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jueves, 28 de febrero de 2019

Trilogía de la guerra, de Agustín Fernández Mallo


Trilogía de la guerra, de Agustín Fernández Mallo (Seix Barral) y una mirada un poco más allá del libro concreto sobre su autor y su obra.

He dejado transcurrir un tiempo prudencial (algo más de un año) para leer la novela con la que Fernández Mallo ganó el Premio Biblioteca Breve. Como cuando lo ganó Ricardo Menéndez Salmón, la sensación que tuve cuando se anunció el premio a Fernández Mallo fue que se arreglaban cuestiones internas de la editorial (un reconocimiento a Menéndez Salmón, que lleva editando en Seix Barral con éxito desde hace más de una década, un fichaje en el caso de Fernández Mallo) más que se buscara un libro original o novedoso que ofrecer a los lectores. Este año ha ganado la poeta Elvira Sastre y las sensaciones son otras, distintas y peores, y creo que no soy el único.

No voy a ser el tonto puro que grite de indignación por cómo se mueven y dan los premios literarios grandes y en editoriales grandes en España. Ya sabemos, a cierta edad, quiénes son los Reyes. El caso es que los Reyes le trajeron el Biblioteca Breve a Fernández Mallo, que llevaba bastante tiempo sin publicar material nuevo, y me lo apunté pero no sentí ninguna prisa por ir a buscarlo, hasta que me lo encontré sin buscarlo en la biblioteca en una de mis últimas visitas.

¿Me interesa la obra de Fernández Mallo? Sí, sin duda, me interesa. Me interesa más de lo que me gusta, completo la respuesta. Yo empezaba a escribir en aquel ya lejano 2006 en el que Fernández Mallo publicó el primer volumen de su Trilogía Nocilla en una pequeña editorial y bastantes focos cayeron sobre él. Creo que no se le había prestado tanta atención a un autor claramente literario al menos desde mediados de los 90, cuando Mañas y Loriga eran personajes bastante populares. Leí los libros de la Trilogía Nocilla (hay muchos autores que como Fernández Mallo piensan la narrativa en trilogías, aunque dejo dicho que no sé si esta Trilogía de la guerra no intentaba beneficiarse de la fama pasada repitiendo el esquema en el título, pues es justificable el título de trilogía hasta un cierto punto, hay guerras que se repiten en lo sustancial, como todas las guerras, y aquí los apuntes se centran en tres, pero sería casi más justificable no haberlo usado) y me resultaron interesantes. Sonaban frescos pero todas aquellas maravillas que se les encontraron fueron probablemente excesivas. No me parecía que Fernández Mallo estuviera inventando nada, y de hecho algunos de sus paisajes me recordaban precisamente a Ray Loriga.

Lo que vino después, las teorías y los movimientos suelen exceder la voluntad de alguien que al final ha escrito un libro y lo ha dejado al alcance del público, no creo que Fernández Mallo tenga demasiada culpa de todos los autores a los que se quiso montar en su mismo carro y aprovechar aquella moda. Llegó la editorial más grande, se completó la trilogía, tuvo aquel problema con María Kodama por el homenaje a Borges en el libro El hacedor (remake) y cuando leí Limbo pensé que quizá era su libro más equilibrado.

Porque los libros de Fernández Mallo pecan de no tener una estructura clara, lo cual no tiene por qué ser malo, pero en sus libros (en mis lecturas de sus libros) acaba llevando a que los textos acaben amontonándose, siendo más autónomos que partes de algo, y tampoco como partes acaban de tener la entidad suficiente. Cuando había leído los libros Nocilla los había empezado con gusto, y se me había ido quitando el entusiasmo con las páginas. O algo así.

