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martes, 26 de noviembre de 2019

La Odisea ilsutrada, de Miguel Brieva y Carmen Estrada


La Odisea ilustrada, adaptación de Miguel Brieva y Carmen Estrada (Malpaso)

No vamos a descubrir el Mediterráneo y decir que La Odisea (como La ilíada o como Las mil y una noches) es un libro, no solo fundacional de nuestra tradición cultural y de la Literatura, así contada, con mayúsculas, sino además un libro que cuenta una historia que permanece con el mismo poder de seducción y entretenimiento que siempre ha tenido.

No pretendemos descubrir el Mediterráneo, pero sí está muy bien que recordemos que este clásico, como otros, es un libro que habría que leer más. Quizá respetarlo menos y leerlo más sería una buena recomendación.

La Odisea, como saben todos los que no la han leído, narra las vicisitudes de Odiseo (o Ulises) en su regreso a Ítaca, su reino, tras el fin de la Guerra de Troya. Odiseo consumirá la misma cantidad de tiempo en regresar que el que empleó en la propia guerra. Quizá porque la verdadera guerra a la que se debe enfrentar es la de la vuelta al hogar.

A mi hijo, de 6 años, le flipan las aventuras de Odiseo, y las de la Guerra de Troya y las de Jasón y sus argonautas. Es cierto que ningunas de estas le gustan más que las de los trabajos de Heracles, que son sin duda sus aventuras preferidas entre las de la mitología. Pero las leemos recurrentemente, en un par de ediciones para niños que tenemos en casa y que son parte del menú habitual de nuestras lecturas de antes de dormir.

Cito a mi hijo de 6 años y su fascinación por La Odisea y otras leyendas épicas como ejemplo de que son historias tremendamente atractivas, que se siguen con interés natural, que nos inquietan y nos hacen desear saber cómo seguirán.

No deberíamos dejar que esa fascinación se perdiera, y deberíamos ejercitarla, leyendo estas leyendas y otras. La edición de La Odisea ilustrada por Miguel Brieva, con textos de Carmen Estrada, es un libro muy útil en ese camino. No es una traducción de La Odisea al uso, y no lo pretende. Asume, como proyecto, que hay lectores que van a recurrir a la fuente clásica y otros que no lo harán, y a los que será más fácil acercarse desde otros planteamientos. Y eso es lo que se hace aquí con un texto simplificado y muy ágil, que se lee con fruición y se disfruta. No es La Odisea, pero es una versión de La Odisea muy divertida, muy bien trabajada y con la que uno conecta con Homero a través de dos médiums, una del lenguaje y otro que le presta apoyo gráfico a la historia.

Al margen del tema lingüístico, los dibujos de Brieva sacan el poema épico de su apariencia tradicional y lo envuelven en un aspecto gráfico lleno de referentes al cómic americano (sin caer en la estirpe de los superhéroes, porque no necesita Odiseo que lo tomen por un Batman cualquiera). Dotan al libro de un valor artístico muy importante y hacen que sea un objeto que vale la pena tener para releer de cuando en cuando. Además del lenguaje, el texto también adapta la estructura, acercándola más a la que un lector contemporáneo sin especiales intereses en las Humanidades y las Letras Clásicas pueda tener, asumiendo que el lector se sentirá más cómodo en la novela moderna y en la lectura de novelas gráficas e incluso en el visionado de series de televisión, y dándole un libro que se adapta a esos ritmos y expectativas.

Creo que sería un libro muy aprovechable en una asignatura de Cultura Clásica de instituto, y una buena idea también para cualquier lector adulto que nunca haya encontrado el momento de enfrentarse a uno de los clásicos fundacionales de la Literatura, uno de esos pocos libros de los que se puede decir realmente que salen todos los demás. Una muy buena opción de lectura y disfrute.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Memorias musicales de Glenn Gould y Frank Zappa

Memorias musicales: No, no soy en absoluto un excéntrico, montaje de Bruno Monsaingeon sobre entrevistas de Glenn Gould (Ed. Acantilado) y La verdadera historia de Frank Zappa, de Frank Zappa (Malpaso Ed.)

He leído casi seguidos dos libros de memorias (en un sentido bastante amplio del término) de dos músicos muy influyentes a lo largo del siglo XX: Glenn Gould, quizá el concertista clásico más conocido de su época, y Frank Zappa, figura central de la contracultura americana, uno de los principales referentes del rock progresivo y sinfónico, y en general de los caminos que cruzaron la música clásica con la culta y el humor político (llamando humor político al que incomoda al poder, cualquier poder) en los sesenta y setenta. Uno es un músico al que escucho muy frecuentemente (Gould) y otro es un autor cuya importancia comprendo pero cuya obra no me dice demasiado (Zappa). Pero una de las cosas más interesantes de las memorias es que muchas veces no nos interesan más o menos por lo interesante que nos resulte el personaje en sí como por lo interesante de lo que cuente y cómo.

Leí también por las mismas semanas la entrevista que le hicieron en Jot Down al cantante Miguel Ángel Hernando, alias Lichis, que vale como interesante estudio sobre la fama de los músicos. 

