Mostrando entradas con la etiqueta Contemporánea. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Contemporánea. Mostrar todas las entradas

lunes, 30 de julio de 2018

Mandíbula, de Mónica Ojeda


Mandíbula, de Mónica Ojeda (Candaya)

Uno de los libros que me compré en la última Feria del Libro fue Mandíbula, de Mónica Ojeda. Ya había oído muy buenos comentarios sobre la anterior novela de esta autora ecuatoriana, Nefando, aunque no he podido leerla, y decidí empezar por esta, de la que me dijeron que era más madura, con una voz y una construcción más propias, con unas influencias igualmente sólidas pero quizá menos evidentes.

La mandíbula, como ya sabemos, es el nombre que recibe cada una de las dos piezas óseas o cartilaginosas que forman la boca de los vertebrados, y en las que están encajados los dientes. La idea de la mandíbula de un cocodrilo o de un tiburón nos remiten a un mundo agresivo de bocados y de los más fuertes devorando a los más débiles. La novela juega con esa idea de quién devora a quién, de mordiscos, trozos de carne arrancados, dolor, sangre.

Mandíbula toma la forma, por momentos, de una novela de terror, algo casi de género. Sirve, además de como narración, como lectura – contenedor de ideas que vienen apareciendo en el género desde Poe y Lovecraft, incluso desde el Moby Dick de Melville, pasando por Stephen King y llegando a las narraciones basadas en leyendas urbanas que se amontonan en internet casi desde sus primeros días. La idea central de la novela no es, sin embargo, la del terror. Aunque hay mucho terror, del psicológico, del que se sugiere, del que nace de la cotidaneidad. ¿Qué hay más cotidiano que una madre y una hija? ¿Qué hay a veces más envenenado que la relación entre ellas? Ahí está la clave de la novela, en cómo las madres ven a las hijas como amenazas que crecen, cómo hay madres que temen a sus hijas, madres que cortan el crecimiento de sus hijas, conflictos de todo tipo, violencias larvadas y violencias bastante explícitas, rencores, hipocresías. ¿Y qué hay de las madres que no son madres y ven en su profesión de profesora una idea sustitutiva de la maternidad? ¿Por qué esa profesora se viste exactamente como su madre, que también fue profesora, con su misma ropa y complementos, con sus peinados?

Tener hambre era alojar la nada y escuchar regurgitar anfibios en su estómago. Una vez, en el patio del edificio, Natalia cumplió el reto de llevarse a la boca los renacuajos de la charca.

Esa profesora, Miss Clara, llega nueva a un colegio privado, bilingüe, religioso y disciplinado, para impartir Literatura. Viene de una mala experiencia (una malísima experiencia) que no es capaz de sacarse de la cabeza ni de superar. En su anterior colegio, dos alumnas (las M&M´s) llegaron a colarse en su casa, secuestrarla y vejarla. Temió por su vida, pero lo peor, o eso me ha transmitido la lectura en todos los momentos en que se vuelve a este punto, fue la sensación de vulnerabilidad y exposición. No acaba de relajarse ante sus nuevas alumnas, algunas de las cuales son retorcidas, y ellas lo notan.

Un grupo de estas alumnas, de clase acomodada (muy acomodada), pero medio abandonadas por sus padres, por distintos motivos, encuentran en una casa vacía un lugar isla – refugio – puerta al vacío, donde empiezan a reunirse todas las tardes, aunque luego ya no puede ser todas las tardes y empieza a ser algunas tardes, y se proponen juegos raros, morbosos, a veces terroríficos y se cuentan historias del Dios blanco y de madres que devoran a sus hijas, historias que escuchan con los ojos cerrados, que algunas han adaptado de la red y otras han creado. Entre las chicas las hay que prefieren distanciarse un poco, las que estrechan aún más su relación, las que se sienten incómodas y las que sienten que por fin han llegado a su hogar.

