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domingo, 20 de marzo de 2022

Queremos tanto a Ray: reseña de Tokio ya no nos quiere

Queremos tanto a Ray: reseña de Tokio ya no nos quiere

Cuando yo era un crío, pero literalmente un crío, había un escritor que salía en la tele (quizá no mucho, quizá no continuamente, quizá no con la frecuencia con la que uno puede ver a Francisco Marhuenda si pone La sexta o con la que se encontraba a Pablo Iglesias Turrión en las tertulias del año 2015, pero sí en la tele) que se llamaba Ray Loriga. Posaba de chulo, aunque lo haya querido negar con los años, y hay que reconocerle que molaba. No se llamaba realmente Ray, aunque los niños aún no sabíamos que se llamaba Jorge. Suponíamos, niños como éramos, que lo de Ray era un homenaje poco disimulado a Raymond Carver. Había escrito un par de libros y parecía que había traído, él solo, la modernidad a la prosa española. La posmodernidad, en realidad. El individualismo, las referencias pop, el realismo sucio. Y claro, como todas las cosas que se puedan decir sobre un tipo, por guay que fuera, trayendo algo a su país, es una exageración. Pero dentro de toda exageración hay algo de verdad, como él mismo escribió en cualquiera de aquellos libros llenos de frases redondas, rotundas, inadaptados, cerveza y música rock.

Cuando yo era un crío, pero literalmente un crío, los libros de Ray Loriga estaban expuestos en la biblioteca pública de mi pueblo y Loriga era un tío que salía en la portada de sus libros, algo que luego dijo que había sido idea de Constantino Bértolo y que no era para tanto, porque a ver si Leonard Cohen o Bob Dylan se habían podido pasar la vida saliendo en las portadas de sus discos y él no iba a poder salir en la de sus libros, con el pelo largo, las manos llenas de anillos y un tercio en la mano.

Cuando se murió Kurt Cobain yo no había cumplido los diez años, pero me enteré, a saber cómo, de qué iba aquella historia. Cuando se murió Kurt Cobain yo no había leído a Ray Loriga pero conocía su nombre y seguía, desde la lejanía, su naciente carrera. Y me disculparéis si la frase se parece demasiado a la de aquella Miss (o algo así) que dijo que no había leído ni una página del famoso Nobel hispano – peruano, pero que hacía años que lo seguía. Loriga se casó, como en los cuentos, con una princesa que cantaba canciones en lo – fi y todo se parecía demasiado a una historia de las que la prensa rosa devora y por eso se fueron a vivir a Nueva York. Locos años noventa en los que la fama era excesiva para un escritor joven y su mujer cantautora.

El caso es que aunque todo eso pudiera llevar a pensar, al lector de 2022 de este blog, que Loriga era un personaje ideal para que nos quisieran engatusar con él, y para revelar, más antes que después, que era mucho más personaje que escritor, el tío era un escritor de verdad, con un mundo propio, un estilo propio, un fraseo y referencias que iban más allá de esos Carver y Bukowski a los que se confesaba adicto y de los que se declaraba, en un texto de Días extraños, quizá el primero de sus libros que leí, deudor. El lector de Loriga se encontraba (aunque por supuesto yo no lo supiera entonces, eso solo lo haya sabido el relector de Loriga) también con un fondo de lectura y escritura por el que habían pasado, casi seguro, J. D. Salinger, William Saroyan, Hubert Selby Jr., Barry Gifford, Hanif Kureishi, Nick Hornby y a su manera Scott Fitzgerald, Nabokov y Martin Amis. Aquel Loriga personaje escondía a un escritor de los de verdad. Algo que tampoco se debe olvidar, y me perdonaréis el desvío, cuando pensemos en el célebre Nobel hispano – peruano, quien por más que ahora ande convertido en personaje de las revistas del corazón, es uno de los más grandes novelistas del siglo XX (probablemente el más perfecto a la hora de estructurar sus novelas al que yo haya leído, tal vez solo igualado por Thomas Mann; y repito, de los que yo he leído).

Llegó el momento de leer a Loriga y el de releerlo, y se fueron quedando sus libros por los estantes, hasta que se convirtieron en esos viejos amigos a los que tienes mucho aprecio pero poco tiempo para ver. Ya doy por sabidos sus libros, he entrado menos (en algunos casos mucho menos) en sus historias de los últimos quince años, su voz contamina la mía con demasiada facilidad cuando estoy escribiendo.

El caso es que hace cosa de una semana saqué de una estantería una edición de Tokio ya no nos quiere  que compré pensando en releerla en algún momento. Era un libro al que no había vuelto nunca, desde la única lectura que hice, hará dieciséis o diecisiete años. Un libro que me parece que ha circulado menos por librerías y bibliotecas que otro, que se ha reeditado en voz baja cuando Loriga cambió de editorial (claro que pueden ser sesgos de espectador). Cogí la edición del Círculo de Lectores que compré por un precio ridículo hace cosa de un año y empecé a leerla y me encontré con una novela magnífica, que recordaba con bastante detalle pero que me iba recordando a cada página lo que había olvidado.

Loriga es seguramente mejor prosista que narrador. No es particularmente hábil a la hora de crear tramas y estructurar sus libros, y sí lo es al escribir con la gracia de un bailarín de rock and roll de los años cincuenta. Hay algo de Elvis y algo de Bowie en la manera en la que sus palabras van formando las frases. Tiene facilidad para la frase redonda, y eso le juega muchas veces en contra, pero tal vez sea en Tokio ya no nos quiere donde menos sucede entre sus libros. Hay una historia que lo articula todo y que como en casi toda su obra es la de alguien solo en un mundo hostil que no lo comprende ni ayuda. Aquí se trata de un comercial (o camello que trabaja para una organización legal y reconocida) que vende una droga que destruye la memoria de quien decide consumirla, precisamente porque este quiere olvidar algo con lo que ya no puede seguir viviendo. La novela es de 1999 y el fin de milenio estaba a la vuelta de la esquina y Loriga aprovecha esa circunstancia para colarnos en un mundo que suena a un futuro lejano, que lleva a pensar en Ballard aunque (habiendo violencia y mal rollo, que los hay) con menos violencia y oscuridad.

