Mostrando entradas con la etiqueta Poesía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Poesía. Mostrar todas las entradas

miércoles, 1 de marzo de 2017

Las sillitas rojas, de Edna O´Brien

Las sillitas rojas, de Edna O´Brien (Errata naturae)

¿Hay lugar para las obras maestras en el siglo XXI? ¿Tienen derecho los escritores a intentar escribirlas o están condenados a hacer el ridículo? ¿Y los lectores a esperarlas? ¿O debemos dar el panteón de las obras maestras por cerrado? ¿Qué es exactamente una obra maestra? ¿Se reconocen al instante? La historia parece sugerir que no, que los lectores y los entendidos no caen de rodillas de inmediato ante los libros que generaciones después se presentarán como obras maestras.

¿A qué vienen todas estas preguntas sobre obras maestras? ¿Quiero decir que Las sillitas rojas es una? No me atrevería a decir tanto. Empezando porque necesitan el poso del tiempo para acabar siéndolo. Me atrevo a decir que es un libro que no te suelta una semana después de terminarlo y que te perturba y golpea. Philip Roth, en la portada de la edición de Errata Naturae, afirma que: “La gran Edna O´Brien ha escrito su obra maestra”. ¿Ha escrito Philip Rorth alguna obra maestra, así sin más? Probablemente no si con ese nombre apuntamos a las verdaderas cumbres de la creación literaria. Roth sí ha escrito una obra importante, que define su tiempo, y que se leerá dentro de décadas. Este libro de Edna O´Brien apunta a esa categoría.

No he leído otras novelas de la autora, aunque parece que es bastante conocida su trilogía de Las chicas del campo, que en España ha publicado con cierto éxito la misma editorial. Y que añado que apunto en mis próximas lecturas. Por la sinopsis que encuentro me hace pensar en la tetralogía de Elena Ferrante, aunque esa relación puede no existir fuera de mi cabeza.

Al libro: Edna O´Brien ha escrito un libro de una ambición admirable. El libro llegará o no a la categoría de obra maestra, probablemente no. No obstante, es un libro escrito con la ambición con la que me imagino que se escriben esas obras maestras. Edna O´Brien parece haberse lanzado a su aventura literaria magna con más de ochenta años, una lucidez implacable y una prosa magistral. ¿De qué tratan las obras maestras? Independientemente de que la trama se sitúe aparentemente en un ballenero, en el dormitorio de un agente de seguros o en los círculos socialistas de San Petersburgo, las obras maestras hablan de los grandes temas universales: el amor, la muerte, el miedo, las traiciones, el horror. Las obras maestras, además, se escriben con la forma.

Las sillitas rojas es una novela que habla de todo eso. Es una historia de amor entre una mujer y un hombre. Es la historia de la traición de esa mujer a su marido. Es la historia de repudio de su comunidad hacia esa mujer. Es la historia de una mujer embarazada que no quiere ese ser que crece en su interior. Es una historia de violencia. Contra las mujeres. Contra todos los perseguidos y refugiados. Es una historia de horror y nacionalismo, que parte de la Guerra de los Balcanes. Alguien que allí ha encendido la mecha del horror a base de discursos poéticos y compromiso con la tierra en la que uno nace, a la que amará por encima de todo, se esconde de quienes lo persiguen. Acaba llegando a una pequeña localidad de Irlanda, donde monta un pequeño consultorio que está entre la medicina y la curandería. Ese curandero místico es también un poeta y un hombre con una voz profunda que convence a quien lo escucha. Ese hombre, que se esconde bajo el nombre de Vlad, recuerda inevitablemente a Radovan Karadzic, que se hace aún más explícito (aunque poco más explícito puede hacerse que cogiendo a un criminal de guerra serbobosnio con amor por la poesía que se escondió bajo la personalidad de un apacible médico alternativo) con un juego entre el alias de Karadzic durante sus años de huida: Dr. Dragan David Dabi, y el del criminal de guerra de O´Brien: Vladimir Dragan.

