sábado, 30 de abril de 2016

Las palabras de un futuro Premio Nobel. Encuentro con Mircea Cartarescu.

Las palabras de un futuro Premio Nobel

No acudo con demasiada frecuencia a acontecimientos literarios; ni firmas, ni presentaciones, ni encuentros con autores. Pero este último jueves fui a la librería Alberti de Madrid a un encuentro con el escritor rumano Mircea Cartarescu. Me enteré de que su editorial (Impedimenta) organizaba ese encuentro el miércoles por la noche, y pese a que mi jueves iba a ser largo y exigente, pensé que sería un buen plan para después del trabajo. El título de la entrada pretende hacer referencia a algo que últimamente he oído apuntar sobre el autor: que será Premio Nobel en los próximos diez años. No sé si será verdad, ni me importa, porque algunos de mis escritores preferidos nunca han estado cerca de dicho Premio, y quienes han estado cerca (según los rumores) entre mis lecturas habituales (Philip Roth, Don DeLillo) ni lo han ganado ni van a ganarlo. El único Premio Nobel contemporáneo al que leo con atención es a J. M. Coetzee, aparte de novelas concretas de Vargas Llosa, y mi eternamente pendiente lectura de Naipaul.

Uno esperaría que un futuro Premio Nobel fuese un señor distante y soberbio, pero Cartarescu me pareció un escritor cercano, pese a lo difícil que era teniendo en cuenta que iban traduciendo sus palabras después de cada frase, que trataba de explicar su oficio y sus artes. Y uso la palabra arte porque insistió varias veces en que él se consideraba un artista, un poeta y narrador que piensa que la primera y principal obligación de un escritor es la obligación estética. Cartarescu nos contó que esa idea chocaba con las dominantes en la Rumanía en la que él se crió. Cartarescu habló mucho de esa Rumanía que ya sólo existe en su memoria, y de cómo esa Bucarest que fue se ha ido filtrando en sus escritos. Nos tuvo en vilo con dos pequeñas historias que parecía estar inventando en ese momento para nosotros, la de la compra de un pantalón vaquero en el mercado negro, y la de su primera experiencia con el café soluble. Dos realidades anodinas que para él, en algún momento de la vida, fueron novedades mágicas, y que con la mirada adecuada convenientemente aplicada, se convierten, como él hizo, sin descubrirnos el truco, como haría un buen mago, en alta literatura.

Cartarescu desarrolló algunas de sus obsesiones, como la memoria, las ruinas, las ruinas de la memoria y cómo los discursos construyen la realidad, y construyen distintas realidades dependiendo del tipo de discurso que formen. Habló de los sueños, de la influencia que tienen en una obra que todos los lectores califican de onírica, pero no tanto porque los sueños sean imágenes potentes sobre las que escribir, sino porque construye mundos en los que los sueños funcionan como una realidad que se entrecruza con la que habitualmente vemos, deformándola y cambiándola para siempre.

El autor habló de la necesidad de soledad que tienen los escritores para poder crear, y de cómo esa soledad es cada vez más difícil de conseguir. Aparte de para crear literatura, también habló de que esa soledad es necesaria para cualquier persona que quiera tener una vida interior, y esa vida interior queda muy deteriorada por la necesidad constante de estar en contacto con los demás y compartiendo. Cartarescu fue honesto al reconocer sus modelos. Habló de Kafka y de Borges, y también de otros autores, pero está bien que un autor reconozca como influencias a quienes todos los críticos han visto que son sus antepasados literarios. También nos explicó de dónde habían surgido algunos textos de su nuevo libro, El ojo castaño de nuestro amor.

Fui al encuentro con Cartarescu movido por la curiosidad de ver y oír a un autor sobre el que sólo he recibido recomendaciones, aunque apenas haya entrado en su obra. Debo reconocer que sólo he leído hasta ahora dos textos de Cartarescu. Un viejo libro que encontré hace unos años en la biblioteca, titulado Por qué nos gustan las mujeres, que Impedimenta no ha recuperado y de momento no sé si piensa publicar, pues su editor anunció que de aquí a 2.020 tienen previsto editar a Cartarescu y no se habló de ese libro (quizá los derechos de dicha obra pertenecen aún a la editorial que lo editó en esa primera ocasión), y el relato El ruletista. Creo que El ruletista es el texto más famoso de Cartarescu, y es un relato bastante largo, soberbio. Alguien se gana la vida en Bucarest jugando a la ruleta rusa en oscuros locales. Sobrevive una y otra vez, hasta que logra suspender toda sensación de realidad en el lector. El libro que compré el jueves para que Cartarescu me firmara es Nostalgia, una colección de relatos que incluye como primer texto El ruletista, que releeré con gusto. Tengo curiosidad por conocer otros libros de Cartarescu, ya iremos comentando algunas impresiones.

Buenas lecturas
Sr. E

viernes, 22 de abril de 2016

Libros para el Día del Libro

Algunos libros para el Día del Libro


Llego a la semana del Libro terminando mi relectura de “Pastoral americana”, de Philip Roth y “Las aventuras del valeroso soldado Schwejk”, de Jaroslav Hasek. 


Tengo lecturas pendientes (siempre las tenemos, por eso entre otros motivos este blog se llama así), y libros que quiero releer, y dos bibliotecas con sus estanterías llenas de libros para prestarme, pero aún así, año tras año, caigo en las trampas comerciales relacionadas con los libros, y acabo regalándome alguna cosa en estos días señalados por sus ventas y sus actos. Hace años que renuncié a entrar a firmas atestadas y a conferencias que huelen a material reciclado de otros años (también porque desconfío profundamente de todos estos actos organizados desde el poder, porque creo que el número de intermediarios entre los libros y los lectores debe ser el mínimo, y sobre todo porque no creo que nadie vaya a lanzarse a leer porque se lo recomienden los consejeros y concejales de cultura correspondientes), pero no soy capaz de privarme de la compra de algún libro sobre el que estampo mi firma y el día y el año en que ha sido comprado. En los últimos años cayeron en días parecidos libros tan importantes para mí como La trilogía involuntaria de Levrero, los Cuentos escogidos de Fogwill y Tobias Wolff o los Cuentos completos de J. G. Ballard. Como este año el día del libro me cogerá fuera, de camino a recoger un premio que los amigos de la Universidad Popular Helénides de Salamina de Cáceres me han concedido por mi relato “Olvidando Dublín”, he adelantado la carta a los Reyes de los Libros, y voy a darme un paseo temprano por librerías que aún estarán a medio gas. Aparte de algunos regalos para otras personas, tengo en mente (otra cosa será luego lo que la cartera y la mala conciencia permitan) valorar la compra de:

Pedigrí, de George Simenon: Me interesa Simenon. He leído desde hace muchos años decenas de sus novelas, de las de Maigret y de las que no están protagonizadas por el famoso inspector. Simenon siempre es un narrador eficaz y poco exhibicionista. Discreto, directo, sus historias suelen funcionar y siempre meten el dedo en alguna llaga relacionada con la hipocresía. Este libro, Pedigrí, es el más personal de Simenon. Son unas memorias, por lo que he leído sobre él, no protagonizadas directamente por él sino por un niño y luego joven belga que fue niño y joven en tiempos parecidos al propio autor, lo que ha hecho que siempre se considere que es el material más autobiográfico que nunca escribió.


