Mostrando entradas con la etiqueta Submundo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Submundo. Mostrar todas las entradas

sábado, 4 de noviembre de 2017

El gran conspirador: Libra, de Don DeLillo

El gran conspirador: DeLillo. Libra

Hace no demasiados días nos llegaba la noticia de que el gobierno de Estados Unidos había autorizado la desclasificación de la mayoría de documentos de sus agencias de investigación e inteligencia sobre el más famoso magnicidio del siglo XX, el asesinato de Kennedy en Dallas el 22 de noviembre de 1963.
Da igual lo que se encuentre ahí dentro, pensé, porque ya lo podíamos haber leído en el pasado, en los libros de DeLillo, en Submundo o especialmente en Libra. DeLillo es el paranoico lúcido, el conspirador inteligente y superdotado para la narrativa digresiva, la única que puede dar algo de luz, que no explicar, estos acontecimientos que cambian décadas. Aprovecho para volver a publicar estas líneas que escribí en su momento sobre Libra, no tanto una novela sobre el asesinato de Kennedy como sobre Lee Harvey Oswald, una novela sobre el reverso oscuro del sueño americano, de la vida positiva, un retrato en blanco y negro y decenas de voces del paria que decide dar un paso adelante y convertirse en historia.


Libra es una novela sobre la conspiración para asesinar a John Fitzgerald Kennedy. Y también es una reconstrucción de la vida de Lee Harvey Oswald. Libra es esas dos cosas y es también una denuncia de los sistemas de seguridad que se mueven por debajo de los sistemas de derecho, ajenos a tal derecho, manejando a veces cuestiones tan capitales como quiénes deben dirigir países. Pero Libra es sobre todo el primer intento de DeLillo de cazar esa gran ballena blanca que es la gran novela americana. Para mí Submundo es superior a Libra porque no está tan centrada en un caso concreto y trata de abordar toda la sociedad en su conjunto, pero Libra también está retratando, a partir de esa investigación central, la sociedad americana, y desde ella, no nos engañemos, el mundo. Libra es sobre todo una de las grandes novelas contemporáneas sobre la mentira, sobre la construcción de relatos paralelos que encajan y permiten, por su coherencia, esconder la verdad tras una mentira. La eterna indicación de Aristóteles, el relato no debe ser verdadero sino verosímil, ha sido trasladada, nos dice DeLillo, de la creación de ficción (pura y en principio inocente pues sólo está orientada a satisfacer al lector) a la narrativa de la historia oficial. DeLillo se adelantó casi veinte años (Libra es de 1.988) a todos esos que empezaron a mediados de los 2.000 a analizar el storytelling subyacente a las construcciones políticas dominantes y empezaron a encontrar puntos comunes, nodos del engaño en todos ellos. Lee Harvey Oswald es un paria que se ha criado solo con una madre que no ha sido ni mucho menos ejemplar, que ha ido rebotando de escuela en escuela, y no se sabe muy bien si es un pequeño genio o un chaval de capacidades intelectuales tirando a muy escasas, al que los servicios de inteligencia infiltran para que genere el caos. Vemos cómo lo intoxican de ideología y cómo lo entrenan militarmente. Parece que nadie sabe para qué emplearlo pero parece claro que todos quieren emplearlo. Oswald acaba creyéndose un ángel de la historia y acaba dando el gran golpe. Un golpe del que los servicios de inteligencia en parte sabían algo y en parte no sabían nada. Porque el lenguaje vuelve a servir para cubrir de humo la realidad y no dejarnos ver nada, y en ese estado no hay blancos y negros tan definidos, y la conspiración de la que habla DeLillo no es una conspiración fácil, no es una conspiración de unos señores malos reunidos en una sala oscura decidiendo matar a Kennedy, el héroe. La pequeña y la gran mafia están por ahí. Los intoxicadores que nunca faltan en las historias de DeLillo. Cuba y Castro. Los anticastristas. Los que escriben la realidad y al hacerlo ya la están deformando. Los parias que creen que ha llegado su momento. La comisión Warren. Libra es una novela que suma más caos al caos. Es una novela de primera que tiene un argumento de novela de serie B para leer en un viaje en tren. Del trastorno mental y la distorsión de la realidad que están detrás de toda teoría conspiratoria DeLillo hace literatura de primera. De Libra, como artefacto literario, salen directamente la película JFK de Oliver Stone, David Foster Wallace y toda la última producción de James Ellroy. También han bebido en sus fuentes Martin Amis e incluso Stephen King en su novela sobre el magnicidio de Dallas. Y esos sólo son los que reconocen haberse sentido inspirados por ella. Hay que leer Libra como la novela de ficción enloquecida que es pero también hay que leerla con la intención de localizar todas las líneas intermedias que quedan en el aire, y por último hay que leerla como documento histórico, no tanto de lo que pasó en Dallas cuando mataron a Kennedy como del cambio social en aquella época y de la psicosis colectiva posterior al asesinato. Hay que leerla en todas sus variantes y no volver a confiar en lo que nos cuenten.