En la Trilogía de la Guerra me encuentro con un Fernández Mallo más maduro (va por los cincuenta años, y eso debe pesar), más autoconsciente y que empieza contando una historia diseñada muy al modo de Enrique Vila – Matas. La autoficción de Fernández – Mallo me interesa poco pero va colando reflexiones interesantes sobre la verdad y sus reflejos, la vida, las redes sociales y el espacio viscoso entre la una y las otras. La historia se desvía por algunos meandros, algunos buenos, los menos casi brillantes, otros esperables y aburridos, y cuando el libro se parece más a un ensayo me parece más interesante. Las ideas son buenas, son originales en muchos casos, pero no están contadas con demasiado atractivo. Igual que mi primer contacto con Nocilla me recordó a mis primeros encuentros con Ray Loriga, este libro me ha hecho pensar en el Loriga de Rendición, otra novela ambiciosa, de guerra en muchos sentidos y también fallida en otros muchos. Y aquí voy a una cuestión interesante (a mi entender). Me parece que este libro tiene algo así como la esencia de lo que un libro de Fernández Mallo tiene o se espera que tenga. La iconografía, el mundo pop, las referencias científicas, incluso una tesis muy aguda. Pero está demasiado limado, tal vez para que fuera un libro premiable y tal vez con la esperanza de que ese libro premiado pudiera tener más público.

No sé si a ese nivel el libro ha funcionado, aunque he visto que ha aparecido recientemente la edición en bolsillo, y se ha reseñado muy positivamente. Pero lo he encontrado demasiado plano en su escritura, no he dado con el vuelo poético (con esas imágenes potentes, originales, con el uso del lenguaje creativo) que sí había en Nocilla. Quizá es una mejor novela que sus libros anteriores pero es un libro peor. No obstante creo que merece la pena leerlo, y aunque no he leído aún su ensayo Teoría general de la basura, creo que algunas de las ideas que se tocan aquí deben ser parecidas a las que aparecen en aquel, y son de lo mejor de este libro. Así que intentaré leer aquel y mientras tanto recomiendo leer este, aunque sea para decepcionarse. Porque será, como en mi caso, una decepción trabajada, un diálogo con un autor que al menos tiene algo interesante que decir y un modo propio de decirlo, lo cual ya es mucho visto como está el panorama de la narrativa literaria en España a estas alturas del siglo XXI.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

miércoles, 4 de abril de 2018

4 3 2 1, de Paul Auster


4 3 2 1, de Paul Auster (Seix Barral)

Advertencia inicial: Esta no es, realmente, una reseña del libro. Es más bien un breve escrito de desencanto, conectado con una trayectoria vital de lector de Auster.
Hacía años que no leía un libro nuevo de Paul Auster. Lo mío con él fue verdadero amor y supongo que habría que decir que se nos rompió el amor de tanto usarlo. Siempre he considerado que Auster, junto con Roberto Bolaño, es un escritor esencial en que yo me pusiera un buen día a escribir. No sé cómo llegó a mi mente que La trilogía de Nueva York era un libro que yo debía leer. Luego la realidad confirmó que realmente debía leerlo, pero no lo tenían en la biblioteca pública en la que yo lo buscaba, y cuando aún estudiaba Bachillerato leí el único de sus libros que tenían: El cuaderno rojo. Lo leí varias veces, hasta que en algún momento me compré El palacio de la luna (uno de los libros que más he regalado, y siempre ha gustado a las personas a las que pensé que gustaría) y finalmente sí La trilogía de Nueva York. He releído muchas veces esos tres (tres o cinco, según edición de la Trilogía que manejamos) libros y también he disfrutado con La música del azar, Leviatán, El país de las últimas cosas y El libro de las ilusiones. Fue quizá con esta novela, de 2002, con la que empecé a sospechar como lector que Auster había decidido escribir por y para siempre libros de Paul Auster, igual que Murakami decidió en algún momento escribir libros de Murakami. ¿Y bien? Está en su derecho. Me interesan los autores que siempre escriben “el mismo libro”, quizá más que los que no lo hacen, pero noté de alguna manera que siendo una buena novela había perdido la fuerza que sí está bajo La trilogía de Nueva York y El palacio de la luna. Me parecía que la necesidad de escribir, de la que tan acertadamente había hablado algunas veces Paul Auster, con aquella metáfora de su amigo el que se inyectaba heroína y seguía haciéndolo no porque le sentara bien sino porque le hacía sentir menos molesto con la existencia, había sido sustituida por la necesidad de ser leído, y asegurando unos ciertos elementos (irrupción del azar, trayectoria de caída al abismo y posterior resurgimiento, sueños románticos relacionados de una u otra manera con el arte, incapacidad para comprender y ser comprendido por el mundo exterior, una mujer redentora, los buenos samaritanos desinteresados que aparecen en momentos señalados, etc.) construía la historia a sabiendas de estar escribiendo algo de la marca Auster. Insistí todavía con La noche del oráculo, Brooklyn Follies y Viajes por el Scriptorium y cerré la carpeta de Paul Auster, releyendo de cuando en cuando, eso sí, sus libros más queridos, especialmente la Trilogía. Un insistente comercial del Círculo de Lectores me convenció para hacerme socio durante algunos meses hace unos años y en uno de los pedidos me llegó Diario de invierno. Me gustó. Saboreé su honestidad, pero no era un esfuerzo ficcional y como memorias de un hombre que se hacía mayor tampoco me parecieron sobresalientes.