El origen de la tristeza, de Pablo Ramos: He leído por encima en la biblioteca los dos primeros tomos de la trilogía de Pablo Ramos que ha editado Malpaso. Y quiero empezar a leerla con más calma, porque me parecen libros con poso, con un buen narrador detrás. Son historias de un barrio de Buenos Aires, narradas en este primer volumen desde la perspectiva de un niño que va dejando de serlo con el transcurrir de las páginas. Son tres historias que se suceden y que van dibujando la vida. Uno de los escritores argentinos a los que Fogwill recomendaba en sus últimos años era a Pablo Ramos, a quien consideraba un narrador de raza, apartado de manierismos. Y Fogwill era bastante más dado a las fobias que a las filias, lo que me lleva a no perder de vista su opinión.


El adversario, de Emmanuel Carrère: Disfruté mucho de Limónov hace un par de años, y sé que leí El adversario en algún momento hace seis, siete años, pero también sé que en aquel momento no significó demasiado para mí. El año pasado por estas fechas me compré De vidas ajenas, a la que por su temática dura y amarga aún no me he acercado. En los últimos meses varios lectores capaces me han recomendado encarecidamente El adversario, así que he decidido comprarme la edición en bolsillo para que me acompañe en las próximas semanas en mis viajes en metro. También me planteo buscar El reino, su último libro, no diremos novela porque parece que Carrère ha dicho que renuncia definitivamente a dicho género y piensa profundizar en esa mezcla de memoria, ensayo y géneros de no – ficción que domina.


Breve historia de siete asesinatos, de Marlon James: De las novedades de lo que va de 2.016 creo que este es el libro que más me llama la atención. Es la novela que ganó el Premio Booker en 2.015, y narra, a partir del tiroteo contra Bob Marley en 1.976, las últimas décadas de la vida social y política en Jamaica. Lo cual incluye, por supuesto, rasta faris, drogas, mafias locales, políticos corruptos, bandas enfrentadas, la influencia de las potencias extranjeras, y la CIA. Las reseñas que he leído hablan del magisterio del Bolaño de Los detectives salvajes, pero la verdad es que a lo que más me recuerda una historia de novela negra con connotaciones políticas y agencias de inteligencia extranjeras metiendo mano ha sido a El poder del perro, una novela muy reivindicable de Don Winslow, en la que comentaba hace poco con un amigo que había aprendido por ejemplo el origen del término república bananera.


Cuentos reunidos, de Paul Bowles: He hablado hace poco de los cuentos de Bowles como muy influyentes en mi determinación de lanzarme a escribir y de explorar el mundo del relato. El libro que originalmente tuve de Bowles lo perdí en alguna mudanza, o me lo olvidaría alguna vez en algún autobús o tren de cercanías. Desde hace años me da la sensación de que Bowles está casi desaparecido de las librerías. Y nadie lo recomienda, nadie lo lee, no ha influido a nadie, y yo recuerdo que sus relatos, brumosos, completaron junto con la lectura inicial de Carver y Bolaño mi primera conexión con el mundo del relato. Por sorpresa, me he encontrado con esta nueva edición de Alfaguara, que intentaré llevarme a casa.


Canadá, de Richard Ford: Leí Canadá hace un par de años, cuando salió, tomándola prestada de la biblioteca. Ahora que ha salido en bolsillo creo que es el momento de hacerme con ella para mi colección y releerla en los próximos meses. Canadá fue lo mejor que leí aquel año, y por una vez coincidió con la opinión de Babelia y otros suplementos culturales con los que es raro coincidir. No he encontrado en las novelas de Frank Bascombe la magnificencia que otros ven, pero Canadá me hipnotizó. Pertenece a esa clase de novelas que se la juegan dinamitando la trama desde la primera línea. En la primera página el narrador ya te ha resumido todo lo que va a suceder, y a partir de entonces va a contártelo, y ahí es donde entra la potencia del escritor para lograr mantenerte en vilo al otro lado de la página. Es una apuesta muy arriesgada que pocos escritores pueden mantener sin perderla.

Por supuesto, también voy a salir con los ojos bien abiertos a la búsqueda de sorpresas inesperadas, nuevas ediciones en bolsillo, clásicos reeditados, etc. Comentaremos nuevas lecturas próximamente.

Comprad con moderación y leed sin mesura.
Y haced de todos los días un buen día del libro.
Sr. E.

jueves, 31 de marzo de 2016

Cuentos pendientes de marzo

Mis lecturas de marzo:

Llego a las últimas horas del mes con una lista de buenas lecturas preparada. He releído con mucho gusto obras de Bolaño y de Levrero. He leído bastantes relatos, y todos de un buen nivel. He leído también una de las pocas obras de DeLillo que me quedaban por leer, un curioso libro sobre la llegada del campo a la ciudad en la Yugoslavia de Tito, y una de las que probablemente debieran estar entre las mejores novelas españolas del año, Todos los miedos.