Id a vuestra farmacia más cercana con una receta urgente a por libros de DeLillo.

Felices lecturas

Sr. E



domingo, 16 de abril de 2017

Diez novelistas y diez novelas. La lista fracasada. Los libros II

Una selección personal de novelas. Segunda parte.

Esta es la entrada número 100 de este blog, y creí adecuado acercarme a esa frontera con algunas recomendaciones que a mí me sirvieran como balance de una vida que se ha ido dibujando, hasta ahora, entre libros. 
Completo la labor de las últimas dos entradas, y espero que a algún lector le hayan servido para coger nuevas ideas lectoras y acercarse a novelas a las que no hubiera llegado de otra manera. Hubiera merecido la pena la labor de repaso y apuntes por un nuevo lector de cualquiera de los libros que a mí me han marcado y me marcan.

La saga/fuga de J.B. (1972), de Gonzalo Torrente Ballester. Punto de Lectura: Nunca me han gustado las lecturas que nos recomendaban en el instituto. Ni Cela ni Umbral ni Eduardo Mendoza ni Azorín ni Unamuno ni Pérez Galdós ni casi nada de Delibes ni La Celestina. Lo siento. Mea culpa. Y no puedo evitar sentir cierta náusea lectora al pensar en esos autores o en lo que representan. Las únicas lecturas escolares que recuerdo con agrado, de esos años, son los Artículos de costumbres de Larra, El buscón de Quevedo, El lazarillo y la poesía de Miguel Hernández y Federico García Lorca. En los márgenes de esos cánones se iban quedando otros autores a los que no leíamos directamente pero de los que aprendíamos el título de algunas obras. Sabíamos que Gonzalo Torrente Ballester había escrito Los gozos y las sombras y La saga/fuga de J. B. En esos márgenes de los libros de texto he ido leyendo con gusto y admiración a Juan Marsé y a Max Aub. Y a Gonzalo Torrente Ballester. Torrente Ballester es un escritor poderoso, con un ritmo arrollador, que utiliza el vocabulario con maestría, que construye historias bien armadas parece que con facilidad. Y La saga / fuga de J. B. sea quizá su obra más conocida. Es una novela que se mueve entre lo social, lo metaliterario, lo fantástico y lo épico. ¿Es la mejor novela española de los 70? ¿Y por qué no? Es una novela de su tiempo, hija de los avances técnicos (narrativamente, se entiende) de su época. Torrente Ballester es un escritor bastante moderno, mucho más de lo que uno asocia con los libros del Bachillerato. Mucho más moderno que la mayoría de narradores contemporáneos, que escriben como recién llegados de 1902. La primera vez que leí La saga/fuga me enteré de la mitad de lo que allí pasaba, si no de menos. Pero sabía que aquello me estaba gustando. Es sensacional cuando sucede eso con un libro. La segunda vez solo me perdí un 25% de lo importante. Y la volveré a leer, confiando en seguir perdiéndome algo en esa historia que no tiene freno, ni tiene por qué, que nos hace olvidarnos de que hay quien escribe con freno.

Postales de invierno (1976), de Ann Beattie. Libros del Asteroide: Postales de invierno es una novela de su tiempo, los años 70, y de una edad, esa en la que uno deja de sentirse joven y empieza a buscar estabilidades, a veces de manera sana y constructiva, y otras veces como quien busca unas muletas que le ayuden al caminar. A Bob Dylan le dieron el Premio Nobel y se armó el escándalo. No he dedicado demasiado tiempo a pensar en ello, la verdad. La novelista Ann Beattie (también es una reconocida cuentista, aunque en España aún no hemos podido leerla en esta faceta) hizo una novela a lo Dylan, en la que su figura es casi central, totémica, porque Dylan se había separado y estaba a punto de sacar un nuevo disco, Blood on the tracks, que todos, especialmente Charles, el protagonista, esperan. Todos se separan, miran hacia atrás, hacen balance de lo perdido, y esperan que el mismo espíritu de los tiempos, más tristes que los expansivos 60, y Dylan, más cínico que en sus orígenes, les ayuden. El personaje es un antihéroe memorable. La novela es ágil, entrañable, bien escrita, bien narrada, una joya a la que acercarse cuando se acaba el invierno.

