejadas de cualquier foco, a los demás ciudadanos se nos despierta una pregunta de: ¿podría haber sido yo? Creo, aunque me lo invente, que esa vecindad más o menos cercana con la muerte y el sufrimiento, con el miedo y la angustia, son lo que más lo acerca a Kafka. Kafka vivió gran parte de su vida con la idea de una enfermedad que no se iba a ir y de la que antes o después se moriría. Y la afrontó con las armas que pudo. Entre ellas, el humor.

¿El humor? No voy a llegar al extremo de David Foster Wallace en Hablemos de langostas, donde consideraba a Kafka un gran autor cómico al que convenía leer como tal. Considero que Kafka es esencialmente pesimista y juzga al ser humano como culpable, y de eso van sus grandes novelas. El proceso es la historia de alguien que ya ha sido considerado culpable, aunque no sepa por qué. La metamorfosis, más metafóricamente, pero se acerca bastante a ello. Keret sí es un autor que se merece el adjetivo de cómico. Sus relatos, en general, se acercan a lo cómico. Al menos siempre le sacan una sonrisa al lector, aunque a veces esa sonrisa sea amarga, o empiece en la sonrisa para acabar en lo amargo. Porque así es la vida, ¿no?

Algunas personas a las que he recomendado a Keret lo han leído y me han dicho que lo encuentran frívolo. ¿Es Keret frívolo? En 2013 tuve la suerte de asistir en La casa encendida de Madrid a un pequeño taller que Keret impartió para 30 elegidos, y él mismo contestó a esa acusación. Una de las asistentes le dijo que le parecía que frivolizaba con el terrorismo, por ejemplo. Y Keret le dijo que como su normalidad incluía el terrorismo, él lo normalizaba y hacía el mismo tratamiento irónico de él que de cualquier otro tema. Esto venía a cuento de un relato en el que el narrador se queja de que como en su barrio había tantos atentados y a cada atentado le correspondía un pequeño monumento conmemorativo, el barrio se había vuelto impracticable para que su hijo fuera con la bici y cualquier día un niño iba a acabar estrellado contra un monumento.

Mi opinión es que Keret no es para nada frívolo, pero no todo el mundo se acerca a los temas trascendentes y a los realmente importantes con cara muy seria y lamentándose y condenando lo malo. En los relatos de Keret están la vida, la muerte, lo íntimo y lo colectivo, la religión, la política, el terrorismo, la guerra, la pareja, la escuela y la familia. Están todos los temas importantes y clásicos de cualquier literatura que quiera ser representante de su tiempo. Los relatos de Keret parecen ligeros, están escritos con ánimo de resultar de fácil digestión para el lector, pero siempre dejan poso, la ligereza es un trampantojo. Suelen ser relatos de no más de 3 o 4 páginas, un relato que a veces, en manos de otros autores, no pasa del chiste o la anécdota, pero que para Keret siempre es suficiente para condensar un mundo narrativo completo.

Tuberías incluye más de cincuenta relatos, y tratar de buscar conexiones que permitan reducirlo a un párrafo es absurdo. Prefiero destacar algunos relatos, como Anette y yo follamos en el infierno, Dios el enano y La plaga de los primogénitos, todos ellos cercanos en su ambiente al judaísmo y a la idea de Dios. Nada de política y El hijo del director del Mosad son relatos, que como el primero hace pensar con su título, son esencialmente políticos, y como todo buen relato político son íntimos y familiares. El hijo del director del Mosad es uno de esos relatos que desde la primera lectura que llegan para quedarse, de los que pasan automáticamente a los relatos que envidias y que querrás releer muchas veces. Noventa también llega hacia lo político y lo social pero desde el ambiente familiar más cercano. Envidia de escritores es uno de los acercamientos a la metanarrativa que Keret introduce en todas sus colecciones. Aquí se trata de un narrador que suda cada frase de cada relato que envidia profundamente a Max Frisch y a J. D. Salinger por lo que entiende es su facilidad para escribir obras maestras, y se dirige a matarlos. Cierro volviendo a Kafka. ¿Es Keret el más digno elegido entre los miles de llamados a suceder a Kafka? Los dos relatos más kafkianos de la colección me han parecido Quedémonos a nivel de la metáfora, que además es un brillante juego de lenguaje, e Imitador de humanos, que establece un diálogo y le da una vuelta al famoso relato Informe para una academia, de Franz Kafka, solo que en este caso el simio decide revelarse.