Todos los miedos, de Miguel Ángel González, Ed. Siruela: Miguel Angel González ganó con Todos los miedos el último Premio de Novela Café Gijón. Dentro de los premios que valoro, y que en general son pocos, está sin duda este Café Gijón del que ya habían salido dos de las para mí mejores novelas españolas de la última década, Concierto del No – Mundo de A. G. Porta y Los asesinos lentos de Rafael Balanzá. Quizá no sea demasiado atrevido subir a esa misma lista de novelas españolas destacadas de la última década Todos los miedos. Miguel Ángel González parece un recién llegado, pero sólo lo es para el público de las grandes editoriales. La verdad es que lleva al menos diez años escribiendo y acumulando premios y experiencia por ello. Se le nota esa cantera en campos de tierra, como diría Bolaño, todos esos años marcando goles en 2ª B se detectan en su llegada a la Primera División de los narradores. Aún siendo un concepto del que desconfío profundamente, diría que en esta novela se detecta autenticidad. Leo el libro y leo a un narrador nato, a alguien incapaz de no estar inventando la realidad según transita por ella, y que lleva años haciéndolo, y seguirá haciéndolo, independientemente de que la fortuna lo premie con reconocimientos o lo ignore.
Todos los miedos es una novela en la que nos encontramos con dos historias que no aparecen entremezcladas, que podría haber sido una tentación comprensible por parte del autor, pues habría ayudado a que los puristas de lo que es una novela o lo que no lo es la hubieran asimilado con más facilidad. Son independientes, y así se nos presentan. Primero leemos una (¿Quién teme al lobo feroz?) y luego leemos la otra (Lo que sé del olvido). Son independientes pero sin duda orbitan en un mismo Sistema Solar. Cada una de esas historias se va escribiendo a base de pequeños fragmentos que muy acertadamente van dibujándolas. Todos los miedos, quien lo lea lo notará, es un título muy bien elegido. ¿Miedos a qué? A que le hagan daños a quienes más queremos, a no poder recuperarnos de un duro golpe, a vernos solos, a morirnos, a pensar que nadie nos recordará.
Miguel Ángel González nos presenta en la primera historia la destrucción de una familia. Una madre es raptada, maltratada y violada en unos larguísimos días de secuestro. Su marido y su hijo, el narrador de esta historia, tratarán de aguantar. Y cuando ella vuelve, deben estar ahí para levantarla. Aunque todos, ella la primera, saben que la vida no volverá a ser la misma. Porque ella nunca podrá volver a confiar en la humanidad ni volverá a caminar por las calles como si no fueran una selva. Ni ellos podrán olvidar los días que pasaron, ni la madre a la que se llevaron y a la que no les devolvieron del todo. No sabemos en ningún momento quiénes son los que la secuestran. Y ese es uno de los elementos que más contribuyen al terror existencial que nos produce la narración. No parece haber motivos especiales para hacer algo así. El autor apunta a la simple maldad. Una maldad estúpida e indiscriminada, que sabemos que existe.
La segunda narración es la de un hombre condenado a muerte por una terrible enfermedad. Alguien que parece joven y a quien vemos acercarse a esos últimos días en completa soledad. Mira hacia atrás y ve un paisaje desolado lleno de errores, malentendidos y más soledad. Un narrador que está pasando su última noche en el mundo en compañía de nosotros, los lectores, mientras busca un poco de compañía.
Puestos a elegir, y dentro del alto nivel del libro, me ha sugerido e inquietado mucho más la primera de las narraciones. El estilo de todo el libro va haciéndose poético a base de laconismo. Sugiere más que cuenta, y somos los lectores los que acabamos de dibujar la acción. Los epígrafes del libro son de Raymond Carver y Charles Bukowski, sin duda dos referencias claras para el autor. Con esas influencias y ese estilo, la obra final suena al Ray Loriga de los noventa (y para mí Loriga tiene dos o tres libros muy valiosos), y también me ha recordado, con ese raro lirismo que acaba produciendo, a dos libros de Félix Romeo, Discothèque y Dibujos animados, que leí hace mucho. Miguel Ángel González oxigena en algunos momentos dos historias de una alta carga emocional con apuntes que en principio no están relacionados con la trama, pues son anécdotas sobre escritores, personajes públicos (me parece brillante la introducción de la novela, antes de la llegada de las dos historias, que ya nos va situando en el mundo narrativo al que vamos entrando), películas. No esconde sus referencias, y se agradece, yo personalmente no me fio de los escritores de treinta años o aún menos que dicen haberlo aprendido todo de Delibes o Carmen Laforet o Pérez Galdós. Miguel Ángel González enseña claramente cuáles son sus referentes y desde ellos construye una obra personal, compleja, desasosegante y muy recomendable.


Historias del otro lugar, de José María Merino, Ed. DeBolsillo: Este libro recoge prácticamente la obra breve completa de José María Merino. Son en total 66 relatos que habían aparecido previamente en forma de 5 libros de relatos, y algunos que habían aparecido de manera suelta. Este libro supone, en su edición, una actualización de Cincuenta cuentos y una fábula, aparecido en 1.997. Estos relatos de José María Merino son los que más se ajustan a la idea clásica de relato, tanto en extensión como en temática y forma, pues sus microrrelatos han ido apareciendo en paralelo en los últimos años en Páginas de Espuma. Los relatos de José María Merino se acercan casi siempre a esa línea fantástica que sale de ver las pequeñas variaciones de la realidad y analizar la extrañeza de esas misma realidad. Merino, leído, sabe a Cortázar, aunque es más clásico que el argentino, sabe a un Cortázar menos arriesgado, sabe a Bioy Casares, sabe casi a Poe y Hoffman. José María Merino maneja unos pocos temas clásicos en el relato breve de corte fantástico, de modo que al recogerse aquí distintos libros hay relatos muy parecidos, pues en casi todas sus colecciones hay una historia de dobles, una historia de fantasmas, alguna de locura, pequeñas leyendas, temas que va variando poco pero con encanto. Si en los institutos españoles se estudiara relato breve, podrían utilizarse los cuentos de José María Merino, pues son relatos bien trabajados, muy bien escritos, con dominio técnico, que se pasean por los motivos clásicos del relato, en los que se detectan muchas y profundas lecturas de los maestros. No creo que ningún lector conocedor del mundo del relato breve tenga en la memoria marcados a fuego los relatos de José María Merino, pues quizá les falta siempre un detalle que los particularice, que se atreva a hacerlos volar en un lugar destacado. Pero sin duda ese mismo lector los leerá con gusto, con agrado, reconociendo en ellos a alguien que conoce, trabaja y respeta perfectamente la tradición del género. 


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La ley del deseo, de Andrej Blatnik, Ed. Baile del Sol: Este es el segundo libro que he leído de la colección Deleste de Baile del Sol. Es una colección especializada en literatura balcánica. Blatnik es esloveno, y bajo este almodovariano título se presenta una colección de relatos originalmente publicados a principios de la década de los 2.000. La narrativa de Blatnik no es exótica, y bebe claramente de sus modelos norteamericanos. El elemento decisivo de la trama del primer relato, metaliterario como la mayoría de ellos, es un encuentro entre un hombre y una mujer alrededor de un libro de relatos de Raymond Carver. Carver es sin duda la presencia dominante en el horizonte de Blatnik, quien aunque escribe de ese modo lacónico y minimalista que suele relacionarse automáticamente con Carver, introduce elementos más propios del posmodernismo (juegos narrador – autor, desdoblamientos, reflexión sobre la historia desde dentro de la misma) en la que se ven también las lecturas de otros autores, particularmente me ha recordado algunas historias de Lorrie Moore y David Foster Wallace. La Guerra de los Balcanes no es un gran tema en el libro, aunque su presencia es a veces un telón de fondo claro, y Blatnik nos muestra que la soledad y la incomunicación, también en Ljubliana, en tiempos de guerra y en tiempos de paz, son algunos de los grandes enemigos del ser humano contemporáneo. Destaco especialmente los relatos De qué hablamos nosotros dos, el relato que explota a partir de De qué hablamos cuando hablamos de amor, de Carver, del que hablaba, que va hilando las vidas de dos solitarios, Más cerca, la historia de un hombre que parece que va continuamente de un lado a otro, pero siempre lejos de su mujer, con la que las cosas no van bien, y de su hijo, al que siempre está echando de menos, rehén de una guerra fría entre sus padres, y dos historias más breves, Cuando el hijo de Marta volvió, en el que la guerra se hace más presente, pero como una presencia fantasmal, lejana, de la que se vuelve como se vuelve directamente de la muerte, y El testigo principal, casi un microrrelato, de poco más de dos páginas (en un libro en que los hay del orden de las cuarenta) que reflexiona sobre lo difícil que es renunciar a ser igual a todos y mantener las diferencias.