Una de esas chicas, Anne – Lisse, está castigada los viernes por la tarde con Miss Clara, la profesora de Literatura, y a fuerza de cercanía su relación se hace un poco más estrecha. Anne Lisse escribe un pequeño ensayo sobre el terror para su profesora, que la perturba, y le cuenta qué pasó entre ella y su mejor amiga, pero que ya no es ni su amiga, Fernanda. Y es esta revelación la que acaba con Fernanda secuestrada en una cabaña, indefensa, sin entender nada, por su maestra. Esto, que es un destripe de la trama en toda regla, aparece al principio del libro. La novela de Mónica Ojeda es no tanto descubrir qué va a pasar y cómo, sino qué habita en la cabeza de esa profesora y ese grupo de alumnas y cómo una y otras se ven.

Usted habría podido cargar a Ximena, Miss Clara, o al menos intentarlo, que es lo que se supone que debe hacer una maestra: intentar.

El libro es violento, desagradable por momentos, pero a la vez adictivo y muy bien hilvanado. La prosa es certera, todo está bien escrito, el ritmo sube y baja cuando se necesita, apenas hay humor ni demasiada vida fuera de las mentes de las protagonistas. Todas ellas, solipsistas, crean su propia realidad, y es la colisión de las distintas realidades que han ido creando la que hace saltar las chispas. La escritura está muy cerca de un plano físico, duele, sangra, huele.

Nunca imaginó que el hambre fuera un peso perfecto trepando desde el estómago hasta la sien.

No es una de esas lecturas ligeras que muchos escogen para el verano. Quizá ni siquiera es una lectura para muchos, sino para pocos. Pero esos pocos para los que pueda ser (y ojalá sea para muchos) tendrán un libro rondándoles por la cabeza durante semanas. Y si tienen amigos que también lo lean, un entretenido tema de tertulia, esta sí veraniega, en una terraza.

Felices lecturas. Incluso con aquellos libros que le dan la espalda a cualquier felicidad.

Seguiremos leyendo

Sr. E



sábado, 14 de julio de 2018

Un mes leyendo a Kureishi


Mi mes con Kureishi: Soñar y contar, Mi oído en su corazón, Intimidad, Siempre es medianoche

Había leído alguna vez libros de Hanif Kureishi. Que yo recuerde, El buda de los suburbios y Amor en tiempos tristes. Los recordaba agradables pero sin más. Hace unos tres meses, buscando otros libros, me encontré en la biblioteca con Soñar y contar, a su modo ensayos de Kureishi sobre la figura y el oficio del narrador. El primero de ellos hablaba de su padre, Shanoo Kureishi, como un escritor serio, que cada mañana, antes de salir para su trabajo de oficinista, se ponía dos horas ante su escritorio y trabajaba en alguna de sus novelas, mezcla de memoria colectiva y personal, de Pakistán a los suburbios londinenses, de los principios del siglo XX a los años 60 en el Reino Unido. Hanif Kureishi sabe que nunca consiguió que le publicaran uno de esos libros, pero ve ahora, desde su adultez, algo fascinante en su entrega. Hay textos interesantes sobre escribir, sobre hacerlo por encargo a veces, sobre vivir de ello, sobre la vida que pasa mientras uno escribe, pero ninguno con la fuerza y capacidad de perturbación del primero, un niño que mira a su padre escribir y fracasar haciéndolo y decide, en algún momento, ser escritor.

