lunes, 6 de julio de 2015

La novela luminosa, de Mario Levrero

La novela luminosa, de Mario Levrero (publicada póstumamente en 2.005)
Ed. Mondadori Literaria y Debolsillo

La semana pasado pasé 72 horas aislado en Ávila, en uno de esos congresos de profesores con los que nos castigan a los docentes a final de curso (supongo que para compensar aquello tan comentado de las largas vacaciones escolares).


Doce horas diarias de charlas y dinámicas grupales en un lugar que se me antojaba una fortaleza de la que nos permitían escapar apenas media hora después de la comida y un rato por las noches. Creo que sin los escasos momentos de paseo, los pocos minutos de charla lúcida con otras personas y sin la recompensa de un café bien cargado o una cerveza bien fría, hubiera enloquecido. Me hace falta poco para enloquecer, lo sé.
Me sentía, allí dentro, un tópico personaje kafkiano. Ni siquiera un verdadero Josef K., sino apenas uno de esos sucedáneos de teleserie a los que hemos dado en llamar kafkianos en los últimos 90 años. Un ser superado por unas circunstancias externas contra las que no puede hacer nada.

Me ayudó a superar aquel encierro el libro que previsoramente metí en mi mochila. Probablemente el libro que mejor traslada el espíritu de Kafka a los inicios del siglo XXI. Si hay algo que define literariamente la obra de Kafka, por encima de todo, es el extrañamiento en la mirada.
Nadie ha posado una mirada tan desenfocada sobre la transición del siglo XX al XXI como el uruguayo Jorge Mario Varlotta Levrero, quien ya era en sí mismo dos personas: Jorge Varlotta para sus amigos, su familia y las autoridades, y Mario Levrero, el escritor, autor de la obra definitiva (tan definitiva como pueda serlo una obra de estas características) sobre el hombre superado por las circunstancias: La novela luminosa.

La novela luminosa es una novela breve de apenas 100 páginas en la línea de Valis de Philip K. Dick. En ella Levrero relata algunas de sus así llamadas experiencias luminosas. Creo que la principal diferencia de enfoque entre Valis de Philip K. Dick y La novela luminosa está en el abuso de los alucinógenos por parte de Dick mientras que Levrero, como dice en el prólogo, por suerte se salvó de algunos vicios. Nunca bebió demasiado porque odiaba a los borrachos y por suerte nunca le dio por probar las drogas. Porque Levrero sabe que tiene tendencia a las obsesiones y a las adicciones.

“Sí, otra vez se me hicieron las seis de la mañana. Pero por lo menos no entré a Internet. Me pregunto qué estuve haciendo durante todas estas horas.” pg. 78


Su abstinencia no está motivada porque pretenda mantenerse lúcido para defenderse mejor de las amenazas externas, sabe de sobra que toda resistencia es inútil, sólo le queda el estoicismo para afrontar el mundo. Levrero teme las amenazas internas. Sabe perfectamente que vive en la tenue frontera que separa al excéntrico más o menos extremo del loco, frontera que ha pisado alguna vez y por la que Dick se deslizó hacia el otro lado.

Levrero empezó a escribir La novela luminosa a mediados de los ochenta. El proyecto fue abandonado y cuando empezamos a leer el libro estamos en agosto del 2000, a Levrero le han dado una beca de la Fundación Guggenheim para la creación con la que pretende terminar ese viejo proyecto.

“Estimado Mr. Guggenheim, espero que sea consciente de los esfuerzos, registrados en este diario, por mejorar mis malos hábitos, al menos algunos de ellos, al menos en la medida en que estos hábitos me impiden dedicarme plenamente al proyecto de escribir esa novela que usted tan generosamente ha financiado. Ya ve usted que hago todo lo que está humanamente a mi alcance, pero tropiezo una y otra vez contra ese montón de escombros que yo mismo, alguna vez, he volcado en mi camino.” pg. 96

Pero no es tan fácil para Mario Levrero ponerse a escribir La novela luminosa. Pretende, antes de abordar su proyecto, recuperar el estado mental en el que empezó a escribirla más de veinte años atrás. Para ello quiere alcanzar previamente a un estado de ocio pleno, olvidándose de obligaciones, intromisiones y distracciones.