Las sillitas rojas toma su título de la conmemoración que se hizo en 2012 en Sarajevo, donde se colocaron 11.541 sillas rojas en recuerdo de las personas muertas durante los más de cuatro años de asedio de la ciudad. Esa cifra y esas imágenes son parte del motor de la historia. Los generales e ideólogos serbobosnios, con Karadzic a la cabeza, nunca admitieron haber cometido un genocidio. La novela está cruzada de excusas, de comentarios que afirman que las autoridades de Sarajevo manipulaban al espectador occidental, que allí no estaba muriendo tanta gente. Nunca se bajaron de ahí. Vlad tampoco admite las sillitas rojas. Son una exageración, una mentira.

La novela está escrita con un bello tono violento. A veces el lector queda confundido y no sabe si lo que está leyendo le impacta más por lo horrible que es o por lo fascinantemente bien escrito que está. Me ha recordado Lolita, de Nabokov, un libro que cuenta una historia horrorosa con un lenguaje y una construcción casi perfectos, quizá el máximo ejemplo de contradicción entre forma y fondo (consiguiendo así un efecto brutal en la conciencia del lector) que yo he leído. Aquí, a veces, cuesta trabajo no dejarse seducir, cuando el narrador entra en estilo indirecto libre y nos asoma a la cabeza de Vlad, por su discurso incendiario.

El tono es el ideal porque la Guerra de Yugoslavia de la década de los 90 fue una guerra de intelectuales y de poetas. De soldados también, claro, pero fueron los intelectuales enardecidos por el amor a la patria los que hicieron hervir la sangre que luego los soldados derramaron. Karadzic era un psiquiatra de prestigio y era un poeta laureado. Esos intelectuales convencieron a las masas de que su tierra estaba por encima de la vida de la gente. Autorizaron la matanza de inocentes, crearon el régimen del terror. Vlad habla enardecido por sus lecturas e interpretaciones de Shakespeare. Declama más que declara, parece tener la razón profética que poseen los poetas e iluminados.

La estructura encaja perfectamente con lo que se está contando. La novela tiene tres partes. En la primera vemos la llegada a la Irlanda rural (creo que no es casual la elección de Irlanda, aparte de por ser la tierra de la autora y donde parece haberse centrado su mundo narrativo, porque es un país también muy corroído por el nacionalismo y la religión y las creencias) de un misterioso curandero de barba y melena blanca, llegado de algún país del Este. Lo vemos asentarse y perturbar la comunidad a la que ha llegado. Vemos cómo el cerco policial se va ciñendo sobre él y cómo es su amor por la poesía el que lo hace caer, pues después de haber huido del pueblo regresa para una lectura poética y es en el autobús cuando lo detienen. La tentación es a veces deshumanizar al monstruo, hacerlo malo en todos y cada uno de los aspectos de su vida, hacerlo además de malo feo, guarro, desagradable, con voz de pito, pero es en estos detalles que lo acercan al ser humano sensible donde realmente descubrimos al monstruo, al monstruo mayor, el que se parece a nosotros en algunos aspectos, sin maniqueísmos.

La segunda parte nos cuenta la peripecia de Fidelma, la mujer que se quedó embarazada del monstruo (hay una larga historia en el pasado de Fidelma, la chica guapa del pueblo, que no ha podido tener hijos con su marido por más que lo ha intentado) y que al final de la primera parte es brutalmente atacada por sicarios de acento balcánico. Llega a Londres y se odia a sí misma. Odia al bebé y conoce a otras mujeres que huyeron de guerras y también odian sus cuerpos después de ser violados. Es la parte más descorazonadora de la novela. Terrible en algunas confesiones. Parece que sin lugar para la esperanza. Quizá porque hay veces en que no hay lugar para la esperanza.

La tercera parte nos lleva al tribunal de La Haya, donde van a juzgar a Vlad igual que juzgaron a Karadzic. Volvemos a encontrarnos con el pasado y lo enfrentamos en forma de trámites judiciales y burocráticos, quizá la parte narrada de forma más desapegada y otra vez un acierto, porque nos abofetea con más fuerza. Los que conocieron personalmente a Vlad entonces, los que lo conocieron en su disimulada forma de curandero místico, los que sufrieron los crímenes que la mecha de sus palabras encendieron, esperan lo que tenga que pasar.

Volvemos al principio. ¿Hay obras maestras en el siglo XXI? ¿En 2136 se hablará de la narrativa de las primeras décadas del siglo XXI como ahora se habla de Kafka, Proust o Joyce? Parece difícil, pero si es así, quizá quede un huequecito en los libros de texto del futuro para hablar de este libro lleno de horror y poesía. Por si acaso lo fuera, y por si acaso no, deberíamos leerlo ahora que lo tenemos a mano.