Esa, la figura del padre, Shanoo Kureishi, escritor dedicado y nunca exitoso, es el centro de Mi oído en su corazón. Podríamos recurrir a tópicos como que tener hijos nos hace entender mejor a nuestros padres, o que hasta que no llegamos a determinados momentos de nuestra propia vida no comprendemos y valoramos realmente lo que de niños se nos escapaba, o incluso lo que de niños nos molestaba. Pero no nos limitemos a los tópicos. Hanif Kureishi es uno de esos autores de aquella exitosa generación británica que empezó a publicar en los años 80 (aquellos Ian McEwan, Julian Barnes, Graham Swift, Salman Rushdie, Martin Amis, Kazuo Ishiguro). Esa generación parece haberse desdibujado un poco, pero dominó en gran medida la narrativa occidental durante dos décadas. Uno de ellos (quizá inesperado) ya tiene el Premio Nobel. Kureishi empezó escribiendo teatro y cine, y tuvo éxito casi desde el principio. Lo contrario que su entregado padre. No lo dice en este libro, sino en Intimidad, pero creo que es aplicable a lo que proyecta sobre su padre y sobre él: El arte es fácil para aquellos que lo saben crear e imposible para los que no. Y supongo que es así y ya. Hanif Kureishi sabe dónde está, del lado de la facilidad, y sabe dónde estaba su padre, entre los incapacitados. Mi oído en su corazón es un libro sobre la lectura de un padre, en concreto sobre la lectura de uno de sus manuscritos, que el propio agente de Kureishi había conservado y le da para que lo lea. Tiene mucho de reconsideración de la relación entre ambos, nunca del todo estrecha, y para siempre modificada tras el éxito del hijo, y de la difícil convivencia de dos escritores en la misma casa. Sobre todo, me temo, cuando a uno de ellos siempre se le ha negado la gloria. El libro me recuerda Experiencia, de Martin Amis, pero es su negativo, allí Martin Amis se veía desde pequeño al lado de un escritor de éxito como Kingsley Amis, con (y contra) el que mediría desde entonces sus escritos. Aquí cada nuevo libro de Hanif Kureishi parece poner un clavo más en el ataúd literario de su padre. Y la lectura de los libros paternos le resulta agradable, pero les falta algo, eso que separa a quienes saben hacer arte de quienes no. Y su lectura sirve para reflexiones sobre su propia vida, la vida de quienes son hijos de emigrantes, desarraigo, barrios suburbiales, las vocaciones, las relaciones de pareja y en general, la vida.

Mirando a las relaciones de pareja y a la vida, al inicio y al fin de los ciclos de la vida, Kureishi escribe Intimidad, que es una novela que adquiere la forma de una memoria, las memorias de un hombre que ha decidido que su matrimonio se ha acabado. Dejará, a la mañana del siguiente día, a su mujer, a sus dos hijos, lo conocido del hogar, lo que ha sido su vida en la última década. Hablará con amigos que lo animarán a dar el paso, con amigos que le recomendarán que se quede, que no renuncie a lo que ya ha construido. Pero Jay, que así se llama el protagonismo, quiere revivir, recomenzar, poner un pie fuera del escalón y volver a sentir el vértigo. ¿Una crisis de la mediana edad? En toda regla, pero mucho más. Jay es un escritor de moderado éxito, con rutinas, lecturas, guerras íntimas con su mujer, una buena relación con sus hijos, la sombra de las relaciones con sus padres, amigos, amantes, viajes, proyectos. Pero quiere otra cosa. Algunos de sus pensamientos llevan a reflexiones bastante interesantes sobre la creación literaria, el arte y las rutinas.

