jueves, 30 de junio de 2016

El Reino, de Emmanuel Carrère

El Reino, de Emmanuel Carrère (Ed. Anagrama)

Como bien sé gracias a mis abuelas, que ayer me llamaron como si siguiera siendo un niño pequeño, el 29 de junio es la festividad de San Pablo. San Pablo y el evangelista Lucas son los dos personajes principales sobre los que escribe y reflexiona Emmanuel Carrère en su último libro, El Reino.

He leído en los últimos meses bastantes libros de Emmanuel Carrère. Siempre escribe, me parece, lo que quiere. Siempre lo hace a su manera. Solamente eso ya lo hace un autor admirable. Nadie podrá acusarlo de lanzarse a escribir 600 páginas relacionadas con el nacimiento del cristianismo para colarse en las listas de bestsellers. A veces creo que su narración se centra demasiado en él, sin valorar si ahí hay algo de verdadero valor. He encontrado páginas de gran nivel en su obra, y al menos un libro de primerísima división, El adversario. En El Reino usa algunas estrategias que ya usó hace veinte años en su libro sobre Philip K. Dick. Quizá en aquel libro Carrère era menos autoconsciente como narrador. Aquel libro aparece aquí, en El Reino, pues el momento creyente en la vida de su autor coincide con el momento en que estaba trabajando en el libro de Dick.

El Reino al que se refiere el título es, por supuesto el de los Cielos. Carrère nos promete al principio tratar de acercarnos a cómo el cristianismo se fue desarrollando como idea dominante, y cómo algo en apariencia increíble y contrario a toda intuición, que un hombre ha resucitado, ha llegado a ser una de las ideas más extendidas del mundo.

El principio del libro me parece en ese sentido lo mejor, pues traza las líneas de una obra que va a tratar de entender y explicarnos a los lectores qué mecanismos han llevado a hacer una idea increíble el centro de la existencia de millones de seres humanos desde hace siglos. Carrère empieza el libro desde la serie Les revenants, de la que fue el guionista original, en la que unas personas, esas y no otras, después de muertas, regresan a sus casas, dando lugar a una situación incomprensible para todos, para ellos los primeros. ¿Por qué resucitan? ¿Por qué ellos y no otros? Nada puede fascinar tanto como lo que no se entiende. Ningún ser racional creería en que los muertos pueden resucitar, dice Carrère, y sin embargo él creyó. Carrère nos cuenta en las primeras ciento cincuenta páginas cómo a principios de los noventa pasó de ser un intelectual descreído a un creyente modesto y modélico, alguien que abrazó una fe que sus padres le habían regalado de pequeño pero a la que realmente nunca se había dedicado. Durante apenas dos años, Carrère fue un ferviente cristiano que iba a misa, se recreaba pensando en los misterios de la fe, leía cada día los Evangelios y tomaba notas sobre lo que creía aprender de ellos. Llegó a escribir, según nos cuenta, dieciocho cuadernos enteros sobre sus lecturas del Evangelio y sus pensamientos religiosos en el primer año de su conversión. Carrère, unos veinte años después, de nuevo sin fe, se enfrenta a ellos y nos comenta, entre extrañado y avergonzado, lo que ve en ellos.

Esta primera parte, tan personal, es quizá la que menos me ha interesado. Carrère nos cuenta que lo bautizaron al nacer, y que tenía una madrina. Nos cuenta que nunca tuvo una fe especial, pero que alrededor de sus treinta y cinco años, en un momento de crisis personal, abrazó esa fe. Luego la dejó. Sigue sin tenerla. De aquellos años de fe le han quedado algunas lecturas y la amistad con el otro ahijado de su madrina, Hervé. No veo que sea una historia particularmente interesante, ni que me enfrente a grandes desafíos existenciales. Me parece la historia de alguien más entre millones que no creía y empezó a creer, y otra historia entre millones de alguien que creía y dejó de hacerlo. Quizá ahí radica su valor, esencialmente, en ser una historia como la de tantos.