Fascinación, de Don DeLillo, Ed. Austral: Ya hablé aquí largo y tendido de mi fascinación (valga el juego fácil con este título concreto) por la obra de Don DeLillo.
Fascinación es la última novela de DeLillo a la que he llegado, y una de los pocos libros dentro de su obra que me quedaban por leer. Fascinación es una novela extraña, pero en general las novelas de DeLillo lo son. Como en muchas de sus historias, parece que nos metemos dentro de una historia propia del pulp y la serie B. Se entremezclan las escenas tópicas de novelas de espías y novelas negras. Nos movemos en los márgenes de la ley, entre agentes de inteligencia que se infiltran en cualquier clase de movimiento contestatario, vemos cómo es la vuelta a la realidad americana de quienes fueron a la guerra de Vietnam, conocemos a empresarios de éxito con secretos inconfesables, y vemos cómo todo se va mezclando. El título original de la novela es Running dog, el nombre de una revista de investigación con una gran carga política que parece estar a punto de destapar un escándalo. La novela, como la mayor parte de las historias de DeLillo, se construye a partir de un mcguffin que le permite al autor enseñar la realidad oculta del mundo que creemos conocer, los recovecos del poder, las fuerzas que nos manipulan y los constantes conflictos en los que nos meten. En este caso esa trama se arma a partir de la búsqueda desesperada por parte de algunos de los personajes de una supuesta y mitificada película pornográfica relacionada con Adolf Hitler. Cuando leí la contraportada por primera vez, en la librería, creo que pensé algo así como: “¡nazis y pornografía, debe ser un buen libro, sólo le faltan los extraterrestres y los dinosaurios para ser la mejor novela de la historia!”. Y la verdad es que es una buena novela. Los libros de DeLillo, a falta de extraterrestres y dinosaurios, sí funcionan por acumulación de elementos, como un buen cocido. La prosa tiene el mismo toque hipnótico que el autor iría perfeccionando con los libros, pues sin llegar a ser una de sus grandes novelas, y no llegando quizá ni a ser un DeLillo de segundo nivel, sino uno de sus libros de tercera fila, eso sigue dejándolo en un lugar muy destacado dentro de la narrativa del último medio siglo. El libro tardó muchos años en traducirse y publicarse en España, lo que quizá da una pista sobre el olfato de los editores (aunque hay que reconocer que ahora mismo casi toda su obra está en Seix Barral y llegando a ediciones de bolsillo a través de Austral). No es su mejor novela, y desde luego no es la mejor para empezar a leerla, pero es un libro interesante para quien ya lo haya leído antes, en el que se viaja poseído por esa manera tan particular de escribir, y del que se vuelve otra vez más con la convicción de que no nos enteramos ni de la mitad de lo que de verdad ocurre, y que el Bien y el Mal, no nos engañemos, desaparecieron hace mucho como conceptos puros, y viven en un continuo mestizaje.


El tiempo de las cabras, de Luan Starova, Ed. Libros del Asteroide: Luan Starova nació en Albania aunque desde muy joven vivió en Macedonia. Conoció desde su infancia la Yugoslavia de Tito, y en ella se enmarca esta obra, que parte de una anécdota aparentemente anodina pero cargada de significados. Los campesinos llegan a la ciudad, porque la sociedad perfecta comunista hermanaría por fin a los habitantes del campo con los proletarios de la ciudad, y la realidad entra en conflicto con los ideales. Los campesinos que van llegando a los arrabales de la capital van trayendo sus costumbres, sus familias, y por supuesto, también, a sus cabras, con las que habían vivido en cercanía y alimentándose de ellas durante generaciones. No conciben la vida sin cabras, y no entienden las pegas que las autoridades parecen ponerle a ese desembarco con animales. Así que como si nada hubiera cambiado para ellos por la llegada del comunismo y por el tránsito a la ciudad, empiezan a construirles establos y siguen viviendo de las cabras, como siempre hicieron. Los habitantes originales de la ciudad, al principio desprecian a esos paletos recién llegados, pero poco a poco irán aceptando su llegada, sus modos y sus ideas, quizá no tan alejadas de los ideales de solidaridad y hermandad entre pueblos que el régimen de Tito promovía. Es una novela costumbrista, agradable, simpática, de lectura cómoda y confortable, que nos permite conocer un tiempo y un lugar interesantes.


Relecturas

La literatura nazi en América, de Roberto Bolaño, Ed. Anagrama: Siempre me ha parecido que los dos grandes referentes de Bolaño a la hora de escribir fueron Vargas Llosa (de quien hay rastros en la manera de estructurar sus novelas, aunque fuera una influencia que Bolaño no tendía a reconocer, pese a que sí reconocía su admiración por las grandes novelas del peruano, de quien lamentaba la evolución que había seguido, y por suerte nunca llegó a verlo con Isabel Preysler, convertido en un personaje de la prensa rosa) y Borges, a quien siempre consideró y declaró el gran autor latinoamericano. Si hay un libro decididamente borgeano en la obra de Bolaño es sin duda éste, un volumen en el que Bolaño inventa las biografías y bibliografías de decenas de autores de ideas nazis o seudonazis (aunque por la propia cronología de su obra algunos de ellos murieron antes de la existencia de los propios nazis) al modo de la Historia universal de la infamia. Los escritores que inventa Bolaño tienen vidas plagadas de detalles propios de perdedores, pues estos nazis y criptonazis, son, sobre todo, escritores mediocres, con aspiraciones de grandeza, a los que nadie hace demasiado caso, a los que todos, en este mundo del libro, parecen haber olvidado, lo que hace más necesaria (y completa aún más la poética de los perdedores, con otro perdedor haciendo de antólogo de fracasados) la labor de recuperación del autor.


Dejen todo en mis manos, de Mario Levrero (primera novela corta del volumen Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo y otras novelas), Ed. DeBolsillo: Los estudiosos de la obra de Levrero, entre los que muy probablemente y de modo humilde me encuentro, aunque sea de una manera caótica y desordenada (claro que no puedo imaginarme otra manera de ser experto en Levrero) suelen localizar un cambio decisivo en la obra de Levrero a partir de las novelas breves El alma de Gardel y especialmente en Dejen todos en mis manos. En estas dos novelas cortas, Levrero empieza a introducir elementos autorreflexivos intercalados en su narración, que hasta entonces había sido más lúdica (teniendo claro que el sentido lúdico de Levrero muchas veces es absurdo y pesimista, kafkiano). El protagonista de Dejen todo en mis manos es un trasunto del propio Levrero, un autor uruguayo que lamenta su mala suerte y la falta de comprensión de críticos, editores y público, a quien uno de esos mismos editores, después de rechazar su nuevo libro, le encarga un trabajo. Tiene que localiza al autor o autora de una novela (ésta sí una obra maestra indiscutible, no como las suyas) que llegó hasta allí sin señas. El protagonista debe llegar (penosamente, como siempre que un personaje de Levrero debe dejar su casa y viajar, sin duda uno de sus demonios constantes) hasta una ciudad perdida en mitad de la nada, y al modo de un detective clásico, investigar la verdadera identidad de quien hizo llegar esa novela a la editorial. Como siempre en sus narraciones, distintas situaciones humorísticas en la línea absurdo – existencialista irán haciendo que lo que parecía un simple encargo vaya complicándose hasta casi desesperar al protagonista, quien tendrá que reflexionar sobre el propio sentido (y la falta de sentido en muchas ocasiones) de la vida.