Lichis parece obsesionado con la imagen que como músico ha transmitido a lo largo de su carrera, una imagen que juzga distorsionada y profundamente equivocada. Modestamente, yo también pienso que sus oyentes ocasionales nunca llegaron tampoco a tener una imagen completa de su labor musical. Pero, ¿justificaba eso que redirigiera su carrera para huir de la falsa imagen que otros se habían creado de él? ¿Tan importante es lo que los demás piensen? 

¿Es inevitable que todo el mundo opine sobre la realidad de los músicos y que los entienda mal? Leyendo los libros de Frank Zappa y Glenn Gould parece que sí. Aunque ellos se hicieron fuertes en su propia percepción de sí mismo y quizá se hartaron de desmentir falsas ideas y leyendas, pero no modificaron ni un poco su modo de actuar y estar.

Son dos personajes de los que se podría decir perfectamente aquello tan tópico de que son caleidoscópicos. Gould es el intérprete clásico excéntrico por excelencia, con caprichos y manías de diva del pop, y Zappa era un hombre encerrado en un personaje (que se encarga de desmentir repetidas veces en sus memorias) que aspiraba, probablemente, a ser reconocido como compositor de música culta para orquestas.

Se trata de dos libros de memorias con bastante comillas porque el libro de Gould está construido como un recorte y montaje de sus declaraciones en entrevistas por Bruno Monsaingeon, uno de sus principales estudiosos y cabría decir casi que evangelistas. Es curioso que se utilice una cierta técnica de collage para construir el libro, en perfecta sintonía con el modo de entender la música de Gould, quien siempre defendió que su labor como intérprete era darle la mejor obra posible al oyente, y si para ello tenía que repetir tomas, cortar y pegar trozos, era lo que debía hacer en el estudio, y nunca entendió la pureza que algunos pretenden que se alcance en los conciertos, donde pensaba que el único aliciente era muchas veces cazar al concertista en un error. El libro de Zappa no es un libro de memorias en tanto en cuanto no se trata de Zappa recordando su vida, rememorando hechos con el objetivo de ordenarlos. Más bien es un libro en el que Frank Zappa expone sus ideas sobre ciertos aspectos de la sociedad, la vida, el arte y la convivencia, y para ilustrar sus ideas se apoya muchas veces en sus recuerdos.

Para quienes no lo conozcan, Glenn Gould, intérprete canadiense, es considerado uno de los mejores pianistas del siglo XX, especializado en la interpretación de Beethoven, la música dodecafónica de Schönberg y sobre todo en Bach (sus grabaciones de Las Variaciones de Goldberg de este último se han convertido en canónicas, y casi cualquier aficionado habla de Las Variaciones de Goldberg de Glenn Gould como una obra diferente a cualquier otra grabación de las mismas, incluso distinguiendo las distintas grabaciones que hizo de la misma obra).

Su mejor época de concertista estuvo determinada por la escasez de su trabajo en público, siempre huyendo de la sobre – exposición, y se retiró prácticamente años antes de su muerte, a una edad en la que estaba en condiciones de dar sus mejores interpretaciones. Acabó falleciendo a los cincuenta años. La palabra excéntrico acompaña a Glenn Gould desde que comenzó su carrera como pianista. Basta hacer en Google la búsqueda de su nombre acompañado de este adjetivo. Gould, sin embargo, nunca se reconoció (especialmente por lo que la excentricidad tiene muchas veces de pose, algo que él negaba, estar de postureo, como ahora se diría) como un excéntrico, de ahí el acertado título de sus memorias. Desde que era un músico de veintipocos años y sorprendió a la crítica y al público clásicos, tuvo que estar contestando a preguntas sobre sus manías y rarezas. Para él, según se ve en este libro, todo era perfectamente lógico y racional. Sus cuidados extremos con las manos eran necesarios pues tenía mala circulación y al fin y al cabo su trabajo lo hacía con las manos. ¿Su sillita desvencijada y enana para tocar en los conciertos, con la que iba a todas partes? Él lo explicaba diciendo que su modo de tocar necesitaba que él se apoyara desde más abajo del piano, pues había aprendido tocando el órgano, y trataba de trasladar esa sonoridad majestuosa al piano. Y así tenía respuestas para casi todo. Gould sorprende por su defensa de las técnicas de estudio y por lo autoexigente que es consigo mismo. Esto último es común a cualquier perfeccionista, y Gould le suma una dureza extrema con los demás pianistas de su época, a los que acusa de ser excesivamente románticos. 

Glenn Gould no compartía ese espíritu romántico (aunque según él ahí también había exageraciones) y sus intérpretes de cabecera eran pocos y siempre con Bach a la cabeza. La imagen de Glenn Gould que estas curiosas memorias transmiten, incluso tomando por lógicas y racionales todas sus explicaciones, son las del típico y tópico genio ensimismado. Para Gould era un desastre tener que salir de gira. Le perturbaba profundamente ir a Europa y a otras ciudades de Estados Unidos. Son muy curiosas sus reflexiones sobre el público con el que se encontró en la Unión Soviética cuando fue invitado a ir allí. Tardaba meses en volver a recuperar la calma en su casa, apartado de las molestias. No le gustaba especialmente tocar ante el público, y se resistía a hacerlo todo lo que podía. No parecía preocupado por la imagen que el mundo tenía de él y la posteridad guardara de él. Una de las cosas más bonitas del libro es que por poca música que uno sepa, llega a entender cuáles son sus ideas sobre armonía, interpretación, composición, y son ideas trasladables a campos como la pintura, la escritura, el cine. Hace 35 años de la muerte de Glenn Gould y cuesta imaginar ciertas obras interpretadas por otras manos. La fascinación por su figura continua, y basta ver el homenaje que Acantilado ha organizado estos próximos días en Barcelona y Madrid.