La novela parece estar, de hecho, cocinada entre la escritura del primer Loriga y la escritura de un Ballard que se estaba volviendo por entonces adicto a la memoria. Unos mundos, los de la memoria y los peligros de manipularla, que tampoco le quedarían lejanos a Rodrigo Fresán (con quien me imagino que Loriga habrá hablado alguna vez de libros). Y la novela, leída ahora, con tantos años más (a mi espalda) y un mundo tan extraño como el que habitamos, se ha tornado, como los libros de Ballard, otro mito del futuro pasado.

No han parado de venirme a la cabeza, durante la lectura, paralelismos con los cerebros que tenemos destrozados y desmemoriados por el abuso del móvil. He pensado en esa droga (tan triste) que promete a quienes la consumen que potenciará su empatía y podrán regalar abrazos y comunión a su grupo de amigos. He pensado, al leer las memorias a contrarreloj de ese agente que va olvidando, en todas las drogas que nos recetan para llevar mejor el día a día sin dejar de ser productivos.

He pensado en todo eso, pero lo he pensado porque estaba en mí. La novela es de las buenas, de las que sugieren lo que necesitas que sugieran, de las que sintonizan con el mundo, da igual cuándo la leas. Y me ha alegrado reencontrarme con Loriga y redescubrir sus libros. Porque pasan los años, pasamos con ellos, y quedan agarres a los que ir volviendo y en los que ver cómo cambiamos nosotros, cómo cambian ellos y cómo cambia todo, pero queda algo. Hace un par de semanas fui al cine a ver esa versión depresiva (no lo digo como algo malo, solo descriptivo) de Batman, y escuché (el cine comercial es quizá la más obvia de las perversiones del arte, y algunas bandas sonoras valen como prueba) Something in the way, de Nirvana. Y sentí ese cosquilleo del reconocimiento, pero ese cosquilleo que solo se produce cuando el reconocimiento nos conecta con nuestro pasado, pero con algo que sigue sirviendo en nuestro presente. Y pensé en cuánto hacía que no me ponía un disco de Nirvana. Y empecé a tirar del hilo y a recordar que cuando Kurt Cobain se suicidó yo era un niño que aún no había leído ni una línea de Ray Loriga.

Animaos a pasar a por vuestros propios recuerdos por las páginas de Tokio ya no nos quiere. Valdrá la pena.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

jueves, 28 de febrero de 2019

Trilogía de la guerra, de Agustín Fernández Mallo


Trilogía de la guerra, de Agustín Fernández Mallo (Seix Barral) y una mirada un poco más allá del libro concreto sobre su autor y su obra.

He dejado transcurrir un tiempo prudencial (algo más de un año) para leer la novela con la que Fernández Mallo ganó el Premio Biblioteca Breve. Como cuando lo ganó Ricardo Menéndez Salmón, la sensación que tuve cuando se anunció el premio a Fernández Mallo fue que se arreglaban cuestiones internas de la editorial (un reconocimiento a Menéndez Salmón, que lleva editando en Seix Barral con éxito desde hace más de una década, un fichaje en el caso de Fernández Mallo) más que se buscara un libro original o novedoso que ofrecer a los lectores. Este año ha ganado la poeta Elvira Sastre y las sensaciones son otras, distintas y peores, y creo que no soy el único.

No voy a ser el tonto puro que grite de indignación por cómo se mueven y dan los premios literarios grandes y en editoriales grandes en España. Ya sabemos, a cierta edad, quiénes son los Reyes. El caso es que los Reyes le trajeron el Biblioteca Breve a Fernández Mallo, que llevaba bastante tiempo sin publicar material nuevo, y me lo apunté pero no sentí ninguna prisa por ir a buscarlo, hasta que me lo encontré sin buscarlo en la biblioteca en una de mis últimas visitas.

¿Me interesa la obra de Fernández Mallo? Sí, sin duda, me interesa. Me interesa más de lo que me gusta, completo la respuesta. Yo empezaba a escribir en aquel ya lejano 2006 en el que Fernández Mallo publicó el primer volumen de su Trilogía Nocilla en una pequeña editorial y bastantes focos cayeron sobre él. Creo que no se le había prestado tanta atención a un autor claramente literario al menos desde mediados de los 90, cuando Mañas y Loriga eran personajes bastante populares. Leí los libros de la Trilogía Nocilla (hay muchos autores que como Fernández Mallo piensan la narrativa en trilogías, aunque dejo dicho que no sé si esta Trilogía de la guerra no intentaba beneficiarse de la fama pasada repitiendo el esquema en el título, pues es justificable el título de trilogía hasta un cierto punto, hay guerras que se repiten en lo sustancial, como todas las guerras, y aquí los apuntes se centran en tres, pero sería casi más justificable no haberlo usado) y me resultaron interesantes. Sonaban frescos pero todas aquellas maravillas que se les encontraron fueron probablemente excesivas. No me parecía que Fernández Mallo estuviera inventando nada, y de hecho algunos de sus paisajes me recordaban precisamente a Ray Loriga.

Lo que vino después, las teorías y los movimientos suelen exceder la voluntad de alguien que al final ha escrito un libro y lo ha dejado al alcance del público, no creo que Fernández Mallo tenga demasiada culpa de todos los autores a los que se quiso montar en su mismo carro y aprovechar aquella moda. Llegó la editorial más grande, se completó la trilogía, tuvo aquel problema con María Kodama por el homenaje a Borges en el libro El hacedor (remake) y cuando leí Limbo pensé que quizá era su libro más equilibrado.

Porque los libros de Fernández Mallo pecan de no tener una estructura clara, lo cual no tiene por qué ser malo, pero en sus libros (en mis lecturas de sus libros) acaba llevando a que los textos acaben amontonándose, siendo más autónomos que partes de algo, y tampoco como partes acaban de tener la entidad suficiente. Cuando había leído los libros Nocilla los había empezado con gusto, y se me había ido quitando el entusiasmo con las páginas. O algo así.

En la Trilogía de la Guerra me encuentro con un Fernández Mallo más maduro (va por los cincuenta años, y eso debe pesar), más autoconsciente y que empieza contando una historia diseñada muy al modo de Enrique Vila – Matas. La autoficción de Fernández – Mallo me interesa poco pero va colando reflexiones interesantes sobre la verdad y sus reflejos, la vida, las redes sociales y el espacio viscoso entre la una y las otras. La historia se desvía por algunos meandros, algunos buenos, los menos casi brillantes, otros esperables y aburridos, y cuando el libro se parece más a un ensayo me parece más interesante. Las ideas son buenas, son originales en muchos casos, pero no están contadas con demasiado atractivo. Igual que mi primer contacto con Nocilla me recordó a mis primeros encuentros con Ray Loriga, este libro me ha hecho pensar en el Loriga de Rendición, otra novela ambiciosa, de guerra en muchos sentidos y también fallida en otros muchos. Y aquí voy a una cuestión interesante (a mi entender). Me parece que este libro tiene algo así como la esencia de lo que un libro de Fernández Mallo tiene o se espera que tenga. La iconografía, el mundo pop, las referencias científicas, incluso una tesis muy aguda. Pero está demasiado limado, tal vez para que fuera un libro premiable y tal vez con la esperanza de que ese libro premiado pudiera tener más público.

