La
España vacía: Viaje por un país que nunca fue,
de Sergio del Molino (Turner)

Llevaba,
en cualquier caso, meses esperando leer La
España vacía,
de Sergio del Molino. Casi diría que estaba deseando leer el libro.
Había oído un murmullo general de aprobación hacia él. Todos los
que lo habían leído lo recomendaban. Y no me sonaba a una de esas
histéricas campañas de unanimidad (como me pasa con Patria,
de Fernando Aramburu), sino a sinceridad de lectores. Una clave creo
que está en que La
España vacía
solo me la estaban recomendando personas que normalmente leen, y con
meses de diferencia. Seguramente no era a mí a la única persona a
la que le recomendaban leerlo, pues desde julio del año pasado
estaba siendo una misión imposible dar con él en la biblioteca.
Pero, por fin, hace 15 días, estaba libre. Lo vi buscando en el
catálogo online y corrí a cogerlo antes de que me lo pudieran
quitar.
Tengo,
decía, un problema con las expectativas. En este caso, por suerte
para mí, las expectativas no han sido un problema. Seguramente
porque La
España vacía
ha superado todas las que tenía. La
España vacía
es un libro que te habla desde el principio, te mira a los ojos y te
obliga a no apartar la mirada de lo que quiere contarte en ningún
momento. El comienzo, recordando unos viejos episodios de vandalismo
/ terrorismo en zonas rurales de Gales en los años 90, dirigidos
contra casas de veraneo y fin de semana de ingleses de la ciudad, ya
nos sitúa perfectamente. Nos sitúa en dos realidades condenadas a
cruzarse continuamente, y casi nunca a entenderse, la del campo y la
de la ciudad. Los de ciudad, dice Sergio del Molino, que es uno de
ellos, hacemos chistes sobre los de pueblo, tenemos prejuicios. Pero,
y es el pero que muchas veces se calla, al revés no hay mucho más
aprecio. El pueblo es a veces un lugar lejano, desconocido, que no es
ni mucho menos tan plácido como nos podemos imaginar.
Sergio
del Molino empieza diciéndonos que él, probablemente, treintañero,
periodista y escritor, tiene más que ver con alguien de su edad,
oficio y educación de cualquier ciudad del norte de Europa que con
alguien de su edad que viva en la España rural y nunca haya
compartido sus intereses. Las tribus se han ido desdibujando y nos
relacionamos más por las afinidades electivas que por vecindad. No
obstante, somos vecinos. Del Molino ha recorrido muchas veces lo que
llama La
España vacía,
especialmente las provincias de Aragón, una comunidad con la
población muy concentrada en una única ciudad, Zaragoza, y llena de
comarcas y pueblos donde apenas viven 10 o 20 personas en el
invierno, a veces menos. La
España vacía que
Sergio del Molino dibuja, siempre con respeto y siempre tratando de
comprenderla, y sobre todo mostrando su incomprensión ante algunos
puntos y actitudes, y avanzando desde ella, es Teruel y Huesca, es
Guadalajara, Cuenca, Soria, en general el interior de España,
aquellas zonas de las que se salió a mediados del siglo XX de manera
masiva buscando nuevas oportunidades en Madrid, en Barcelona, en la
costa mediterránea. La gente que se fue, hablando en general, nunca
volvió, o nunca más de unos días en los veranos y vacaciones de
Navidad. Ese fenómeno, como bien repite el libro, se produjo más o
menos en todo el mundo, pero quizá en España fue más violento y
dificultó más que se cruzaran las fronteras entre ambos mundos, ya
que fue más tardío que en otros países, y más de aluvión,
concentrado en unos pocos años y unas pocas ciudades.
El
subtítulo del libro habla de un país que nunca existió. Nunca
existió porque nunca se habla de él, solo cuando suceden
desgracias. La
España vacía
solo aparece en las secciones de sucesos y cuando hay incendios y
sequías. No marca la agenda de los políticos, como se suele decir.
No está en el imaginario del cine ni de la literatura. Apenas centra
reportajes. ¿Tienen sus habitantes derecho a sentirse ignorados? Sin
duda. Los de la ciudad nos los imaginamos, ignoramos sus necesidades
reales y aún nos permitimos burlarnos. Sus supuestos representantes
políticos, esos diputados que hacen que un voto en Soria valga 5, 6,
7 veces más que en Madrid, apenas conocen la realidad de la zona,
porque raramente son realmente de la zona. Las dos Españas que
dibuja Sergio del Molino acercan sus espaldas para no verse y seguir
viviendo en la ignorancia y el tópico.
El
gran mérito del libro es que desmonta tópicos, nunca incide en
lugares comunes, ofrece datos donde son necesarios (como por ejemplo
que la población en la España rural ha aumentado en los últimos 50
años, lo que pasa es que a un ritmo mucho menor que en la España
urbana, un dato que contextualiza muy bien) y se los guarda donde
sólo nos avasallarían a los lectores, compara la realidad nacional
con la de otros países, busca dónde tienen su origen los miedos del
pueblo a la ciudad y viceversa, y en qué puntos no son más que los
mismos miedos que se han ido repitiendo durante toda la historia,
miedos que ya venían representados en la historia de la Torre de
Babel.
La
España rural siempre ha estado como un tema literario en España, al
menos desde la generación del 98, que la paseó, la vivió, la
sufrió. Hace pocos años hemos visto una cierta moda narrativa que
dio en hablar de gente de la ciudad que llega al campo y se queda
encandilada con los pueblos. La apuesta de Sergio del Molino me
parece más honesta, no en cuanto a las intenciones, ya que
desconozco la de aquellos narradores, sino en cuanto al propio libro.
Del Molino ni idealiza ni estigmatiza la España rural. Está ahí,
se nota que la ha pisado, paseado y pensado, y lo cuenta. El libro es
profundo sin dejar nunca de ser ameno. Está muy bien escrito y trata
de desmontar mitos e injusticias, y siempre lo hace con una sencillez
clarividente. La escritura acompaña en todo momento, es la justa, y
Sergio del Molino no ha tratado de lucirse en ningún momento, lo que
se agradece mucho. Es un ensayo que merece la pena leer. Muy muy
recomendable, pues se disfruta cada página y se aprende con él, no
tanto datos o historias, como a mirar de otra manera una realidad tan
cercana como alejada.
Seguiremos
leyendo.
Felices
lecturas
Sr.
E
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