Os deseo felices lecturas en abril

Iremos comentándolas

Sr. E

jueves, 17 de marzo de 2016

Una lista de diez cuentistas, y una larga explicación



Diez cuentistas

Estuve releyendo estos días algunos de esos divertidos decálogos de escritores que dan consejos sobre cómo escribir cuentos (“no olviden la frase, justamente célebre: dos más dos son cuatro, pero ¿y si fueran cinco?”, decía Onetti), o más en general, sobre cómo escribir. Llegué al famoso punto de las reglas de Bolaño que dice: Hay que leer a Quiroga, hay que leer a Felisberto Hernández y hay que leer a Borges. Hay que leer a Rulfo, a Monterroso, a García Márquez. Un cuentista que tenga un poco de aprecio por su obra no leerá jamás a Cela ni a Umbral. Sí que leerá a Cortázar y a Bioy Casares, pero en modo alguno a Cela y a Umbral”. Seguido de aquel que remata: “Lo repito una vez más por si no ha quedado claro: a Cela y a Umbral, ni en pintura”.


He intentado, inspirado en esa frase, hacer una lista con mis diez relatos preferidos, pero la lista se iba desviando en ramificaciones descontroladas (cuento que es un relato maestro técnicamente; cuento con el que aprendes a que la coherencia de la voz narrativa deje de parecerte algo tan fundamental, cuento menor pero que no puedes evitar releer,  cuento que envidias profundamente no haber escrito tú, etc.). Seguiré intentando filtrar alguna vez esa lista hasta que dé un número al menos parecido a diez (creo que al final el sentimiento más honesto es la envidia, y si acabara llegando a esa lista, sería la de los diez relatos que más envidia me producen como autor). Pero de momento me siento incapaz. He intentado el más modesto proyecto de listar mis diez autores de relatos preferidos, supongo que también porque se acerca el día del padre y la persona sólo tiene un padre, pero el cuentista es hijo de todo aquel al que roba ideas, y aún este proyecto, en su modestia, se me ha ido un poco de las manos. Porque sé cosas como que: Raymond Carver fue muy importante en mi primer impulso hacia el cuento, aunque haga años que me interesa poco. Otro tanto podría decir de Salinger. Nunca me marcó Bukowski. Me gusta más William Saroyan como cronista de los pequeños fracasos que nacen en la adolescencia que todos ellos.

También sé que hay escritores de los que admiro libros de relatos magníficos pero de los que no he leído otro, a veces porque no han escrito otro, y en tales circunstancias no me parece justo enfrentarlos a autores de los que he leído todos sus libros de relatos y esos libros de relatos suman muchos cuentos y muchísimas páginas. Por ejemplo adoro Pájaros de América de Lorrie Moore, Trescientos días de sol de Ismael Grasa, La máquina de pensar en Gladys de Mario Levrero, Crímenes triviales de Rafael Balanzá, Quisiera tener la voz de Leonard Cohen para pedirte que te marcharas de Óscar Sipán, Gritar de Ricardo Menéndez Salmón, No es fácil ser verde de Sara Mesa  o El ángel esmeralda de Don DeLillo. He intentado dejar fuera a escritores canónicos que me interesan, pero no tienen un lugar destacado en mis referencias cuando me siento a escribir, aunque he sentido la tentación de incluirlos por una cierta sensación de deber, sabiendo que los he leído y volveré a leerlos, particularmente pienso en Chéjov. Quizá también en Poe.

Luego hay autores que tienen relatos que podrían tener cabida entre mis diez relatos preferidos, si alguna vez llegara a decidirme por ellos, como Fogwill, Onetti, Dino Buzzatti, Saul Bellow, Richard Matheson, Neil Gaiman, Stephen King o Joe Hill pero cuyos relatos, así en general, no siempre me convencen. Hay otros autores de los que he leído, si no sus cuentos completos sí sus cuentos reunidos y cuasi completos, con gran satisfacción, como Carson McCullers, Flannery O´Connor, Gabriel García Márquez o últimamente Bernard Malamud, pero a los que será el tiempo, y quizá las veces que ese tiempo me pida releerlos, el que pueda llegar a situar entre mis diez autores de referencia a la hora de abordar un cuento. 

Luego están esos autores que nos llevan a la pregunta de: ¿escriben relatos? Porque algo así son Vidas de santos y La velocidad de las cosas de Rodrigo Fresán, o Diarios de las estrellas de Stanislaw Lem, pero creo que no están escritos con la intención de que sean libros de relatos, entendidos estos como algo más o menos reconocible y más o menos clásicos. Hace años que no he vuelto a leer los relatos de Paul Bowles pero sé que me marcaron. Me gusta el Vila – Matas cuentista y Exploradores del abismo es uno de mis libros de cabecera, pero me siento cada vez más alejado de su obra en general. Algunos relatos de Sauce ciego, mujer dormida, de Murakami, me absorben. Quim Monzó me hace gracia en ocasiones y en otras me parece insufrible. Sergi Pàmies tiene libros excelentes, pero otros parecen imitaciones de sí mismo. Suele gustarme todo lo que leo de Cristina Fernández Cubas. Adoro al Bioy Casares fantástico, pero el más realista me deja frío. No soporto a Hemingway y sus icebergs. Más que Chéjov, que nunca ha pasado de dejarme un tanto frío, me impresionó, como cuentista, dentro de los rusos, Caballería roja de Isaak Babel. 

Quiero decir, con todo esto, y como defensa última, que mi lista de diez autores es discutible como toda lista, y es una lista que si la escribiera mañana incluiría a alguno de esos autores recién nombrados a cambio de excluir a otros (tengo la sensación de que los cánones, hasta los más personales, se forman a velocidad geológica, y el único autor al que he llegado por primera vez en los últimos dos años es Ballard, y de algún modo siento que en un futuro es posible que Malamud esté ahí dentro, pero no hoy), pero quiero que quede claro que es la lista de alguien que ha leído mucho relato en los últimos doce – quince años de su vida, aunque también me quede mucho por leer, y para quien el relato es muy importante y el cuento casi un modo de vida. 

Mis cuentistas preferidos, de los que recomiendo lectura constante, sin ningún orden particular, porque sólo faltaba eso, ordenarlos del primero al décimo, son, muy probablemente, a estas horas de este día:

John Cheever
Roberto Bolaño
Tobias Wolff
Augusto Monterroso
Julio Cortázar
Franz Kafka
Etgar Keret
Borges
J. G. Ballard
David Foster Wallace


lunes, 29 de febrero de 2016

Cuentos pendientes de febrero

Mis lecturas del mes de febrero:



No quería perder la oportunidad de reseñar estas lecturas de febrero en un día 29, ya que son tan escasos. Del mes de febrero destaco especialmente mi segundo libro de Malaparte, dos novelas breves de Levrero que aún no habían caído en mis manos, una novela muy divertida de Kurt Vonnegut y una magnífica colección de cuentos completos, los del autor norteamericano Bernard Malamud.
  