No sé si a ese nivel el libro ha funcionado, aunque he visto que ha aparecido recientemente la edición en bolsillo, y se ha reseñado muy positivamente. Pero lo he encontrado demasiado plano en su escritura, no he dado con el vuelo poético (con esas imágenes potentes, originales, con el uso del lenguaje creativo) que sí había en Nocilla. Quizá es una mejor novela que sus libros anteriores pero es un libro peor. No obstante creo que merece la pena leerlo, y aunque no he leído aún su ensayo Teoría general de la basura, creo que algunas de las ideas que se tocan aquí deben ser parecidas a las que aparecen en aquel, y son de lo mejor de este libro. Así que intentaré leer aquel y mientras tanto recomiendo leer este, aunque sea para decepcionarse. Porque será, como en mi caso, una decepción trabajada, un diálogo con un autor que al menos tiene algo interesante que decir y un modo propio de decirlo, lo cual ya es mucho visto como está el panorama de la narrativa literaria en España a estas alturas del siglo XXI.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

miércoles, 19 de diciembre de 2018

Cara de pan, de Sara Mesa


Cara de pan, de Sara Mesa (Anagrama)
 
Mi relación con los libros de Sara Mesa es la de aquel que fue fan desde el momento en el que no la conocía nadie. O prácticamente nadie, claro. Siempre hay alguien que conoce a alguien a una autora, alguien que nos habla de ella. En este caso yo conocí el nombre de Sara Mesa a través de una entrevista y reseña que le hicieron en el extinto blog El síndrome Chéjov, que durante algunos años dio vida y eco en internet al mundo del relato en español (sobre todo español pero no solo). Miguel Ángel Muñoz, autor almeriense detrás de aquella página, buen cuentista él mismo y conocedor en aquellos años de cualquier cosa que se moviera en el universo del relato, encontró un libro inencontrable, No es fácil ser verde, lo leyó y lo compartió con todos. Entre esos todos (que debíamos ser en España en aquel momento y debemos seguir siendo a día de hoy unos 500) estaba yo, y busqué (infructuosamente) ese libro, por librerías, por la caseta de la editorial (Everest) en la Feria del Libro de Madrid, y resignado a que nunca podría comprarlo, acabé enterándome de que estaba en una biblioteca pública madrileña, y hasta allí me fui un día, como quien sale de excursión al campo a recoger setas (que es una afición que nunca he entendido pero que a mucha gente ocupa durante el otoño, y es posible que muchos de esos recogedores de setas no entiendan que alguien se cruce a la otra punta de Madrid para ir a una biblioteca a buscar un libro sobre el que ha leído en un blog dedicado al relato breve) y volví con el libro. Lo leí en éxtasis. Con los años se me va haciendo más difícil repetir ciertos éxtasis lectores, todo se ha vuelto más racional, supongo que también he escrito mucho más y eso modifica definitivamente la manera de leer. No es fácil ser verde era un libro soñador, desatado, imaginativo, juguetón, redondo, me atrevería a decir.

Desde la distancia, y casi diría que desde el cariño de fan de algo muy pequeñito, seguí la publicación de El trepanador de cerebros y Un incendio invisible. Los dos libros nunca se acercaron por las bibliotecas que frecuentaba, ni aparecieron por las mesas de novedades de las librerías que visitaba. Es triste, pero es la realidad de miles de libros al año. Entre esos miles, por supuesto, los habrá malos, pero da pena pensar en todos los que serán buenos y nadie se enterará. Quizá hoy en día, con amazon en nuestras rutinas, los hubiera conseguido, pero no entonces. En 2012 volví a oír hablar de Sara Mesa porque quedó finalista del Premio Herralde con Cuatro por cuatro, una historia colegial con internado clasista y crueldad de fondo (en realidad en primer plano).
Sobre esta novela ya escribí

Cicatriz, su siguiente novela, tuvo aún más éxito, obtuvo esa clase de reconocimientos como novela española del año en los suplementos culturales (un éxito al que parece que se sumará este año Cara de pan). A mí personalmente me pareció un paso en falso, al menos una historia menos acertada, desviada en algunos aspectos de su escritura fina y sensible. Mala letra, una colección de relatos de 2016, me parece que dibujaba perfectamente el camino que Sara Mesa había recorrido entre 2008, cuando publicó No es fácil ser verde, una colección de relatos, y esta. De un libro de cuentos redondo a otro lleno de aristas, mucho más rugoso pero igualmente conseguido. Un libro de cuentos de primera. En 2008 el libro desbordaba imaginación y fiesta literaria. Mala letra, otro gran libro de cuentos era totalmente distinto: era introspectivo, amargo, estaba plagado de personajes de los márgenes, no quedaba más imaginación que aquella que permite sobrevivir a los marginados. ¿Qué marginados? En muchos de estos cuentos adolescentes, preadolescentes y postadolescentes que habían optado por distanciarse de la tribu, y tenían que convivir con las consecuencias de esa decisión de separarse y hacerse notar. Hay quien se hace fuerte en su individualidad y se construye a partir de ese momento de separación, y hay a quien ese momento y las miradas que conlleva le pesan excesivamente durante todo lo que viene después.