La vida: instrucciones de uso (1978), de Georges Perec. Anagrama: La obra más famosa de Georges Perec, sin duda su novela más larga. Georges Perec, en La vida: instrucciones de uso, se mete en un edificio, al modo de 13, Rue del Percebe, y espiando desde las mirillas, se cuela en las casas de sus vecinos. La novela está escrita utilizando medios de asociación libre, y estructurada, como desde el principio nos avisa, en forma de rompecabezas, que solo cobrará sentido, o no, una vez que se haya leído todo. Es la novela de un ajedrecista, en la que unos escaques se relacionan con otros mediante saltos de caballo. De esta novela se aprende a sacar vida de los objetos, a disfrutar con listas, a objetivar, a entender que igual que en la serie de televisión Seinfeld, aquí no hay nunca una trama clara, porque la trama es la vida, y la vida no tiene un argumento bien diseñado.

El palacio de la Luna (1989) / La trilogía de Nueva York (1985 – 1986), de Paul Auster. Anagrama: Con los años he dejado de leer a Paul Auster. Me aburrí de sus trucos. Pero hubo un tiempo en el que estuve profundamente enamorado de su escritura, sencilla, musical, con nervio. Antes de Bolaño, ya estaba Auster. Mis primeras fantasías como escritor (creo que casi todos los que escribimos antes hemos fantaseado con ello, antes siquiera de pensar que escribir es un trabajo que consiste básicamente en eso, en sentarse y escribir) surgieron en el instituto. Recuerdo estar en Bachillerato y llegar por esos curiosos caminos por los que uno llegaba a los libros antes de leer suplementos culturales y antes de que existiera internet, hasta La trilogía de Nueva York. Y recuerdo leer su primera parte (porque en aquella biblioteca no tenían una edición conjunta, sino 3 novelas cortas) en una tarde. Y volver a la biblioteca a por las otras dos y leerlas ese fin de semana. Paul Auster habla de leer y escribir como si fueran drogas, y eso fueron para mí esos libros, que leí, releí, recomendé y regalé mil veces durante algunos años. Aquel tío de ojos penetrantes que había sido marino mercante me hablaba a mí. Y mucho más en El palacio de la Luna, una historia de pérdida, caída, resurrección y flote.

Mis rincones oscuros (1996), de James Ellroy. Zeta Bolsillo: Quien lea Mis rincones oscuros, de James Ellroy, no saldrá indemne. Como no debió salir indemne James Ellroy de su escritura, ni de su continuación (en cierto modo): A la caza de la mujer. Probablemente porque nadie sale indemne del asesinato de su madre cuando tenía 10 años. Su madre le dijo que iba a salir a divertirse con un amigo y a la mañana siguiente la policía encontró su cadáver. Después de conseguir un notable éxito como autor de novela negra, tras sus novelas iniciales y El cuarteto de Los Ángeles (que incluye novelas tan conocidas como L.A. Confidential y La dalia negra), Ellroy mira hacia adentro y se da cuenta de que todas esas mujeres a las que estaba intentando retratar en sus novelas, todas jóvenes, bellas, misteriosas y que acaban mal, normalmente de manera violenta, eran en realidad su madre. Y aprovecha esa figura para mirar hacia sí mismo, hacia sus cuarenta y muchos años de vida cuando la escribe, y lo hace con una crudeza increíble. Cualquiera camuflaría un poco sus locuras y sus problemas, pero Ellroy parece que acentúa los desequilibrios y los fondos que ha tocado en su recuerdo para hacer el viaje más asombroso.

Submundo (1997), de Don DeLillo. Austral: Hablaba de Don DeLillo como uno de mis novelistas preferidos. Y aunque quizá no sea la más redonda de sus novelas (esa es probablemente Ruido de fondo), Submundo es la novela en la que pienso cuando pienso en DeLillo. Submundo es La Gran Novela Americana de DeLillo, su intento de construir un mosaico que pasa por la mafia, la canción popular, los barrios de Nueva York, los secretos de la administración, el béisbol y mil asuntos más. Submundo es una novela infinita, descomunal, excesiva, en cuyas 1.000 páginas merece la pena perderse durante algunas semanas. Submundo habla con un ritmo musical, trepidante, de las vidas que quedan escondidas debajo de las vidas aparentes del ciudadano normal. La Moby Dick de finales del siglo XX.