Y llegó el otoño pasado y 4321. Apareció, como todos sus libros, con una gran campaña en los medios españoles. Leí críticas, reseñas, reportajes, oí comentarios en radio y televisión, valoré el libro en librerías, y al final llegó a la biblioteca el mes pasado. Lo cogí con temor e ilusión. ¿Por qué mi optimismo? En primer lugar la premisa del libro me parecía interesante (las vidas posibles de una misma persona) y luego la novela me parecía ambiciosa. Por su propio peso. Casi 1.000 páginas. Si Auster quería asegurarse uno de sus moderados éxitos continuistas no tenía más que escribir su clásico libro de entre 300 y 400. Él mismo parecía sorprendido, en las entrevistas, de la ambición literaria del libro. Quizá había decidido salir a la caza de la ballena blanca de La Gran Novela Americana, él también. Y probablemente lo pretendía, aunque no lo haya confesado explícitamente.

Empezaré diciendo que no he terminado de leer 4321. Leí hasta la página 350 (aproximadamente) y lo hice en muchos momentos arrastrándome con pies pesados por su trama. No encontré en ningún momento al narrador ágil y atractivo que al menos siempre ha sido Paul Auster. La prosa estaba más hinchada y cargada que en sus libros habituales, y la historia derivaba hacia un costumbrismo que tampoco es lo usual en sus mejores narraciones. ¿Trataba de escribir Paul Auster algo cercano a Philip Roth? Creo que algo así. Pero le queda lejos Philip Roth en esta novela. Las peripecias del antepasado de Ferguson me recordaron en algún momento esa novela semi picaresca de Saul Bellow que es Las aventuras de Augie March, pero no levantó el vuelo lo suficiente para que la comparación pudiera mantenerse.

Los mejores libros de Paul Auster pueden estar a la altura de los mejores entre sus contemporáneos americanos. Leviatán dialoga con DeLillo y algunas de sus historias, especialmente en La Trilogía de Nueva York, contienen elementos que le acercan a Thomas Pynchon, aunque (por suerte) sin su exuberancia lingüística ni de referencias. Hay algo de Philip Roth en su enfoque de ciertas relaciones familiares y de pareja, y el tono kafkiano de incomprensión de lo que sucede está ahí. Pero su obra, en conjunto, es mucho menos sólida que la de Roth o DeLillo. Dicho todo esto, si Richard Ford (que tiene buenas novelas, pero tampoco creo que haya revolucionado la historia de la literatura, y que tal vez, tenga una obra un poco por debajo de la de Auster, consideradas ambas en general, o al menos yendo a la comparación de sus mejores libros) mereció el Premio Princesa de Asturias de las Letras, de sobra lo mereció Auster. Lo mereció mucho más que otros premiados cuyos nombres no daremos. Pero si el patrón de calidad de ese premio lo fijáramos en Ismail Kadaré, Margaret Atwood o Philip Roth, otros premiados de la última década, no alcanza esa misma altura. No es un autor para el Nobel, digamos (aunque quién sabe qué significa eso hoy en día).