Ojalá haya pronto más libros de Keret para que los keretistas matemos la sed. Por cierto, para aquellos que nunca lo hayan probado, Siruela sacó hace poco una recopilación de sus cuatro primeros libros de relatos, bajo el título de Un libro largo de cuentos cortos.

Seguiremos leyendo y compartiendo páginas.


Sr. E 

jueves, 10 de noviembre de 2016

Hablemos de langostas, de David Foster Wallace

Hablemos de langostas, de David Foster Wallace (Editorial Mondadori)


Creo que sigo rodeando La broma infinita como modo de acercamiento antes de lanzarme hacia ella. De toda la obra de Foster Wallace me quedan por visitar La escoba del sistema, su primera novela, y La broma infinita, su obra magna, que duerme cerca de mí desde este pasado verano. Me quedaba uno de sus libros de no – ficción, Hablemos de langostas, y ha sido mi última lectura.

Tanto como narrador como en su labor de cronista, aparte de por su fascinante uso de la sintaxis, por la lógica perfectamente definida con la que encaja las frases en los párrafos y cómo va tejiendo la página de interrelaciones, creo que en lo que Foster Wallace más destaca es como observador agudo e ingenioso. Foster Wallace siempre encuentra un ángulo distinto de la realidad, un matiz que venía pasando inadvertido y sobre el que él pone el foco. Foster Wallace es también el maestro en conseguir que un tema que en principio no nos interesa o incluso nos despierta un bostezo se convierta en un texto que nos interesa hasta absorbernos. 

¿Qué interés tengo en conocer cómo funcionan los grandes cruceros del Caribe? Ninguno. Pero he leído varias veces Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer. De momento el único tema aburrido en el que Foster Wallace no ha conseguido embarcarme ha sido en el de los impuestos y las desgravaciones fiscales, como pretendía en aquella epopeya de la hacienda pública y el aburrimiento que es El rey pálido (queda un importante comentario al margen, que es que como novela póstuma que fue, fue montada y recompuesta desde sus fragmentos por los editores, no por el autor, que me imagino, por su tipo de inteligencia y escritura, que debía dedicar mucho tiempo a montar y desmontar la estructura de los textos, y quizá en El rey pálido está todo pero no está bien barajado, o le quedaban descartes por hacer).

Si te interesan los premios de la industria del cine porno, la decadencia de los grandes novelistas americanos, entender a Kafka como humorista, las autobiografías de tenistas retiradas, los festivales de la langosta, los tejemanejes que se traen entre manos los gramáticos y académicos para escribir los diccionarios y dictar las normas de uso del inglés, este puede ser tu libro.