Los detectives salvajes (1998), de Roberto Bolaño. Anagrama: Los bolañistas, entre los que supongo que me incluyo, aunque espero que sin fanatismos ni estupideces ni purezas de sangre, se dividen entre los que prefieren 2666 y los que prefieren Los detectives salvajes. Creo que la opción fácil es 2666, un libro mucho más oscuro, una novela más apegada a la muerte que a la vida, publicada ya de manera póstuma. Los detectives salvajes es más vital y divertida. Los detectives salvajes tiene mucho de lectura generacional, me imagino. Vila – Matas dijo que esta novela daba carpetazo a Rayuela, y algo de razón tiene. Después de haber leído varias veces Los detectives salvajes leí Rayuela y no me sentí fascinado. Reconozco que me sentí hasta mal, porque adoro a Julio Cortázar como cuentista. Roberto Bolaño en general, y Los detectives salvajes en particular, creo que ha lanzado al (absurdo) camino de la escritura a miles de jóvenes que lo leímos en el momento oportuno (o equivocado). Quien lea Los detectives salvajes y no se lance a escribir como un loco, no tiene corazón. Los detectives salvajes es una novela mutante, una antinovela que va de la poesía a la épica y que en el fondo es un libro de cuentos que uno devora de página en página. Y que cualquiera utilizará como pértiga para lanzarse al vacío.

El cuarteto de Red Riding (1999 – 2002), de David Peace. Alba Editorial: Leo, y he leído, mucha novela de género. Algo de ciencia ficción, especialmente la humanística (la de Ballard, particularmente), mucha novela de suspense y de terror, y especialmente novela negra. Nunca he entendido la popularidad de la fantasía épica, ni he podido acabar de leer ni de ver las películas de El señor de los anillos, y que sus devotos y los de Juego de Tronos me perdonen. Como lector y devorador de novela negra, creo que era de justicia buscar una que representara el género. Algunas, como siempre se dice, son la verdadera novela social de su tiempo. Pensemos en Simenon y su gris retrato de la vida en provincias y sus secretos. De los clásicos, Chandler me parece un autor con un gran estilo y un escritor de diálogos muy potente. Jim Thompson y Chester Himes tienen novelas muy buenas. Disfruto como un enano con cada nueva entrega de John Connolly y su detective Charlie Parker. Me gusta Dennis Lehane. Perdida, de Gillian Flynn, me parece una novela de primer orden (y la película de Fincher también). Ellroy es uno de los mejores escritores actuales, sea de novela negra o no. Pero si elijo una novela es este potentísimo cuarteto de David Peace. Son cuatro novelas brutales: 1974, 1977, 1980, 1983, con un estilo de alta calidad literaria, un fraseo frenético, que entra y sale de las mentes de una colección de personajes oscuros, asesinos, policías, periodistas sensacionalistas y un montón más. Y una historia horrorosa, que como pasa muchas veces está compuesta de los secretos que las ciudades de provincias, en este caso la comarca de York, en el frío, gris e industrial norte de Inglaterra. Ellroy es probablemente, sin discusión, el mejor escritor de novela negra del mundo. Pero ni Ellroy ha sido capaz de escribir esta obra feroz.

Mantra (2001), de Rodrigo Fresán. Mondadori: Rodrigo Fresán es uno de mis escritores preferidos. Me pierdo entre su fraseo, sus ideas, su sintaxis envolvente. Fresán también es un lector omnívoro y alguien a quien acercarse para buscar consejo sobre libros que merecen la pena. Quizá, de sus libros, el que más me obsesionó y obsesiona es La velocidad de las cosas, pero como él lo califica de libro de relatos (aunque en el caso de Fresán las fronteras son siempre terriblemente porosas), no seré yo quien lo contradiga y diga que es una novela. Mantra sí es una novela, y mi preferida entre las que él llama así, gustándome mucho también El fondo del cielo (muy contenida para ser una de sus obras) y La parte inventada (aún no he podido acceder a La parte soñada). Mantra es una novela de final de milenio, que desde un acontecimiento central bastante minúsculo, la figura de un extraño compañero del colegio, Martín Mantra, casi un fantasma, todo misterio y extrañas obsesiones culturales, va extendiendo sus cientos de tentáculos en forma de microhistorias dentro de la trama central. Fresán es un maestro novelista del macguffin del que hablaba Hitchcock. Decía el propio director que: Van dos hombres en un tren y uno de ellos le dice al otro. ¿Qué hay en ese paquete que hay en el maletero que tiene sobre su cabeza? El otro contesta: Ah, eso es un McGuffin. El primero insiste: ¿Qué es un McGuffin?, y su compañero de viaje le responde: Un MacGuffin es un aparato para cazar leones en Escocia. Pero si en Escocia no hay leones, le espeta el primer hombre. Entonces eso de ahí no es un McGuffin, le responde el otro. Pues eso son las novelas de Fresán, trampas para cazar leones en Escocia. Una cierta inconsistencia argumental, que para mí no es un defecto, aunque estoy seguro de que hay quien no le perdona, y que se deriva de su construcción hermanada con el cuento e hija del macguffin, y hace que sea posible leer casi todos sus libros, también Mantra, saltando páginas, yendo adelante y atrás, dejándose llevar por la prosa torrencial e hipnótica del autor. Una experiencia que hay que probar.