Frank Zappa era un personaje peculiar, ácrata, incómodo, convencido de que la libertad (creativa, personal, política) era el valor supremo, algo muy americano y algo por lo que como americano precisamente tuvo que luchar mucho. Las memorias de Frank Zappa están escritas en la segunda mitad de los años ochenta y se publicaron originalmente en 1989. Zappa ya tenía entonces, por lo que luego se vio, el cáncer que le costó la vida, pero no se le había detectado. Falleció en 1993, a los 53 años. Las memorias de Frank Zappa tocan temas como la familia, la política, la música, la vida del música en gira, el matrimonio, la educación, la censura, la tecnología, y las distintas relaciones entre unos y otros. Es un hombre lúcido, y también un hábil vendedor de sí mismo y de sus ideas. Se expresa con claridad y con brillantez, no tiene miedo a reírse de sí mismo. Se nota que se divirtió escribiendo partes del libro en las que se desmitifica. Le extraña cómo su música, que nunca pasó de minoritaria en el mejor de los casos (y si uno busca información en internet se vuelve a incurrir en ese exceso que es decir algo así como: fue ignorado en los Estados Unidos, su música fue mejor comprendida en Europa, algo parecido a lo que se suele decir de Woody Allen o de Leonard Cohen, como si en España en cualquier barra de bar se estuviera comentando a cualquier hora la última película de Woody Allen o se buscaran nuevos matices en viejas grabaciones de Frank Zappa), generó tantas polémicas a lo largo de sus tres décadas de carrera. Es un personaje que no se muerde la lengua y que dispara con bala contra colectivos contra los que sería impensable que un músico de su reputación lo hiciera hoy en día, como son otros músicos, tanto músicos que han trabajado con él, en su banda, como por así llamarlos competencia. También tiene una fijación con los sindicatos y su control de ciertos conciertos, acontecimientos públicos y los problemas que le dieron en su aventura como compositor para orquestas y director de las mismas, en Europa y en los Estados Unidos.

Son antológicos los capítulos sobre las relaciones con los padres, cómo la religión, la familia y las tendencias de consumo pueden ser más destructivas para las mentes juveniles que las drogas, y sus diatribas contra la educación normalizada. Zappa daba puntualmente clases en escuelas de música, pero se refiere a los institutos y universidades. Cuenta cómo huyó de la educación en cuanto pudo y cómo sacó a sus hijos del sistema educativo en cuanto aprobaron por libre el equivalente a la ESO en España, y les dio libros y películas y fomentó en ellos el interés por la cultura y ser críticos y esperaba que no les diera nunca por estudiar en la universidad, ya que desde luego él no iba a pagársela para que los convirtiera en individuos adocenados. Sus ideas sobre educación de los hijos (dejando libertad, estableciendo pactos con ellos en los que podían hacer o no hacer algo en función de que sus razones lógicas fueran mejores que las suyas) son muy jugosas, y a mediados de los 80 denuncia algo que ha ido a peor, la conversión del hijo en el tesoro de la familia, a través del que pretenden realizarse muchos padres, pero sin complicarse. La tendencia a pedir que se prohiba todo aquello que a uno le molesta, bajo la excusa de que puede ser nocivo para los niños.

Zappa llegó a estar en la comisión del Senado americano sobre las llamadas Guerras del Porno. El episodio se merece un pequeño ensayo sobre la imbecilidad y la mezquindad él mismo, y quizá lo tenga. La mujer de Al Gore (ese Al Gore) le compró a su hija Purple Rain, de Prince, y descubrió, escuchándolo con ella, referencias a la masturbación. Aquello la escandalizó, y escandalizó a algunas otras mujeres de senadores y gobernadores americanos,que empezaron a pedir que alguien protegiera a los niños de esas letras obscenas. Todo fue objeto de una comisión que ya tenía las conclusiones decididas de antemano y en la que Zappa apareció como invitado (incluye en el libro su declaración completa, que no le dejaron leer entera). De aquella comisión acabaron quedando las famosas pegatinas de Parental advisory en los discos que incluían letras con contenidos explícitos, que como bien dice Zappa, sirvieron esencialmente para darle publicidad a ciertos grupos y discos. Uno de los momentos culminantes del libro es en el que se dirige a Tipper Gore diciéndole que si le preocupa que su hija pueda escuchar discos con letras explícitas, que no se los compre, pues tiene 9 años, y para ello basta con que le compre mejor un libro, o un disco de música clásica o uno de jazz instrumental, o simplemente escuche las letras antes de dárselas a la niña, pero que no pretenda censurar todo el sistema musical para ahorrarse su labor como madre. Creo que sobra decir que Zappa perdió aquella batalla. Y curiosamente ninguno de sus discos tuvo nunca que salir a la venta con una de aquellas advertencias para padres.

