jueves, 9 de febrero de 2017

Misery, de Stephen King

Misery, de Stephen King (DeBolsillo)


Conocía la historia de Misery, porque en algún momento de mi adolescencia vi varias veces la película inspirada en la novela, protagonizada por Cathy Bates (que ganó de hecho el Óscar por interpretar a Annie Wilkes) y James Caan, y por cierto muy recomendable. Últimamente he encontrado referencias muy directas a la novela en Rey de Picas, la novela de Joyce Carol Oates (a su vez una autora a la que Stephen King admira) y he oído hablar de que tiene también mucho peso en la novela Basada en hechos reales, de Delphine De Vigan, que ha recibido muy buenas críticas. Pero no había leído hasta ahora la novela de Stephen King. Siempre la he visto considerada entre sus obras más importantes, y después de leerla debo decir que así es. Misery está sin duda a la altura de las que para mí son sus mejores novelas: El misterio de Salem´s Lot, Cementerio de animales, La zona muerta y El resplandor. El canon de sus seguidores incluye a veces Apocalipsis o La torre oscura, pero no las he leído. Creo que Misery es un libro que tiene varios niveles de lectura, como Cementerio de animales, y en el que King se enfrenta a sus fantasmas como escritor, como sucedía en El resplandor.

Misery es un interesante juego metanarrativo que es a la vez una muy eficiente novela de terror. Lo peor que se puede decir de un libro de Stephen King es que está bien escrito y es eficaz. Cualquiera de sus obras funciona, avanza a buen ritmo y está construida para contar bien una historia. Aquí la historia nos lleva a conocer a Paul Sheldon, un escritor de novelas románticas que ha acabado harto de ellas y que considera que es un mejor escritor de lo que sus lectores fieles le permiten ser y los críticos ven. Sheldon acaba de publicar la última novela de su famosa saga de novela histórico – romántica, la protagonizada por Misery Chastain, y por fin ha matado al personaje. También acaba de escribir la que considera que será su mejor novela, Automóviles veloces, por la que cree que puede optar al Pullitzer o el National Book Award o cualquiera de esos premios que Stephen King nunca ha ganado ni ganará.

Para celebrar que ha terminado su gran novela, Paul Sheldon abre una botella del mejor champán que tienen en el hotel y decide lanzarse a conducir hacia el oeste, en un impulso adolescente e idiota. Sheldon es un tópico escritor de éxito, aficionado a los coches, bebedor e incapaz de mantener un matrimonio en pie. Conduciendo a toda velocidad, con el Dom Perignon en una mano y el volante en la otra, y bajo una tormenta, su coche acabará estrellado. Alguien acudirá a su rescate y lo salvará de lo que hubiera sido una muerte segura, bajo la nieve, por hipotermia. Pero, y esto se lo preguntará muchas veces Paul Sheldon en los siguientes meses. ¿No hubiera sido preferible morir allí?

La persona que lo rescata es Annie Wilkes, una ex – enfermera que vive sola en mitad de las montañas, junto a su cerdo Misery. Qué casualidad, su fan número uno. Ella lo trasladó hasta su casa y allí le entablilló de manera rudimentaria sus piernas rotas y empezó a atiborrarlo de analgésicos y otras drogas. Cuando Paul Sheldon vuelve en sí y toma conciencia de su situación, empieza a inquietarse. ¿Por qué no lo llevó a un hospital? Ella tiene un oscuro pasado de muertes y sospechas que él irá descubriendo.

Annie Wilkes, la fan número uno de las novelas románticas que Paul Sheldon escribe, enfurece al ver que ha matado a su personaje favorito, Misery Chastain. Enfurece aún más cuando lee el manuscrito de la que será su nueva novela, y cuando comprueba que parece estar orgulloso de ese libro. Lo obliga a quemarlo en una barbacoa. Era su única copia. Después de dos años de trabajo. Una pesadilla para cualquier escritor. Una tortura. Pero no será la única. Ni la peor. Annie Wilkes tiene muy mal genio, y experiencia en usarlo. También cree que tiene a todo el mundo en contra. Solo encuentra consuelo en rezar (una característica muy repetida en algunos personajes de King, ese fanatismo religioso) y en las novelas románticas que Paul Sheldon escribía. Obligará, y sabe ser muy persuasiva, a que el autor retome las novelas de Misery y escriba la nueva entrega de la saga, en la que el personaje regrese de entre los muertos y le dé a la que será su única lectora más de lo mismo, lo único que quiere.