El día del Watusi (2002-2003), de Francisco Casavella. Destino: Hablé de El día del Watusi como de mi lectura preferida de todo el 2015. Mantengo mis razones para elegirla entre mis libros de cabecera desde aquella primera lectura. Es una novela desenfrenada, que cuenta y cuenta sin pausa, una narración digresiva que se acerca en círculos a su núcleo, que no acaba de verse nunca bien. Es una fiesta que celebra lo cutre de la vida. Un libro sobre bailar en medio de las dificultades. Es una novela llamativa en el panorama español por su desmesura, por su falta de conservadurismo. Es una novela que cuando el consenso aún parecía unánime, empezó a resquebrajar algunas ideas aceptadas sobre todo lo que nos habían contado, de la transición política al mundo cultural español, desmontando una a una las razones por las que la llamada nueva narrativa española, esa que a los que tenemos menos de 40 años nos parece anticuada y lo de siempre, era la verdad y el camino. Agrietó el suelo y nos hizo asomarnos con vértigo a otra manera de medir y contar.

La novela luminosa (2004), de Mario Levrero. DeBolsillo: Hay un camino hecho de libros que te han ido cambiando como lector y otro camino hecho también de libros de los que, desde que escribes, también has ido aprendiendo. Algunos de esos libros cruzaron sendas, y son tan importantes a nivel de lector (que es como decir como persona) que de escritor. Otros solo pesan en una de las opciones. Con los años, parece que es más difícil que algo nos sorprenda. Aunque me mantengo con los ojos abiertos y el ánimo dispuesto a ser perturbado. Mi última gran sorpresa, el último libro que me descolocó de verdad y me hizo darle una vuelta a mi manera de leer, y me abrió puertas realmente nuevas a la hora de escribir, fue La novela luminosa, de Mario Levrero. No tanto la novela, que es notable, como su Prólogo, un texto de más de 400 páginas que es la obra cumbre de Levrero y el gran escrito kafkiano de principios del siglo XXI, y quienes ya han entrado en él entienden de lo que hablo. Y los que aún no han llegado a este libro, deberían aprovechar que DeBolsillo lo reeditó hace algunos meses para llevárselo a casa y perderse en sus páginas.

Verano (2009), de J. M. Coetzee. DeBolsillo: Verano cierra las llamadas Memorias de una vida de provincias. Así que es, en teoría, un libro de memorias. Pero Verano parte de la idea de las memorias para elevarse como una potentísima novela. Así como Infancia y Juventud, las dos primeras partes, sí novelan la memoria del niño y joven Coetzee, Verano viaja al futuro y desde la muerte del autor, lo recuerda. Y lo recuerda de manera cruda y ridícula. Las mujeres de su vida lo recuerdan y no lo ponen en buen lugar. Coetzee se expone cuando no tenía necesidad, cuando ya hacía años que había ganado el Nobel y podía limitarse a esperar la posteridad. Pero nunca ha dejado de pelear con la literatura, de excavar dentro y escupir fuera y darnos libros arriesgados, siempre notables. Este en particular, magnífico.

Ahora, a leer y a debatir. Y a seguir leyendo y a recomendar lecturas a quien todavía nos escuche. Pronto nos cae encima el Día del Libro.

Felices lecturas


Sr. E

lunes, 26 de octubre de 2015

El planeta DeLillo (III)

El planeta DeLillo, mi aproximación (III)

“No me conoce ni Dios – dijo –, pero tengo dos nominaciones al Premio de Novela de Misterio y Crimen Laszlo Piatakoff. Mis obras de un solo acto se estrenan sin excepción en una universidad agrícola muy a la última de Arkansas. Estoy en la mediana edad pero voy más fuerte que nunca. He participado en antologías de tapa dura, de bolsillo y hasta de papel de vitela, joder.
Conozco el mercado de la literatura como pocos. El mercado es algo extraño, casi un organismo vivo. Cambia, palpita, crece y excreta. Absorbe cosas y luego las escupe. Es una rueda viva que gira y crepita. El mercado acepta y rechaza. Ama y mata”. pg. 37 de La calle Great Jones.

“Todo el mundo se sabe lo de la cantidad infinita de monos. Se pone a trabajar a una cantidad infinita de monos con una cantidad infinita de máquinas de escribir y al final uno de ellos reproduce una gran obra literaria. No sé en qué idioma. Pero ¿qué me dices de una cantidad infinita de escritores metidos en una cantidad infinita de jaulas? ¿Acaso emitirían un ruido de mono? ¿Un ruido auténtico de chimpancé? ¿Acaso terminarían colgados por los dedos de los pies de una cantidad infinita de trapecios? ¿Acaso cagarían mierda de mono? Es una cosa académica, dirás tú. Y puede que tengas razón. Yo no lo sé. Pero una cosa sí sé. Todo se basa en estar en el sitio correcto y en el momento adecuado”. pg. 39 de La calle Great Jones.