Esos marginados, los distintos, las distintas, que pululan por Mala letra y que estaban con fuerza en Cuatro por cuatro y también (aunque con menos fuerza) en Cicatriz, reaparecen en Cara de pan. Si en Cicatriz (que no es, tal vez, más que un ensayo para esta última novela) teníamos a dos solitarios, hombre y mujer, que se unían por el anonimato de internet y los libros, tenemos aquí a otros dos personajes, femenino y masculino, unidos por el estar fuera. ¿Fuera de qué? Prácticamente de todo. Ella, Casi, es una adolescente de casi catorce años que no quiere seguir yendo al instituto, donde la hacen sentir mal. ¿Sufre acoso, bullying? Me imagino que los protocolos que evalúan ambas palabras en el ámbito escolar y de la orientación no se pondrían en marcha con ella, pero hay un malestar pegajoso en su día a día, y decide romperlo dejando de ir a clase. Se va por las mañanas a un parque en vez de ir a clase, y como buena adolescente sabe que en el futuro eso acabará por desvelarse (pese a las ineficaces medidas que hay interpuesto entre la noticia y sus padres), pero de momento se siente mejor así. En ese parque, en el que se sienta, sin mucho que hacer, se encuentra con Viejo, un cincuentón raro, solitario, que ha estado en algún centro (y si sobre ella flota la palabra bullying sobre él pesa el estigma de la enfermedad mental, aunque no se concrete nada en ningún momento). A él le gustan Nina Simone y los pájaros, y le habla a Casi de ella y de ellos.

Casi decide que su rutina pase, todos los días, por su rato en el parque con el viejo. Un acierto de la novela es que él, en el fondo, no está hablando de Nina Simone ni de pájaros para tratar de explicarle a ella de qué va la vida. Ni ella está tomando grandes lecciones vitales, al menos no de un modo directo. Él habla de lo que le interesa y ella le escucha. Y él es feliz porque tiene quien le escuche y ella porque tiene quien hable para ella. Al menos parcialmente felices. Lo felices que un rato de exilio en el parque permite, entre gusanitos y botellines de agua. La historia avanza con sugerencias, con un estilo sutil y fino que es la marca de Sara Mesa como escritora, un modo de escribir que bebe de Fleur Jaeggy, de Flannery O´Connor, de Carson McCullers, de Scott Fitzgerald cuando despega hacia la luz. Nos hace sentir incómodos, porque el libro surge en un momento en el que se está releyendo Lolita bajo todo tipo de luces y lupas, y esta es una historia muy fácil de malinterpretar desde fuera. Ese es, me parece, el punto central de Cara de pan. ¿Acaso está limpia la mirada de quien mira? ¿Debe condicionar esa mirada nuestra manera de comportarnos?

Lo que hacen Casi y el Viejo es sospechoso, los dos lo saben y por eso lo ocultan. No se dicen: tenemos que ocultarlo pero saben que tienen que ocultarlo. Una persona de cincuenta años, sin trabajo, improductiva para el sistema, que se siente en un parque en el que hay niños ya es sospechosa. ¿El problema lo tiene él o lo tiene la sociedad que lo mira y lo etiqueta y decide que es peligroso? La historia de sus encuentros, sus conversaciones, se van acumulando como momentos de vida, respiros. Pero no nos abandona en ningún momento la sensación de que lo peor está por venir.

Y lo peor llega. En un giro que la acerca a esos llamados Relatos misóginos de Patricia Highsmith, cuando Casi siente que la van a pillar no duda en acusar al Viejo. Se pone el disfraz de víctima porque sabe que la salvará y nos deja descolocados. Traiciona a su amigo con el egoísmo de una niña malcriada. Él, que está acostumbrado a los golpes, recibe otro más. Nuevas visitas de la policía, instrucciones para no acercarse a ella, más miradas acusadoras. Casi retoma más o menos la rutina de una niña de su edad, clases, compañeras, familia, y él se queda, él sí, fuera del mundo. Otra vez.

La novela termina, a modo de epílogo, con una conversación entre ellos en una cafetería. Nada queda claro, salvo que lo que tuvieron, esa complicidad de parque, no puede volver. Las miradas pesan demasiado. El individualismo también. La lucha por la supervivencia social es una dura batalla de la que no todos salen bien. Nos queda, como lectores, la sensación de haber leído una gran novela. Una de esas que nos dejan con un sabor amargo y muchos interrogantes. Una de las que valen la pena.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

martes, 6 de noviembre de 2018

Cariño, de Miguel Ángel González


Este pasado lunes tuve la suerte de poder presentar en Madrid la novela Cariño, de Miguel Ángel González, editada recientemente por Alianza Editorial. El acto (que fue un éxito, lleno absolutérrimo) tuvo lugar en la Librería Cervantes, y nos permitió hablar durante algo menos de una hora sobre el libro en concreto, pero en general sobre la literatura, su literatura y su manera de afrontar y disfrutar la escritura, la lectura, las historias y los libros.
A modo de breve reseña y a modo de invitación a acercaros al libro, quiero transcribir aquí algunas de las notas que tomé para preparar la presentación, ordenadas con más esmero que en los papeles con los que acudí al acto.

Cariño, de Miguel Ángel González (Alianza Editorial)

Desconfío profundamente de todo aquel (o aquella) que decida presentarse como genuino o auténtico. Desconfío de quienes proclaman que nunca han cambiado ni cambiarán. Casi diría que me dan miedo. Me encanta, sin embargo, la gente que es auténtica y genuina, que vive con pasión lo que hace, pero que nunca lo proclama (sí proclama su pasión, no su autenticidad). La gente que mantiene sus esencias porque considera que así debe hacerlo y cambia lo que considera que debe ir cambiando, porque estamos vivos y evolucionamos.

Me pasa eso con mis amigos y me pasa eso con mis escritores, con mis músicos, con mis referentes culturales, vengan de donde vengan. Me pasa eso cuando leo Cariño, la nueva novela de Miguel Ángel González.

Conocí a Miguel Ángel González en la entrega de Premios del Certamen de Creación Joven del Injuve en 2011. Yo era el finalista en la modalidad de Narrativa y él era el ganador en la de Poesía. Recuerdo que leyó un poema sobre una chica a la que todos sus compañeros de clase miraban con anhelo, una chica que una vez desvelados sus secretos no era quizá para tanto, pero que aún así merecía la pena, porque en un mundo lleno de apariencias y desengaños, esperamos que algo quede. Aunque solo sean las expectativas de los demás. Me acordé de ese poema cuando empecé a leer Cariño, porque pensé que en aquella poesía tan narrativa estaba el germen de este libro. Porque el autor había ido sumando años de escritura, aprendizaje, lectura y vida, y todo seguía un camino natural, mucho más maduro, seguramente, más perfeccionado, pero en el fondo en la línea genuina de aquel poema de hace muchas tardes.