 Cuentos reunidos, de Bernard Malamud: La primera colección de relatos completos a la que me acercado este año (aunque es un libro que te atrapa a un nivel que hace que el verbo acercar se quede muy corto, no puedes acercarte a este libro sin caerte por alguno de sus precipicios) son estos Cuentos reunidos de Bernard Malamud. Malamud es otro más en esa línea de magníficos escritores judeoamericanos, igualmente influidos por los narradores rusos del XIX, por Hemingway y los cuentistas americanos y por las leyendas de tradición jasídica. Malamud es compañero generacional de Saul Bellow, con cuyo mundo comparte muchos puntos comunes (la editorial lo define como hermano mayor de Bellow y Bashevis Singer, cuando la realidad es que tenía sólo un año más que Bellow, y Bashevis Singer era más de diez años mayor que ambos). Malamud fue el hermano con menos éxito en esa familia de narradores judeoamericanos. Bashevis Singer y Bellow ganaron el Nobel, y Salinger o Phlip Roth son narradores inmensamente más populares que él. Eso no quiere decir, ni mucho menos, que Malamud fuera ninguneado o nunca alcanzara el éxito. La popularidad del relato en Estados Unidos es inimaginable en España y él era uno de los autores de relato más respetados de su generación. Tanto que el PEN Club instituyó en 1.988, al poco de su muerte, el Premio Bernard Malamud que reconoce a los mejores libros de relatos publicados ese año. Y ganó el Pulitzer de novela. El escritor I. L. Lonoff al que el joven Nathan Zuckerman acude a ver en la novela La visita al maestro de Philip Roth parece que estaba inspirado en él.
Yendo a los cuentos, Cuentos reunidos recoge 65 relatos escritos a lo largo de unos 40 años. Estos relatos vienen de 6 colecciones de relatos, y otros no reunidos previamente, que Malamud fue escribiendo de manera bastante regular, y sin ser un autor demasiado prolífico, a lo largo de todos esos años. La narrativa de Malamud bebe de la tradición realista llamemos rusa, la de los Chéjov y Dostoievski, dos autores con los que siempre se declaró en deuda, y también está influida por las leyendas del pueblo judío, religiosas ó no, que había escuchado desde niño. Aunque si hubiera que definirla de una única manera diríamos que su narrativa breve es esencialmente realista, no hay que perder de vista que algunos de sus relatos están en antologías de relato fantástico como Aguas negras, de Alberto Manguel (donde se incluye El pájaro judío). La idea principal que recorre casi todos los relatos es la de la ilusión. Muchos de los personajes viven en entornos pobres, que podrían llevarlos, en una tradición del relato chejoviano – carveriana, a aceptar el papel de seres grises, irrelevantes, pero muchos de ellos deciden luchar por ser algo más. Luchar no es precisamente un verbo de acción en el caso de muchos de ellos, que son, sobre todo, soñadores convencidos de que las cosas irán mejor el día de mañana o que perciben su propia grandeza con una dosis de irrealidad que el autor deja clara, con la ironía del narrador (un narrador que por lo general los mira con cariño y condescendencia, nunca los desprecia o los mira por encima del hombro). Un relato donde esto se ve claramente es La vida literaria de Laban Goldman. También sucede algo parecido en El tonel mágico, uno de sus relatos más conocidos, incluido por Richard Ford en su Antología del relato norteamericano, o en Lectura de verano, donde un adolescente sin oficio ni beneficio se convierte en una especie de leyenda de su barrio porque le nombra a alguien todos los libros que piensa leer próximamente para forjarse una inteligencia y una cultura dignas de tal nombre. Malamud decía que había quien le criticaba que siempre escribiera sobre la miseria, y él se defendía alegando que uno debe escribir sobre aquello que conoce y de lo que puede escribir mejor. Los personajes de Malamud tienen ese sentido común que a veces, en determinados puntos del relato, puede pasar por sabiduría. En Ten compasión, uno de los interlocutores, harto de preguntas, dice: “¿De qué murió? … Murió, eso es todo”. Y el lector nota que ahí debe terminar la conversación. Pero el otro personaje sigue haciendo preguntas, mostrándose como el idiota que es. Malamud domina perfectamente el paisaje de esos barrios obreros, llenos de inmigrantes judíos, como el mismo Brooklyn de 1915 en que él nació. En estos entornos puede situar historias estrictamente realistas con otras más fantasiosas, y todas funcionan. Cuando intenta alejarse de ellos, supongo que motivado por un intento de que sus historias resulten más cosmopolitas, se desdibujan algunos de sus valores y el resultado se resiente. Lo universal no necesita moverse por todo el mundo para serlo, y las emociones que se manejan en sus relatos lo son, y lo son más cuanto más cercanos al autor resultan los personajes. Bernard Malamud tiene un muy buen dibujo de personajes, y la facilidad para meternos en una historia con dos frases. A veces con una, y a veces con esas frases en apariencia intrascendentes que dicen mucho, como cuando al comienzo de Los dolientes presenta al personaje: “Kessler, ex – clasificador de huevos, vivía solo y cobraba de la Seguridad Social”, y con una información casi burocrática nos permite imaginarnos sus días y sus noches. Merece la pena sumergirse en los Cuentos reunidos de Bernard Malamud e ir paladeando poco a poco, al ritmo que a cada uno le pida el libro, sus historias, dejarse llevar a su mundo, modesto, aparentemente sencillo, pero muy rico en sueños y en matices.
 

Don Camaleón, de Curzio Malaparte: En el prólogo de esta edición, Malaparte se reivindica como alguien que nunca fue sumiso al fascismo italiano de Mussolini, por mucho que en la década de los 20 fuera un colaborador y propagandista del mismo. Como muestra entrega esta novela, que según cuenta publicó en 1.928 pese a que sabía que podía enemistarle con Il duce. Aquella primera edición apenas llegó a nada, y en su reedición, ya en los años 50, llega a un público mayor. Podemos creernos lo que dice Malaparte o podemos no creérnoslo. Yo no me lo creo. Me suena a reinvención del pasado. En España sabemos mucho de colaboradores que luego, retrospectivamente, habían sido héroes de la resistencia, aunque en el momento de las dificultades nadie se hubiera dado cuenta.
Don Camaleón es, necesariamente, por su escritura, su tema y la motivación de su autor a la hora de publicarla, una novela política. O una novela antipolítica. Pues se basa en la idea de que al final cualesquiera políticos van a ser iguales. Según Malaparte se definan como liberales, socialistas, republicanos o monárquicos, serán trepas y advenedizos que apenas mirarán por su ombligo y por el bienestar de los suyos. Ese clima generalizado de corrupción es ideal para que un demagogo autoritario como Mussolini se presente como la solución a los problemas de la gente. Soluciones fáciles a problemas complejos.
El texto que presenta Malaparte lo sitúa como un personaje cercano a Mussolini, quien a semejanza de lo que hizo Napoleón (un invento para estructurar la historia), quiere educar a un camaleón para que asombre a la sociedad biempensante italiana con sus ideas políticas. Malaparte y un amigo, Sebastiano, deberán educarlo en la filosofía, el arte, la literatura y la política. Y a ello se dedican con empeño (sobre todo el amigo, Malaparte se reserva el papel de testigo). Don Camaleón, como así se llama, se va adaptando perfectamente a las distintas circunstancias por las que pasa, según hacía previsible su naturaleza. Esto, el ser capaz de parecer más republicano que los republicanos cuando está entre ellos, más clásico que los clásicos, más piadoso que nadie cuando asiste a una tertulia de jesuitas, y más fascista que los fascistas, lo convierte en el preferido de la sociedad italiana en poco tiempo. Ahí está la crítica y el mensaje central de la novela, que critica, como hace Malaparte desde el prólogo a la sociedad italiana (en general a cualquier sociedad más o menos próspera), que se deja llevar por quien dice lo que quieren oír, en un mundo ya gobernado entonces por las encuestas de popularidad y la opinión pública y publicada. El prólogo, releído después de la novela, puede ser reinterpretado como un Malaparte que viene a decir: muchos mediocres me acusaron de fascista, y lo fui, pero no menos que todos esos mediocres que se callaron entonces y ahora me señalan.
El libro, el segundo que leo del autor, parte de una idea original y tiene una escritura brillante. La narración es ágil y está llena de referencias históricas y culturales de valor. Los prejuicios ideológicos, no obstante, lo pierden, y en muchos momentos asoma demasiado la intención del autor de posicionarse como el último justo en Sodoma, y si bien es verdad que no debía ser el único fascista de Italia en los años 20, pues esas dictaduras siempre se sustentan sobre una mayoría acomodaticia y silente, tampoco parece que fuese el librepensador que, por casualidad, iba a coincidir desde su libertad insobornable con las ideas imperantes.
 