Seguiremos leyendo


Sr. E

jueves, 16 de febrero de 2017

Amberes, de Roberto Bolaño

Amberes, de Roberto Bolaño (Ed. Anagrama)


Amberes, de Roberto Bolaño, es una ¿novela? de apenas 120 páginas. Digo ¿novela? porque es un texto de naturaleza bastarda más que mixta, que se acerca al relato en ocasiones, que se acerca a veces más a la poesía, y que solo se define como novela si entendemos así una obra en la que se repiten motivos y temas, ligados de una u otra manera, en este caso mediante una estructura vaporosa. Tras la muerte de Bolaño, Amberes fue incluido en el volumen La Universidad Desconocida, un libro que trataba, en principio, de recoger la poesía del autor chileno, esa en la que decía poner lo mejor de sí mismo y esa que nunca le dio los mejores resultados.

Creo que a Bolaño le debía importar poco si escribía novela, relato o esas construcciones mixtas con aire poético. Esos monstruos que Rodrigo Fresán definiría como libros mutantes pensando en novelas como Los detectives salvajes. No sé con qué intención escribió Amberes. Bolaño era más sabio que todos los desocupados del futuro, los que tratan y a veces tratamos de sexar sus libros una vez leídos. Lo más recomendable es leer. Sin más. Por lo que escribe en el prólogo de la edición de 2002, la que he leído, era un texto destinado al cajón de inéditos de un autor. Ese prólogo vale mucho más que esta reseña y que muchas de las tesis doctorales que están escribiéndose sobre Bolaño en este momento. Amberes es en cierto modo una de las primeras publicaciones póstumas de Bolaño, tan primera que es previa a su muerte. Tras su explosivo éxito con Los detectives salvajes, Anagrama ya debió preocuparse por ir rebuscando en sus cajones, y de ahí extrajo Bolaño este libro, que en su momento se distribuyó como novela. Porque la poesía no vende. Aunque quizá él lo veía más cercano a su poesía. Su poesía es eminentemente narrativa. Pequeños fragmentos que podrían funcionar como relatos cortos y por acumulación, como capítulos de una novela.

Amberes es un libro que no desentona con la producción contemporánea y posterior de Bolaño. Con los años escribió novelas más estructuradas en un sentido narrativo, y creo que eso explica en gran medida la preferencia que muchos escritores dicen tener por Estrella distante y Nocturno de Chile entre sus libros. A mí me sigue pareciendo que su obra maestra, la que seguirá haciendo que muchos se apasionen por escribir, y la que se recordará dentro de 50 años, es Los detectives salvajes. Cierto es que 2.666 es más ambiciosa y más oscura, también menos legible, como diría el propio Bolaño, y tal vez eso la ayude a mantenerse siempre joven en las discusiones de los seminarios de narrativa latinoamericana.

Amberes es un libro menos ambicioso pero en la forma emparentado con Los detectives salvajes. Hablaba hace unos meses de El espíritu de la ciencia – ficción y decía que era un borrador de aquella. Los sinsabores del verdadero policía me pareció un borrador de 2.666 en un sentido parecido. Amberes tiene más entidad propia. La búsqueda del qué es más confusa, porque el libro es más poético. Y toda esta reseña es un fracaso porque la novela o lo que sea Amberes es difícil, muy difícil de poner en palabras. Amberes son 55 fragmentos que iluminan muy poco algo que se queda siempre entre sombras. Hay uno de esos policías extraviados de Bolaño, esos detectives de homicidios con alma de poeta. Hay una pelirroja perdida. Hay Barcelona y alrededores. El título de la novela parece elegido para despistar al incauto. Hay un jorobado. Crímenes. Hay un aire de película de David Lynch. Imágenes bonitas analizadas una a una con poca conexión. Eso también es cine. Esto también es literatura.