Me da pena no haber disfrutado de 4321. Y me da pena que sea la novela por la que algún lector pueda llegar a la obra de Auster. Si acaso alguien pensara en hacer caso de mis recomendaciones y me preguntara: ¿me recomiendas leer a Paul Auster? le contestaría claramente que sí. Y le mandaría a buscar El cuaderno rojo, o El palacio de la luna, o La trilogía de Nueva York, el que antes encontrara a su alcance, dejando algo al azar.

Seguiremos leyendo. Y quizá mejor releyendo.

Felices lecturas

Sr. E

domingo, 29 de octubre de 2017

Volver al cuento II: Gracias por la compañía, de Lorrie Moore

Volver al cuento II: Gracias por la compañía, de Lorrie Moore (Ed. Seix Barral)

Hablaba en la última entrada de la satisfactoria y necesaria sensación de volver al cuento, de redescubrir ese género mágico que utiliza las herramientas narrativas desde la óptica y el aliento de un poeta. Esta descripción es, obviamente, reduccionista, y deja fuera a cualquier autor que no se ajuste a ella, pero si se mira bien se verá que son mayoría los buenos cuentistas que tienen algo de ello. Desde luego Lorrie Moore. Hablaba también de los viejos amigos y en cierto modo, Lorrie Moore lo es, y descubrir este último libro suyo ha sido una alegría inesperada.

Nos llenamos la boca, los cuentistas y las editoriales, los expertos y los críticos, de la buena salud del cuento. Cuando el cuento es un niño enfermizo y enclenque, que cuenta con apenas un millar de potenciales lectores repartidos por todo el país. Pongo un ejemplo, Lorrie Moore sacó este libro a finales de 2015 y yo, que estoy pendiente de las novedades del mercado, ni me enteré. Casi nadie se enteró, porque si se consulta en Google, hay 4, 5, no muchas más reseñas del momento. Y eso que es Lorrie Moore.

¿Y quién es Lorrie Moore? Para mí, sobre todas las cosas, la autora de Pájaros de América. Para mí esa es una de las colecciones de relatos más perfectas, conseguidas, delicadas a la vez que hirientes, que he leído y releído nunca. Pájaros de América era su anterior libro de relatos y entre ambos habían pasado 16 años. 16 años de silencio y trabajo fino para volver con una colección de 200 páginas y 8 relatos, desde luego una muestra de que los cuentos están trabajados, pulidos, bien pensados. Seguramente también la prueba de que muchos cuentos han quedado abortados por el camino en ese tiempo.

Para mi libro Desórdenes elegí un epígrafe de Lorrie Moore, uno que dice:
Por lo general, la gente no era mapas de carretera. La gente no era ni jeroglíficos ni libros. No era historias. Una persona era una colección de accidentes. Una persona era un montón infinito de rocas con cosas creciendo por debajo.
Lorrie Moore continúa escarbando bajo las capas visibles de las personas “normales”, buscando su alma, convencida de que la teoría del iceberg que tanto se cita en la construcción de relatos no es más que una máscara de la teoría del iceberg que nos esconde a todos.