Seguiremos leyendo y escuchando música

Felices lecturas


Sr. E

viernes, 3 de febrero de 2017

Lou Reed era español, de Manuel Vilas

Lou Reed era español, de Manuel Vilas (Malpaso)


Antecedentes: Leí una entrevista que le hicieron a Manuel Vilas en la revista Jot Down en la que decía algo así como que España no iba bien porque tenía un desfase histórico que hizo que cuando en el mundo sonaba la Velvet Underground aquí sonara El dúo dinámico. Aceptando como hiperbólico el hecho de que en el mundo sonaba la Velvet, en el sentido de que no es que fuera la música mayoritaria precisamente en el mundo, sí es verdad que aquí teníamos al Dúo Dinámico y eso quizá marca algo. Este libro, entre otras cosas, habla del desencuentro entre un país, España, y un gigante el rock, Lou Reed. Los dos llevaban gafas de sol.

Antecedentes personales: Cuando no había internet, o al menos no lo había en mi casa, que es lo que me importaba a mí, y no teníamos acceso a tanta música que nos llega a nublar el sentido como hoy en día, encontrarte con ciertos discos era cuestión de casualidad. En casa de algún amigo con padres melómanos o con algún hermano mayor, di con un disco llamado Set the twilight reeling, recién salido. Lo escuchamos y me volvió loco. Mi amigo me lo copió (con perdón por los derechos de autor perdidos, pero sí había ya grabadoras en casi cualquier ordenador) y lo estuve escuchando durante meses. Me gustaba la voz grave, vieja y un tanto monocorde que dominaba aquel disco, que recitaba a ratos y a ratos explotaba con furia. Me gustaba aquella manera de subir y bajar de la guitarra, y el modo en que ensuciaba con ruido la melodía. Yo escuchaba a Lou Reed sin saber quién era Lou Reed y encontraba algo místico allí. Y he reencontrado esa sensación en el libro de Manuel Vilas. Luego nos hacemos mayores y sabemos demasiado, y nunca podremos acceder, a cierta edad, a escuchar ciertas músicas, ver ciertas películas o leer ciertos libros sin tener la cabeza llena de referencias previas.

Una pequeña convergencia entre el libro, la relación de Manuel Vilas con Lou Reed y la mía: Con aquel disco, Set the twilight reeling, un disco que supongo que es menor en la discografía de Lou Reed, Lou Reed vino en el año 2000 a dar un concierto a 20 km de mi casa, a Murcia. Yo me enteré al día después del concierto leyendo el periódico de mi padre. Manuel Vilas estuvo aquel día viéndolo. En 2002 leí, mientras debía estar repasando para la selectividad, una biografía de Lou Reed escrita por un tal Victor Bockris. La verdad es que la nota de selectividad no me importaba demasiado, porque no pretendía entrar a una de esas carreras muy competidas. Me leí aquellas 400 páginas en menos de una semana, y recuerdo su subtítulo: Las transformaciones de Lou Reed. Vilas vio en Reed un profeta. Para mí nunca ha sido el número 1, pero siempre ha estado en mi top ten de referencias. A los 18 años estás en transformación, terminando las adolescentes e imaginando las adultas. Y Lou Reed en esas 400 páginas, que lo abandonaban después de ese Set the twilight reeling con el que yo había llegado hasta él, no había dejado de transformarse.

Transformaciones: La referencia a las transformaciones es fácil, pues Transformer fue el título de su segundo disco en solitario, quizá el primero que llegó a más público, el que contiene la famosa Walk on the wild side y con el que se mostraba separado de lo que lo había hecho tan famoso como llegara a serlo en los años de la Velvet. Leí una vez que alguien dijo que la Velvet no fue tan importante por la cantidad de discos que vendió como porque todos los que compraron sus discos montaron su propio grupo. Lou Reed no paró de transformarse desde que llegó a Nueva York y se encontró con aquel grupo de enrollados con los que cambió la historia del rock. Nunca paró de transformarse. De apariencia, música, compañías. De pasado. Siempre fue una apisonadora que fue huyendo hacia delante olvidando lo que dejaba detrás. Manuel Vilas, en el libro, le echa en cara algunos de esos olvidos. Nico, la modelo alemana que fue cantante de The Velvet Underground, es una de las que tiene reproches para él. España, como ente, también.

Manuel Vilas: Este es el tercer libro de Manuel Vilas que leo. Leí antes la novela España y el libro de relatos Zeta. Ahora ha escrito un nuevo libro que se llama América, que me imagino que será lo que viene después de Lou Reed era español en la lógica de su autor. España à Lou Reed era español à América. Mi limitada perspectiva sobre la obra de Manuel Vilas, así como su pose en algunas entrevistas que he leído, o en artículos, me llevan a pensar que Manuel Vilas escribe una gran novela que va presentando en capítulos y que podría llamarse Manuel Vilas presenta. Con sus ideas, bucles, obsesiones, músicas, frases. Es un escritor de frase brillante y de ideas preclaras. Eso a veces es peligroso.