La ocasión, de Juan José Saer: Pese a ser muy poco conocido en España, Saer es considerado uno de los grandes escritores argentinos del siglo XX. Uno que tuvo mala suerte, pues es un poco posterior al boom (aunque empezó a publicar en los 60, y probablemente si los intereses comerciales hubieran remado a su favor hubiera podido estar ahí, con los más jóvenes de aquel momento, como Vargas Llosa, que es apenas un año mayor), y es mayor que los posteriores Piglia y Fogwill (otra vez una falsa impresión, pues apenas nació cuatro años antes que los otros dos). Por lo que sea, la obra de Juan José Saer nunca ha llegado en ninguna de las oleadas de narrativa suramericana que han llegado a España y han cosechado el beneplácito de la crítica y los lectores influyentes. Aunque ganó el Nadal en 1987, y nunca ha sido un premio pródigo en autores extranjeros. El caso es que Saer murió en 2.005 en París, donde vivía, sin ser uno de los indiscutibles de la narrativa argentina. Pese a que en 2.007 tres de sus novelas fueron elegidas entre las cien mejores obras en español del último cuarto de siglo por un número muy importante de destacados escritores (aquella famosa encuesta que encumbró a Bolaño con su 2666, sus Detectives salvajes y su Nocturno de Chile en el top ten). Quizá Saer fuera uno de esos que se consideran escritores para escritores.
La ocasión, la novela con la que Saer ganó el Nadal en 1.987, nos presenta a Bianco, un mentalista de origen indefinido, medio italiano medio inglés, quizá maltés, como el Corto, que se vio obligado a dejar sus actividades en Europa, como él dice, perseguido por los positivistas de París. Huyendo de esa conspiración positivista, llega a la pampa argentina, donde se hace amigo de un potentado, se casa con una mujer, se instala y va haciéndose cada vez más rico. En su nueva ciudad hay un par de hermanos conocidos por todos y protegidos por el párroco local, La violadita (cuya desgracia ya se anuncia con ese sobrenombre que asumiría después con naturalidad) y su hermano, un hombre que parece incapaz de relacionarse del modo que el mundo moderno necesita, que parece prácticamente tonto, en realidad, pero que hará lo que sea por protegerla y en quien parece haber alguna clase de poder que atrae hasta él a Bianco. Bianco quiere reflexionar sobre sus poderes, buscar el modo de defenderse de quienes lo acusaron y lo obligaron a dejar Europa. Bianco observa que a medida que su fortuna va creciendo sus poderes se debilitan.
La novela, sin parecerlo, y es su gran mérito, es una novela histórica, que nos da un paseo por algunas de las ideas de finales del siglo XIX y principios del XX, por el enfrentamiento entre teorías científicas e ideas mágicas, entre el mundo racional y el de los que afirman tener poderes. La prosa de Saer es hipnótica. Aún sin haberme atraído demasiado la historia, cada vez que estaba leyendo el libro me metía profundamente en él, gracias a una escritura que te va envolviendo y te lleva a su terreno.

 

Barbazul, de Kurt Vonnegut: No sé por qué pensaba, hasta que lo leí, que Vonnegut era un escritor de ciencia – ficción. Probablemente porque había leído alguna de esas listas de autores en los que se deja al pie de página, en los márgenes, a los autores con los que no se sabe muy bien qué hacer y a los que se puede relacionar a través de un finísimo hilo con alguno de esos géneros que consideran menores y casi despreciables. Y alguien a quien yo le leí una lista de autores contemporáneos debió decir: en las novelas de Vonnegut a veces hay un tío que dice ser capaz de comunicarse con extraterrestres. Y lo que en una novela de alguien a quien considerara indiscutiblemente serio lo haría calificarlo de personaje extravagante debió hacer que a Kurt Vonnegut Jr. lo situaran en el campo de la ciencia – ficción. Sé, bromas aparte, que Vonnegut escribió algunas colecciones más o menos adscritas al género en sus comienzos, y es cierto que hay extravagancias como ésa en sus novelas, pero Vonnegut fue siempre, sobre todo, un escritor sarcástico. Barbazul es, sin duda, una novela sarcástica.
Su protagonista, Rabo Karabekian, es un viejo pintor armenio, tuerto y viudo, que hace memoria de sus días en la Tierra. Lo hace a instancias de Circe Berman, una escritora que aparece en su lujosa propiedad, heredada de su mujer, y lo anima a escribir todo lo que ha vivido. Berman es una autora prácticamente desconocida pero que bajo pseudónimo escribe unas novelas juveniles que se venden por millones. Berman viene a romper la paz en la que vive Karabekian, casi sólo, apenas acompañado por su único amigo, un fracasado novelista, trasunto del propio Vonnegut.
Karabekian nos acerca a los primeros años 20, donde aprendió todo del dibujante de origen armenio Dan Gregory. Desde ahí, nos va mostrando cómo se desarrolló el expresionismo abstracto, del que el propio Karabekian fue parte fundamental, junto a autores como Mark Rothko y Jackson Pollock, hasta que la pintura que utilizaba, la que le habían prometido que duraría siglos, empezó a desprenderse de sus obras, dejándolo convertido en el hazmerreír de su generación y del mundo del arte. Eso sí, fue un gran coleccionista que fue acumulando multitud de obras de gran valor.
La historia de Karabekian, más que explicar con detalle un movimiento concreto, el expresionismo abstracto (aunque coincide en detalles con ellos, en el uso de graneros como grandes espacios de pintura en los que almacenar sus enormes obras, en el descubrimiento de la pistola de pintura como herramienta artística), es un retrato del mundo del arte, y esto incluye, me imagino, al mundo literario. Un mundo en el que el valor de las obras se mide por el precio que consiguen que se pague por ellas, donde las apariencias están por encima de lo verdaderamente valioso, y donde ya se ven las dinámicas que casi treinta años después de la escritura de la novela se han ido confirmando.
Barbazul también nos muestra la realidad de los inmigrantes que llegaron a California a principios del siglo XX, como los Karabekian, que pertenecían, en particular, a la minoría armenia que huyó de Turquía ante el genocidio que los turcos llevaron a cabo contra ellos. El padre de Karabekian ya era un perdedor, que dejó un trabajo de profesor de Matemáticas en Europa y se fue a la ciudad menos próspera de California, donde nunca encontró trabajo más que de zapatero. Un zapatero aburrido y triste, como su hijo cuenta en repetidas ocasiones. Y nos enseña la realidad de la matanza de los armenios, uno de los mayores genocidios del siglo XX que sigue siendo bastante desconocido y que en Turquía es delito nombrar como tal genocidio. Estas matanzas, la capacidad del ser humano para hacer el mal a escala industrial, es una de las ideas que más obsesionaban a Vonnegut, que fue soldado en la Segunda Guerra Mundial, experiencia que retrata magníficamente en Matadero cinco. Por último, aclarar el origen del título de esta muy recomendable novela. Circe Berman le pregunta a Karabekian por la obra que guarda en uno de los graneros, siempre cerrado, y este le cuenta la historia de Barbazul, quien le dijo a su esposa, puedes entrar en cualquier lugar del castillo excepto en esa estancia. Y claro, ella entró al lugar prohibido, encontró a la primera esposa de Barbazul, y él tuvo que matarla. Su tercera esposa cayó en el mismo error. Etcétera. Como el propio Vonnegut nos recalca, la primera mujer de Barbazul debió ser asesinada por otros motivos. Aquí nadie muere decapitada por entrar allí. El gran cuadro de Karabekian es uno de esos mcguffins sobre los que hacer avanzar la trama.