Empiezo diciendo que para el lector enamorado de Pájaros de América que soy Gracias por la compañía no me ha parecido un libro tan redondo. Este es un libro sobresaliente pero aquel era una matrícula de honor indiscutible. Aquel era el libro de alguien que llegaba a la cuarentena preocupada por la sociedad y su entorno y con ganas de poner el dedo en la llaga, y este es un libro con el espíritu un poco más cansado. Pasan los protagonistas, como la autora, de los cincuenta, se acercan a los sesenta y hay divorcios, hartazgos, hipotecas, casas y propiedades que no han traído precisamente la felicidad, hijos distanciados, negocios fracasados, muertos.

Si obvio mis ideas sobre Lorrie Moore debo decir que Gracias por la compañía es un libro excelente, que se inicia con un divorciado que ha decidido no quitarse la alianza en un gesto absurdo de abrazo al pasado. Los personajes de Lorrie Moore en general, y en este cuento y este libro en particular, buscan algo a lo que aferrarse, por absurdo o extraño que suene. Este mismo divorciado acabará haciendo que su día a día gire, y en cierto modo se recupere, alrededor de la invasión americana de Irak en 2003. Por cierto, los cuentos no es que se ordenen cronológicamente, pero dan la sensación de ir avanzando por esa década que en un futuro se estudiará como determinante en algunos cambios, la que va del atentado de las Torres Gemelas a lo peor de la crisis económica. Un tonto (y por ponerlo en tercera persona no acabo de excluirme del grupo, uno de los más numerosos de la humanidad) con ínfulas diría que los personajes buscan algo más de la vida, algo que los deje satisfechos, si acaso por un tiempo, el momento de la sensación verdadera del que hablaba Peter Handke.

En lo técnico y narrativo, Moore suele empezar las historias en un punto intermedio del arco temporal que va a abarcar y mediante flash – backs va completando la información que juzga relevante entregarle al lector, mientras el día a día de esos personajes va pasando. Los temas que utiliza son los que han ido centrando la literatura realista desde siempre, las relaciones amor – odio de parejas, amigos, padres e hijos. La prosa es limpia, la atención al detalle siempre sugerente, y el título nos hace preguntarnos (a mí al menos) si debemos dar las gracias por la compañía de quienes nos soportan. Y la postura de estos relatos es que sí, pero a la vez que no, porque la compañía es necesaria y se agradece, pero también pesa y molesta y en ocasiones nos hace desear la soledad, y como bien se ve en estas historias ni siquiera es necesario en algunos casos que las personas cambien, solamente con las circunstancias es suficiente.

Lorrie Moore, que en Pájaros de América nos dejaba un escalofriante relato como Gente así es la única que hay por aquí: farfullar canónico en oncología pediátrica, no rehuye escarbar en la basura de la sociedad líquida y posmoderna ni mirar de frente a la enfermedad ni a la muerte, ni literal ni figuradamente. Lo típico y recurrente es recomendar alguno de los relatos de la colección en particular (que tiene 8 en total). Aunque tengo mis preferidos (Muda, el primero, y Enemigos, el cuarto) y también el que me parece más flojo (el que da título a la colección y la cierra, Gracias por la compañía), recomiendo leer el libro en el orden en que la autora nos lo presenta, pues la intrahistoria implícita va apareciendo ahí. El libro está lleno de un realismo irónico, a ratos patético, a ratos tierno, casi siempre irónico. No sé por qué Lorrie Moore no está mejor situada en el canon del relato breve norteamericano (aunque se la suele citar, claro), pues yo la situaría, por su sutileza, en un primer puesto compartido con Tobias Wolff, y por encima, en mi criterio lector, de un Raymond Carver que se ha quedado un poco viejo y acartonado de tanto usarlo y un Richard Ford que se ha demostrado mejor novelista que cuentista (la novela que leí de Lorrie Moore en algún momento de esos años entre Pájaros de América y Gracias por la compañía, Al pie de la escalera, me convenció de que su caso es el contrario, una cuentista excelente y una novelista mediana). Lorrie Moore es una aguda observadora digna de heredar el hipotético trono de Alice Munro, si aquella alguna vez deja de escribir libros tan buenos como siguen siendo los suyos y el puesto queda vacante.