Llego a Cariño y me encuentro con una figurita de Elvis Presley en la portada. ¿Por qué Cariño y por qué Elvis? Porque Cariño es un lugar, un pequeño pueblo de la costa gallega, y el cariño es una necesidad del ser humano. Queremos querer y queremos, quizá por encima de todo, que nos quieran. Y, ¿por qué Elvis? Porque su sombra, más que su figura, en forma de padre ausente, de padre que nunca fue, sobrevuela la historia. Supongo que porque no hay nada peor que imitar a otro, y peor si ese otro ha sido imitado hasta el aburrimiento, hasta quedar solo en figurita kitsch. Cariño son, en realidad, dos historias de frío y desamparo. Tenemos a una chica, Sofía, a la que podemos imaginar en la treintena, con un trabajo que no le convence, con fantasmas alrededor, sola, con una relación que se murió hace seis años pero de la que se sigue acordando, como se acuerda de los libros que ha leído, de las películas que ha visto, de los libros que aún quiere leer, de los viajes que no hizo. Se acuerda porque es la manera más cómoda de refugiarse de la intemperie. Porque podría explotar si no, y de hecho explota, pero lo hace mucho más adelante, en el pequeño pueblo gallego, a donde ha ido a visitar a aquel ex – novio, que ha tenido un accidente y que desde ese momento de renacer decide llamarla.

En aquel pueblo andan mientras pendientes de un chaval, preadolescente, que se ha escapado de casa, en un intento absurdo y desesperado, buscando no se sabe muy bien qué. Se sabe qué, en realidad, pero es casi la nada. Ese chico no ha tenido padre, pero sabe, por lo que su madre le ha contado, que una vez, antes de que él naciera, su padre ganó el concurso de imitadores de Elvis que se celebró en ese pueblo. Y decide ir a buscarlo. ¿Puede encontrarse a un padre así? ¿Merece siquiera la pena? ¿Es eso un padre? ¿Es mejor no tener un padre y tener la sensación de que se podía haber tenido o hubiera sido mejor tener en casa a un padre que imita a Elvis? El camino es el proceso, y el crío huye de la realidad entre autobuses y fantasías. Huye de la realidad porque la realidad da miedo. Su madre se está muriendo. Lleva unos meses muriéndose y él no puede estar allí. Llega el momento final y no quiere soportarlo. La muerte de su madre, de hecho, lo cogerá lejos, en un pueblo gallego perdido, buscando a un fantasma, encontrándose a cambio a otra chica perdida, mayor, que cuidará, quizá, de él.

Sin dar más detalles de la trama (que quizá ya he explicado en demasía) cuento que uno entra en la novela a través de un pequeño prólogo que ya siembra algunas pistas sobre la historia. Los narradores (Ella, Sofía, y Él, Mateo) se van sucediendo, amablemente, en una estructura más o menos clásica y fácil de seguir. La prosa es evocadora y reparte con acierto digresiones, meandros que permiten que la narración respire, nosotros tomemos aire, los personajes se resitúen, y que un poco al modo de las parábolas nos cuentan algo sobre lo que está sucediendo (y cómo y por qué) en la corriente principal del río de la novela. Hay una sensación de suave montaje cinematográfico, de que el autor va manipulando los tiempos, acelerando, dilatando, esperando a que llegue lo inevitable. Lo inevitable acude puntual a la cita, por supuesto.

Cariño nos emociona, como nos emocionó hace casi 3 años Todos los miedos. Miguel Ángel González sabe provocar ese efecto en nosotros, sus lectores, y lo hace sin recurrir al melodrama fácil y barato. Esta historia, en manos de un mal escritor, sería un culebrón. Incluso cuando parece que la historia puede bordear esa lágrima fácil, primero sube sacándonos una sonrisa, para después dejarse caer por una pendiente. Nos recuerda, en un par de gestos, que es humano buscar la sonrisa, y que incluso en los peores momentos la queremos, porque nos consuela y nos distrae, y luego nos pide que no nos olvidemos de que lo que puede empeorar, tiene visos de empeorar.

Las historias de Miguel Ángel González ignoran eso que creo que Tobias Wolff recomendaba, que era escribir como si nunca se hubiera abierto un libro. En este libro se habla expresamente de Richard Ford, que creo que está muy presente en la construcción de la novela, y más que por Canadá por Incendios, que es como la hermana pequeña y precursora de Canadá, algo de Kenzaburo Oé, y desde que leí Un asunto personal soy incapaz de leer algo en un hospital y no pensar en ese libro. Están los ecos del Ray Loriga de los 90, de Salinger, de Saroyan, de John Fante e incluso he creído detectar un pequeño homenaje a Ahora sabréis lo que es correr, de Dave Eggers, en forma de un dinero que nadie quiere y que acaba sufragando una excursión necesaria a Menphis, Tenesse. Está John Cheever, en el mayor homenaje del libro, aunque creo, y vuelvo a cerrar el círculo, que estos narradores, solipsistas ellos, son personajes de Tobias Wolff. Se acurrucan entre sus propios cuentos y esperan a que pase el chaparrón. Está, al final, la voz propia de un autor que se ha ido construyendo con los años y las páginas a partir de todas esas lecturas, seguro que otras muchas más, y el ensayo y el error, hasta que ha dado con su tono, este, cálido y evocador sin dejar de ser amargo.

Muchas historias de Miguel Ángel González se sitúan en el paso del final de la infancia a la adolescencia. Ese momento, entre los 12 y los 14 años, en los que parece que los monstruos se empeñan en asomar los dientes, amenazar, dar miedo, provocar catástrofes. Recuerdo que en Todos los miedos un personaje citaba al Steve Zissou interpretado por Bill Murray en la película de Wes Anderson, diciendo algo así como: “11 años y medio, esa fue mi edad favorita”. Como diría Vargas Llosa, a partir de esa edad es como si el Perú ya tuviera que joderse. Parece que Mateo está en esa edad y es a la vez un niño indefenso que no acaba de comprender su realidad, lo horrible que realmente es, y lo duradera que será, y que pese a ello, es a veces tremendamente lúcido, al modo en que solo un niño sabría serlo. La construcción de la voz de un niño en tiempo real, digamos, creo que es un acierto, porque por un lado lo aleja de la construcción más clásica de la literatura (la de Canadá, de Richard Ford, por ejemplo, la del adulto que mira hacia atrás y cuenta su infancia y desde su madurez entiende más y mejor) y por otro hace que reflexione menos, que es como un niño realmente atravesaría algo así, sin ser realmente consciente de lo que se le viene encima.