Así pues, ¿qué era la verdad? La verdad era que el rechazo creciente a su trabajo por parte de la crítica como “escritor popular”, lo que suponía, según él, catalogarlo por debajo de un auténtico escribidor, le había hecho daño. No concordaba con la imagen que tenía de sí mismo como “escritor serio” que inventaba todos esos romances de mierda como subsidio para su (fanfarria de trompetas, por favor) ¡VERDADERO TRABAJO!

Entre torturas y malos tratos que es mejor no desvelar, en una tensión creciente, veremos cómo Paul Sheldon va avanzando en la novela que le puede salvar la vida. Él mismo se compara con Sherezade. Cada capítulo que termina y ella lee le alarga un poco la vida, pero lo acerca más al fin. Una novela que le irá gustando poco a poco, porque a veces escribir trata de eso, de la tabla de salvación a la que los escritores pueden agarrarse para no hundirse. Podremos leer capítulos de la novela que Annie Wilkes quiere leer, El retorno de Misery. Veremos la prosa afectada que lo ha hecho un autor superventas entre lectoras fanáticas que no pueden vivir sin recurrir a ese otro mundo. La droga de Annie son las novelas de Misery. Paul se va enganchando a los calmantes que ella le suministra. Toma conciencia de esa adicción. Y a su vez, se va enganchando a su propia novela, y sabe que el tiempo se le irá agotando.

Paul Sheldon acabará saliendo de aquella casa vivo pero con terribles secuelas. Nunca dejará de vivir, en parte, en aquella habitación y en aquel sótano. La novela presenta el encierro de un escritor esclavizado por su propio éxito. Sus lectores, ese Lector Constante del que habla, incapaz de ver un poco más allá de más de lo mismo. Ese lector que no quiere que su escritor preferido pueda hacer otra cosa. Igual que ese espectador de cine que no quiere que un director haga otra cosa, o que la nueva película de su saga predilecta no sea calcada a las anteriores. Misery podría tener un subtítulo que fuera: Las esclavitudes del autor de éxito o Las tiranías del lector. Un lector que se queja si un párrafo tiene demasiadas subordinadas o que abandona libros que son complicados o de pensar. Un lector que no tiene interés en conocer los trucos del oficio que Paul Sheldon le explica y le explica King a los lectores de la novela, porque es un lector que cree que escribir es esencialmente inventar una historia, cuando eso es prácticamente lo de menos. Un lector que sigue existiendo y que quizá está creciendo aún más en los tiempos de internet y la falta de atención continuada. Un lector que probablemente no se daría por aludido al leer la peripecia de Paul Sheldon y pensaría que el lector simple y fanático son los otros. Siempre son los otros. Paul Sheldon tiene su propia entrada en wikipedia, quizá un guiño macabro.

¿Puedes tú, Paul? -se preguntó en sueños-. Sí. Es así como sobrevivo. Es así como he llegado a mantener casa en Nueva York y en Los Ángeles y más hierro rodante del que hay en algunos parques de coches usados. Porque puedo y no es algo por lo que tenga que disculparme, maldición. Hay montones de tipos que escriben mejor prosa que yo y que entienden mejor lo que es la gente y el supuesto significado de la Humanidad, demonios, ya lo sé.

La novela también es una reivindicación que Stephen King hace de su oficio. Él no es un genio pero sí un gran artesano, eso nos dice. Eso dice como autor siempre que le preguntan. Y también nos dice que puede hacer algo más que historias terroríficas que aterroricen a los de siempre, aunque para ello se valga de una historia terrorífica. La novela es a la vez un escupitajo en la cara de los millones de lectores que pudieran considerar que debía ceñirse a hacer siempre lo mismo, y un juego irónico en esa misma línea. La novela es un agridulce retrato de la vida del escritor de éxito, y es quizá, a sus cuarenta años, hace ya casi treinta, la cima de la obra de Stephen King, quizá su última gran novela, a la vez una cumbre del género que igualo a las otras novelas que ya comentaba al principio (todas ellas del principio de su carrera) y a la vez una carta de renuncia.

Hay en este mundo un millón de cosas que no sé hacer. No puedo batear una pelota, ni siquiera en la secundaria. No puedo arreglar un grifo que gotea. No puedo patinar ni dar un acorde en la guitarra que no suene a mierda. Dos veces he intentado el matrimonio y en ninguna lo conseguí. Pero si quiere alguien que lo saque del círculo, que lo asuste, que lo seduzca con una historia, que le haga llorar o sonreír, eso sí que puedo. Puedo traerlo y llevarlo hasta que grite basta. Soy capaz de hacerlo. Claro que sí.

Hace ya años leí un artículo de Rodrigo Fresán en el que se preguntaba cuánto hacía que Stephen King no nos daba realmente miedo. Quizá desde Misery.

Seguiremos leyendo y hablando de libros.

Felices lecturas

Sr. E



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