Seguiremos leyendo a los viejos conocidos y tratando de volver a dejarnos sorprender.

Felices lecturas


Sr. E

lunes, 7 de noviembre de 2016

Dos pequeños libros

Dos pequeños libros: La lengua materna, de Fabio Morábito (Ed. Sexto Piso) y Contrapunto, de Don DeLillo (Ed. Seix Barral)

A veces llegas a pequeños libros que te dicen mucho. He leído dos de ellos en la última semana. Contrapunto era uno de los pocos libros de DeLillo que me quedaban por abrir, y no conocía a Fabio Morábito.

El lenguaje materno, de Fabio Morábito: El lenguaje materno recoge 84 textos breves (de dos caras cada uno) que se acercan desde ópticas muy variadas a las cuestiones del lenguaje (no sólo el materno), la lectura y la escritura, y los saltos que se dan de usuario del lenguaje a lector consciente y a escritor, cómo se construye una obra, una figura como autor, una coherencia lectora, un canon personal.

Fabio Morábito vive en México desde los 15 años, y aunque su familia es italiana, y por lo tanto el italiano la primera lengua que manejó, su obra publicada está escrita en español. Hasta este libro, el primero que decide publicar en la que es su lengua materna. De ahí su título, obviamente. Morábito ha decidido usar una lengua para la vida íntima y otra para la literatura. Ya hablamos de los escritores que usan una lengua literaria distinta a su materna al reseñar el libro El fantasma en el libro, de Javier Calvo. Ese en sí ya es sin duda un tema interesante.

Morábito habla sobre la formación del lenguaje en la infancia, sobre palabras cuyo origen podemos (o no) rastrear, juega con ciertos significados y significantes. Morábito también nos cuenta cómo fue hacerse escritor en una lengua que no era exactamente la suya, aunque también. Y cómo algunas de sus personas más cercanas fueron recibiendo y valorando sus obras.

Me ha interesado han sido algunos fragmentos en los que Morábito descubre las rutinas de escritura, las suyas en particular, pero muchas de ellas trasladables a cualquier escritor, y las obsesiones de los mismos. Es muy ilustrativa la anécdota (espero que apócrifa) del autor que debe preparar un justificante para que su hijo lo lleve al colegio y casi consigue que su hijo no llegue ese día al colegio porque empezó a corregirla y recorregirla y al final tuvo que ser su mujer la que la escribiera rápida y certeramente.

Morábito también me ha parecido muy ocurrente y por momentos brillante al hacer ciertas relecturas de libros que más o menos todos conocemos, hemos leído, y de los que además hemos oído muchas interpretaciones. Sus reinterpretaciones de Kafka o algunos momentos de Dostoievski me han parecido muy valiosas, y la manera en la que dibuja la evolución de milenios de labor más o menos emparentada desde Homero hasta hoy en día es eficaz y muy destacable. También relee con agudeza cuentos para niños clásicos como Pulgarcito, y reivindica el papel del hermano mediano en los cuentos clásicos.


Contrapunto es un librito de sesenta páginas con amplios márgenes y tipo de letra generoso en el que DeLillo hace una de las cosas que mejor se le dan como autor, reflexionar sobre la trascendencia sin ponerse trascendente. El libro viene de la traducción de unos artículos publicados por DeLillo en una extinta revista neoyorquina a principios de la década de los 2000, y es un ejercicio ejemplar de economía y precisión en el lenguaje. Desde su título musical, a partir de unos pocos fotogramas de unos documentales (que debo decir que son inencontrables, al menos para mis capacidades y recursos de búsqueda) recrea, sin tratar de ser exhaustivo, porque ese trabajo ya está hecho, sino con dos pinceladas rápidas, la figura de dos pianistas fascinantes, que tuvieron vidas peculiares y que eran ellos mismos personas peculiares, con tendencia a desaparecer, y que de hecho desaparecieron del mundo musical y casi del mundo durante algunas épocas de su vida.