Amberes es en cualquier caso un libro que Bolaño decía disfrutar. En wikipedia dicen que dijo que tal vez porque quien lo escribió no era la misma persona que quien lo releía en su edición de 2002. Probablemente sea su primer libro narrativo terminado, aunque sí él mismo lo incluía en los poéticos, no sería el primero entre aquellos. Amberes está escrita en 1980, cuando Bolaño trabajaba, como tantas veces se ha dicho, de vigilante nocturno de un camping. Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce es de 1984 y es su primera novela claramente identificable como tal, aunque cabe recordar que está escrita a medias con A.G. Porta.

Amberes es un librito extraño que se lee en dos horas. Se lee de pie o se lee sentado en un banco incómodo. O acostado en un suelo frío. No es un libro de sillones ni para la cama. Es un librito incómodo que deben leer los incondicionales de Bolaño. Es un libro que en realidad deben leer todos los que leen más allá del sujeto – verbo – predicado – introducción – nudo – desenlace. No es un libro que tiene sentido únicamente como pre proyecto de Bolaño, algo que sí le pasa a sus inéditos póstumos (a algunos, al menos). Yo lo había leído hace tiempo y el viernes pasado me levanté con la sensación de que debía ir a la biblioteca a volver a cogerlo sin falta. Pedí un día de asuntos propios en el trabajo, fui a la biblioteca, lo cogí y lo leí. Y ahora lo cuento. Es un rapto, Amberes, más que una novela o un libro de poesía.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E


martes, 25 de octubre de 2016

Punto de control, de David Albahari, y otras lecturas balcánicas

Punto de control, de David Albahari (Ed. Baile del Sol) y una cierta trilogía balcánica.


Esta reseña va a hablar de una novela, Punto de control, aunque no sólo de ella. A veces acumulamos lecturas y no es de manera casual. Al terminar la novela y pensar en reseñarla me di cuenta de que otros dos libros con los que andaba entre manos tenían una conexión evidente con ella. No siempre leo narrativa, aunque casi siempre lo haga. Y cuando no leo narrativa suelo dejarme caer por el ensayo. Aún así, a veces leo poesía u otros formatos, como cómic (o como ahora se dice, novela gráfica). Debería leer más poesía, porque me ayuda a luchar contra mi tendencia a la dispersión, ya que si el relato obliga a concentrar las ideas en la escritura, la poesía obliga mucho más a buscar la palabra que transmita todo, y sé que en los últimos años están apareciendo novelas gráficas que tratan temas muy interesantes y son quizá una muy buena aproximación a ellos, fácil y cómoda.

Basta ver la sobria y sugerente portada de Punto de control para comprender que será un libro duro e incómodo. Desde niño me ha fascinado lo que sucedió en los Balcanes en los años 90 (y digo fascinado como un término medio entre algo que me ha horrorizado y algo que no alcanzo a comprender del todo, sobre lo que hay muchas versiones y las verdades me parece que son siempre poco fiables). Nunca he entendido de dónde surgió tanto odio, y siempre he intuido que se trataba de odios ancestrales que no habían sido resueltos y que periódicamente se purgan. Esperemos al menos que la guerra de los 90 sea la última vez que llegan a tanto.

El año pasado leí Canción muda, una antología de relatos del autor serbio David Albahari, que me interesó mucho, y me descubrió a un autor brillante, dominador de técnicas narrativas muy variadas, cercanas a lo posmoderno sin olvidar lo importante, que al final es contar una historia que interese. Punto de control es una novela publicada originalmente en 2011 que nos lleva a acompañar a una serie de personajes que deben cruzar un punto de control en un conflicto bélico que aunque no se concreta temporalmente, es muy fácil identificar con la guerra de Yugoslavia en los años 90. Ha sido traducida hace poco por Baile del Sol dentro de su muy interesante colección Deleste. En Punto de control nos encontramos con las dudas de los soldados a los que han obligado a estar ahí y no acaban nunca de entender qué sucede, y se cuestionan qué es lo que ha empujado a sus dirigentes a utilizarlos como carne de cañón. Una guerra siempre es una suspensión de la vida normal, y ser enviado al frente, o ni siquiera, como en este caso, sino a un punto de control entre dos fronteras difusas, debe producir, entre otros muchos sentimientos, el de extrañeza. La gente que iba a la mili, cuando en este país había servicio militar obligatorio, parecía dejar su vida aparcada, a la espera de retomarla después de un período de año o año y medio. Imaginemos aparcarla durante un tiempo mayor y para ir a una Guerra, en mayúsculas, con la tensión permanente de no saber si te matarán allí, o casi peor, si al volver a casa no habrán matado a los tuyos.