Carrère nos lleva a la peripecia de Pablo, que se cayó del caballo camino de Damasco y se convirtió. Pasó de lapidador a principal apóstol del nuevo credo. Pablo quedó más fascinado por la resurrección de Cristo que por sus enseñanzas. Para él, lo importante, tal y como lo retrata Carrère, es el momento posterior a la muerte, en el que se muestra como alguien que no es un simple mortal. Eso es lo que le diferencia de cualquier otro. Eso es lo que hace que Pablo decida seguirlo y hablar a todos de él.

Carrère analiza las cartas de Pablo. Esas cartas, como nos explica, no son más que eso, cartas. No estaban escritas con la idea de sentar una doctrina, sino que eran noticias e indicaciones que Pablo iba escribiendo a las comunidades de seguidores que había ido fundando por el Mediterráneo.

Pablo, para Carrère, es el primer moralista de la Iglesia Católica. Según lo entiende Carrère, no fue Jesús de Nazaret el que puso las bases de muchas de las indicaciones morales de la misma, sino Pablo, que interpretaba, o malinterpretaba en algunos casos, sus enseñanzas. Pablo es, a la vez que ese primer moralista, un cristiano incómodo, uno de esos versos libres de los que se habla en los partidos políticos. Pablo se pone a predicar y no encuentra el apoyo de los primeros cristianos institucionalizados, los propios discípulos de Jesús, sobre los que fundó su Iglesia. Pedro y Santiago se entrevistan con Pablo y no acaban de entender exactamente de qué va ni si está a favor o en contra de ellos.

Las peripecias vitales y de fe de San Pablo pueden interesarme más o menos, más bien poco, pero Carrère logra sacarle algunos ángulos muy interesantes al situarlo en contexto con los otros cristianos, o al analizar algunos de sus escritos. De esa parte me ha gustado especialmente que Carrère compare el cristianismo con otras religiones que en aquellos momentos estaban afianzadas o empezando a nacer, y analiza sus puntos fuertes y débiles comparadas con ellas.

Uno de los seguidores que Pablo consigue para el cristianismo es Lucas. Lucas, que acabará escribiendo uno de los evangelios canónicos, llega a saber de Jesús de Nazaret a través de San Pablo. Lucas, como insiste Carrère, no es un judío. Es un médico romano, culto, que se siente atraído por el cristianismo por motivos parecidos a los que llevan hoy en día a algunas personas a acercarse al budismo, como una forma de espiritualidad amable, comprensiva y abierta, sin demasiadas restricciones. Lucas se va dejando fascinar por la figura de Jesús y por las palabras de Pablo y va investigando más, conociendo a quienes lo conocieron, y escribiendo su propia versión.

Como escritor, y como lector de Carrère, me ha interesado especialmente, de la segunda parte del libro, entre nuevas entradas y salidas de Carrère y su relación con su propia fe, el análisis y la reconstrucción que hace de la investigación y escritura de Lucas. Me ha gustado mucho cómo Carrère se fija en escenas y pasajes de los Evangelios que sólo aparecen en uno de ellos, o que en uno tienen más detalles, y cómo trata de explicar por qué puede ser. Carrère también busca y analiza en la historia que Lucas cuenta trucos de novelista. Trucos de buen novelista y trucos de mal novelista.

En resumen, El Reino es un libro interesante que no ha acabado de satisfacerme. Seguramente por un problema de expectativas mal satisfechas. Durante los días en que estuve leyéndolo tenía la necesidad de leer más y más, pero en ningún momento llegó a gustarme realmente. Fui esperando que acabara de centrarse y diera algo más en las siguientes páginas y al final acabé sus aproximadamente seiscientas páginas sin llegar al núcleo que pensaba que el libro me explicaría. Carrère al principio me prometió explicarme qué mecanismos llevan a que millones de personas crean en lo increíble. En algunos momentos se acerca a los mecanismos de construcción de ficción que subyacen al cristianismo, y los compara con otras mitologías que hoy en día no son más que eso, mitologías. Pero no llega a explicarme en ningún momento por qué la gente que cree puede creer. Quizá porque al final Carrère se dio cuenta de que no tiene explicación y lo único que podíamos hacer como lectores era acompañarlo en su camino. Y ese camino vale la pena, aunque no tenga la recompensa prometida.

Felices lecturas


Sr. E

No hay comentarios:

Publicar un comentario