“Te diré cómo ha corrido ese rumor. Ese rumor lo he hecho correr yo. Hay que tener a la gente desorientada. Si dejas que la gente se oriente, te arriesgas a que pasen muchas cosas, y la más probable es que pierdas la ventaja”. pg. 196 de La calle Great Jones.
  
Fue en el verano de 2.014 cuando empecé a sumergirme en Submundo. No sé si es mi novela favorita de DeLillo (esa quizá es Ruido de fondo) pero sí creo que es el artefacto más fascinante que DeLillo ha creado. Todo en esta novela de casi 1.000 páginas es desmesurado. La leí durante un mes de julio sucio y caluroso en el que montaba sin parar en metro con ese tocho en la mochila. Estaba sin trabajo y fui a muchas entrevistas con ella colgada de la espalda. Quizá por eso no me contrataron, porque llegaba a esas entrevistas aún demasiado inmerso en sus páginas. Tuve que terminarla, asimilarla, esperar a septiembre y entonces sí me dieron un trabajo (en el que de momento sigo). Submundo recoge una de las tesis centrales de DeLillo, que los que mandan no nos lo cuentan todo, que de hecho no nos cuentan casi nada, y a partir de esa idea construye una catedral narrativa. Los vencedores han escrito la historia y han sido ellos los que han dotado de orden a la narración de los tiempos. Pero hay otra historia (siempre hay otra) subterránea, escrita por perdedores y secundarios, que también dibuja el desarrollo de una nación y una sociedad. Esa historia puede partir de un legendario partido de béisbol, como hace en Submundo, y aprovechándose de ese mundo legendario, narrar el devenir de un país siguiendo la trayectoria de una pelota decisiva. Como género Submundo pertenece sin duda al de la búsqueda de la Gran Novela Americana. DeLillo también ha sucumbido, como casi todos sus compatriotas, de esta y otras generaciones de novelistas, a intentar cazar a Moby Dick. Submundo es una de esas novelas desmesuradas, apabullantes, a ratos laberíntica, que intentan captar en sus páginas lo que realmente significa Estados Unidos. Y no sé si alcanza a ser la gran novela americana, pero es una gran novela, y sin duda es americana. En Submundo nos encontramos con voces que se entrecruzan de un punto a otro del país. Voces que van construyendo una poesía coral que nos envuelve y no nos deja pensar en nada más. Nos interesa el béisbol mientras leemos Submundo. Sentimos la épica de un juego que de normal nos parece ajeno. Vamos a la caza de los secretos de los cantantes y actores de moda, de los políticos que se daban abrazos con mafiosos. Vivimos en ese otro mundo, paralelo, a ratos irreal, a ratos aterradoramente real, durante todas las horas que nos lleve la lectura de la novela. Dicen algunos críticos que la estructura de Submundo no está del todo equilibrada. Creo que es cierto pero no creo que sea porque DeLillo buscara una novela perfectamente equilibrada y errara el tiro. Los que siempre dicen que a una novela le sobran páginas o que Moby Dick está sobrevalorada, esos mismos que en el terreno del sexo deben despreciar a las mujeres con redondeces, no estarán interesados en Submundo. Pero es que por la propia historia que cuenta, Submundo está obligada a padecer de gigantismo en algunos puntos, y hasta a aburrirnos durante algunas páginas con digresiones que estrictamente hablando no eran necesarias. Y debe hacerlo porque la vida es así, llena de intermedios de baja intensidad que se suceden con picos donde apenas podemos respirar.