 

Fauna y Desplazamientos, de Mario Levrero: Voy a hablar mal de un libro de Levrero. No tanto, realmente. Pero al menos no voy a hablar de él con entusiasmo. Fauna y Desplazamientos son dos novelas cortas reunidas en un mismo volumen por su editorial, que aparecieron recientemente en España. Son textos escritos a finales de los setenta (Fauna) y principios de los ochenta (Desplazamientos). Son dos novelas cortas que la editorial decide presentar agrupadas y que en la mayoría de las ediciones uruguayas y argentinas previas ya venían emparejadas. ¿Emparejadas por qué? Supongo que porque los editores no creyeron que novelas de poco más de cien páginas no funcionarían demasiado bien en cuanto a ventas, y que quizá eso iría mejor ofreciendo dos al lector. Aparte de eso, no se ve demasiado bien qué tienen en común. Porque tienen poco que ver, aunque se nos dice que son dos historias de fascinación por ciertos personajes femeninos. Pero eso es común en casi todas las novelas de Levrero, hay algún personaje femenino que atonta y hace actuar sin sentido al protagonista.
Hay dos Levreros que me interesan y me fascinan. El simbólico – fantástico de La trilogía involuntaria (La ciudad, El lugar, París), que es también el de los relatos cortos que he podido leer (aunque en la narrativa corta es más abiertamente fantástico), y el confesional de sus diarios, probablemente sus obras maestras (no diré sus obras mayores porque Levrero no era alguien que aspirara a las obras mayores, sino más bien a conseguir que sus obras, todas menores, fueran radicalmente personales), El discurso vacío y La novela luminosa, un Levrero que se estaba ensayando a sí mismo en Burdeos, 1972 y Diario de un canalla, de los que hablé el mes pasado. Hay un tercer Levrero, el de las novelas menores, que se olvidaba de los simbolismos, que quizá reflexionaba menos sobre su labor, y aunque nunca dejaba de conectar con su subconsciente en esas narraciones, las apoyaba más abiertamente sobre estructuras y argumentos más o menos policiales, novelas que como lector adoraba. De ese Levrero sólo me han parecido destacables El alma de Gardel y Dejen todo en mis manos, una novela que para muchos estudiosos de Levrero supuso un punto de inflexión definitivo en su obra, ya que después de ella se concentró en su nueva escritura, y empezó a trabajar en El discurso vacío. A ese Levrero pertenece Fauna. Fauna es, quizá, el texto que menos me ha gustado nunca de Levrero, es una novela corta de mero entretenimiento. Un parapsicólogo (Levrero fue muy aficionado a la parapsicología) con el que contacta una rubia despampanante para encargarle un trabajo que lo pondrá en apuros. La novela se desarrolla sobre los tópicos de la novela policial, o pseudopolicial. El personaje se ve atrapado en una trama de dobles mujeres, gemelas indistinguibles (Fauna y Flora) que quizá son las dos personalidades de una misma mujer, una de las cuales lo tiene obsesionado, otros personajes que aparecen y desaparecen, y malos malísimos. Es el Levrero más gamberro. Esta novela me ha recordado especialmente a Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo y La banda del ciempiés.
Desplazamientos enlaza más directamente con el Levrero simbólico – fantástico de La trilogía involuntaria. Desplazamientos es, si cabe, más experimental y oscura que las tres novelas que componen dicha trilogía. El protagonista debe ir a cobrar unos alquileres pendientes a una casa que gestionaba su padre hasta su muerte, una casa en la cual él se había criado. El protagonista va encontrándose con las miserias, variadas pero todas humanas, de los distintos inquilinos, que van reflejando sobre él lo que pensaban de su padre, un hombre con el que tampoco él tenía una buena relación. La narración es extraña, pues vuelve en ocasiones a puntos anteriores de la misma, como si el personaje hubiera cruzado una puerta que en vez de hacia delante lo llevara hacia atrás. Es una novela interesante, mucho más que Fauna, pero no produce la perturbación de las novelas de la Trilogía. Es un ejercicio de estilo interesante que se acerca al mundo de aquellas pero que no funciona tan bien. Una novela menor y otra en parte fallida, para resumir.



Relecturas:
 Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, de Roberto Bolaño y A. G. Porta: Consejos fue la primera obra publicada tanto por Bolaño como por A. G. Porta. Lo hicieron en 1.984, gracias a un Premio de Novela convocado por el Ámbito Cultural de El Corte Inglés. Las novelas escritas a cuatro manos son poco frecuentes. Bolaño y Porta nunca explicaron de manera clara cómo la escribieron, hablaban de que uno escribía unas páginas y se las mandaba al otro, y que no sabían al final quién había escrito qué y quién había corregido a quién. La verdad es que leída la novela, hay capítulos en los que se nota la mano dominante de Bolaño y otros en los que se nota el estilo de Porta como el mayoritario. Porta era el fanático de Joyce, así que suponemos que Bolaño era el discípulo de Morrison. Bolaño es uno de los gigante de la literatura hispanoamericana de las últimas décadas, y A. G. Porta escribió, después de muchos años alejado de la literatura, la que para mí es una de las mejores novelas españolas de las dos últimas décadas, Concierto del No – Mundo.
Es la tercera vez que me acerco a Consejos, y siempre lo he hecho esperando una obrita menor, una de esas novelas de Bolaño que no habían tenido visibilidad y que ante el crecimiento póstumo de su figura empezaron a aparecer. Y siempre me he encontrado con una novela más ambiciosa de lo esperado, bien hilada, ágil. Consejos es una novela que sigue a una joven pareja que empieza a asesinar como por casualidad y que una vez lanzados al mundo criminal parecen no saber parar. Todo ello entrelazado con las aventuras literarias de Dédalus, pues parece que en los bajos fondos de la Barcelona de principios de los ochenta no había un criminal sin ansia de posteridad. La edición de Acantilado va acompañada del Diario de bar, un texto que relata los días de un suramericano que acude puntualmente al bar después de pasarse la noche peleando con los fantasmas y escribiendo, sin duda un trasunto de Bolaño.

Felices lecturas en marzo

Hablaremos

Sr. E