Termino diciendo algo que quienes escriben entenderán mejor que quienes no tienen ese vicio. Cariño, ya en su primera lectura, intuitiva y rápida, fue un libro que me estuvo empujando al teclado de mi ordenador. Hay libros, que más allá de otras consideraciones, nos hacen querer sentarnos a escribir. Para dialogar con ellos, para contestarles, para sacarles ideas, no sé muy bien por qué. Pero lo hacen. Y Cariño lo hizo de un modo inmediato.

Y supongo que no me queda más que desaparecer, con elegancia de mago clásico (y quienes lean la novela entenderán esta referencia), e invitaros a su lectura.

Seguiremos leyendo y hablando de libros.

Felices lecturas

Sr. E

jueves, 25 de octubre de 2018

Estabulario, de Sergi Puertas


Estabulario, de Sergi Puertas (Impedimenta)

Un amigo me regaló este libro a principios de verano y me dijo: A ti, que te gusta Ballard, te gustará. Lo dejé en una estantería y no encontré el momento de cogerlo hasta finales de agosto. No vi solo a Ballard, aunque estaba su sombra. Pero sí, tenía razón, me gustó. Mucho. Como cuentista, y antes que como cuentista (o a la vez o en paralelo, porque en la lectura y escritura de cuentos es muy difícil distinguir al huevo de su gallina, y cuanto más lees más quieres escribir, y cuanto más metido estás en la escritura de relatos más lectura necesitas para ampliar horizontes y darte cuenta de todo lo que te falta por aprender) como lector, acabas valorando por encima de otras características la personalidad y la originalidad.

No sé (aunque lo sospecho) si los talleres literarios, su proliferación, los intercambios entre profesores y alumnos, los alumnos que acaban siendo profesores, los profesores que venden sus libros a sus propios alumnos, una cierta endogamia y circuitos cerrados, no tienen mucho que ver con la proliferación en la última década de libros de cuentos que utilizan recurrentemente ciertos trucos y artefactos, combinan las mismas estructuras, nos demuestran una y otra vez que sus autores se han estudiado bien la lección y han sacado provecho de los cursos de escritura creativa y han logrado, en definitiva, libros correctos y planos.

Frente a eso, un libro como Estabulario es una gozada. Los seis cuentos que Sergi Puertas nos ofrece en esta colección son extremos, a ratos desequilibrados, aceleran, frenan, son muy personales, dan un poco de miedo y un poco de asco. En algunas páginas nos impresiona y descoloca, mientras que en otras se repite o trata de forzar algunos giros que no le quedan redondos. Hasta en algún cuento ha llegado a aburrirme. Pero, ¿y qué? Gracias por este libro vivo y escrito con pasión. Una verdadera apuesta de autor.

¿Hay Ballard aquí? Con Ballard empieza a pasar como con todos los grandes autores, es difícil saber cuándo su influencia es directa o simplemente está en el aire (como lo está, por ejemplo, la de Kafka, la de Philip K. Dick, la de Sigmund Freud; da igual no haberlos leído directamente, pesa su influencia). Quienes dicen que este libro suena a Ballard supongo que se refieren a esos futuros cercanos y distópicos, a llevar al extremo más desagradable la realidad a base de pequeñas variaciones. Veo, sin embargo, más que a Ballard a su versión domesticada, la serie Black Mirror, al fondo de Estabulario. Y aparte de Ballard también está presente (aunque se diga menos) Don DeLillo. Porque el futuro no se entiende sin Ballard ni DeLillo. El futuro que ellos dibujaron para que se parezca cada vez más a nuestro presente. Y nosotros nos estamos empeñando en parecernos cada vez más a lo que ellos imaginaron.

Me gusta más Estabulario cuando se acerca más a Ballard y menos cuando se queda en un buen guión para un buen capítulo de Black Mirror (una serie que por cierto, hay que ver cómo ha bajado de nivel en sus dos últimas temporadas). Me gusta mucho Estabulario en cualquier caso. Cualquiera de sus seis cuentos me parece digno de mención, de especial atención y de lectura. Todos consiguen removerme durante la mayoría de sus páginas, haciéndome sentir incómodo. Sergi Puertas tiene una capacidad muy difícil (algo que está en la órbita de Philip K. Dick, de A. G. Porta y de Roberto Bolaño, autores con los que quizá se relacione menos en cuanto a estilo pero en los que se hermana aquí) de ejercer, que es la de escribir ciencia – ficción, que más o menos suene a tal y un verdadero aficionado (y yo no lo soy, a mí me gustan las obras que se separan del género como tal) al género pueda reconocer y asumir, y hacerlo desde la precariedad. Precariedad vital, emocional y laboral. Las tres patas sobre las que deben apoyar el taburete las generaciones a las que les ha pillado la crisis que empezó (o explotó) en 2008. Una combinación peligrosa que conduce a la inmadurez y la falta de compromisos, a la combustión de las ilusiones prometidas. Los personajes del libro de Puertas, entre visiones retrofuturistas, son comerciales que deben cerrar con urgencia una venta para que no los echen, son trabajadores temporales que han hipotecado su tiempo y su dignidad, están gordos, no entienden su entorno, son adictos, tienen familiares enfermos que dependen económica y afectivamente de ellos. Están entrampados en el presente y sin futuro.

Hablaba en el párrafo anterior de retrofuturismo porque el futuro de Estabulario es un futuro que ya conocemos, que hemos visto y leído en muchos libros. Tenemos a Ballard y tenemos a Stanislaw Lem (al que veo un claro homenaje en el robot de cocina del último cuento, Estabulario). Tenemos mucha televisión, mucha más de la que hoy en día ya damos por sentada que la gente ve. Tenemos publicidad para satisfacer nuestros deseos y hacernos tener nuevas ansias. Hay personas que no quieren salir de su casa. Hay flujos de tiempo circulares, idas y vueltas al espacio, bucles, fantasmas, robots. Miedo. Pero sobre todo hay fragilidad. ¿Es acaso la fragilidad la más humana de las características? Me atrevería a decir que esa es una de las tesis de Sergi Puertas.