Antes de que acabara 2.014 leí Los nombres, recién traducida del inglés (es de 1.982). En esta novela Don DeLillo convierte en trama otra de las ideas que siempre están debajo de sus historias: que las palabras cambian la realidad que nombran. Una especie de principio de indeterminación lingüístico sobre el que siempre ha reflexionado. Ambientada en Grecia, donde DeLillo vivió en los setenta, habla de un grupo de lingüistas obsesionados con unos nuevos códices encontrados en Asia Menor, y también de un grupo de terroristas (en las novelas de DeLillo siempre hay grupos que tratan de cambiar la percepción de la realidad de la gente: a veces son políticos, a veces son una secta religiosa, o agentes de inteligencia dobles o triples, a veces publicistas, a veces, como aquí, directamente son terroristas, otros son un poco de todo éso) obsesionados con el lenguaje. Los diálogos que giran sobre las palabras se convierten aquí en el principal motor de avance de la trama. Las reflexiones sobre las infinitas posibilidades de manipulación del lenguaje sustentan la novela. Los nombres precede a Ruido de fondo y al póker de obras clave de la producción de DeLillo, y sin alcanzar sus cotas de excelencia, prefigura temas que reaparecerán en Ruido de fondo con un enfoque ya muy parecido. No llega a la categoría de 10 de las siguientes novelas de DeLillo (quizá siendo generosos es un 9) pero creo que es su primera novela plenamente consciente y en la que eleva su ambición hasta los niveles a los que luego se acostumbraría, siendo un autor que normalmente ajusta muy bien el resultado a la ambición que se detecta detrás. En Los nombres están presentes los miedos organizados por el sistema, los terroristas, las digresiones, las conversaciones que suenan teatrales en una primera lectura pero que luego se convierten en uno de los elementos básicos del estilo de sus novelas, la manipulación del lenguaje como arma de dominación. Y todo en una novela cuya trama gira precisamente alrededor del lenguaje. DeLillo es un escritor obsesivo y que obsesiona a los lectores que entran en su mundo, y aquí ya está todo, aunque aún le faltara un poco para pulirlo.


Mi primer DeLillo de 2.015 fue La estrella de Ratner, recién traducido (es de 1.976). Es un libro que es la cara de la misma moneda de la que Los nombres es la cruz (o viceversa). Son dos novelas que creo que se refuerzan la una a la otra y que establecen diálogos entre ellas. Un equipo de científicos recibe una comunicación desde un sistema solar situado alrededor de esa estrella de Ratner del título. Y recurren a toda la artillería de que disponen para descifrar las comunicaciones y esa artillería incluye un centro secreto en el que los mejores científicos y matemáticos deberán probar todas las opciones. Y una de las principales esperanzas de ese centro es un niño prodigio, genio precoz de las Matemáticas. Un niño hijo de una familia con problemas de comunicación (las familias disfuncionales, y más allá, las familias en las que se ponen en cuestión las estructuras de poder habituales, son muy habituales en sus libros, son centrales en Ruido de fondo, en Mao II y también en esta novela). Es otro más de los niños adultos de las novelas de DeLillo, pequeños viejos atrapados en cuerpos pequeños, obsesionados por los males de la sociedad, dotados de dones para el análisis (en este caso matemático) superiores a los adultos, torpes y lentos a su alrededor. Son niños mutantes que dan miedo. Pero aunque DeLillo los caricaturiza, no olvidemos que vivimos rodeados de esos niños a los que se obliga a comportarse como adolescentes (sobre todo en su concepción de consumidores) desde los seis años y adolescentes a los que se les prolonga el estado larvario hasta pasados los treinta (para que sigan comprando despreocupadamente). Si el lenguaje general es un arma de manipulación, fácil de retorcer en algunas manos, el lenguaje científico y matemático ya es críptico de por sí y necesita unas claves de entrada para ser descifrado. Las vueltas del lenguaje y los secretos que se pueden esconder del ojo humano poco entrenado detrás de las palabras y la jerga son aquí, una vez más, la preocupación dominante. Y nuevamente DeLillo insiste en la idea de que los partidos clave de la sociedad no se juegan en la cancha, donde todos podríamos verlos, sino en despachos secretos y centros aislados. DeLillo tiene un don para recoger temas de la cultura más baja, como era en los setenta la comunicación con los extraterrestres, en una década llena de avistamientos y sensacionalismo alrededor de ese tema, y a partir de esas anécdotas centrales de serie B o menos construir literatura seria y ambiciosa.