Son el pianista canadiense Glenn Gould, que ha pasado a la historia por sus grabaciones de las Variaciones Goldberg de Bach, y el pianista de jazz Thelonius Monk. Para DeLillo, aparte de sus excentricidades, comparten algo de maestros de la arquitectura de la música, y la capacidad de mirar en lo más profundo de sus seres mientras interpretaban. Para quien es lector habitual de DeLillo, como lo soy, él mismo tiene algo de maestro de la arquitectura, sin perder de vista que un maestro de la arquitectura puede ser desmesurado y tendente al adorno y la digresión, como es la música de Monk en muchas ocasiones. Y también tiene algo de escritor capaz de encontrar la expresión más adecuada para lograr el máximo impacto en el lector, el impacto más visual, más sugerente, con la mínima escritura. En eso se parece al perfeccionista Glenn Gould.

En este librito descubrimos a un tercer DeLillo, que quizá había asomado en toda la mitología del béisbol en Submundo, un DeLillo casi mitómano, que admira sin mesura en este caso a dos músicos en los que sabe que siempre puede sumergirse y encontrar nuevos matices y encontrar viejas sensaciones, algo parecido a lo que nos sucede a los lectores al volver a su prosa.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

martes, 1 de noviembre de 2016

El fantasma en el libro, de Javier Calvo

El fantasma en el libro, de Javier Calvo (Ed. Seix Barral)


Conozco a Javier Calvo como novelista (Mundo maravilloso me parece una muy buena novela, con un mundo propio muy potente, y El jardín colgante me parece que hacía parodia de algunos puntos oscuros de la democracia, pero precisamente con esa parodia se permitía sacarlos a la luz y retratarlos). También conozco a Javier Calvo como traductor, especialmente de David Foster Wallace y J. M. Coetzee, y en este libro se retrata sobre todo como traductor. En principio, basándome en mis experiencias como lector de su ficción y sus traducciones, me interesa lo que tenga que decirme sobre cualquiera de las dos labores.

El fantasma en el libro es una obra que trata de retratar un oficio, el de traductor literario. Javier Calvo hace en primer lugar un repaso por la historia de esta profesión, muy ligada en sus orígenes a los textos clásicos y sagrados. Aparte de aprender un poco de historia, nos va mostrando cómo el oficio ha ido cambiando, y cómo ha ido virando desde una labor casi equiparable a la de escritura, en la que el traductor, además de volcar el texto de un idioma a otro, se tomaba la libertad de arreglarlo según su criterio, a una labor en la que se entiende que lo principal es que la versión en el idioma al que se traduce sea lo más parecida a la versión original, considerándose malas traducciones aquellas que reforman o cambian sentidos. Esto, claro, hace que nos acerquemos a los tiempos de las máquinas traductoras.

La traducción creativa de la que habla Javier Calvo abría las puertas a que prácticamente un libro se convirtiera en otro. Se habla de ejemplos quizá extremos, como el de un traductor francés que dejó La odisea en la mitad de páginas y pasajes porque consideraba que así era más ágil, o de Leandro Fernández de Moratín traduciendo a Shakespeare y tomándose la libertad de introducir o quitar personajes, añadiendo escenas, eliminándolas, etc. Estos son los excesos, en algunos casos motivados porque el traductor es un escritor y se cree capaz de mejorar el original, en otros porque no domina realmente el idioma y más que traducir adapta, o porque juzga que una cierta adaptación facilita la lectura, en otros casos por motivos más oscuros como la censura o la autocensura. Pero salvando los excesos, hubo grandes traductores creativos que reivindicaban esa labor creativa, ese añadido que daba el traductor. Un ejemplo clave es Borges, quien por ejemplo dotó a Faulkner de un lenguaje y un ritmo propios en castellano (recuerdo a Piglia diciendo que en su juventud leía mucho a Faulkner traducido por Borges, que era algo así como leer a Onetti). Otro, aunque como discurso defendía justamente lo contrario, fue Nabokov. Nabokov es además un ejemplo muy interesante de autotraducción, ya que se encargó de pasar sus primeras novelas rusas al inglés, y sus novelas americanas al ruso. Nabokov es un tipo de autotraducción de alguien que se ha criado con varias lenguas y que las domina perfectamente. Otro de los ejemplos de autotraducción que se estudia es el de Beckett, aunque el francés de Beckett no era tan rico como su inglés y eso hace que sus obras en uno u otro idioma no sean exactamente iguales. El mismo Beckett hablaba de que le gustaba escribir en francés, con sus limitaciones idiomáticas, porque eso potenciaba el efecto de extrañeza en sus textos.