Te pasa a veces que entras en la obra de un autor y te apetece bañarte en ella. Y eso me ha pasado con Kureishi. El último libro de los suyos que había en la biblioteca y que leí en estas semanas ha sido la colección de relatos Siempre es medianoche. Se trata de un conjunto de 10 cuentos, que se mueven nuevamente por las relaciones humanas, especialmente las de pareja. Hay mucha melancolía en estos cuentos, ex – amantes, ex – maridos que se encuentran con sus ex – mujeres para recoger y entregar a sus hijos, hombres que van a pasar unos días con su amante y acaban espiando las vacaciones de esta con su marido, padres divorciados en el festival de fin de curso de sus hijos. No son cuentos especialmente originales, ni son cuentos de primerísima, pero se les nota el oficio narrativo, están bien escritos y moldeados. Destacaría cuatro, que se salen un poco de la línea general: Chupando piedras, que se acerca a la experiencia creativa a través de la historia de una mujer que asiste a talleres literarios y cree que podrá llegar a ser una escritora alguna vez. Un día se encuentra con la que es su autora favorita. Por fin un encuentro es un relato en el que un marido y el amante de su mujer se reúnen en un bar para hablar de ella. Es un cuento sutil que muestra cómo los demás nos dibujan, y cómo los perfiles de cada uno son distintos según con quién y en qué circunstancias se relacione. Siempre es medianoche, el relato que da título a la colección, vuelve a hablar del pasado, las relaciones que se acaban y una cierta dosis de veneno. Ian, un hombre maduro, vive ahora en París (antes vivía en Londres) y tiene una mujer mucho más joven. Esperan un hijo. Su ex – mujer, enterada del embarazo, intenta suicidarse. Y el relato más alejado del global de la colección es sin duda el último, El pene, protagonizado por un actor porno al que un día su principal valor interpretativo, al que da el mote de verga larga, se le escapa, ya que su pene ha decidido que quiere dedicarse al cine convencional. Es un relato en el que se nota de modo claro la filiación con La nariz, de Nikolái Gógol, al que actualiza, en cierto modo.

Después de esta época de lectura más o menos continuada de Hanif Kureishi creo que lo definiría como un narrador ágil, que sabe moverse por la emotividad y la nostalgia sin perder nunca el sentido del humor y la ironía. Si alguien quisiera empezar a leerlo quizá le recomendaría hacerlo con Intimidad, aunque creo que las páginas más valiosas de las que yo he leído en estos libros están en las historias en las que mezcla realidad y ficción alrededor de la figura de su padre, tanto en Soñar y contar como en Mi oído en su corazón.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E


viernes, 27 de abril de 2018

El elefante desaparece, de Haruki Murakami


El elefante desaparece, de Haruki Murakami (Tusquets)

En 31 canciones Nick Hornby decía que si alguien sin demasiado conocimiento musical ni de su persona se pusiera a limpiar su colección de discos podría llegar a la conclusión, totalmente errónea, de que su cantante preferido era Bob Dylan, por distintos motivos, pero entre otros: por la cantidad de discos que poseía, la amplitud que recorrían dentro de su carrera, por lo bien conservados que estaban e incluso por todo lo que sabía sobre ellos. Pero era algo totalmente erróneo, primero porque no le gustaba tanto Dylan, y segundo porque sabía que había verdaderos fanáticos de Dylan por ahí fuera, él los conocía, y ninguno lo tomaría por un verdadero seguidor. Creo que si esa misma persona pusiera orden en mi biblioteca podría llegar a la también exagerada conclusión de que uno de mis escritores preferidos es Haruki Murakami. Tengo un número bastante grande de sus libros, y más o menos estoy enterado de sus novedades (numerosísimas, entre nuevas obras, libros que nunca habían salido de Japón y ahora llegan a España, curiosidades). En 2011 ya escribí un cuento, titulado como este blog, Cuentos pendientes, en el que el narrador, un aspirante a escritor tras cuyo disfraz había quizá demasiado de mí, confesaba que leía con asiduidad a Stephen King y a Murakami y que seguía sin saber si le gustaban. Tantos años después tengo una opinión más formada sobre ellos, seguramente haya leído unos 10 libros de cada uno y siga sin poder contestar con un Me gusta / No me gusta.

En el caso de Murakami creo que eso me sitúa en una tercera España saludable. A Haruki Murakami parece que se le adora o se le odia a muerte. Y yo no estoy ni entre quienes le aplauden ni entre quienes le dispararían una bala por la espalda si pudieran. No me parece un escritor de los de primera ni me parece que sus libros sean malos. Algunos me gustan bastante (Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, 1Q84, Sauce ciego, mujer dormida, Kafka en la orilla), otros menos (La caza del carnero salvaje, Baila, baila, baila) y otros me parecen poca cosa o algo menos (Tokio blues, After dark, Los años de peregrinación del chico sin color, Hombres sin mujeres).