El libro: Lou Reed era español es una especie de libro de viajes. Basta ver esa ilustración de un Lou Reed desmejorado con peineta y pendiente molón para ver que es un libro particular. Lou Reed era español ganó de hecho un premio de libro de viajes, el Premio Llanes de Viajes, bajo el título Wild Side España. Un libro de viajes en el espacio, el tiempo y la cultura. Un viaje, sobre todo, y como parece lógico por el título, por España y por Lou Reed. Un viaje, sobre todo, y como parece por todo lo que he leído del autor, por Manuel Vilas. Manuel Vilas empieza siendo un adolescente de la provincia de Huesca que descubre a mediados de los setenta un disco de Lou Reed y flipa. Literalmente. Empieza a obsesionarse con la Voz y a ir en una peregrinación continua tras sus discos y cuando sea un poco mayor, a sus conciertos. Vilas viaja por España y recorre el país y va viendo su evolución. Lou Reed también la ve, aunque parece en todo momento que Lou Reed la pasa por alto. En su primer concierto en Madrid, según nos cuenta el libro, va al Prado y no se entera de nada, y descubre la cuajada, y desde entonces la pide para que se la lleven a Nueva York. No sé si todo eso es verdad, pero lo merece. Heroin y la censura franquista. La leyenda drogota de Lou Reed. No hubo tanta heroína, dice Vilas. Lou Reed fue un hombre de anfetaminas que cultivaba la leyenda de la heroína. España echándole en cara los miles de enganchados y muertos que aquella canción provocó. Creo que sobrevaloramos la importancia del arte. Vilas dice que Lou Reed intelectualizó el rock. O algo así. Puede ser verdad. Pasan los años y Lou Reed sigue volviendo a dar conciertos porque sus discos se venden bastante bien. El libro presenta el rock como un circo, otra cadena de producción más, en la que altas ventas implican conciertos y viceversa. El mayor domador de ese circo es Mick Jagger. Los seguidores de Lou Reed deben odiar a Mick Jagger y a Jim Morrison. Solo Lou Reed.

La forma del libro: Lou Reed habla. España habla. Manuel Vilas habla. Manuel Vilas habla de Manuel Vilas en tercera persona. Más conciertos. El desastre de concierto en el campo del Moscardó. ¿A quién se le ocurrió la idea de llevar a Lou Reed a dar un concierto en 1980 a un campo de fútbol de Usera? Lou Reed se va haciendo mayor y da conciertos en Benicàssim, en San Sebastián, en Málaga, en Murcia. Desdibuja su pasado y se inventa el presente. Descubre el tai – chi y se convierte en alguien equilibrado. Seguramente es de esos que después de todos los excesos del mundo no soporta que fumen a menos de treinta metros de él. Tiene el hígado jodido y se está muriendo. Lou Reed también se va a morir, como todo hijo de vecino. Son brillantes los momentos en los que Vilas dibuja a Lou Reed como un hijo de vecino. ¿Se ponía Lou Reed bañador en verano? ¿Iba a la playa? ¿Se ponía crema de protección solar? Qué buena está el agua de Madrid, le dice Lou Reed a Laurie Anderson. Lou Reed es Lou Reed pero nunca dejó de tenerle miedo a sus padres, los que nunca lo entendieron. Es difícil entender a Lou Reed. Es difícil entender España. Pasan las décadas. Casi cuarenta años de conciertos. Manuel Vilas deja de ser adolescente. O no.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas


Sr. E

sábado, 25 de junio de 2016

Breve historia de siete asesinatos, de Marlon James

Breve historia de siete asesinatos, de Marlon James (Ed. Malpaso)

Breve historia de siete asesinatos no es la primera novela del autor jamaicano Marlon James, aunque para el mercado español lo es, desde luego. Y menuda novela. Creo que podemos decir sin exagerar demasiado que es uno de los libros que ha marcado lo que llevamos de 2.016. Y no es para menos. No he oído ni leído a nadie que la haya leído y no se haya mostrado entusiasmado. Breve historia de siete asesinatos es la novela que ganó el último Premio Booker, el de 2.015, y es una ambiciosa obra que trata de explicar un país, Jamaica. Mi opinión es que sin duda será uno de los libros más importantes de los que se publiquen este año en España. Y ya sé que será una de esas lecturas que marcarán mi año lector. Y hay que felicitar a la editorial, primero porque ha sido un gran acierto llegar hasta él antes que otras editoriales más potentes, lo que me imagino que se habrá traducido en una importante inversión económica, que también se ve en una cuidada edición y una muy buena traducción.

Jamaica: marihuana, reggae, problemas coloniales y postcoloniales, violencia, comida con un toque dulzón, velocistas que ganan oros olímpicos, músicos que critican a otros músicos de mayor éxito, políticos corruptos, políticos que juegan a brujos y alimentan ciertas conspiraciones, conciertos por la paz, rastafarismo, prostitución, policía corrupta, músicos célebres en todo el mundo que ven en Jamaica un lugar del moda al que acercarse para volver a parecer auténticos, la CIA, cómo no la CIA, mil voces que se van entrelazando, el gueto, el Cantante, que claro, quién si no, es Bob Marley. Y muchas cosas más.