Creo que es mejor no desvelar demasiado sobre la trama concreta de los relatos. Son seis y algunos de ellos no se entienden hasta que no se han terminado de leer (y de algunos me imagino que mi interpretación será distinta a la de otros, al menos en muchos aspectos) y se piensan un poco. Sergi Puertas debió pasarlo bien apretándole las tuercas a sus personajes y a las situaciones, como un niño cruel que monta robots a partir de tuercas y mecanismos. El estilo está inflamado y es incendiario. Las historias llegan a ser hasta desagradables. Pero el voyeur enfermizo y el lector de paladar fino, cualquiera de los dos, no podrán soltar el libro. Obesidad Mórbida Modular me descolocó mucho. Me hizo darme cuenta de que estaba entrando en un libro diferente. Manos libres, el segundo, y quizá el que menos me ha gustado de todos ellos, me hizo sospechar que el libro se me cayera de las manos (cosa que me pasa a veces con libros de cuentos, el primero me impresiona y luego todo va bajando), pero Pegar como texto sin formato, el tercero, me hizo ver que estaba equivocado. Torremolinos, el cuarto, es el relato más parecido a una trama (de las lineales) de Black Mirror. Quizá es el menos sorprendente de todo el libro, pero funciona a la perfección. Nuestra canción, al contrario, une muy bien fondo y forma, haciendo que una serie de notas en apariencia dispersas acaben sonando ante el lector como una estructura que va y viene al estribillo, al modo de los temas pop. Estabulario, por último, es, este sí, el más realmente ballardiano de los relatos del libro, y logra el siempre difícil objetivo de terminar en alto. Y lo hace con nota.

Retomo mi idea inicial. Me he alegrado mucho de encontrarme con este libro de Sergi Puertas. Le agradezco su fuerte apuesta, que destaca mucho en el mar del conformismo que es la literatura española. Y espero con curiosidad cuáles puedan ser sus siguientes libros para seguir leyéndolo.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

martes, 27 de marzo de 2018

Agosto, octubre, de Andrés Barba y Cuatro por cuatro, de Sara Mesa


Dos buenos escritores, dos muy buenos libros: Cuatro por cuatro, de Sara Mesa y Agosto, octubre, de Andrés Barba

Tengo la sensación, y sé que no soy el único, de que el catálogo de Anagrama siempre ha sido más potente en su vertiente de literatura extranjera que española. Quizá por el mero hecho estadístico de que puede haber 20 escritores de verdadera primera división en cada momento en el mundo pero es muy improbable que se concentren 20 de esos escritores en un mismo país. En cualquier caso creo que tanto Sara Mesa como Andrés Barba pertenecen a la categoría de narradores de primera división, en general, y que si fueran franceses o ingleses y nos los trajeran traducidos recibirían muchas más loas de las que ya reciben (y ya las reciben, no creo que tengan queja).

No sé hasta qué edad un autor sigue siendo etiquetado como joven escritor o joven escritora. A veces parece un recurso que servirá hasta los cincuenta años. Si yo fuera un autor que ha ganado (por poner un ejemplo) el Premio Herralde de Novela y que antes de eso ya llevaba más de quince años publicando en Anagrama, me preocuparía por esa tendencia a hacer la referencia constantemente a la juventud. Sobre todo si ya he cumplido los cuarenta años. Pero no está en la mano del joven escritor decidir algo así. Es más bien un (otro) lugar común al que recurre la crítica y las agencias de comunicación para ahorrar neuronas. A Sara Mesa le pasa algo parecido, da igual lo buenas que sean sus novelas, la joven escritora madrileña afincada en Sevilla desde la infancia le persigue. No tengo nada en contra de los jóvenes escritores, sobre todo teniendo en cuenta que aún soy uno (según las bases de algunos certámenes de narrativa al menos), pero me da la sensación de que se hace un tanto de menos a aquel cuya obra se va a comentar si se empieza con el joven / la joven, como si todo lo que pudiera decirse ya fuera: para ser joven no está mal. Quizá influye el hecho de que la generación de los críticos de los principales periódicos y los escritores más asentados en España estén por encima de los sesenta y desde ahí les parecerán siempre autores jóvenes, porque por definición joven es todo aquel que lo es más que nosotros.

De Andrés Barba había leído hace muchos años el libro de nouvelles La recta intención, que me gustó mucho, y las novelas Versiones de Teresa y Las manos pequeñas, que gustándome menos me parecieron destacables, valiosas en su trabajo de orfebrería narrativa y condensación, diferentes a lo que habitualmente se publica en las grandes editoriales. Las manos pequeñas es un libro que ha crecido en mi recuerdo (y que debería releer) como uno de esos libros que retratan la infancia como una época no necesariamente feliz, a los niños como seres no necesariamente inocentes, y la vida, en general, no como un valle de rosas que se van marchitando con la llegada de la adultez. Aquella niña, Marina, y sus desventuras, eran quizá el contrapunto negro y ácido a una película que ha tenido mucho éxito en el último año, Verano 1993, y que particularmente a mí me ha dicho bastante menos que a otros. 

Con ese recuerdo de Las manos pequeñas creo que Agosto, octubre se conecta con esa narración. Aquí no hay una desgracia tan repentina y el protagonista, Tomás, es un adolescente, pero el libro también tiene algo de despertar. En este caso Tomás va de veraneo al mismo pueblo gallego de todos los años, pero lo hace desde el principio sabiendo que no será como los anteriores. ¿Por qué? Probablemente porque él no es como era. Todos hemos pasado por esos momentos, y todos hemos visto que intentar repetir ciertas rutinas o experiencias que fueron placenteras no hace sino convertirlas en una versión doméstica y personal de aquello que decía Karl Marx de que la historia se repite, y la segunda vez como farsa. Tomás está incómodo con su familia, mucho más incómodo de lo que lo había estado nunca, no quiere volver a ver a los chicos con los que se juntaba en los veranos anteriores, está a punto de ahogarse en uno de esos momentos tragicómicos de la adolescencia, en un a que no pasa nada si … y empieza a frecuentar un grupo de macarras del pueblo. A partes iguales le fascinan y repugnan. Le abren algunas puertas de la vida. Las de las chicas, esencialmente. Aunque Tomás nunca pasa del nivel de pardillo.