De su labor como cuentista, Hombres sin mujeres es una colección de relatos en la que no llegué a interesarme en ningún momento. Algunos (la mayoría) de los cuentos de Sauce ciego, mujer dormida me parecen valiosos. Exagerando un poco podría decir que se aire buscadamente salingeriano alcanza por momentos el nivel del propio Salinger. El elefante desaparece busca seguir esa misma línea pero funciona algo peor. Aquí el número de cuentos que funcionan realmente bien es más escaso. Ya ha explicado muchas veces Murakami que empezó a escribir ficción obligándose a hacerlo en inglés para así ayudarse a construir la historia con escasos mimbres, al limitar sus propios recursos lingüísticos. Algunos giros (aunque es verdad que leemos a Murakami traducido al español desde el japonés) sí recuerdan a la prosa inglesa, algo que sucede también en autores españoles que se han educado (nos hemos educado) leyendo prosa anglosajona traducida.

Concretando en el libro, El elefante desaparece contiene 17 relatos. El libro se publicó originalmente en Japón en 1993, y están escritos entre 1980 y 1991. Por situarnos en la bibliografía de Murakami, empezó a redactarlos tras sus primeras novelas cortas: Escucha la canción del viento y Pinball 73, y son anteriores a Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (1995), Kafka en la orilla (2002) y 1Q84 (2009) (la que probablemente sea su mejor época, en mi opinión desde luego son sus tres mejores novelas). Los dos primeros relatos están precisamente como puente entre una época novelística y otra: El pájaro que da cuerda y las mujeres del martes ya avisa en su título, y la historia de Nuevo ataque a la panadería tenía un cierto peso, a modo de pasado, en Escucha la canción del viento / Pinball 73. Son dos buenos relatos, independientemente de su relación con las novelas. Los protagonistas de todos estos relatos son los clásicos protagonistas de las historias de Murakami, hombres solos, en torno a la treintena, que parece que no acaban de madurar, melómanos o cinéfilos o lectores apasionados, y capaces de obsesionarse hasta el extremo con detalles por lo demás insignificantes de la vida, hasta el punto de reorganizar su existencia por las aventuras de un elefante del zoo.

La aparición de lo extraño en los relatos de Murakami es poco sutil. Simplemente, irrumpe. Son siempre mayoría las historias con un toque fantástico. Murakami utiliza con frecuencia (casi abusa) de la construcción de narradores a los que parece que el mundo, por trivial que sea, sorprende. Caen en epifanías de un modo continuo, y así, cuando sucede algo realmente sorprendente (si un gato empieza a hablarles, por ejemplo) entra en la lógica del relato con naturalidad. Es un recurso tramposo y que acaba agotando.

Como hacer recuento de 17 relatos sería un aburrimiento, me voy a limitar a señalar, aparte de las cuestiones generales ya marcadas, los relatos que me han parecido más destacados. Los dos primeros, como ya dije, están bien, y abren pasillos a otras novelas del autor, lo que siempre resulta interesante. Sobre el encuentro con una chica cien por cien perfecta en una soleada mañana del mes de abril es un cuento bonito, sobre solitarios sin suerte. Funciona bien, se lee con agrado y me ha dejado la sensación de que la anécdota ya estaba tal cual, o muy parecida, en otro libro de Murakami que ya había leído, pero mi memoria no ha logrado identificar en cuál. Pese al empeño en lo fantástico y extravagante que tiene Murakami en este libro (El pequeño monstruo verde, La gente de la televisión y El enanito bailarín son cuentos que por su trama podría haber abordado Mario Levrero), esa parte nunca despega. Tampoco destacan los relatos donde el narrador parece más despegado o en los que el autor se limita a una objetividad de guión de cine (Una ventana, El comunicado del canguro, La caída del Imperio Romano). Es en aquellos más próximos al realismo y a la tradición breve americana donde mejores resultados ha conseguido: Quemar graneros es un triángulo amoroso de jóvenes, uno de los cuales quema graneros como una forma de reacción a la sociedad. Puro Salinger y se lee muy bien. Silencio y Asunto de familia son relatos realistas, sobre la construcción de la personalidad en el entorno del colegio el primero y sobre las relaciones de dos hermanos, un chico y una chica, pasada la época de estudiantes, cuando ella está a punto de casarse y él se siente cuestionado por no sentar la cabeza. El elefante desaparece, pese a ser el elegido para titular la colección (lo que siempre me hace esperar como lector que tenga algo especial) no me ha parecido que tuviera demasiadas cualidades a destacar. Un hombre con una vida bastante estancada empieza a llenarla con las noticias sobre la desaparición del elefante del zoo.