Breve historia de siete asesinatos podría haberse titulado Siete historias largas de un asesinato que no salió bien. Pero el título no sería tan potente, no tendría el mismo ritmo. ¿Cuál es ese asesinato? El de Bob Marley en 1.976. Un asesinato que no acabó con su vida pero estuvo muy cerca. Siete tipos del gueto aparecieron armados y se pusieron a disparar. La mayoría, según la construcción de la novela, no sabían ni por qué iban a matarlo, pero sentían que debían matar a Marley. Marley, el Cantante, estaba empezando a volverse alguien muy incómodo. Era amigo de unos y de otros, y los otros y los unos sospechaban que en realidad sólo era amigo de sí mismo y sólo miraba por la construcción de su personaje. Estaba situándose en medio de algo, quería la paz, promovía ideales que realmente no interesaban a nadie, le daba la espalda al gueto. Mejor cargárselo y dejar claro quiénes mandaban, quiénes habían mandado siempre y quiénes seguirían mandando en el futuro.

¿Es una novela sobre Bob Marley? Recuerdo que cuando presentó El fondo del cielo, Rodrigo Fresán dijo que no era una novela de ciencia – ficción sino una novela con ciencia – ficción. Diría que Breve historia de siete asesinatos es una novela con Bob Marley. La figura del Cantante sirve como uno de los esqueletos sobre los que colgar la estructura de la novela. Es, y eso es indudable, uno de los personajes más conocidos internacionalmente, por no decir el que más, de aquel país, y en ese sentido es un gancho narrativo que facilita el acercarse a la novela. Supongo que dependiendo del grado de familiaridad de cada lector con sus canciones, se verán más o menos matices. Yo, personalmente, tengo una educación sentimental próxima a sus canciones. Aquel recopilatorio llamado Legend sonaba con mucha frecuencia en mi casa cuando yo era un niño. Y cuando era un adolescente de quince o dieciséis años me enamoré de una chica que lo idolatraba y volví a caer en su música. Esta novela también habla de música, de la idea de reggae que Bob Marley llevó por el mundo, de lo que otros músicos como Jimmy Cliff y sobre todo Peter Tosh pensaban de Marley, al que veían demasiado dulcificado. La verdadera música jamaicana, dicen y piensan muchos de los personajes de la novela, es música del gueto, y en el gueto uno no se preocupa tanto de Babilonia o de las grandes cuestiones filosóficas. Y desde luego en el gueto hay armas y hay violencia y eso se tiene que ver en las canciones. Los personajes más duros ven a los rastafaris como una especie de pijos que han cogido esas ideas y se han convertido en los payasos tolerados por el primer mundo, los inofensivos jamaicanos que cantan una nueva música agradable que celebra la paz y el amor.

¿De qué va la novela? Creo que la novela, esencialmente, trata de la violencia y el destino. Las decenas de capítulos, cada uno escrito por una voz distinta, por un personaje que aporta su punto de vista y su granito de arena, trazan al final una moraleja nada moralizante, que viene a ser que, como decía Rubén Blades en Pedro Navaja, “cuando lo marca el destino no lo cambia ni el más bravo, si naciste pá martillo, del cielo te caen los clavos”, es decir, que alguien que nació en la violencia del gueto da igual cómo y para dónde se mueve, será esencialmente un tipo violento al que la violencia, como una maldición, perseguirá. Ese es el tema constante, el que fluye bajo tierra como una corriente subterránea que se filtra en determinados puntos hacia la superficie. En la superficie la novela trata del Cantante, de la situación política y social en la Jamaica de los setenta, y en la Jamaica de antes y después, del rastafarismo, de los cambios sociales del mundo postcolonial, de las potencias que siempre quieren estar metiendo mano en todos los conflictos, de la droga, de la música, del gueto, de las peleas entre bandos. La novela trata todos esos temas y trata también el tema de la construcción de los mitos colectivos. Poco a poco va deconstruyendo cómo se ha forjado el mito del Cantante, sus pequeñas mentiras y sus pequeñas verdades, mezcladas hasta que se ha podido hacer de él un apóstol que sirva lo mismo para una causa que para la contraria, y que si en algún momento estorba, puede eliminarse. Aunque claro, no es tan fácil.

¿Por qué destaca la novela? Diría que por su discurso más que por su trama. Y la trama es interesante, sin duda, nos lleva de viaje por un país exótico en una época decisiva para la conformación de su futuro tras la independencia de 1.962. Pero creo que el libro se vuelve por momentos adictivos por la combinación de voces que van apareciendo y desapareciendo, mostrando un pequeño trozo del mosaico general y volviendo a sus asuntos, normalmente turbios, después de aportarnos su parte. Ese discurso serpenteante que se va construyendo con tantas aportaciones se revela como indispensable para el tipo de historia que nos está contando. He leído a algunas personas diciendo que la novela es difícil de seguir porque los personajes hablan a veces en dialectos del gueto que cuesta seguir. Al revés, creo que es uno de los puntos que más enriquece la novela. Y ahí se nota la labor de dos buenos traductores, Wendy Guerra y Javier Calvo, que han tratado de mantener las diferencias idiomáticas que todos entendemos que va a haber entre un capo del gueto de Kingston y un periodista musical de Nueva York. Diferencias lógicas que en muchas novelas se dejan de lado en nombre de un castellano neutro, que se entienda bien, cuando lo que se está haciendo es en muchos casos quitarle valor a la narración.