Durante el prólogo a La novela luminosa propiamente dicha, Levrero cuenta las vicisitudes que le impiden ponerse en serio con el proyecto. Mujeres, ex – mujeres, enfermedad, visitas médicas, su raro ritmo de sueño, la adicción a los ordenadores, clases de yoga, el taller literario que imparte, correcciones, la compra de un aparato de aire acondicionado, la lectura casi continua de novelas de misterio y policiales, los yogures que prepara, experimentos caseros, la observación de la vida de las palomas a través de la ventana, llamadas telefónicas, nacimientos, sueños, muertes.

Ese prólogo, llamado Diario de la beca, ocupa más de 400 páginas. Levrero desafía cualquier lógica narrativa y su prólogo engorda a la vez que va dejando que los días pasen, y lo refleja. La absoluta libertad creativa de Levrero está en esas más de 400 páginas. No busca la curiosidad malsana del lector. No son cotilleos. No es la miseria de la vida diaria de un hombre que se siente mayor y de vuelta. Es alta literatura. Nos muestra uno de los sentimientos más universales, igualmente existente en la Praga de 1920, el Uruguay del 2000 o la España de 2015, el de la imposibilidad de comprender el mundo. No cuenta nada extraordinario, pero el estilo lo define todo. La literatura, para los que leemos y escribimos, debe estar en el estilo. 

Como la serie Seinfeld, o la reciente película Boyhood, Mario Levrero, en La novela luminosa, muestra la vida al desnudo, tal cual es, haciendo que parezca que no era su intención, que no se está esforzando. Como Kafka en sus diarios, Levrero es incapaz de distinguir el transcurrir de la Historia del devenir de su existencia, y eso le permite ser un (quizá involuntario) lucidísimo analista de estos tiempos líquidos.

“Según el estado de mi barba, a veces, cuando estoy preparándome para lavarme los dientes antes de irme a dormir, veo en el espejo un rostro muy parecido al de Salman Rushdie (autor que no leí ni pieso leer). Es muy probable que este parecido sea una ilusión óptica, y de todos modos hay diferencias notorias: mucho menos pelo, más edad, la mirada no tan astuta ni tan satisfecha de sí misma. Pero, por las dudas: aviso a todos los musulmanes que Rushdie no está en Montevideo. Repito: Salman Rushdie no está en Montevideo. Se ruega comprobar prolijamente la identidad antes de actuar.” pg. 358

Pequeñas victorias, viejas derrotas. En definitiva, la existencia. Levrero nos enseña, con su particular filosofía vital, que no vale la pena luchar contra la locura del mundo. El mundo ganará. El ruido nos dejará sordos. Pero hay que tratar de resistir. Como Sísifo, al que nombra varias veces como su modelo mitológico, hay que subir la roca para que vuelva a caer y que todo vuelva a empezar.

Levrero se plantea en algún momento de ese Diario de la beca, si lo que está escribiendo es un diario realmente, puesto que lo está revisando desde una óptica literaria y siente que al dotarlo de estilo lo manipula. Tampoco cree que sea una novela, puesto que no siente que esté usando los artificios propios de la ficción, ni parece haber más estructura que la propia fecha de cada entrada. Aunque acaba concluyendo que hoy en día, cualquier mierda entre dos tapas ya es una novela.

Es la cuarta vez (quizá la quinta) que leo La novela luminosa. Es un libro que hace de espejo para nosotros y de brújula para el mundo. Si creyera en los libros de autoayuda diría que este sí es un libro de autoayuda, en el sentido en el que las grandes obras literarias nos empujan a ayudarnos a nosotros mismos. Después de cada lectura de La novela luminosa uno se conoce mejor, y sigue asumiento lo frágil que es. El lector reiterado de La novela luminosa entiende un poco mejor sus miedos y contradicciones, entiende cada vez más la absoluta necesidad de lo inútil y sabe que hay poco margen de libertad entre tantas prisas y ruidos pero que merece la pena buscarlo.


“La cabeza de una paloma sin plumas ni carne es casi puro pico, enorme en relación con el cráneo. Con razón son tan estúpidas.” pg. 449

Próxima reseña el próximo lunes.

Sr. E

No hay comentarios:

Publicar un comentario