Si no te interesa, a priori, cualquiera de esos temas, también. Leyendo a David Foster Wallace uno aprende, por ejemplo uno aprende que la langosta era una comida de pobres y que en los reglamentos carcelarios del siglo XIX estaba prohibido darles a los presos más de un día a la semana langosta, porque se consideraba cruel, o uno aprende que un festival de la langosta permite cenar por más o menos lo que cuesta un menú de McDonald´s, pero a cambio de soportar colas dignas de Disneyworld, o uno aprende que la vida media profesional de una actriz porno es de dos años, y que hay un alto número de suicidios entre los componentes del gremio. Y uno se sorprende donde él se sorprende, que es lo que pretende que hagamos. Una de las claves de cualquier escritura es la mirada de quien narra, y Foster Wallace sabe poner de manera magistral la mirada en un modo que se sorprende e ironiza sobre cualquier aspecto de la existencia. Foster Wallace es curioso y trata de disfrutar en cualquiera de las circunstancias a la que la escritura de las crónicas le llevaba. Las crónicas de eventos le han sido encargadas por distintas revistas que consideraron, por algún motivo, que él sería el mejor para acercarse hasta allí y contarlo. En todos esos casos Foster Wallace cuestiona su idoneidad para el encargo y nos hace entrar a la realidad desde el extrañamiento. Para situar a quien no ha leído nunca a Foster Wallace, el modo de llegar a la entrega de premios de la industria del cine porno es empezar hablando de las aproximadamente dos docenas de hombres que en Estados Unidos, cada año, se amputan los genitales de modos caseros y horriblemente dolorosos, ya que no son capaces de seguir conviviendo con su concupiscencia desbocada.

Foster Wallace se declara en sus textos admirador de Kafka, al que califica de escritor de humor. Y Kafka es un escritor de humor en el mismo sentido en el que él pretende serlo. Porque mira el mundo, no lo comprende, le supera, y nos cuenta cómo le está superando. Pero Foster Wallace resulta mucho más divertido y ligero porque no se muestra sufriente y dolido por el mundo. Foster Wallace, en otro de sus textos, al hablar de Dostoievski, a quien parece haber leído mucho y en profundidad, se lamenta de no poder afrontar, como novelista americano posmoderno, los grandes temas y dilemas morales de la existencia. Porque sabe que Dostoievski lo hacía pero si alguien hoy en día lo hiciera, se reirían de él. Y tiene razón. Como él dice, y parece que en cierto modo lamenta, nos movemos en un mundo narrativo que igual que el mundo en general, está de vuelta de todo, y sólo acepta la ironía como modo profiláctico de acercarse a ciertas realidades e ideas. Y lo dice uno de los mayores representantes de esa ironía.

¿Uno de los mayores novelistas de finales del siglo XX leyendo insulsas autobiografías de deportistas? Sí. Por lo que cuenta, lo hacía frecuentemente, y especialmente cuando eran las de tenistas y ex – tenistas, un deporte que había practicado con bastante dedicación en su adolescencia. Pero hasta un fan de esos libros insulsos tiene un límite, y la autobiografía de Tracy Austin (al parecer una tenista famosa de finales de los 70) fue el suyo. Es demoledor cómo va recogiendo todos los clichés que la tenista va sembrando por las páginas, cómo se construye un discurso con tópicos y vacío. Y me parece genial cómo acaba por volcar eso hacia la pregunta definitiva, ¿son esas personas, esos deportistas profesionales, capaces de soportar toda la tensión que se acumula sobre ellos en determinados momentos, precisamente porque parecen a veces tener la cabeza vacía? ¿O el proceso es el contrario? En cierto modo, y desde la ironía, se adelanta una década a todas las ideas que están surgiendo hoy en día para explicar esos ciertos estados de éxtasis creativo y de concentración, lo que está dando en llamarse flujo o estar en la zona.