Los dos mejores relatos del libro me han parecido, con bastante diferencia, y para terminar: Sueño, una historia de insomnio y libros. Aquí precisamente se sale Murakami de su habitual registro, dando el protagonismo y la voz narradora a una mujer, y le funciona mucho mejor que el nivel medio del libro. Y quizá mi preferido sea por encima de todos Último césped de la tarde, la aventura existencial de un chico joven que trabaja como jardinero, un trabajo que va a dejar pronto, y al que se entrega con la precisión y pasión de los samuráis, aunque sabe que así ganará menos dinero, pues cobra por jardín completado. Es un relato plácido, muy redondo, bien dosificado, en el que el interés del lector se consigue con casi nada, con lo difícil que eso es, y que vuelve a recordarme por encima de otros autores a Salinger.

Me imagino que volveré a leer a Murakami y que seguiré sin tener claro qué pienso de sus obras.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

martes, 19 de diciembre de 2017

La hora violeta, de Sergio del Molino

La hora violeta, de Sergio del Molino (Literatura Mondadori)

Este libro es un diccionario de una sola entrada, la búsqueda de una palabra que no existe en mi idioma: la que nombra a los padres que han visto morir a sus hijos. Los hijos que se quedan sin padres son huérfanos, y los cónyuges que cierran los ojos de su pareja son viudos. Pero los padres que firmamos los papeles de los funerales de nuestros hijos no tenemos nombre ni estado civil. Somos padres por siempre. Padres de un fantasma que no crece, que no se hace mayor, al que nunca vamos a recoger al colegio, que no conocerá nunca a una chica, que no irá a la universidad y no se irá de casa. Un hijo que nunca nos dará un disgusto y a quien nunca tendremos que abroncar. Un hijo que jamás leerá los libros que le dedicamos.

Así empieza el libro. La hora violeta de la que habla Sergio del Molino está tomada de un poema de T.S. Eliot, y es la hora en la que en el intermedio de la vida las espaldas empiezan a despegarse del lugar de trabajo y las cabezas empiezan a pensar en lo que viene por delante. El motor humano espera como un taxi parado en marcha, dice la cita del poeta que abre el libro. Las horas no avanzan, siempre marcan la misma los relojes, confiesa el autor al principio.

La hora violeta de la que realmente habla este libro es la hora más terrible de todas, la de enterrar a un hijo. La que se genera entre ese trance y la vida que queda después. Porque queda vida después. Sergio del Molino escribió este libro en 2013, desde la vida de después, con un ánimo que es esencialmente terapéutico. Terapéutico porque le ayuda en algún grado a dejarlo atrás o al menos a repensarlo, y terapéutico porque fija la imagen de Pablo que él, su padre, el escritor, quiere fijar, después de que una leucemia lo matara con algo menos de 2 años.