En la primavera de 2.015 me he acercado al último de los cuatro libros principales que me faltaba de DeLillo, Libra. Libra es una novela sobre la conspiración para asesinar a John Fitzgerald Kennedy. Y también es una reconstrucción de la vida de Lee Harvey Oswald. Libra es esas dos cosas y es también una denuncia de los sistemas de seguridad que se mueven por debajo de los sistemas de derecho, ajenos a tal derecho, manejando a veces cuestiones tan capitales como quiénes deben dirigir países. Pero Libra es sobre todo el primer intento de DeLillo de cazar esa gran ballena blanca que es la gran novela americana. Para mí Submundo es superior a Libra porque no se centra tanto en un caso concreto y trata de abordar toda la sociedad en su conjunto, pero Libra también está retratando, a partir de esa investigación central, la sociedad americana, y desde ella, no nos engañemos, el mundo. Libra es sobre todo una de las grandes novelas contemporáneas sobre la mentira, sobre la construcción de relatos paralelos que encajan y permiten, por su coherencia, esconder la verdad tras una mentira. La eterna indicación de Aristóteles, el relato no debe ser verdadero sino verosímil, ha sido trasladada, nos dice DeLillo, de la creación de ficción (pura y en principio inocente pues sólo está orientada a satisfacer al lector) a la narrativa de la historia oficial. DeLillo se adelantó casi veinte años (Libra es de 1.988) a todos esos que empezaron a mediados de los 2.000 a analizar el storytelling subyacente a las construcciones políticas dominantes y empezaron a encontrar puntos comunes, nodos del engaño en todos ellos. Lee Harvey Oswald es un paria que se ha criado solo con una madre que no ha sido ni mucho menos ejemplar, que ha ido rebotando de escuela en escuela, y no se sabe muy bien si es un pequeño genio o un chaval de capacidades intelectuales tirando a muy escasas, al que los servicios de inteligencia infiltran para que genere el caos. Vemos cómo lo intoxican de ideología y cómo lo entrenan militarmente. Parece que nadie sabe para qué emplearlo pero parece claro que todos quieren emplearlo. Oswald acaba creyéndose un ángel de la historia y acaba dando el gran golpe. Un golpe del que los servicios de inteligencia en parte sabían algo y en parte no sabían nada. Porque el lenguaje vuelve a servir para cubrir de humo la realidad y no dejarnos ver nada, y en ese estado no hay blancos y negros tan definidos, y la conspiración de la que habla DeLillo no es una conspiración fácil, no es una conspiración de unos señores malos reunidos en una sala oscura decidiendo matar a Kennedy, el héroe. La pequeña y la gran mafia están por ahí. Los intoxicadores que nunca faltan en las historias de DeLillo. Cuba y Castro. Los anticastristas. Los que escriben la realidad y al hacerlo ya la están deformando. Los parias que creen que ha llegado su momento. La comisión Warren. Libra es una novela que suma más caos al caos. Es una novela de primera que tiene un argumento de novela de serie B para leer en un viaje en tren. Del trastorno mental y la distorsión de la realidad que están detrás de toda teoría conspiratoria DeLillo hace literatura de primera. De Libra, como artefacto literario, salen directamente la película JFK de Oliver Stone, David Foster Wallace y toda la última producción de James Ellroy. También han bebido en sus fuentes Martin Amis e incluso Stephen King en su novela sobre el magnicidio de Dallas. Y esos sólo son los que reconocen haberse sentido inspirados por ella. Hay que leer Libra como la novela de ficción enloquecida que es pero también hay que leerla con la intención de localizar todas las líneas intermedias que quedan en el aire, y por último hay que leerla como documento histórico, no tanto de lo que pasó en Dallas cuando mataron a Kennedy como del cambio social en aquella época y de la psicosis colectiva posterior al asesinato. Hay que leerla en todas sus variantes y no volver a confiar en lo que nos cuenten.


Ya vamos terminando. Se dice que DeLillo es frío. Y lo es, pero pretendidamente. Quienes hablan de su frialdad lo hacen comparándolo con otros grandes novelistas que retrataron su tiempo, queriendo decir que DeLillo ambiciona retratar su tiempo pero no lo hace con la pasión de un Tolstoi o un Dostoeivski. Pero los tiempos son otros y las palabras deben ser otras. La pasión con la que un Dostoievski se mete en las vidas de sus personajes resulta exagerada para el lector cínico de la sociedad postmoderna. Ese lector puede admirarlo pero el suyo no es el tono de nuestros tiempos (DeLillo de hecho admira a Dostoievski, como muestra de modo indirecto en el relato Medianoche en Dostoievski, pero sabe que sería ridículo intentar ser como él). DeLillo es un escritor profundamente humano, y quienes quieran comprender mejor las interioridades de la época que les ha tocado vivir deberían acercarse a su obra: rica, viva, llena de matices. Yo seguiré haciéndolo. Me alegra saber que aún no he leído Americana, su primera novela, situada en el mundo de la publicidad en el que se ganó (y parece que bien, que era un profesional cotizado) la vida durante años, ni Fascinación, en la que aparecen Hitler y su interés por el arte pornográfico como mcguffin de la trama, ni los ensayos de En las ruinas del futuro ni Contrapunto, todos ellos libros que irán acompañando mi 2.016. Me hace salivar pensar en su próxima novela. Y que no les engañen diciéndoles que DeLillo es un escritor difícil o críptico. Vayan a una biblioteca y juzguen por ustedes mismos. O aprovechen que la mayoría de su obra traducida ya está disponible en ediciones de bolsillo en Austral. Por menos de 10 euros pueden conocer un nuevo amor.

La semana que viene volveremos a las reseñas en formato tradicional

Sr. E