El texto más lúcido, leído 16 años después, y justo por los días en que lo he hecho, es Arriba, simba. David Foster Wallace fue contratado por la revista Rolling Stone para seguir a uno de los candidatos en las primarias presidenciales, en este caso John McCain. La idea de la revista era que periodistas y escritores jóvenes (o relativamente jóvenes, Foster Wallace tenía 38 años entonces) trataran de explicarse y explicar por qué los jóvenes votantes norteamericanos pasaban de la política. A cada uno de esos periodistas y escritores les asignaron un candidato. Y Foster Wallace siguió a McCain. McCain fue luego candidato presidencial. Era conocido por haber sido torturado durante cuatro años por el vietcong. Y se presentaba como un candidato auténtico. Foster Wallace detecta esa autenticidad y ese algo distinto en McCain. Hay jóvenes que le escuchan y le siguen. Y a veces dice auténticas burradas. Pero cuando es un idiota es un idiota que parece auténtico, y entre tanto cliché político muchos desinteresados lo agradecen. Uno de los fotógrafos con los que va le dice a Foster Wallace que McCain hace cosas como de humano, algo que ya le sitúa muy por encima de todos los demás. McCain toca ciertos aspectos que nadie más toca, dice que siempre va a decir la verdad, parece ir a la contra, promete que él no los engañará (en algún momento al principio Foster Wallace cuenta cómo dijo en un mítin que él no podía prometer extender la sanidad porque eso iba en contra de los intereses de las farmacéuticas y a él lo financiaban las farmacéuticas, pero que eso mismo le pasaba a todos los candidatos de todos los partidos, y los demás sí prometían mejoras sanitarias). Foster Wallace vuelve a aprovechar aquí para hablar del cliché y la ironía, y de cómo los jóvenes, tan acostumbrados a que intenten venderles cualquier cosa con técnicas de marketing, son refractarios a toda técnica de marketing que suene a conocida. Y ahí es donde le parece que McCain podría tener una oportunidad. Y McCain no la tuvo. Pero mucho de lo que Foster Wallace veía y contaba tiene mucho que ver con lo que ha pasado esta semana. ¿O no?

Me acerco al momento de abordar La broma infinita. Creo que será antes de que vuelva la primavera. Iremos hablando entre tanto de otros libros.

Felices lecturas

Sr.E

jueves, 17 de marzo de 2016

Una lista de diez cuentistas, y una larga explicación



Diez cuentistas

Estuve releyendo estos días algunos de esos divertidos decálogos de escritores que dan consejos sobre cómo escribir cuentos (“no olviden la frase, justamente célebre: dos más dos son cuatro, pero ¿y si fueran cinco?”, decía Onetti), o más en general, sobre cómo escribir. Llegué al famoso punto de las reglas de Bolaño que dice: “Hay que leer a Quiroga, hay que leer a Felisberto Hernández y hay que leer a Borges. Hay que leer a Rulfo, a Monterroso, a García Márquez. Un cuentista que tenga un poco de aprecio por su obra no leerá jamás a Cela ni a Umbral. Sí que leerá a Cortázar y a Bioy Casares, pero en modo alguno a Cela y a Umbral”. Seguido de aquel que remata: “Lo repito una vez más por si no ha quedado claro: a Cela y a Umbral, ni en pintura”.


He intentado, inspirado en esa frase, hacer una lista con mis diez relatos preferidos, pero la lista se iba desviando en ramificaciones descontroladas (cuento que es un relato maestro técnicamente; cuento con el que aprendes a que la coherencia de la voz narrativa deje de parecerte algo tan fundamental, cuento menor pero que no puedes evitar releer,  cuento que envidias profundamente no haber escrito tú, etc.). Seguiré intentando filtrar alguna vez esa lista hasta que dé un número al menos parecido a diez (creo que al final el sentimiento más honesto es la envidia, y si acabara llegando a esa lista, sería la de los diez relatos que más envidia me producen como autor). Pero de momento me siento incapaz. He intentado el más modesto proyecto de listar mis diez autores de relatos preferidos, supongo que también porque se acerca el día del padre y la persona sólo tiene un padre, pero el cuentista es hijo de todo aquel al que roba ideas, y aún este proyecto, en su modestia, se me ha ido un poco de las manos. Porque sé cosas como que: Raymond Carver fue muy importante en mi primer impulso hacia el cuento, aunque haga años que me interesa poco. Otro tanto podría decir de Salinger. Nunca me marcó Bukowski. Me gusta más William Saroyan como cronista de los pequeños fracasos que nacen en la adolescencia que todos ellos.