Sergio del Molino escribió esta novela en 2013, y fue un libro que sonó bastante y obtuvo reconocimientos (el premio El ojo crítico, por ejemplo). En 2013 yo iba a ser (y lo fui) padre por primera vez y no me sentía capaz de coger en esos momentos un libro que hablaba de algo tan tremendo. Este año he sido padre por segunda vez, y ya he leído tres libros de Sergio del Molino antes de diciembre (este es el cuarto y cogí en la biblioteca el quinto, La mirada de los peces), y el hecho de que La hora violeta sea un libro que me han seguido recomendado a lo largo de estos cuatro años me ha hecho confiar en que su calidad literaria estaría sin duda por encima de la tragedia y el melodrama. Y lo está. Es un libro que tiene un gran valor como testimonio pero es un libro que tiene un gran valor como obra narrativa sin tener en cuenta otras consideraciones (aunque es casi imposible no pensar en que lo que aquí se cuenta fue sucediendo así).

¿Cómo nos atrevemos nosotros, lectores, a asomarnos al drama de un padre pero por extensión al drama de una familia, porque el autor se desnuda él e igualmente desnuda a su mujer, a su hijo, a su entorno familiar y de amigos, a las médicas y enfermeras (porque el entorno médico en el que se mueve en ese horrible lugar llamado planta de oncología pediátrica es casi todo el tiempo femenino). Supongo que lo único que nos legitima es que el padre haya decidido dejarnos entrar ahí.

Y entramos en la cámara de los horrores. Entramos a un libro que no es una novela y que descubre el final de la historia desde el principio, con la intención de explicar al autor y sus motivaciones y para que sepamos dónde nos estamos metiendo. El libro está narrado en primera persona y en un tiempo presente que ya estaba pasado y que ya sabemos que estaba pasado y que es uno de esos pactos autor – lector que aceptamos gustosamente. La prosa no peca de cargada ni de sentimental, y se agradece. Uno de los leit motivs que van acompañando la escritura de Del Molino y sus reflexiones sobre el mismo hecho de estar escribiendo sobre lo que lo está haciendo es no caer por la pendiente del sentimentalismo, no buscar dar pena a nadie, usar las palabras más neutras posibles. Usar también las palabras que no se suelen usar por un sentimiento de respeto a los enfermos y a sus familias, lo que lo hace duro por momentos, pero más duros resultan a menudo los eufemismos.

El diagnóstico es un momento terrible en estas enfermedades y lo peor es que no es más que el comienzo. Lo que va a venir después, incluso si acabara de la mejor manera posible, nunca va a ser bueno. Como se dice en el libro, la quimioterapia es una medicación que en cualquier dosis, por ínfima que sea, es mala para el organismo, pero es la única capaz de afrontar lo que está pasando con el crecimiento celular. Quienes hemos estado cerca de estos tratamientos sabemos lo que son.

La hora violeta no se merece que lo estropee tratando de explicarlo, porque se explica desde sus presupuestos. Quien quiera leerlo, y no es para todos, sabe a lo que se expone. Quien entre también se verá recompensado por momentos tiernos y casi divertidos, por extraño que pueda sonar. Porque un niño que se ve obligado a pasar en el hospital la mayor parte de su tiempo acaba haciendo de eso su normalidad y los niños de 1 y 2 años son esencialmente divertidos. Porque esos padres intentaron todo lo que estuvo en sus manos para que ese niño, Pablo, no sufriera más de lo necesario, para que no los viera hundirse. Y porque también es a veces una recompensa verte superado y llorar ante lo que se está contando en esas páginas. Porque es la prueba de que el libro quizá debía ser escrito (por más que desconfiemos de los libros necesarios) y esta era la manera de hacerlo.

Las reflexiones sobre las condiciones sociales del cáncer son valiosas por sí mismas y además no entorpecen la historia principal. Como bien dice Sergio del Molino, las metáforas bélicas acompañan siempre al cáncer, desde el momento del diagnóstico, y los pacientes son empujados a comportarse como luchadores que se ven en el frente sin quererlo y en el caso de los niños casi sin comprenderlo. Y porque como dice, a veces parece que el cáncer fuese el castigo de un dios vengativo, pero nunca lo puede ser más que cuando es el castigo tras los primeros meses de existencia de un niño.