Punto de control también nos acerca a refugiados que tratan de entrar a un país saliendo de otro, y eso, dada la situación de los últimos años, enriquece aún más su lectura, aunque fuera quizá un punto secundario en la escritura original. Punto de control es una novela que busca generar extrañeza en el lector, y lo consigue. En una entrevista (que debe ser la única que se le ha hecho) que la poeta Inma Luna le hizo para Revista de Letras, decía que sus principales influencias venían de Kafka y Beckett, y se nota que viene de ese mundo y a ese mundo nos acerca. La actitud de extrañeza ante la guerra, por absurda, es un clásico en la literatura, y Albahari se suma a esa tradición. Siendo un libro al que inicialmente cuesta un poco entrar, por esa extrañeza de la que hablaba, es un libro al que una vez pillado el ritmo y el tono, resulta muy difícil abandonar. Apetece leerlo de manera continua hasta que se acaba, y creo que se entiende mejor después de pensarlo durante unos días tras su lectura, o tras releer algunos pasajes. Albahari tiene un mundo narrativo propio y poderoso, es un novelista importante, que espero que sigan traduciendo al español y al que podamos seguir acercándonos.

Los escritores de la península balcánica parecen estar muy ligados al exilio. Albahari se fue en 1994 a Canadá, que acogió a muchos refugiados de aquel conflicto (como está haciendo ahora con Siria), donde vivió durante una década, hasta su regreso a Belgrado. Después de Punto de control leí dos libros también de autores de origen serbio ligados a Canadá y Estados Unidos. 


La autora de la novela gráfica Patria (Ed. Turner), Nina Bunjevac, también vivió en Canadá, aunque ella llegó antes de la guerra de la década de los 90. Patria nos acerca a una realidad previa a esa época, y que quizá nos ayuda a entenderla. Nina Bunjevac, con un estilo de dibujo sobrio, utilizando el blanco y negro y con muchas referencias a su vida personal, nos cuenta el pasado de su familia, que es la historia de su padre y es también, en gran medida, la de Yugoslavia. Bunjevac nació en Canadá y a los pocos años se mudó a Yugoslavia con su madre, que estaba preocupada por el radicalismo de su marido, implicado en atentados y complots con grupos terroristas serbios, anticomunistas, anti – Tito y quizá por encima de todo nacionalistas. Las ideas con las que el padre de Bunjevac simpatizaba son las ideas que acabaron llevando a la guerra. Una vez que se fueron a Yugoslavia (la madre con sus dos hijas, el padre no dejó salir a su hijo), conocen un mundo distinto. Y allí, esperando, algo pasa. El padre muere preparando explosivos para un atentado. La familia se reúne con el hijo y se quedan en Yugoslavia hasta que Bunjevac tiene edad de estudiar en la Universidad y elige volver a Canadá. Y en el silencio trata de comprender qué pasa en aquel país y qué pasó con su padre. Es un cómic que esencialmente trata sobre la incomunicación y las murallas que el silencio construye dentro de muchas familias.


El poeta Charles Simic nació en Belgrado y a los dieciséis años se marchó a los Estados Unidos y allí se quedó. La historia de Simic no es la de un exilio provocado por la guerra, sino la de un emigrante lejano. De hecho cuando se habla de Simic se habla de un importante poeta americano. 1938, una antología de sus mejores poemas editada por Valparaíso, también hace referencias, no obstante, a Yugoslavia. A lo que fue y a lo que se convirtió tras la guerra. Simic es un poeta sencillo, de ideas afiladas pero metáforas controladas. Sus poemas tienen fuerza y se apoyan en la memoria, la desmemoria, la vida del individuo, el insomnio y la indefensión ante el mundo y el sistema. Simic no confía en la memoria y la cuestiona, y eso hace su lectura necesaria y útil. La poesía de Simic se acerca muchas veces al relato poético, y maneja referencias de la cultura popular americana. Simic va buscando la belleza, o la trascendencia, si a veces no son lo mismo, en cada esquina de cada ciudad gris por la que camina. Parece un poeta que camina y mira de manera aguda y toma notas con las que construir la realidad.

Seguiremos leyendo y hablando de libros.

Felices lecturas


Sr. E