Calvo se lamenta de que no se valore suficientemente al traductor, y que eso esté convirtiendo su trabajo en poco apreciado, por lo tanto mal pagado, y como normalmente sucede cuando un trabajo se paga mal, al final de poca calidad. Calvo habla de una generación de traductores anterior a la suya que tuvieron un importante papel en las editoriales, un cierto peso, vivieron muy ligados a los autores en los que estaban especializados, y fueron  verdaderamente sus voces en castellano. El castellano, el español, su uso y las traducciones que pretenden abarcar desde Valladolid hasta Cali es otro de los temas que se tratan en el libro. Calvo cree que esos grupos multinacionales que intentan que los texto suenen neutros han acabado creando un idioma plano, sin matices, que en realidad no existe. Hay un castellano traducido que en realidad no se habla en ningún sitio y a todos espanta pero es con el que tenemos que leer. Con el peligro añadido de que el lector de traducciones acabe adaptándolo como anglicismos castellanizados.

Otro punto importante es el de las traducciones que vienen de traducciones, algo que en España fue típico para leer a autores rusos u orientales, a los que casi siempre se traducía desde el francés, no desde el idioma original. Algo que ha ido cambiando.

Otras de las cosas que han ido cambiando al dar cada vez menos importancia a la labor del traductor, y que abre interesantes temas, es que si se busca un idioma neutro, sin matiz, sin literatura, llegará el día en el que los traductores automáticos sean suficientemente buenos para lograrlo y el traductor como tal desaparezca. Otro es que el lector, precisamente, al no ser más exigente, legitima la mala traducción. Javier Calvo habla de un fenómeno al que estamos llegando en los últimos años, y no sólo en la traducción, que es el de la gente que genera contenido gratuito, sin mayor nivel de exigencia, pero que hace lo que llama fantraducciones, muy ligadas a sagas fantásticas, que mediante las voluntariosas traducciones de fans entregados permiten al lector impaciente acercarse a la historia (aunque quede desfigurada por las malas traducciones) antes de que llegue por los cauces editoriales habituales al lector. Quitándole en muchos casos, además, lectores a la editorial que oficialmente tiene los derechos. Esto apunta a una idea muy interesante, como dice Calvo, el llamado crowdsourcing, del que se aprovechan Twitter, Wikipedia, Google o Facebook, plataformas que consiguen que miles de personas generen contenidos gratuitos para ellos.

El fantasma en el libro es una obra muy interesante, que conviene leer y sobre la que conviene reflexionar, pues nos pone otra vez ante un mundo que se acaba, el de la edición tradicional, y que viene a ser sustituido muchas veces por algo dudoso y cuestionable. El título, que no hemos comentado, viene a hacer referencia al papel del traductor como una presencia necesaria, innegable, pero que no debe notarse demasiado en el resultado del libro, pues dejando al margen las libertades creativas que los traductores se hayan tomado en la historia, la traducción sólo suele notarse cuando falla, cuando nos enfrenta a palabras que suenan raras, a frases mal construidas, a referencias mal dadas.

Seguiremos leyendo y reflexionando sobre lo leído.

Felices lecturas


Sr. E