¿Es o no es una novela negra? Supongo que lo es, en el sentido de esa novela negra, que es la que a mí me interesa, que quiere reflejar una realidad violenta e incómoda. Pero no es una novela en la cual haya un gran misterio que se irá mostrando. Ni casi un pequeño misterio que ir mostrando. Las cartas están sobre la mesa casi desde el principio y es cuestión de cómo se van barajando una y otra vez. Es una novela que no huye del conflicto político. Ni de la crítica contra los Estados Unidos que no dudan en tener Kingston lleno de agentes de inteligencia que no se sabe muy bien a favor de quién se mueven, generalmente porque nunca saben a favor de qué se mueven, sino que se dedican a crear el caos, igual que durante toda la década lo habían hecho en Argentina, en Uruguay y en tantos sitios. Agitan el espantajo del peligro comunista y dejan que el caos corra. Y piensan que en el río revuelto siempre ganan los mismos pescadores, ellos. Y es verdad que a veces se les va de las manos, pero entonces se van del país y lo dejan que todo acabe a su aire.

¿A qué se parece Breve historia de siete asesinatos? La novela a la que más la he oído comparar es Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño. Entiendo que por la gran cantidad de voces que entran, salen, aportan un poquito y desaparecen. Tiene algo de eso, pero creo que la comparación con Los detectives salvajes le queda un poco grande. Lo digo desde el punto de vista de alguien que diría lo mismo de prácticamente cualquier novela de los últimos treinta años a la que se comparara con Los detectives salvajes. A mí me ha recordado, por la trama y el dibujo del submundo político que hace, a El poder del perro, de Don Winslow. Y aclaro que para mí esa es una gran novela. No sé cómo Winslow consiguió escribir esa novela viendo otras de sus obras, pero esa sin duda es una gran novela a reivindicar, en la que además de seguir una trama muy bien urdida y adictiva, vamos viendo cómo eran y siguen siendo los jueguecitos de la CIA en Centroamérica, cómo la droga influye en lo más feo de la política y viceversa. También he pensado, leyendo este libro de Marlon James, en David Peace y su Cuarteto del Red Riding, y también en su novela Tokyo, año cero. Por el uso poético de la violencia. Aunque creo que Peace es mucho mejor novelista. Peace, aunque sea un autor poco conocido y aunque en teoría se dedique a la narrativa de género (aunque por lo que he podido leer hasta ahora de él me atrevería a decir que es un género en sí mismo) es uno de los mejores novelistas el mundo. Hablando de poesía y violencia, la referencia a Ellroy es obligada. Claro que Ellroy está mucho más loco y es más extremo. James creo que puede tenerlo como referente pero construye una novela mucho más fácil de digerir. Lo cual no apunto, ni mucho menos, como algo criticable.

¿Es recomendable? Sin duda. Cuando dentro de diez años se mire a 2.015 y 2.016, creo que Breve historia de siete asesinatos, de Marlon James, será uno de esos escasos 5 – 6 libros que se siguen viendo con nitidez después de ese plazo de tiempo y reposo. Muy recomendable. También como novelón de verano, de esos que uno coge en la siesta y no suelta hasta la hora de salir de cañas al anochecer.

Felices lecturas

Sr. E

viernes, 3 de junio de 2016

Cuentos completos, de E. L. Doctorow



Cuentos completos, de E. L. Doctorow, Ed. Malpaso (2.015)

Acercarse a los cuentos completos de un autor siempre es una experiencia muy parecida a ver sus álbumes de fotos. Vemos al pequeño autor colegial garabateando sus primeros relatos, y muchas veces vemos al escritor consagrado en el que se ha convertido, logrando ese reconocimiento muchas veces a través de la novela, aunque sin renunciar a su faceta de escritor de relatos. Creo que ya he usado esta imagen otras veces, pero me parece que ayuda a visualizar los cambios en el estilo y la escritura que se pueden rastrear a lo largo de treinta o cuarenta años de actividad cuentística.

E. L. Doctorow es uno de esos novelistas que llegan a España con la vitola de gran novelista americano pero que me da la sensación de que no llegaron nunca a cuajar aquí. Según los críticos es un autor central de las últimas décadas pero no me parece que tenga una gran presencia aquí. Doctorow ha ido narrando, en sus grandes novelas, por ejemplo en la famosa Ragtime, llevada al cine, o en La gran marcha, acontecimientos de la historia americana reciente. En sus cuentos no se acerca tanto a esa gran historia de la nación, sino a esas historias personales que al final, al modo en que el Universo está formado por partículas que en sí no dicen mucho, acaban siendo los motores de la vida colectiva.

Los editores aclaran en el prólogo que esta edición en español de sus Cuentos completos es la primera de estas características que ha aparecido en ninguna lengua, y que Doctorow estuvo colaborando activamente con ellos hasta el mismo momento de su muerte, ocurrida durante el verano pasado, pocos meses antes de la publicación de este volumen. Me parece un acierto de la editorial haber apostado por este libro, y habla bien de ellos que Doctorow, uno de esos autores americanos que alguna vez recibieron la etiqueta de eterno candidato al Nobel, decidiera colaborar con ellos.