He llorado varias veces durante la lectura de este libro (y debo reconocer que para mí eso de llorar leyendo un libro era una expresión cursi que no recordaba haber experimentado en la realidad hasta ahora). Sin embargo, no me he sentido manipulado emocionalmente en ningún momento como lector. Esto hubiera sido lo más fácil, lo hubiera pretendido o no el autor, pero todo el libro mide exactamente dónde parar antes de abrirle las puertas al melodrama y al recurso fácil que nos haga sentir pena y llorar. Sentimos compasión en todo momento por ese niño y esos padres, y por los (sobre todo las) profesionales que trabajan con ellos hasta el último día, y por la cantidad de vidas devastadas que cada año se pierden.

Hay dos modelos de escritura claros en La hora violeta, dos libros que han marcado durante décadas la idea de libro de luto, que Sergio del Molino no esconde, porque los ha leído, y porque sería ridículo fingir que no los había leído. El primero es un libro español, Mortal y rosa, de Francisco Umbral, del que se toma una cita para abrir el libro junto al poema de Eliot. Como el propio autor comenta en el libro, ha tratado de huir del lirismo de Mortal y rosa, otro libro dedicado al hijo muerto por un padre; huye Del Molino del lirismo igual que ha decidido, desde el principio, mostrar a su hijo muerto como una persona concreta, Pablo, no con términos genéricos, como hace Umbral. El otro es El año del pensamiento mágico, de Joan Didion, el libro en el que esta periodista relata cómo su marido murió de un infarto, en un instante, mientras cenaban después de venir del hospital en el que su hija estaba ingresada en un estado muy grave. Me reconozco incapaz de haber pasado nunca de la página 40 del libro de Didion, mientras que sí he leído completo el de Umbral, y he pensado algunas veces sobre él. Didion, en cualquier caso, se nota como una influencia también importante en este libro de Sergio del Molino, y ese pensamiento mágico aparece como nexo con aquel libro, todas esas esperanzas sin aparente conexión con la realidad que mantienen en la brecha a los enfermos y a sus familias.

Por quitar algo de oscuridad a la reseña en vísperas de Navidades, pues este es un libro sobre un tema grave, quizá el peor de los temas, y tratando a la vez de no desviarme demasiado, encontré en las últimas semanas un ataque a Joan Didion en las páginas de Danza macabra, de Stephen King. Como de pasada, pero todo un puñetazo, unas pocas palabras casi violentas para el lector actual, escritas en 1980, y que hablan de una presencia inconsciente de las clases sociales y sus conflictos en gran parte de las historias de King, algo por otra parte muy común en los productos más populares del género de terror.

Esas cosas son para los ricos. Hace poco, Joan Didion escribió un libro sobre su propia odisea a través de los sesenta, The white album. Para los ricos, supongo que resultará un libro muy interesante: es la historia de una mujer blanca acomodada que se pudo permitir tener un ataque de nervios en Hawai …

Didion se lleva el golpe en el libro de King un poco sin necesidad, pero tiene razón el novelista en el contexto general en el que inserta ese comentario. El verdadero terror depende mucho de la vida habitual de quien lo sufra. Ante los verdaderos problemas los problemas menores se vuelven invisibles. Y ante ciertas realidades el terror crece hasta hacerse insoportable. La hora violeta nos habla de los verdaderos problemas y del terror auténtico. La sociedad actual, correcta y llena de lemas positivos, no nos prepara para afrontar lo malo. Y no conviene olvidarlo antes de empezar a leer este libro.

Seguiremos leyendo.
Lo próximo ya será una entrada con lo más interesante que he leído en este 2017.

Felices lecturas


Sr. E