También sé que hay escritores de los que admiro libros de relatos magníficos pero de los que no he leído otro, a veces porque no han escrito otro, y en tales circunstancias no me parece justo enfrentarlos a autores de los que he leído todos sus libros de relatos y esos libros de relatos suman muchos cuentos y muchísimas páginas. Por ejemplo adoro Pájaros de América de Lorrie Moore, Trescientos días de sol de Ismael Grasa, La máquina de pensar en Gladys de Mario Levrero, Crímenes triviales de Rafael Balanzá, Quisiera tener la voz de Leonard Cohen para pedirte que te marcharas de Óscar Sipán, Gritar de Ricardo Menéndez Salmón, No es fácil ser verde de Sara Mesa  o El ángel esmeralda de Don DeLillo. He intentado dejar fuera a escritores canónicos que me interesan, pero no tienen un lugar destacado en mis referencias cuando me siento a escribir, aunque he sentido la tentación de incluirlos por una cierta sensación de deber, sabiendo que los he leído y volveré a leerlos, particularmente pienso en Chéjov. Quizá también en Poe.

Luego hay autores que tienen relatos que podrían tener cabida entre mis diez relatos preferidos, si alguna vez llegara a decidirme por ellos, como Fogwill, Onetti, Dino Buzzatti, Saul Bellow, Richard Matheson, Neil Gaiman, Stephen King o Joe Hill pero cuyos relatos, así en general, no siempre me convencen. Hay otros autores de los que he leído, si no sus cuentos completos sí sus cuentos reunidos y cuasi completos, con gran satisfacción, como Carson McCullers, Flannery O´Connor, Gabriel García Márquez o últimamente Bernard Malamud, pero a los que será el tiempo, y quizá las veces que ese tiempo me pida releerlos, el que pueda llegar a situar entre mis diez autores de referencia a la hora de abordar un cuento. 

Luego están esos autores que nos llevan a la pregunta de: ¿escriben relatos? Porque algo así son Vidas de santos y La velocidad de las cosas de Rodrigo Fresán, o Diarios de las estrellas de Stanislaw Lem, pero creo que no están escritos con la intención de que sean libros de relatos, entendidos estos como algo más o menos reconocible y más o menos clásicos. Hace años que no he vuelto a leer los relatos de Paul Bowles pero sé que me marcaron. Me gusta el Vila – Matas cuentista y Exploradores del abismo es uno de mis libros de cabecera, pero me siento cada vez más alejado de su obra en general. Algunos relatos de Sauce ciego, mujer dormida, de Murakami, me absorben. Quim Monzó me hace gracia en ocasiones y en otras me parece insufrible. Sergi Pàmies tiene libros excelentes, pero otros parecen imitaciones de sí mismo. Suele gustarme todo lo que leo de Cristina Fernández Cubas. Adoro al Bioy Casares fantástico, pero el más realista me deja frío. No soporto a Hemingway y sus icebergs. Más que Chéjov, que nunca ha pasado de dejarme un tanto frío, me impresionó, como cuentista, dentro de los rusos, Caballería roja de Isaak Babel. 

Quiero decir, con todo esto, y como defensa última, que mi lista de diez autores es discutible como toda lista, y es una lista que si la escribiera mañana incluiría a alguno de esos autores recién nombrados a cambio de excluir a otros (tengo la sensación de que los cánones, hasta los más personales, se forman a velocidad geológica, y el único autor al que he llegado por primera vez en los últimos dos años es Ballard, y de algún modo siento que en un futuro es posible que Malamud esté ahí dentro, pero no hoy), pero quiero que quede claro que es la lista de alguien que ha leído mucho relato en los últimos doce – quince años de su vida, aunque también me quede mucho por leer, y para quien el relato es muy importante y el cuento casi un modo de vida. 

Mis cuentistas preferidos, de los que recomiendo lectura constante, sin ningún orden particular, porque sólo faltaba eso, ordenarlos del primero al décimo, son, muy probablemente, a estas horas de este día:

John Cheever
Roberto Bolaño
Tobias Wolff
Augusto Monterroso
Julio Cortázar
Franz Kafka
Etgar Keret
Borges
J. G. Ballard
David Foster Wallace