La última noche que pasa con ellos cruzan una puerta, la de la violación, y aunque estrictamente hablando él no participa, está allí, en el grupo, no trata de detener a nadie, los jalea, pide su turno. Después se ceñirá sobre él el silencio. Mientras él salía con aquellos chicos su tía, hermana de su padre, se estaba muriendo. A principios de verano estaba mala y antes de que volvieran a Madrid estaba muerta. No queda claro si por esa tendencia de los padres de los adolescentes a seguir tratándolos como niños y ocultarles lo que realmente está pasando o porque no sabían que la enfermedad era tan grave. Agosto, la primera parte (y que ocupa más de tres cuartas partes), narra ese verano, y es quizá la más valiosa de la novela. Podría de hecho haber sido una novela ella sola, sin más, y tal vez sería una novela más perturbadora. Octubre es la vuelta a Madrid, que todo lo confunde y olvida, al instituto, al silencio, a los pequeños cambios que se han producido en él y en su familia, especialmente en su padre. Se trata de un libro corto, como un café concentrado y bien aromático, intenso.

De escritura concentrada y aromática podría dar clases Sara Mesa. Con su estilo limpio y en principio claro, dibuja unas telarañas poéticas que la convierten en una de las escritoras que más sigo y de las que siempre espero lo mejor dentro del panorama narrativo actual. Así como de Andrés Barba he leído libros como de modo casual, un total de ellos que no es parte sustancial de su producción publicada, de Sara Mesa he leído sus obras completas, salvo Un incendio invisible. Descubrí a Sara Mesa en la entrevista que le hicieron en el blog El síndrome Chéjov (y que parece desaparecida del histórico de los buscadores) hace muchos años y rebusqué en los fondos de todas las bibliotecas de la Comunidad de Madrid (ya que en librerías no existía, no constaba, era un libro fantasma) hasta poder leer No es fácil ser verde. No sé cuántas personas lo habremos leído en España, pero es una maravilla. Me pareció un libro lleno de extravagante imaginación, de fantasía y una escritura que ya entonces me enamoró. Tuve la ocasión de comentárselo a la autora en la Feria del Libro 2016, a donde acudí a que me firmara Mala letra. No sé, por cierto, por qué no he escrito nada sobre ese otro libro de cuentos, un libro que en una primera lectura es menos impactante que No es fácil ser verde pero en el que luego reencontré rasgos de aquella primera escritora mezclados con los aires melancólicos y pausados de otra escritora más segura y madura en la que reconocía ecos de Carson McCullers especialmente, tan proclive a recrear las vidas de seres extraños y apartados.


Dejando al margen mi trayectoria lectora con Sara Mesa, que espero que no haya sonado a un: “Yo la leía antes de que fuera mainstream”, fue con la novela Cuatro por cuatro con la que Sara Mesa se hizo precisamente una autora del mainstream, con la que quedó finalista del Premio Herralde y pasó de editoriales pequeñas a Anagrama. Creo que es muy valorable que en los últimos años autores con poca obra previa, o con poca obra previa con visibilidad, como Miguel Ángel Hernández, Sara Mesa o Esther García Llovet hayan llegado a publicar con la editorial a través del Premio, sin haberlo ganado.

Cuatro por cuatro es un libro de lectura absorbente y digestión difícil. Nos situamos en el interior de un colegio – internado de lujo, o que así se presenta. Aunque, como toda institución carísima, trata de presentarse ante el exterior como de élite más que de lujo. Como si los alumnos llegaran allí por su talento y no por el dinero de sus padres. Aunque hay una excepción, los becados, hijos de trabajadores del centro. Estos conviven allí con los alumnos de pago, conformando dos grupos separados por la frontera más importante que queda hoy en día, la del origen de cada uno y el dinero. El entorno del Wybrany College (no sé si Sara Mesa es profesora cuando no escribe, y si lo es no sé si ha trabajado en esta clase de centros, pero el nombre es perfecto, dada la querencia por todo lo que suene anglosajón y sofisticado de quienes los dirigen) es cerrado y asfixiante. En teoría no debe ser así, solo debe ser ordenado, pero de la construcción de una sociedad fuera de la sociedad, cerrada y con niveles de separación infranqueables no puede salir nada más que esa falta de aire.

La escritura es fragmentaria y elíptica. Hay frases cortas y separación de ideas. Eso transmite a veces la sensación de la espontaneidad y a veces deja en el aire reflexiones que el lector mastica. La primera parte de la novela está escrita por una alumna insatisfecha de ese colegio, que va sembrando dudas sobre su funcionamiento real, sobre el comportamiento de algunos de sus profesores y especialmente del Guía, un orientador y factótum que levanta nuestras sospechas en esta primera parte, algo que no hará más que confirmarse a lo largo del libro. Celia, que así se llama la niña, se muestra como una retratista de momentos inconformista, protestona, y a la vez sensible. Como todo testimonio en la novela, nos genera la duda de lo fiable que será. Pero el cruce de la versión de la alumna con los demás testimonios irá dibujando un retrato coherente, que se refuerza y nos asusta sin llegar a ser del todo completo.

La segunda parte de la novela la escribe Isidro Bedragare, un sustituto que llega a ese colegio como tantos jornaleros de la educación que van enlanzando sustituciones en colegios públicos, concertados o privados, lo que se puede en cada momento. Viene a sustituir a García Medrano, un profesor desaparecido (y de nombre creo que inequívocamente bolañesco). Registrará en su diario entradas sobre el profesorado, la dirección, el Guía, los alumnos de pago y los becados, el funcionamiento y el clima interno, y sobre los rumores sobre el propio García Medrano, que funciona como macguffin de la novela. Este profesor sustituto va dibujando un arco de sentimientos desde la primera fascinación hasta casi el asco, y es en ese pre – asco en el que llegamos a la tercera parte, donde a modo de epílogo se nos presentan los papeles de García Medrano, se confirman algunos de nuestros temores y aún se dejan cabos sueltos, según ha decidido la autora. A mí personalmente me parece que la narración queda suficientemente completa y que precisamente con el modo de escribir y presentarnos la historia no hubiera sido coherente un cierre total con explicación de todos los detalles. Aunque sí se explica, la elección del título, que hasta aquí puede resultar algo enigmática.

La escritura es de primera y es probablemente el mejor libro para llegar a la literatura de Sara Mesa, aunque quizá mis preferencias sigan estando en su faceta de cuentista, y prometo que no pasará demasiado hasta que aborde una relectura comentada de Mala letra.

Entre tanto, celebremos a estos dos autores con mundos propios encerrados entre la infancia y la adultez, con una mirada en ocasiones cruel y una prosa depurada e intensa, para nada exhibicionista pero que da la sensación de ser en cada página la que la historia va necesitando.

Recomendados quedan como lecturas para estos días de vacaciones. Los dos están además disponibles en edición de bolsillo.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E