Doctorow se muestra como un narrador de gusto clásico, sobrio, pero que no rehuye cierto experimentalismo. Doctorow, en esta primera lectura de su obra, me ha llevado a pensar en esa estirpe de sólidos narradores americanos que miran el mundo desde un gran bagaje cultural y una distancia irónica. Me ha gustado no encontrar en este libro a un cuentista lacónico, de esos que han malinterpretado a Chéjov, o a Hemingway o en las últimas décadas a Carver. En Doctorow, pensando en mis lecturas, he encontrado ecos de Saul Bellow y de Bernard Malamud, a quien leí no hace demasiado. El Doctorow cuentista se preocupa de retratar, sin grandes aspavientos, vidas bastante normales. Gustándome esos cuentos, me han gustado más los cuentos (que son los menos) en los que escapa más de la realidad y se atreve a vivir en la cabeza de sus personajes. Uno de los primeros cuentos, y seguramente el que más me ha atraído de todo el volumen, El escritor de la familia, está en esa línea. A través de una mentira familiar, en la que todos deben participar como en un complot, vemos cómo un adolescente va volviéndose un escritor, y aquí con escritor debemos entender un mentiroso, que es uno de los conceptos a los que quienes escribimos acabamos por sentirnos cercanos (a la hora de narrar, en lo personal cada uno será un mundo). Este cuento me ha remitido de manera bastante directa a esos cuentos de Tobias Wolff y de John Cheever en los que un personaje, con aspiraciones de grandeza, acaba teniendo dificultades para distinguir la realidad de lo que sucede en su cabeza. La prosa de Doctorow es práctica, ágil y sin embargo plástica. Tiene una poética sin adornos en la línea de un Francis Scott Fitzgerald.

Hacia la mitad del libro está el nivel medio más alto de toda la colección. Glosas a las canciones de Billy Bathgate, Jolene: una vida, Bebé Wilson o Walter John Harmon son cuatro cuentos que no desentonarían en ninguna buena antología de relato breve norteamericano. Todos ellos nos enfrentan a lados oscuros (unos más y otros menos, por supuesto) del llamado sueño americano. Glosas a las canciones de Billy Bathgate me ha recordado el relato El ángel esmeralda de Don DeLillo. Tanto Doctorow como DeLillo se criaron en barrios que no eran precisamente los más elegantes y sofisticados de Nueva York, en años parecidos, pues ambos nacieron en mitad de la Gran Depresión, y esa infancia que no debió ser regalada, asoma en estos cuentos. Jolene: una vida, podría titulares Jolene: una huida, pues en sus páginas vamos viendo a la protagonista, esa Jolene del título, ir de un lado a otro, persiguiendo un futuro que ni ella misma tiene claro dónde puede estar. El fragmentarismo con el que está construido el relato realza esa falta de seguridad que transmite.

Bebé Wilson es una especie de historia de amor esquizoide, en la que el narrador se ve atrapado en un mundo desquiciado, creado por su novia o amante, que está totalmente desequilibrada y decide robar un bebé del hospital y se convence de que es suyo. Convertidos en perseguidos, acabarán formando una familia. Una vez entrado en ese mundo, no deja de ser un relato a su manera bonito, de una familia que trata de encontrar su lugar en el mundo. Pero de primeras es un cuento duro, por momentos desagradable. Walter John Harmon se mete en el mundo de las sectas, otra de las ideas que conecta al autor con DeLillo. Y nos muestra al líder de una de ellas, el que le da título, que no es más que un alcohólico, ludópata y protodelincuente que vio la luz y tuvo la suficiente fuerza como para convencer a otros seres débiles de la necesidad de seguirlo.

Vidas de los poetas, la narración que cierra el libro, está más cerca, por extensión y estructura, de la novela corta que del relato clásico. Aquí, Doctorow se deja llevar más al mundo de la autoficción y los recursos metaliterarios. En cierto modo pretende llevarnos a conocer la vida de un autor de cierto prestigio, neoyorquino, un claro trasunto de él mismo, y de las personas con las que se relaciona en universidades, lecturas, manifiestos, acontecimientos políticos y literarios a los que muchas veces no sabe decir que no, aunque sea lo que le apetezca. Este texto me parece otro de los más interesantes, pues aunque le falta un poco de intensidad, muestra otra cara más del escritor que ha recogido aquí sus textos breves, y sabe ponernos del lado de su mirada irónica y descreída.

No todos los cuentos de Doctorow son obras de un gran cuentista. Pero un libro que recoge una muy buena novela corta y al menos media docena de buenos cuentos, y probablemente una obra maestra como es El escritor de la familia, es un libro que merece la pena leer. En él encontramos a un narrador muy sólido, con variedad de recursos, que trata a la narrativa breve con respeto, y que consigue muy buenos resultados. Nunca he leído sus novelas y no sé si serán más o menos accesibles, pero este libro debe ser, definitivamente, una buena puerta de entrada a su obra.

Felices lecturas

Sr.E